CAPÍTULO 3

Bob y Lisa... y Karen... y

—¡Listillo! ¡Bocazas...! —empezó a increparle Joe Torres mientras le empujaba por la acera, haciéndole retroceder. —Me parece... —intentó protestar Júpiter. Torres le empujó nuevamente.

—A ti, nada te parece, muchacho. Te vas a meter en un buen lío con esta maldita bocaza que tienes.

Detrás del propietario de la tienda, Nació y Carlos sonrieron desagradablemente. Pero, en el momento en que Torres lanzaba la mano para empujar de nuevo a Júpiter, éste, con un rápido movimiento, separó los pies, colocó la pierna derecha hacia atrás en la posición miqi shizentai del judo y agarró a Torres por la camisa, haciéndole perder el equilibrio. Giró bruscamente y, con un movimiento hacia la derecha, lanzó al propietario de la bodega por los aires tirándole sobre la acera como un saco de patatas, en la más pura caída tai otoshi.

Torres soltó un gemido al golpear contra el cemento y quedó tendido de costado, medio desvanecido. Nació y Carlos habían quedado paralizados.

Sin esperar a que se recuperaran del asombro, Júpiter echó a correr hacia el Fiero. Pete ya tenía el coche en marcha y la puerta abierta. Júpiter saltó al interior de un brinco y salieron a toda velocidad.

—¡Menuda torta! —comentó Pete mientras conducía el coche fuera del barrio.

—Un tai otoshi —explicó Júpiter riendo—. Lo practicamos la semana pasada en la clase de judo.

—El judo es bueno, pero el kárate es mucho mejor.

—Cuando baje de peso con la nueva dieta, también aprenderé kárate.

Pete no respondió. Las dietas de Júpiter constituían tema de chistes continuos. Comenzaba una y, casi sin dar tiempo a Bob y Pete a que se enteraran, ya la había abandonado. Pero como Júpiter no toleraba bromas con su peso o con sus dietas, sus compañeros habían aprendido a guardar los comentarios para sí.

—¿Crees que ese Torres miente, Jupe? —prefirió preguntar Pete.

—Estoy seguro, lo cual significa que, probablemente, Ty está diciendo la verdad. Hemos de sacar a Ty de la cárcel para que nos ayude a demostrar su inocencia.

—Será mejor que también llamemos a Bob —propuso Pete.

Cuando llegaron al Patio Salvaje, corrieron hacia la caravana para llamar a su compañero por teléfono.

Antaño, el viejo remolque había estado oculto bajo montañas de chatarra y objetos de segunda mano; pero, desde que Júpiter había computerizado el contenido del almacén, los chicos lo habían despejado de todo cuanto lo cubría y lo habían sacado a la luz. Como protección habían instalado una cerradura electrónica, una alarma contra robos, una unidad de control contra averías electrónicas, dos ordenadores y un aparato de aire acondicionado.

La madre de Bob les dijo que éste estaba en la empresa de caza talentos conocida como Rock Plus, donde trabajaba. Pero lo único que consiguieron por teléfono fue la respuesta del contestador automático de la empresa, en el cual, después de unos segundos de música rock a todo volumen, pudieron escuchar la voz de Bob que, esforzándose en ser oída en medio del estruendo, recomendaba dejar su mensaje.

—Probablemente busca un batería —comentó Pete—. Dice que a todos los que tocan la batería les falta un tornillo.

—Volveremos a llamar más tarde —decidió Júpiter—, Ahora, vamos a ver a tía Matilda para hablar de Ty.

Avanzaron por el patio hacia la oficina. Así que entraron, tía Matilda les miró con expresión angustiada.

—¿Dónde está Ty? —preguntó.

—Se lo llevaron detenido, tía —respondió Júpiter.

Él y Pete describieron todo cuanto había ocurrido en la tienda de alimentación, con excepción de la triunfal demostración de judo a cargo de Júpiter.

—¡Entonces, ha robado el coche! —exclamó ella irritada.

—Nosotros no lo creemos —replicó Júpiter—. Estamos convencidos de que Torres miente. Hemos de sacar a Ty de la cárcel para que pueda ayudarnos a probarlo. Es el único que puede identificar a Tiburón. Tendremos que llamar a su abogado, tía.

Ella movió la cabeza.

—Todavía no, Júpiter. En realidad, ¿qué sabemos de Ty? Ni siquiera sé si es realmente mi primo. Antes de hacer nada, voy a llamar a mi prima Amy y comprobar su historia.

—Pero rápido, tía, de lo contrario perderemos la pista —urgió Júpiter—, Estaremos en el taller.

Y se fueron por el patio hacia el taller que Júpiter había tenido siempre en un rincón, cerca de la caravana. En la actualidad, tenía techo y paredes, y se había convertido en un verdadero centro electrónico. Júpiter había instalado una derivación telefónica hasta el remolque, una antena parabólica en el techo, y abarrotado el interior de todo cuanto equipo detectivesco había construido y comprado.

—Vamos a llamar otra vez a Bob —dijo cuando llegaron al taller.

—No —interrumpió Pete—. ¡Mira eso! —Un antiguo Volkswagen rojo entraba en el patio con un par de piernas femeninas asomando por una de las ventanillas.

El escarabajo venía seguido por un reluciente y nuevo VW Rabbit descapotable, con otras dos muchachas. Una de ellas iba sentada en el asiento posterior, detrás del conductor, agitando una toalla de baño. Las dos chicas saltaron del coche y corrieron hacia el escarabajo, en cuanto éste se detuvo. Bob Andrews surgió de la puerta del conductor, agitando los brazos en dirección a sus amigos. Tres chicas más, con pantalones cortos y la pieza superior de un bikini, saltaron por la otra puerta del antiguo VW.

—Vamos a celebrar una fiesta en la playa, chicos —anunció Bob, con todas las chicas pisándole los talones—. ¡Poneos el traje de baño y vámonos!

—¿Una fiesta en la playa, ahora? —preguntó Júpiter mirando a las cinco chicas arremolinadas detrás de Bob.

—Tienes un amigo muy guapo, Bob —dijo la más bajita de todas mientras se acercaba a Júpiter.

Medía poco más de metro y medio, y era delgadita y vivaracha. Tenía el pelo rubio y corto, y sus grandes ojos azules sonreían a Júpiter. A éste, que no medía gran cosa más, le gustaban las chicas menudas, pero nunca dejaba de enrojecer como un pimiento cuando alguna le sonreía.

—Yo... yo...

—Hoy tengo clase de kárate, Bob —interrumpió Pete—. Además, sabes que a Kelly no le gustan las fiestas en la playa con demasiada gente.

—Es primavera, Pete. Olvida el kárate. Vamos a la misma clase, ¿recuerdas? —dijo Bob riendo—. Atrévete a decirle a Kelly que, por una vez, vas a hacer algo que tú quieres hacer. Cuando se reúna con nosotros, le gustará.

—Nos divertiremos muchísimo juntos —insistió la chica bajita que continuaba sonriendo a Júpiter.

Júpiter se tornó de rojo a blanco.

—Yo... nosotros... quiero decir... —y engulló saliva penosamente—. ¡Bob, tenemos un nuevo caso! La policía cree que el primo de tía Matilda es un ladrón de coches. Lo han detenido y encarcelado. Hemos de descubrir quienes son los verdaderos ladrones para redimirlo.

—¿Un caso? —preguntó Bob con los ojos brillantes—. ¿Ladrones de coches?

—El abogado de tía Matilda sacará a Ty de la cárcel —continuó Júpiter—. Eso nos permitirá investigar mejor toda su historia.

—¿Historia? —repitió Bob—. ¿Qué historia?

—A menos que Ty no sea un falso primo —intervino Pete—. Es posible que ni siquiera sea primo tuyo, Jupe.

—¿Es que nadie me va a decir de qué estáis hablando? —exclamó Bob—. ¿Primos? ¿Historias?

—Vaya... —dijo Pete en tono falsamente inocente—... ¿y qué pasa con tu fiesta de la playa?

Una chica alta, pelirroja, que había venido en el coche sentada al lado de Bob, comentó:

—Bob, ¿vamos?

—Los chicos tienen un caso, Lisa —dijo Bob.

—¿Vamos a celebrar una fiesta en la playa, sí o no? —interrumpió otra.

La bajita se dirigió a Júpiter:

—¿No quieres venir con nosotras?

—Nosotros... nosotros... hemos de ayudar a mi primo —logró balbucear Júpiter—. Quizá más tarde...

—Júpiter tiene razón, chicas —añadió Bob—. La fiesta la podemos organizar mañana, ¿no os parece? Ahora he de ayudar a mis amigos. Formamos un buen equipo.

—Vinimos en tu coche, Bob —se quejó Lisa—. ¿Cómo vamos ahora a volver a la cafetería?

—Cabéis todas en el coche de Karen —replicó Bob—. Nos veremos más tarde, ¿de acuerdo, Lisa?

Las chicas parecían enfadadas. Bob las acompañó al Rabbit descapotable y agitó la mano en señal de despedida mientras se alejaban. Cuatro de ellas correspondieron con sendos ademanes. Sólo Lisa, la pelirroja alta, estaba realmente enfadada. Bob se apresuró a reunirse con Pete y Júpiter.

—Bien, oigamos de qué se trata y será mejor que valga la pena. Las chicas se han ido sacando chispas, especialmente Lisa.

Esbelto y atractivo, enfundado en unos pantalones a cuadros y un jersey amarillo brillante, era evidente que acababa de salir de su trabajo en Rock Plus Inc.

—¿Estás seguro de que no has de volver al trabajo? —preguntó Pete sarcástico—. Quiero decir... camino de la playa.

Desde que había dejado su trabajo de media jornada en la biblioteca, Bob había cambiado sus gafas por lentes de contacto y había entrado a trabajar en la empresa de caza talentos de Saxon Sendler. Había estado tan ocupado compaginando su trabajo con su vida social, que nunca encontraba tiempo para acercarse al Patio Salvaje, lo cual irritaba a Pete; ambos solían discutir por dicha cuestión a menudo. Júpiter tenía que esforzarse en hacer de mediador para conseguir mantener el equipo entero.

—Tu madre nos ha dicho que estabas trabajando —se interpuso Júpiter rápidamente.

—Lo estaba —replicó Bob—, pero a Sax le ha salido un trabajito en Los Ángeles para el resto del día y me ha dicho que no me necesitaba. Así que me he parado en la cafetería y he recogido a las chicas. Y ahora, decidme, ¿qué pasa?

Júpiter le contó toda la historia, incluyendo lo que había explicado Ty acerca del porqué estaba conduciendo un Mercedes, cuando en realidad había cruzado el país haciendo autostop y no tenía ni para pernoctar en el más barato de los hoteles.

—Esta historia cojea por todas partes —admitió Júpiter . Pero no es fácil que se haya inventado el nombre de Tiburón, ya que es el nombre en español de este temible escualo. ¿Quién será? —Quizás el tipo sabía que el coche era robado y dio un nombre falso —sugirió Pete. —Quizá no —replicó Bob—. Aquí, en Rocky Beach, hay uno al que llaman Tiburón. ¡Tiburón y los Pirañas!