Llegados a la cumbre del puerto de Malangosto, en la cordillera del Guadarrama, un hombre desgarbado apareció encabezando el séquito que os conduciría a vuestra futura residencia.

Era Tendilla, otro de los hermanos de Santillana, comisionado por el marqués para escoltaros.

Las dos sabíamos que nos tendríamos que separar pronto. Bajo ningún concepto vuestra madre estaba dispuesta a prescindir de mis servicios. Temblorosa, me agarrasteis de la mano; luego, para controlar nuestra emoción, fingisteis estudiar el semblante del hombre al que os entregaba. Su pelo cano se alborotaba a merced de la ventisca sobre el recio rostro marcado con alguna que otra cicatriz.

Durante el viaje os había convencido de que disfrutaríais jugando con mis hijos y los de los Mendoza. Pero aquel gris amanecer os había devuelto la inseguridad.

Tan asustada andabais, que al bajar del carro me soltasteis de la mano para abrazaros a mi cintura. Me rodeabais con tanta fuerza que me fue imposible avanzar. Me detuve. Levanté vuestro mentón y os aparté el cabello del rostro. Consciente desde niña de vuestra dignidad, limitabais vuestra queja a unas mudas lágrimas.

Vuestra callada súplica me partió el corazón.

—¿Por qué no venís conmigo a Buitrago?

Tendilla os aguardaba impaciente. Lo cierto es que quedaríais como rehén. Por muy niña que fuerais, vuestra intuición al respecto era acertada. Os contesté sin mentiras.

—Su alteza no puede pedirme que incumpla un mandato del rey. Como dama de vuestra madre, con ella he de regresar. Si fuese libre correría junto a mi princesa. ¿Olvidáis que mis hijos estarán a vuestro lado? Os prometo que en cuanto pueda iré a veros.

Comprendisteis entonces que no sólo vos, sino todos estábamos obligados a la voluntad real. Consciente de lo que de vos se esperaba, aceptasteis definitivamente vuestro destino.

Fruncisteis el ceño para proteger vuestros ojos claros del polvo que levantaba el viento. Soltándoos de mi cintura, os dirigisteis hacia Tendilla.

Éste se arrodilló. Por primera vez mirasteis a vuestro carcelero como defensor. En cierto modo lo era, o así quise creerlo yo.

Os montó sobre su caballo y se apartó un instante de vuestro lado para despedirse de nuestro séquito.

De pronto, el viento devino huracán. El día se volvió oscuro como la noche. Un trueno nos asustó. Un caballo tiró a su jinete y escapó despavorido al galope. El cielo comenzó a vomitar grandes trozos de hielo y todos corrimos a guarecernos.

En medio de la confusión, alguien nos dirigió a una cueva para protegernos. Tendilla sonrió mostrando la dentadura incompleta.

—Menos mal que no viaja con nosotros ningún astrólogo, pues sería capaz de vaticinar un desafortunado acontecimiento.

Una congoja me sobrevino de golpe. Caí en la cuenta de que vos no estabais con nosotros.

Le arranqué la capa a Tendilla y salí corriendo.

—No os alarméis, señora. Estará en la otra cueva en donde se cobijan el resto del séquito —le oí decir mientras me alejaba.

La desesperación nos ahogaba mientras repetíamos desgañitados una y otra vez vuestro nombre.

Un millón de malos augurios rondaban mi cabeza. ¿Os habríais caído del caballo? ¿Estaríais muerta o despeñada en un acantilado? Los minutos se me hicieron siglos.

Exhausta, me detuve. De pronto, me pareció oír un sollozo. Mi corazón se aceleró. Tras una mata, llorabais hecha un ovillo junto al cuerpo inerte de un mozo de espuelas.

Os abracé mientras daba la voz al resto de los rastreadores.

—Este hombre me salvó —dijisteis mirando al desdichado—, consiguió montar el caballo pero no dominarlo. Al caer, su cuerpo se interpuso entre una roca y yo.

Cuando apareció Tendilla, azarado, temblabais aferrada a mí, repitiendo una y otra vez lo mismo. Volvíais a ser una niña desprotegida.

—¡No me abandonéis! ¡No me dejéis sola!

Pero mi deber era entregaros a él y así lo hice. Sólo me permití decirle:

—Aquí la tenéis. Espero que en adelante mejoréis vuestro oficio de carcelero.

Nadie os pidió perdón, se limitaron a fijar en vos sus miradas más avergonzadas. Una escandalosa tormenta había bastado para dar la espalda a su futura reina en un abrir y cerrar de ojos. Ya sin la menor duda, supe lo que de verdad valíais para ellos.

Tampoco para quien más debía de quereros valíais demasiado, al parecer. Porque mientras vos, en Buitrago, ajena a todo, jugabais con niños de vuestra edad, corríais por los campos colindantes y retozabais en las orillas del Lozoya, quienes más debían protegeros labraban vuestra ruina. Vuestro padre, cediendo cada día un poco más sus prerrogativas reales. Vuestra madre, dando rienda suelta a su natural coquetería, largo tiempo reprimida. No sé si lo recordáis, pero en los dos años que pasaron como un sueño, poco me preguntasteis por los vuestros, las veces que fui a visitaros.

Era como si desde vuestro retiro intuyeseis que la tempestad no había amainado. Cuántas veces teniendo que acortar a la fuerza mi estancia en Buitrago, me preguntaba si mis hijos Rodrigo y Diego, que junto a vos crecían, se preocuparían tan poco de mí cuando estaba ausente.

Pero al menos yo, pensaba, procuraba cuidar las formas para que nada pecaminoso pudiesen echarme en cara. En cambio, la actitud de vuestra madre había llegado a tales extremos, que a vuestro padre no le costó ceder a la petición de quien no le quería bien, de obligar a vuestra madre a recluirse en el castillo de Alaejos, para evitar que su conducta, cada vez más frívola, acabase por provocar un daño irreparable a la corona.

Por desgracia, me tocó a mí ser testigo de una de las mayores sandeces jamás perpetradas por una madre en contra de su propia hija.

A mi vuelta de visitaros todo parecía igual en el castillo donde con vuestra madre me hallaba recluida. Al bajar de mi carro, al tiempo que entraba en el patio, vi a la reina en compañía del sobrino del arzobispo de Sevilla, nuestro carcelero. Sonreía y sus mejillas reflejaban un rubor indefinido. Nada más opuesto a su situación de presa. Sus ojos brillaban y su boca sonreía. Entonces comprendí que algo terrible estaba a punto de ocurriros.

—Venimos de cabalgar, Mencía —dijo al verme—, ¡no os podéis imaginar cómo han cambiado las cosas! El arzobispo ha relajado el encierro. Ahora podemos entrar y salir a pasear fuera de la fortaleza.

Me hablaba entusiasmada cogida de la mano de su vigilante. No pude contenerme y miré fijamente su diestra. Ella se soltó. Llevaba el cabello despeinado. Con respeto, le quité un hierbajo del pelo, pero sin embargo no puede contener la lengua.

—Es grato saber que su alteza disfruta de sus paseos campestres.

Ligeramente azarada, ella se atusó el cabello.

Antes de partir ya había notado el flirteo al que la sometía el sobrino de nuestro carcelero y la advertí del daño que podría causaros si accedía al cortejo.

Lo negó sin ninguna convicción.

—Sólo procuro matar el aburrimiento.

La miré con indignación y sin contestarle di media vuelta para dirigirme a mis aposentos. No me importaba que me echase de su lado por faltarle al respeto. Es más, hubiese preferido no presenciar semejante profanación hacia la corona, el reino y su propia familia.

Oí su voz enojada.

—¡Doña Mencía!

Me vi obligada a detenerme.

—Os diré una cosa —me espetó—. Aquí está prohibido juzgarme. Ya lo hacen en todo el reino. Pero este castillo es mi refugio… He salvaguardado mi honra durante años. ¡Decidme vos de qué me ha servido! Bien sabéis que han seguido desprestigiándola sin piedad. Además, ¿os creéis la voz de mi conciencia? ¡Vos, que sois la barragana de un obispo!

Aquello me dolió, pues era tan cierto como las acusaciones que yo le había dedicado. Sólo pude contestar gritando:

—¡Pero yo, señora! ¡Yo no soy la reina!

Proseguí mi camino.

Al levantar la cabeza me pareció ver en una ventana el rostro del arzobispo sonriendo. Aquel hombre era hábil nadando entre dos aguas. Fonseca sabía como yo que la reina se estaba cavando su propia fosa. Si continuaba, os enterraría sin remedio con ella. Pero al arzobispo no le inquietaba porque sacaría partido de ello, como todos a los que no importabais. No en vano había puesto a disposición de la reina aquella fortaleza de Alaejos, cercana a la frontera portuguesa, para que sirviese de lecho al inicio de vuestra tortura.

La consecuencia de la conducta de la reina vino pronto. Vuestra madre quedó preñada del sobrino de Fonseca.

Aquel embarazo no fue sólo pecaminoso, sino el más inoportuno que conocimos. Pero el mismo día en que me enteré de la noticia, Fonseca, profundamente afectado, nos informó de algo que me dejó más muda todavía.

—¡El rey don Alfonso ha muerto!

Vuestra madre no se alteró. Ya estaba acostumbrada a que le diesen a su cuñado ese tratamiento. Pero nos extrañó la nueva. El usurpador sólo contaba con quince años.

Cuando Fonseca se retiró, la reina se palpó el vientre aún poco visible y se dirigió a mí.

—Nadie más que vos debe saber por el momento de la existencia de la criatura que llevo en mis entrañas. Quizás una mano sospechosa ha encauzado los acontecimientos y este hijo mío puede perjudicar a doña Juana.

Me disponía a dejarla, ¡no podía afrontar más frivolidad e incongruencias!, cuando el amante de mi señora entró jadeando y se puso a contar los detalles de la muerte de don Alfonso.

—Unos dicen que fue debido a la epidemia de peste, otros que envenenado por una empanada de trucha que engulló en la cena. Lo cierto es que al mediodía siguiente, la infanta Isabel preguntó por él y le contestaron que seguía acostado. Le pareció muy extraño tanto dormir en su hermano y se dirigió a sus aposentos, junto a los de su cámara. Le intentaron despertar, pero no hubo reacción en él. Le tentaron las manos esperando calentura en ellas. Estaban gélidas e inertes como las de un muerto. Buscaron agujeros o bultos en su cuerpo, pero no le encontraron landres ni tumores.

»Llegó un físico y lo mandó sangrar. No manó sangre de sus venas. La lengua se le hinchó y la boca se le puso negra. Ninguna señal de pestilencia apareció en él. Cuatro días tardó la exasperante visita de la muerte en debilitarlo y arrancarlo de los brazos de la vida, durante los cuales sólo tuvo fuerzas para pedir que le enterraran en el monasterio de San Francisco de Arévalo. Al quinto pereció. Los de la liga se vieron abandonados por su propio rey.

»Su hermana Isabel lloraba abrazada a él, cuando los de la liga la arrancaron del cuerpo frío de Alfonso, y le rogaron que le sucediese en la vacante que acababa de dejar. Vuestra cuñada se mostró implacable y sin dejarse obnubilar por semejante oferta, negó la propuesta recordándoles la existencia de don Enrique.

Vuestra madre se abrazó con fuerza a su amante.

—¡Bendito seas por traer semejantes noticias! Eso significa que la princesa Juana será considerada otra vez como sucesora.

El sobrino de Fonseca se separó bruscamente de ella.

Vuestra madre se asustó.

—¿Qué os sucede? ¿No es así?

La labia de su amante desapareció. La regia dama le agarró de los hombros para zarandearle.

—¡Contestadme! ¿Será Juana la futura reina?

El padre del ser que albergaba en sus entrañas la miró con cariño.

—Villena ha convencido a don Enrique de que nombre sucesora a Isabel. A cambio, vuestro marido será aceptado como rey por todos los que le dan la espalda. Así la paz regresará a sus reinos.

Ante la incredulidad de vuestra madre, el mozo continuó:

—Le han dicho que de un tiempo a esta parte no habéis hecho uso honradamente de vuestra persona.

La reina se echó a llorar, consciente por primera vez de que su modo de actuar iba en vuestra contra.

Su amante se le acercó y la acarició con ternura.

—¡No os preocupéis! Siempre podremos negarlo.

Ella se agarró el vientre y lo miró.

—Si no fuese por esta criatura.

Él miró perplejo a su compañera de lecho y, decidido, pero sin lógica, dijo:

—Pediré a los Mendoza que os ayuden. Con ellos podréis luchar mejor por los derechos de vuestra hija.

Asustado de repente por el desbordamiento de los acontecimientos y su paternidad inesperada, salió de la estancia.

El sobrino de Fonseca, que yo sepa, fue el único amante de vuestra madre. Mas aun así, bastó con él para dar a los leones la carnaza suficiente para sostener sus calumnias. De momento toda nuestra esperanza estaba puesta en los Mendoza. Pero ¿cuánto tardarían en actuar?