Capítulo 23
Sierra se detuvo frente a la puerta y levantó la espada de su hermano sobre la cabeza. El hombre que tenía ante ella pareció tomárselo a broma.
—Has cambiado, wealh. Te has vuelto mucho más agresiva… Me pregunto si el mérito es mío o si debería concedérselo a Balrogan por todo lo que te enseñó. Aunque no creo que hayas meditado lo suficiente este plan —un brillo en los ojos acompañaba las palabras de Aeglech—. ¿Qué piensa tu prisionero romano de todo esto?
Sierra sabía que Aeglech querría inspeccionar el campo de batalla por sí mismo, pues no se fiaría de nadie más.
—El romano no sabe que estoy aquí.
Aeglech arqueó las cejas.
—Cuando vi mi caballo supe que me estabas esperando —se paseó por delante de la ventana.
—Apártate de la ventana —le ordenó ella, apuntándolo con la espada de Torin.
Aeglech levantó las manos en un gesto de rendición y retrocedió. Sierra rodeó la cámara de la torre y cerró las ventanas sin apartar la vista de él.
El viento soplaba con fuerza en el exterior y las hojas entraban volando por la única ventana que quedaba abierta. A simple vista, lo único que había en la habitación era una silla, un montón de paja y un yelmo romano. Pero Sierra percibió las semejanzas con su antiguo hogar: la larga cadena negra que colgaba de la pared con sus pesados grilletes metálicos, el garfio semiescondido bajo la paja, la trampilla de madera en un extremo de la habitación… No le costó imaginarse los horrores que habían tenido lugar en aquellas mazmorras.
—¿No te parece apropiado morir en un lugar como éste? —le preguntó a Aeglech con mucha calma.
Él arqueó una ceja en una mueca de asombro.
—¿Morir? —se echó a reír y le dio una patada al yelmo, arrojándolo a los pies de Sierra.
Le dedicó una sonrisa fría y burlona, destinada a intimidarla. Sierra empuñó con fuerza la espada y le mantuvo la mirada, intentando adivinar su próximo movimiento. Aeglech se rio entre dientes y pasó los dedos sobre la empuñadura de su espada, que aún llevaba a la cintura.
—¿Tu romano se ha recuperado de tus golpes?
—No es mi romano —no quería hablar de Dryston—. ¿Por qué no desenvainas tu espada, sajón? —le preguntó. El brazo empezaba a dolerle por el peso del arma, y entonces se dio cuenta de que ésa era precisamente la razón por la que Aeglech no empuñaba su espada. Quería debilitarla todo lo posible antes de hacerle pagar su deslealtad.
—Tu valor, aunque imprudente, me resulta tan atractivo como siempre, wealh. Desde el primer momento supe que había acertado al convertirte en la aprendiza de mi verdugo. Claro que no imaginaba que te acabaría ascendiendo al puesto de maestro… hasta que descubrí tu pequeño secreto.
—No dices más que tonterías, Aeglech. Es lo que hace un hombre cuando pierde la cabeza… —lo observó fijamente mientras él avanzaba y retrocedía. Aeglech estaba intentando ganar tiempo, por lo que su ejército debía de estar en camino. Y eso significaba que Ambrosio y Torin también estarían reuniendo a sus hombres.
—Oh, no, wealh, mi cabeza me funciona muy bien. Todo está bajo control… ¿Por qué crees que murió Balrogan?
Sierra miró a aquel hombre para quien la vida humana no significaba nada. Sabía que la estaba provocando para hacerle perder el control, de manera que permaneció en silencio.
—Balrogan murió porque traicionó su sangre sajona. Por desgracia para él, me fue más leal que su amante y ése fue su error. Me dijo que el padre de su amante se estaba muriendo y que le había confesado que el legítimo heredero a mi trono estaba vivo y liderando una rebelión. Si se hubiera sabido lo de mi verdugo y su amante, me habría convertido en el hazmerreír de todo el mundo —se encogió de hombros—. Comprenderás que debían morir.
Sierra dio un paso adelante, cegada por la ira que había estallado en su cerebro. La sonrisa torcida de Aeglech la hizo detenerse y volver a controlarse. No podía morder el anzuelo. Aeglech siempre buscaba lo mismo en todas sus batallas: un rival digno de matar.
Retrocedió y tomó nota del suspiro de frustración de Aeglech. Para sobrevivir a aquel encuentro tendría que pensar como él.
—Ten cuidado con tu ira, wealh. Para algunos es el elixir de la fuerza… pero para otros es la causa de su debilidad —soltó un alarido animal, seguido de una risa histérica—. Además, te estoy haciendo un favor.
—No quiero nada de ti.
—Créeme, wealh, esto no merece la pena.
—¿Qué te hace pensar que moriría por él o por cualquiera?
Él sonrió y la miró a los ojos.
—Porque has sido lo bastante estúpida para venir sola. No te habrías arriesgado de esta manera si no tuvieras un buen motivo.
Sierra no respondió. No podía permitir que sus palabras le afectaran.
—¿Dónde está ahora ese romano? ¿Dónde está ese hombre por el que eres capaz de arriesgarlo todo?
—Eso no importa —le sostuvo la mirada para demostrarle que no podría con ella—. Esto es entre tú y yo.
Aeglech arqueó una de sus rubias cejas.
—¿Y tu hermano?
A Sierra le dio un vuelco el corazón. ¿Cómo sabía Aeglech lo de Torin?
—Veo que te sorprende… —continuó él—. El guardia me lo contó todo antes de morir. No solo me confirmó que su hijo era el amante de Balrogan; también me confesó que no había matado a tu hermano. Solo con eso habría bastado para romperle el cuello. Pero tal vez le hubiera permitido vivir si, en un momento de debilidad, no hubiera mencionado que su criada había asistido en secreto al parto de tu hermano y que sabía que el padre del bebé era Vortigern —le dedicó una sonrisa desdeñosa a Sierra—. El pobre viejo tenía la esperanza de que mis días como rey estaban contados, así que puse fin a su agonía.
De modo que era aquello lo que el guardia había intentado decirle. No era extraño que su madre se mostrara tan protectora con Torin. Finalmente, comprendió que no era el orgullo lo que había llevado a Aeglech a aquel lugar, sino la necesidad de encontrar a la única persona que podía disputarle el trono.
—No te saldrás con la tuya —le dijo ella—. No te lo permitiré.
Aeglech volvió a sonreír.
—Dime, wealh, ¿qué piensa tu hermano de ti? ¿Cómo crees que aceptará a la que fue mi aprendiz todos estos años?
—Yo no conozco a mi hermano —espetó, lo cual no era del todo mentira.
Aeglech vaciló mientras observaba la espada romana.
—¿Por qué te tomaste tantas molestias en liberar al prisionero romano? —le preguntó tranquilamente.
—Me ofreció un lugar seguro para escapar de tu infierno, Aeglech. Nada más.
—¿Nada más? —se cruzó de brazos sobre el pecho—. Me cuesta creerlo. Nunca habías intentado escaparte, y de pronto lo arriesgas todo, incluso tu vida, por seguir a un desconocido que te ofrece la libertad. No, hay algo más que me estás ocultando —le clavó una mirada fría y perspicaz—. Creo que has conocido a tu hermano y que sabes muy bien quién es.
Los tambores sajones se oyeron a través del valle. En muy poco tiempo cientos de sajones ocuparían las ruinas y el destino de Sierra quedaría sellado.
—No tengo lazos con nadie —declaró, molesta porque Aeglech pudiera ver a través de ella con tanta facilidad. La cabeza le daba vueltas con la sorprendente revelación de que Torin era el legítimo heredero al trono de Britania y que, en esos momentos, ella era la única persona que lo sabía aparte de Aeglech.
—Sabes que no es cierto, wealh. El hecho de que hayas venido tú sola demuestra que estás protegiendo a alguien. Una acción muy noble por tu parte, pero poco sensata. Háblame más de tu hermano.
—Te he dicho que no conozco a mi hermano.
—Pero ésa es su espada, ¿no?
Sierra giró la empuñadura en sus manos. Las palmas empezaban a sudarle.
—No sé de quién es —mintió.
—Tus ojos te delatan, wealh. Es una espada romana, y muy bien forjada además. Quienquiera que sea su dueño es un hombre muy poderoso… un líder militar. Debe de ser muy duro que tu hermano no te acepte como esperabas —la voz de Aeglech sonaba tan tranquila y suave como aquel día en sus aposentos—. Pero yo sí te acepto, Sierra. Te acepto tal y como eres —se acercó a una silla volcada y la enderezó para sentarse en ella, como si fuera un invitado en casa de Sierra—. Entre nosotros arde una pasión que no se puede negar… —le dijo con una mirada llena de lascivia.
—Prepárate a morir —dijo ella.
—Vamos, Sierra. Aún estás a tiempo de entrar en razón. Posees unas habilidades formidables que me serán muy útiles, sobre todo ahora que Balrogan no está. Puedes tener todo lo que desees. Hace mucho tiempo le hice esta misma oferta a tu madre, y ahora te la hago a ti.
—Antes prefiero morir —replicó ella.
Los labios de Aeglech se curvaron en una maliciosa sonrisa.
—Sabía que responderías eso. Ahora solo queda una pregunta por responder… ¿Quién quieres que te mate? ¿Tu hermano o yo?
—Desenvaina tu espada, Aeglech. Quiero un rival digno de matar.
—¿Me equivoco al suponer que a tu hermano no le gustó lo que vio? ¿Y al romano tampoco? No pretenderás que tu hermano confíe en ti, después de haber sido cómplice en la muerte de tantos bretones. Y en cuanto a tu amante…
—No es mi amante —gritó Sierra. Su frustración crecía cada vez que miraba el rostro del rey sajón.
—Lástima —dijo él, observando su túnica desgarrada—. Un cuerpo tan bonito y desaprovechado… Me sigo excitando cuando pienso en la vez que te vi bañarte… ¿Recuerdas mi mano en tu pecho, wealh? ¿Recuerdas mis caricias? Disfrutaste tanto como yo, ¿verdad? Querías que te penetrara para sentir mi fuerza entre tus muslos…
—Cállate, asesino asqueroso, o te mato ahora mismo.
Aeglech se echó a reír.
—A tu madre tampoco le gustaba que la obligara a bañarse para mí.
—Desenvaina tu espada —repitió ella.
Un relámpago iluminó el valle, seguido por un trueno que retumbó en la estancia. Sierra se estremeció, pero no apartó los ojos de Aeglech.
—Tu madre era muy especial, Sierra. Igual que tú.
—Me estoy cansando de tu charla, Aeglech —le advirtió.
—Disfrutaba con ella y creo que ella disfrutaba conmigo… a juzgar por sus gritos de placer.
Sierra apretó dolorosamente la mandíbula. Aquel monstruo sabía muy bien lo que estaba haciendo.
—Puede que tu romano te haga disfrutar —continuó él—. Pero seguro que no tanto como yo.
Las emociones amenazaban con apoderarse de ella. Aquél era el modo de actuar de Aeglech. Primero torturaba mentalmente a su presa y luego aprovechaba su debilidad para asestar el golpe mortal.
Fuera, los truenos se confundían con los tambores sajones. Sierra tenía que actuar antes de que fuese demasiado tarde.
Los pelos se le pusieron de punta un instante antes de que un rayo entrase por la ventana abierta y golpeara el yelmo romano en el suelo. El casco salió volando y Sierra apenas tuvo tiempo de agacharse para que no le impactara en la cabeza. Rápidamente volvió a fijarse en Aeglech y lo vio mirando por la ventana.
Era su oportunidad. Se lanzó hacia él y apuntó con la espada a su costado desprotegido. La espada traspasó fácilmente la ropa y se introdujo entre las costillas. Aeglech la miró con ojos desorbitados mientras agarraba la hoja para intentar arrebatársela.
—¡Maldita seas, perra celta! Eres más parecida a mí de lo que crees.
Sierra estaba a menos de un metro de él. Giró bruscamente la muñeca para introducirle aún más la afilada hoja de su hermano. Aeglech soltó un grito de dolor.
—No vuelvas a decirme que soy como tú… —le clavó la espada hasta oír el crujido de una costilla.
—Zorra —gritó él, agarrándose el costado. Se tambaleó hacia delante y cayó de rodillas.
Sierra sacó la espada y un chorro de sangre empezó a manar de la herida.
—¿Crees que yo soy cruel? —le preguntó Aeglech, con sus últimas fuerzas—. ¿Es que no sabes que fue tu padre quien mató al padre de Torin? Sí, es cierto. Tu madre me lo dijo. ¿Y qué me dices de Vortigern, un rey bretón que mató a cientos de inocentes antes de que los sajones llegaran a esta isla? Su codicia era peor que la de cualquier sajón. Él mataba y masacraba a su propio pueblo. La única razón por la que dejó vivir a tu madre era porque necesitaba su don. ¿No te das cuenta de que estabas destinada a esta oscuridad antes de que te llevara a mi fortaleza?
Sierra frunció el ceño e intentó encontrarle algún sentido a lo que oía.
—Tu padre era un gran guerrero —dijo Aeglech—. Le saqué la información a tu madre… Pero el padre de Torin era un bastardo ambicioso y despiadado… igual que yo. No me extraña que tu madre quisiera mantener a Torin oculto.
—No lo escondió por eso, sino para protegerlo de ti —dijo Sierra, cansada de sus mentiras y torturas mentales.
El viento seguía soplando y aullando alrededor de la torre. Sierra agarró uno de los grilletes suspendidos de la pared y lo enganchó en el tobillo de Aeglech. Él intentó resistirse mientras buscaba su espada a ciegas, pero Sierra se la quitó y le rebanó hábilmente los talones, dándole gracias en silencio a Balrogan por todo lo que le había enseñado.
Aeglech cayó sobre un codo. Intentó sonreír y la sangre empezó a brotar de su boca.
—Balrogan te enseñó bien, wealh…
Los oídos le zumbaban tanto que apenas podía oír sus palabras. Miró por la ventana y vio al ejército sajón acercándose por el horizonte al ritmo de sus tambores.
Cerró la ventana y atrancó los postigos.
—Nuestros destinos están unidos, wealh. Quédate conmigo y deja que te abrace hasta que mueras —Aeglech tosió y escupió más sangre.
Sierra no estaba dispuesta a morir a su lado, ni siquiera bajo el mismo techo. Antes prefería enfrentarse a un millar de espadas sajonas. Empujó toda la paja que pudo encontrar al centro de la cámara y sacó el pedernal de su bolsa.
—¿Qué te queda, wealh? —los estertores casi se tragaban las palabras de Aeglech—. No eres nada… No tienes a nadie… No puedes arreglar lo que no tiene solución. Yo era tu única esperanza… Tu única oportunidad…
—Ya me condenaste una vez al infierno, Aeglech. No volverás a hacerlo… ¡Ni a mí ni a nadie más! —arrojó la espada al otro extremo de la cámara y se agachó para golpear el pedernal contra la paja. Un segundo después había prendido la llama, que se propagó rápidamente por la paja seca. El humo no tardaría en alertar a los guerreros en el valle.
Destrozó la silla de madera y colocó los pedazos de manera que el fuego tardara en consumirse. Las llamas aumentaron de tamaño e intensidad y Sierra se preparó para su muerte, libre al fin de las cadenas físicas y mentales que la habían mantenido presa tanto tiempo.
A través del humo miró al hombre que había intentado doblegar su voluntad y sonrió, porque no lo había conseguido. Ojalá su madre estuviese orgullosa de ella cuando volvieran a encontrarse.
—Arderás para siempre en el infierno —maldijo a Aeglech cuando su cuerpo se derrumbó sin vida.
El humo llenaba la cámara y se elevaba hasta el techo. Sierra cerró la puerta y empezó a descender por los estrechos escalones sin saber cuál sería su destino.
Al salir de la torre permaneció un momento inmóvil bajo la lluvia. Más allá de la muralla, en la cima de la colina que conducía al campamento, vio una figura oscura a caballo. Era el hombre al que había visto en su visión. Junto a él, en la cresta de la colina, un ejército de cientos o quizá miles de hombres aguardaba la llegada de los sajones. Los truenos retumbaban sobre el valle, junto al incesante redoble de los tambores enemigos.
—¡Sierra!
El grito la sacó de su aturdimiento. Era Dryston, que bajaba al galope por la colina. Los sajones también lo vieron y un escalofriante grito de guerra brotó de las hordas. Otro grito, audible solo para Sierra, salía de la torre en llamas.
Dryston llegó junto a ella y le ofreció su brazo bueno.
—No recuerdo que esto formara parte de nuestro plan, Sierra.
Ella le entregó la espada de Torin y montó tras él.
—Tendremos que discutir tus estrategias militares —le dijo Dryston mientras volvían a la cima de la colina, donde esperaba Torin.
Los ojos de su hermano se clavaron en los suyos al llegar a su lado. Dryston le tendió su espada.
—Te toca ganar esta batalla.
Torin sacudió la cabeza al examinar su espada. La sangre de Aeglech aún manchaba la hoja.
—Has vengado la muerte de nuestra madre —le dijo a Sierra—. Ahora vengaremos las muertes de todos aquellos inocentes que dieron su vida por Britania. ¿Te quedarás con nosotros?
Sierra asintió. Nueve años después llegaba el momento de empezar de nuevo.
—Yo me ocuparé de que no vuelva a perderse —dijo Dryston, posando una mano en la rodilla de Sierra.
Los dos hermanos se agarraron mutuamente los brazos en un gesto de honor y solidaridad. Mientras Dryston alejaba a Sierra del campo de batalla, ella miró por encima del hombro y vio a su hermano con la espada en alto, preparado para conducir a su ejército a la victoria.
Tendría que pensar en la manera de decirle que era el legítimo heredero al trono de Britania.
* * *