La desgracia del aborto unió a los reyes. Verlos así unidos era algo que nadie hubiera imaginado. Por primera vez, desde hacía mucho tiempo, se les podía encontrar juntos en la misma estancia. Los dos necesitaban consuelo y nadie mejor para brindarlo que otro ser humano afín en el sufrimiento. Terminado el restablecimiento de la reina, partimos a Madrid. Allí se completarían los trámites encaminados al proceso de paz con Aragón, que don Enrique había dejado en manos de Villena. Los primeros días el rey aprovechaba sus momentos libres para llevar a la reina de paseo por las afueras de la villa. Le encantaban sus bosques.
Estaba divisando desde el alcázar la llegada del carruaje real, cuando inesperadamente unos labios me besaron en la mano. Al volverme, vi a don Beltrán, sudoroso.
—¿Dónde están, doña Mencía? ¿Han llegado ya?
Me sorprendió su pregunta. Todo el personal del alcázar se movilizaba cuando los reyes lo hacían, y muy despistado había de andar para no haberse enterado de ello. Sonreí ajena al peligro que le atemorizaba. Señalé al lugar que atraía mi atención.
—¿Me tomáis el pelo? ¿Un caballero como vos atolondrado?
Don Beltrán asió el pomo de su espada y lo apretó en su puño cerrado.
—¿Qué ocurre? —pregunté algo más preocupada.
No esperó un segundo a contestarme mientras corría en dirección a la puerta.
—Por mucho que me pese, tengo que informar al rey.
Alcé la voz para disuadirle.
—Todavía no han llegado y vos ya corréis a alterarlo. Partieron en busca de sosiego y creo que estos días de descanso le han venido bien, así que hacedme un favor: aguardad al menos un día para perturbarlo. Es maravilloso verle disfrutar en paz junto a la reina.
Don Beltrán se enervó.
—Está claro que vuestra devoción al amor os ciega. El asunto es grave y no ha trascendido aún. Si yo lo sé es gracias a un escudero infiltrado entre la servidumbre de Villena. Su lealtad sólo se paga con dinero al igual que la de la mayoría de los hombres que conozco. Una irrisoria cifra fue suficiente para que soltase su lengua.
—Don Beltrán, bien sabéis que poco me importa la fuente si desconozco el contenido —le dije zalamera.
El tono surtió efecto. El caballero favorito de don Enrique en los últimos tiempos se acercó hasta mí, se puso la mano sobre los labios y susurró:
—Se está fraguando una conjura en contra del rey. La paz firmada con Aragón es un simple ardid de Villena para espesar la cortina de niebla que ciega al monarca.
»Junto al primado de Toledo, los condes de Benavente, de Plasencia, de Alba, de Paredes, y otros tantos próceres, prelados, señores y caballeros, Villena conspira sin disimulo alguno. Su plan es detener a la familia real, incluidos los infantes.
Me sobresalté.
—¡Pero cómo puede imaginar semejante cosa!
—Escuchad sin interrumpir, os lo ruego —prosiguió De la Cueva—. Villena es temido por todos. El temor ayuda a conseguir poder.
»El marqués ha prometido al capitán del rey mercedes que ni vos siquiera os habéis atrevido jamás a soñar. Sólo por convencer a la dama de la infanta Isabel de que no asegure la puerta secreta de la reina doña Juana mañana por la noche. El conde de Paredes prenderá al rey y me degollarán para hacerse con el maestrazgo que don Enrique me concedió, pero que según ellos pertenece por legitimidad al infante don Alfonso.
»Para rematar el plan, los condes de Alba y de Plasencia apresarán a la reina y a la princesa.
Apenas terminadas esas palabras se oyó el ruido de unos pasos apresurados que venían hacia la estancia. No hubo tiempo para nada; don Beltrán me empujó contra el muro para protegerme y desenvainó. El capitán del rey entró en el aposento. Seguramente al ver entrar a don Beltrán había sospechado algo.
De un salto, don Beltrán colocó la punta de su espada en el gaznate del capitán.
—Venid conmigo —dijo luego mientras con la espada apuntada a la espalda del traidor le obligaba a caminar.
Le seguí hasta la zona de los calabozos y una vez allí don Beltrán dio el aviso. Un hombre semidesnudo surgió de entre las sombras. Renqueando, se acercó a don Beltrán. La luz del hachón iluminó claramente un rostro leproso. Sus pupilas blanquecinas consiguieron centrarse tras un largo esfuerzo.
El carcelero al fin reconoció a don Beltrán. No preguntó. Abrió la puerta de una celda.
No hizo falta más. De un empellón, el capitán entró en el calabozo. Mientras subíamos la escalera le pregunté a De la Cueva:
—Don Beltrán, ¿no pensáis entregárselo al rey?
Me miró ligeramente sorprendido.
—Lo haré mañana. Si lo entrego ahora, el rey no se dará por ultrajado. Como mucho, lo desterrará privándole de la pena que en realidad se merece.
El razonamiento era lógico, pero eso no significaba que me tranquilizara. Al contrario, estuve inquieta el resto del día y también al día siguiente. Los reyes, en cambio, parecían ajenos a cualquier preocupación.
Si no hubiese sido por un ligero altercado que se produjo con la infanta Isabel durante la cena de la noche siguiente, se podría haber pensado que nadie sabía nada. Preso el capitán del rey, nadie tuvo la valentía de intervenir. La única violencia, como os cuento, fue el ceño fruncido de vuestra tía Isabel. Era muy niña, pero su fuerte carácter afloraba a las primeras de cambio.
Su enfado se provocó en el momento preciso en el que se le comunicaba su enlace con el rey de Portugal. Fue tan clara y concisa en su respuesta, que vuestro padre no supo cómo replicar.
—Me niego a aceptar ese desposorio sin el previo consentimiento de las Cortes de Castilla.
Como podéis ver, a pesar de sus doce años estaba bien aleccionada. Los adversarios de don Enrique y sus tutores la asesoraban según sus intereses. Pero entonces yo nunca imaginé, ingenua de mí, que la infanta picara mucho más alto. Esa negativa no era un simple testimonio de su testarudez. Escondía intenciones bien meditadas por personas ajenas a la familia. Secretos homicidas en contra de la corona.
Lo cierto es que no le di más importancia, pues pensé que aquello era otro capricho juvenil sin fundamento. ¡Ella nunca se casaría sin el previo consentimiento de su hermano don Enrique! Ni asocié aquella tozudez a una posible inclinación hacia la corona de Aragón.
Terminada la cena, acompañé a la reina a su aposento y luego me acosté pensando que el mayor peligro había pasado.