CAPÍTULO VII
¡ORO! ¡ABUNDANCIA DE ORO!
La historia que contó Blake fue bastante sencilla. Siempre había sido tratante en caballos, y compró uno a Brainsted, propietario entonces del Circle Cross. Luego se lo llevó a Tom Rattigan, que también se había interesado siempre en cuestiones caballares. Precisamente él le había vendido el magnífico bayo de Rattigan, ganándose veinte dólares en la operación.
El sheriff y los comisarios comieron al mediodía en la casa del tratante y después de la una se dirigieron en busca de sus caballos para emprender el regreso a Rangerville.
—Si algo puedo hacer en favor de ustedes, espero que me lo digan, muchachos —dijo Blake volublemente, cuando los representantes de la ley estaban a punto de montar a caballo—. No puedo acompañarles, pero tengo bastantes relaciones por mi negocio de caballos, y acaso no sea tan inútil como piensan, si me necesitan.
—Gracias, Mr. Blake —dijo Pete.
Y otra vez escudriñó atentamente el rostro del tratante.
—Tal vez requiramos sus servicios.
Se oyó ruido de aporrear y martillazos en el patio de la granja, situado en la parte posterior del pesebre. Pete pudo ver que el cuerpo de Blake se ponía tenso. El tostado rostro del tratante dejó traslucir una expresión de disgusto. Luego Blake sonrió y alzó una de sus manos.
—Adiós, muchachos, espero verles pronto —dijo amablemente—. Recuerden que si puedo serles de alguna utilidad...
Oyó otra vez ruido de golpes y por último un ruido como de madera hecha astillas.
Pete fue hasta el lindero del corral y miró en dirección adonde provenía el ruido. Se quedó admirado al ver a un hombre viejo y menudito tratando de salir a través de la puerta corrediza de un gallinero. El cuerpo encogido estaba como acuñado entre ambos lados de la abertura.
Pete avanzó hacia él y trató de sacar al hombre de aquella gazapera.
—¿Qué le ocurre, amigo? —preguntó.
El hombre se irguió cuanto pudo. El extremo de su cabeza llegaba a la altura de la insignia de Pete. Su cuerpo era encorvado y muy delgado.
—¿Qué está usted haciendo aquí, amigo mío? —volvió a preguntar Pete.
Y al hablar miraba a los ojos azules marchitos del viejo. No había en ellos luz de razón. El viejo no contestó a la pregunta, que Pete repitió.
—Yo sé dónde hay oro —babeó el vejete—. ¡Oro! ¡Abundancia de oro!
Los ojos de Pete se abrieron de par en par. ¡Oro! ¿Habría tropezado con algo realmente importante? Hubo oro en la bolsa de la diligencia desaparecida. ¿Podía aquel vejete haber oído algo, en cierto modo, del misterio que estaba desarrollándose en Rangerville y en sus alrededores? ¿O se trataba sólo de frases sin sentido alguno pronunciadas por un demente?
El sheriff se volvió junto a Blake. Este parecía un poco burlón.
—¿Quién es este vejete? —preguntó Pete al tratante.
Blake se echó a reír.
—No recuerdo haber visto nada cuando miré en esta dirección —dijo—. No creo haber oído esa voz antes de ahora. ¿Cómo es ese tipo?
Pete describió al viejecillo.
—Salía de su gallinero, Blake —dijo.
Blake volvió a reír.
—No sería el primer ladrón de polluelos que he visto por aquí. Creo que renunciaré a tener gallinas, si han de ir a parar al tragadero de otras gentes.
Otra vez interrogó Pete al viejecillo.
—¿Estaba usted tratando de robar polluelos en pleno día, amigo? —preguntó—. Venga acá. ¿Cómo se llama?
El viejo continuó mirando sin objeto determinado.
—¿Dónde está Hoyle? —babeó—. ¡Hoyle y yo sabemos la pista de tanto oro como jamás lo ha visto usted junto, señorito!
Pete notaba que se apoderaba de él un sentimiento de desilusión. ¡Más oro que el que había visto jamás! Luego el viejo no podía referirse al oro que había en la bolea de la diligencia desaparecida. Aquella expedición de oro podía ser a lo más de unos dos mil dólares.
—¿Dónde está todo ese oro? —preguntó Pete.
El vejete soltó una risita sardónica.
—¡Oro! —dijo—. ¡Yo y Hoyle!
Como un chiquillo tocó la insignia de sheriff que Pete llevaba en el pecho.
—Esto es plata —dijo.
Se agarró la cintura con ambas manos tiempo que todo su cuerpo se contorsionaba. Había algo de demoníaco en su manera de reír.
—¡Plata! ¡Bah! ¡No vale nada! ¡Yo sé dónde hay oro!
—Debe de ser algún buscador de oro, que se ha vuelto loco de vivir sólo —aventuró Blake—. Me parece difícil probar que intentaba robarme mis gallinas. Creo que no lleva ninguna consigo, ¿verdad?
—No —contestó Pete.
Había una expresión extraña en los ojos de Pete. Esta última era una pregunta ociosa, viniendo de un hombre cuyas facultades eran tan despiertas como las de Blake. Si aquel hombre hubiese estado robando gallinas, éstas habrían cloqueado o graznado.
—Entonces, no quiero perseguir al pobre viejo —dijo Blake, volviéndose hacia el vejete—. Váyase de mi propiedad. Vuélvase por donde ha venido y no vuelva más a acercarse adonde están mis gallinas.
—¿Gallinas? —contestó como un eco el viejo—. ¿Las gallinas que ponen huevos de oro?
Y una vez más rió de manera desacompasada. Pete estaba examinando los golpes que podían verse en la cabeza del vejete.
—Este pobre viejo ha sido bárbaramente golpeado por alguien —dijo—. Debe tener alguna contusión en el cerebro. Tal vez alguna fractura. Eso ha sido lo que le ha vuelto loco. Creo que lo mejor es que lo llevemos a la ciudad para que lo vea un médico.
Y trató de averiguar el efecto que producían sus palabras en Blake. El rostro de éste no dejó traslucir sus impresiones.
—Muy bien, sheriff —dijo al fin—. No tengo inconveniente en prestarle uno de mis caballos.
Teeny fue hasta el corral y escogió uno de los que allí había. Blake le indicó dónde podía encontrar la silla y los demás arreos.
—Creo que es una caminata demasiado pesada para el pobre viejo el ir la ciudad —dijo Blake—. Yo podría tenerlo aquí, si le parece; le sentaría mejor.
—Necesita un doctor —decidió Pete—. Hasta la vista, Blake. Gracias por el caballo. Veré el modo de devolvérselo.
—¡Oh, cuando quiera, no corre prisa! —contestó Blake.
Su voz era amable, pero había un algo extraño en aquellos ojos obscuros y misteriosos.
Cuando cerca de las dos de la tarde cabalgaban los representantes de la ley hacia Rangerville, el vejete loco iba con ellos. Montaba a caballo desmañadamente, y era evidente que no había sido vaquero o ganadero.
“Miserias” dirigió su caballejo hasta colocarlo junto a “Sonny”. El diminuto barbero y comisario no podía contener la curiosidad.
—¿Tienes algunas ideas, patrón? —preguntó a Pete.
El sheriff no contestó a la pregunta directamente.
—“Miserias”, el hombre que dice lo menos, tiene lo menos que negar después —contestó—. Mejor es llevar de la mano el caballo del pobre viejo chiflado. Está expuesto a dar un tropezón y caerse, con lo que se le pondría peor la cabeza.
Varias veces durante el trayecto trató Pete de entablar conversación con el viejo, pero sus preguntas no hallaban eco en aquel cerebro desequilibrado. Insistía en hablar de oro y de un hombre llamado Hoyle.
Pete no cesaba de estudiarlo. Sus manos eran bastante fuertes para un hombre tan pequeño y las palmas estaban almohadilladas con un grueso callo. Un minero, decidió Pete; posiblemente un viejo explorador que había estado buscando oro durante años y más años y que parloteaba de la fortuna que podía haber hallado.
Los vestidos que llevaba el viejo también le interesaban. La chaqueta estaba bastante sucia y ajada. Se hallaba cubierta de sangre y fango. Tenía una gran rasgadura en el lado izquierdo. Los pantalones estaban desgastados por los extremos. Y; sin embargo, Pete pudo ver que no se trataba de un traje ordinario de bazar el que llevaba el viejo. Aquel traje había sido hecho a medida.
Una idea cruzó el cerebro de Pete. Los sastres de la Quebrada del Buitre y de los alrededores solían poner su marca en las prendas que se les mandaba hacer de encargo. Pete detuvo a sus compañeros un momento, se acercó al vejete y le desabrochó la chaqueta.
Como había supuesto, en el bolsillo interior estaba fija la marca de fábrica del sastre, pero inmediatamente debajo había cosido un trozo de tela con otro nombre inscrito. Pete leyó:
“im Weaver”
—Este debe ser su nombre —hizo observar el sheriff a sus compañeros—. La primera parte está borrada. Lo que sigue es su apellido. Su nombre tal vez es Jim, o Sim o Tim. Podríamos averiguar algo preguntando a las sastrerías de toda la región.
Dio unas palmaditas cariñosas al viejo en la espalda.
—¿Cómo le va Weaver? —le preguntó cariñosamente—. Su nombre es Weaver, ¿verdad amigo?
Durante unos segundos brilló en los ojos del viejo un destello de inteligencia.
—¿Me conoce usted? —preguntó.
Luego la luz de la razón murió como una chispa que se desvanece en un hogar.
—No me conoce usted —balbuceó con torpeza—. Usted no es Walt Hoyle. Usted no sabe dónde está el oro.
Y rió otra vez, más fuerte que las anteriores. Pero Pete no se descorazonó por este resultado.
—En la ciudad se lo entregaremos al doctor —dijo a sus comisarios—. Tengo la convicción de que en cuanto sea sometido a tratamiento, ha de comunicarnos algo de interés.
—¡Cuernos del diablo! —exclamó “Miserias”—. Tengo la misma idea. Cuando oí los golpes y el martilleo, noté que...
Pete hizo callar a “Miserias” con una mirada.
—A ver si podemos marchar un más deprisa, muchachos —le interrumpió el sheriff.
Pete sabía que Short Dunne, el comisario de Rangerville era tan de fiar como él podía desear, pero sabía también que Shorty era bastante locuaz y el sheriff no deseaba que “Miserias” vocease sus teorías.
El mismo Pete había advertido la extraña actitud de Blake cuando empezaron aquellos golpes, pero con frecuencia el sheriff de la Quebrada del Buitre guardaba su teorías estrictamente para sí, desde el principio de un caso hasta su conclusión. Con frecuencia, también, ni aun hacía confidentes de sus pensamientos a “Miserias” o a Teeny, aun cuando él confiase en ellos implícitamente. A pesar del deseo manifestado por Pete de avivar la marcha, siguieron con bastante lentitud. “Miserias” llevaba de la brida el caballo que montaba el viejo demente. Shorty experimentaba también los efectos de la cabalgadura, pues aun no estaba repuesto del todo de su última herida.
Ya empezaban a esparcirse las sombras del crepúsculo cuando apareció en lo alto de una loma la piedra que parecía actuar de guardián del Depósito de Agua de las Diez Millas.
—Blake parece un hombre muy amable —hizo observar el sheriff a Shorty Dunne.
El interpelado asintió con un gesto.
—Seguramente lo es, Pete. Un perfecto tirador —dijo, haciendo una mueca—. Excepto tal vez en el negocio de caballos. Un individuo que ha necesitado seis pares de especulaciones para ir tirando nada más.
—¿Cómo se quedó ciego? —deseó saber Pete.
—No puedo decírselo. Tengo idea de que fue a consecuencia de un fogonazo. Lo único que sé es que ya estaba así cuando tomó en propiedad esas tierras, hace unos cuantos años.
—¿No sabe usted de dónde es natural?
—No. Yo no pregunto esas cosas a los ciudadanos sí no me lo dicen ellos mismos.
—Es una regla bastante buena —admitió Pete.
Estaban llegando al depósito de agua. Los caballos estaban sedientos. Todos los viajeros excepto Teeny Butler y el viejo chiflado, bebieron agua haciendo vaso de sus manos. Teeny prefirió echar un buen trago de su té con sasafrás. El viejo sumergió sus manos en el agua y las agitó de un lado a otro, exclamando:
—¡Oro! ¡Oro líquido!
Se apretaron las cinchas a los caballos. El vejete fue puesto otra vez sobre la silla y los viajeros reanudaron su viaje, que debía terminar a poco en Rangerville.
Los penetrantes ojos de Pete examinaban detenidamente todos los accidentes del camino. No había allí huellas frescas de ruedas. Era evidente que la diligencia de Peters Line no había pasado por allí, siendo como era su camino obligado para ir a Rangerville.
—La diligencia de la Peters Line debía haber pasado ya por aquí, ¿verdad, Shorty? —preguntó al comisario de Rangerville. Shorty miró al sol poniente antes de contestar.
—Sí, debía estar aquí. Comprendo que a partir de hoy no vuelvan a rodar por estas carreteras las diligencias de Peters,... esto es hasta que el viejo Horace sea enterrado.
Movió pesaroso la cabeza y añadió:
—No puedo formarme una idea de quién puede haber agujereado al pobre Horace Peters. El viejo Horace no tenía un enemigo en el mundo.
—Tal vez no, es decir, que se sepa al menos —concedió Pete—. Pero mi experiencia me dice que un hombre que vive tanto tiempo como Peters, especialmente un hombre de negocios, es raro que no tenga al menos un par de enemigos, entre tantos amigos. Tal vez...
Súbitamente, todos tiraron con fuerza de las riendas de sus caballos al oír varios disparos por la parte de atrás del camino. Parecían venir del cruce de caminos de la izquierda, casi junto al depósito de agua, es decir, de la bifurcación que llevaba a Sosa Springs.
—¡Pronto, muchachos! —gritó Pete—. ¡Tal vez tenga eso algo que ver con la diligencia!
Pete espoleó a Sonny. Al hermoso alazán parecieron brotarle alas y elevarse sobre el suelo sin tocarlo con los cascos apenas, marcando tan sólo un ligero repiqueteo sobre el camino. Ponía todo su ardor en la carrera.
Teeny se mantuvo a escasa distancia del alazán. El más rezagado fue Shorty Dunne. Sonny llegó a la bifurcación de las dos carreteras con cincuenta yardas de ventaja. Pete siguió avanzando por la carretera que llevaba a Sosa Springs. Se oyeron otros tres disparos, que sonaron más cerca.
Pete volvió a clavar las espuelas a Sonny. Sabía el sheriff que aquel era el camino que seguían las diligencias. ¿Perseguían también los bandidos a la Peters Stage Line?
Era aquella una carrera insensata y peligrosa, pues los disparos se oían cada vez más cercanos. Luego cesaron súbitamente; tan súbitamente como empezaran. Pero se dejó oír perfectamente un nuevo ruido Era un lento y pesado estruendo y el golpear de cascos de caballo sobre el camino.
Pete refrenó a Sonny. El camino se estrechaba por momentos y se desarrollaba cuesta abajo, cortado violentamente a ambos lados en forma de precipicio.
Cuando contuvo con las riendas a Sonny, los ojos de Pete se dilataron. Una mirada dura, fría, hizo que su rostro pareciese esculpido en piedra. Su mano derecha fue a posarse sobre la culata de plata de su 45 del mismo lado.
Viniendo cerca del recodo, perfectamente recortada en el cielo azul de Arizona, se veía la masa de la diligencia salida de Sosa Springs, la diligencia de la Peters Stage Line. Avanzaba balanceándose en zig-zag por la carretera. Sobre la pendiente rocosa las ruedas daban terribles patinazos amenazando con un despeñe violento.
En el pescante podía verse al cochero empuñando con una mano un revólver aun humeante, mientras con la otra sujetaba fuertemente las riendas.
Junto a él en el asiento podía verse una forma medio derrengada. La cabeza de este segundo individuo estrambóticamente relajada, se cimbreaba al menor movimiento del carruaje.