9
Mason se pasó las manos por la cabeza y se tiró del pelo.
—Joder, joder, joder…, no me puedo creer que nos hayamos acostado juntos. ¡Mierda! —exclamó recorriendo la habitación de punta a punta.
Yo recogí el top del suelo, me lo puse y cogí también los pantalones. Mientras él se dirigía hacia el otro lado, me los puse y le dije:
—Mason, no nos hemos acostado.
Él se volvió hacia mí, me miró como si acabara de decir algo tremendamente estúpido y luego señaló la cama.
—¿Perdona?
Solté el aire con fastidio. Necesitaba un café y un puñado de ibuprofenos, deprisa. Tenía que librarme de los hombrecillos que estaban haciendo obras en mi cabeza, taladrándome el cerebro con sus diminutas herramientas mientras se reían de mí por haber bebido tanto la noche anterior o no podría pensar con claridad.
—Nos acostamos en la misma cama, pero no hicimos nada. Estábamos borrachos como cubas. Créeme, si me hubieras follado, lo recordaría. Estoy cien por cien segura de que no lo hicimos.
Él me miró de arriba abajo.
—Sí —replicó con una sonrisa canalla—, lo recordarías. —Inmediatamente, se acordó del lío en el que estábamos metidos e hizo una mueca—. ¡Mierda, lo siento! —se disculpó. Era evidente que se sentía muy culpable por lo sucedido—. ¿Cómo voy a convencerla de que no ha pasado nada esta noche, Mia? Rachel me conoce y sabe que éste es justo el tipo de cosas que hacía antes de estar con ella. —Derrotado, se dejó caer sobre la cama.
Me senté a su lado.
—De acuerdo, esto es lo que vamos a hacer. Nos ducharemos, después comeremos un poco, tomaremos café y nos meteremos alguna sustancia potente en el cuerpo. —Cuando él alzó las cejas, especifiqué—: Ibuprofeno o paracetamol, idiota. A continuación la llamaremos por teléfono. Te arrastrarás un poco y le explicarás que estábamos borrachos, que no follamos y que, aunque lo que ha visto tenía mala pinta, en realidad no pasó nada. Sólo dormimos uno al lado del otro.
Mace se apretó las sienes con los pulgares y abrió las manos.
—Recuerdo haberte tocado las tetas —gruñó y me dirigió una mirada de culpabilidad—, y también te pregunté si podía follártelas.
—Bueno, yo esa parte me la saltaría. Fue una idiotez por culpa del alcohol. Sólo lo sabemos nosotros. No pasa nada.
—No, no pasa nada —refunfuñó él con la espalda encorvada.
Hundió la cara entre las manos y apoyó los codos en las rodillas. Era la viva imagen del hombre que ha perdido el rumbo, que siente que su mundo ya no tiene sentido.
—¿La amas? —le pregunté, acariciándole la espalda desnuda.
Él alzó la cara y me miró con fijeza. Luego cerró los ojos y asintió de modo solemne.
—Tienes que decírselo, Mace. Probablemente sea la única manera que tienes de salir de este lío.
Él hinchó los carrillos y soltó el aire despacio.
—No me creerá. La conozco. Pensará que lo hago para salir del paso. Debería habérselo dicho en cuanto me di cuenta. Tal vez entonces me habría creído.
Mason amaba a Rachel. Menudo milagro. El machista y mujeriego donjuán había cambiado mucho desde mi llegada, hacía ya casi un mes.
—¿Cuándo te diste cuenta?
Se levantó y empezó a recorrer la habitación de punta a punta de nuevo. Luego se acercó a la ventana y se quedó observando la calle.
—La noche en que hicimos el amor por primera vez. Fue…, simplemente fue. Supe que era la mujer con la que quería pasar el resto de mi vida. Pero ahora la he cagado, ¡joder! —Dio un paso atrás y pegó una palmada a la pared. Por suerte, no le pegó un puñetazo o tendría que haber dejado de jugar.
Me acerqué a él y le apoyé la frente en la espalda.
—Lo arreglaremos, ya verás como sí. Al final, todo saldrá bien.
Él negó con la cabeza.
—¿Qué te hace pensar eso?
—Porque no hay otra opción. Si ella es la mujer de tu vida, tenemos que encontrar la manera de hacérselo ver. La encontraremos. Juntos, haremos que la recuperes. En la vida hay que correr riesgos; hay que adentrarse en lo desconocido.
—Gracias, Mia; eres una buena amiga.
—Lo sé —repliqué, y le di un golpe de cadera—. Bueno, pues vamos a empezar. Lo primero, la ducha. Luego, pastillas, comida y mucha agua, por ese orden.
Le tendí la mano para que me la estrechara y él se la quedó mirando y sonrió. Supongo que pensaba que hacía tonterías.
—¿Trato hecho?
Mason me la estrechó y la sacudió.
—Trato hecho.
Conseguir hablar con Rachel fue mucho más difícil de lo que imaginaba. Faltaban dos días para mi partida, y Mason aún no había logrado hablar con la esquiva rubia. Cada vez que yo la telefoneaba, me saltaba el buzón de voz. Le dejé un montón de mensajes, rogándole que me llamara o que llamara a Mason, pero que nos escuchara. Nada. La única respuesta fue el sonido de los grillos. Esa mujer era dura de pelar. Empezaba a creer que no le daría a Mason otra oportunidad, y eso me partía el corazón.
Aunque las palabras de Rachel me habían hecho daño, entendía por qué me había dicho lo que me dijo. Cuando crees que has perdido algo que querías desde hace tiempo, arremetes contra quien tienes delante. Es normal. Y, si encuentras a tu novio en la cama con una morena, la morena es un buen objetivo para los insultos. En realidad me lo merecía. No me gustaba que me viera como a una fulana, pero yo misma tenía problemas con el tema. Era una escort que se había acostado con sus dos primeros clientes. No me había acostado con los dos siguientes, pero Rachel no lo sabía.
Mi móvil sonó y respondí.
—¿Hola?
—Hola, preciosa, ¿estás lista para tu siguiente cliente? —La voz de la tía Millie fue como un bálsamo relajante para mis nervios alterados.
Llevaba dos días sintiéndome como una mierda sabiendo que Mason y Rachel estaban sufriendo. Aún estaba tratando de asimilar mi parte de culpa en todo aquello y no paraba de buscar la manera de arreglarlo, pero no tenía ni idea de cómo hacerlo.
Suspiré.
—La verdad es que sí. Y, cuanto antes, mejor.
Era la primera vez que me pasaba desde que había empezado a trabajar para mi tía, pero lo cierto es que tenía muchas ganas de marcharme de allí. Al no encontrar una solución, la huida me parecía una buena idea.
—¿Qué pasa, cariño? ¿Ese jugador tan guapo no te trata bien?
Negué con la cabeza, aunque ella no me veía.
—No, no es eso; me trata muy bien. En cuanto dejó de comportarse como un patán y aprendió un par de cosas sobre cómo tratar a las mujeres, se convirtió en una muy buena compañía.
La tía Millie bajó el tono de voz y añadió:
—Ajá, en ese caso, espero que en cualquier momento llegue el ingreso adicional, ¿eh?
—¡Tía Millie! Por Dios, ¿qué te crees?, ¿que me voy tirando a todos mis clientes?
—Cielo, eres joven, preciosa, y acompañas a hombres guapísimos e increíblemente ricos. Por supuesto que lo creo. Si yo estuviera en tu lugar, es lo que haría. De hecho, lo hice. Te aseguro que me he acostado con un montón de guapos millonarios.
Tuve que sentarme, y me mordí la uña del pulgar unos instantes antes de preguntarle:
—¿Tú también fuiste escort?
—Preciosa, ¿cómo piensas que he aprendido todo lo que sé sobre el negocio? ¿Cuánto puedo cobrar, adónde enviar a las chicas…? Por supuesto que lo experimenté todo personalmente. Es la única manera de poder dirigir la agencia de escorts que tiene más éxito del país. He hecho de todo, cariño, y, por supuesto, me he acostado con clientes. Aunque en esa época no se pagaba por separado. Se consideraba parte del servicio. Pero eso ha cambiado. Como bien sabes, mi empresa no es un burdel. Llevo una agencia seria que paga sus impuestos. Tengo los libros de contabilidad al día y paso todas las auditorías. Y si a mis chicas les apetece ir un paso más allá, me parece lógico que los clientes respondan con un regalo al regalo que les hacen ellas. ¿Lo entiendes ahora?
—Ya veo. Me parece muy bien, pero no lo sabía. Siempre pensé que eras empresaria.
—Y lo soy, pero veinte años atrás me dedicaba a lo mismo que tú ahora. Lo que pasa es que no era tan lista como tú. —Al oír eso, agucé el oído—. Por aquella época, conocí y me enamoré de uno de mis clientes, y él me jodió la vida. —La verdad es que podría decirse que la historia se estaba repitiendo, aunque no estaba segura de haberme enamorado de Wes… todavía. La tía Millie siguió hablando—: Ahora trato a los hombres igual que trato a las mujeres. Disfruto de ellos cuando estoy con ellos, nada más y nada menos. Sin expectativas. Sólo espero pasar un buen rato y reírme en su compañía.
Eso era muy sabio. Se parecía mucho a lo que yo estaba tratando de hacer con mis clientes, pero no lo había logrado porque tenía el corazón demasiado implicado. Las cosas con Wes estaban cada vez más difíciles a nivel emocional. Con Alec todo era divertido y placentero. Cuando me separaba de él, nunca tenía la sensación de haber perdido algo porque, en realidad, nunca había sido mío. Siempre que Alec y yo estábamos juntos, lo disfrutábamos intensamente pero, al separarnos, cada uno seguía con su vida como si no hubiera pasado nada. Disfrutábamos de otras cosas y de otras personas sin ningún tipo de remordimiento porque la nuestra no era una relación… de ésas.
Ojalá pudiera tener ese tipo de relación con Wes. En ese preciso momento, me juré que volvería a levantar la pared alrededor de mi corazón para lograrlo. Cuando Wes y yo estábamos juntos, era increíble, asombroso. No había nadie con quien me gustara más estar. Alec ocupaba el segundo lugar, aunque, con él, siempre sabíamos que la cosa tenía las horas contadas, por lo que disfrutábamos más de cada segundo. Cada encuentro era salvaje, apasionado, y se convertía en material de preciosos recuerdos. Si se trataba de Wes, nuestras citas estaban cuajadas de significado, llenas de sentimientos complejos y de emociones que ninguno de los dos debería haber compartido con el otro. Ahí era donde nos habíamos equivocado. Porque Wes y yo juntos nos convertíamos automáticamente en algo más. De alguna manera, teníamos que arreglarlo. Necesitábamos marcar límites para dejar de hacernos daño. Pero, claro, este problema tampoco iba a poder resolverlo ese día, y mucho menos en medio del lío que tenía organizado con Rachel y Mason.
Respiré hondo y me reafirmé en mis convicciones.
—Tienes razón, gracias por el consejo.
—De nada —replicó mi tía. A través del auricular me llegó el sonido de sus uñas golpeando el teclado del ordenador—. Siento que el jugador de béisbol y tú no congeniarais. Este mes debe de habérsete hecho muy largo.
Sonreí al acordarme de Alec.
—Bueno, técnicamente, me reuní con un viejo amigo mientras estábamos en Seattle.
—Ajá, y parece que ese viejo amigo y tú os lo pasasteis bien, ¿no?
—Pues sí. —Para cambiar de tema, porque no sabía cuál era la política de empresa sobre volver a acostarse con clientes, y aunque tal vez a mi tía pudiera parecerle que mi reencuentro con Wes del mes pasado o con Alec de hacía unos días eran temas laborales, para mí eran temas del todo personales, le pregunté—: ¿Vas a mantenerme en ascuas mucho más tiempo sobre cuál va a ser mi siguiente destino?
—Oh, mi querida niña. Esto va a ser muy divertido. ¿Has estado alguna vez en Hawái?
Surf, arena y loción bronceadora.
—¿De verdad? ¿Voy a ir a Hawái?
—Sí, preciosa. Y atenta al dato: ¡vas a ser modelo!
Gruñí.
—¿Como con Alec?
Había sido divertido hacer de musa, pero la experiencia había sido intensa y había reabierto muchos temas de mi pasado que no me apetecía volver a revivir. Lo último que quería era una segunda ronda.
Oí que tecleaba un poco más y a continuación chasqueó la lengua.
—No, cielo. Harás de modelo para un famoso diseñador de ropa de baño. Se llama Angel d’Amico. Te ha elegido porque te ha visto en las revistas de cotilleo. Tu nombre ha aparecido al lado de varios famosos, y eso es bueno para el negocio. Está empezando una nueva línea y necesita llamar la atención. Te gustará saber que está diseñando bañadores para mujeres de verdad, con curvas.
—¿Y eso?
—Sus bañadores no empiezan en la talla 32. Empiezan en la 38 y suben a partir de ahí. Y quiere que en sus anuncios salgan mujeres auténticas, con carne en los huesos. Ya sabes, de esas que no pueden contener sus pechos en triangulitos de tela. Le gusta tu cuerpo. Le gusta que tengas una 90D de pecho y cintura de avispa. Su lema es que la belleza no entiende de tallas o algo parecido.
Vaya, la verdad es que sonaba estupendamente. Un diseñador de moda que trabajaba para mujeres con cuerpos reales.
—Uau, suena divertido. Y, además, en Hawái. ¡Alucinante! —Me eché a bailar por la habitación, sin acabar de creerme que iba a viajar a una isla.
—El vuelo será muy largo y con algunas escalas, cariño. Son seis horas desde Boston hasta la costa Oeste y luego cinco horas más desde California. ¿Quieres hacer escala en California y pasar allí un par de días?
En vez de en mi familia, en lo primero que pensé fue en que tal vez podría ver a Wes si no estaba rodando. Sin embargo, de inmediato me quité la idea de la cabeza. Sólo serviría para alargar el drama, para añadir más mierda emocional a lo nuestro.
No, quería pasármelo bien; disfrutar de Hawái. Me enrollaría con algún isleño buenorro y me lo follaría hasta dejarlo bizco. Sí, ése sería mi nuevo plan.
—No, gracias. Prefiero hacer escala en Las Vegas para ver a Maddy, a Ginelle y a papá. —Gin me había dicho que creía que Mads estaba a punto de dar el gran paso con su novio. Tal vez necesitara una charla cara a cara con su hermana mayor antes de lanzarse—. Le diré a Gin que pida hora en el salón de belleza.
La tía Millie ahogó una exclamación, como si acabara de acordarse de algo.
—Por cierto, querida, vas a tener que depilarte por completo. A la cera.
—Siempre lo hago.
—No, cielo, me refiero a un completo, completo. No sólo las ingles brasileñas. Vas a anunciar biquinis. No puede asomar absolutamente nada, ni siquiera un pelillo, mientras estés rodando en el océano.
Solté un gruñido.
—Mierda, eso no mola. Duele mucho —protesté, porque ya empezaba a sentir las tiras de cera caliente y pegajosa adhiriéndose a mis partes más íntimas y siendo arrancadas de cuajo. ¡Ay!
—Sí, preciosa, duele. Pero consuélate pensando en que va a ser un regalo de trabajo. El diseñador es italiano; tiene cincuenta años y está casado con una modelo retirada llamada Rosa que se ocupa de las modelos. No tendrás que estar trabajando todo el tiempo. Sólo habrá sesiones fotográficas uno o dos días por semana. El resto del tiempo lo tendrás libre. Y dispondrás de un bungalow de dos habitaciones en la playa para ti sola.
—¿Para mí sola? ¿No tendré que dormir en la misma casa que el cliente?
—No. La desventaja es que tampoco te suministrarán ropa. Sólo te necesitan para rodar los anuncios, y únicamente se espera de ti que los acompañes a un par de fiestas. Así que el resto del tiempo es para ti y puedes ir vestida como quieras. Lo bueno es que podrás quedarte los bañadores; ¿qué te parece?
Un mes en Hawái. Mi vida acababa de mejorar muchísimo.
—¿Crees que podría llevar a Gin y a Maddy?
De los veinte mil dólares extras que me habían dado Wes y Alec, había ahorrado lo suficiente como para poder pagarles el billete. Podrían dormir conmigo, así que sólo necesitábamos los billetes de avión y la comida.
—Mientras te presentes los días de rodaje, puedes hacer lo que quieras. ¿Quieres que reserve billetes?
—Sí, por favor, pero te llamaré para confirmarte la fecha. Tengo que hablar con ellas. Le preguntaré a Maddy cuándo empieza las vacaciones de primavera y a Gin si puede tomarse unos días libres. ¡Oh, Dios mío! Voy a ir a Hawái, y mi hermana y mi amiga van a venir a visitarme. ¡Hoy es el mejor día de mi vida! —exclamé, y mi tía se echó a reír.
—Me alegro mucho de verte tan contenta, preciosa. Piensa en esto mientras te estén arrancando hasta el último pelo de tus partes bajas. —Yo resoplé—. Te enviaré un correo electrónico con los detalles del vuelo y con información general. Prefieres volar temprano como siempre, ¿no?
—Sí, me gusta marcharme por la mañana.
En realidad, me gustaba escabullirme de la casa sin que el cliente se diera cuenta de que me iba. Me había funcionado bien las tres veces anteriores, y no encontraba una razón para cambiar la dinámica.
—Te quiero, tía Millie.
—Yo también te quiero, preciosa —replicó ella, y colgó sin despedirse.
Ahora que ya tenía mi futuro próximo resuelto, ya sólo me faltaba encontrar la manera de que Rachel y Mason volvieran a estar juntos.
Cuando me estaba guardando el móvil en el bolsillo, volvió a sonar.
—¿Hola?
—¿Es Mia Saunders? —preguntó una voz solemne y tranquila.
—Sí; ¿puedo saber quién la llama?
—Llamo del Hospital General de Massachusetts. Su novio, Mason Murphy, está en urgencias.
—¡Oh, Dios mío! —Miré a mi alrededor, notando que el pánico se adueñaba de mí. Cogí el bolso que tenía sobre el tocador, bajé la escalera corriendo y salí del edificio—. ¿Está bien? ¿Qué le ha pasado?
—Tiene unos cuantos chichones y moratones y está en observación por un traumatismo en la cabeza. Tuvo un pequeño accidente de coche con otros dos jugadores, que también están aquí. ¿Puede venir? También ha pedido que llamemos a una tal Rachel Denton, pero no contesta.
—Yo me pondré en contacto con ella. ¿Seguro que Mason está bien?
—Sí, señora. Podrá marcharse hoy mismo. Lo están vendando. Seguramente le darán el alta dentro de unas horas. Estaría bien que viniera alguien a buscarlo.
—Claro, claro, no se preocupe. Avisaré también a su familia.
—Bien, hasta pronto.
Al colgar, me quedé frente a la casa de Mason sin tener ni idea de por dónde empezar. No sabía el número de su padre, y Rachel no respondía al teléfono. Entonces recordé que su hermano trabajaba en el pub Black Rose. Aunque él no estuviera, alguien del local podría decirme cómo contactar con su familia.
Llamé a información y allí me facilitaron el número del pub.
—Black Rose, Brayden al habla.
Al oír la voz del hermano de Mason, me temblaron las rodillas de alivio.
Me senté en los escalones de la entrada a la casa para calmarme.
—Brayden, soy Mia. Tu hermano ha tenido un topetazo con el coche. Nada grave, pero está en el hospital.
—¿Cómo? ¿Seguro que está bien?
—Sí, sí. Sólo algunos raspones y moratones. Está en observación por el golpe. Voy hacia allí, pero tengo que localizar a Rachel, su novia —dije, olvidando por un momento mi rol.
—Pensaba que su novia eras tú… —repuso él extrañado.
Suspiré y levanté el brazo para parar un taxi.
—No, era una farsa. Su auténtica novia es Rachel, la rubia de la otra noche. Lo que pasa es que se ha enfadado con nosotros porque cree que Mason la ha engañado conmigo y no responde al teléfono. Mason está herido y quiere a la mujer que ama a su lado. Tengo que encontrarla.
En ese momento Brayden hizo algo que no esperaba: se echó a reír con ganas.
—¿No me has oído?
—Mia, Mia…, ¿estás hablando de esa rubia que siempre está cerca de él? ¿La de los ojazos azules, delgada, que todo el tiempo va con trajes que le sientan de miedo? —En esos momentos, un taxi me vio y se detuvo. Yo subí y estaba a punto de decirle que me llevara al hospital cuando Brayden añadió—: Está aquí, en el pub, bebiendo como un pez. ¿Quieres que no la deje beber más?
Al parecer, la suerte estaba de mi lado. Tal vez había luna llena o algo así. A mí nunca me pasaban esas cosas.
—Sí, por favor, échale agua al whisky o lo que beba. Estaré ahí dentro de quince minutos. —Me volví hacia el taxista y añadí—: Al pub Black Rose y, si se da prisa, le daré veinte dólares de propina.
—¡Váyalo preparando, señora! Mi mujer me pegó la bronca ayer porque no conseguía ningún extra. ¡Veinte dólares me vendrán muy bien!
—¡Si estamos allí en diez minutos, le doy cuarenta!
El taxi arrancó quemando rueda, dio la vuelta en redondo y salió a toda velocidad en dirección al pub. Debía de hacerle falta el dinero porque llegamos en once minutos. Por un minuto no escatimé. Le pagué la carrera y le lancé los cuarenta dólares extras sobre el asiento.
—¡Gracias, tío! —exclamé saltando del taxi.
Abrí la puerta del pub y busqué a Rachel entre los parroquianos.
La encontré sentada a la barra, con la espalda encorvada, bebiendo para olvidar las penas. Tenía el pelo hecho un desastre. Le salían mechones en todas direcciones del elaborado moño, ahora medio deshecho.
—¡Gracias a Dios! —grité mientras me acercaba.
Ella frunció el ceño, pero incluso así seguía siendo preciosa. Era una de esas mujeres que ves en la tienda o en la cola de correos y piensas: «¿Por qué no podré ser yo así de elegante?».
—¡Rach, menos mal que te he encontrado! —Me senté a su lado, en otro taburete.
—¡Yupi! —exclamó ella, levantando un dedo y haciéndolo girar como si fuera un tornado—. Pues yo no me alegro de verte, ladrona de novios. —Entornó los ojos y me fulminó con ellos, lanzándome puñales muy afilados con la mirada. No me gustó nada que me mirara así.
—Rach —volví a empezar, pero ella me interrumpió.
—¿Es que no tienes bastantes hombres? Mírate —dijo examinándome de arriba abajo—, eres perfecta. Eres el tipo de mujer que le gusta a Mason Murphy. Él también es perfecto; ya lo sabes, ¿qué te voy a contar? Y los perfectos, ya se sabe: Dios los cría y ellos se juntan. —Le dio un trago a lo que fuera que tenía en la copa. Parecía algún tipo de Martini afrutado—. ¿Sabes? —me preguntó señalándome con el dedo—. Me alegro de que pasara lo que pasó. Al menos, ahora sé a qué atenerme. No podría estar con un hombre como él. Los tipos con gustos tan exquisitos como él nunca podrían ser felices al lado de alguien como yo. ¡No cuando pueden tener a alguien tan exótico como tú!
Gruñí y la agarré por los hombros. Ella se mordió el labio y por fin dejó de hablar.
—Escúchame —le dije sacudiéndola—. Mason te ama. ¡A ti! —Rachel abrió mucho los ojos y empezó a derrumbarse. Frunció los labios y los ojos se le llenaron de lágrimas. Negó con la cabeza, resistiéndose a creerlo—. ¡Que sí! Si lo dejaras hablar cinco jodidos segundos, te darías cuenta. ¿Te has tomado la molestia de escuchar alguno de los mensajes que te hemos dejado en el contestador? —En ese momento empezó a temblar y sacudió la cabeza mientras las lágrimas le caían por las mejillas—. ¡Joder! Para ser una mujer tan inteligente, puedes llegar a ser de lo más obtusa —la acusé.
Ella se encogió y se rodeó el torso con los brazos, haciéndose un ovillo.
—Márchate.
—¡No puedo! —bramé perdiendo la paciencia. Sentí que un calor abrasador me recorría el cuerpo entero mientras le chillaba a la cara—: ¡Mason está en el hospital y quiere ver a su novia! ¡La de verdad!