El silencio acompañaba a la oscuridad en el alcázar de Madrid. Ni siquiera la tenebrosa luna nueva que veía desde mi lecho me intimidaba. Estaba ya segura de que la amenaza del asalto se había visto truncada. Los enemigos del rey, al no disponer de la llave de la cámara, habrían desistido del intento. A punto estaba de conciliar el sueño cuando el estruendo del derrumbamiento del portón del alcázar me sobresaltó. Se oyeron gritos. Me levanté de un salto, saqué a vuestra madre del lecho, os tomé en brazos y nos refugiamos las tres en la capilla. Era el lugar más indicado, pues está comprobado que en el momento de un asalto el lugar sagrado es el último en ser visitado. Justo antes de escondernos, distinguí la figura de Villena en dirección a la cámara del rey. Sentí el primer impulso de arremeter contra el traidor, pero luego el realismo se apoderó de mí y me aseguré de cerrar bien la capilla.
La idea de acudir allí no fue del todo original, pues otros muchos habían pensado lo mismo. Hasta don Pedro, mi amado, había hecho lo mismo, como pude comprobar al verlo dirigiendo la mano de un monaguillo, que temblorosa iba encendiendo los cirios del altar.
El segundo banco estaba ocupado por los infantes Alfonso e Isabel junto a sus reducidos séquitos.
Arrodillados frente a nuestra santa Ana, rezábamos sin mucha devoción debido al temor por el alboroto que venía del exterior.
Vuestra madre me preguntó si alguien sabía de verdad lo que estaba sucediendo.
—Los traidores pensaban prenderos junto a la princesa y los infantes, pero se descubrió a tiempo. Don Beltrán es sabedor de todo y había prevenido a la guardia después de haber repartido unas cuantas monedas.
—¿Dónde esta don Enrique?
—En buenas manos, os lo aseguro.
—No puedo creer que supierais que eso iba a ocurrir y os callarais.
Se echó las manos a la cabeza y continuó.
—¿Os dais cuenta, Mencía? Es la primera vez que no soltáis vuestra lengua y posiblemente la única que teníais algo interesante que contar. Id a ver qué pasa, os lo ordeno. A vos no os harán nada. No sois tan importante para ellos.
Me enfadé y salí más por rabia que por obediencia.
Entré en el aposento del rey y vi que la deshecha cama del rey estaba vacía. Villena atisbaba desde la ventana lo que sucedía en el patio. A aquellas alturas de la noche todos estarían detenidos excepto él.
Sin darse la vuelta me recriminó. Sin duda, el diablo le debió de proveer de un gran olfato o de ojos en la nuca.
—Doña Mencía, todo esto resulta indignante. ¿Cómo es posible? El conde de Paredes y el de Benavente han sido apresados por la guardia. Sin duda, don Enrique tiene más enemigos de los que cree.
Le miré sorprendida, no podía dar crédito a mis oídos.
Aquel hombre ladino veía la batalla perdida y simulaba no haber tomado parte.
Consciente de que a la mínima duda sobre su participación en el complot el rey se mostraría benévolo con él, mascullé:
—¡Seréis bellaco!
Me sonrió con sarcasmo mirando a un lado y a otro como si supiese que alguien más nos escuchaba.
—Al sentir el alboroto vine corriendo a defender al rey mi señor, pero no le encontré en sus aposentos. ¿No sabréis vos por casualidad dónde está?
No pude contener mi rabia ante la farsa.
—Os juro que no lo sé y si lo supiera tampoco os…
Una puerta crujió a mis espaldas. Don Enrique y don Beltrán salieron del retrete secreto en el que se habían escondido esperando el momento idóneo para reaparecer.
Vuestro padre no dio un segundo de disculpa al traidor hipócrita de Villena. Enrojecido por la furia y alterado como nunca, se dirigió a él y levantando la mano le refutó:
—¿Pareceros bien marqués? ¡Eso que se ha hecho a mis puertas! ¡Estad seguro de que ya no es tiempo de más paciencias!
Villena no se mostró alterado, simplemente le escuchó sorprendido ante la inesperada reacción nada propia de su débil carácter. Como era de esperar, Villena comenzó a lisonjearle y, como si nada hubiera ocurrido, cabizbajo, le imploró:
—Es difícil engañaros, mi señor. Me arrepiento de mi osadía y os pido un castigo, pues lo merezco más aún que aquéllos que aguardan en el patio vuestro veredicto.
Sus amedrentadas palabras hicieron efecto en vuestro padre. Éste toleró de nuevo otro ataque hacia su persona sin imponer castigo. Los dejó marchar. ¡No lo podía creer! Pero don Enrique era así. Su idea de que, como rey, debía comportarse como un padre benévolo, volvía a hacerle tomar una actitud equivocada ante quien merecía un severo castigo. Hasta el fiel Barrientos, que había sido su tutor, se apenó cuando supo de su comportamiento.
Sí, aunque resulte difícil de creer, el rey los perdonó y los dejó marchar simplemente advirtiéndoles de que fuera la última vez. Defraudados, vimos cómo aceptaba sin resquemores una vista con los condes de Plasencia y Benavente para hacer las paces.
Villena, a pesar de la evidencia, continuaba asegurando que era enemigo de éstos.
Sentada en el poyete de una alberca jugaba con vos buscando peces de colores cuando vi llegar a don Pedro.
—¿Partís ya?
Asintió posando la mano sobre mi mejilla. Como una gata remolona intenté empujar todo mi rostro hacia la palma para convertir el roce en caricia. Quería mantener el contacto con su piel sin que la evidencia nos delatase, aunque ya fuera tarde. Tenía sospechas sobre mi embarazo, pero el momento no era oportuno para comunicarlo. El obispo de Calahorra se enfrentaba a una jornada dura. Todos sabíamos que don Enrique escuchaba a pocos y contados personajes de su entorno. Uno de sus más valiosos consejeros era mi amado y no enturbiaría sus pensamientos haciéndolo partícipe de una leve sospecha. Sobre todo ahora, cuando el rey, yendo en contra de la opinión de sus fieles, se disponía a partir hacia el convento de Santo Domingo de las Dueñas, donde tendrían lugar las vistas para hacer las paces con los traidores que quisieron prenderle a él y a toda la familia real. La verdad es que todos andábamos desesperados ante su buena fe al respecto.
Un proceder justo pero severo era indispensable para que los culpables del ataque de lesa majestad no quedasen del todo impunes. Me exasperaba la posibilidad de que don Enrique se comportase como un pusilánime.
—Don Pedro, no sé a qué vienen estas vistas a las que os dirigís. ¿Es una pantomima? Cada vez que pienso que todo ha quedado en nada. ¡El ataque al alcázar fue como una pesadilla! ¿Qué más necesita el rey para distinguir al amigo del que no lo es?
Don Pedro me miró con ternura.
—No os preocupéis, os aseguro que don Enrique por fin desconfía. Un simple vistazo al patio de armas os lo confirmará. La guardia está armada y los leales preparados en caso de emboscada. Es consciente de la maldad de Villena. Pero sabéis tan bien como yo que siempre fue más amigo de la palabra que de la fuerza y que será muy difícil hacerle cambiar de parecer.
Sonriendo y ajena a todo, vos jugabais feliz deshojando una flor.
—¡Ah, aquí estáis, doña Mencía! Por fin os encuentro —la voz del rey sonó detrás de nosotros—. Quería despedirme de mi hija.
Di un respingo. Don Pedro se puso en pie y yo me incliné sonrojada. La posibilidad de que hubiese visto nuestra cariñosa actitud o hubiera escuchado nuestra conversación me turbó.
Don Enrique os tomó en brazos. Sus largos dedos recorrieron vuestra espalda. Os zarandeó en el aire, os besó sonriendo y os posó de nuevo en el suelo ante nuestra silenciosa mirada. Entonces nos dijo:
—Los que no habéis de pelear, ni poner la mano en las armas, sois muy pródigos con las vidas ajenas. Bien parece que no son vuestros hijos los que han de entrar en la pelea, ni os costó mucho el criarlos.
No osé contestar. Me hallaba dividida entre un sentimiento de vergüenza —estaba claro que había escuchado mi queja— y la rabia de comprobar que mis sospechas acerca de su actitud respecto a aquellos nobles ladinos que le traicionaron eran ciertas.
—Es verdad, vuestra alteza, que no son nuestros hijos —dijo, en cambio, don Pedro—, pero seguro habéis de estar de que si los tuviese encabezarían la formación de aquéllos que aguardan en el patio. Defenderían con sus vidas vuestra honra y vengarían las injurias a que os someten. —Inspiró y sin titubear añadió—: No esperéis reinar con gloriosa fama sin ella.
El rey frunció el ceño y con un gesto de la cabeza en dirección al patio indicó a don Pedro que le siguiese al tiempo que decía:
—Espero que las huestes del marqués de Santillana, vuestro hermano, sean tan hábiles para defenderme con las armas, si fuera necesario, como vos con la palabra, monseñor.
La alarmante noticia llegó al amanecer de la mano de Santillana, que se había ofrecido como rehén después de que fracasara un primer intento de acuerdo. Fue liberado para informar a don Enrique de las condiciones de sus enemigos. Sentado en su trono, vuestro padre escuchaba pesaroso las palabras jadeantes de Santillana.
—Unos mil cien rocines se agolpan cercando vuestra posición. No hay escapatoria rodeados como estamos por los cuatro puntos cardinales a unas ocho leguas de distancia.
»Eso no es todo. El almirante don Fadrique alzó pendones en Valladolid a favor de don Alfonso, vuestro hermano, y en contra de vuestra majestad. La ciudad, gracias a Dios, sigue siéndoos fiel.
—¿Qué es lo que quieren?
—Se quejan de vuestra actitud para con los moros. Dicen que os rodeáis de ellos. Encuentran inconcebible que algunos de ellos formen parte de vuestra guardia personal. Sostienen que este proceder es una clara ofensa a la religión católica.
El rey replicó entonces:
—¿Es eso todo?
El marqués tomó aire y continuó:
—En segundo lugar dicen que dais los corregimientos a personas incapaces y desmoralizadas, y que nombrasteis a don Beltrán maestre de Santiago siendo consciente de que así perjudicabais a vuestro hermano, el infante.
»Se atreven a aventurar que en perjuicio de vuestros hermanos nos habéis obligado a todos a jurar como sucesora a doña Juana.
Santillana se quedó callado.
—Vaya absurdo, es mi hija. ¿Qué es lo que pretenden? ¿Qué insinúan?
El marqués no quería proseguir, pero la mirada del rey le obligó a ello.
El jefe de los Mendoza desvió la vista hacia el suelo.
—Aseguran que la princesa Juana no es hija vuestra. Que su padre es don Beltrán. Por lo tanto, quieren anular su juramento para repetirlo a favor del infante don Alfonso.
El ánimo apocado de don Enrique estalló de rabia golpeando con el puño varias veces un brazo del trono.
Estaba claro que se sentía atrapado e impotente. No por serlo, como aseguraba el pueblo, sino por no poder revelar el proceso de fecundación de Juana.
¡Qué bien trazado había sido el plan y además esgrimido con astucia! El ladino de Villena había estudiado todos y cada uno de los movimientos del rey y atajó el riesgo desacreditándolo por andar con infieles.
El rey se levantó con lágrimas en los ojos. Miró por primera vez a don Beltrán, que había escuchado las palabras de Santillana tan atónito como la reina y servidora.
—Nadie mejor que vos para correr a avisar de lo ocurrido al consejo, pues habéis sido tan insultado como yo. Ellos sabrán cómo proceder. Dejo en sus manos la decisión de ceder o no ante una concordia como los desleales proponen. Me siento incapaz de decidir en esta ocasión.
Lo peor de sus palabras, Juana, es que no eran ciertas. Vuestro padre no era incapaz de decidir. Muchas veces había dado prueba de ello tomando resoluciones acertadas en breve tiempo. Lo peor era que, por temperamento y convicción, gobernaba como si en lugar de lobos hambrientos tuviese ante sí a un rebaño de corderos, a los que él, como un buen pastor, siempre disculpaba y perdonaba.
Sé que lo que os digo es una grave acusación tratándose de un rey, pero, desgraciadamente, es cierta. Si no, escuchad lo que pasó a los pocos días y decidme si no fue una prueba fehaciente de lo que os digo.