Capítulo 2
A la mañana siguiente la marea estaba alta y el río, que olía a fango y a sal, a peces muertos y madera podrida, parecía querer lamer las puertas cuando Monk cruzó el muelle. Ya no hacía tanto viento y la superficie del agua apenas se rizaba al subir rozando los postes del embarcadero y los escalones que conducían a los muelles y terraplenes. La escarcha nocturna se había derretido en algunos lugares, pero aún había zonas tan resbaladizas como vidrio untado de aceite.
—Buenos días, señor —lo saludó Orme cuando hubo entrado en la comisaría. La estufa había permanecido encendida toda la noche, con lo que la habitación estaba caldeada.
—Buenos días, Orme —correspondió Monk cerrando la puerta a sus espaldas. Había otros tres hombres presentes: Jones y Kelly, muy ocupados revisando papeles, y Clacton, de pie junto a la estufa.
Monk los saludó y fue debidamente correspondido, pero nada más. Seguía siendo un extraño, el usurpador del puesto de Durban. Todos ellos sabían que Durban había contraído la terrible enfermedad que había precipitado su muerte ayudando a Monk, y le culpaban por ello. Para aquellos hombres, que Durban hubiese perecido porque en parte así lo deseaba, consciente de la enormidad del peligro, y porque consideraba que era su deber, era irrelevante frente al enojo por la injusticia que sentían. Monk había participado en la misma operación y estaba vivo. Eso no podían excusarlo. Hubiesen preferido que muriera Monk, todos y cada uno de ellos.
Kelly, un irlandés de voz atiplada, menudo y pulcro le entregó los informes de delitos de la noche.
—Nada fuera de lo común, señor —dijo mirando a Monk a los ojos antes de apartar la mirada—. Una gabarra embarrancó durante la bajamar pero ya la han puesto a flote.
—¿Embarrancó intencionadamente? —preguntó Monk.
—Yo diría que sí, señor. Sin duda los armadores denunciarán que les falta parte del cargamento.
Kelly sonrió con fastidio.
—¿La arrastraron por el fango durante la marea baja? —cuestionó Monk—. Si trabajaran con tanto ahínco en algo legal seguramente ganarían más.
—Listo e inteligente nunca han significado lo mismo, señor —dijo Kelly secamente antes de volver a su trabajo.
Monk también recibió informes de Jones y Clacton, y habló brevemente con Butterworth cuando llegó. Kelly preparó té, muy caliente y oscuro como la caoba. Pasaría mucho tiempo antes de que Monk aprendiera a beberlo con gusto, pero si lo rechazara marcaría distancias. Además el té poseía la virtud de calentar las entrañas y levantar el ánimo, incluso cuando no llevara el chorrito de ron que con frecuencia le añadían.
Tras recibir el informe de las últimas patrullas en atracar y con la siguiente ya en el río, Monk les comunicó su decisión.
—Las dos personas que cayeron ayer del puente de Waterloo —comenzó.
—Suicidas —dijo Clacton poniendo mala cara—. Una riña entre amantes. Parece estúpido que ninguno de ellos saltara por voluntad propia.
Era un joven delgado y fuerte de estatura superior a la media que se tomaba muy en serio a sí mismo y era propenso a ofenderse sin motivo. Podía ser de gran ayuda o poner dificultades a todo, a tenor de su opinión, la cual rara vez cambiaba fueran cuales fuesen las circunstancias. A Monk le resultaba irritante y fue consciente de que se estaba enfureciendo. Los demás hombres lo observaban para ver cómo manejaría a Clacton. Otra prueba.
—Sí, en efecto —convino Monk en voz alta—. De ahí que me pregunte si fue eso lo que ocurrió.
—Pensaba que usted lo había presenciado —dijo Clacton en tono desafiante—. Señor —agregó con aspereza.
—Desde el río —contestó Monk—. Pudo ser un accidente durante una pelea o que ella saltara y él tratara de impedírselo. O incluso que él la empujara.
Clacton le miraba a los ojos.
—¿Por qué iba a hacer eso? ¡Nadie más lo ha dicho!
—A mí me pareció posible —le contradijo Orme. También le irritaba la actitud de Clacton. Su rostro franco y castigado por los elementos mostró una silenciosa ira.
—Si tenía intención de empujarla, ¿por qué no esperó media hora a que oscureciera? —inquirió Clacton endureciendo el semblante. Se acercó un poco más a la estufa—. No tiene sentido. ¡Y con una lancha de policía delante de sus narices! No, ella saltó y él perdió el equilibrio al intentar salvarla.
—No creo que nos viera —le contestó Jones—. La estaría mirando a ella, no a nosotros abajo en el agua.
—Sigue teniendo más sentido esperar a que oscurezca —repuso Clacton.
—¿Y si ella no estaba dispuesta a quedarse plantada en medio del puente hasta que se hiciera de noche? —replicó Jones—. A lo mejor no era tan complaciente…
Se sirvió más té acabándolo aposta.
—¡Si hubiese tenido previsto tirarla habría planeado las cosas para llegar a la hora oportuna! —dijo Clacton enojado mirando la tetera para luego desplazarse y taparle la estufa a Jones.
—Y por descontado los planes salen siempre a pedir de boca —agregó Jones con sarcasmo—. ¡No me vengas con ésas!
Hubo una explosión de risotadas, probablemente causadas por alguna pifia que hiciera Clacton en el pasado. Monk todavía se aplicaba en aprender no sólo el trabajo en sí mismo sino también, cosas en ocasiones más importante, las relaciones entre sus hombres, sus virtudes y sus defectos. Podían depender vidas de ello. El río era un lugar más peligroso que la ciudad. Incluso los barrios más bajos, con sus casas de vecinos llenas de chirridos y goteras, sus callejones sin salida y con alguna que otra trampilla te daban un suelo que pisar y un aire que respirar. Ni subían las mareas, ni había limo en las escaleras, ni había nada que transportar corriente arriba o abajo. No estaban llenos de remolinos y resacas que te engullían, ni de desperdicios a la deriva, justo debajo de la superficie, que te impidieran salir a flote.
—No podemos estar seguros —dijo Monk—. El padre de Mary Havilland murió hace poco y según su hermana Mary estaba convencida de que lo asesinaron. Hay que investigar esa posibilidad. Si lo fue, tal vez ella corriera la misma suerte. Y también es probable que su muerte y la de Toby Argyll fuese el fruto de una riña que acabó en tragedia, no un caso de suicidio.
Kelly dejó de revisar documentos.
—Y así podríamos enterrarlos como es debido. Es lo que querrán sus familias.
—Y tanto —convino Monk.
—Pero si no la asesinaron no es nuestro trabajo —comentó Clacton mirando a Kelly y luego a Monk.
Monk se sintió montar en cólera. Tarde o temprano iba a tener que encargarse de Clacton.
—Ahora es mi trabajo —contestó con un dejo en la voz que tendría que haberle servido de advertencia a Clacton y a cualquiera que estuviera escuchando—. Cuando lo haya concluido, daré los resultados a quienquiera que los necesite, la familia, la Iglesia o el magistrado. Mientras tanto, ocúpese del robo de Horseferry Stairs y luego compruebe si se puede rastrear la gabarra de Watson & Sons.
Cruzó cuatro palabras con Orme para asegurarse de que todo quedaba en orden hasta que regresara, y de que si el comisario Farnham preguntaba por él éste pudiera darle la respuesta adecuada.
—Sí, señor —dijo Orme resueltamente—. Hay que saber si fue accidente, suicidio o asesinato. Si esa pobre muchacha estaba trastornada con la muerte de su padre, quizá no la culpen tanto.
Con aquella idea en la cabeza Monk emprendió el largo viaje en coche de alquiler desde Wapping hasta el domicilio de Mary Havilland en Charles Street, a un tiro de piedra del cruce con Lambeth Walk.
La casa no era ostentosa pese a su notable belleza y parecía ofrecer todas las comodidades. En la parte trasera tenía unas caballerizas, de modo que los residentes debían de estar acostumbrados a los lujos que implicaban. Tal como esperaba, las cortinas estaban corridas y había una corona en la puerta. Hasta habían esparcido aserrín por la calle para amortiguar el golpeteo de las pezuñas de los caballos.
Abrió la puerta un lacayo que no tendría más de dieciocho años, con la tez muy blanca y los ojos enrojecidos. Tardó unos instantes en recuperarse de la sorpresa de ver a un desconocido en el umbral.
—¿Sí, señor?
Monk se presentó y preguntó si podría hablar con el mayordomo. Ya sabía que allí no vivía ningún otro familiar. Jenny Argyll había dicho que Mary era su único pariente.
En el interior se guardaba el luto tradicional. Los espejos estaban cubiertos, los relojes parados y las azucenas dispuestas en varios jarrones despedían un leve perfume a invernadero. Su propia falta de naturalidad en pleno enero era un recordatorio de que la vida tal como se conocía allí había terminado.
El mayordomo fue al encuentro de Monk en la muy formal y austera sala de día. Hacía un frío glacial, pues no habían encendido ninguna chimenea, y las cristaleras de las librerías reflejaban la fría luz diurna que se colaba entre las cortinas medio descorridas como hielo en un estanque profundo.
El mayordomo, Cardman, era un hombre alto y enjuto de abundante cabello gris y rostro huesudo. Quizá fuera bastante atractivo en su juventud, pero ahora presentaba rasgos demasiado duros en los pómulos y la nariz. Sus ojos azul claro eran inteligentes y, a diferencia del lacayo, había dominado sus sentimientos de modo que apenas se percibieran.
—Usted dirá, señor —dijo cerrando la puerta a sus espaldas—. ¿Qué se le ofrece?
Monk empezó por dar el pésame. No sólo parecía lo más apropiado, aun tratándose de un mayordomo, sino lo más natural.
—Gracias, señor —dijo Cardman. Estuvo a punto de añadir algo, pero se contuvo.
—No estamos seguros de lo que sucedió —comenzó Monk—. Por muchas razones, necesitamos saber mucho más.
Una sombra de dolor cruzó el rostro impasible de Cardman.
—El señor Argyll nos dijo que la señorita Havilland se había quitado la vida, señor. ¿Es preciso inmiscuirse más en su desgracia?
Tal delicadeza era admirable pero aquella investigación, tanto podía definir culpabilidad como pronunciar inocencia y eso era muy importante, incluso para los muertos. Monk no podía permitirse dejar ningún frente al descubierto ni buscar el modo menos ofensivo de hacer sus preguntas si con ello perdía eficiencia.
—¿Le constaba que fuese desdichada? —preguntó con tanta delicadeza como pudo.
—El señor Havilland falleció hace menos de dos meses —dijo Cardman con fría formalidad—. Una herida así no se cierra tan pronto.
Era una respuesta socialmente correcta; no decía nada y transmitía toda la desaprobación que un mayordomo se atrevía a mostrar.
Monk fue brutal.
—¿Vive todavía su padre, señor Cardman?
Cardman endureció el semblante. La luz del entendimiento llameaba en sus ojos brillantes y enojados.
—No, señor.
Monk sonrió.
—Seguro que lloró su muerte pero usted no desesperó.
Pensó por un momento que parte de su pérdida de memoria tras el accidente consistía en la destrucción total de cuanto tuviera que ver con su propio padre, o de hecho con su propia madre. Conocía a su hermana Beth, pero sólo gracias a que ella había procurado mantenerse en contacto. Él rara vez le escribía. La vergüenza le hincó el diente sin previo aviso y notó el calor en su rostro.
—No, señor —repuso Cardman fríamente.
Monk se sentó en uno de los grandes sillones de piel y cruzó las piernas.
—Señor Cardman, tengo intención de esclarecer si esto fue un suicidio u otra cosa —dijo—. He investigado muertes de muchas clases y no me doy por vencido hasta que obtengo lo que busco. Usted va a ayudarme, lo quiera o no. Puede quedarse de pie si lo desea, pero yo prefiero que se siente. No me gusta levantar la vista para dirigirme a usted.
Cardman obedeció. Monk percibió cierta rigidez en sus movimientos, como si no estuviera acostumbrado a sentarse en presencia de un huésped y mucho menos en aquel salón. Probablemente había sido sirviente toda la vida, quizá ya de niño, como lacayo, cuarenta años atrás, si no más. Aunque tal vez hubiese pasado una temporada en el ejército. Emanaba formalidad y rectitud, disciplina y cierto sentido de dignidad.
—¿Se quedó sorprendido? —preguntó Monk de improviso.
—¿Sorprendido? —dijo Cardman.
—De que la señorita Havilland se arrojara desde el puente de Waterloo.
—Sí, señor. Nos quedamos todos atónitos.
—¿Cómo era ella? ¿Retraída o dogmática? ¿Inteligente o de pocas luces? —Monk estaba decidido a obtener de aquel hombre una respuesta significativa, no las anodinas alabanzas que un sirviente solía dedicar a su patrón, ni las que cualquiera dirigiría a los muertos—. ¿Era guapa? ¿Flirteaba? ¿Estaba enamorada del señor Argyll o tal vez prefería a otro hombre? ¿Pudo haberse sentido atrapada en un matrimonio con él?
—¿Atrapada? —Cardman estaba atónito.
—Vamos, hombre —replicó Monk—. ¡Sabe tan bien como yo que no todas las jovencitas se casan por amor! Muchas lo hacen por conveniencia, o cuando se les presenta una oportunidad.
Estaba enterado de ello por Hester y por alguno de los casos que había aceptado a título personal. La presión y la humillación de semejante contrato apenas rozaban los límites de su propia experiencia, pero había visto el mercado del matrimonio en acción, las muchachas exhibidas como ganado para que se pujara por ellas.
Cardman estaba atrapado en una situación peliaguda. En su expresión traslucía la incomodidad y el entendimiento. Quizá la pena, junto con la certeza de que ya no tenía una patrona a quien servir, rompió sus defensas.
—Sí, señor, en efecto —admitió con embarazo—. Pienso que la señorita Havilland más bien sentía que estaba aprovechando la mejor propuesta que tenía y que lo más apropiado que podía hacer era aceptar al señorito Toby.
Monk había contado con aquella respuesta pero no obstante se apenó. La joven de rostro apasionado que había sacado del río merecía algo mejor que aquello.
—¿Y rompió el compromiso después de que falleciera su padre?
—Sí, señor. —La voz de Cardman se hizo más grave y ronca, poniendo de manifiesto su emoción otra vez—. Estaba muy afligida. Todos lo estábamos.
—¿Cómo sucedió?
Cardman volvió a vacilar, pero sabía que Monk no le dejaría tranquilo hasta que se lo hubiese contado. Y quizás una parte de él deseaba compartir su perplejidad y su dolor con al menos otra persona ante la cual no tuviera que conservar la dignidad, ni hacer como si tuviera controlada cualquier situación. Él también era líder de una comunidad jerarquizada y muy unida, regida por las reglas más estrictas del mundo.
—El señor Havilland era un caballero en el viejo sentido del término, señor —comenzó—. Sin título, entiéndase, y sin una gran fortuna. Para él se trataba de una cuestión de honor. Era justo con todo el mundo y nunca guardaba rencor a nadie. Si alguien le jugaba una mala pasada pero luego se disculpaba, el señor Havilland olvidaba el asunto por completo. Era un buen amigo, pero nunca antepuso la amistad a sus principios, y si un hombre hacía honor a su palabra, lo respetaba por igual fuera pobre o rico.
Monk era consciente de que Cardman le estaba observando para ver si captaba lo que daba a entender entre líneas.
—Ya veo —corroboró Monk—. Un hombre digno de encomio pero que no siempre seguía el dictado de la mayoría ni en sociedad ni en los negocios.
Monk no recordaba su época en la banca mercantil, había desaparecido con el resto de sus recuerdos, pero había averiguado, juntando una pieza tras otra, buena parte del coste y el deshonor de algunos de sus propios actos, así como aquéllos de personas que se habían arruinado y a quienes amaba.
—Efectivamente, señor, me temo que no lo hacía —convino Cardman—. Tenía muchos amigos, pero creo que tampoco debían de faltarle los enemigos. Antes de morir le inquietaba mucho que la construcción de las nuevas cloacas según los planes del señor Bazalgette se estuviera realizando con demasiada precipitación, y que el uso de grandes máquinas provocara un accidente grave. Mostraba la mayor preocupación y dedicaba casi todo su tiempo a investigar el asunto, tratando de demostrar que llevaba razón.
—¿Y lo demostró? —preguntó Monk.
—Que yo sepa, no, señor. Provocó alguna reacción desagradable por parte del señor Alan Argyll, y también del señor Toby, pero el señor Havilland quería llegar hasta el fondo. Intuía que tenía razón.
—Eso debió de resultarle muy difícil, con sus dos hijas vinculadas a los hermanos Argyll —observó Monk.
—Desde luego, señor. Hubo momentos de considerable tensión. Me temo que los sentimientos estaban bastante exaltados. La señorita Mary se puso del lado de su padre y entonces fue cuando las cosas empezaron a ir mal entre ella y el señor Toby.
—¿Y rompió el compromiso?
—No, señor, no fue entonces. —Saltaba a la vista que Cardman se sentía desdichado hablando de aquello y, sin embargo, Monk percibía el peso del asunto dentro de aquel hombre como una presa que necesitara soltar agua antes de que la presión la reventara.
—El señor Havilland estaba muy preocupado —apuntó Monk—. Sin duda usted le veía con frecuencia, incluso a diario. ¿Le pareció que estuviera a punto de perder el dominio de sí mismo?
—¡No, señor, ni mucho menos! —le dijo Cardman con vehemencia—. ¡Su estado de ánimo no era ni por asomo desesperado! Se lo veía eufórico, en todo caso. Creía que estaba a punto de encontrar la prueba que tanto temía. No se había producido ningún accidente, ¡más bien presentía que iba a ocurrir! Algo devastador, que costaría un montón de vidas, y quería evitarlo a toda costa. —La admiración que reflejaban sus ojos era más profunda que la mera lealtad. Había creído en Havilland como un hombre cree en otro cuando ambos comparten la misma causa, si no de hecho, en espíritu.
—¿Siempre ha sido usted sirviente, Cardman? —preguntó Monk llevado por un impulso.
—¿Cómo dice?
Había sorprendido a Cardman desprevenido. Monk repitió la pregunta.
—No, señor —respondió Cardman—. Serví seis años en el ejército. Pero no veo qué tiene eso que ver con la muerte del señor Havilland.
—Sólo su capacidad de juicio sobre hombres que están sometidos a un medio hostil.
—Oh. Vaya. —Cardman estaba avergonzado y no sabía cómo aceptar lo que entendía que era un cumplido. Se sonrojó levemente y desvió la mirada.
—¿Le sorprendió que el señor Havilland se quitara la vida? —preguntó Monk.
—Sí, señor. Francamente, me costó mucho creerlo, sobre todo… —Cardman se tomó un momento para dominarse. Permanecía sentado perfectamente inmóvil, con las manos crispadas—. Sobre todo que lo hiciera en su propia casa, donde la señorita Mary iba a ser la primera en enterarse. Un hombre puede hacer que esas cosas parezcan un accidente. —Respiró hondo—. Le partió el corazón. Nunca volvió a ser la misma —añadió. Su rostro expresaba enojo. Un hombre que admiraba le había fallado inexplicablemente; peor todavía, les había fallado a todos, y más que a nadie a la hija que había confiado en él.
—Pero ¿usted se lo creyó, pese a todo? —preguntó Monk, que se sentía como un cirujano abriendo en canal a un hombre aún consciente que sintiera cada movimiento del bisturí.
—No tuve más remedio —contestó Cardman en voz baja—. El mozo de cuadra lo encontró en las caballerizas de buena mañana con un tiro en la cabeza y el arma en la mano. La policía demostró que la había comprado en una tienda de empeños pocos días antes.
Estaba claro que podría haber dicho mucho más, pues los sentimientos asomaban a sus ojos, pero toda una vida de discreción se lo impedía.
—¿Había explicado por qué compraba un arma?
—No, señor —respondió Cardman con expresión sombría.
—¿Dejó una nota explicando los motivos para hacer algo semejante?
—No, señor.
—¿Le dijo algo a usted o a algún otro miembro del servicio?
—No, señor, sólo que tenía previsto acostarse tarde pero que no nos preocupáramos, que nos retirásemos a la hora acostumbrada.
—¿Percibió usted algo fuera de lo corriente en su actitud, quizás ayudado por la perspectiva que le ha dado el tiempo?
—He reflexionado sobre ello, como es natural, preguntándome si hubo algo que tendría que haber visto —admitió Cardman, ruborizándose un poco. Presentaba el aspecto de un hombre que ha pasado por una pesadilla—. Parecía ensimismado, como a la expectativa de algo que supiera que iba a ocurrir, pero, a decir verdad, entonces pensé que estaba irritado, no desesperado.
—¿Irritado? —insistió Monk—. ¿Furioso?
Cardman frunció el entrecejo.
—Yo no lo hubiese expresado con tanta dureza, señor. Más bien como si un viejo amigo le hubiese decepcionado, o como si tuviera que encargarse otra vez de algo pesado y aburrido. Me formé la opinión de que se trataba de un problema conocido, más que de uno nuevo. Desde luego no parecía asustado… ni desesperado.
—¿De modo que se quedó impresionado a la mañana siguiente?
—Sí, señor, de una pieza.
—¿Y la señorita Mary?
Cardman contrajo el rostro y unas lágrimas que no podía permitirse derramar brillaron en sus ojos.
—No he visto jamás a nadie más profundamente dolido, señor. La señora Kitching, el ama de llaves, temía por su vida, de tan fuera de sí como la veía. Se negaba en redondo a aceptar que su padre pudiera haber hecho aquello.
—¿Qué pensaba que había ocurrido?
Monk evitó imaginarse el rostro de Mary Havilland, así como recordar a Hester con aquella herida en su fuero interno que todavía no se atrevía a mirar. Lo que era sentir, cuando ya era demasiado tarde para cambiar nada, la culpa de no haber estado en casa en lugar de en Crimea, de no haber hecho algo para evitarlo de un modo u otro, o al menos para salvar a su madre de morir lentamente de vergüenza y soledad. Para su madre, la deshonra de la deuda y el suicidio había sido demasiado difícil de soportar.
¿Qué demonios había conducido a Havilland a hacerle aquello a su hija? Al menos en el caso del padre de Hester era la única manera que tenía para responder a la vergüenza que le habían endilgado valiéndose de su buen corazón. Como tantos otros, se había dejado engañar. Consideraba que la muerte era el único acto que le quedaba a un hombre honorable. ¿Qué había asustado o desesperado tanto a Havilland para empujarlo a cometer ese mismo acto?
—¿Por qué le costaba tanto creerlo? —dijo Monk más bruscamente de lo que pretendía.
Cardman reparó con sorpresa en la emoción que reflejaba la voz de Monk.
—No había motivo —dijo gravemente—. De ahí que la señorita Mary creyera que lo habían asesinado. Poco a poco se fue convenciendo de que si todavía no había hallado algo en las obras de los túneles, poco le faltaba, y que por eso lo habían matado.
—¿Qué acabó de convencerla? —dijo Monk enseguida—. ¿Ocurrió algo o fue simplemente su necesidad de absolver a su padre de su presunto suicidio?
—Si lo supiera, señor, se lo diría —contestó Cardman mirando a Monk fijamente. Había una especie de urgencia en él, como si se estuviera aferrando a un último rayo de esperanza demasiado delicado para mencionarlo—. La señorita Mary leyó todos los documentos de su padre. Se pasaba el día y buena parte de la noche estudiándolos, una y otra vez. Cualquiera que fuese la hora a la que iba al despacho del señor, la encontraba allí sentada en su escritorio o dormida en el sillón con uno de los libros de su padre en el regazo.
—¿De qué clase de libros se trataba?
Monk no sabía lo que andaba buscando pero la emoción de Cardman también hizo presa en él.
—De ingeniería —respondió Cardman como si Monk tuviera que haberlo sabido.
Monk se quedó atónito.
—¿Ingeniería, dice?
—Sí. El señor Havilland fue ingeniero jefe de la empresa del señor Argyll hasta el día en que murió. Por eso riñeron. La empresa del señor Argyll nunca ha sufrido un accidente grave, de hecho son mejores que la mayoría en materia de seguridad, pero el señor Havilland creía que iba a ocurrir.
—¿Y se lo dijo al señor Argyll?
Cardman cambió ligeramente de postura.
—Sí, por supuesto, pero el señor Argyll respondió que sólo se trataba de lo que sentía al estar bajo tierra, encerrado, y nada más. Que le daba vergüenza reconocerlo. Era como si Argyll le estuviera llamando cobarde, aunque lo hacía educadamente. Por descontado, en ningún momento empleó esa palabra.
—¿Y a eso se dedicaba también la señorita Havilland, a informarse sobre ingeniería aplicada a los túneles?
—Sí, señor. Me consta.
—¿Y tampoco encontró nada?
—No, señor; que yo sepa, no —contestó Cardman, apesadumbrado.
—¿Siguió viendo al señor Toby Argyll?
—Ella rompió el compromiso, pero, por supuesto, siguió viéndolo en sociedad de vez en cuando. Poco podía hacer a ese respecto siendo él el cuñado de la señorita Jennifer y con lo unidos que estaban los hermanos.
—¿Sabe algo sobre la postura de la señora Argyll en esta situación? —preguntó Monk—. Sin duda se vería atrapada en medio, de la forma más desafortunada.
Cardman endureció su expresión y apretó los labios con fuerza antes de hablar.
—Fue leal a su marido, señor. Estaba convencida de que los temores de su padre le habían mermado el juicio, y se mostraba molesta con la señorita Mary por hacerle el juego en lugar de alentarlo a abandonar el asunto. —Había una tremenda carga de enojo y tristeza en su voz.
Monk fue amargamente consciente de que la casa donde vivía Cardman era el centro de una doble desgracia y al parecer no quedaba nadie a cargo de ella salvo él mismo y los demás sirvientes de los que era responsable. Ya se habían quedado sin empleo y pronto se verían sin alojamiento, además. Eso le llevó a preguntarse quién heredaría la casa. Era de suponer que sería Jenny Argyll en calidad de último miembro superviviente de la familia. Monk estaba seguro de que a Cardman no le hacía ni pizca de gracia semejante perspectiva. Quizá la vendiera y la servidumbre pudiera quedarse, al menos hasta que los nuevos amos tomaran posesión.
—Entiendo. Le agradezco mucho su sinceridad —dijo Monk levantándose—. Sólo una cosa más: ¿quién investigó la muerte del señor Havilland?
—Un tal comisario Runcorn —contestó Cardman—. Se mostró muy cortés, y me pareció una persona concienzuda. No se me ocurre que dejara ningún cabo suelto.
Se levantó a su vez.
¡Así que lo había llevado Runcorn en persona! Era la peor respuesta que podían haberle dado. El pasado regresó en busca de Monk como una corriente de aire frío. ¿Cuántas veces había cuestionado a posteriori a Runcorn, revisado su trabajo y corregido algún que otro error aquí y allí, alterando la conclusión? Parecía que siempre hubiese necesitado demostrar que era más inteligente. Cada vez le gustaba menos el hombre que había sido él anteriormente. El hecho que aún le gustase menos Runcorn no mitigaba nada.
—¿El señor Argyll no dudó sobre la corrección del veredicto? —preguntó Monk con la voz áspera de emoción.
—No, señor, sólo la señorita Mary —dijo Cardman sin avergonzarse, como si por fin delante de Monk no se sintiera obligado a seguir ocultándolo. Tragó con dificultad y añadió—: Señor, le quedaría muy reconocido si tuviera a bien informarnos cuando… cuando ella… si la señorita Argyll no… —No sabía cómo terminar.
—Me aseguraré de que se lo comuniquen —dijo Monk con voz ronca—. Aunque… aunque quizá debería considerar si el personal femenino deseará asistir. En ocasiones los entierros son… muy duros.
—Me está diciendo que se hará en terreno no sagrado. Ya lo sé, señor. Si la señorita Mary fue lo bastante fuerte para ir al entierro de su padre, nosotros podremos ir al suyo.
Monk asintió con la cabeza. Sentía un nudo en la garganta por Mary Havilland, por el padre de Hester, por un sinnúmero de personas desesperadas.
Cardman lo acompañó hasta la puerta guardando un comprensivo silencio.
Una vez de vuelta, Monk emprendió a pie el descenso de la colina en dirección al puente de Waterloo. Sería el mejor sitio para coger un coche, aunque no tuviese prisa. Debía enfrentarse a Runcorn en su propia comisaría y una vez más cuestionar su capacidad de juicio. Pero aún no estaba preparado para hacerlo. De no ser por el pensamiento de Mary Havilland enterrada en la tumba de una paria, cuyo coraje y lealtad a su padre habían sido tachados poco menos que de demencia de mujer afligida, habría aceptado el veredicto y considerado que había hecho todo lo que el deber le exigía.
Pero recordaba su rostro, la tez blanca, los huesos fuertes y la boca amable. Era una luchadora que había sido vencida. Y él se negaba a aceptar que se hubiese rendido. No, todavía no podía aceptarlo.
Quiso preparar lo que iba a decirle a Runcorn, medir sus palabras para despojarlas de toda crítica, quizás incluso para ganarse su apoyo. Soplaba un viento frío, los pantalones aleteaban en torno a los tobillos, y la humedad del río hacía picar la piel y se colaba por las rendijas entre la bufanda y el cuello del abrigo. La magnífica estampa gótica de las Casas del Parlamento dominaba la orilla opuesta. El reloj de la torre que albergaba el Big Ben informaba de que eran las once menos veinte. Había pasado con Cardman más tiempo del que había creído.
Encorvó los hombros y apretó el paso. Pasaron algunos coches de punto, pero todos ocupados. ¿Tendría que haber preguntado sin rodeos a Cardman si creía que Havilland se había suicidado? El mayordomo parecía un buen juez de personas, un hombre fuerte.
No. También era leal. Pensara lo que pensase, no le diría a un extraño que tanto su patrón como, más tarde, el que lo sucedió habían cometido semejante acto de cobardía ante las leyes del hombre y de Dios. Sus propias opiniones quizá fuesen más prudentes y amables, pero no las dejaría expuestas a la crítica del mundo.
Monk llegó a la mitad del puente y vio un taxi libre circulando por el otro lado. Saltó a la calzada, lo paró y dio al conductor la dirección de la comisaría.
El viaje fue demasiado corto. Todavía no estaba listo cuando llegó, aunque tal vez, en realidad, no fuese a estarlo nunca. Pagó al cochero, subió la escalinata y entró en la comisaría. Lo reconocieron de inmediato.
—Buenos días, señor Monk —dijo el sargento del mostrador con cautela—. ¿En qué puedo servirle, señor?
Monk no recordaba a aquel hombre, pero eso no significaba nada, excepto que no había trabajado con él después del accidente que había sufrido casi ocho años atrás. ¿Tanto tiempo hacía que conocía a Hester? ¿Por qué había costado años reunir el coraje y la sinceridad necesarios para reconocer sus sentimientos por ella? La respuesta era sencilla: no quería otorgar a nadie el poder de hacerle tanto daño. Y, por supuesto, al cerrarle la puerta a la posibilidad de dolor también se la cerraba a la ocasión de ser feliz.
—Buenos días, sargento —contestó deteniéndose ante el mostrador—. Me gustaría hablar con el comisario Runcorn, por favor. Es en relación con un caso que llevó hace poco.
—Sí, señor —dijo el sargento con una insinuación de satisfacción ante la falta de autoridad en la voz de Monk—. ¿En nombre de quién, señor?
Monk se abstuvo de reír, aunque ganas no le faltaban.
—En nombre de la Policía Fluvial del Támesis —contestó abriendo un poco el chaquetón para mostrar el uniforme que llevaba debajo.
El sargento lo miró sorprendido.
—¡Sí, señor! —dijo dando media vuelta y marchó a dar la noticia.
Cinco minutos después Monk se encontraba de pie en el despacho de Runcorn. Había un gran escritorio muy cómodo y la estufa del rincón lo mantenía caldeado; libros en la estantería de enfrente y, en el medio, encima de un pedestal, una talla de madera de un oso, bastante buena. Todo inmaculado y pulcro como siempre; formaba parte de la necesidad de Runcorn de ser conformista y de impresionar.
El propio Runcorn había cambiado muy poco. Era alto, fornido, con grandes ojos una pizca demasiado juntos y una larga nariz. Aún tenía el pelo abundante y entrecano. Había ganado unos cuantos kilos en forma de barriga.
—De modo que es verdad —dijo enarcando las cejas pero con voz cuidadosamente inexpresiva—. ¡Ingresaste en la Policía Fluvial! Le dije a Watkins que estaba chiflado pero al parecer no era así. —Sonrió ante su propia autoridad para dar o negar su ayuda—. Bueno, ¿qué puedo hacer por ti, inspector? Porque eres inspector, ¿verdad? —Las palabras, la inflexión y la curva de la boca estaban cargadas de significado. Una vez, tiempo atrás, habían tenido el mismo rango. Fue la lengua lo que llevó a Monk a perder su superioridad. Había sido más elegante que Runcorn, más inteligente, infinitamente más caballeroso y siempre lo sería. Ambos lo sabían. Pero Runcorn era paciente y estaba dispuesto a atenerse a las reglas del juego, contener su insolencia, refrenar su impaciencia, trepar lentamente. Ahora obtenía su recompensa en superioridad de rango y no podía evitar saborearla.
—Sí, así es —contestó Monk. Ansiaba mostrarse áspero pero no podía permitírselo. ¿Qué era un momento de orgullo herido comparado con el entierro sin santificar de Mary Havilland?
—¿En Wapping? ¿También vives allí?
Runcorn abundaba en el tema de la caída de Monk en el mundo. Wapping era un lugar menos elegante y salubre que Grafton Street, o al menos de lo que había parecido.
—Sí —corroboró Monk otra vez.
—Vaya, vaya —caviló Runcorn—. ¡Quién iba a decir que un día harías eso! ¿Te gusta?
—Sólo llevo allí unas pocas semanas —dijo Monk.
Una vez más, Runcorn no pudo resistir la tentación.
—¿Te cansaste de trabajar por tu cuenta, entonces? —le preguntó—. Un poco duro, me figuro. Habría momentos de apuro. —Aún sonreía—. Al fin y al cabo casi todo el mundo puede llamar a la policía sin pagar. ¿Por qué iban a pagarle a otro? Sabía que tarde o temprano acabarías por volver. ¿Para qué necesitas mi ayuda? ¿Ya no haces pie? —inquirió rezumando placer.
Monk estuvo a un paso de contraatacar. Tuvo que recordarse de nuevo que no se lo podía permitir.
—James Havilland —contestó—. Hace un par de meses. Charles Street.
El rostro de Runcorn se ensombreció un poco, el placer se desvaneció.
—Me acuerdo. El pobre hombre se levantó la tapa de los sesos en su propia cuadra. ¿Qué relación hay con la Policía Fluvial? Eso no queda cerca del agua.
—¿Recuerdas a su hija Mary?
Monk permanecía de pie. Runcorn no le había ofrecido asiento pero ponerse cómodo le parecía poco apropiado para aquella conversación, con todo el pasado que se interponía entre ellos.
—Por supuesto que sí —dijo Runcorn con gravedad. Se mostraba infeliz, como si la presencia de los muertos se hubiese entrometido de improviso en su silencioso y ordenado despacho de policía desde donde gobernaba su pequeño reino—. ¿Se ha… se ha quejado a ti por el asesinato de su padre?
Monk se quedó pasmado, no ya por la pregunta sino por el hecho de que no acertaba a ver indignación alguna en Runcorn, ningún sentido de invasión territorial en que Monk, precisamente, se entrometiera en un caso suyo.
—¿Quién pensaba ella que era el responsable? —preguntó Monk.
Runcorn fue demasiado rápido para él.
—¿Pensaba? —repitió desafiante—. ¿Por qué dices «pensaba»?
—Cayó del puente de Waterloo ayer por la tarde —respondió Monk.
Runcorn se quedó anonadado. Permaneció inmóvil y fue palideciendo. Por un absurdo momento le recordó a Monk al mayordomo que también se había apenado tanto por Mary Havilland. Sin embargo, Runcorn apenas la conocía.
—¿Suicidio? —preguntó con voz ronca.
—No estoy seguro —contestó Monk—. Al principio lo parecía. Estaban de pie cerca de la barandilla y un instante después ambos se apretaban contra ella, hasta que perdieron el equilibrio y cayeron.
—¿Un hombre? —Runcorn abrió los ojos como platos—. ¿Quién? ¿Argyll?
—¿Por qué piensas que era Argyll? —inquirió Monk.
Runcorn perdió los estribos, las mejillas se le encendieron.
—¡No me vengas con esos jueguecitos tuyos, Monk! —dijo bruscamente—. ¡Siempre has sido un cabrón desalmado! ¡Esa chica perdió a su padre y ahora también está muerta! Es mi caso, y como intentes servirte de él para demostrar que estás en condiciones de volver a ser policía, haré que te expulsen de la Policía Fluvial y de cualquier otro cuerpo de seguridad de Londres. ¿Me oyes bien?
Monk también montó en cólera, pero enseguida se dominó. Prosiguió con voz perfectamente desapasionada.
—Si eres apto para ser policía del rango que sea, y más el de comisario, te preocuparás por el caso en vez de proteger tu pequeña parcela de autoridad —replicó—. No sé si Mary Havilland saltó de ese puente, cayó o la empujaron. Yo presencié la escena, pero me hallaba demasiado lejos y estaba demasiado oscuro para ver los detalles, y menos mirando hacia arriba desde unos sesenta metros. —No iba a contarle a Runcorn por qué le importaba tanto. No tenía derecho a enterarse de la historia de Hester—. Quizá me ayudaría saber con exactitud qué le sucedió a Havilland.
Runcorn gruñó. Inhaló profundamente y exhaló despacio. Encorvó un poco los hombros.
—Vaya. Bueno, supongo que tienes que saberlo. Siéntate. —Indicó una silla de madera con un montón de papeles encima y se acomodó en su sillón tapizado de piel detrás del escritorio.
Monk dejó los papeles en el suelo y se sentó.
Runcorn torció el gesto. Había tratado con la muerte, tanto accidental como provocada, durante toda su vida adulta, pero al parecer ésa en concreto le conmovía, aun de sólo recordarla.
—El mozo de cuadras lo encontró por la mañana —comenzó, mirando más sus manazas que a Monk—. Al parecer el chico vivía fuera, a un par de kilómetros, y cada mañana iba a pie a trabajar. Las caballerizas de la casa son pequeñas y en el cuarto de encima de la cuadra se guardan los arneses y demás. Podría haber dormido en la paja, pero resulta que tenía una tía en la zona con una casa de inquilinato donde también echaba una mano a cambio de alimentos y hospedaje. Parecía un chico sincero. Lo comprobamos todo y era verdad. Estuvo en esa casa toda la noche y el mayordomo de Havilland dijo que nunca le había dado motivo de queja.
Monk asintió con la cabeza.
—El mozo llegó hacia las seis —prosiguió Runcorn—. Encontró a su patrón en el suelo del cuarto donde guardan la paja y el forraje. Tendido de espaldas, con un tiro en la cabeza. Un balazo limpio en los sesos. Debía de estar de pie más o menos en medio de la habitación y cayó hacia atrás. Había sangre exactamente donde esperas encontrarla. El arma había caído de la mano, pero estaba a poco más de un palmo.
Monk sintió un escalofrío.
—El chico fue adentro y avisó al mayordomo; no me acuerdo del nombre —continuó Runcorn—. Carter o algo por el estilo.
—Cardman —puntualizó Monk.
—Eso es. —Runcorn pestañeó varias veces—. Salió a mirar. Vio exactamente lo que le había dicho el chico y envió al lacayo a buscar a la policía. Cuando llegué iban a dar las ocho. No conocía a Havilland en persona, pero sí su reputación. Era un hombre muy honrado. Costaba creer que se hubiese quitado la vida. —De repente levantó la vista hacia Monk—. Pero el trabajo de policía te enseña una cosa: nunca sabes lo que pasa por la cabeza de otras personas. Amores y odios con los que sus propias familias no han soñado siquiera.
Monk asintió. Por una vez no tenía objeciones. Trató de imaginarse a Runcorn y la escena: la pequeña cuadra, la paja, el ruido y olor de los caballos, correajes de piel, el reflejo de la luz de un farol en los latones pulidos, el cadáver tendido en el suelo y el olor nauseabundo de la sangre.
—¿Estaban asustados los caballos? —preguntó—. ¿Alguna herida?
Runcorn frunció la frente.
—No. Un poco nerviosos. Habían olido la sangre y tuvieron que oír el disparo, pero nada indicaba que hubiese habido una pelea. Ni heridas, ni marcas de patadas, ni cortes… En realidad, ninguno parecía asustado. Y antes de que lo preguntes te diré que el cadáver no presentaba más señales, ninguna magulladura; la ropa estaba tan pulcra como cabía esperar. Apostaría mi reputación a que nadie forcejeó ni peleó con él antes de que le dispararan. Y por la manera en que estaba tendido, o bien se disparó él mismo o quienquiera que lo hiciera se hallaba a medio metro de él, pues no había más sitio donde estar de pie en un cuarto de ese tamaño.
—¿Y no se llevaron nada, no faltaba nada? —preguntó Monk ya sin esperanza. En el pasado había sido más listo que Runcorn, pero de eso hacía muchos años. En el tiempo transcurrido ambos habían aprendido: Monk a ser un poco más amable y más sincero en sus motivos para derrochar inteligencia; Runcorn a reflexionar un poco más antes de sacar conclusiones, y quizá también a mantener su atención más centrada en el caso y menos en su propia vanidad.
—En la cuadra no había nada que llevarse —contestó Runcorn—. A no ser algún que otro medallón de latón, aunque el mozo de cuadras dijo que estaban todos allí.
—¿El cochero lo confirmó? —preguntó Monk.
—Según parece un lacayo también trabajaba de cochero —respondió Runcorn—. Se le daba bien, y con un mayordomo y un lacayo jovencito que también hacía de limpiabotas no necesitaban más personal.
—¿Y la casa? —insistió Monk—. ¿Entró alguien por la noche? ¿O es imposible saberlo porque Havilland dejó la puerta abierta? ¿Fue así?
—Sí. El mayordomo declaró que estuvo levantado hasta tarde. Les dijo que quería trabajar en el estudio y los mandó a la cama. Pero efectuamos un registro concienzudo y tanto la propia señorita Havilland como el ama de llaves no vieron que faltara nada, todo estaba intacto. Y había un montón de objetos valiosos, fáciles de llevar, si un ladrón se lo proponía, y de vender.
—¿A qué hora murió? —Monk todavía no estaba dispuesto a darse por vencido, aunque comenzaba a ver cada vez más claro que la creencia de Mary Havilland en el asesinato de su padre era, simplemente, la desesperada negación de una muchacha a admitir que en verdad se había suicidado.
—El médico forense calculó que entre medianoche y las tres, no pudo precisar más. Hacía bastante frío en la cuadra a finales de otoño. La helada fue bastante severa aquella noche. El trece de noviembre, para ser exactos. Recuerdo que cuando cruzamos el jardín las hojas de los arbustos tenían blancos los bordes.
—¿Nadie oyó el disparo?
—No. —Runcorn torció los labios—. Eso es algo inusual. Parecía obvio que alguien tenía que oírlo. Disparé para hacer la prueba, y sonó muy fuerte. En una noche serena como aquélla se oiría perfectamente a más de cien metros. Hice indagaciones en ese sentido pero si alguien lo oyó no quiso admitirlo.
Su rostro traslucía una vasta experiencia y, luchando contra ella, un leve rayo de esperanza. Monk se sorprendió al constatar que Runcorn deseaba que Mary Havilland estuviera en lo cierto; simplemente no veía que fuese posible.
—¿Amortiguado con algo? —preguntó Monk.
Runcorn negó con la cabeza.
—No había nada allí —dijo—. Quemaduras de pólvora en la piel… Si hubiesen envuelto el arma con una toalla o un trapo para reducir el sonido, eso explicaría por qué nadie lo oyó o identificó el ruido como de un disparo, pero entonces el trapo aún seguiría allí, y no era el caso. A no ser… ¡que alguien se lo llevara! —No lo formuló como pregunta pero ésta brillaba en sus ojos.
—¿Ni rastro de otra persona? —inquirió Monk, hurgando en la misma esperanza.
—Nada, y lo comprobé en persona.
Monk le creyó. Aparte de que Runcorn no mentía con facilidad, saltaba a la vista que ansiaba dolorosamente pensar mejor de Havilland de lo que las circunstancias justificaban. Incluso ahora, dos meses después, seguía en el empeño.
Monk hizo la siguiente pregunta obvia.
—¿Por qué? ¿Qué iba tan mal como para pegarse un tiro en su propia cuadra en plena noche?
Runcorn apretó los labios y encorvó los hombros un poco más.
—Investigué —dijo, sutilmente a la defensiva—. Todos coincidían en que su salud era excelente. Tenía buen apetito, dormía bastante bien, caminaba a menudo. Revisamos sus asuntos y, desde luego, su posición era más que desahogada. Ningún gasto injustificado. No apostaba. Y si alguien le estaba haciendo chantaje, no era por dinero. Si tenía una amante, nunca la encontramos. Si tenía malos hábitos, tampoco encontramos indicios de ellos. Bebía muy poco. Nadie le había visto ebrio jamás. La esposa murió hace siete años. Tenía dos hijas. Jenny, la mayor, casada con Alan Argyll, un hombre de negocios muy próspero.
Runcorn inhaló profundamente y soltó el aire con lentitud.
—Havilland trabajaba en su empresa como ingeniero de la gran reconstrucción de la cloaca —continuó—. Respetado, bien pagado. Parecía que todo iba bien hasta hace poco, cuando a Havilland se le metió en la cabeza que los túneles eran peligrosos y que un día habría un accidente. No hallamos ninguna prueba de ello. El historial de seguridad de Argyll es bueno, mejor que la mayoría. Y todos sabemos que las cloacas son necesarias, y con urgencia. Nadie ha olvidado la Gran Peste ni es tan tonto para imaginar que no volverá a suceder si no hacemos algo al respecto.
—¿Y Mary? —preguntó Monk. Quería encontrarle defectos a Runcorn, algo que hubiese olvidado, algo mal hecho, pero no podía.
—La pobre chica estaba desbordada por la tristeza —dijo Runcorn, a la defensiva, como si sintiera necesidad de proteger su recuerdo contra la intromisión de Monk.
Monk apreció con simpatía aquel gesto.
—No daba crédito a que su padre hubiese hecho algo semejante —prosiguió Runcorn—. Decía de él que estaba en una cruzada y que en las cruzadas a veces morían personas pero nadie se pegaba un tiro. Decía que estaba a punto de averiguar algo acerca de los túneles y que alguien le había matado para impedírselo. Hay un montón de dinero en juego. Hay fortunas que amasar y supongo que también perder, en ese asunto. Y reputaciones.
—¿Cuál es tu opinión? —preguntó Monk.
—Hice unas cuantas preguntas sobre él —dijo Runcorn con desaliento—. Según los hombres de las obras, se había vuelto un poco excéntrico. Le daban pavor los túneles y galerías, dijeron. Se ponía a temblar, palidecía y empezaba a sudar. —Levantó un poco un hombro—. Hay gente a quien le pasa. Para otros son las alturas o las arañas. O las serpientes. Lo que sea. Normalmente pensamos que es cosa de mujeres asustarse de esas cosas, pero no es forzosamente así. Una vez trabajé en un caso con una mujer que se desmayaba si veía un ratón. Me parece inexplicable, pero esos miedos no tienen por qué tener un motivo. Conocí a un tipo a quien le aterraban los pájaros, incluso un inofensivo canario. —Se calló. De pronto pareció mayor y cansado—. Según parece Havilland se fue obsesionando con el terror a un accidente y, hasta donde yo supe ver, le faltaban motivos.
—¿Y la señora Argyll? ¿Qué pensaba de lo que su padre había hecho? —preguntó Monk recordando la espalda tiesa de Jenny Argyll y su expresión cuidadosamente controlada.
—Se culpaba de no haberse dado cuenta de lo lejos que había llegado la locura de su padre —contestó Runcorn con mirada de hastío—. Dijo que se habría encargado de que estuviera mejor atendido, de haberlo sabido. Aunque tampoco habría podido hacer gran cosa, tal como le decía su marido. En la medida en que no quebrante la ley, y Havilland no lo hacía, un hombre tiene derecho a volverse tan loco como quiera.
—¿Y Mary?
Runcorn suspiró.
—Ésa es la cuestión. La pobre chica se negó a aceptarlo. Decidió que su padre estaba en lo cierto y que no lo dejaría correr. Comenzó a leer todos sus libros, a hacer preguntas. Rompió su compromiso con Toby Argyll y se dedicó por entero a limpiar el nombre de su padre. Quería enterrarlo en terreno consagrado aunque le llevara el trabajo de toda su vida. —Su voz se hizo aún más grave—. Y ahora todo indica que la pobre criatura descansará junto a su padre. ¿Sabes cuándo van a hacerlo? Lo digo porque… —Se interrumpió y carraspeó, y acto seguido lanzó una mirada fulminante a Monk, como si lo retara a mofarse.
Monk no abrigaba el menor deseo de hacerlo. En la imaginación veía una y otra vez la figura de Mary inclinándose sobre la barandilla, agarrada a Toby Argyll, y ambos cayendo al río gélido. Él aún no sabía qué había sucedido, nada estaba claro, y había terminado por imaginar en vez de recordar, porque deseaba que ella no hubiese obrado por su propia voluntad.
Y recordó los rasgos marcados, la boca tierna y el rostro blanco del cadáver que habían sacado del río, y también que la señora Porter había dicho que era una mujer con opiniones propias y valiente a la hora de defenderlos.
—No, aún no. Pero te lo haré saber en cuanto me entere. También tengo que avisar a Cardman, el mayordomo.
Runcorn asintió y acto seguido desvió la mirada.
—Has dicho que habías descubierto dónde compró el arma —apuntó Monk cambiando de tema.
Runcorn no le miró.
—Una tienda de empeños a menos de un kilómetro de su casa. El propietario lo describió con bastante precisión. Llevaba un buen abrigo de lana oscura y bufanda. No tenía nada de raro, y menos en una noche de noviembre.
—No es muy concreto. Podría haber sido cualquiera.
—Podría, salvo que era la misma pistola. Presentaba un par de muescas y arañazos. Estaba más que seguro.
—Pero ¿por qué iba Havilland a quitarse la vida? —insistió Monk.
Runcorn sacudió la cabeza.
—Argyll me dijo que se estaba convirtiendo en un estorbo para la empresa. Lo admitió a regañadientes, pero iba a despedirlo. Havilland estaba alterando a los hombres, causaba problemas. Argyll lo lamentaba mucho pero no tenía elección. No podía dejar que todos sufrieran las consecuencias de la obsesión de un solo hombre. Explicó que no se lo había dicho a su esposa, y desde luego Mary no lo sabía, pero que ya se lo había insinuado al propio Havilland. Nos suplicó que no se lo contáramos a las hermanas, sobre todo a Mary. Hacerlo no cambiaría el hecho de su suicidio y lo degradaría ante sus ojos. En realidad, haría que el suicidio pareciera más racional. Quizás al final él mismo se lo contara, después de todo. —No había asomo de alivio en su cara, ninguna resolución.
Monk volvió a recordar la súbita expresión de ternura que había visto en el rostro de Runcorn ante la tumba de otra mujer. Había creído que Runcorn la menospreciaba, y su error de juicio puso en evidencia su propia precipitación.
—Pobre hombre —dijo escuetamente—. Si de verdad se lo dijo y ella saltó del puente llevándose a Toby Argyll consigo, no se quitará la culpa de encima hasta el fin de sus días.
—¿Qué otra cosa podía hacer? —dijo Runcorn.
—Si Havilland fue asesinado, ¿a quién responsabilizaba Mary?
—A su cuñado —respondió Runcorn sin vacilar—. Pero no lo hizo él. Comprobamos su coartada y pasó la velada en una recepción para luego, poco después de medianoche, marcharse a casa con su esposa. Ella estaba dispuesta a declarar, y los sirvientes también. El lacayo aguardó despierto, al igual que la doncella de la señora. Imposible que hubiese estado allí. Y su hermano tampoco, antes de que lo preguntes.
—Vive bastante cerca. Sin servidumbre que pueda declarar —señaló Monk.
—La noche de autos se hallaba fuera de Londres —dijo Runcorn—. A más de ciento cincuenta kilómetros. También lo comprobamos.
—Entiendo. —No había más que discutir. Monk se puso de pie sintiendo un extraño vacío en su interior—. Gracias.
Runcorn también se levantó.
—¿Vas a darte por vencido?
Sonó como un desafío aunque con una nota de desesperación.
—¡No! —negó Monk sin saber qué quería decir. Era tanto un acto de rebeldía ante Runcorn como un propósito en el que quería perseverar. No tenía ni idea de dónde buscar más pruebas. Algo inevitable se cernía sobre él.
—Si averiguas algo, dímelo —dijo Runcorn frunciendo el entrecejo—. Y…
—Sí, lo haré —prometió Monk. Le dio las gracias y se marchó antes de que la reunión se enrareciera aún más. Ya no tenían nada que decirse el uno al otro y más valía no forzar la breve tregua con su insistencia.
Monk regresó a Wapping y pasó la tarde ocupado en las tareas generales que formaban parte de su nuevo empleo. Detestaba la rutina, sobre todo redactar informes y, peor aún, leer los de los demás, pero no podía permitirse bajar la guardia ni un instante. Cualquier error u omisión podría ser el que anunciara su fracaso. Estaba obligado a tener éxito. No tenía más aptitudes que las que exigía aquel trabajo y con seguridad no disponía de ningún otro amigo como Callandra Daviot que pudiera y quisiera ayudarle económicamente.
A las cinco ya era oscuro por completo. Peor aún, desde el este se extendía una niebla espesa que envolvía el río hasta tal punto que Monk sabía que no encontraría a ningún barquero dispuesto a llevarlo a la otra orilla. Las farolas ya eran tenues y borrosos fantasmas amarillos que se desvanecían del todo a unos veinte metros, de modo que la noche era impenetrable. El lastimero aullido de las sirenas de niebla en el río rompía el silencio y apenas se oía nada más que goteo de agua y los sorbetones de la marea en las escaleras y contra los muros de contención.
Monk salió a las cinco y media para iniciar la larga caminata río arriba hacia el Puente de Londres, donde, con un poco de suerte, quizás encontraría un coche de punto que lo llevara hasta Southwark Park y a su casa.
Se abrochó el abrigo, se subió el cuello y echó a caminar.
Habría recorrido menos de medio kilómetro cuando se percató de que alguien lo seguía. Se detuvo justo después de una de las farolas envueltas en bruma y aguardó.
Un pilluelo entró en el pálido círculo de luz. Aparentaba unos nueve años, por lo poco que uno dilucidaba de su rostro a través de la suciedad. Llevaba un chaquetón largo y botas disparejas pero al menos no pisaba descalzo la piedra helada del suelo.
—Hola, Scuff —dijo Monk con agrado. Aquel rapiñador[1] le había ayudado en el caso del Mande Idris y lo había vuelto a ver una docena de veces desde entonces, si bien era cierto que por poco tiempo. En un par de ocasiones habían compartido una empanada de carne. Aquélla era la primera vez que le veía calzado—. ¿Un nuevo hallazgo? —preguntó admirando las botas.
—Una encontrada, la otra comprada —contestó Scuff al llegar junto a él.
Monk reanudó la marcha. Hacía demasiado frío para quedarse parado.
—¿Qué tal te va? —preguntó Monk para entablar conversación.
Scuff se encogió de hombros.
—Tengo botas. ¿Usted está bien?
Lo segundo fue dicho con un matiz de inquietud. Scuff pensaba que Monk era un inocente, un lastre para sí mismo, y no se guardaba de expresar tal opinión.
—Voy tirando, gracias —contestó Monk—. ¿Te apetece una empanada, si encuentro un puesto abierto?
—No lo encontrará —dijo Scuff con franqueza—. Vamos a tener un invierno muy duro. Ándese con ojo. Hará mal tiempo.
—Cada invierno hace mal tiempo —repuso Monk. No podía permitirse abundar demasiado en el sufrimiento de quienes trabajaban y dormían a la intemperie porque era impotente para hacer algo al respecto. ¿Qué significaba una empanada caliente de vez en cuando para un chiquillo?
—Éste no será igual —replicó Scuff manteniendo el paso de Monk dando un saltito de vez en cuando—. Esos túneles gigantes que andan excavando están molestando a la gente de ahí abajo. Los alcantarilleros no están contentos.
Los alcantarilleros eran los hombres que se ganaban la vida buscando o recogiendo pequeños objetos de valor que acababan en la cloaca, lo que incluía una notable cantidad de joyas. Solían trabajar en grupo por miedo a los ejércitos de ratas que podían dejar a un hombre reducido a un montón de huesos en un abrir y cerrar de ojos si éste tenía la mala suerte de perder el equilibrio y herirse, aunque no se ahogara. Y siempre cabía la posibilidad de toparse con una acumulación de metano liberado por los contenidos de la cloaca, y, por supuesto, con una ola de agua si la lluvia era lo bastante torrencial.
—¿A qué se debe el descontento de los alcantarilleros? —preguntó Monk—. Seguirá habiendo cloacas, sólo que serán mejores.
—Al cambio —dijo Scuff simple y llanamente—. Cada cual tiene su trecho, su ronda, si prefiere, ahora que es usted una especie de policía.
—¿Una especie de policía? ¡Soy un policía perfectamente normal! —dijo Monk, a la defensiva.
Scuff respondió a esa aseveración con el silencio que merecía. En su opinión Monk era un novato peligroso que había ocupado el puesto de Durban debido a una idea equivocada de la lealtad. No servía en absoluto para el trabajo y tenía mucha necesidad de orientación e incluso protección por parte de alguien que supiera lo que debía hacerse, como el propio Scuff. Él había nacido en el río y a los nueve años de edad, o quizá diez, no estaba seguro, sabía muchísimas cosas, pero el orgullo no le impedía seguir aprendiendo más cada día. No obstante, era una pesada responsabilidad cuidar de un hombre adulto que pensaba que sabía tanto como él.
—¿Va a haber una pelea por los nuevos tramos? —preguntó Monk.
—Pues claro —contestó Scuff, sorbiéndose los mocos—. Y muchos tendrán que cambiar de sitio. ¿Cómo le sentaría que un puñetero trasto fuera y destruyese toda su calle sin decirle ni pío, eh?
Scuff se refería a todas esas comunidades que vivían entre la pobreza honrada, rayana en la indigencia, y los bajos fondos semi-criminales, que pasaban casi toda su vida en las alcantarillas y el subsuelo de Londres. Abrir un nuevo túnel a través de los viejos era como meter un atizador caliente en un nido de avispas. La analogía era de Orme.
—Ya lo sé —contestó Monk—. El señor Orme ya me lo ha advertido. No estoy haciendo esto solo, ¿sabes?
Miró a derecha e izquierda a través de la niebla cada vez más densa en busca de las luces de un vendedor ambulante de comida de cualquier clase, o incluso de bebidas calientes. El frío era como un tornillo de banco que los apretara por todos lados, exprimiendo el calor de sus cuerpos. ¿Cómo sobrevivía un golfillo como Scuff, tan flaco que era todo huesos y pellejo? El siniestro lamento de las sirenas de niebla sonaba con mayor frecuencia en el agua y resultaba imposible ubicarlas a causa de la distorsión que producía la bruma.
—Por allí hay un vendedor de castañas asadas —dijo Scuff, esperanzado.
—¿A estas horas? —Monk lo dudaba. Era una mala noche para los puestos callejeros; nadie los vería con tanta niebla.
—Charlie —dijo Scuff, como si fuese suficiente explicación.
—¿Tú crees?
—¡Por supuesto!
—No veo nada. ¿Por dónde es?
—Yo sé dónde estará. ¿Le gustan las castañas? —le preguntó Scuff.
—Me comería lo que fuera con tal de que estuviese caliente. Sí, me gustan.
Scuff vaciló, como si sopesara la posibilidad de proponerle un acuerdo, pero su generosidad le ganó la batalla a su sentido de los negocios. Monk necesitaba toda la ayuda que pudiera obtener.
—Le enseñaré dónde está —propuso magnánimamente.
—Gracias —aceptó Monk—. A lo mejor te apetece acompañarme.
—No me importaría —repuso Scuff.