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9:15 p.m.
Subí el volumen del televisor cuando advertí aquel bloque de silencio en la transmisión del noticiario. Fue breve pero pude notarlo. No hubo una transición con el acostumbrado fondo musical que sirve de enlace entre dos noticias, sino un corte. Y tras el corte, en el set del noticiario apareció el Jefe de Despacho del Presidente de la República. Camisa a cuadros, grandes lentes de armadura oscura, un texto impreso en varios folios. Tal vez eran tres o cinco páginas las que leería.
Tomé la servilleta y eso fue lo cierto: limpié mis manos, los labios. Dejé a un lado el plato de espaguetis.
Busqué el mando a distancia, alcé todavía más el volumen del televisor y eso también fue cierto. El histriónico locutor —que había anunciado en más de una ocasión que justo a las nueve y cuarto se leería un mensaje del Presidente— no daría a conocer personalmente la noticia.
Miré la hora.
Quince minutos pasadas las nueve.
Y como si no hubiera bastado subir dos veces el volumen dejé mi sitio en la mesa para sentarme entonces frente al televisor.
El texto comenzaba con la enumeración de algunos eventos a los que el Presidente de la República había asistido durante el año, también se hacía alusión a sus noches de trabajo continuo y a las pocas horas dedicadas al sueño. La introducción no revelaba nada extraordinario.
Pero decidí quedarme frente al televisor.
Mientras, me preguntaba por qué el Presidente había escrito aquellas palabras. En la nota confesaba, sin rodeos, que su salud se había quebrantado. Estrés extremo. Crisis intestinal aguda. Hemorragia. Una complicada intervención quirúrgica. En el mensaje añadía que la operación lo obligaba a permanecer varias semanas de reposo. Durante la convalecencia estaría alejado de sus responsabilidades y cargos en el gobierno del país.
Era la primera vez en sus treinta años de mandato.
Podría jurar que de las páginas de la proclama escapó un sonido agudo, seco, breve, como el de una enorme pieza de metal agrietada de súbito, tan pronto escuché una combinación de palabras: salud quebrantada. Un pequeño punto débil provocó una falla y una ruptura en forma de grieta en ese monolito de fierro que era la salud y el cuerpo del Presidente. Una enorme fisura tan visible como sólo podía serlo aquella decisión que estaba obligado a tomar.
Durante un par de minutos se escuchó el verdadero chirrido, un sonido seco y agudo: los seis puntos enumerados por el Jefe de Despacho del Presidente. El viejo de fierro delegaba sus responsabilidades como Primer Secretario del Comité Central del Partido, dejaría de ser el Comandante en Jefe de los tres ejércitos, también delegaba sus funciones como Presidente del Consejo de Estado y del Gobierno de la República. Corrí a mi cuarto, regresé con un bolígrafo y el Cuaderno de Altahabana. El inverosímil hombre de las gafas leería el nombre de quien asumiría de manera temporal la presidencia del país y el comando de las Fuerzas Armadas. Supuse que habrían otros cambios y más nombres —sé que tengo muy mala memoria para retener esos pequeños detalles.
Y el premio gordo terminó en las manos de quien ocupaba los cargos de Primer Vicepresidente del Consejo de Estado y Gobierno, Segundo Secretario del Comité Central del Partido y además General de Ejército: el hermano del Presidente.
Mientras anotaba los cuatro nombres de quienes ocuparían los tres cargos restantes caí en cuenta de que ningún imprevisto en la salud del viejo Jefe de Estado lo había alejado de su trabajo. Una inverosímil cifra durante diecisiete años como Primer Ministro: cero. Tampoco nada le había ocurrido en sus treinta años en la silla presidencial. En su récord personal y público se habían registrado tres sucesos relacionados con su salud, tres desde el lejano 1959 —un desmayo mientras hablaba en público, una linfangitis provocada por la picada de un insecto y la fractura de una rodilla luego de un mal paso—, y sólo se vio obligado a guardar reposo. Pero esta vez, la cuarta, el estrés extremo, una crisis intestinal aguda y la hemorragia le jugaron una mala pasada. ¿Cuán fatal podía ser? Recordé a Juan Pablo II. El Papa había sobrevivido a varios atentados, sin embargo, no pudo rebasar una septicemia unido a un colapso cardiopulmonar. Y me sorprendí pensando que el viejo de fierro podría entonces dedicar una parte del día a reflexionar sobre su vida, decidirse tal vez a escribir sus memorias y recuperar las horas de sueño.
¿Podría recuperarlas?
Pensé en Orlando L. Él estaba tomando notas para su libro Las mil novecientas cincuenta y nueve y una noches. Imaginé su rostro, me miraba, también lo imaginé caminando hacia mí para entonces recordarme algo que ya me había dicho: «Las mil novecientas cincuenta y nueve y una noches será una supuesta recopilación de sueños o una recopilación de supuestos sueños. Our dear President is the main character of my best dreams.»
Desde su estado de convalecencia el viejo de fierro pedía apoyo a su proclama. Me costaba dar crédito a lo que estaba escuchando. Tenía la sensación de estar de cara, más que a la pantalla de mi televisor, a uno de los supuestos best dreams de Orlando L. Un texto cuyo primer párrafo pudo haber sido: «Anoche soñé que Ahmel había soñado uno de mis sueños con el Presidente de la República. En aquella calurosa última noche de julio, Ahmel soñó que frente a su televisor comía unos deliciosos espaguetis con albóndigas cuando el Presidente, tras una máscara que imitaba el rostro de un joven con gruesos espejuelos, y vistiendo una camisa a cuadros, dijo, desde la pantalla:»Hasta aquí he llegado; mi cuerpo ha hecho crack, ha sido demasiado el estrés y mis intestinos fallaron«. El Presidente se inclinó, sacó la mitad de su cuerpo como si la pantalla del televisor fuera una ventana abierta y se abrió la camisa.»
Los píxeles de la pantalla me revelaban un escenario que se me antojaba irreal, inverosímil, como si Orlando lo hubiera preparado para mí. Imaginaba a Orlando L. detrás de mi televisor y diciéndome: «An unreal man in an unreal place, querido Ahmel, an unreal place in an unreal man.»
El Jefe de Despacho del Presidente había aparecido en el set del noticiario ni un minuto antes ni un minuto después de la hora anunciada: 9:15 p.m. El texto impreso vibraba en sus manos y su rostro parecía agotado pero sereno. El mensaje fue repetido en varios momentos del noticiario, sin embargo el hombre de las grandes gafas y camisa a cuadros apareció sólo una vez. En su lugar apareció el histriónico locutor. Un hombrecito sereno y blanco, sin vellos en el rostro, fue sustituido por un mulato de enorme y negro mostacho cuya voz engolada alcanzaba diferentes registros.
Bajé el volumen y fui a la mesa para terminar mi plato de espaguetis.
Mientras comía intenté imaginar qué pasaría cuando viéramos un nuevo rostro —o un viejo rostro conocido— ocupando la silla presidencial si sobre ella, y a lo largo de treinta años, sólo había estado el viejo Jefe de Estado y Gobierno. Desistí. Tomé un poco de agua y fui a servirme algo de postre. Era 31 de julio de 2006 y yo simplemente había nacido en 1974. Del rostro del Presidente anterior al viejo de fierro sólo había visto escasas imágenes. Todas en blanco y negro y de muy pésima calidad.
Lo sensato era esperar.
Acabé mi postre.
Luego de fregar fui a mi cuarto. Cambié las piezas de mi almanaque perpetuo y volví al Cuaderno de Altahabana.
Tan pronto terminara con mis apuntes debía llamar a Orlando.