Capítulo 11
El capitán de la guardia acababa de desmontar de su caballo y pareció impresionado por la petición de Sierra. Sin decir nada, desenvainó su espada y se la tendió.
Dryston no parecía tan impresionado cuando lo bajaron del caballo.
La espada era más pesada de lo que Sierra había esperado y se le cayó de la mano. El guardia la recogió y volvió a entregársela.
—¿Estás segura de que puedes manejar un arma de este tamaño? Quizá te convendría usar algo más pequeño —le sugirió mientras empujaba a Dryston hacia la plataforma.
—No me gustan las cosas pequeñas, capitán —se pegó la espada al regazo y le echó una elocuente mirada.
El guardia que esperaba en la plataforma se echó a reír.
—Traedlo —ordenó Sierra, sofocando el miedo que amenazaba con apoderarse de ella. Era su única posibilidad de escapar y no podía desaprovecharla.
—Tengo que orinar —le dijo el capitán.
—Rápido —espetó Sierra—. Tengo un trabajo que hacer —sin bajarse del caballo, siguió a Dryston y al guardia hacia la plataforma.
Dryston la miró, esperando su señal. Los otros dos guardias arrastraban el cuerpo de Balrogan hacia el acantilado. Sierra pensó en la vida que había llevado el verdugo y en su dramático final. Tal vez el destino exigía el pago por todas las vidas que se había cobrado. ¿Sufriría ella un final semejante algún día? Si así fuera, ojalá no fuese tan pronto.
Tragó saliva y miró al capitán, de espaldas a ella.
—El capitán quiere que vayas con él —le dijo al guardia que estaba en la plataforma con Dryston—. Yo vigilaré al prisionero mientras tanto.
El guardia miró al capitán por encima del hombro.
—No he oído su orden.
—Muy bien, no vayas si no quieres —Sierra se encogió de hombros—. No será mi cabeza la que pida Aeglech por una insubordinación.
El guardia frunció el ceño, le arrojó la cuerda y bajó los escalones. Sierra acercó el caballo a la plataforma.
—Ahora o nunca, romano —le dijo en voz baja—. Haz que parezca real.
El guardia se acercaba al capitán y los otros dos hombres volvían del acantilado. No tenían mucho tiempo.
—¡Ahora! —le susurró entre dientes. El corazón le latía desbocado y un hilo de sudor resbalaba entre sus pechos.
El romano gritó con fuerza y saltó a la grupa del caballo. Sierra se tambaleó hacia delante y su estómago chocó con la espada que llevaba en el regazo. El dolor la pilló desprevenida y bajó la mirada para ver si estaba sangrando.
Dryston seguía con las manos atadas, pero consiguió quitarle la espada del regazo y descargó la empuñadura en la cara del guardia que se acercaba. El hombre se llevó una mano a la nariz rota y agarró la espada mientras caía en los brazos del capitán.
Dryston pasó los brazos sobre la cabeza de Sierra, la apretó contra su pecho y espoleó a la montura. Sierra se agarró a la crin del caballo cuando el animal se lanzó al galope por el campo, seguido por los guardias del rey a pie.
—¡Alto en nombre del rey! —gritó el capitán. Sierra miró hacia atrás y los vio subiendo a sus monturas.
—Tendría que haber ahuyentado a los caballos —se lamentó.
—Una gran idea, pero ya no sirve de nada. Tenemos que alejarnos de aquí enseguida.
—¡Ya lo sé! —gritó—. ¿Por dónde se va a tu campamento? —se apretó los brazos de Dryston a la cintura para controlar mejor al caballo. Los puños de Dryston se le clavaban en la herida con cada brinco. Una delgada línea roja se extendía a través del vestido.
—Tenemos que dirigirnos hacia el sol y girar al oeste en el bosque —dijo él—. ¿Quieres que lleve yo las riendas?
—Aún no. Esta bajada es muy peligrosa. Tú preocúpate de no caer del caballo.
—¿Y confías en mí para que no te tire del caballo y te abandone? —le preguntó sobre el hombro—. Así pensarían que te he usado para escapar.
—La confianza no formaba parte de nuestro acuerdo —sacó el cuchillo que llevaba atado al muslo—. Pero ahora que hemos escapado, te aseguro que si no cumples con tu parte del acuerdo, serás tú quien acabe mordiendo el polvo.
La risa de Dryston retumbó contra el cuerpo de Sierra, quien no pudo evitar una sonrisa.
—Guárdate ese cuchillo, Sierra. No tienes nada que temer conmigo. Te debo la vida y pienso devolverte el favor.
Los pinos bloqueaban la luz del sol y apenas se veía nada. El caballo se detuvo cuando el terreno empezó a empinarse y se negó a seguir, a pesar de los intentos de Sierra.
—Puede que yo tenga más experiencia con los caballos —sugirió el romano.
Ella lo miró con cara de pocos amigos.
—¿Acaso no te he salvado?
—Aún no.
—Cállate y no me distraigas. Estoy intentando que salgamos de aquí con vida.
—Como quieras, pero yo en tu lugar intentaría que el caballo se moviera. Los guardias que nos siguen no deben de estar muy contentos…
Sierra volvió a espolear al caballo, le dio unas palmadas en el cuello y consiguió que avanzara a regañadientes. El animal empezó a bajar lentamente por la boscosa colina.
Por encima de ellos oyó al capitán ordenándoles a los guardias que dieran un rodeo y les cortaran el paso al pie de la colina.
—¿Y ahora qué? —preguntó ella en voz alta. El ángulo de la pendiente hacía que la entrepierna de su acompañante se pegara a su trasero, lo que le recordó la noche anterior. Se reprendió a sí misma por ponerse a pensar en el sexo cuando sus vidas pendían de un hilo. Lo que había ocurrido entre ellos no significa nada. Estaba oscuro, ella necesitaba desahogarse y él también. Fin de la historia.
—No sigas bajando —le ordenó él tranquilamente—. Da la vuelta.
—¿Te has vuelto loco? Si volvemos estamos perdidos.
—No. Tomaremos otra dirección y daremos un largo rodeo.
Sin pedirle permiso, agarró las riendas con sus manos atadas y condujo al caballo colina arriba.
—Quizá no te hayas dado cuenta de lo blando e inestable que es el terreno —dijo Sierra, agarrándose a la crin del caballo.
Dryston la ignoró y se puso a hablarle a la montura.
—Adelante… Sácanos de aquí y te conseguiré todas las manzanas que puedas comer.
Su aliento acariciaba el cuello de Sierra cada vez que hablaba. Para distraerse, volvió a examinarse la herida.
—¿Es grave? —le preguntó él.
—No, no es más que un rasguño.
Él intentó mirar por encima de su hombro y el caballo se tambaleó.
—No te preocupes por mí —le espetó ella. No necesitaba que nadie la cuidara. Se había ocupado de sí misma durante muchos años—. Te recuerdo que sigues siendo mi prisionero hasta que lleguemos a tu campamento.
—Y yo que pensaba que ya era un hombre libre…
—No te burles de mí, romano.
Los dos guardaron silencio cuando la tierra blanda dio paso al terreno abrupto y rocoso. Un paso en falso supondría una muerte segura.
—Siempre he sido un hombre paciente —dijo él—. Me han torturado, he perdido parte de un dedo y he soportado sus azotes. ¿Qué más tengo que hacer para ganarme tu simpatía?
—¿Cuál de esas cosas te gustó más?
—¿Sabes que me recuerdas mucho a mi hermano? Él también sabe ser muy irritante.
Cabalgaron en silencio durante un largo rato, hasta que las voces de los sajones dejaron de oírse a lo lejos.
—No necesitas ganarte mi simpatía —dijo Sierra finalmente—. No somos amigos y yo no confío en nadie más que en mí misma. Te aconsejo que tú hagas lo mismo.
Una suave brisa le acarició el rostro. Ladeó la cabeza y escuchó con atención. Se oía el sonido del agua.
—Cataratas —dijo él, como si le hubiera leído el pensamiento. Estos bosques están llenos de ellas.
—¿Cómo es que sabes tanto de estas tierras?
En vez de responderle, señaló con un dedo por encima del hombro de Sierra.
—Allí… Tendremos que subir para regresar a donde queremos llegar.
Salieron a un pequeño claro. Cerca de ellos la tierra cedía ante una catarata. Sierra acercó el caballo al borde del saliente y se asomó. El agua caía sobre las rocas y levantaba una nube que se cernía como el fantasma de un gigante sobre las hojas verdes, doradas y cobrizas de los árboles.
—¿Por aquí se va a tu campamento?
—Es un rodeo, pero sí. Llegaremos a tiempo si no surgen más imprevistos —tiró de las riendas y apartó al caballo del saliente—. Ése parece un buen lugar para trepar.
Sierra levantó la mirada a la pared cubierta de musgo. Tenía al menos treinta o cuarenta metros de altura. El lugar elegido por Dryston tenía varios puntos para usar de apoyo. Mientras él observaba la pared, Sierra oyó la lejana voz de su hermano…
«Vamos, Sierra. Es un atajo para volver a casa. Te echo una carrera». Torin la había desafiado con una sonrisa infantil antes de empezar a escalar por la pared rocosa.
«Ten cuidado, Torin. ¡Esas rocas son muy resbaladizas!», le había gritado ella, viendo cómo trepaba con la agilidad de una ardilla.
«Puedes agarrarme si me caigo. No te preocupes. No me pasará nada».
—No me pasará nada —murmuró Sierra mientras el recuerdo se desvanecía ante el bramido de la cascada.
Dryston le dio un golpecito en el hombro.
—Vamos allá. Tenemos que subir antes de que oscurezca —levantó las manos sobre la cabeza de Sierra y se bajó del caballo. Sierra levantó una pierna sobre la grupa para desmontar, pero ahogó un gemido cuando se rozó el estómago con el costado del animal.
—Estás herida —observó él. Se acercó y le tocó el corte en el vestido—. Déjame echar un vistazo.
Ella negó con la cabeza y se movió para interponer el caballo entre los dos.
Dryston suspiró.
—No es la primera vez que te veo…
—No me has visto —replicó ella—. Y ya te he dicho que estoy bien. ¿Qué te parece si nos libramos de ese lazo?
Él la miró sin comprender, hasta que se dio cuenta de que aún llevaba la soga al cuello.
—Maldita sea… Podría haberme ahorcado yo mismo. ¿Por qué no me lo has dicho antes?
—Estaba más pendiente de los guardias —respondió ella.
Dryston se quitó la cuerda y la arrojó lejos de él, como si fuera una serpiente. Sierra la agarró y la bota de Dryston apareció junto a su mano. Se irguió lentamente y lo miró a los ojos.
—Puede que necesitemos la cuerda para escalar —le dijo. Él cedió y apartó el pie.
Sierra se enrolló la cuerda al hombro, le quitó la silla al caballo y la arrojó sobre el acantilado.
—¿Pero qué haces, por todos los dioses? —exclamó Dryston.
—No lo hago por tus dioses, romano —respondió ella tranquilamente—. El caballo no podrá subir por esta pared.
Él la miró como si le hubieran salido dos cabezas.
—¿Tienes idea de la distancia que hay que recorrer a pie?
—No, pero tú me dijiste que el campamento no estaba lejos. Si me has mentido, me veré obligada a matarte —golpeó al animal en la grupa y éste se alejó al galope entre los árboles.
—¡No está lejos si el trayecto se hace a caballo! Acabas de hacer que nuestro viaje sea el doble de largo. No tenemos tiempo, ¡y los sajones nos pisan los talones!
Sierra intentó razonar con él.
—Los guardias no se imaginarán que vayamos a pie, ¿verdad? Podemos tomar atajos por aquellos lugares que sean infranqueables para sus monturas.
Él la miró un momento, incapaz de rebatir su argumentación.
—Pronto anochecerá. Tenemos que aprovechar la luz para subir.
Ella asintió y volvió a mirar el peligroso risco por donde tendrían que trepar. La túnica le dificultaría la subida, por lo que tendría que cortar parte de la tela. Agarró el cuchillo y se dejó el vestido justo por encima de las rodillas. Echó la tela sobrante a la bolsa y miró a Dryston. La expresión de sus ojos la hizo estremecerse.
—No me mires así.
—¿Así cómo? —le tendió las manos, todavía atadas por las muñecas—. Si eres tan amable de cortar mis ligaduras, podremos ponernos en marcha.
—Me temo que no puedo hacerlo.
—¿Pero qué dices? ¿Cómo esperas que suba si no puedo usar las manos? —se puso a andar por el saliente y volvió a encararla con una expresión de frustración e impaciencia—. Esto es ridículo. Desátame ahora mismo.
—Confía en mí —agarró la cuerda de la horca y se la ató a Dryston a la cintura. A continuación se ató ella misma y empezó a trepar.
—¿Cuándo me ganaré yo tu confianza? —le preguntó él, sin moverse del suelo.
—Cuando lleguemos a tu campamento.
—Eres más terca que una mula. ¿Te das cuenta de que si uno de los dos cae arrastrará al otro?
Sierra se había dado cuenta; de hecho, era una de las razones por las que había elegido hacerlo. Si Dryston había optado por aquel camino, no tendría más remedio que seguirla.
—Por eso voy delante de ti —respondió, mirándolo desde arriba. La boca del romano se curvó en una sonrisa cuando le miró las piernas.
—Puede que no sea tan mala idea, después de todo.
—Concéntrate en la subida —le advirtió ella, y tiró de la cuerda para tensarla. Los últimos rayos de sol teñían de naranja el cielo. Sierra empezó a subir por la pared de piedra, vigilando dónde ponía el pie.
Tendría que haber dejado que Dryston subiera primero.
No le importaba que le estuviese viendo las piernas. Lo que sí le molestaba era excitarse al saberlo.
Una roca cedió y Sierra apoyó rápidamente el pie, separando las piernas.
—Desde aquí se aprecia una bonita vista —le dijo Dryston—. Pero por mucho que esté disfrutando, ¿no deberías reconocer que te has equivocado, desatarme y permitirnos llegar a la cima antes de que anochezca?
Sierra reanudó la subida con tanta determinación que llegó hasta la mitad del acantilado. Entonces miró hacia abajo y se sintió abrumada por la situación.
—¿Vas a desatarme ya? —le preguntó él.
La creciente oscuridad hacía cada vez más difícil ver dónde ponía los pies y manos. Un solo resbalón y los dos se despeñarían por las afiladas rocas. Lo más seguro para ambos era permitir que subiera él primero, de modo que alargó el brazo hacia abajo y lo ayudó a subir al estrecho saliente.
—No intentes ninguna estupidez —le advirtió enseguida—. Conozco los puntos débiles de un hombre y puedo dejarte inutilizado para el resto de tu vida.
—Entendido —murmuró él, y examinó el saliente antes de reanudar la subida.
En pocos minutos había llegado a la cima. Dio un tirón de la cuerda y Sierra fue izada por la pared sin apenas necesitar un punto de apoyo.
—Pesas muy poco —le dijo él mientras se pasaba la cuerda de mano a mano sin aparente esfuerzo.
Sierra llegó a la cima, pasó una pierna sobre el borde y con un último tirón de la cuerda se encontró encima del romano.
Dryston se limitó a sonreírle.
—Gracias —dijo ella. Se apartó rápidamente y se sacudió el polvo y la hierba. A continuación se dispuso a desenvainar su cuchillo, pero no lo tenía atado a la pierna. Se arrodilló en el suelo y palpó frenéticamente a su alrededor.
—¿Buscas esto?
Maldición.
—Te lo advierto, romano. Si intentas hacer algo, te… —agarró una rama y la sostuvo en algo en caso de que él la atacara.
A Dryston le bastó con un tirón de la cuerda para volver a tenerla de rodillas.
—Puede que sea muchas cosas, pero no soy un desagradecido. Te debo la vida, y quizá ahora puedas honrarme con tu confianza —giró el cuchillo en la mano y le ofreció la empuñadura.
—Nunca he conocido a ningún hombre en el que pudiera confiar —murmuró ella, agarrando el arma.
Él asintió y le ofreció la mano para estrechar la suya.
—Pues estás de suerte, ya que me has conocido a mí.
Sierra aceptó la mano. Realmente era un hombre de palabra y se regía por un código de honor. Ella, en cambio, solo vivía para sobrevivir.
—¡Ay! —exclamó él. Retiró la mano bruscamente y ella se dio cuenta, de que era la que tenía el dedo mutilado. Una parte de ella se sentía culpable por aquella herida.
Dryston se desató rápidamente y se dispuso a hacer lo mismo con ella.
—Podemos pasar la noche aquí y seguir por la mañana temprano —se quitó la túnica y se sentó en el suelo para quitarse las botas. Acto seguido, se levantó y se despojó de los pantalones. Se detuvo un momento al borde del estanque y estiró los brazos sobre la cabeza—. Hace días que no me baño —se rio, mirándola—. Supongo que lo habrás notado.
En esos momentos a Sierra no le habría importado ni aunque oliera a estiércol de vaca. Lo había tocado a oscuras, pero al verlo desnudo en toda su gloria se quedó completamente fascinada.
Permaneció apartada para poder mirarlo a su antojo. Su cuerpo estaba tan exquisitamente proporcionado como las estatuas romanas del castillo. Sus largas y fibrosas piernas eran tan robustas como un par de robles, y entre ellas colgaba un auténtico monumento a la virilidad.
Y no tenía ni un ápice de pudor.
Metió el pie en el agua y giró la cabeza hacia ella, sonriendo, antes de dar unos cuantos pasos en el estanque con los brazos extendidos. Un momento después, desapareció bajo la superficie.
Sierra respiró profundamente, invadida por la fatiga y al mismo tiempo por un deseo incontenible.
La cabeza de Dryston volvió a emerger.
—Mis hermanas me decían que los estanques que se formaban junto a las cataratas eran mágicos y que sus aguas tenían poderes curativos. Supongo que me sentará bien —levantó la mano para enseñarle el dedo.
Tenía el pelo pegado a la cabeza y el cuello, y a la luz del crepúsculo sus poderosos rasgos parecían labrados en bronce.
—Vamos, el agua todavía está caliente.
Para Sierra era impensable bañarse con él. A distancia podía controlarse, pero su proximidad le causaba estragos en la mente y el cuerpo.
—Encenderé un fuego —dijo, y sacó rápidamente el pedernal de la bolsa.
Mantuvo la vista fija en las llamas, intentando no imaginarse el agua resbalando por los músculos de aquel cuerpo perfecto. El estómago empezó a rugirle y recordó que no habían comido nada desde hacía horas. Se habían acabado el pan mientras cabalgaban y le habían dado la manzana al caballo.
Aprovechando las últimas luces de la tarde, se internó en el bosque y encontró moras y frambuesas entre los arbustos. Recordó las cosas que le había enseñado su madre sobre flores y plantas y encontró también champiñones y raíces de caléndula con las que podría preparar una cataplasma para su herida. Decidió que se lavaría el corte en el estanque cuando Dryston se hubiera dormido. Al día siguiente intentaría buscar algo más consistente para comer, como un conejo o una becada.
Al regresar al claro no vio a Dryston en el agua. Escudriñó cautelosamente las sombras y lo encontró tendido sobre su túnica junto al fuego, medio desnudo y dormido. El pecho le oscilaba al ritmo constante de su respiración.
—¿Dryston? —lo llamó en voz alta, pero él no se despertó.
Bajó la mirada a la cintura de sus pantalones y recordó lo bien que se habían acoplado sus cuerpos. Se lamió los labios por el recuerdo, pero el estómago volvió a rugirle de hambre, mucho más acuciante que el deseo. Se arrodilló junto al estanque para lavar las moras y se sentó a comerlas con la espalda apoyada en un árbol. Pensó en Cearl y en lo diferente que era a Dryston. Cearl era muy simple y risueño, mientras que el romano siempre estaba alerta y vigilante a todo lo que acontecía a su alrededor.
Se fijó en las marcas que le había dejado el garfio y sus gritos de auténtico dolor cuando ella le reabrió las heridas infligidas por Balrogan. Ella solo lo había hecho para impresionar a Aeglech y así ganarse su confianza, pero aun así se sentía culpable.
Entonces se dio cuenta de que ya no era una esclava. Volvía a ser libre, pero la libertad iba acompañada por una sensación de soledad mucho mayor de la que había vivido en las mazmorras. Allí abajo sabía lo que podía hacer y lo que no, pero en el mundo exterior no había límites, ni reglas ni nadie que le impusiera su autoridad. Y si quería sobrevivir en ese mundo tendría que aprender a vivir como las otras personas, a tomar sus propias decisiones y a asumir las consecuencias de sus actos.
Miró al romano y recordó la preocupación que habían mostrado sus ojos verdes cuando le pidió ver su herida. Era un hombre muy seguro de sí que no parecía tenerle miedo a nada. Viendo cómo la luz de las llamas se reflejaba en su piel, se imaginó lo cálido que debía de estar su cuerpo al tacto y el olor a limpio que debía de despedir.
Se miró a sí misma y recordó que ella tampoco se había bañado en varios días. Además, tenía que lavarse la herida y aplicarse el ungüento. Pasó de puntillas sobre el cuerpo del romano y lo observó un momento para cerciorarse de que estaba dormido. Entonces fue hasta la orilla y se quitó la túnica. Los grillos y las ranas cantaban entre la hierba, y a lo lejos se oía el agua de la cascada. Hacía años que Sierra no oía esa clase de sonidos.
Se quitó los zapatos y se sorprendió al sentir la humedad de la hierba bajo los pies. Los recuerdos de su infancia la invadieron de golpe mientras movía los dedos entre las briznas. Miró una vez más por encima del hombro. A la luz de la luna comprobó que el corte había dejado de sangrar. Era lo bastante profundo para dejar una cicatriz, pero sanaría sin problemas con el tiempo y los cuidados necesarios.
Con mucho cuidado pisó el fondo del estanque. El reflejo de la luna bailaba en las ondas que provocaba con sus pasos y un escalofrío le recorrió la espalda al sentir que la estaban observando. Prestó atención un momento y se sumergió en el estanque. El agua fresca era un bálsamo maravilloso para su cuerpo cansado y dolorido. Respiró profundamente y atribuyó los nervios a su recién descubierta libertad.
Un búho pasó volando frente a ella, rozó el agua con sus grandes alas y volvió a elevarse en el cielo nocturno. A diferencia de Dryston, a ella le costaba disfrutar de los placeres más sencillos de la vida. La dificultad que le suponía relajarse lo suficiente para flotar en el agua, algo que le encantaba hacer de niña, le hizo darse cuenta de lo mucho que le habían arrebatado. Los últimos nueve años le habían afectado en lo más profundo de su alma, y una parte de ella seguía temiendo que todo aquello no era más que un sueño y que al despertar se encontraría de nuevo en las mazmorras de la fortaleza.
La luz de la hoguera parpadeaba entre los altos juncos. Pensó en Dryston, profundamente dormido, iluminado por las llamas. Su cuerpo reaccionó solo de pensarlo y cerró los ojos para deleitarse con la caricia del agua en los pechos. Tomó aire y se sumergió por completo. Bajo el agua, rodeada de oscuridad y silencio, encontró una paz y un consuelo que le hicieron pensar en lo que le había dicho Dryston sobre el estanque. Tal vez tuviera razón y aquel lugar era mágico, porque al volver a la superficie se sentía viva, renacida, consciente de la belleza que la rodeaba. Comparado con el infierno donde había vivido aquello era un paraíso, y el hecho de que pudiera apreciarlo ya era en sí mismo una forma de magia.
—¿Es esto real, madre? —les susurró a las estrellas. Se preguntó si su madre la oiría o si era una tonta por pensar que era posible.
Posible… Aquella palabra podía cambiarlo todo. Pero aún no estaba preparada. Se abandonó al consuelo de las aguas e intentó vaciar su mente de cualquier pensamiento.