CAPÍTULO 2

Un verdadero desastre

Júpiter y Pete no conocían al hombre alto de rasgos enérgicos que miraba irritado a Ty, pero en cambio sabían perfectamente quien era el otro, más bajo y de pelo negro. Se trataba del detective Roger Colé, de la policía de Rocky Beach.

—¿Qué pasa, detective Colé? —preguntó Júpiter.

—Éste es Ty Cassey, el primo de Júpiter —explicó Pete—. Viene de Nueva York.

—Tu primo tiene un problema, Júpiter —dijo el detective Colé. Era un hombre bajito con amistosos ojos azules y una sonrisa que inspiraba confianza, pero en aquel momento estaba muy serio y señaló con la cabeza al hombre alto—: Éste es el detective sargento Maxim, de la brigada antirrobo de coches, chicos.

El sargento Maxim miró al detective Colé y a continuación a Pete y Júpiter.

—¿Conoce a esos chicos, Colé?

—Sí, sargento, y el jefe también.

—¿Y quiénes son? —estalló el sargento.

—Son una especie de detectives aficionados —explicó Colé—. Durante estos últimos años, nos han ayudado en multitud de casos.

Júpiter alargó al asombrado sargento una de las nuevas tarjetas que había diseñado.

—La mayoría de las veces encontramos cosas que pierde la gente, otras desciframos sucesos extraños y resolvemos problemas como éste, sargento; pero en ocasiones hemos ayudado al comisario Reynolds en casos más graves —explicó Júpiter.

No le dijo al sargento que Los Tres Investigadores habían empezado a trabajar incluso antes de iniciar la escuela secundaria, ni que la policía se había encallado numerosas veces en un callejón sin salida, hasta que Júpiter, Pete y Bob habían hallado la solución.

El sargento Maxim contempló la tarjeta.

—¿Queréis decir con esto que el comisario permite que unos adolescentes se mezclen en casos policiales?

—Más bien lo que ocurre es que nos traen casos de cuya existencia no teníamos ni idea —aclaró Colé.

—Muy bien, pero será mejor que se mantengan apartados de mis casos —gruñó el sargento Maxim—. Y empiezo con éste. Léale a este tipo sus derechos, Colé.

El detective Colé le explicó a Ty su derecho a guardar silencio y a tener un abogado, y le previno que cualquier cosa que dijera podría ser usado en su contra ante un tribunal.

—Muy bien. ¿Quieres explicarnos qué haces conduciendo un coche robado? —interrogó Maxim. Jupe intervino rápidamente.

—Quizá será mejor que esperes a hablar con un abogado, Ty.

Tía Matilda, que había guardado un silencio absoluto desde la aparición de los dos detectives, palideció.

—¿Un abogado? —exclamó; luego miró a Jupe y a Pete—. ¿No pensaréis...?

—No necesito ningún abogado —intervino Ty mientras se echaba a reír—. Se trata de un error. Apuesto a que el hermano del tipo denunció el robo del vehículo sólo porque he tardado un poco más de la cuenta en llevárselo. Probablemente piensa que me estoy divirtiendo en alguna parte.

—¿Un tipo? —preguntó el detective Colé.

—¿Quieres hacer el favor de empezar por el principio, muchacho? —dijo el sargento Maxim.

—¿Por qué no? —respondió Ty—. No tengo nada que ocultar. Anteayer estaba caminando por Oxnard y me paré en un bar para tomar una cerveza y escuchar un poco de música. Tocaban un rock tan bueno que me quedé y me puse a hablar con el tipo ese... Tiburón, o algo así. Nunca me fijo mucho en los nombres. Nos hicimos amigos. Le dije que venía a Rocky Beach a ver a mi prima. Cuando estaban a punto de cerrar, me preguntó si le quería hacer un favor y, de paso, obtener algo de dinero.

Ty sonrió.

—Me gustó la idea, de manera que escuché. Al parecer, tenía el Mercedes de su hermano y le había prometido devolvérselo al día siguiente. Según él, se había encontrado a una chica que iba a Santa Bárbara que tenía su propio coche. Luego me pide que traiga el Mercedes a su hermano, aquí a Rocky Beach, que él paga la gasolina y que me da cien dólares por todo. ¿Quién le dice que no a eso, eh?

El sargento Maxim le interrumpió:

—¿Dices que nunca le habías visto antes?

—Yo nunca había estado en Oxnard, sargento —asintió Ty—. Ni tan siquiera había oído hablar del lugar.

—Eso fue hace dos días —intervino el detective Colé—. ¿Cómo es que todavía tienes el coche?

Ty sonrió nuevamente.

—Aquella noche era tarde y ayer hacía un día tan endiabladamente estupendo, que me di un baño y contemplé el paisaje. Yo digo, ¿para qué sirve, si no, un día bonito?

—O sea que te has dado una vuelta por ahí, ¿eh? —comentó el sargento Maxim—. Has hecho turismo, vaya.

—¿Y hoy? —preguntó el detective Colé.

—Ayer noche dormí en el coche y esta mañana he venido a ver a mi prima —respondió Ty—. A continuación, me proponía devolver el coche al hermano de Tiburón.

Y sonrió de nuevo. Un pesado silencio cayó como un plomo sobre el Patio Salvaje. Pete y Júpiter se miraron mutuamente. Tía Matilda no parecía de humor para mirar a nadie. Pero el sargento Maxim miró a Ty.

—Esto es una bola como una casa —comentó al final—. Si piensas que vamos a creer...

—Escuche —intervino rápidamente el detective Colé—, ¿por qué no vamos a hablar con ese hermano, sargento?

—De acuerdo —dijo, sombrío, Maxim—. Vamos.

—Si el coche es robado, sargento — se interpuso Júpiter—, y Ty dice la verdad, el hermano de Tiburón no admitirá nada delante de la policía.

—Pero no pensamos dejarle ir solo —declaró el sargento Maxim.

—Ve tú primero, Cassey —decidió el detective Colé—. Haz exactamente lo que harías si no supieras que nosotros te vigilamos. Júpiter y Pete pueden ir contigo. Di que son amigos que te van a traer de vuelta. Estaremos prevenidos.

Ty asintió y saltó al interior del pequeño descapotable 450 SL de color rojo. Pete y Júpiter se dirigieron al Fiero negro que el primero había reconstruido casi a partir de sus pedazos. Aunque Pete no había tenido bastante dinero para repararle las abolladuras ni pintarlo, el motor estaba en buen estado.

Ya fuera del Patio Salvaje siguieron a Ty. La policía iba detrás, en un Dodge Aries sin identificación.

Se dirigieron a la parte Este de la ciudad, cerca del puerto. La dirección que Tiburón le había dado a Ty resultó ser una especie de tienda de alimentación regentada por hispanos, en un pequeño barrio de Rocky Beach poblado por una serie de pequeñas casas pintadas de colores brillantes, bares con jardín y algunos moteles destartalados.

Un letrero medio borrado en la puerta de la tienda decía que el propietario era un tal José Torres. Ty detuvo el Mercedes delante de la tienda. Pete se paró detrás, mientras los dos detectives se mantenían alejados, fuera de la vista. Una pequeña muchedumbre ya había llegado y se arremolinaba alrededor del resplandeciente vehículo cuando Ty se dispuso a salir.

—Yo me quedo a vigilar los coches —dijo Pete.

Júpiter siguió a Ty al interior de la tienda.

Dentro, unos cuantos clientes examinaban las frutas exóticas y las verduras: mangos, papayas, frijoles, tomates e hileras colgantes de pimientos verdes, rojos y amarillos. Un hombre de tez oscura, delgado, que estaba detrás del mostrador, los miró fríamente: no eran como los clientes habituales. Ty le dedicó su mejor sonrisa y un gesto amistoso.

—¿El señor Torres? Buscamos al hermano de Tiburón.

—¿Ah, sí? —se limitó a contestar el otro. Mediría un metro y medio de estatura, era esquelético y una voluminosa manzana de Adán le sobresalía de un cuello rugoso como el de un pollo asado. Sus ojos oscuros eran casi tan negros como su pelo. Miró primero a Júpiter y luego a

—Tiburón me pagó para que trajera el Mercedes a su hermano desde Oxnard —continuó Ty—. Me dio esta dirección.

Torres se encogió de hombros. Dio media vuelta y gritó hacia una habitación interior:

—¿Quién conoce a un tal Tiburón? ¿O a su hermano?

Dos jóvenes hispanos de aspecto duro y hostil surgieron de la habitación. Habló sólo uno de ellos:

—Ninguno, Joe.

Joe Torres volvió su atención a Ty.

—No, amigos. No conocemos a nadie con este nombre.

Ty había cesado de sonreír.

—¡Lo tienen que conocer! Tiburón me dio esta dirección. ¡Tengo ahí fuera el coche de su hermano!

Torres movió la cabeza y se echó a reír.

—Estás loco, gringo. ¿Quién tiene un coche así en este barrio, eh? No andas bien de la mollera, amigo.

De repente, Ty se abalanzó al otro lado del mostrador y asió a Torres por la camisa.

—¡Miente! ¿Me oye? ¡Tiburón me dijo que viniera aquí!

—¡Eh! —exclamó Torres, intentando librarse de Ty con un empujón, pero el otro era más fuerte de lo que parecía—. ¡Nació! ¡Carlos!

Antes que los dos aludidos llegaran a moverse, el sargento Maxim y el detective Colé habían irrumpido en la tienda y agarrado a Ty. Júpiter supuso que habían estado escuchando la conversación con un detector de sonido hipersensible, como el que él mismo había comprado para el equipo de Los Tres Investigadores.

Torres pegó un brinco hacia atrás y fijó sus ojos airados en Ty.

—¡Realmente estás loco, gringo!

—Loco —repitió el sargento Maxim—. ¡Y ladrón! Póngale las esposas, Colé. Nos lo llevamos detenido.

Ty se quedó inmóvil, estupefacto, mientras Colé le ponía las esposas. Miró a Júpiter, moviendo la cabeza como indicando que él no había robado el Mercedes, mientras los detectives lo sacaban afuera.

Lo introdujeron en la parte trasera del coche policial, separada de la delantera por una reja metálica. Las puertas no tenían manecillas interiores. Ty quedó encerrado como si estuviera metido en una jaula de monos.

El sargento Maxim arrancó con Ty dentro mientras Colé les seguía a bordo del Mercedes. De pie, en la acera, detrás de Júpiter, Joe Torres gritó:

—¡Gringo, estúpido y loco!

Los dos individuos más jóvenes —Nació y Carlos—, se quedaron en el umbral de la tienda mirando a Júpiter. Pete le llamó desde el Fiero.

—Vámonos de aquí, Júpiter.

Pero Júpiter se enfrentó a Joe Torres.

—¿Sabe, señor Torres? Me pregunto por qué Ty tenía su dirección. Alguien se la debió dar, ¿no cree?

Torres le miró iracundo.

—Fuera de aquí, chico. ¡Vete!

—Quiero decir —insistió Júpiter—, que mi amigo es nuevo en esta zona. Acaba de llegar del Este, por tanto...

El rostro de Torres enrojeció de rabia.

—Eres un bocazas, ¿oyes? ¡Nació! ¡Carlos! ¡Vamos a darle una lección a este pequeñajo de boca grande!

Los tres hombres avanzaron amenazadoramente hacia Júpiter.