CAPÍTULO XVI
LO QUE CONTÓ TOM RATTIGAN
El sheriff de la Quebrada del Buitre miró intencionadamente a Tom Rattigan. El propietario de la línea de diligencias parecía mirar con bastante franqueza, lo cual no era casi siempre una señal segura de algo.
Rattigan había probado también una coartada en el asesinato de Horace Peters, rival suyo en la línea de diligencias, pero no coartada concluyente. Por otra parte, estaba demostrado que una gran amistad le unía al “ciego” John Blake, quien, como se sabe, cada vez se hacía más sospechoso a Pete Rice.
¿Sería posible que el mismo Rattigan estuviese interesado, o fuese el autor de la desaparición de sus propias diligencias? Prometió indemnizar a los propietarios del oro desaparecido, pero en cuanto lo hubo hecho ocurrió algo que le declaró insolvente e incapaz, por lo tanto, de cumplir su promesa.
Rattigan, por su parte, no dejó de notar la mirada de Pete Rice, y comprendió que éste seguía sospechando de él.
—¡Ya sé! —exclamó, pesaroso—, que esto me hace más sospechoso aún. Pero no me importa. Creo que el tiempo habrá de modificar ese juicio. Yo he hecho lo que he hecho por el mejor interés de todos.
Fruncióse el ceño de Pete Rice, y preguntó:
—¿De qué está hablando, Rattigan? ¿Qué es lo que ha hecho?
Rattigan se enjugó otra vez el sudor rostro y empezó a contar su historia a empujones, sin conexión aparente entre unos hechos y otros. Se hallaba bajo los efectos de una gran excitación nerviosa, pero Pete sin dejar de estudiar desde el principio aquel rostro cuadrado, belicoso, logró hallar la ilación en el relato.
Rattigan había querido engañar a los posibles bandidos en el trayecto de una de sus diligencias, tal fue, al menos, su pretensión. Al hacerlo así vióse obligado a ocultar los hechos a otros, aún a Pete Rice.
—Los bandidos conocen el trayecto regular de las diligencias durante el día en toda la carretera —continuó diciendo Rattigan—. Yo intenté que hiciesen un viaje fuera del itinerario. Durante la noche mis diligencias no prestan servicio y por eso puse una especial para esta noche.
Pete continuaba silencioso. Las mandíbulas del sheriff trabajaban activamente mascando goma.
—Hice cuanto pude para engañar a esos granujas —continuó Rattigan—. Yo tenía la diligencia de Rangerville a Wilcey Center, la que jamás lleva oro en esa dirección, y decidí que saliera de Wilcey Center. Luego, despedí al guardia especial como de costumbre, y al cochero le indiqué que diese una vuelta y fuese a trabajar a las cuadras.
—¿Pero ellos no fueron a las cuadras? —interrumpió Pete Rice.
—No para quedarse allí. Yo, realmente, tenía la diligencia preparada en la cuadra. Lo que no quería era despertar sospecha alguna. Entonces el cochero puso en su lugar los caballos y se fue a su casa, aparentemente.
“Un poco más tarde, yo tenía al cochero y a su guardián especial de regreso en la cuadra. Mi cargamento de oro para la bolsa había sido preparado entretanto y manteniéndolo allí, bajo la inspección de los guardias, podía contar o creía que podía confiar.
“Más tarde —prosiguió Rattigan, cada vez más excitado—, esa misma noche, la diligencia emprendió el viaje, saliendo por la puerta trasera de la cuadra y tomando una de las calles posteriores de Wilcey Center. De ese modo esperaba derrotar en toda la línea a los bandidos.
—¿Estaba usted en Wilcey Center cuando salió esa diligencia especial?
—No. Me mantuve lejos de allí a propósito. Me quedé en Rangerville, lo mismo que siempre. La diligencia podía recorrer la carretera fuera de horario. Era imposible que los bandidos llegasen a sospechar ese viaje extraordinario.
—¿Y, sin embargo, desapareció?
—¡Eso precisamente ocurrió! Y no es todo eso. Por cuanto hemos podido enterarnos, interrogando a los habitantes de la ciudad fantasma y a las gentes del Placer, ¡desapareció en el mismo lugar que la otra! Dos viejos negretes que viven en una cabaña más allá de Last Hope la vieron pasar, pero nadie del Placer, unas dos millas más lejos, la vio.
Los penetrantes ojos de Pete Rice pasaron revista a los hombres que a caballo rodeaban a Rattigan. Todos eran dignos de confianza. Junto a Teeny, estaban Shorty Dunne y dos comerciantes de Rangerville.
—¿Cuál es su propia teoría, Rattigan? —preguntó Pete.
—¿Acerca de cómo desapareció la diligencia? Ninguna. Desde luego yo sé ahora, que hay una gotera, un espía, en Wilcey Center, de donde salieron los dos cargamentos de oro.
—¿Telegrafió usted a las ciudades del trayecto para averiguar si la diligencia había pasado por alguna de ellas?
—No. No he querido hacerlo, para conservar en secreto ese viaje desde el principio hasta el fin. Un viaje secreto. Un itinerario especial. Sin pasajeros. Con dos hombres seguros en el pescante. Creí haberlo previsto todo. Tracé mis planes teniendo en cuenta que se trataba del mayor cargamento de oro que enviaba.
—¿Entonces qué le hizo telegrafiarme a la Quebrada del Buitre? La diligencia no había desaparecido aún, ¿verdad?
—No, no había desaparecido, pero no hacía más que pensar y pensar, estaba más intranquilo cada vez. Empezaba a pensar que acaso hubiese ido demasiado lejos y que aquello no era tan sencillo y hábil como creyera en un principio. Telegrafié a usted por si llegaba a tiempo y podíamos galopar carretera adelante, saliendo al encuentro de la diligencia y escoltándola hasta su destino. Creí que estaría usted aquí con tiempo suficiente para alcanzar la diligencia, antes que pasase por los sitios más peligrosos.
—Y al advertir usted que yo no llegaba...
—Cuando vi que no llegaba, referí mi historia al comisario Butler, que estaba aquí en Rangerville. Él, yo, el comisario Shorty Dunne y estos dos amigos míos no quisimos esperar más tiempo y salimos al encuentro de la diligencia. Hechas las investigaciones que le he dicho antes, comprobamos que había desaparecido entre Last Hopo y el Placer.
Hubo un pesado silencio. Los hombres se miraban unos a otros. Pete Rice mascaba goma.
Lo que él temiera en la Quebrada se había convertido en realidad. Los espías de la Quebrada, en combinación con los asesinos de Rangerville le enviaron el telegrama falso para mantenerlo alejado de aquella sección mientras llevaban a cabo su hazaña. Luego prendieron fuego a la casa de su madre, retrasando su regreso hasta que el asalto de la diligencia se hubiese consumado.
—Bien, Rattigan —dijo al fin Pete—. No soy hombre aficionado a las apuestas, pero hoy apostaría un caballo a que en el plazo de siete días habremos detenido a los autores de esos latrocinios y los haremos comparecer ante los tribunales de justicia.
“El hombre que ha planeado esto es habilidoso e inteligente. No lo dudo, pero un hombre inteligente siempre se cree más inteligente de lo que es en realidad... y va demasiado lejos. Y así me parece que está sucediendo en este caso.
Aunque Pete Rice había tenido varias actuaciones desafortunadas desde que empezó a trabajar en la sección de Rangerville, comprobó que le había llegado el turno de ser afortunado. Al menos las huellas que intentaría descubrir Hopi Joe, iban a ser en aquella ocasión completamente frescas.
—Creo que lo mejor que pueden hacer, usted Rattigan y sus amigos, es volver a la ciudad —sugirió Pete—. En cuanto a Teeny Butler, mi amigo Hopi Joe, aquí presente, y yo... bien, veremos que es lo que podemos hallar...
Rattigan no hizo ninguna objeción. Miró indeciso y cansado. Él, Shorty Dunne y sus dos amigos galoparon en dirección a Rangerville.
Pete se volvió a Teeny Butler.
—¿No hay ninguna Pista de Hicks “Miserias”? —preguntó.
El corpulento comisario movió la cabeza tristemente.
—He tenido mucho trabajo con esto, patrón; pero opino que debemos considerar como un bien la desaparición de “Miserias”. Si logramos encontrar por cualquier circunstancia el escondite donde esos hombres lo tienen prisionero...
Sus negros ojos centellearon y sus grandes puños amenazaron a un enemigo invisible. Pareció hacérsele un nudo en la garganta y no pudo seguir hablando.
Pete guió a sus amigos por el camino, un poco más abajo, donde las huellas indudables de la diligencia parecían haberse desvanecido en el aire. Por primera vez expuso en voz alta una teoría que había mantenido en secreto durante algún tiempo.
—Ahora, muchachos —dijo a Teeny Butler y Hopi Joe—, está aquí al menos, una parte del misterio. Tengo verdaderas ansias de encontrarme muy pronto frente a los otros bandidos.
Y señalaba hacia donde las huellas de la diligencia cesaban bruscamente.
—¿Veis allí? Esas dos marcas de ruedas muestran cierta mescolanza, que no la hicieron ellas. Ahora son unas huellas regulares de vehículo de cuatro ruedas sin muelles, lo que llamamos un buckboard, arriba y abajo de esta carretera. He aquí lo que pienso acerca de ello: Yo creo que los bandidos seguían a la diligencia en un buckboard regular. Son varios los buckboards, que pasan por esta carretera y, por lo tanto, nadie fija su atención en ellos, cosa que no ocurrirá tratándose de una diligencia.
Y señalaba al sitio donde las huellas del buckboard parecían mezclarse con otras semejantes.
—Los bandidos llevaban en su buckboard ruedas de repuesto. En cuanto se hacían dueños de la diligencia enviaban espías a un lado y otro de la carretera para cerciorarse de que el camino estaba libre. Convencidos de esto, quitaban las ruedas a la diligencia y ponían en su lugar las de repuesto de buckboard. Los dos vehículos, entonces, seguían su camino adelante, mezclando las huellas de sus ruedas con las de los demás buckboards que transitan por la carretera.
—Y el buckboard continuaba su viaje hasta la ciudad, mientras la diligencia con ruedas de buckboard salía de la carretera de un modo o de otro —observó Teeny.
—Así debía ser. Un buckboard más no podía llamar la atención.
Pete estudiaba otra vez el terreno.
—Luego, cuando lograban sacar de la carretera la diligencia con ruedas de buckboard, apostaría cualquier cosa que colocaban arpilleras en los cascos de los caballos y aun en las mismas ruedas, durante cierta parte del camino, al menos hasta llegar a su escondite. No había huellas antes. Hasta quizá contasen con hombre que valiéndose de escobas alisasen el camino tras ellos. Pero esta noche no han tenido tiempo de ser tan cuidadosos. ¡Mirad eso!
Y señalaba una huella de rueda casi imperceptible, que se dirigía hacia un camino lateral, como si algo se hubiese interpuesto entre la llanta y la tierra.
—Acaso encontremos más indicios como éste —admitió—, pero ahora —añadió, volviéndose a Hopi Joe—, ha llegado su turno, Joe. Cerciórense de que sus revólveres salen bien de la funda, muchachos. ¡Es muy posible que en este momento empecemos a rastrear a alguien, y “terminemos por ser nosotros los rastreados”!
Hopi Joe se había inclinado casi de bruces sobre el terreno. Sus penetrantes ojos estudiaban la huella casi a una pulgada de distancia. Cuando se puso en pie dejó oír un gruñido de satisfacción. Hopi Joe jugador de billar y mascador de goma, había vuelto a ser indio auténtico súbitamente.
Señaló al camino secundario que partía de la carretera y dijo:
—Seguid por ese camino. Yo iré primero en mi pony. Vosotros seguidme para no borrar las huellas.
Los tres hombres montaron a caballo. Con los ojos fijos en la tierra iluminada por la luna, Hopi Joe siguió adelante calmosamente. Aquellos ojos apenas tenían expresión, pero podían ver cosas en los bosques, los campos, los ríos y los caminos que otros ojos no hubieran logrado descubrir. Hopi Joe estaba en su elemento.
Al cabo de un par de millas, y en una buena extensión, casi desaparecieron las piedras del terreno y las huellas de las ruedas se hicieron más distintas, pero el trabajo de las escobas había sido más intenso en aquel polvoriento trozo del camino, pues de otro modo las huellas se habrían convertido en una pista segura.
Y súbitamente, Hopi Joe lanzó un gruñido de disgusto. Se detuvo y señaló hacia delante.
—¡Ugh! ¡Id allá!
El sheriff y su comisario vieron un riachuelo poco profundo que serpenteaba a través del terreno rocoso... Pete Rice sabía que era el Rock Creek, que nacía al Norte del Depósito de Agua de las Diez Millas y desembocaba en una gran corriente, un verdadero río, ya en la vecindad de Rangerville.
—Más difícil ahora —anunció Hopi Joe—. Tal vez tengamos que esperar a la luz del día. El agua borra las huellas de las ruedas, pero quizá no enteramente.
Hopi Joe desmontó de su pony y lo llevó hacía el Norte, vadeando el agua del arroyuelo. La luz de la luna hacía tan visibles los alrededores como la del día. Los ojos de Joe, taladrantes como barrenas, estaban clavados en las piedras que había en el lecho del arroyo.
Pete y Teeny llevaron sus caballos lentamente en seguimiento del indio.
Habían avanzado alrededor de un octavo de milla, mirando las huellas impresas en los bancos rocosos que podían haber sido hechas por la diligencia al salir fuera de la corriente del arroyuelo, cuando una vez más se volvió la suerte en contra suya. La luna iba decreciendo en intensidad y las estrellas estaban desapareciendo. Se acercaba una ligera tempestad.
—No hay buena luz; no puedo ver bien —observó Hopi Joe.
Pete se resignó ante lo inevitable.
—Bueno; nada podemos hacer contra los elementos, Joe —dijo—. Lo más acertado sería marchamos y regresar cuando sea de día.
El sheriff fotografió mentalmente aquellos alrededores y el lugar donde dejaban en suspenso sus investigaciones. Por lo menos había dos puntos relacionados entre sí. Uno, que aquella sección era la misma donde el bandido a caballo desapareciera de manera tan misteriosa, y el otro, que durante una milla a lo largo de ambas márgenes, más hacia atrás, estaban los muros elevados de granito.
Era indudable que cuando Hopi Joe se señalase al fin las huellas de las diligencias desaparecidas, él localizaría a su vez el escondite del bandido.
Hopi Joe volvió a montar en su pony. Antes de hacer girar a su montura señaló en dirección a las barreras de roca que se extendían a ambas lados.
—¡Difícil será rastrear hacia ahí arriba! —dijo—. Pero tal vez a la buena luz de la mañana. Tal vez...
¡Bang!
Una bala pasó silbando por el reducido espacio que separaba a Sonny del pony indio, procedente de los elevados muros de la derecha.
¡Bang!
Sonó otro zambombazo. La bala fue a estrellarse contra la roca, cerca de las patas delanteras de Sonny.
Pete y Teeny estaban lejos de sus caballos y los habían ahuyentado río abajo, fuera del peligro. Los dos hombres tomaron, pues, la única protección ofrecida por aquel terreno árido: sumergirse en el mismo riachuelo, cuidando de colocar sus cintos de municiones alrededor del cuello para preservarlos del agua. Sus revólveres empezaron a disparar inmediatamente.
—¡Aléjese, Joel! —gritó Pete—. Este no es su oficio. ¡Usted es un rastreador, no un negociante de plomo!
Pero Hopi Joe, aunque no fuera un gran tirador, apuntaba bien y era hombre valeroso. Ahuyentó su pony río abajo y añadió la música de su revólver a la de los 45 de sus compañeros.
Las balas silbaban muy cerca del indio y de los dos representantes de la ley. Una de ellas hirió en el hombro derecho al indio, pero su estoico rostro no dejó traslucir el hecho.
Pete y Teeny hacían descarga tras descarga en dirección a las rocas, mientras las balas disparadas contra ellos, se estrellaban a su alrededor con sonido desagradable. Pete esperó el próximo fogonazo y cuando surgió de las rocas, disparó casi instantáneamente.
¡Ping!
Casi a la vez, Pete Rice, afamado por sus peleas contra enemigos enormemente desiguales, se volvió hacia sus hombres.
—¡Estamos en retirada, muchachos! —dijo con tranquila entonación.
—¿En retirada? —repitió Teeny Butler, indignado—. ¿Por qué? ¿Qué te ha ocurrido a ti, patrón?
Por primera vez, Teeny Butler estaba a punto de insubordinarse.
—¡Vámonos, muchachos! —repitió Pete enérgicamente—. He dicho que estamos en retirada. Deslizaos río abajo, hacia donde aguardan los caballos. ¡Después de todo, nos hemos enterado de algo!