CAPÍTULO II
EL HOMBRE LLAMADO BRAINSTED
Las luces de la Quebrada del Buitre estaban encendidas. Las de “Descanso del Vaquero”, el bar más concurrido de la población, brillaban, acogedoras.
El más inteligente de los dueños de bar comprobó que el whisky en cantidad no era bueno, y sí muy perjudicial.
Sin embargo, dentro de aquellas puertas giratorias todo era compañerismo. Se oían conversaciones. Resonaban las risas. Había un calor moderado en las noches frías y, en medio de todo, el calor no parecía ser perjudicial allí en las tardes y las noches calurosas.
También el Arizona Hotel era un lugar resplandeciente en aquellos parajes. Por su parte, el almacén de comestibles de la Quebrada del Buitre, del que era propietario Sam Hollis, estaba preparándose a cerrar aquella noche.
Lo mismo se disponía a hacer la barbería de Lawrence Michael Hicks, “Miserias”, como le llamaban en toda la Quebrada, en gran parte de la región de Trinchera y aun en los más remotos parajes del Estado de Arizona.
Sam Hollis era un bebedor moderado, por lo que no entraba en el “Descanso del Vaquero” después de cerrar su almacén de comestibles. Había cenado ya y parecían atraerle las luces que podían verse a través de las ventanas de la barbería de “Miserias”. Seguido de su podenco, bajó por la acera.
Era una de esas noches en que un hombre iría de mejor gana a cualquier sitio que a su casa, por lo menos hasta que diese la hora de acostarse.
Sam comprobó que Hicks “Miserias” estaba muy atareado. No en su oficio barberil, ya que la silla estaba cubierta y las tijeras y navajas hallábanse encerradas en la vitrina correspondiente. Pero Hicks “Miserias” tenía otras obligaciones. Era uno de los comisarios del sheriff Pete Rice.
Era también una especie de médico rural. Parecía saber al detalle las enfermedades de los vecinos de la Quebrada del Buitre. En aquellos momentos estaba ocupado en pegar etiquetas en botellas y frascos de diferentes tamaños y matices.
—¿Cómo estás, “Miserias”? —preguntó amablemente Sam Hollis—. Seguramente que tienes ahí abundancia de remedios para todos los males. Debe de haber alguna epidemia en la Quebrada.
Hicks se volvió hacia su interlocutor. Sam Hollis era persona de su agrado. Le hubiera prestado hasta el último céntimo. Le habría cortado el pelo a cualquier hora del día o de la noche, de haberse éste encontrado enfermo, pero desde el momento en que Sam era su amigo, podía permitirse el gusto de mostrarse un poco irritable con él.
—¡Por los cuernos de Satanás! ¡No tienes la menor idea de cómo está la salud! —contestó, con brusquedad—. A vosotros os parece que para curar a un hombre hay que esperar a que se muera. ¡No entendéis una palabra de medicina!
Los azules ojillos del diminuto barbero-comisario brillaban con un entusiasmo incontenible al hablar de sus potingues. Y al hablar agitó una botella hasta conseguir que el líquido que contenía se cubriese de espuma.
—Pues fíjate en esta mezcla que tengo en la mano. La he obtenido de uno de los curanderos más sabios de las tribus indias. Si encuentras a uno de tus amigos que tirita de frío, no esperes, que se tenga que meter en la cama. Dale dos o tres cucharadas de esto, y en un día estará en condiciones de zurrarte en una pelea.
Volvióse hacia una vitrina, frente a su silla de barbero, y continuó:
—Ahora coge una de esas botellas color de rosa. Una mujer de las que viven en Mesa Ridge viene aquí con una miseria en la espalda. Me compra dos botellas y jamás se volverá a acordar de la “miseria”... Mira, Sam, esta es una edad de medicina preventiva. Esta es...
—¡Miserias!
Una llamada surgida del fondo del establecimiento vino a interrumpir el discurso del barbero profesional.
—¡Voy, Pete! —contestó “Miserias”—. ¡Llego en dos zancadas!
Sam vio que “Miserias” y su patrón tenían algún trabajo entre manos, y se volvió hacia la puerta.
—Soy un bebedor muy moderado —dijo—, mas para mí no hay remedio mejor que las botellas del “Descanso del Vaquero”. Sobre todo para el mal de la soledad. Voy a ver si tomo una dosis de ese remedio.
Salió a la calle y dirigióse hacia la taberna. “Miserias”, por su parte, apresuróse a entrar en la trastienda de su barbería.
Allí era donde “Pistol” Pete Rice tenía establecido su despacho oficial. Era la oficina del sheriff de la Quebrada del Buitre, el centro de justicia del distrito de Trinchera.
Un joven de rostro firme estaba sentado ante una destartalada mesa que le servía de escritorio. Varios periódicos y cartelones con retratos de hombres buscados por la ley estaban esparcidos por encima de ella. Pero el joven estaba muy entretenido con una magnífica lente que mantenía fija sobre una sección de cuero de un pie cuadrado de superficie aproximadamente.
Aquel hombre era “Pistol” Pete Rice, el sheriff de la Quebrada del Buitre y del distrito de Trinchera.
Su rostro era demasiado severo para que pudiese ser considerado como un hombre guapo, pero, en cambio, su franca mirada y sus facciones transparentaban valor e intrepidez. Tenía el cutis bronceado, curtido por larga exposición al ardoroso sol de Arizona.
Sus ojos, sombreados de un gris humoso, no daban idea a simple vista de la dureza que podían llegar a adquirir cuando se hallaba cara a cara con los criminales. Tenía la cabellera lacia y espesa. Un mechón rebelde había escapado del ancho sombrero Stetson y le caía sobre la frente. Sus angulosas mandíbulas se movían con rítmica precisión mascando chicle. Pete Rice mascaba goma siempre que pensaba en algo importante, que requería la atención de todos sus sentidos.
—Me parece que este es un problema que ha de resolverse mejor por cálculo —dijo—. Indudablemente, entre los bandidos hay un experto marcador en seco. Dando una batida en el monte tal vez hallásemos más pronto la solución. Teeny Butler mató uno de los animales enfermos, de todas maneras se hubiese muerto el pobre animal, y luego cortó este trozo de cuero en donde estaba la marca.
Pete Rice mantuvo en alto la lente de aumento.
—Esto lo conseguí de Doc Buckley. Es una lente especial, empleada en algunos lugares de Tucson por los doctores, según me dijo. Realmente es interesante lo que se ve. Mira por esta lente.
Hicks “Miserias” enfocó sus azules ojos sobre la lente.
—¡Esta marca ha sido falsificada! —observó.
Pete mascaba nerviosamente la goma.
—Desde luego. Ahora hay un nuevo sujeto por estos lugares, Brainsted, que ha comprado la parte del Rancho de Circle Cross. ¿Lo hizo él?
“Miserias” hizo un gesto significativo.
—Nunca me gustó la manera de mirar de ese tipo —contestó—. Tiene una mirada más perversa que la de un buitre.
—Mira —dijo Pete a su comisario—, hay mucha diferencia entre uno y otro. Toma ese viejo perro casero de Sam Hollis. Y toma un crótalo. Precisamente el crótalo, en pura belleza, con su colorido y su gracia, y tal vez una figura adiamantada delicada en el lomo, tiene mejor ver. Pero yo, particularmente, tomaría el perro. Y creo que tú también. Pero lo que yo estaba diciendo es que Brainsted es un bandido, eso es. Mira esta marca más de cerca, “Miserias”
“Miserias” volvió a mirar a través de la lente y dejó transparentar su agitación y su sorpresa.
—¿Lo has comprendido, muchacho? —le preguntó Pete—. Los animales perdidos del Bar C. corren directamente hacia la propiedad Circle Cross, de Brainsted, ¿no es eso? Mira ahora lo que nos descubre esta lente de aumento. Colócala aquí sobre este ángulo.
“Miserias” dejó escapar un verdadero alarido de sorpresa. El arreglador de la marca había convertido la “C” en un círculo entero. Había añadido también una barra vertical a la horizontal. Alguien había estado cambiando el ganado del Bar C. como perteneciente al Circle Cross, falsificando la marca tan esmeradamente, que sólo podía descubrirse la trampa con una potente lente de aumento.
—¡Ahora lo comprendo, patrón! —exclamó “Miserias”—. Ese Brainsted tiene que darnos explicación de todo esto. ¡Digo! Hay que hacerle hablar, sea como sea. Me apuesto diez contra uno a que está empinando el codo ahí, en el “Descanso del Vaquero”.
—Podemos llegarnos dando un paseo hasta allí y ver qué se le ocurre decir por sí mismo, “Miserias”.
—En un periquete estoy a tus órdenes, patrón —dijo el diminuto comisario.
Fue hasta la parte delantera de la barbería, cambió su chaqueta blanca de barbero por una más obscura, y se ciñó el cinto de los cartuchos. Pero Rice se había levantado de la mesa y después de apagar la luz se acercó a mirar por la ventana.
—Me parece que alguien ronda por ahí fuera —dijo en voz baja a “Miserias”, cuando éste se le reunió.
Esperó un buen rato sin moverse. El barbero permanecía a su lado. No vino ruido alguno de la parte posterior. Pete echó a andar hacia la parte delantera de la tienda. Con estrépito “Miserias” cerró la puerta tras sí y miró en torno suyo en la obscuridad de la noche.
Los dos hombres se detuvieron un momento a la entrada de la calle que lleva hacia la cárcel. Los ojos de Pete escudriñaron fijamente en la obscuridad. Por último echó a andar con “Miserias” hacia el “Descanso del Vaquero”.
—¿Habrá que meter en la cárcel a Brainsted? —inquirió “Miserias”.
—Me parece que sí. No sé gran cosa de ese Brainsted. Si resulta que es más decente de lo que me figuro, y desea indemnizar por los animales del Bar C. que haya robado, podía interceder en su favor cerca del juez Grange.
—No se trataría entonces de un caso interesante —fue la opinión de “Miserias”, expresada con un suspiro—. Hace ya mucho tiempo que no tropezamos con un asunto grande, de verdadero interés, patrón.
—No siempre podemos estar metidos en asuntos grandes —dijo Pete a su comisario—. Aunque no deja de ser fastidioso el haber de intervenir en tantos asuntos pequeños, que le roban a uno el tiempo inútilmente.
Al acabar de decir estas palabras, arrojó al arroyo la goma que había estado mascando. Buscó y halló un trozo nuevo en uno de sus bolsillos, y reemplazó en su boca el pedazo que acababa de desechar por inútil.
—Cuando despliegas tus mantas sobre el terreno, “Miserias” —dijo—, no es siempre el lobo maligno quien te impide dormir, ¿no es eso? ¡No, pardiez! Es el aullar de los coyotes. Eso es lo que ocurre casi siempre en la vida. Son las cosas pequeñas las que mantienen a un hombre atareado principalmente, y le mantienen más irritado también.
Precisamente delante de él, vio Pete Rice el podenco de Sam Hollis tendido a la puerta del “Descanso del Vaquero”. Parecía la encarnación perfecta de la relajación total.
Pero súbitamente se levantó de un salto. Sus orejas revelaron interés por algo. Su cola se puso tiesa como un palo. Todo en él indicaba vigilancia extrema... Se hallaba frente a Pete y su comisario, pero a simple vista se conocía que lo que le llamaba la atención estaba detrás de ellos.
Pete giró sobre sí. No pudo advertir nada irregular. Unos cuantos hombres estaban agrupados a lo largo de la acera de madera de pino, en la parte posterior de la barbería de “Miserias”. Un vehículo de cuatro ruedas traqueteaba a lo largo de la calle. Nada extraordinario. Sin embargo, la actitud del perro sí tenía algo de extraordinario.
—Este podenco oye algo —observó Pete.
El sheriff se detuvo y escuchó atentamente. Pocos segundos después él también oía algo. Su oído era tan fino que el más leve rumor era como telegrafiado, retransmitido inmediatamente a su cerebro.
Un caballo se acercaba desde el otro extremo de la calle principal, algo lejos aún a su espalda. Probablemente no habría hecho más que llegar a los límites de la ciudad, viniendo de la dirección de Rangerville. Se acercaba a toda velocidad. El sonido de sus cascos al chocar contra el suelo iba haciéndose más distinto cada vez.
—¡Pardiez! ¡Alguien tiene mucha prisa por llegar, patrón! —gritó “Miserias”.
El sheriff no dijo nada. Continuó en la misma postura, con los nervios en tensión.
—Tal vez, patrón —aventuró “Miserias”—, este insignificante caso de falsificación de marcas de ganado no nos haga perder mucho tiempo ¿eh? No opino que eso suene igual que el aullido del coyote ¡Podía tratarse también del aullido del verdadero lobo!
Pensativamente, Pete Rice continuó mascando goma. El ruido de los cascos iba siendo cada vez más intenso. En aquel galope desenfrenado parecía haber también desesperación.
Al fin habló Pete.
—En medio de todo, “Miserias” —dijo—, me parece que ese viene empujando...
Las sospechas de Pete adquirieron más fuerza cuando vio al jinete detenerse en seco frente la barbería de “Miserias”.
—Es precisamente a ti a quien busca ese individuo, Pete-dijo “Miserias” —. Nadie galopa a esa velocidad por la población sólo para afeitarse o cortarse el pelo.
Los dos hombres se dirigían ya aceleradamente hacia la barbería. Frente a la tienda, un hombre había desmontado de un caballo completamente agotado por el esfuerzo que acababa de realizar. Aquel individuo se dirigió con paso rápido hacia Pete y “Miserias”. Sus miradas se posaron particularmente en el sheriff.
—Usted es Pete Rice —dijo—, y...
—Y usted es Wade Farberson —le interrumpió Pete, que parecía tener una cámara fotográfica en cada ojo y rara vez olvidaba un rostro después de haberlo visto antes.
—Eso es, sheriff. Y soy de Rangerville.
Pete asintió con un movimiento de cabeza.
—Lo sé. Es usted propietario de un Hotel.
—Así es. El Rangerville House. Ocurre allí algo importante referente a...
El sheriff le interrumpió con un ademán.
—Espere un minuto, mister Farberson. Iremos a mi oficina. Este es mi comisario, mister Hiks. Puede usted hablar delante de él con entera libertad.
Pete había notado que a lo largo de la calle y procedente del “Descanso del Vaquero” se acercaba Brainsted. Se llevó a Farberson a la oficina, antes de que Brainsted llegase a la vista de la barbería.
Una vez dentro ofreció un silla a su visitante, pues Farberson estaba algo lejos de ser un muchacho. Se le notaba cansado por la caminata que acababa de hacer y su respiración era algo fatigosa. Antes de que se repusiera un tanto y empezase a contar el asunto que allí le llevaba, Pete le examinó detenidamente.
Era un hombre de unos cincuenta años. Sus cabellos, negros, tenían ya algunas hebras de plata. Su rostro mostraba varias arrugas, y en sus ojos se leía la honradez. Tenía el blanco de los ojos algo sanguinolento tal vez a causa de algún desorden físico.
Por fin, Farberson empezó a respirar algo más tranquilo. Acercó su silla cuanto pudo a la mesa de Pete.
—Yo esperaba a un viejo amigo en la diligencia de Wilcey Center, esta noche temprano —dijo—. Esperaba pasar muy buenos ratos con él, aun cuando le sabía poco dispuesto a complacerme. Yo le había dicho que podía permanecer en el hotel todo el tiempo que quisiera, incluso el resto de su vida, si lo deseaba.
Pareció como si se le secase la garganta. Pete le llenó un gran vaso de agua y se lo dio. El viejo lo apuró de un trago.
—Cuando vi que la diligencia se retrasaba una hora, comencé a inquietarme. Finalmente, y aunque aun no sospechaba nada, envié un telegrama a Wilcey Center, enterándome de que la diligencia había pasado por allí a la hora fijada. Aun no me inquietó mucho, hasta que poco después comprobé que Rattigan —ya sabrá usted que Tom Rattigan es el propietario de las diligencias de la Standard Stage Lines...
Pete asintió con un gesto..
—...había recibido una nota amenazándole de muerte. Me pareció mucha coincidencia. Parecía algo extraño que Rattigan pudiese ser amenazado y su diligencia volviese hacia atrás casi al mismo tiempo. Un asunto chocante, lo reconozco. Por eso reuní algunos muchachos de la ciudad y salimos al camino para ir al encuentro de la diligencia.
—¿Comprobó usted que había ocurrido algo? ¿Estaba atascada?
—¡Pardiez! ¡Peor que eso! ¡Es un verdadero misterio aun para usted tan acostumbrado a desentrañarlos! ¡La diligencia había desaparecido como si se la hubiese tragado la tierra!
—¿Registró usted bien a lo largo de la ruta que...?
—Lo hicimos —le interrumpió Farberson—. He aquí los hechos: La diligencia llevaba tres hombres: Tuffy McShane, que iba como una especie de guardián. Usted sabe la fama que tiene de luchador...
Pete volvió a asentir con un nuevo gesto. Le constaba la reputación de McShane. Más de una vez había cabalgado a las órdenes del sheriff.
—Bien, viajaban, pues, McShane y el cochero y ese viejo amigo mío, que venía como pasajero.
—Wilcey Center tiene algunos yacimientos de oro, que es enviado fuera. Ese día ¿iba algo de valor en la diligencia?
—No podría decírselo, sheriff, pero vieron pasar la diligencia por Last Hope (“La Ultima Esperanza”), esa pequeña villa misteriosa, que usted conoce. Un viejo buscador que aun vive allí en una cabaña junto —a una mina denunciada, la vio pasar.
Farberson se pasó una mano por su fino y plateado cabello.
—Y lo más raro del caso es que en el pequeño establecimiento de Placer, sólo dos o tres millas más adelante, ¡nadie vio pasar la diligencia!
Pete Rice se irguió como movido por un resorte.
—¿Quiere usted decir con eso que la diligencia, en pleno día, desapareció entre los dos establecimientos estando tan cerca el uno del otro?
—En efecto, sheriff. ¡Se desvaneció, se esfumó en el aire!
—¿Sin dejar ninguna huella?
—Ni una sola apreciable, sheriff. Seguimos las huellas en la carretera hasta aproximadamente una milla más allá de Last Hope. Allí se detuvieron. Hay algunas huellas de cascos de caballo, y los surcos dejados por las ruedas, como se encuentran en casi toda la carretera. Pero ni una sola huella particular de la diligencia. ¡Esa diligencia se detuvo en un punto determinado... y luego se evaporó!
—Pero, “Shorty” Dunna, el comisario de Rangerville... ¿no conoce el caso?
Farberson mostró alguna agitación.
—Fui precisamente a enterarle de lo ocurrido. “Shorty” estaba tumbado en su oficina cuando yo fui a ponerle en antecedentes de lo ocurrido. Lo habían dejado fuera de combate con un balazo en el hombro. ¡Por eso me decidí a cabalgar hacia aquí... en busca suya!
—Tal vez haya en todo esto algo más que estas cosas, pero estoy intranquilo por la desaparición de la diligencia —fue la opinión de Pete Rice.
—Tal vez. Yo no sé mucho más acerca de la suerte que haya podido correr ese viejo amigo mío que iba como pasajero. Claro que también estoy intranquilo por lo que haya podido ocurrirles a McShane y al pobre cochero. Los dos eran excelentes personas. Sin embargo, y como es lógico, es la suerte de mi amigo, se llama Ed Seymour, lo que me preocupa ante todo.
Farberson se puso en pie y se dirigió hacia un mapa del distrito de Trinchera que estaba clavado en la pared de la oficina, y señaló con un dedo el punto que indicaba Wilcey Center.
—Fíjese usted bien en esto, sheriff —dijo—. La diligencia deja el Center a su hora y se la ve pasar por aquí, y por aquí.
Y al hablar indicaba pequeñas ciudades en el mapa.
—Se la ve pasar por aquí —y mostraba un puntito que indicaba la ciudad misteriosa de Last Hope—. ¡Pardiez, y por aquí! —y su dedo mostraba el Placer, situado unas dos millas más lejos—. ¡Y ya no se la vuelve a ver! Desde luego, si se tratase sólo de un caballejo, no parecería tan misterioso, pero...
¡Boom!
Se oyó el ruido de quebrarse un cristal. Una bala pasó rozando la cara de Pete Rice e hizo añicos el espejo de la parte delantera de la barbería.
¡Boom!
Una segunda bala trazó un surco plomizo de muerte a través de la habitación y fue a aplastarse a un lado de la silla del barbero.
Hubo aún un tercer disparo de rifle, y “Pistol” Pete Rice cayó de bruces al suelo.