4
¿Os acordáis de aquel viejo refrán que dice que el infierno está lleno de buenas intenciones? Pues quien fuera que lo inventara lo clavó. Cuando abandonamos el refugio de nuestra fiesta privada de chicas, no tenía ni idea de lo que nos íbamos a encontrar fuera, pero el ambiente no tenía nada que ver con la fiesta de cervezas y pizza de hacía un rato. Había gente por todas partes. Y la suite estaba llena de humo, y no precisamente del que sale de los cigarrillos que se venden en los estancos, sino del que se compra a un tipo llamado Bud, que te asegura que puede llevarte a una realidad alternativa de una sola calada. Aquello no iba nada bien.
La sala estaba abarrotada. Tuve que clavar las garras en Rachel para no perderla entre el gentío. ¿Qué coño había pasado y cuánto tiempo habíamos estado encerradas en la habitación? Teniendo en cuenta que me costaba mucho andar derecha, debía de haber transcurrido un buen rato. No reconocí a ninguno de los presentes hasta que llegamos al dormitorio de Mason.
Si yo no estaba preparada para lo que iba a ver a continuación, imaginaos lo poco preparada que estaba Rachel, la dulce e inocente Rachel, que se había enamorado de Mason Murphy. La habitación se hallaba a oscuras y la música sonaba tan alta que no se veía ni se oía nada. Tiré de la mano de Rachel y entré en la habitación, imaginándome que Mason se había ido a dormir. ¿Qué mejor manera de sorprenderlo que encontrándose en la cama con una mujer guapa por la que sentía algo? Pero, claro, eso no fue lo que sucedió. Al fin, di con el interruptor y encendí la luz.
Mason estaba en la cama, efectivamente, pero no estaba solo. Y cuando digo que no estaba solo no me refiero a que estaba con una mujer, sino que eran dos las grupis poco vestidas que lo acompañaban. Contemplé sorprendida, horrorizada y cada vez más cachonda cómo una morena —que en mi estado de embriaguez me pareció que tenía muy buena técnica— le chupaba la polla y se la metía hasta la garganta, lo que no era fácil. Pero, además, había una exuberante rubia vuelta de cara a la pared, que tenía las piernas a lado y lado de la cabeza de Mason y cuyo culo se veía brillar cada vez que rotaba las caderas. Él le metía y le sacaba la lengua del coño como un auténtico profesional, dándose un atracón de sexo mientras ella lo montaba como si fuera un semental. Era una de las imágenes más eróticas que había visto nunca. Sin embargo, aunque lo que me hubiera apetecido hacer era sentarme y disfrutar del espectáculo —y hacerme un dedito, ya puestos—, un sollozo se abrió camino entre la sinfonía de gemidos.
La cara de Rachel estaba bañada en lágrimas, y se había cubierto la boca con la mano. Justo cuando iba a sacarla de allí, oímos a la rubia gritar:
—¡Me corro!
Miré por encima del hombro y vi cómo Mason le agarraba las nalgas con fuerza y gruñía contra su coño mientras ella gritaba. Luego alzó las caderas y la morena se llevó la mano al clítoris y se frotó mientras cabalgaba sobre la pelvis del lanzador. Él se corrió, eyaculando en la boca de la chica, aunque parte de su semen se escurrió fuera cuando ella lo siguió poco después. Joder, nunca había visto algo tan excitante en directo en toda mi vida. Cuando al fin me volví hacia Rachel, se había ido. La puerta estaba entornada, pero yo estaba demasiado borracha para perseguirla y consolarla.
—Mierda —suspiré con fuerza.
—Y ¿tú quién coño eres? —preguntó la morena, incorporándose y limpiándose la boca con el dorso de la mano.
Yo me crucé de brazos. Mason se apartó a la rubia de la cara y me miró.
—Mia, bomboncito, te presento a… —Miró a derecha y a izquierda antes de decir—: Coñito Sabroso y Superchupona —y se echó a reír.
Las chicas le devolvieron la sonrisa.
—¡Será posible! ¡Y yo que te había traído un regalo! —lo reñí, llevándome una mano a la cadera y dando una patada al suelo.
Sus ojos vidriosos y sus mejillas coloradas me dijeron que no sólo estaba saciado sexualmente, sino también borracho y probablemente colocado. Ambas cosas eran muy malas para su imagen. Gracias a Dios que estábamos en su suite privada o podría perder a sus nuevos patrocinadores sólo horas después de haberlos conseguido.
—Por favor, dime que el regalo lo llevas debajo de la ropa. Ya verás lo rápido que me libro de estas dos zorras para probar tu dulce coñito.
Ahogué una exclamación de sorpresa, pero cuando me recuperé, grité:
—¡SERÁS CAPULLO! ¡Deja de pensar con la polla, joder!
En ese momento, dicha polla estaba dura y lista para el segundo asalto. Le eché un vistazo. La verdad era que, como verga, era bonita: larga, gruesa, dura. La morena se la rodeó con la mano y la acarició arriba y abajo. Él jadeó pero mantuvo la mirada fija en mí.
—¿Estás segura de que no te apetece? Invita la casa.
Negué con la cabeza.
—Había traído a Rachel. Estaba lista para decirte que le gustas… de verdad. Pero cuando te ha visto follándote a estos dos putones, ha salido corriendo.
Mis palabras lo hicieron reaccionar. Se quitó de encima a la fulana morena y se levantó de la cama, con lo que se libró también de la fulana rubia.
—¿Rachel ha estado aquí, en mi habitación? —preguntó señalando el suelo—. ¿Me ha visto follando con estas zorras? —Fruncí los labios y le dirigí la mirada que se merecía como idiota rematado que era—. ¡Que me jodan!
—Vale, cariño. Pero vuelve a la cama. Ahora me toca a mí mamártela —dijo la fulana rubia.
Él arrugó el ceño y se sentó de nuevo en la cama.
—¡Largo de mi habitación! —les ordenó gruñendo, pero el putón moreno no se dio por aludido. Lo abrazó por detrás y le frotó las tetas operadas contra la espalda.
—Vamos, cariño, vuelve. Te haremos sentir mucho mejor, como antes.
—¡Que os larguéis ahora mismo! —bramó Mace levantándose, y se dirigió hacia el baño.
—¿Estáis sordas? —pregunté abriendo la puerta.
—Lo que pasa es que lo quieres para ti sola.
—Bueno, teniendo en cuenta que soy su novia…, pues te diré que sí. Y ahora, ¡largo!
Acababa de echar a las chicas de la habitación cuando Mason salió vestido con unos vaqueros y rebuscó en su maleta hasta que encontró una camiseta.
—Tengo que ir a buscarla.
Me froté la cara con una mano y lo agarré con la otra.
—Y ¿qué le vas a decir?: ¿«Siento mucho que me hayas pillado tirándome a dos zorrones»? No creo que funcione, la verdad.
Él se mesó el pelo con las dos manos y volvió a sentarse en la cama.
—No puedo dejar las cosas así.
—Técnicamente, no le debes fidelidad. Además, la culpa ha sido mía por traerla sin avisar.
Mason soltó el aire angustiado.
—No, tú sólo tratabas de ayudar pero, como siempre, yo estaba pensando con la polla.
—¿Qué ha pasado? —le pregunté. Cuando lo había dejado con los chicos, estaban tomando pizza y cervezas.
Sacudió la cabeza.
—Estaba charlando tranquilamente con los colegas y, a la que me he dado cuenta, Rachel y tú habíais desaparecido. Las dos grupis se me han echado encima y, cuanto más bebía, menos me importaba todo. Sólo quería sentir… algo. ¿Sabes a lo que me refiero? Os he buscado. A ti, a Rachel, pero ellas seguían atacándome y al final he cedido. —Con la espalda encorvada, preguntó—: ¿Me odias?
Le rodeé los hombros con el brazo.
—No, no te odio. Lo que he visto me ha impresionado. Muy muy sexi… —Él sonrió. Dios, ese hombre era arrebatador como él solo cuando sonreía con sinceridad—. Pero no creo que a tu chica, a la que deseas de verdad, le haya hecho ninguna gracia verlo. Estaba muy triste. Lloraba y todo.
Él alzó la cabeza bruscamente.
—¿Qué dices?, ¿la he hecho llorar? Sospechaba que yo le gustaba, pero te aseguro, Mia, que las cosas nunca han sido así entre nosotros. Siempre se ha mostrado inalcanzable… Perfecta, profesional, bonita…, todo lo que quieras. Pero a las chicas como ella no les gustan los tipos como yo. Jugamos en ligas del todo distintas.
Mason se frotó la barbilla con las manos callosas y el sonido me provocó un escalofrío en la espalda. Me recordó a otro momento y a otro hombre, al que adoraba.
—Te entiendo —repuse—. Hay un tipo que me gusta. Y está fuera de mi alcance; juega en otra liga. Sin embargo, quiero pensar que algún día coincidiremos y que, cuando lo hagamos, los dos estaremos en la misma liga al mismo tiempo. ¿Por qué no haces lo mismo?
—¿Te gusta un tío?
Sonreí. Por supuesto, tenía que quedarse con eso.
—Sí, pero ahora no es buen momento para lo nuestro. Cuando lo sea, si es que alguna vez lo es, lo será, y ya nos encargaremos de que funcione. Quiero creerlo. Pero tú sí que puedes hacer algo ahora.
Mason miró al infinito y luego se volvió hacia mí y me clavó sus ojos verdes, como si estuviera buscando en mi mirada la respuesta a todas las preguntas del universo.
—Demuéstrale qué tipo de hombre puedes ser. Qué hombre puedes ser aquí dentro. —Le señalé el corazón—. Vive como si fueras el hombre que quieres ser. Ella se dará cuenta y volverá a ti.
—¿De verdad lo crees?
Yo sonreí y lo atraje hacia mi pecho. Olía a sexo y a perfume barato.
—Estoy convencida.
—Gracias, Mia. Eres muy guapa, ¿lo sabes?
Yo reí con la cara hundida en su cuello.
—Tú tampoco estás mal, vaquero, pero hueles igual que un burdel. Hazle un favor al mundo y dúchate. Yo me ocupo de Rachel; tú ocúpate de ti.
Mason se levantó y me ofreció las manos para ayudarme.
—Yo me ocupo de mí —repitió.
—Y, mientras te ocupas de ti, ¿te importaría ocuparte también de echar a toda esa gente que está ahí fuera? No puedo dormir con gente por todas partes, follando en el sofá y fumando hierba con la música a toda pastilla.
Abrió la puerta y miró en lo que se había convertido la fiesta.
—Me cago en la puta. No pienso volver a emborracharme nunca más.
Me aguanté la risa.
—Nunca digas «nunca jamás».
El resto de nuestra visita a Nueva York pasó volando. El equipo tenía tres partidos en Nueva York, de los que perdió uno y ganó dos. De momento, iban muy bien situados en la clasificación. Quick Runners contrató a Mason como imagen de marca para un nuevo modelo de zapatilla válida para cualquier tipo de deporte. Servía tanto para correr como para caminar, para jugar a la pelota y un montón de deportes más. Los de Power Up aún no habían dicho nada. Al parecer, se habían enterado de que Mason era la nueva imagen de Quick Runner y querían asegurarse de que tener la misma imagen que ellos no iba a perjudicar su nueva campaña. Sin embargo, eso no fue malo para Mason, todo lo contrario, ya que durante ese tiempo le surgieron un par de ofertas más: una de ropa y artículos de béisbol y otra de barritas energéticas. Se había corrido la voz con rapidez acerca de la nueva etapa en la vida del lanzador. Él se dedicaba a jugar con garra y a no llamar la atención en lugares públicos. Parte de todo eso se conseguía yendo más a menudo a casa de su padre, y hacia allí nos dirigíamos en ese mismo momento. Finalmente iba a conocer a su familia.
Cuando llegamos a la pequeña casa en las afueras de Boston, Mason entró con decisión, sin llamar a la puerta.
—¡Aquí, chico! —dijo una voz potente, acompañada por el chillido excitado de un niño.
Mason me dio la mano y me guio a través de la pintoresca casita, cuyos suelos estaban cubiertos de muñecas y de animales de peluche. Seguro que algún niño los había dejado tirados para irse a jugar con otra cosa. Las habitaciones estaban a oscuras, pero se notaba que en la casa vivía gente. El ambiente general era acogedor, y las fotografías que colgaban de las paredes indicaban que en otra época allí había vivido una mujer. Aun así, por la capa de polvo que las cubría y la falta de adornos femeninos, se notaba que habían pasado unos años desde entonces.
En el centro de una de las paredes había una foto de boda. Una pelirroja, pálida y hermosa, que llevaba un vestido de novia muy anticuado, abrazaba a un hombre grande, con el pelo castaño oscuro y unos ojos amables. Un hombre que era la viva imagen de Mason. De tal palo, tal astilla.
Al llegar a la cocina, me asaltó un aroma de carne asada. Se me hizo la boca agua al notar el olor de la salvia y el romero, junto con lo que fuera que se hubiera cocinado. Sobre la encimera había un enorme asado, y un hombre que nos daba la espalda, lo estaba cortando y dejando los pedazos en una bandeja. Una niña pequeña, también pelirroja, se fijó en mí en cuanto metí un pie en la cocina. Se levantó y aplaudió. No tendría más de cuatro años.
—¡Has venido! —gritó de esa manera en que sólo pueden hacerlo los niños pequeños, usando todo el cuerpo para expresar su alegría.
Le dirigí una sonrisa mientras el hombre se volvía hacia nosotros. Caramba. No me había equivocado. Era igual que Mason o, mejor dicho, era tal como Mason podría ser dentro de veinticinco años.
—Hola, papá. Te presento a Mia. Ella es, eh…
El hombre sonrió y me ofreció la mano.
—La mujer que todo el mundo dice que es la novia de mi hijo.
No estaba segura de cómo quería llevar el tema Mason, así que no hice ningún comentario.
—Es un placer conocerlo, señor Murphy.
—Llámame Mick. Todo el mundo me llama así, excepto mis hijos, porque les doy una paliza si no son respetuosos con sus mayores.
Le propiné un codazo a Mason.
—Tu padre es fantástico.
—Sí, por desgracia, cuando estoy con él dejo de ser tan guay.
—¡Y, que no se te olvide, chico! Ahora, venga, a poner la mesa.
Mason procedió a poner la mesa mientras yo me presentaba a Eleanor, a la que le gustaba que la llamaran Ellie. La niña me enseñó el resto de la casa y me mostró cada uno de sus juguetes. Tenía una habitación de princesita y estaba muy orgullosa de ella. Yo miré a mi alrededor, examinándola en detalle. Nunca había tenido nada parecido de niña. Más que una habitación, parecía un templo dedicado a todas las cosas que una niña puede desear. Maddy y yo siempre habíamos compartido habitación, y ninguna de las dos tuvo nunca una afición que destacara por encima de las demás. Me entristecí un poco al pensar en lo que me había perdido de pequeña, pero me alegré mucho por Ellie. Aunque en la casa faltaba el toque femenino, la estaban criando como se merecía.
Se me formó un nudo en el estómago cuando Ellie se colocó una corona en la cabeza y me puso otra a mí.
—Tú puedes ser la reina y yo seré la princesa —me propuso.
Asentí y abracé su cuerpecito menudo. Ella me estrechó con fuerza antes de que otro clon de la familia Murphy nos interrumpiera. Me pregunté si ninguno habría salido a su madre.
—Tú debes de ser Mia.
Asentí y me incorporé, pero Ellie no me soltó la mano.
—Papi, ella es la reina Mia y yo soy la princesa Ellie. ¿Tú qué quieres ser?, ¿el rey o el príncipe? —le preguntó muy solemne.
—Quiero que la princesa Ellie se lave las manos antes de comer y deje que la reina Mia vuelva con su rey —respondió siguiéndole el juego.
Ellie me miró con sus enormes ojos azules, que debía de haber heredado de su madre, porque su padre tenía los mismos ojos verdes que el resto de los hombres Murphy.
—¿Me guardarás un sitio a tu lado en la mesa, reina Mia? —me preguntó con aquella vocecita que era tan mona que no se podía aguantar.
—Por supuesto que te lo guardaré, princesa Ellie; será un honor. —Le hice una reverencia y ella aplaudió, dio una vuelta de puntillas y salió corriendo pasillo abajo.
El hombretón de pelo cobrizo y ojos verdes me tendió la mano.
—Lo siento. Ellie no tiene mucha compañía femenina. Soy Brayden.
Yo le estreché la mano y la mantuve apretada mientras replicaba:
—No hay problema. Al contrario, me lo he pasado muy bien. No recuerdo la última vez que jugué con un niño pequeño.
Y, en efecto, no lo recordaba. No había ningún niño en mi familia. Ninguna de mis amigas tenía hijos. Bueno, técnicamente, dos de mis recientes amistades estaban embarazadas. Luego estaban Tony y Héctor y sus respectivas familias, pero cuando me encontraba con ellos, los niños no estaban por ahí. Así que, en realidad, hacía años que no interactuaba con un niño cara a cara. Era divertido. Me lo había pasado muy bien.
Brayden me acompañó a la mesa, donde me senté y charlé con su hermano y su padre. Cuando estuvo completa, con la comida y todo, un torbellino entró a la carrera por la puerta de atrás, se detuvo derrapando y soltó la mochila en el suelo, a su espalda.
—¡Joder, Mace, qué buena que está tu novia! —gritó un adolescente alto, desgarbado y larguirucho, también pelirrojo y con los ojos tan verdes como los de sus hermanos.
—¡Esa boca! —lo reprendió Mick, apuntándolo con el tenedor.
—Lo siento, papá, pero…, jopé…, menuda chica tan guapa te has buscado, Mace. —El muchacho me examinó de arriba abajo—. Soy Shaun; ¿cómo estás, bomboncito?
Oh, no, por favor. Acababa de llamarme bomboncito.
—Vaya, ya veo quién es el modelo para esta mente joven e impresionable —reprendí a Mason, fulminándolo con la mirada. Al menos tuvo la decencia de parecer arrepentido.
—Shaun, no llames a las chicas bomboncito. No les gusta.
—Claro que les gusta. Se lo he dicho a una chica hoy mismo y me ha dejado meterle la lengua hasta la garganta.
Abrí unos ojos como platos mientras Brayden le tapaba las orejas a Ellie.
—Te voy a dar una paliza que te vas a enterar como no cuides lo que dices delante de mi hija. Y deja de faltar al respeto a las mujeres. ¡Le estás dando un ejemplo de mierda! —lo riñó apretando los dientes.
La pobre Ellie trataba de liberarse golpeando las manos de su padre.
—¡Papiiiiiiiii, para! ¡Si haces eso, no oigo nada! —Arrugó la naricilla y me miró—. ¿El tío Mace te hace eso alguna vez?
Los hombres se echaron a reír. Yo sonreí y le di un golpecito con el dedo en la punta de la nariz.
—No, porque yo soy una adulta, pero tu padre te está protegiendo porque no quiere que oigas cosas que no son adecuadas para ti. Es muy buen padre.
Ella asintió y se metió una cucharada llena de puré de patatas en la boca, lo que la hizo parecer un conejito rechoncho.
—Si quieres conservar a alguna mujer en el futuro —añadí mirando a Shaun—, asegúrate de llamarla de una manera que la haga sentir única y especial, no otra de tantas. Recuérdalo.
Él me miró como sólo sabe mirar un adolescente que únicamente tiene la mente llena de sexo.
—Si eso me asegura conseguir a una tía tan buena como tú, haré lo que me digas, bomboncito.
Mason dejó caer la cabeza sobre la mesa. Brayden negó en silencio y yo me mordí la lengua para no soltarle alguna grosería. El patriarca, en cambio, no tuvo el menor problema en ponerlo de vuelta y media, cosa que hizo en el salón, tras llevárselo de la mesa agarrado por la oreja. Cuando volvieron, tanto Mason como Brayden sonrieron incómodos, y Ellie siguió comiendo tranquilamente el puré. En cuanto se le acabó, pidió más.
—Siento haber sido maleducado, Mia. Trataré de ser más respetuoso —musitó Shaun de mala gana.
—Gracias, Shaun. Eso ha sido muy amable por tu parte. Y ahora contadme historias vergonzosas sobre Mason —dije cambiando de tema, y todos los hombres de la mesa excepto Mace sonrieron y empezaron a contarme anécdotas.
Para cuando acabamos de comer, me dolía tanto la barriga de reírme que no sólo me costaba respirar, sino que además no me veía capaz de comerme la tarta de queso. Me explicaron un montón de historias, con todo lujo de detalles. Pasaron horas hablándome de las locuras de Mason. De joven era el payaso de la clase; pensaba que era el inventor más importante del mundo y no tenía ningún éxito con las mujeres. Al ver lo bueno que estaba ahora, me costaba de creer. Si pasabas por alto lo capullo que era con las mujeres, era un hombre muy atractivo. Y, como seguíamos trabajando en ello, iba progresando. Aún no lo suficiente como para que Rachel lo perdonara, pero esperaba poder echarle una mano también con eso.
Los hombres recogieron. Otra cosa que me pareció genial de aquella familia fue que los invitados nunca fregaban los platos, ya fueran hombres o mujeres. Supongo que estaban acostumbrados a apañárselas solos. Era revelador pero triste. Mientras ellos recogían la cocina, yo me dediqué a mirar todas las fotos que encontré. Había muchas de Eleanor, la madre. Fotos de ella con cada uno de sus hijos por separado; otras con todos los chicos a la vez, y otras en las que parecía feliz con su marido Mick. Se los veía francamente bien, una familia sólida y feliz. La mujer de las fotografías había luchado contra el cáncer y con toda probabilidad habría dado todo lo que tenía para permanecer con su familia, mientras que mi madre, sana como una manzana, había abandonado a la suya para hacer realidad sus deseos egoístas. Ni siquiera estaba segura de dónde estaba y, aunque fingía que no me importaba, lo hacía. Tanto que me cabreaba mucho.
Mason se acercó a mí por detrás y me apoyó una mano en el hombro, pero no dijo nada.
—Tu madre era una mujer preciosa.
—Sí que lo era. Era la madre perfecta, se preocupaba mucho por nosotros. Pero cuando el cáncer la atacó, lo hizo de una manera tan fulminante que no pudimos evitarlo. Papá se lamenta de que no le hicieran pruebas antes. Él tiene cuarenta y cinco años. Mi madre murió con treinta y cinco. Si le preguntas a mi padre, te dirá que vivieron juntos diecisiete años maravillosos. Luego se marchó. Mi madre siempre decía que empezaría a hacerse pruebas a los cuarenta, como todo el mundo. Pero no llegó a tiempo. —La voz de Mason mostraba lo mucho que la echaba de menos. Lo entendía perfectamente.
Pensé en la preciosa Eleonor, que se había marchado de este mundo dejando atrás a cuatro hijos y a un marido que la necesitaba. Pero habían seguido adelante, apoyándose los unos en los otros, y gracias a eso continuaban siendo una familia.
—Deberíamos hacer algo por tu madre.
Mason frunció el ceño, sin comprender.
—¿A qué te refieres?
Mientras pensaba en ello, la idea tomó forma en mi mente y despegó. Sería perfecto.
—Con respecto al cáncer de mama. Deberíamos hacer algo para luchar contra esa enfermedad. Eres un jugador de primer nivel. Deberíamos hacer algún acto de caridad para recaudar fondos y donar los beneficios a algún grupo de concienciación que luche contra el cáncer en Boston. Tú y yo podríamos ponernos pulseras rosa, y podríamos hacer camisetas rosa para las wags. Si el equipo quisiera colaborar, sería bienvenido. Serviría para honrar la memoria de tu madre y a las mujeres que están luchando en la actualidad contra la enfermedad; también serviría para concienciar a la gente de que debe hacerse pruebas antes de los cuarenta si tienen antecedentes familiares. Además, eso mejoraría tu imagen.
Mason sonrió, y el diente ligeramente torcido brilló junto con los demás, blancos y relucientes.
—Podríamos ayudar a otras mujeres como mi madre —dijo, como si lo que estuviera oyendo fuera la mejor idea del mundo desde la invención de la liga de béisbol—. ¡Me encanta! ¡Es una idea brillante! —Me levantó en vilo y me hizo dar vueltas—. ¿Por dónde empezarías?
Durante la hora siguiente, nos sentamos frente a la tarta de queso que Mick había preparado porque era la favorita de Eleanor, y hablamos sobre cómo podríamos ayudar a concienciar a la sociedad acerca del cáncer usando la fama de Mason como punto de partida.