—¡Esperad! La noche es demasiado clara y bien sabéis que hemos de burlar a la guardia —dijo vuestra madre—. Dejemos que aquellas nubes ensombrezcan el resplandor de la luna.
Asentí disgustada.
Me sentía como una verdadera prófuga. La huida de Alaejos podría ser peligrosa dado que los soldados no estaban avisados. El arzobispo sólo colaboró con nosotras reduciendo el número de los vigilantes. Eso nos obligaba a mantener el sigilo.
Levanté la vista al cielo ansiando la oscuridad. Me asomé al balcón. La voz de don Luis Hurtado nos susurró desde la penumbra:
—Ya podéis bajar, señoras.
Sorprendidas, vimos cómo una gran cesta trepaba por el muro pendida de una soga a modo de polea. Al alcanzarla, la sujeté frente a vuestra madre para que subiese. Ella me miró escéptica.
—¿De veras pensáis, doña Mencía, que subiré a este artilugio? ¡Diez metros al menos nos separan de tierra y mi estado es avanzado! Definitivamente, habéis perdido la cabe…
Tuve que taparle la boca. Una pareja de la guardia pasaba en aquel momento por la almena de encima. Nuestros corazones se aceleraron y quedamos inmovilizadas como estatuas a la espera de que se alejaran. En cuanto lo hicieron, demostré mi enojo sin tapujos.
—Señora, bien parece que os tomáis a juego la escapada. ¡Con vuestra conducta, habéis puesto en jaque a todos los que aún os son fieles! Si creéis que me place correr riesgos innecesarios estáis del todo equivocada.
»Abajo aguardan vuestros salvadores. Si teméis por vuestro embarazo, quedaos a sufrir sola las consecuencias de semejante vituperio. Yo ya estoy cansada de velar por vos. Me marcho esta misma noche.
Agarré la cesta e intenté subirme a ella. Vuestra madre me empujó aterrada. Era demasiado orgullosa como para aceptar su error.
—Está claro que vuestra reina os precederá.
Desde abajo la voz angustiada de don Luis nos pidió rapidez. Subí a la cesta y tiré dos veces de la soga para indicar que estábamos listas. El artilugio bajaba lentísimo. Se balanceaba de un lado a otro. Abrazadas, oíamos los jadeos cada vez más cercanos de los hombres que nos bajaban a pulso.
De pronto, sopló una inoportuna ráfaga de viento y nos bamboleamos chocando contra el muro. Nos quedaban un par de metros de trayecto cuando, horrorizada, vi que la soga estaba a punto de romperse.
No me dio tiempo de alertar a los de abajo; un instante después, yacíamos tumbadas junto a ellos.
Miré a vuestra madre, preocupada. Ella estaba más asustada que yo. Eso la impulsó a levantarse corriendo y a tenderme la mano para ayudarme.
—Vamos, Mencía, daos prisa. Este trompazo no habrá servido de nada si somos descubiertas.
Las nubes desaparecieron y reapareció la luz. Entonces miré a la reina, que tenía el pómulo manchado de barro. Saqué mi pañuelo y le limpié la mejilla. Me asusté al comprobar que lo que yo creí tierra era sangre.
—¡Su alteza está herida!
Don Luis se detuvo en seco.
—Sois alarmista, Mencía. Unos simples rasguños os hacen perder los nervios —dijo vuestra madre.
No me pude contener.
—¡Sólo cuando la sangre proviene de mi señora!
Sabía que odiaba no tener la última palabra. Me dirigió una mirada de desaprobación y miró a don Luis mientras se limpiaba otra herida del codo.
—¿Falta mucho?
Nuestro guía señaló al frente aligerando el paso. Un par de mulas y una docena de caballos aguardaban junto a unas piedras cerca del portillo.
El sobrino del arzobispo besó apasionadamente a vuestra madre y la ayudó a montar en una de las mulas.
—Estáis hermosa incluso vestida con el guardainfante. Os echaré de menos.
Vuestra madre se irguió. Aquella indumentaria era de desmesurada anchura y mantenía rígido el contorno del cuerpo gracias a la dureza de unos aros ocultos que, cosidos a su alrededor, disfrazaban su figura. Al menos eso era lo que ella quería creer. Lo cierto es que hasta las más flacas parecían matronas corpulentas con el guardainfante.
El causante de su gordura observó cómo nos alejábamos.
Por la mejilla de vuestra madre corrían lágrimas silenciosas.
Cualquiera hubiese dicho que se trataba de una despedida de eternos enamorados, pero por desgracia todo tendría un fin más patético.
Os ahorro el relato del viaje. Sólo os cuento que pasé la mayor parte del tiempo pensando en cuál sería la reacción de Santillana cuando viera a vuestra madre. Aunque gracias al guardainfante su embarazo no se notaba demasiado, seguro que el jefe del clan mendocino ya había sido puesto al corriente.
Él se había apoderado de vos para salvaguardar vuestra legitimidad. Pero quién iba a creer que erais hija del rey ahora que vuestra madre esperaba un hijo de otro. Estas preocupaciones hicieron que el trayecto se me hiciera corto.
En cuanto al rey, al enterarse de todo, mandó prender al culpable. Vuestra madre le juró que nunca le vería de nuevo a cambio de su clemencia. Como siempre, el rey cedió libertándolo.
Los amantes de las novelas de caballería dijeron que gracias a la intercesión de la reina el ofensor salió libre. Los más realistas sabíamos que los verdaderos interesados en su perdón no eran otros que los propios enemigos de don Enrique.
El caso es que el sobrino pudo continuar holgando a conciencia con la reina. Al fin y al cabo, el deleite carnal era delito menor frente a otros que se perpetraban. Los más avispados vieron cumplidas sus expectativas, puesto que de esta deshonra nacieron dos criaturas.
La primera, la que la reina llevaba en su vientre mientras nos dirigíamos al castillo de los Mendoza, fue Fernando, y un tiempo después nacería Apóstol. Vuestros medio hermanos se criaron en Santo Domingo del Real de Toledo al cuidado de la priora, una tía suya.
Al fin divisamos la fortaleza de Buitrago. Espoleé a mi mula. Al ver a tres niños corriendo hacia nosotros me animé aún más.
Tras ellos aparecieron varios miembros del séquito. Me agaché abriendo los brazos para recibirlos. Mis dos hijos me rodearon con sus pequeños brazos para cubrirme de besos. Cuando conseguí levantarme, os vi junto a la mula de vuestra madre. Le besabais las manos con cariño, pero ella se limitaba a acariciaros silenciosa la cabeza. Os impacientasteis.
Ella os miró con cariño.
—Tranquilizaos, pues no me pienso ir en mucho tiempo de vuestro lado. Os aseguro que intentaré resarciros del tiempo que estuvimos separadas.
La mirabais obnubilada sin ser consciente aún del daño que os estaba haciendo. Dos fornidas manos se posaron sobre vuestros pequeños hombros, apartándoos con delicadeza de la reina. Una voz ronca dijo:
—Hacedme un favor, señora. Ahorraos de faltar a vuestra desprestigiada palabra con vuestra hija. Dudo que podáis cumplir con lo que le prometéis en mi casa.
Santillana se había enterado. Mis peores presagios se cumplían. Con voz dura, el marqués continuó:
—¡Me niego a que vea la luz bajo el mismo techo que vuestra hija el producto de su segura destitución! No puedo tolerar que el fruto de vuestra infidelidad nazca aquí.
»En cuanto estéis recuperada del viaje, partiréis a la villa cercana de Trijueque, junto a Hita. Así garantizaremos más seguridad y discreción a este despropósito.
Santillana no escondía en sus palabras el desprecio que sentía. Su mirada se parecía a la que entonces se propinaba a los acusados de herejía judaizante por guardar con celo sus ritos y circuncidar a sus hijos.
Sin embargo, al poco tiempo bajó la guardia y el amante de vuestra madre se las apañó para visitarla a escondidas.
Poco después del nacimiento de la criatura vuestra madre empezó a desesperarse. Corría el rumor de que muchos de los prelados daban cuatro meses de plazo a vuestro padre para enviar de regreso a Portugal a su casquivana esposa y solicitar del Papa la nulidad de aquel desafortunado desposorio.
La oportunidad se daría cuando se acordara vuestro matrimonio con el príncipe heredero de Portugal y el de vuestra tía Isabel con el rey. Vuestra madre viajaría a su país natal, en teoría para hacer de intérprete, en la práctica para quedarse.
A la reina aquello la aterró aún más que el hecho de que implicara vuestra destitución como heredera. Sin embargo, de pronto se volvió realista. O tal vez su complejo de culpa la hizo actuar.
Así que quiso solucionar vuestro agravio escribiendo al nuncio para que intercediese ante el Papa demandando vuestra legítima sucesión. El nuncio no contestó; muy al contrario, absolvió a todos los prelados y caballeros del reino del juramento que hicieron en su día a vuestro favor como heredera para poderlo cambiar a favor de Isabel.
Desesperada al enterarse, me comisionó para interceder por ella ante el rey.
Salí de Hita y esquivé Segovia. La pestilencia mermaba la ciudad y hasta sus cuantiosos chopos parecían querer enfermar. Me dirigí a Balsaín. Cuando llegué, me dijeron que el rey se encontraba cazando en la sierra en un coto próximo, en el que vivían cerca de tres mil ciervos y cientos de gamos.
Lo encontré junto a la verja, retraído y solo. Vestido de pobre y lúgubre sayo y capa de color oscuro, estaba compartiendo una manzana con un gamo. No era de extrañar. Solía mostrar tanto amor por los animales, que los ciervos y los jabalíes devastaban los campos vecinos sin miedo al escarmiento. El rey llegó a prohibir a los campesinos que los cazaran, aunque arruinaban las cosechas.
Don Enrique estaba sumamente envejecido. Al verme, se levantó sujetándose los riñones.
Según se decía, padecía el mal de ijada. Y algo debía de haber de cierto en ello, porque, por lo que yo recuerdo, cuando vivía en la corte, tras las comidas copiosas, tenía que apelar a purgas y vomiteras.
Hacía años que no coincidíamos. Pero no me preguntó por vos, ni por la reina. Le reverencié y fui directa al grano.
—Mi señora anda preocupada por el porvenir de vuestra hija. Corre el rumor de que la queréis echar.
Me miró con sarcasmo al tiempo que se hurgaba los dientes con un palillo.
—Doña Mencía, ¿me habláis de la misma señora que ha tendido en el suelo su honra, la de su marido y la de su hija a modo de felpudo para que todos puedan pisotearla sin temor?
Me encogí de hombros sin saber qué contestar.
—Sólo os puedo decir esto para que se lo hagáis saber: mi hermana Isabel será la sucesora.
»A cambio, sólo le he pedido una cosa. La promesa de que no contraerá matrimonio sin mi consentimiento. Por fin nuestra alianza con Portugal se cumplirá de un modo u otro.
Acarició al gamo y sonrió ambiguamente. ¿Qué había querido decir? ¿Que aún quedaba la posibilidad de que el príncipe heredero tuviera un hijo de doña Juana e hiciera valer sus derechos en Castilla algún día?
—En cuanto al matrimonio de Isabel con el rey de Portugal, está por ver. Ya se negó una vez y muy capaz es de repetir —concluyó el rey, misterioso.
Quedé tan confundida como cuando llegué. Entonces, ¿no todo estaba perdido para la princesa Juana? Y digo la princesa, porque para mí, como para muchos castellanos, lo seguíais siendo.
Regresé al lado de la reina. Pero poco era lo que podía decirle. Hita y sus aledaños eran un hervidero de rumores. Tuvieron que pasar meses hasta que salimos de dudas. Reunidos en un campo, junto a una venta denominada Los Toros de Guisando, el rey convino con su hermana Isabel que ella fuera la sucesora. En las Navidades de aquel año del Señor de 1468 las cortes convocadas en Ocaña sancionaron legalmente los derechos adquiridos de Isabel.
De Ocaña, vuestra tía Isabel marchó a Madrigal donde vivía su madre, viuda. Dijeron que a notificarle su fortuna, pero lo cierto es que a nosotros nos pareció extraño. ¿Por qué aprovechó justo el momento en que vuestro padre partía hacia Andalucía?
Mientras esperábamos el desenlace de aquel baile de marchas y contramarchas en que se había convertido la actuación de don Enrique, la reina y yo, bordado en mano, nos hacíamos contar los últimos acontecimientos. Aquel atardecer escuchábamos de una dueña la ordenanza sobre el lujo expedida por Villena, que otra vez giraba en torno a vuestro padre, o mejor dicho, vuestro padre giraba en torno a él.
—Don Juan Pacheco no se conforma con dirigir el reino urdiendo traiciones. Su sesera hierve y nunca descansa. Creo que un día escribió una obra para deleitarse en todo lo culinario y gastronómico —dijo vuestra madre.
»Ahora, con esta ordenanza, pretende tachar de pernicioso e insostenible nuestro lujo. Según él, las mujeres humildes copian a las ricas en ropas y guarniciones hasta incrementar en el absurdo su pobreza.
La reina se rió y luego me preguntó:
—Decidme, doña Mencía, ¿estáis dispuesta a cumplir esta ordenanza?
Me carcajeé sin reparos.
—¡Mañana mismo, mi señora! Cambiaré esta saya rica en seda por una pollera de saco. Hemos de alegrarnos pensando que Villena dirige su mente recalcitrante hacia estos menesteres y no a otros más dañinos, que son su especialidad.
La reina comenzó a reír de nuevo cuando la entrada de Luis Hurtado, nuestro fiel caballero desde que nos ayudara a huir de Alaejos, la interrumpió.
La reina se levantó limpiándose con un pañuelo las lágrimas que la risa le habían provocado.
—Don Luis, ¿tenéis noticias?
Vuestra madre le había encargado que nos tuviera al corriente de todos los rumores sobre vuestra tía.
Al asentir, cambió nuestra expresión. La seriedad empujaba al retiro de oídos indiscretos. Cuando la dueña se fue y quedamos solos comenzó.
—He logrado saber que ciertos negociadores aragoneses, a espaldas de don Enrique, han logrado un acuerdo para que la infanta Isabel se case con don Fernando, el príncipe de Aragón y rey de Sicilia.
Don Luis sonrió. Comprendí el motivo de su optimismo.
Al casarse en secreto, sin la venia del rey, la infanta Isabel incumpliría el tratado de Guisando.
—Como la bula del Papa ya ha llegado de Roma, el novio, intuyendo que la noticia se pudiese hacer pública, adelantó su viaje desde Zaragoza para encontrarse cuanto antes con esa perjura.
»A pesar de su cautela se ha sabido que seis caballeros disfrazados de mercaderes galopan, si no han llegado ya, rumbo a Castilla. Entre ellos cabalga el príncipe Fernando vestido como uno de sus criados para tratar de guardar el anonimato. Pero les hemos descubierto. De todos modos, de producirse el encuentro, nadie duda de que el príncipe de Aragón, un año menor que Isabel, será de su agrado.
—Muy poco parecen importarle los acuerdos a los que llegó en Guisando y el consentimiento de las Cortes, en el que ella se escudó en otras ocasiones —comentó vuestra madre agriamente. Luego preguntó—: ¿Y dónde se cometerá la felonía?
—En Valladolid —dijo Hurtado, secamente.
No hizo falta más. Vuestra madre, nerviosa, se dirigió al informante.
—¡Corred a avisar al rey! Su reino y su hija le necesitan.
Luego, mirando a esta servidora:
—Mencía, os ruego la máxima rapidez, haced que lo preparen todo. Volvemos a Segovia.
Entramos en el aposento del rey cuando éste terminaba de dictar la carta en la que contestaba a Isabel.
La noche anterior a su matrimonio la infanta Isabel había escrito a vuestro padre transmitiéndole su intención de desposorio, intentándole convencer de las ventajas que de él resultarían, y le ofrecía su obediencia sumisa y humilde. Solicitaba su aprobación para el enlace y le adjuntaba las capitulaciones que para el mismo se habían instituido.
Como era de esperar, el enojo del rey fue monumental. Lo primero que hizo fue romper en trocitos diminutos la carta y escribir al Papa para que anulara el matrimonio. Mejor dicho, que no lo tuviera por válido: la bula que lo consentía había sido falsificada por el nuncio y el arzobispo de Toledo a instancias de la familia del novio.
Lo segundo fue disponer para el domingo siguiente vuestro enlace con el hermano del rey de Francia. Las capitulaciones habían sido redactadas hacía tiempo, pero la noticia de la boda de Isabel con Fernando de Aragón llevó al rey a decidir que el momento, tantas veces retardado, había por fin llegado.
El rey de Francia, como enemigo histórico de Aragón, se convertiría en un aliado indispensable para luchar contra la pareja traidora.
En el ambiente se respiraba venganza, odio y resentimiento en contra de los recién casados.
Al vernos, don Enrique hizo un ademán afectuoso de saludo rogando nuestro silencio. Quedamos a la espera de que acabara la respuesta a Isabel. Tras un instante, leyó orgulloso: «Respecto a la aprobación de vuestro enlace lo veré con miembros del consejo y los grandes de mi reino. Habido un acuerdo, os mandaré responder».
Se dirigió al escribano con solemnidad.
—Finalizad el documento como es menester y tendédmelo a la firma.
El hombre mojó la pluma en el tintero y escribió a toda velocidad procurando no hacerle esperar. Después de breves minutos se lo entregó. Estaba a punto de firmar, cuando se detuvo y miró a vuestra madre fijamente.
—¿Me juráis que Juana es hija mía?
Vuestra madre no dudó ni un segundo. Su único propósito era enmendar el daño que os había hecho.
—No sólo os lo juro aquí y ahora, sino que tengo el firme propósito de hacerlo el domingo, ante Dios, en la iglesia mayor de Segovia, después de haber comulgado devotamente. De ese modo, Juana podrá desposarse con el hermano del rey de Francia, duque de Guyena, sin ninguna rémora a sus espaldas.
Quedé sorprendida. Lo que hasta ahora era una vaga suposición, el francés candidato a vuestra mano —el segundo en poco tiempo— parecía dado por hecho por vuestra madre.
Vuestro padre sonrió.
—Todos esperan vuestra pública declaración para jurar de nuevo a Juana como legítima heredera del reino.
La reina se levantó. Se disponía a arrodillarse cuando se abrió la puerta y aparecisteis de la mano de Santillana, que os traía de Buitrago.
Lágrimas de gratitud manaron de vuestros claros ojos. Os abrazasteis a la reina sin resquemores. A los ocho años erais incapaz de comprender el alcance de su pecado y menos aún el daño que os podía llegar a producir. Abrazada a ella, divisasteis al rey vuestro padre y corristeis también a abrazarle.
En una pequeña celda del monasterio del Paular terminabais de arreglaros el cabello. Prendieron la última perla de vuestro tocado y corristeis hacia el espejo. Orgullosa, admirabais el reflejo. Las risas de vuestro padre os sonrojaron.
—Lo siento padre.
Sonriendo aún, el rey frunció el ceño fingiendo una ligera disconformidad.
—Estáis hermosísima pero…
Se puso en cuclillas junto a vos y os levantó la rubia trenza. Ante tanta inspección os preocupasteis.
—Pero ¡qué!
Don Enrique sonrió de nuevo.
—¿No sois demasiado niña para vestir de encarnado con brocados de oro?
Zalamera, os abrazasteis a él, y besándole en la mejilla le dijisteis:
—Lo soy tanto como para desposarme, ¿no es cierto? Además, es el tinte clásico de las novias.
Mirasteis fijamente a aquellos ojos garzos que os observaban orgullosos como nunca, mientras jugabais con sus manos. Vuestras incipientes dotes femeninas no tardaron ni un segundo en convencerle.
El rey sonrió de aquella ocurrencia de adulta.
—¿Cómo podría un padre negarse a la petición de la hija más hermosa del reino? Dejaréis boquiabiertos a todos. Ahora hemos de ir a la iglesia, nos aguarda el representante de vuestro novio.
Sus largos dedos se desenlazaron de los vuestros.
—Tomadme del brazo, hija mía.
Al entrar en la iglesia todos se pusieron en pie.
Cuando divisasteis al embajador francés, que, en representación del novio vestido de blanco ocupaba su lugar, os flaquearon las piernas. Pero no sé si fuisteis consciente de la trascendencia de las palabras de vuestra madre, que, apenas llegasteis al altar, se hincó de rodillas ante el nuncio y en voz alta y clara, repitió la promesa de Segovia:
—Hago juramento ante Dios y todos los hombres aquí presentes que yo sé cierto que la dicha princesa doña Juana es mi hija legítima, engendrada del rey, mi señor.
Vuestro padre se hizo eco del tembleque que padecíais. Después de lo cual, se arrodilló el rey y dijo:
—Y yo por hija mía la reputé y tuve siempre y la tengo y reputo ahora.
Luego, el oficiante os tomó de las manos y procedió al desposorio. Fueron tan fríos como solemnes. Ni una sola vez más mirasteis directamente al hombre que representaba a vuestro marido por poderes.
Os concentrabais en el rey y el Ecce Homo del altar. Era como si le pidieseis con todas vuestras fuerzas que aquello se truncase.
Con el tiempo así ocurrió, pues, como bien sabéis, el novio que tanto interés había puesto en vos cuando os volvieron a jurar heredera, se arrepintió. Pidió al Papa una dispensa en los juramentos y promesas que os hizo en cuanto vio que disminuían vuestras posibilidades de llegar a ser reina. Dios lo castigó, porque no sólo no ciñó ninguna otra corona, sino que murió al poco tiempo.