CAPÍTULO 17
Las ruedas más ligeras de todas
En el taller clandestino reinó un silencio conmocionado. Peter echó a correr hacia el muro. —¿Cómo se abre esto? ¡Rápido!
Y fijó la vista en Tiburón que se encogió de hombros.
—No lo sé, chico. Alguien nos abre siempre.
Joe Torres se echó a reír.
—A ver si lo averiguas, talento.
—El patrón es demasiado listo para vosotros, hatajo de punks —se burló Max.
Los dos mecánicos negaron con la cabeza. Tampoco ellos sabían como se abría la puerta camuflada. Júpiter se encaró con Tiburón.
—¿Cómo habéis entrado ahora?
—Por la oficina de arriba —dijo aquél—. El mismo sitio por donde salimos.
—¿Oficina? ¿Dónde? —exclamó Peter—. ¡Muéstramela! ¡Aprisa!
—Claro, hombre, sólo que las escaleras te llevarán a la calle equivocada, ¿sabes? Quiero decir que has de dar la vuelta al edificio para llegar a la puerta del garaje.
—¡Muéstramelo! —insistió Pete.
—Yo iré contigo —decidió Ty enfundándose la pistola en el cinturón y dando la otra a Bob—. Están atados, pero no los pierdas de vista.
Tiburón guió a Pete y a Ty hacia el cuartito que estaba en la otra, esquina del local, enfrente del montacargas. El arco de la entrada ocultaba la puerta.
—Hay que conocer el truco —dijo Tiburón mientras tiraba de un extintor de fuego colgado de la pared. La puerta de la oficina se abrió.
Pete y Ty atravesaron corriendo la pequeña oficina, y volaron escaleras abajo para salir al exterior en la noche. La luna brillaba y bañaba el lugar con un fulgor azul plateado. Rodearon corriendo el edificio y pasaron por delante del Fiero de Pete aparcado en la esquina, hasta que llegaron a la parte delantera del garaje.
¡Ambas puertas seguían cerradas con llave!
—¡Ha de estar dentro! —exclamó Pete.
—A menos que haya otra salida que no conozcamos —declaró Ty—. Ten cuidado, Pete. Tiene a Kelly.
Peter asintió. Intentó abrir la puerta lateral. No estaba cerrada. Dieron unos pasos precavidos por el estacionamiento. Sólo una luz, al fondo, cercana al montacargas, mal iluminaba el lugar.
Escucharon en la oscuridad, pero no se oía sonido alguno.
—Se ha ido —susurró Pete desesperado—. Y Kelly con él.
—No estoy tan seguro. ¿No oyes? —Ty escuchó.
Pete percibió un leve sonido de repiqueteo, como si algo de poco peso golpeara un metal. Parecía venir del fondo del local, a la derecha del montacargas.
—¡Es una uña golpeando la carrocería de un coche! —lo identificó Peter—. ¡Vamos!
Y echó a correr entre las hileras de coches con Ty pegado a sus talones. Llegaron al fondo, al espacio abierto delante del montacargas. Se pararon y escucharon.
De repente, a su derecha, unos faros del coche relampaguearon.
¡La luz les enfocaba directamente!
Al fondo del lugar, un coche tronó poniéndose en marcha. Se oyeron unos chirridos de neumáticos y lo vieron lanzarse sobre ellos, aumentando de velocidad a cada centímetro.
Tuvieron el tiempo justo de saltar hacia atrás, mientras un bólido plateado pasaba como el rayo. Frenó de golpe, aplastando varios coches aparcados al fondo.
—¡Es un Rolls Royce! —exclamó Pete.
No tuvo tiempo de decir nada más. El Rolls retrocedió, giró en redondo, hizo chirriar nuevamente los neumáticos y se precipitó como un bólido contra ellos, atronando el espacio.
—¡Nos va a aplastar entre los coches! —gritó Ty—. ¡Salta!
Pegaron un salto en el momento en que el Rolls aplastaba el coche detrás del cual habían estado escondidos, haciéndolo chocar con el siguiente y con el otro.
Echaron a correr.
Pero el Rolls Royce los perseguía incansable, aplastando coches, provocando choques múltiples y destrozando defensas y parachoques.
Ty sacó la pistola del cinturón y la empuñó mientras intentaba divisar con claridad el Rolls bajo la deficiente luz del garaje.
—¡Kelly está dentro! —gritó Pete—. ¡No dispares! ' —¡Sólo intento dar a los neumáticos! —gritó Ty a la vez que daba otro brinco para escapar del incansable Rolls.
Éste también se estaba quedando hecho una ruina, pero el poderoso coche fabricado artesanalmente seguía funcionando. Era demasiado fuerte para resultar tan dañado como los demás coches contra los cuales chocaba.
De repente, Ty vio los neumáticos con claridad. Disparó dos veces.
—¡He fallado! —gimió.
El Rolls dio un giro golpeando cuatro coches más, lanzándolo unos contra otros y convirtiéndolos en un amasijo de metal retorcido.
Esta vez no intentó perseguir a los muchachos, sino que se dirigió hacia uno de los espacios abiertos.
—¡Quiere escapar! —gritó Pete.
—¡La pistola! —gritó a su vez Ty—. ¡No se arriesga a enfrentarse con ella!
El Rolls se dirigía a toda marcha hacia el espacio ancho frente a la salida principal. Ty y Pete saltaron entre los coches para cortarle el camino.
—¡Ha de salir para abrir el cerrojo! —gritó Pete—. ¡Entonces lo atraparemos!
Casi habían llegado a la puerta cuando el Rolls apareció en una curva cerrada desde la izquierda y se dirigió a toda velocidad hacia la puerta de salida.
—¡No va a parar! —gritó Ty.
A toda velocidad, aunque pareció a cámara lenta, el enorme coche plateado reventó las macizas puertas de madera.
—¡A mi coche! —gritó Pete—. ¡Rápido!
—No hay tiempo —dijo Ty jadeante—. Se nos escapa.
Sin responder, Pete salió corriendo a través de las destrozadas puertas. El Rolls, al llevar tanta velocidad, no había podido girar convenientemente y tomar la dirección de la calle. Había chocado con la valla de enfrente y estaba dando marcha atrás para huir. Pete corrió hacia el Fiero aparcado en la esquina.
—Nos lleva mucha ventaja, Pete —dijo Ty mientras se proyectaba al interior del Fiero.
Pero cuando dieron la vuelta a la esquina ¡el Rolls aún estaba allí! Daba tumbos y zigzagueaba como un pato herido.
—Se ha averiado —sonrió Ty—. Vamos...
—¡No, mira! —gritó Pete.
Dentro del coche se veían unas sombras que luchaban.
—Kelly está luchando con él. ¡Intenta detenerlo!
Mientras Pete hablaba, la puerta del Rolls al otro lado del conductor, se abrió de golpe y Kelly cayó a la calle.
El Rolls Royce salió volando.
Kelly pegó un brinco y se acercó a la altura del Fiero. Pete paró unos instantes y dijo asomándose:
—¡Le cogeremos, Kelly!
Kelly abrió la puerta trasera y cayó sobre el regazo de Ty en el reducido espacio del asiento.
—Sin mí ni pensarlo —estalló y sonrió casi sin aliento a ambos muchachos.
Pete le devolvió la sonrisa.
—Sujetaos bien —dijo—. Este cacharro se va a convertir en un cartucho de dinamita.
Pete alcanzó al destrozado Rolls en menos de tres calles. Incluso Ty había palidecido ante la manera de conducir de Pete, que no se despegaba de la fabulosa máquina plateada en ninguno de los giros que aquélla daba.
Ambos coches corrían como el viento por las calles oscuras.
El Rolls se metió por un solar abandonado, zigzagueó por debajo de los pilares de la autopista, corrió por encima de los raíles del tren. No consiguió librarse de Pete. Entró contra dirección por calles de un solo sentido e intentó vencerles en velocidad en la línea recta del paseo marítimo.
Pero nada podía escapar a la determinación de Pete.
Finalmente Hatch realizó un intento desesperado por alcanzar la autopista. La entrada dibujaba una curva cerrada a la izquierda debajo de un puente voladizo. Por un momento, pareció que el huidizo delincuente lograría el propósito.
Pero Pete, en rápido movimiento, colocó el Fiero delante del Rolls, cuando éste tuvo que frenar para coger la última curva cerrada. Hatch se desvió para rodear al Fiero, pero pegó contra la esquina de la entrada, salió despedido de costado contra la barandilla de hormigón de la autopista, y se paró en seco temblando y envuelto en una densa humareda.
Ty saltó al instante del Fiero. Abrió de un tirón la puerta del Rolls y extrajo a Hatch arrastrándolo por el cuello de la camisa hasta el Fiero y lo metió en la parte trasera, sentándose a continuación sobre él.
—Me parece que Hatch ya se ha enterado de quién tiene las ruedas más ligeras —comentó.
Kelly contemplaba admirada a Pete y sonrió a Ty mientras regresaban al garaje.
Cuando llegaron, todo el mundo estaba en la puerta. Tiburón y los Pirañas se habían quedado a un lado, esperando. Bob vigilaba a los prisioneros. Pete añadió al grupo al aún medio aturdido Hatch.
—¿Alguien ha llamado a la policía? —preguntó Ty.
Bob hizo un signo de asentimiento.
—Júpiter ha dicho que lo haría.
Peter miró a su alrededor.
—Eh, ¿dónde está Júpiter?
Un terrible gemido surgía del garaje. Júpiter estaba de pie, desolado, en medio de los vehículos destrozados. Miraba los restos de algo irreconocible. Bob supuso de que se trataba.
—¿Es tu nuevo Honda?
¡El pequeño coche azul y blanco era un montón de chatarra! Hatch lo había golpeado cientos de veces.
—¡Me he quedado sin mis cuatro ruedas! —gemía Júpiter—. ¡Y ya no me queda dinero!
Los demás consolaron a su jefe como mejor pudieron. Ty le prometió que le ayudaría a buscar un coche nuevo.
—Debe existir un seguro —le dijo—, y además pensaremos en el modo de ganar un poco de dinero extra — sonrió—. ¿Has llamado a la policía, Jupe?
Éste suspiró.
—Cuando he visto el coche me he olvidado de todo —logró hacer asomar una débil sonrisa—. Bien, al menos hemos descubierto el taller clandestino y te hemos librado de culpas, Ty.
De súbito, una serie de coches de la policía aparecieron por ambos extremos de la calle. Los agentes saltaron de su interior con las armas empuñadas hacia el grupo formado por los muchachos y sus prisioneros. Iban encabezados por el detective Colé y el sargento Maxim.
—¡Eh! —exclamó Ty—. ¡El sargento Maxim cree que al fin me ha atrapado con las manos en la masa, chicos!
Y con una amplia sonrisa, Ty alzó ambas manos en una burlona rendición.
Los Tres Investigadores se echaron a reír.
FIN