CAPÍTULO V

LA MARCA INDICADORA

Pete Rice se encontró en el interior de la habitación en una fracción de segundo. Farberson, según pudo ver en el acto, no estaba muerto, pero se retorcía y se quejaba con verdadero dolor. Abrió los ojos y los dirigió débilmente hacia el otro hombre que yacía en el suelo.

—No se ocupe de mí ahora, sheriff. Puedo aguantar. Ayúdelo a él —dijo.

Pero Pete había visto de cerca la muerte demasiadas veces para comprender desde el primer momento que nada podía hacerse por el hombre de cabellera de plata que yacía cara al cielo, con los brazos en cruz, inerte cerca de la ventana.

El sheriff llevó a Farberson hasta un viejo canapé de cuero que había en uno de los rincones de la estancia.

—Me duele aún bastante —murmuró Farberson—, pero creo que no tardaré en estar bien...

Pete examinó determinadamente su herida. Era un rasguño en la parte superior de la pierna. El sheriff rasgó su pañuelo en tiras e improvisó rápidamente un vendaje.

En el pasillo se oyó ruido de pasos que se acercaban y también algunas voces. Pete cruzó la habitación. Quitó los cerrojos de la puerta y la abrió de par en par. Un grupo de hombres se precipitó en la habitación y empezaron a hacer preguntas todos a un tiempo.

—Soy el sheriff Pete Rice. Pero supongo que algunos de vosotros me conocerá —dijo Pete—. Hay que ir a buscar al doctor ahora mismo. Farberson no tiene nada importante y el doctor puede calmar sus dolores fácilmente. Uno de ustedes que avise al de la funeraria, pues ese otro hombre está muerto.

Uno de los visitantes dio unos pasos adelante y se inclinó sobre el hombre de la cabellera de plata que yacía cerca de la ventana.

—¡Dios Santo! ¡Si es Horace Peters! —exclamó.

Pete no había tenido ocasión de conocer personalmente a Horace Peters, pero no ignoraba que había sido el propietario de la línea de diligencias Peters Stage Line. Los pensamientos se agolparon tumultuosamente en el activo cerebro del sheriff. La diligencia de Rattigan desaparecida... Rattigan, el propietario de la diligencia amenazado por carta. Y ahora Peters, el propietario de la línea rival, ¡muerto! ¿Habría alguna relación entre ambos hechos?

Pete consiguió al fin que Farberson estuviese lo más confortablemente posible. El propietario del hotel parecía sentir aún un gran dolor, y más interesado por lo ocurrido a Peters que a él mismo.

—¡Peters muerto! —murmuraba—. ¡Todas estas cosas acabarán por parecerme una pesadilla!

Tragó a duras penas la saliva y se pasó la lengua por los resecos labios repetidas veces.

—Peters y yo hemos sido amigos durante muchos años. Le dije que viniera aquí esta noche, pues deseaba que hablase con usted. Últimamente él parecía preocupado por algo, pero no traté de interrogarle. Creí que usted lo haría mejor que yo.

Miró de una manera extraña hacia el cristal roto de la ventana.

—Horace y yo nos visitábamos bastante últimamente. Yo procuraba convencerle de que se quedara en el hotel por la noche. Acababa apenas de apartarme de la ventana, e iba a indicarle que este canapé podía convertirse en un lecho bastante cómodo para dormir plácidamente en él. Entonces oí el estrépito de la ventana. Me sentí arrojado contra el suelo. Al principio pensé que estaba más grave de lo que estoy.

—¿Vio usted el fogonazo al otro lado de la ventana? ¿Pudo ver a alguien?

—Sólo una forma. No pude ver ninguna cara. Me volví en el preciso instante en que Horace caía al suelo violentamente. Intenté llegar a la ventana. No llevaba ningún revólver, pero pensé que podía reconocer al asesino. No lo conseguí. Caí desvanecido. Lo primero que recuerdo fue su entrada en la habitación.

Uno de los visitantes se dirigió a la puerta.

—Oiga, tal vez nosotros podríamos intentar la captura de ese asesino —dijo.

Pete se volvió rápidamente hacia él.

—Quédese aquí. Mis comisarios persiguen ya a ese asesino. ¡Si ellos no lo agarran no podrá hacerlo nadie! Tengo que hablar con ustedes dentro de pocos minutos.

El visitante, cuyo aspecto no había impresionado muy favorablemente a Pete, le miró ceñudo.

—¿Pero no podemos prestar alguna ayuda? ¿No podemos examinar las huellas que pueda haber fuera de la ventana?

—¡No! —contestó Pete, con brusca entonación—. Mis comisarios y yo lo haremos más tarde. Ustedes pueden ayudar... sí. Pueden estacionarse cerca de la ventana y evitar por todos los medios que nadie intente borrar las huellas que pueda haber ahí fuera.

Aquel hombre movió la cabeza con algo de hosquedad y dio unos pasos hacia la ventana. Pete continuó el interrogatorio de Farberson.

—¿Sabe usted si Peters tenía enemigos, Mr. Farberson?

—Pues.. —.Farberson pareció vacilar un momento—. Me parece que no. Horace Peters era uno de los más finos tiradores de estos contornos.

Los ojos verdosos de Pete buscaron con insistencia los sanguíneos de su interlocutor.

—¿Está usted absolutamente seguro de que no tenía enemigos? —insistió.

—¡Oh! No me gusta traer a colación recuerdos penosos sin razón alguna —contestó Farberson—. En los viejos tiempos, cuando Tom Rattigan puso en marcha su línea de diligencias rival, podía haberse pensado en algo de eso. Podía, digo. Pero pasó todo eso hace tiempo.

—¿Tom Rattigan y Horace Peters eran amigos?

—Así es, sheriff. Cuando la diligencia de Tom Rattigan desapareció tan misteriosamente, Horace Peters fue a ver a Rattigan y le preguntó si podía ayudarle en algo. Tom le dio las gracias, pero le dijo que podía salir adelante sin ayuda alguna. Tom es también un buen muchacho.

Farberson cogió la gran mano de Pete febrilmente. Sus ojos estaban húmedos y su rostro contraído de una manera extraña. Parecía haber llegado al colmo del abatimiento.

—No estoy acostumbrado a esta clase de excitaciones, sheriff. Ya no soy joven y mi salud deja bastante que desear. Ha venido usted precisamente a Rangerville para ayudarnos. Este asesinato necesita ser puesto en claro, y usted es el hombre indicado para ello.

Las mandíbulas de Pete estaban oprimidas una contra otra y sus humosos ojos grises parecían cada vez más sombríos.

—No se preocupe. Haré lo que pueda. Estos asesinos siempre dejan algún cabo suelto. Cuando sucede esto, ya estoy preparado.

Acababan de entrar en la habitación otros ciudadanos de la villa. Entre ellos había un hombre de barba gris que llevaba un estuche de medicina, y que miró profesionalmente al hombre de cabellera de plata que yacía junto a la ventana.

—No puedo hacer nada por ese hombre —dijo, tras rápido examen.

Abrió el estuche, sacó de él una jeringa de inyecciones hipodérmicas y preparó vendas y antisépticos. Luego empezó a curar a Farberson.

***

Pete Rice cruzó la habitación y saltó al exterior de la vivienda por la ventana destrozada. Pero antes se quitó las botas. No quería mezclar las suyas a las huellas que estaba seguro de hallar al pie de la ventana.

Desgraciadamente, como pudo ver enseguida, las huellas estaban demasiado mezcladas con otras recientes. La luz que llegaba de la habitación mostró huellas de botas entrecruzadas entre sí. Aquel trozo de terreno llevaba del hotel al establo y era indudable que varios hombres habían pasado por allí a primeras horas de la noche. Resultaba difícil distinguir unas huellas de otras. La única probabilidad de descubrir algo era que Teeny y “Miserias” hubiesen logrado alcanzar al hombre que había huido a caballo.

Pete volvió a la habitación y vio que Swen Lindstrom se había reunido al grupo de vecinos que ya estaban allí. El sheriff se dirigió a todos aquellos hombres, poniendo una atención particular en Lindstrom. Este parecía honrado y valeroso.

—Muchachos —les dijo—, como advertiréis, unos asesinos andan sueltos por Rangerville. Algunas cosas verdaderamente extraordinarias vienen sucediendo aquí de poco tiempo a esta parte. Algo grande está oculto tras todo esto, algo que no se muestra a la superficie. Yo espero de vosotros que nos prestaréis, a mí y a mis comisarios, toda la ayuda que necesitamos. Es preciso hacer lo imposible para descubrir todo este tinglado antes de que tengan tiempo de hacer otra de las suyas.

—Estamos a sus órdenes, sheriff —dijo Lindstrom—. Todos los hombres que están en esta habitación conocían a Horace Peters. No tenemos por qué ocultar que todos le queríamos, y yo mismo me incluyo en ese número, aun cuando sea cochero de las diligencias de su rival Tom Rattigan. El hombre capaz de matar a Horace Peters tiene que ser un malvado o un loco. Me parece que debe ser un poco duro de pelar y que no es de los que andan mezclados entre las gentes honradas de la ciudad.

—Tal vez —concedió Pete—, pero he visto abejas que producen la miel y luego aguijonean ellas mismas la muerte. Los humanos suelen hacer lo mismo, sólo que su veneno actúa con algo más de lentitud.

El pensamiento del sheriff estaba ahora trabajando aceleradamente. Las pistas en este caso, o mejor dicho, los hechos, porque había apenas alguna pista que seguir, parecían tan enredados como las huellas de botas entremezcladas al pie de la ventana.

Pero una cosa aparecía visible: los hombres que estaban en relación con las dos líneas de diligencias, todos, excepto Farberson, habían sido los únicos atacados o amenazados. ¿Podía significar esto algo?

Tom Ratigan había sido amenazado, Swen Lindstrom, el cochero, había sido amenazado. Había desaparecido una diligencia de la Standard Lines. El propietario de la otra línea rival había sido asesinado hacía poco.

Hasta Farberson, que no tenía interés alguno en la propiedad de las dos líneas, pero que era propietario del hotel que servía de término de viaje a las diligencias de ambas líneas, había sido atacado.

Los nervios de Pete estaban en tensión. El ruido de unos cascos galopando sobre la carretera llegó hasta él, envuelto en la brisa nocturna. El ruido iba acercándose por momentos Pete escuchó cuidadosamente. ¡Tres caballos! ¡Probablemente eran Teeny y “Miserias”, que regresaban después de haber capturado al asesino!

Si esto era así, aquel misterio no resultaría tan intrincado como le había parecido en un principio. El asesino de Peters no sería el único autor de todos aquellos acontecimientos. Podría hablar y descubrir a sus cómplices, como hacían la mayor parte de los asesinos en cuanto se veían enredados en las mallas de la ley.

El ruido de los cascos iba haciéndose más distinto. Pete sacó la cabeza fuera de la ventana y pudo ver unas sombras que se acercaban por la parte trasera del hotel.

—¿Sois vosotros, muchachos? —gritó a los que llevaban.

La voz de “Miserias” contestó:

—Somos nosotros, patrón. Pero...

—Galopad dando un rodeo hacia las cocheras —ordenó Pete. Varios de los hombres que estaban en la habitación le siguieron.

Teeny Butler e Hicks “Miserias” desmontaban ya de sus fatigados corceles. “Miseria” tenía de la brida un magnífico bayo. ¡Pero el bayo no tenía jinete!

Fue Teeny el que habló:

—No le cogimos, patrón.

En su voz había algo de remordimiento. No era cosa frecuente que el gran tejano y el huesudo potranco que cabalgaba a su lado dejasen escapar un detalle de esta clase.

—Hemos galopado directamente —continuó Teeny—. Creo que nosotros debíamos haber ido primero detrás de él para informarnos bien. El jinete debe de haber escapado deslizándose del caballo y ocultándose luego entre alguno de los bosquecillos de algodoneros o detrás de cualquier peñasco del camino. Si está allí, le agarraremos, patrón.

El gran comisario montaba ya en su gigantesco pura sangre bayo.

—¡Espera un minuto, Teeny! —le gritó Pete.

El sheriff examinaba un costurón que tenía el caballo sin jinete en uno de los flancos. Aquel costurón había sido hecho por la funda de un 45. El aspecto de la rozadura del revólver era inerrable para un hombre que conocía las armas de fuego tan bien como “Pistol” Pete Rice.

El caballo no había llevado jinete desde un principio. El asesino había, indudablemente, cabalgado en aquel bayo hasta la parte posterior del hotel, pero después de disparar a través de la ventana había golpeado bárbaramente al caballo en el flanco con su revólver, lanzándolo a todo galope en la oscuridad, con la esperanza de que alguien persiguiera al animal, siguiendo una pista falsa que le permitiría a él entretanto escaparse por otro lado.

Era más que probable que el asesino estuviese en la ciudad en aquellos momentos. ¡Hasta quizá entre aquel grupo de hombres!

—¡No es necesario que corráis detrás de ese asesino, muchachos! —dijo Pete a sus comisarios, sin dar ninguna explicación más de su decisión.

Los penetrantes ojos de Pete miraron uno tras otro a todos los hombres que estaban en torno del caballo. En los ojos de Lindstrom, de un color azul pálido, se pintaba el asombro. Luego dio media vuelta para marcharse.

—Espere un minuto, Lindstrom —le gritó Pete—. ¡Mira usted como si “conociese” este caballo!

Lindstrom balbuceó, torpemente:

—Podía... podía estar equivocado...

—Sí. Y podía no estarlo. Acompáñeme, Lindstrom. No sospecho nada de usted. Es un hombre honrado... o yo no he visto ningún hombre honrado en mi vida. ¿De quién es ese caballo?

Lindstrom aún trató de resistir, pero su rostro sereno y severo no pudo ocultar sus sentimientos.

—Pues bien, quizá conozco ese caballo —admitió al fin—. Pero... no sé... me parece imposible, sheriff. Me disgusta causar un trastorno. Puede tratarse de algún error.

—¡Se trata de un asesinato! —insistió Pete—. Su deber es decir todo lo que sepa, suceda lo que suceda. Veamos: ¿de quién es ese caballo?

Lindstrom movió la cabeza, cubierta por abundante cabellera rubia.

—Pues bien... Yo conozco a Tom y no quisiera que estuviese metido en un lío como este. Pero... pero... el bayo que está ahí es un caballo que yo he visto montar por primera vez a Tom Rattingan, el otro día. Recuerdo las señas de ese caballo... que tiene la marca del Circle Cross.

El sheriff cruzó para examinar el otro lado del caballo, el de la marca. La marca del Circle Cross era inconfundible. ¿Pero cómo podía ser que Tom Rattigan montase uno de los caballos robados del Circle Cross?

—¿Sabe Rattigan que usted le ha visto montando este caballo? —preguntó Pete a Lindstrom.

—No estoy seguro, sheriff. Cuando le vi fue a lo largo de la carretera. Tom está siempre cambalacheando caballos.

Pete se volvió hacia sus comisarios, y les dijo:

—Ya sabéis dónde vive Tom Rattigan. ¡Id a su casa y traédmelo aquí, pronto!