Cuando cruzamos el puente sobre el río Guadalquivir la ciudad bullía en fiestas. Junto al minarete de la Mezquita se alzaba otro gran edificio cuyas puertas estaban abiertas de par en par. Eran los Reales Alcázares. Al entrar en ellos los paradisíacos jardines llenos de arroyos, cascadas y estanques nos dejaron boquiabiertas. Naranjos y jazmines perfumaban el aire por doquier. Cuando pasamos cerca de un estanque, un gran pez saltó y removió la quietud de las aguas, que respondieron meciendo el manto de los nenúfares.
Vuestra madre suspiró melancólica. Entramos en el abierto y enorme salón de Reyes. En el centro se encontraba don Enrique. A su lado, todos los ricos hombres de Castilla.
El destino de mi señora estaba claro: ella no podía elegir. ¿Y el nuestro? Nos sentíamos afortunadas porque manteníamos la esperanza de poder guiarlo según nuestras preferencias. Pero tendríamos que ceñirnos a aquel reducido grupo de caballeros.
Como creo que ya os he dicho, según los acuerdos de matrimonio, el rey no sólo entregó Olmedo, Ciudad Real y una cuantiosa renta a manos de mi señora en concepto de arras y dote, sino que, además, don Enrique se comprometía a casarnos a cada una de nosotras con nobles castellanos. Entrábamos en el lote y la incertidumbre de no saber a quién seríamos destinadas nos devoraba las entrañas. Lo que provocaba en nosotras unas risas ingenuas y absurdas, típicas de jovencitas soñadoras e irresponsables pero, eso sí, bien mandadas y cumplidoras.
—Miradlo, Mencía, y decidme vuestro parecer —solicitó vuestra madre, clavando los ojos en el rey—. Es demasiado grande y espeso de cuerpo para mí. ¿Lo imagináis zarandeándome y abrazándome? Esas manos recias podrían estrujarme hasta quebrarme las costillas. Sin embargo, aunque a primera vista su aspecto resulta feroz, por lo que pude comprobar anoche creo que es tímido hasta límites insospechados. Ése es precisamente el problema. Espero no intimidarle como doña Blanca.
—Con todo mi respeto —respondí—, vos sólo le podréis asustar un poquito con vuestra impaciencia. Yo creo que debéis concederle tiempo. Vuestra juventud renovará su hálito de vida, y le hará olvidar los asuntos más engorrosos; con vuestro gran corazón le conquistaréis. Hacedme caso, estará tan henchido a vuestro lado que no cabrá en sí de gozo.
Emocionada, vuestra madre me tendió una mano en señal de agradecimiento.
—¡Qué buena sois, Mencía! Y por ello seréis la primera en casaros después de mí. Mirad cómo os observan esos hombres. No son caballeros sino mercaderes en un día de feria en busca de un buen ejemplar de ganado.
Era cierto. Los nobles que rodeaban a don Enrique nos miraban como si quisieran despojarnos de las vestimentas para ver si teníamos alguna falta.
—¡Esos galanes mucho han de hacer para que consintamos! —dije algo molesta por su comentario, que a pesar de ser risueño nos empequeñecía.
Dejándome llevar por el impulso señalé a uno de ellos y dirigiéndome a las otras dueñas dije:
—Vamos, señoras, adelantémonos a sus intenciones y pujemos. ¿Qué tal si empezamos por aquél de la derecha del rey? Doy dos maravedíes por el del jubón azul. ¿Quién da más?
A vuestra madre no pareció gustarle nada mi ocurrencia.
—¡Por Dios, Mencía, comportaos! ¿Qué impresión queréis dar? Estamos tan cerca que bien os podrían haber oído.
Como respondiendo a una señal acordada, el rey abandonó su lugar para acercarse.
Al llegar junto a nosotras, don Enrique le tendió la mano a vuestra madre y le dijo:
—La paz os doy, mi señora.
Ella le miró complacida, se inclinó reverenciándole y acto seguido lo hicimos las demás.
En medio de un silencio casi sepulcral, oímos un chillido. Desde lo más alto de los cielos descendió un halcón a toda velocidad. Estaba claro que su objetivo era atacar al que la reina pensaba ofrecer a don Enrique como presente y que su halconero portaba en el brazo, muy cerca de nosotros. Pero uno de los nobles que se había quedado al otro lado del patio le arrancó el arma a un arquero y con una flecha certera atravesó al agresor. La rapaz cayó a los pies de mi señora, y empezó a dar los últimos espasmos.
—¡Vivan los reyes! —gritó entonces el caballero de mirada adusta que había acabado con la vida del animal.
El grito resonó en el patio como trueno en la tormenta, tanto que hasta el mismo rey pareció intimidado.
Dirigí mi mirada hacia vuestra madre.
Ella era un ser libre, alegre y profundamente religioso. Pero sobre todo era supersticiosa. ¿Qué pensaría de todo aquello? Un animal indefenso atacado por un semejante que había aparecido como un espectro. ¿Sangre? ¿Muerte? ¿Traición? Y para finalizar, vítores roncos e inesperados. Demasiado estentóreos para ser sinceros. Sin olvidar la gaviota que se había arrojado sobre su toca antes de salir de Lisboa.
Mientras yo trataba de descubrir en su mirada sus sentimientos, un escudero se postró a sus pies y retiró el ave ensartada así como la otra, que permanecía ajena a todo bajo su caperuza.
Entre festejos, agasajos, juegos de cañas, justas y corridas pasarían tres días. Por fin, don Enrique y mi señora fueron desposados en Sevilla por el arzobispo de esa ciudad.
El torneo que se había organizado para celebrarlo nos dio la oportunidad a las recién llegadas de admirar con tranquilidad, y sin necesidad de disimulos, a nuestros futuros maridos. Se dieron cita cien señores. ¡Os lo podéis imaginar! Nada menos que una centena para las doce.
Cincuenta de un lado y cincuenta del otro montaban sus caballos, y uno a uno empezaron a pasar frente a nuestro estrado. Un poco aburrida de tanta fatuidad, me puse a hablar con un clérigo que formaba parte del séquito de don Enrique. No era muy joven ni muy guapo, pero parecía muy inteligente. A tal punto, que rápido me embaucó con su charla y su cultura.
De los caballeros que pasaron luciéndose frente a nosotras, alguno ya tenía compromiso, o al menos así me lo pareció por los enseres femeninos, pañuelos o cintas, que portaban y que nada desentonaban con sus gallardas armaduras.
Un caballero joven y apuesto se adelantó sin titubear. Su contrincante, el mismo que había gritado a favor de los reyes cuando el ataque del halcón, se colocó un yelmo negro y oscuro que brillaba amenazador y espoleó sin miedo a su caballo.
No sabía quién era. Por lo que había podido notar después de la misteriosa muerte del ave, parecía que no era hombre que se dejara amilanar. A juzgar por su complexión, debía de ser buen batallador y, por su actitud, no era difícil intuir que no le gustaba estar en segundo plano y que haría cualquier cosa por ser el centro de atención. De hecho, al darse cuenta de que no le quitaba la vista de encima se inclinó delante de mí y, levantándose la visera del casco, me miró ahondándome en lo más profundo del alma. Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Era como si aquel hombre no necesitase mi confesión para escudriñar en mi interior.
—¿Creéis que ese hombre mataría para conseguir su propósito? —me preguntó el clérigo.
—No lo sé, mi señor. Pero imagino que su joven contrincante no lo pasará muy bien.
Inesperadamente, el clérigo me tomó de la mano para que le prestara más atención. Me sorprendió, pero no me perturbó.
—El joven es Beltrán de la Cueva, que cada día se gana más los favores de don Enrique, y el del casco negro es el marqués de Villena, cada día más prevenido al respecto. Rivalizan continuamente. Hoy se les brinda la oportunidad de batirse sin remilgos —dijo con la seguridad de quien, en pocas palabras, sabe definir claramente una compleja situación. Sin embargo, al final noté que se ponía algo nervioso—: ¡Ah, perdonadme! Me acabo de dar cuenta de que he cometido la descortesía de no presentarme: soy Pedro González de Mendoza, obispo de Calahorra.
Asentí sin más y los dos permanecimos un momento en silencio. Me di cuenta de que don Pedro me miraba atentamente mientras yo seguía con la cabeza gacha. Me sentí más que halagada, pero al reparar en su anillo episcopal me dije que mi obligación moral era poner distancia entre nosotros. Aquella mirada guardaba intenciones que iban mucho más allá de lo permitido.
Un grito me sacó de mis pensamientos. Cuando alcé la cabeza vi a don Beltrán caído en el suelo. Mientras su escudero lo ayudaba a levantarse y lo acompañaba a la salida, mi señora me llamó y me ordenó que fuese a preguntar si andaba bien el vencido. El rey insistió en que regresara de inmediato con las noticias. Estaba clara la predilección que sentía por el joven.
Cuando anocheció, los reyes se retiraron a sus aposentos. Mientras Sevilla seguía en fiestas, los más allegados, de acuerdo con una antigua costumbre castellana, teníamos que dormir muy cerca de ellos. El rey tendría que cumplir como hombre. Por fin nos demostraría a todos que su anterior esposa mentía cual bellaca. Por petición de mi señora, sería la única de sus dueñas que permanecería junto a su estancia, sobre un jergón en el suelo. Me dijeron que anduviese atenta a sonidos acompasados. Cerré los párpados, pero no las orejas, y os aseguro que ningún ruido acompasado escuché. El silencio sólo se rompía por el crujir de la ropa de cama cuando los reyes se movían.
Al amanecer, vuestra madre me llamó y acudí presta. Don Enrique salía por una puerta que daba a un oscuro y angosto corredor escondido para su uso exclusivo. La vestí e inmediatamente miré a la cama. Ni rastro de sangre en la sábana. Instintivamente, la abracé y ella comenzó a sollozar. Le aparté la larga cabellera de la cara y le limpié las lágrimas.
La tristeza se reflejaba en su rostro.
—Sabéis, Mencía… —inspiró con fuerza—. Creo que debería haber escuchado a doña Guiomar con más atención en vez de haberle reprochado su frivolidad.
Rompió de nuevo en sollozos. La abracé fuertemente jurándole que ella no era la culpable. Pero no me escuchaba. Sólo mostraba su desconsuelo aferrándose fuertemente a mí.
Sonaron unos golpes en la puerta.
Vuestra madre miró a la cama. Temblorosa, comenzó a zarandearme con todas sus fuerzas.
—¡Oh, Mencía! ¿Cómo vamos a eludir esa absurda costumbre de mostrar la sábana manchada? Es lo primero que querrán ver.
Se sentó sobre el catre llorando desconsoladamente y balbuceando:
—¿Os dais cuenta? Nunca podré tener hijos. A mis dieciséis años me veo virgen hasta la muerte.
Sonaron los golpes de nuevo.
La reina se puso tan nerviosa que parecía haber perdido la razón. No pude evitarlo. La sacudí tan fuerte que se quedó inmóvil.
Decidida, cogí una copa que estaba cerca del lecho, la rompí contra el suelo y con un trozo de cristal me rajé la pierna a la altura del muslo. Restregué la sangre que manaba por la sábana y luego la arranqué de la cama.
Vuestra madre me miraba perpleja.
Fui hasta la puerta. La abrí, y mostré la sábana a las personas que allí se agolpaban. Después se la arrojé a la cara.
Desaforados y entre empujones, la hicieron jirones antes de verificar el falso testimonio del que era portadora.
Regresé junto a vuestra madre. En sus labios se dibujaba una sonrisa fingida que escondía su amargura. A pesar de todo, lo más importante era que quedaba salvada la virilidad del rey, así como el reino. Las dos sabíamos que la salida era provisional, pero al menos nos concedía un respiro.
Primero con tristeza y más tarde casi con desesperación, poco después ambas descubriríamos que ése era un engaño menor al lado de los que revoloteaban a nuestro alrededor.