Capítulo 1
El puente de Waterloo se alzaba a lo lejos mientras Monk se ponía un poco más cómodo en la proa de la lancha de la policía que patrullaba el Támesis al acecho de cargamentos robados, accidentes y embarcaciones desaparecidas. Eran cuatro hombres a bordo: él como oficial superior y tres más a cargo de los cuatro remos, empuñando dos el que iba sentado a media eslora y sólo uno los situados a proa y popa. Monk iba muy rígido enfundado en el chaquetón del uniforme. Corría enero y hacía un frío glacial. El viento rizaba el agua y cortaba la piel como el filo de un cuchillo, pero Monk no quería que le vieran temblar.
Hacía cinco semanas que había aceptado el puesto al frente de aquella sección de la Policía Fluvial. Aun siendo tan reciente, ya lamentaba haber tomado esa decisión, y ese sentimiento aumentaba con el paso de los días, gélidos y húmedos, mientras 1863 devenía 1864 y un invierno inmisericorde se adueñaba de Londres y de su transitado río.
La lancha se balanceó al penetrar en la estela de una hilera de gabarras que remontaba la corriente aprovechando la marea alta. Orme estabilizó la lancha con destreza desde su puesto en la popa. Era un hombre de estatura mediana y agilidad y fortaleza engañosas, como mostraba en el manejo del remo. Tal vez tras tantos años en el agua había aprendido que con un movimiento brusco resultaba muy fácil hacer volcar una barca.
Se aproximaban al puente. En la tarde gris, antes de que se encendieran las farolas, veían el tráfico que lo cruzaba: sombras oscuras de coches de dos y cuatro ruedas. Aún estaban demasiado lejos para oír el sonido de los cascos de los caballos por encima del ruido del agua. Un hombre y una mujer se habían detenido en la acera cara a cara, junto a la barandilla, como si conversaran. Monk pensó distraídamente que lo que se estuvieran diciendo debía de importarles sobremanera para prestar tanta atención en un lugar sombrío y expuesto como aquél. El viento tiraba de las faldas de la mujer. A esa altura y sin resguardo alguno debía de estar pasando más frío que el propio Monk.
Orme guió la lancha hacia el centro del río. Volvían a bajarlo para regresar a la comisaría de Wapping, donde tenían su jefatura. Seis semanas antes Durban estaba al mando y Monk era investigador privado. Aún no podía pensar en ello sin que se le hiciera un nudo en la garganta, sin una sensación de soledad y culpabilidad que dudaba mucho que algún día remitiera. Cada vez que veía a un grupo de la Policía Eluvial, y entre ellos la silueta de un hombre que caminaba despreocupado y sin prisa, con la espalda un poco encorvada, creía que esa figura iba a volverse, y que en ella vería el rostro de Durban. Pero entonces la memoria lo devolvía a la realidad, y Monk comprendía que eso no iba a suceder nunca más.
El puente estaba ya a poco más de cincuenta metros. La pareja seguía allí arriba, junto a la balaustrada. El hombre sostenía a la mujer por los hombros, como si fuera a abrazarla. Tal vez fuesen amantes. Monk, por descontado, no alcanzaba a oír lo que decían. El viento arrancaba las palabras de sus labios, pero sus rostros estaban encendidos con una pasión que se iba haciendo más patente a medida que la lancha avanzaba hacia ellos. Monk se preguntó a qué respondería: ¿una riña, un último adiós, ambas cosas?
Los remeros de la policía tenían que bogar con ahínco contra la marea entrante.
Monk volvió a levantar la vista justo a tiempo de ver al hombre forcejear con la mujer, sujetándola con fiereza mientras ella se aferraba a él, de espaldas a la barandilla y demasiado inclinada hacia atrás. El instinto impelía a Monk gritar. ¡Unos centímetros más y caería!
Orme también contemplaba la escena que se desarrollaba en el puente.
El hombre agarró a la mujer y ella lo apartó. Pareció que perdía el equilibrio y él se abalanzó sobre ella. Estrechamente entrelazados, se tambalearon durante un terrible instante en el borde, hasta que ella cayó hacia atrás. Él intentó atraparla a la desesperada, y ella estiró el brazo para agarrarlo, pero era demasiado tarde. Ambos se precipitaron agitando brazos y piernas, como un gigantesco pájaro con las alas rotas, hasta estrellarse contra la corriente mugrienta que se los llevó, sin que opusieran resistencia, mientras el agua empezaba a tragarlos.
Orme gritó y los remeros batieron los remos hundiendo las palas a cada estrepada. Cargaban con los hombros contra la fuerza del río y avanzaban penosamente.
Monk, con el corazón en un puño, aguzaba los ojos para no perder los cuerpos de vista. Sólo estaban a una treintena de metros y, sin embargo, presentía que ya era demasiado tarde. El impacto contra la superficie del río los habría dejado sin sentido vaciándoles los pulmones de aire. Cuando al fin resollaran para inhalar, tragarían agua negra y helada y se ahogarían. Con todo, aunque careciera de sentido, se asomó sobre la proa gritando:
—¡Deprisa, deprisa! ¡Allí! No… ¡Allí!
La lancha los alcanzó arrimándose por la amura. Los remeros la mantuvieron firme contra la corriente y el balanceo mientras Orme izaba el cuerpo de la joven por encima de la borda. Con torpeza y tanto cuidado como pudo, la tendió en el interior. Monk veía el otro cuerpo pero estaba demasiado lejos para alcanzarlo y si lo intentaba inclinaría peligrosamente la lancha.
—¡A babor! —ordenó aunque los remeros ya estaban efectuando la maniobra pertinente. Agarró con cuidado el cuerpo medio sumergido del joven, cuyo abrigo flotaba hinchado por el agua y cuyas botas tiraban de las piernas hacia abajo. Haciéndose daño en los hombros, Monk lo izó por encima de la borda y lo tendió en el fondo de la lancha junto a la muchacha. Había visto muchos cadáveres con anterioridad pero la sensación de pérdida nunca disminuía. Mirando aquel rostro pálido, manchado por la suciedad del agua y con el pelo pegado a la frente, Monk calculó que debía de tener unos treinta años. Lucía bigote, pero por lo demás iba perfectamente afeitado. Su ropa estaba bien cortada y el tejido era de primera calidad. Había perdido el sombrero que le había visto en el puente.
Orme, de pie, manteniendo el equilibrio con facilidad, contemplaba a Monk y al joven.
—No podemos hacer nada por ninguno de los dos, señor —dijo—. Se habrán ahogado enseguida cayendo del puente de esa manera. Lástima —agregó en voz más baja—. La chica no parece tener más de veinte. Bonita cara.
Monk se retrepó en el banco.
—¿Algo que indique quién era? —preguntó.
Orme negó con la cabeza.
—Si tenía uno de esos bolsitos que llevan las damas, se ha perdido, aunque hay una carta en el bolsillo dirigida a la señorita Mary Havilland, de Charles Street. Lleva matasellos, así que podría ser ella.
Monk se inclinó y registró minuciosamente los bolsillos del fallecido manteniendo el equilibrio con menos garbo que Orme mientras la lancha reanudaba el viaje río abajo, de regreso a Wapping. No tenía sentido enviar un hombre a tierra en busca de testigos que hubiesen presenciado la pelea, si de una pelea se había tratado. Resultaba imposible identificar los vehículos que pasaban por el puente en ese momento, y en el agua ellos mismos habían visto cuanto se podía ver. Dos personas discutiendo… ¿Besándose? Dos personas que se separaban, perdían el equilibrio y caían. ¿Qué podía añadirse a eso?
En realidad, que Monk recordara, ningún transeúnte había pasado en ese preciso momento. En aquella hora del anochecer las farolas todavía no están encendidas, pero la luz va menguando y se diría que el gris del aire engaña al ojo. Las cosas se ven a medias; la imaginación llena el resto, a veces con inexactitud.
En uno de los bolsillos encontró una cartera de piel con un poco de dinero y un estuche con tarjetas de visita. Al parecer se trataba de Toby Argyll, de Walnut Tree Walk, Lambeth. Aquello también quedaba al sur del río, no lejos de la dirección de la chica en Charles Street, calle que desembocaba en el paseo de Lambeth. Monk la leyó en voz alta para Orme.
La lancha avanzaba despacio, ya que sólo remaban dos hombres. Orme se puso en cuclillas, muy cerca del cadáver de Argyll. En la orilla, las farolas que comenzaban a encenderse semejaban lunas amarillas entre la niebla cada vez más densa. El viento era un soplo de hielo. Había llegado la hora de encender las luces de navegación si no querían que los embistieran las gabarras o los transbordadores que atravesaban la corriente transportando pasajeros de una ribera a la otra.
Monk encendió el farol y retrocedió con cuidado hasta el cadáver de la mujer. Yacía tendida de espaldas. Orme le había cruzado las manos sobre el pecho y apartado el pelo de la cara. Tenía los ojos cerrados y la piel cenicienta, como si llevara más de unos pocos minutos muerta.
Su boca era grande, sus pómulos altos y sus cejas delicadamente arqueadas. Se trataba de un rostro muy femenino, intenso y vulnerable a la vez, como si en vida hubiese estado a merced de encendidas pasiones.
—Pobre criatura —dijo Orme en voz baja—. Supongo que nunca sabremos por qué lo hizo. Quizás él quisiera romper su compromiso, o algo así.
La expresión de su rostro quedaba oculta por las sombras, pero Monk percibió la intensa compasión de su voz.
De repente Monk se dio cuenta de que estaba mojado hasta las axilas por haber sacado el cadáver del agua. Tiritaba de frío y le costaba hablar sin que le castañetearan los dientes. Habría dado todo el dinero que llevaba en el bolsillo por un tazón de té bien caliente con un chorrito de ron. No recordaba haber padecido un frío semejante estando en tierra.
El suicidio era un delito no sólo contra el Estado, sino también a los ojos de la Iglesia. Si aquél fuese el dictamen del forense, la chica sería enterrada en tierra no consagrada. Y también estaba la cuestión de la muerte del joven. Quizá careciera de objeto discutirla, pero Monk lo hizo instintivamente.
—¿Estaba intentando detenerla?
La lancha avanzaba despacio contra la corriente. El agua estaba picada, golpeaba los costados de madera y hacía difícil que dos remeros la mantuvieran en un rumbo fijo.
Orme vaciló unos instantes antes de contestar.
—No lo sé, señor Monk, la verdad. Podría ser. Podría tratarse de un accidente como dice o al revés. —Bajó la voz—. Podría ser que él la empujara. Ha sido muy rápido.
—¿Se ha formado una opinión?
Monk a duras penas consiguió formular la pregunta con claridad de tanto como temblaba.
—Iría mejor a los remos, señor —dijo Orme con gravedad—. Hacen que circule la sangre.
Monk aceptó la sugerencia. Quizá se supusiera que los oficiales al mando no debían remar como agentes ordinarios pero tampoco resultaban de mucha utilidad entumecidos de frío o enfermos de neumonía.
Se desplazó hasta el centro y fue a tomar uno de los remos al lado de Orme. Tuvo que dar varias paladas antes de acoplarse al ritmo pero entonces comenzó a encontrarse mejor y, por supuesto, la lancha cogió velocidad, cortando el agua más limpiamente. Juntos remaron un buen trecho sin volver a hablar. Pasaron por debajo del puente de Blackfriars hacia el de Southwark que resultaba visible en la distancia sólo gracias a sus luces. El frío robaba el aliento casi antes de que alcanzara los pulmones.
Monk había aceptado aquel cargo en la Policía Fluvial en parte como una deuda de honor. Ocho años atrás, al despertar en un hospital, había perdido la memoria por completo. Recopilando un dato tras otro había establecido una identidad, descubriendo cosas acerca de sí mismo que no siempre resultaron de su agrado. Por aquel entonces era policía y su jefe inmediato, el comisario Runcorn, le tenía verdadera aversión. La relación entre ambos se había deteriorado hasta el punto de que resultaba difícil determinar si Monk había dimitido antes o después de que Runcorn lo despidiese. Puesto que la investigación y resolución de delitos era la única profesión que conocía, y dado que necesitaba ganarse la vida, había emprendido el mismo trabajo en el ámbito privado.
Sin embargo, las circunstancias habían cambiado a finales de otoño del año anterior. La necesidad de dinero le había empujado a aceptar el caso Louvain, su primera experiencia en el río, y debido a ello conoció a Durban y lo involucró en el asunto del Maude Idris y su terrible cargamento. Ahora Durban estaba muerto y, por más increíble que pudiera parecer, había recomendado a Monk para que le sucediera en su puesto en la comisaría de Wapping.
Durban no podía haber tenido idea de lo malas que habían sido las dotes de mando de Monk en el pasado. Era brillante, implacable, ingenioso, pero nunca se le había dado bien trabajar en equipo, ya fuese dando órdenes o acatándolas. Runcorn se lo habría explicado a Durban; le habría contado que, inteligente o no, valiente o no, Monk le causaría más problemas de los que merecía la pena aguantar. El tiempo, las circunstancias y, quizá por encima de todo, su matrimonio con Hester Latterly habían suavizado el carácter de Monk. Ella había sido enfermera en Crimea con Florence Nightingale y era una mujer considerablemente más franca y directa que la mayoría de jóvenes. Amaba a Monk con una lealtad inquebrantable y una pasión asombrosa, pero eso no le impedía manifestar abiertamente sus propias opiniones. Aun así, Runcorn hubiese aconsejado al comisario Farnham que buscara a otro para ocupar el puesto de un hombre que, como Durban, siempre había sido prudente, experimentado y profundamente admirado.
Pero Durban había querido a Monk y Monk necesitaba el empleo. Durante sus años de independencia, lady Callandra Daviot, amiga de Hester, había dispuesto de dinero e interés suficientes para implicarse en sus casos y sustentar a los Monk en los meses de escasez. Ahora Callandra se había marchado a vivir a Viena y la cruda elección se daba entre que Monk consiguiera un empleo estable y seguro o que Hester volviera a ejercer de enfermera particular, lo cual implicaría las más de las veces que viviera en los domicilios de los pacientes que reclamaran sus servicios. Para Monk, verla tan poco era una opción última y desesperada. De modo que ahí estaba, sentado en la bancada de una lancha, arrojando su peso contra el remo mientras pasaban por debajo del Puente de Londres dirigiéndose al sur, hacia la Torre y Wapping Stairs. Todavía sentía el frío en los huesos, mojado hasta los hombros y con dos cadáveres tendidos a sus pies.
Finalmente llegaron a la escalera que llevaba a la comisaría. Con cuidado y una cierta rigidez Monk subió el remo, se levantó y ayudó a llevar los cuerpos inertes y empapados escaleras arriba y a través del muelle hasta el interior del edificio.
Allí al menos hacía calor. La estufa negra de hierro estaba encendida llenando toda la sala de un agradable olor a humo y había té caliente aguardándolos. En realidad, ninguno de los hombres conocía bien a Monk y todavía lloraban la muerte de Durban. Trataban a su nuevo superior con cortesía; si deseaba algo más tendría que ganárselo. El río era un lugar peligroso con sus inciertas mareas y corrientes, esporádicos obstáculos sumergidos, tráfico rápido y repentinos cambios de tiempo. Exigía coraje, destreza e incluso más lealtad entre los hombres que la misma profesión en tierra firme. No obstante, la dignidad humana dictaba que ofrecieran a Monk un tazón de té con un chorrito de ron, tal como harían con cualquier otro hombre y, probablemente, incluso con un perro callejero en aquella época del año. De hecho, Humphrey, el gato de la comisaría, un enorme animal blanco con la cola pelirroja, tenía a su disposición una canasta junto a la estufa y toda la leche que fuese capaz de beber. La caza de ratones era asunto suyo, y se dedicaba a esta actividad cuando se le antojaba o si nadie lo alimentaba con otras exquisiteces.
—Gracias.
Monk se bebió el té y notó que algo semejante a la vida regresaba a su cuerpo mientras el calor se extendía desde dentro hacia afuera.
—¿Un accidente? —preguntó el sargento Palmer mirando los cuerpos que yacían en el suelo con el rostro cubierto con sendos chaquetones.
—Aún no lo sé —contestó Monk—. Cayeron del puente de Waterloo justo delante de nosotros, pero no estoy seguro de cómo ocurrió.
Palmer, un tanto desconcertado, frunció el entrecejo. Albergaba sus dudas acerca de la competencia de Monk, y aquella indecisión no hacía más que confirmarlas.
Orme apuró su tazón de té.
—Cayeron juntos —dijo mirando inexpresivamente a Palmer—. Cuesta decir si él intentaba salvarla; puede que la empujara. Lo que está claro es lo que los mató, pobres diablos. Un buen golpe contra el agua, como pasa siempre. Pero me da que nunca sabremos con certeza por qué cayeron.
Palmer aguardó a que Monk dijera algo. De repente la sala se sumió en el silencio. Los otros dos hombres de la lancha, Jones y Butterworth, permanecían expectantes, mirando a uno y a otro, para ver qué haría Monk. Se trataba, una vez más, de una prueba. ¿Estaría Monk a la altura de Durban?
—Que el forense los examine por si hay algo que ahora no advertimos —contestó Monk—. Es probable que no, pero no vamos a correr el riesgo de parecer tontos.
—Ahogados —dijo Palmer con amargura, volviéndose—. Cuando caen de los puentes, siempre lo están. Todo el mundo lo sabe. El agua los aturde, y al respirar, la tragan. Los mata. La rapidez es casi lo único bueno que tiene esa manera de morir.
—¿Y qué cara nos tocará poner si decimos que ella es una suicida y resulta que la habían apuñalado, o estrangulado, sin que nos hayamos percatado? —preguntó Monk sin perder la calma—. Sólo quiero asegurarme. ¿Y si está embarazada y tampoco lo hemos sabido ver? Fíjese en la calidad de su ropa. No es una mujer de la calle. Vivía en un barrio respetable y es posible que tenga familia. Les debemos la verdad.
Palmer se sonrojó, con expresión de tristeza.
—Que estuviera embarazada no va a hacer que se sientan mejor —observó sin volverse para mirar a Monk.
—No buscamos las respuestas que hacen que la gente se sienta mejor —repuso Monk—. Tenemos que tratar con las que consideramos más próximas a la verdad. Sabemos quiénes son y dónde vivían. Orme y yo iremos a informar a sus familias. Usted haga que el forense los examine.
—Sí, señor —dijo Palmer con fría formalidad—. Pasará usted por su casa para ponerse ropa seca, me figuro —agregó enarcando las cejas.
Monk ya había aprendido aquella lección.
—Tengo una camisa seca y otro chaquetón en el armario. Con eso me basta.
Orme se volvió aunque no antes de que Monk observase su sonrisa.
Monk y Orme tomaron un coche de alquiler en Wapping para dirigirse al oeste a lo largo de High Street. Las luces titilaban, intermitentes, desde el río, y el viento, que olía a sal y algas, azotaba enfurecido los callejones que se abrían entre las casas de la orilla. Rodearon la mole imponente de la Torre de Londres y regresaron junto al agua para proseguir por Lower Thames Street. Finalmente cruzaron el río por el puente de Southwark y atravesaron zonas residenciales más elegantes hasta llegar a la gran confluencia de St. George’s Circus. Tanto Charles Street como Walnut Tree Walk quedaban bastante cerca de allí.
Informar a las familias de los fallecidos era la parte de cualquier investigación que todos los policías detestaban, y ese deber correspondía al oficial de rango mayor. Sería una muestra de cobardía y de infame descortesía para con los deudos del difunto delegar tal misión en un subordinado.
Monk pagó al conductor y lo despachó. Ignoraba cuánto tiempo iba a llevarle dar la noticia y también con qué podían encontrarse él y Orme.
La casa donde había vivido Toby Argyll presentaba cierta prestancia, aunque saltaba a la vista que estaba dividida en apartamentos de alquiler destinados más a solteros solventes que a familias. Una casera con vestido negro y delantal abrió la puerta, inmediatamente azorada al ver a dos desconocidos en el umbral. Orme era de rasgos corrientes y agradables, pero llevaba uniforme de miembro de la Policía Fluvial. Monk era más alto y poseía la gracia de un hombre consciente de su propio magnetismo. Su rostro, enjuto de carnes, de nariz aguileña, alta de caballete, y mirada imperturbable, transmitía fuerza, inteligencia, incluso sensibilidad, pero por lo general incomodaba a la gente.
—Buenas noches, señora —dijo gentilmente. La voz era excelente, la dicción muy cuidada. Le había costado mucho trabajo perder el acento vulgar de Northumberland que revelaba sus orígenes. Había deseado ardientemente ser todo un caballero. Tal deseo pertenecía ya a un pasado remoto, pero la entonación en su voz persistía.
—Buenas, señor —contestó la mujer con cautela.
—Soy el inspector Monk y él el sargento Orme, de la Policía Fluvial del Támesis. ¿Es éste el domicilio del señor Toby Argyll?
La casera tragó saliva.
—Sí, señor. ¡No me diga que ha habido un accidente en uno de esos túneles! —Se llevó la mano a la boca como para sofocar un grito—. Siento no poder ayudarle, señor. El señor Argyll no está en casa.
—No, señora, no lo ha habido, que yo sepa —contestó Monk—. Pero me temo que ha sucedido una tragedia. Lo lamento profundamente. ¿El señor Argyll vive solo aquí?
Ella le miró fijamente, cada vez más pálida al comenzar a comprender que se habían presentado allí para dar la peor noticia posible.
—¿Quiere que vayamos dentro y nos sentemos? —propuso Monk.
La casera asintió y los dejó pasar, abriendo luego el camino por el pasillo hasta la cocina. Se percibía allí el aroma de la cena que estaba guisando, lo que hizo recordar a Monk que llevaba muchas horas sin probar bocado. La casera se dejó caer en una de las sillas con respaldo de madera, apoyó los codos en la mesa y se tapó la cara con las manos. Varias cacerolas humeaban sobre la enorme cocina económica cuyo horno desprendía el apetitoso perfume de un pastel de carne. En la pared, los cacharros de cobre brillaban a la trémula luz de gas y varias ristras de cebollas colgaban del techo.
De nada serviría posponer lo que ella sin duda ya sabía que se avecinaba.
—Lamento decirle que el señor Argyll se ha caído del puente de Waterloo —dijo Monk—, señora…
Ella le miró con los ojos muy abiertos.
—Porter —dijo—. He cuidado del señor Argyll desde que llegó aquí. ¿Cómo es posible que se haya caído del puente? ¡No tiene sentido! ¡Hay barandillas! ¡Uno no se cae así como así! ¿Pretende decirme que estaba de juerga y le dio por trepar o hacer alguna otra tontería? —Ahora temblaba de enojo—. ¡No le creo! ¡Él no era así! ¡Era un joven caballero muy formal y trabajador! Se confunde de persona. ¡Se ha equivocado, se lo digo yo! —Levantó el mentón y clavó los ojos en él—. Debería tener más cuidado y no dar estos sustos a la gente.
—Nada indica que estuviera borracho, señora Porter. —Monk no solía recurrir a evasivas ni eufemismos—. El joven que encontramos llevaba consigo tarjetas en las que figuraba el nombre de Toby Argyll y esta dirección. Tendría mi estatura, o quizás un poco menos, y el pelo rubio. Afeitado pero con bigote. —Se detuvo. Al ver el modo en que la mujer lo miraba y el mohín de su boca dedujo que acababa de describirle a Argyll—. Lo lamento —repitió.
Los labios de la señora Porter temblaban.
—¿Qué ha pasado? Si no estaba borracho, ¿cómo es que se ha caído al río? ¡No tiene sentido! —Seguía desafiante, aferrándose al último hilo de esperanza como si la incredulidad pudiera evitar que lo que acababa de oír fuera cierto.
—Iba en compañía de una señorita —prosiguió Monk—. Daban la impresión de estar sosteniendo una conversación bastante acalorada. Se agarraron mutuamente y se balancearon un poco, entonces ella cayó de espaldas contra la barandilla. Forcejearon un poco más…
—¿Qué quiere usted decir con eso de «forcejearon»? —inquirió la señora Porter—. ¿Pretende insinuar que se peleaban?
Aquello era peor de lo que se había figurado. ¿Qué estaban haciendo cuando los vio? ¿Qué había visto él, exactamente? Trató de apartar de su mente todas las ideas posteriores, los intentos por comprender, por interpretar los hechos y rememorar con precisión lo que había ocurrido. Ambas figuras estaban sobre el puente, la mujer más próxima a la barandilla. ¿Lo estaba? Sí, era ella. El viento soplaba desde detrás de ellos y Monk había visto sus faldas infladas colándose entre los balaustres del antepecho. Ella agitó los brazos y apoyó las manos en los hombros del hombre. ¿Una caricia? ¿O empujándolo? Él retiró el brazo levantándolo hacia atrás. ¿Apartándose de ella? ¿O preparándose para golpear? Él la tenía agarrada. ¿Para salvarla o para empujarla?
La señora Porter aguardaba, con los brazos cruzados, y todavía temblaba en la cocina caldeada con sus aromas a hora de cenar.
—No lo sé —dijo Monk despacio—. Estaban sobre nosotros, se recortaban contra la luz, y a casi sesenta metros.
La señora Porter miró a Orme.
—¿Usted también estaba allí, señor?
—Sí, señora —contestó Orme, plantado como un poste en medio del suelo fregado—. Y el señor Monk dice la verdad. Cuanto más lo pienso menos seguro estoy de saber qué he visto exactamente. Era esa hora del anochecer… justo antes de que enciendan las farolas. Crees que ves bien pero te equivocas.
—¿Quién era ella? —preguntó la señora Porter—. La mujer que se cayó con él.
—¿Acaso piensa en alguien que no le sorprendería? —intervino Monk—. Suponiendo que estuvieran peleando, claro.
El disgusto de la señora Porter era más que patente.
—Bueno… No me gusta decirlo… —vaciló.
—Sabemos quién era, señora Porter —la interrumpió Monk—. Tenemos que averiguar lo que ha ocurrido, para no permitir que nadie cargue con la culpa de algo de lo que no es responsable.
—Ya no puede hacerles daño —respondió la señora Porter ignorando las lágrimas que le surcaban las mejillas—. Están muertos, pobres criaturas.
—Pero tendrán familiares interesados —señaló Monk—. Y un entierro en tierra consagrada… O no.
La señora Porter soltó un grito ahogado y se estremeció.
—¿Señora Porter?
—¿Era la señorita Havilland? —preguntó con voz ronca.
—¿Qué puede decirme de ella?
—Pero ¿era ella? ¡Claro, seguro! Desde que la conoció no tuvo ojos para otra.
—¿Estaba enamorado de ella?
Por descontado, aquello podía significar muchas cosas, desde la verdadera y desinteresada entrega del corazón, que pasaba por la generosidad y la necesidad, hasta la dominación y la obsesión. Y el rechazo podía significar cualquier cosa entre la resignación y el enojo pasando por el sufrimiento, o la ira y la sed de venganza, quizás incluso de destrucción.
La casera titubeaba.
—¿Señora Porter?
—Sí —dijo enseguida—. Estaban prometidos, o al menos él parecía dar por hecho que lo estaban, y entonces ella quiso romper. Tampoco es que fuese un compromiso formal, vaya. No lo habían anunciado.
—¿Sabe por qué?
—¿Yo? —dijo ella, perpleja—. Claro que no.
—¿Había una tercera persona?
—Por parte de él no, y de ella yo diría que tampoco. Al menos eso es lo que él aseguraba. —La señora Porter sorbió por la nariz y tragó saliva—. Esto es terrible. Nunca había oído nada igual, entre gente fina al menos. ¿Por qué les dio por ir a saltar de los puentes? Al señor Argyll esto va a afectarle muchísimo, pobre hombre.
—¿El señor Argyll? ¿Se refiera al padre? —preguntó Monk.
—No, al hermano. Le lleva unos cuantos años, o eso se diría. —La mujer volvió a sorber y buscó un pañuelo en el bolsillo del delantal—. Sólo lo he visto cinco o seis veces, cuando venía a buscar al señor Toby. Un caballero muy rico. Es el amo de esas grandes máquinas y cosas que están cavando las nuevas alcantarillas que diseñó el señor Bazalgette para limpiar Londres, y así no cogeremos más el tifus ni el cólera ni nada. El pobre príncipe Albert tuvo que morir y a la reina se le partió el corazón para que se decidieran a hacerlo. ¡Qué escándalo!
Monk guardaba con toda claridad en el recuerdo la Gran Peste del cincuenta y ocho, cuando el desbordamiento de aguas residuales fue tan grave que la ciudad de Londres entera devino una especie de inmensa cloaca abierta.
El olor del Támesis era tan repugnante que uno se atragantaba y un kilómetro antes de llegar al río ya le entraban náuseas. El nuevo alcantarillado iba a ser el más avanzado de Europa. Costaría una fortuna y proporcionaría trabajo y riqueza a miles de personas, a decenas de miles si se tomaba en consideración a todos los peones, enladrilladores y ferroviarios implicados, a los albañiles, carpinteros y suministradores de productos diversos. La mayor parte de las alcantarillas se construían mediante el sistema a cielo abierto, conocido como «cortar y cubrir», pero algunas eran tan profundas que requerían excavar túneles.
—Así pues el señor Argyll era un joven acaudalado…
—Oh, sí. —La señora Porter se enderezó un poco—. Tiene su clase. Esta zona, señor Monk… No es nada barato vivir aquí.
—¿Y la señorita Havilland? —preguntó él.
—Oh, ella también era muy fina, pobrecita —respondió la casera de inmediato—. Era toda una dama, pese a sus opiniones. A mí siempre me ha parecido bien decir lo que pienso, pero más de uno manifestaría que eso no era propio de una joven dama.
Habiéndose casado con una mujer de apasionadas opiniones sobre un montón de temas, Monk nada pudo argüir. En realidad, de repente vio a Mary Havilland no tal como era ahora, sino con la esbelta, temible y vulnerable figura de Hester, de hombros un poco demasiado estrechos, con su ligera angulosidad, pelo castaño y ojos de tan encendida inteligencia que nunca los había podido olvidar desde el día en que se conocieron… Desde que discutieron por primera vez.
Al volver a hablar lo hizo con voz ronca.
—¿Sabe por qué quiso romper la relación, señora Porter? ¿O acaso era una generosa ficción que el señor Argyll toleraba y en realidad fue él quien la acabó?
—No, fue cosa de ella —contestó la señora Porter sin vacilar—. Él andaba muy disgustado, intentaba hacerla cambiar de parecer. —Sorbió una vez más—. Nunca pensé que pudiera llegar a esto.
—Aún no sabemos qué ha sucedido —señaló Monk—, pero agradecemos su ayuda. ¿Podría usted facilitarnos las señas del hermano del señor Argyll? Tenemos que informarle del suceso. Me figuro que no sabrá usted quiénes son los familiares más próximos de la señorita Havilland. Sus padres, supongo.
—Eso no lo sé, señor. Pero voy a darle la dirección del señor Argyll ahora mismo, no se apure. Pobre hombre, se quedará destrozado. ¡Con lo unidos que estaban!
Alan Argyll vivía a poca distancia de allí, en Westminster Bridge Road, y Monk y Orme sólo tardaron unos diez minutos a pie hasta la magnífica casa cuya dirección les había facilitado la señora Porter. Las cortinas estaban corridas contra la temprana noche invernal, pero las farolas de gas de la calle mostraban la elegante línea de las ventanas y la escalinata de piedra que subía hasta una amplia puerta labrada en la que brillaba con el tenue resplandor del latón la cabeza de león que hacía las veces de aldaba.
Orme miró a Monk pero no dijo nada. Dar una noticia como aquélla a la familia era infinitamente peor que a una casera, por más comprensiva que fuera. Monk hizo ademán de asentir pero no había nada que decir. Orme trabajaba en el río; estaba acostumbrado a la muerte.
Acudió a abrir la puerta un mayordomo bajo y corpulento cuyo pelo canoso clareaba en lo alto de la cabeza. Por su mirada firme y poco sorprendida resultó obvio que los tomaba por conocidos de trabajo de su patrón.
—El señor Argyll está cenando, señor —dijo a Monk—. Si tiene la bondad de aguardar en la sala de día estoy seguro de que vendrá a verlos en su debido momento.
—Somos de la Policía Fluvial del Támesis —respondió Monk, que en un principio sólo había dado su nombre—. Me temo que traemos malas noticias que no pueden esperar. Quizá sería aconsejable tener a punto una copa de brandy, por si acaso. Lo lamento.
El mayordomo titubeó.
—Desde luego, señor. ¿Me permite preguntar qué ha ocurrido? ¿Ha sido uno de esos túneles, señor? Es muy triste, pero al parecer esas cosas son inevitables.
Monk era consciente de que excavaciones tan impresionantes como las que se estaban efectuando de vez en cuando causaban corrimientos de tierras e incluso desplomes de paredes que enterraban las máquinas y en ocasiones herían a los trabajadores. Se había producido un desastre espectacular por la parte de Fleet Street hacía apenas unos días.
—Algo parecido, sí —convino Monk—. Pero el asunto que nos ocupa ha tenido lugar en el río, y por desgracia se trata de una mala noticia de carácter personal para el señor Argyll. Debe ser informado cuanto antes.
—Ay por Dios —dijo el mayordomo en voz baja—, eso sí que es terrible. Sí, señor. —Inhaló profundamente y soltó el aire en silencio—. Si me acompañan a la sala de día, enseguida avisaré al señor Argyll.
La sala de día era muy sombría, de tonos marrones y dorados. El fuego se había dejado apagar, pero ya había caído la noche y por lo general no debían de usarla a esas horas. Monk y Orme aguardaron de pie y en silencio en el centro de una alfombra de Aubusson. Monk se fijó en el cuadro de encima de la chimenea, que representaba un paisaje de las Highlands, y en un pequeño roedor disecado dentro de una urna de cristal sobre una mesa arrimada a la pared. Constituían tímidos intentos para demostrar que la riqueza de los Argyll era de rancio abolengo, lo que llevó a Monk a pensar que probablemente no lo era.
La puerta se abrió de par en par y Alan Argyll se plantó en la entrada, muy pálido y con los ojos oscuros bajo la luz de la lámpara. Era de estatura superior a la media y delgado, con una insinuación de fuerza física además de mental. Sus rasgos estaban bien proporcionados pero emanaban la frialdad de quien no solía reír fácilmente.
En esas circunstancias resultaba ridículo decir «buenas noches». Monk se adelantó un paso.
—Soy William Monk, de la Policía Fluvial del Támesis, señor. Él es el sargento Orme. Lamento mucho decirle que su hermano, el señor Toby Argyll, se ha caído del puente de Westminster a primera hora de esta noche, y aunque le hemos dado alcance pocos minutos después de la caída, ya había fallecido.
Argyll le miraba fijamente balanceándose un poco, como si hubiese recibido un golpe.
—¿Usted estaba presente? ¡Por Dios! ¿Y por qué no…? —Soltó un grito ahogado y tuvo dificultades para recobrar el aliento. Daba la impresión de estar a punto de desmoronarse.
—Estábamos patrullando el río —contestó Monk—. Lo lamento, señor, nadie hubiese podido auxiliarlo. En tales circunstancias, un hombre se ahoga muy deprisa. Pienso que seguramente no ha sentido nada. Me consta que es un magro consuelo, pero tal vez le sirva en su momento.
—¡Tenía veintinueve años! —gritó Argyll. Se adentró en la sala y la luz brilló en su rostro. Monk enseguida vio el parecido con su hermano: la línea de la boca, el color de sus bien formados ojos, el modo en que le crecía el pelo gris—. ¿Cómo puede uno caerse de un puente? —inquirió—. ¿No habrá sido un crimen y me lo está ocultando? ¿Le agredieron?
La rabia le ahogó la voz y apretó los puños.
—No estaba solo —dijo Monk con premura para que Argyll no perdiera el control. A la congoja estaba acostumbrado, incluso al enojo, pero en aquel hombre, justo debajo de la superficie, había un hilo de violencia que se desenredaba deprisa—. Una joven llamada Mary Havilland se encontraba con él…
Argyll miró a Monk azorado.
—¿Mary? ¿Dónde está? ¿Se encuentra bien? ¿Qué ha sucedido? ¿Qué es lo que me está ocultando, hombre? ¡No se quede ahí como un pasmarote! ¡Me está hablando de mi familia…!
Otra vez los puños apretados, la piel de los nudillos tensa y pálida sobre el hueso.
—Perdone, la señorita Havilland ha caído con él —dijo Monk con gravedad—. Se agarraban el uno al otro.
—¿Qué quiere decir con que «se agarraban»? —inquirió Argyll—. ¿Qué insinúa?
—Que han caído juntos, señor —repitió Monk—. Se hallaban junto a la barandilla, enfrascados en lo que parecía una discusión acalorada. Nosotros nos encontrábamos demasiado lejos para oír nada. Cuando hemos vuelto a mirar se apoyaban en la barandilla y un instante después perdían el equilibrio y caían.
—¿Ha visto a un hombre peleando con una mujer y se ha puesto a mirar hacia otro lado? —dijo Argyll en tono de incredulidad—. ¿Hacia dónde, por el amor de Dios? ¿Qué diantre podía haber más…?
—Íbamos de patrulla —lo interrumpió Monk—. Vigilamos el río entero. Ni siquiera habríamos llegado a ver lo poco que hemos visto si no se hubiesen puesto tan cerca de la barandilla. Parecía una conversación normal y corriente, quizás una riña amorosa, una reconciliación. De haber seguido mirando habríamos pecado de indiscretos.
Argyll permaneció inmóvil, de pie, pestañeando.
—Sí —dijo por fin—. Sí, por supuesto. Lo siento. Toby… Toby era mi único pariente. Al menos… —Se pasó la mano por la cara casi como para recobrar el equilibrio, y de un modo u otro aclararse la vista—. Mi esposa. ¿Dice que Mary Havilland también ha fallecido?
—Sí. Lo siento. Tengo entendido que estaba muy unida a su hermano.
—¡Unida! —La voz de Argyll volvió a subir con una peligrosa nota de histeria—. Era mi cuñada. Toby era su prometido, al menos iban a casarse. Ella… ella lo suspendió. Estaba muy trastornada…
Monk no acababa de entenderlo.
—¿Hubiese sido su cuñada?
—¡No! Lo era. Mary era hermana de mi esposa —dijo Argyll. Respiró hondo y añadió—: Mi esposa se quedará… anonadada. Esperábamos que…
Se interrumpió.
Monk tenía que continuar con el interrogatorio, por doloroso que fuera para Argyll contestar a más preguntas.
En esos momentos bajaría la guardia, y tal vez le desvelara una verdad que más adelante, por decencia o compasión, habría encubierto. Según había dicho la casera, Mary era una mujer de carácter fuerte y convicciones firmes.
—¿Sí, señor? ¿Qué esperaban…? —apuntó Monk.
—Oh… —Argyll suspiró y apartó la mirada. Anduvo a tientas hasta un sillón y se sentó pesadamente. Aparentaba estar en la cuarentena, lo que significaba que era considerablemente mayor que su hermano. Pero eso sólo confirmaba lo que había dicho la señora Porter.
Monk también tomó asiento para ponerse a la misma altura que Argyll. Orme se quedó discretamente de pie a un par de metros.
Argyll miró a Monk.
—El padre de Mary se suicidó hace menos de dos meses —dijo en voz baja—. Fue algo muy penoso. Tanto Mary como Jenny, mi esposa, quedaron destrozadas de dolor. Su madre había muerto muchos años antes, y era un golpe terrible. Mi esposa lo ha sobrellevado con gran entereza, pero Mary había dado muestras de estar perdiendo su… su equilibrio mental. Se negaba a aceptar que aquella muerte fuera en efecto un suicidio, aun cuando la policía lo había investigado, naturalmente, y había llegado a aquella conclusión. Esperábamos… esperábamos que ella…
—Lo lamento —dijo Monk con sinceridad. Imaginó a Mary tal como debía de haber sido en vida, el pálido y terso rostro animado por la emoción, el enojo, el asombro, el pesar—. Es una carga muy dura de llevar. —Como un golpe físico recordó que el padre de Hester también se había quitado la vida y que el dolor que había causado seguía siendo próximo y real, de un modo que las palabras no pueden expresar por sí solas—. De veras que lo siento —dijo otra vez.
Argyll le miró con expresión de sorpresa, como si hubiese percibido la emoción contenida tras las frases educadas.
—Sí, sí. Es duro. —Saltaba a la vista que no había esperado que Monk se permitiera mostrar sus propios sentimientos—. No quiero ni imaginar cómo reaccionará la pobre Jenny ante esta tragedia. Es…
No logró dar con las palabras apropiadas para lo que quería decir, quizás incluso a sí mismo.
—¿Cree que le sería más fácil a la señora Argyll si estamos presentes para que pueda formularnos cuantas preguntas desee? —preguntó Monk—. ¿O prefiere contárselo usted en privado?
Argyll titubeó. Parecía sinceramente indeciso.
Monk aguardó. El reloj de la repisa de la chimenea tocó los cuartos; por lo demás, reinaba el silencio.
—Quizá no debería negarle la ocasión de hablar con ustedes —dijo Argyll por fin—. Si tienen la bondad de excusarme, le daré la noticia a solas y entonces veremos qué prefiere. —Dio por hecho que contaba con la aquiescencia de Monk y se levantó. Salió de la sala con paso inseguro, evitando a duras penas darse de bruces contra la jamba de la puerta en el último instante y dejando ésta abierta.
—¡Pobre hombre! —dijo Orme en voz baja—. Ojalá pudiéramos decirle que fue un accidente.
Interrogó a Monk con la mirada.
—Ojalá —convino Monk. Empezaba a parecer como si Mary Havilland hubiese sufrido un desequilibrio mental, aunque fuese temporal, pero aún no quería decir nada al respecto, ni siquiera a Orme.
El mayordomo entró y se apostó como una sombra justo ante la puerta.
—La señora Argyll me ha pedido que vea si quieren que sirva algo a los caballeros. ¿Tal vez una cerveza? —No iba a ofrecerles un buen jerez que no apreciarían ni, por descontado, el mejor brandy.
Monk se dio cuenta de que tenía un hambre lobuna. Seguro que Orme también. Quizás al menos en parte fuese el motivo de que siguiera teniendo frío.
—Gracias —aceptó—. Hemos venido directamente del río. Un bocadillo y una jarra de cerveza sería muy gentil de su parte.
El mayordomo se mostró levemente incómodo, como si pensara que tendría que habérsele ocurrido a él.
—Inmediatamente, señor —contestó—. ¿Ternera asada y mostaza les parece bien?
—Sería perfecto —contestó Monk.
Orme le dio las gracias calurosamente en cuanto la puerta se cerró.
—Espero que venga antes de que vuelva el señor Argyll —agregó—. No sería correcto comer delante de él, sobre todo si también viene la señora Argyll. Aunque me da que no va a venir. Casi todas las damas encajan muy mal las malas noticias.
Los bocadillos llegaron y Monk y Orme dieron cuenta de ellos vorazmente, terminando justo antes de que Argyll regresara. Pero Orme había errado en su segunda suposición: Jenny Argyll decidió verles. Entró delante de su marido. Era una mujer guapa cuyos ojos y boca guardaban una asombrosa semejanza con los de su hermana difunta, pero con el cabello más oscuro y sin los mismos pómulos altos. Ahora también ella estaba desprovista de color y tenía los párpados hinchados por haber llorado, pero mantenía notablemente bien la compostura, habida cuenta de las circunstancias. Lucía un vestido rojo oscuro de lana con una falda muy amplia y un elaborado peinado que la doncella sin duda había tardado más de media hora en terminar. Miró a Monk con educación pero sin el menor interés.
Argyll cerró la puerta a sus espaldas y aguardó a que su esposa se sentara.
Monk le dio el pésame.
—Gracias —dijo la señora Argyll escuetamente—. Dice mi marido que Mary se ha caído del puente de Westminster. Toby estaba con ella. A lo mejor intentó detenerla y no lo logró. ¡Pobre Toby! Creo que todavía la amaba, a pesar de todo. —Se le llenaron los ojos de lágrimas, pero conservó la compostura. Resultaba imposible decir el esfuerzo que le costaba. No miró a su marido, ni siquiera intentó tocarlo.
Monk tendría que haber aceptado la respuesta implícita en sus palabras y, sin embargo, contra toda lógica, se negaba a hacerlo. Cuando el padre de Hester se pegó un tiro por culpa de una deuda impagable fruto de una trampa que le habían tendido, ella regresó de Crimea, donde había estado sirviendo como enfermera militar, y redobló sus esfuerzos para fortalecer a su familia y luchar contra todos los agravios que encontró. Habían sido su entereza y su determinación los que habían dado fuerzas a Monk para luchar contra una carga que a él le había parecido imposible de soportar. Hester era mordaz, al menos eso pensó entonces, dogmática e imprudente al exponer sus ideas, presurosa de juicio y de genio vivo, pero incluso él, que la había encontrado tan irritante, nunca había dudado de su coraje y su voluntad de hierro.
Por descontado, Monk había conocido la pasión, la alegría y la vulnerabilidad de ella desde entonces. ¿Estaba imaginando en Mary Havilland algo que ella jamás había poseído? Costara lo que le costase a la señora Argyll, Monk deseaba saberlo.
—Tengo entendido que su padre falleció recientemente —dijo con gravedad—, y que a la señorita Havilland le resultaba muy difícil aceptarlo.
Ella le miró con recelo.
—Nunca lo hizo —contestó—. Se negaba a aceptar que se hubiese quitado la vida. No lo aceptaba a pesar de todas las pruebas en ese sentido. Me temo que el tema la… obsesionaba. —Pestañeó—. Mary era muy… voluntariosa, para decirlo suavemente. Estaba muy unida a papá y no se creía que algo le hubiera ido tan mal y no se lo hubiese confiado. Me temo que quizá no estuvieran tan… unidos como ella imaginaba.
—¿Cabe pensar que se sintiera afligida por la ruptura del compromiso con el señor Argyll? —preguntó Monk tratando de aferrarse a algún motivo para que una muchacha saludable hiciera algo tan desesperado como arrojarse desde un puente. Y ¿había tenido intención de llevarse a Argyll consigo o era que él, aun a riesgo de su propia vida, había intentado salvarla? ¿O lo hizo movido por la culpabilidad porque la había abandonado, posiblemente por otra mujer? Desde luego, era preciso que el forense dilucidara si estaba embarazada. Eso quizás explicaría buena parte… La idea era repulsiva, pero quizás había pensado que el suicidio era la única solución, si él no iba a casarse con ella, y estaba resuelta a llevárselo consigo. En tal caso, él era, en cierto sentido, el causante de su pecado. Pero eso sólo podía ser cierto si estaba encinta, y si además lo sabía con seguridad.
—No —dijo la señora Argyll cansinamente—. Fue ella quien rompió. En todo caso, era Toby el afligido. Mary… se volvió muy rara, señor Monk. Parecía resentida con todos nosotros. Estaba obcecada con la idea de que iba a ocurrir una tragedia espantosa en los nuevos túneles de alcantarillado que está construyendo la empresa de mi marido. —Se la veía agotada, como si visitara de nuevo un dolor antiguo y arduamente combatido—. Mi padre tenía un miedo morboso a los espacios cerrados y era bastante reaccionario. Le daban miedo las máquinas nuevas que hacen el trabajo mucho más deprisa. Me figuro que es usted consciente de la acuciante necesidad de construir una nueva red de alcantarillado para la ciudad…
—Sí, señora Argyll, creo que todos los somos —contestó Monk. No le gustaba la imagen que estaba emergiendo y, sin embargo, no podía negarla. Fue sólo su propia emoción lo que le empujó a combatirla, un vínculo mental completamente irracional entre Mary Havilland y Hester. Ni siquiera se trataba de algo tan definido como un pensamiento. De momento eran sólo las palabras que una casera que apenas la conocía había empleado para describirla, añadidas a una protectora aflicción por el suicidio de un padre.
—Mi padre permitió que se convirtiera en una obsesión para él —prosiguió la señora Argyll—. Dedicaba el tiempo a recabar información y hacer campaña para que la empresa cambiase sus métodos. Mi marido hizo cuanto pudo para que entrase en razón y aceptara que en la construcción es inevitable que se produzcan muertes de vez en cuando. Los hombres pueden tener un descuido. Hay corrimientos de tierra; el suelo arcilloso de Londres es peligroso de por sí. La Argyll Company tiene menos accidentes que casi todas las demás. Esto es un dato que podría haber corroborado fácilmente, y lo hizo. No podía señalar ningún percance de consideración, pero eso no alivió sus temores.
—La razón no mitiga los temores irracionales —terció Argyll con voz ronca por la emoción, incapaz de tocar a su esposa. Quizá temiera que si lo hacía, ambos perderían la poca compostura que les quedaba—. Deja de atormentarte. No podía hacer nada entonces, y tampoco ahora. Sus terrores finalmente se adueñaron de él. ¿Quién sabe qué ve otra persona en las horas oscuras de la noche?
—¿Se quitó la vida de noche? —preguntó Monk.
Fue Argyll quien contestó en un tono glacial.
—Sí, pero le agradecería que no insistiera más sobre el asunto. Ya fue debidamente investigado en su momento. Nadie más tuvo la menor culpa de nada. ¿Cómo podía alguien percatarse de que su locura había progresado tanto? Ahora todo indica que la pobre Mary también era mucho más inestable de lo que creíamos y que la muerte de su padre hizo presa en ella hasta el punto de incapacitarla también para tener un juicio humano y cristiano de las cosas.
Jenny se volvió hacia él frunciendo el entrecejo.
—¿Cristiano? —soltó desafiante—. Si alguien está tan sumido en la desesperación que considera la muerte como su única solución, ¿no podemos tener un poco de… piedad? —Su mirada era de enojo.
—¡Perdona! —dijo Argyll enseguida, pero sin mirarla—. No era mi intención dar a entender una blasfemia contra tu padre. Nunca sabremos qué demonios le empujaron a servirse de semejante recurso. ¡Incluso perdonaría a Mary, si no se hubiese llevado a Toby con ella! Eso… Eso es… —No pudo continuar. Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas, y se volvió para ocultar el rostro.
Jenny se levantó, rígida y vacilante.
—Gracias por venir, señor Monk. Me temo que no somos de mucha ayuda. Les ruego que nos disculpen. Pendle los acompañará hasta la puerta.
Fue hasta el cordón de la campanilla y tiró de él. El mayordomo se presentó casi en el acto y Monk y Orme se marcharon, no sin antes entregar al señor Argyll una tarjeta y pedirle que al día siguiente, cuando se hubiera recobrado, fuera a reconocer los cadáveres.
—Pobre diablo —dijo Orme cuando se encontraron otra vez en la gélida acera. La neblina envolvía las farolas como una gasa. La frágil luna con forma de hoz surcaba el cielo—. Los dos han perdido un pariente la misma noche. Es curioso cómo un instante puede cambiarlo todo. ¿Cree que lo ha hecho aposta?
—¿El qué, saltar o llevárselo a él? —preguntó Monk comenzando a caminar hacia el puente de Westminster, donde sería más probable encontrar un coche libre. Aún abrigaba la esperanza de que fuese un accidente.
—No es que lo sepa seguro —respondió Orme—, pero a mí no me ha parecido que intentaran saltar. Estaba de espaldas, para empezar. Los saltadores suelen ponerse de cara al agua.
Monk notó que lo invadía una ola de calor incluso a pesar de que la resbaladiza humedad de la acera se estuviera congelando bajo sus pies. No iba a abandonar la esperanza, todavía no.
Monk llegó a casa antes de las nueve. Regresaba mucho más tarde un día normal y corriente, aunque muy poca cosa era rutinaria en su nuevo trabajo. Hasta el mejor de sus empeños podía no bastar; el segundo mejor desde luego que no bastaría. Cada día aprendía más acerca de las aptitudes, los conocimientos y el respeto que había poseído Durban. Admiraba las cualidades que se lo habían granjeado y se intimidaba. Tenía la impresión de ir siempre un paso por detrás de Durban. Aunque no, eso era absurdo, puesto que iba metros por detrás de él.
Conocía a la gente y el crimen; tenía un olfato especial para percibir el miedo y esclarecer mentiras; sabía cuándo enfrentarse y cuándo ser indirecto. Lo que no conocía Monk eran las pautas, los delitos y las escapatorias, las trampas y ardides que sólo se daban en el río; y, por otra parte, nunca había sabido despertar el afecto y la lealtad de los hombres bajo sus órdenes. ¡Runcorn daría testimonio de ello! Admiraban su inteligencia, sus conocimientos y su fuerza, y los atemorizaba su lengua, pero no les caía bien. Brillaban por su ausencia el honor y la amistad que de buen principio percibiera entre Durban y sus hombres.
Había cruzado el río en transbordador, puesto que tan abajo no había puentes, y ahora se hallaba en la ribera sur, adonde él y Hester se habían mudado en cuanto aceptó el nuevo empleo. Les era prácticamente imposible seguir viviendo en Grafton Street. Quedaba a kilómetros de la jefatura de Wapping.
Subía la cuesta de Paradise Street y las farolas le parecían lunas neblinosas. Olía el río y oía alguna que otra sirena mientras la niebla reptaba sobre las aguas. Los pequeños charcos de la calle estaban helados. Aquel paraje aún le resultaba extraño, nada le era familiar.
Metió la llave en la cerradura de la puerta y abrió.
—¡Hester!
Ella apareció de inmediato, con un delantal atado a la cintura y el cabello recogido apresuradamente con horquillas. Llevaba una escoba en la mano, y nada más verlo la soltó y corrió a su encuentro. Tomó aire como para decir que era tarde, pero cambió de parecer. Estudió el semblante de Monk e interpretó la emoción que encerraba.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó.
Monk sabía lo que ella temía. Había entendido por qué tenía que aceptar el empleo en el puesto de Durban, tanto en lo moral como en lo económico. Con Callandra en Viena no podían permitirse la libertad o la incertidumbre de encargarse sólo de casos privados. En ocasiones las recompensas eran excelentes pero con demasiada frecuencia más bien pecaban de exiguas. Había casos irresolubles y otros en los que el cliente sólo disponía de posibles para recompensarle modestamente. Nunca podían hacer planes con antelación y, a diferencia de antes, no tenían a quién recurrir en un mal mes. Haciendo honor a la verdad, a su edad tampoco deberían necesitarlo. Era hora de proveer, no de ser provisto.
Hester podría haber salido a trabajar fuera de casa y, de haber sido imprescindible, lo hubiese hecho. Pero para ejercer de enfermera había que estar al pie del cañón día y noche, y ninguno de los dos deseaba que ella viviera en otra parte. Después del horror del año precedente, para tener paz de mente y corazón, Monk la necesitaba en casa.
—¿Qué pasa? ¿Algo ha ido mal? —preguntó Hester al ver que no contestaba.
—Un suicidio en el puente de Waterloo —respondió Monk—. De hecho, en cierto modo dos. Un hombre y una mujer cayeron juntos, pero no sabemos si fue accidental o no.
Un destello de alivio iluminó el semblante de Hester para acto seguido dar paso a la compasión.
—Lo siento. ¿Os mandaron aviso?
—No, en realidad estábamos allí. Vimos cómo ocurría.
Hester sonrió con ternura y acarició el rostro de Monk con el dorso de la mano, tal vez consciente de tenerla sucia de polvo. ¿Había estado atareada con las faenas de la casa hasta tan entrada la noche para no preocuparse por él?
—Qué horror —dijo apenada—. Tenían que estar muy desesperados para saltar al río en esta época del año.
—Hubiesen muerto en cualquier estación —contestó Monk—. La corriente es muy fuerte y el agua absolutamente inmunda.
A otra mujer le habría dado una respuesta más comedida, ahorrándose los detalles macabros, pero Hester había visto agonizar y morir a mucha más gente que él. El trabajo policial, por muy desalentador que fuera a veces, no podía compararse con el campo de batalla o las pérdidas posteriores por causa de la gangrena y las fiebres.
—Sí, ya lo sé —contestó ella—. Pero ¿supones que lo sabían antes de saltar?
De repente lo ocurrido devino algo inmediato, dolorosa y angustiosamente real. Mary Havilland había sido una mujer como Hester, afectuosa y llena de sentimientos, capaz de reír y de sufrir; ahora sólo era un caparazón vacío del que el alma había huido. Ya no era nadie. Apoyó las manos en los hombros de Hester y la atrajo hacia sí, la estrechó entre sus brazos y sintió ceder su cuerpo esbelto, como si ella pudiera ablandar su osamenta amoldándose a él.
—No sé si esa muchacha iba a saltar y él trató de impedirlo —susurró a los cabellos de Hester—, ni si él la empujó y ella se aferró a él, llevándoselo consigo, ni si lo hizo adrede. No sé cómo voy a averiguarlo pero lo haré.
Hester prolongó el abrazo un momento, en silencio, y luego se apartó y le miró.
—Estás helado —dijo con sentido práctico—. Y me figuro que no habrás comido. Todavía no he terminado con la cocina, la verdad, pero tengo sopa caliente y pan fresco, y también tarta de manzana, si te apetece.
Llevaba razón: aún le duraba el frío del largo trayecto desde Waterloo Bridge Road hasta Wapping y de la todavía más fría travesía del río. Los bocadillos del mayordomo parecían de tiempos remotos. Monk aceptó el ofrecimiento. Entre bocados se interesó por el día que había tenido Hester y por sus progresos en la redecoración de la casa. Entonces se sentó constatando lo a gusto que se sentía en todo lo que de verdad importaba.
—¿Quién era ella? —preguntó Hester.
Monk no tenía ganas de pensar en ello, pero sabía que Hester no lo dejaría correr. Ella ya había percibido el sentimiento que lo embargaba. Resultaba a un tiempo ventajoso y molesto que a uno le conocieran tan bien. Años atrás le habría entrado el pánico. Habría sentido que se inmiscuían en su vida, incluso como si de un modo u otro su seguridad se viera amenazada. Le asombraba lo deprisa que se había acostumbrado. Había mucha más dulzura de la que se había figurado en eso de no estar solo, en no tener que explicarse, puesto que ya se le comprendía, y en que se le aceptara tal como era.
Pero también significaba que no se podía esconder, ni siquiera cuando hubiese preferido hacerlo. No podía eludir las preguntas desagradables o peligrosas, las respuestas que preferiría ignorar, porque ambos las veían, no sólo él.
—¿Quién era ella, William? —repitió Hester.
—Mary Havilland —contestó él. ¿Merecía la pena evitar la pregunta de por qué le importaba? Hacerlo no le brindaría ninguna paz, pues implícitamente sería una mentira que cerraría una puerta entre ellos y eso era lo último que Monk deseaba. ¿Alguien había dejado fuera a Mary? ¿Alguien a quien ella amaba, como su padre? ¿Se habría negado a contarle qué le había llevado a las puertas de la desesperación?—. Su padre se quitó la vida hace un par de meses —añadió mirando el rostro de Hester. Vio una sombra de aflicción en su mirada y también la tensión de los labios—. Su hermana cree que no había podido recobrarse del disgusto —agregó—. Lo siento.
Hester desvió la mirada.
—Ya pasó —dijo en voz baja. Se refería a su propio padre, no a Havilland—. ¿Por qué lo hizo? —preguntó—. ¿También fue por una deuda?
Monk padecía por ella, anhelaba curar aquella herida que de tan dolorida no se podía tocar. Quizá siempre lo estaría.
—Según parece, no —respondió—. Trabajaba para la Argyll Company y creía que había cierto peligro de accidente en los túneles. Están construyendo parte de las nuevas cloacas…
—¡Y ya iba siendo hora! —apuntó Hester—. ¿Qué clase de accidente?
—No lo sé. —Monk explicó las relaciones de la familia escuetamente—. Argyll dice que tenía terror a los corrimientos de tierras, a los hundimientos y demás. Acabó obsesionado, no del todo en su sano juicio.
—¿Y eso es verdad? —insistió Hester forzándose a pensar sólo en el caso presente.
—No lo sé —respondió Monk. A continuación le refirió el compromiso de Mary con Toby Argyll, le explicó que ella lo había roto y el único motivo que se daba era la aflicción por la muerte de su padre y su negativa a creer que se la hubiese causado él mismo. Era incapaz de pasar página.
—¿Y qué ocurrió en realidad? —preguntó Hester—. ¿Un accidente? ¿O un asesinato?
Aunque estaba siendo rigurosamente práctica, Monk percibió su tensión, el control deliberado y el esfuerzo.
—No lo sé. Pero la policía lo investigó. Fue en la zona de Runcorn.
La miró fijamente con una sonrisa triste.
Hester comprendió por qué aquello añadía ironía y dolor al caso. Más de lo que él hubiese deseado, ella había visto su ambición de autoridad, el modo en que había peleado, aplastado y enfurecido a Runcorn en el pasado. Hester desconocía los destellos de recuerdo y vergüenza que Monk había tenido al darse cuenta de cómo había utilizado a Runcorn para alcanzar el éxito antes del accidente que le hizo perder la memoria. El olvido había tenido la gentileza de limpiar de la mente ciertas cosas.
—Pero vas a averiguarlo —dijo Hester observándole.
—Sí, tengo que hacerlo. Si lo hizo a propósito la enterrarán en terreno no consagrado.
—Lo sé. —Los ojos de Hester se llenaron de lágrimas.
Al instante Monk deseó no haberlo dicho en voz alta. Se habría dado de bofetadas por tan estúpida sinceridad. Tendría que haberla protegido, incluso mentir.
Ella le leyó el pensamiento otra vez.
—En realidad no existe ningún terreno no consagrado. —Tragó saliva con dificultad—. Toda la tierra es terreno consagrado, ¿no? Sólo es lo que piensa la gente. Pero hay personas que dan mucha importancia a que las entierren con los suyos, de estar juntas incluso en la muerte. A ver qué puedes averiguar. Su hermana necesitará saber la verdad, pobre mujer.