IV

En suma, la perspectiva es una ocasión para reflexionar de forma mucho más concreta y completa que multitud de otras. Y es por eso que se trata de una prueba, pero también de una ayuda, que en ocasiones logramos comprender, y aceptar. Porque, ¿acaso no es verdad que en cada uno de nosotros existe —aunque constantemente lo reprimamos— el deseo de otorgar sentido, y aun de conferir el ser, al lugar donde vivimos, y a las personas con quienes lo compartimos? Y una ocasión como ésta, dibujar con perspectiva —ya sea directamente, ya sea con la mirada, como lo haría un espectador atento—, ¿no es acaso un obsequio que se nos concede para volver a descubrir ese deseo reprimido en nuestra profundidad, y reanimarlo en la imagen misma? Reanimarlo en lo que pudo haber sido sólo una imagen, o una forma de la quimera todavía, pero que ahora es reflexión, una busca que ensayamos de nosotros mismos, y acaso ya un pacto con el Otro, que confiere un ser auténtico a lo que, juntos, somos todos.

Una prueba, la perspectiva como la vivió el Quattrocento, una prueba que surge no de una preocupación estética, sino de algo más esencial que podríamos llamar una ética, no un pensamiento de la belleza sino del bien. Y por eso sería conveniente considerar a los grandes artistas que he citado —y Palladio podría ser otro, o Veronese—, sobre todo como maestros de sabiduría: y la sabiduría es aquello que sabe deshacerse de los reclamos del sueño, sin por ello negar su afección y su adhesión al deseo que lo alimenta.

¿En cuanto a mí? ¿Qué debo a esta lección? No una verdadera madurez, ni en esos años de El territorio interior, ni más tarde. Con el compás y la regla en la mano, sé que dudo todavía. Sé que la poesía es liberarse de las construcciones de sí que son las obras, hacer de ellas la llama que las consume, amar, primero y sobre todo, la luz de esa llama: pero esta certeza es sólo una ruta en la que, indefinidamente, me encuentro en el punto de salida, los ojos puestos en otro camino que surge a la izquierda, sumergido ya en sombras nocturnas: es un camino que me conduciría, si lo siguiera, por mil lugares decepcionantes que se hacen pasar por el umbral de algún territorio interior.

No he resuelto nada, y justamente es por eso que sigo siendo escritor, porque escribir es la leña que se acumula, y no la llama que, por instantes, entre el humo, comienza. Pero comprendí al menos una o dos cosas que me permitieron sumar, a la Italia que abordé en sueños, una sociedad —esta vez— completamente real. En otras palabras, comprendí lo que es el gran arte del que, tan a menudo, este país ha sido capaz. ¿El gran arte? Es no olvidar, en la lejanía, el aquí: el tiempo, el humilde tiempo de lo que aquí hemos vivido entre las ilusiones de allá, esa sombra de lo intemporal.

Gran arte, Piero della Francesca pintando la Resurrección de Cristo de Borgo San Sepolcro, o Giovanni Bellini concibiendo su Transfiguración del Museo de Nápoles, o Caravaggio su Resurrección de Lázaro. Y junto a ellos, que han levantado en esos cuadros la lápida de la imaginación, gran arte también esa tumba, los otros que de sí mismos se separan, que se desalientan tanto como se obstinan, no sin ese dolor del que Baudelaire dijo ser «el ilustre compañero» de la belleza que tanto amó. Pienso entonces en Botticelli, en su extraordinaria Pietá, que está en Múnich. Y en Michelangelo cuando esculpió la Notte, en Florencia. Esas obras, un sueño siempre —imagen— tanto como presencia. Pero realizadas con una lucidez que hace visible, en el seno de su desarrollo, los signos de una íntima contradicción; así Michelangelo y su empleo de la pietra santa, un tono frío entre los tonos cálidos del día que los edificios baña, dicho de otra forma, una metáfora de la noche que permanece, sin deshacerse, quizá indestructible, en el fondo del día. El arte italiano en su más alta cima es esa lucidez, esa vigilia. Y me enseñó a reconocer que tiene un valor, y que es real, y no el empleo quimérico que hice de él en otro tiempo.

Yves Bonnefoy