12

Mi tierra tiene hortensias…
La semana siguiente se realizó la ceremonia de cierre del curso. Pero como en ese nivel yo solamente había hecho algunas clases técnicas en las mañanas, no recibiría diploma, ya había recibido un certificado. De todos modos fui a felicitar y despedir a los amigos que se iban. Sólo que, cuando estaba distraída conversando con un grupo, escuché mi nombre por el micrófono. Me llevé un susto. Miré hacia la mesa y allá estaba el profesor Tim con un rollo en la mano. Hizo una señal con la cabeza para que me aproximara. Me acerqué y le dije:
—Yo ya recibí el certificado.
—Ya lo sé —me respondió—, pero quise entregarte este diploma en tus manos. ¡Te felicito!
Nunca entendí por qué hizo eso. Tal vez porque en el fondo sabía que aquel sencillo curso había tenido un valor especial para mí. Y ese podría ser el lado bueno del SIDA, pensé, hacer que uno salga de lo común y consiga ver las cosas desde un prisma diferente.
También me despedí de la gente del dorm. Alrica me regaló un disco de reggae de la banda de su mamá y yo le dejé una carta diciéndole que había aprendido muchas cosas con ella y que su voz era una bendición, que nunca dejase de cantar.
Llevé también una tarjeta para el doc Gust, agradeciéndole todo lo que hizo por mí. Le conté que había logrado terminar el curso y se puso muy contento. Me preguntó que cómo me había ido con la especialista y le contesté que bien, que no habían encontrado nada en mi riñón.
—¿Y ella era buena? —me preguntó él.
—Da para el gasto. Pero muy bueno… aquí sólo está usted.
—¡Qué cosas dices, Val!
—Verdad, doc. Usted es muy especial. Si yo pudiese, me lo llevaría a Brasil.
—Ah, muchacha… sigue cuidándote, ¿eh?
—Ya, me voy a cuidar.
—Y no te olvides de seguir sonriendo siempre.
—Ya, también cuidaré eso.
Me mudé a casa de Helen. Al principio tenía un poco de vergüenza, me sentía intrusa. Aunque ella me daba plena libertad, sentía vergüenza de abrir el refrigerador cuando tenía hambre, vergüenza de prender la TV cuando quería, pero después terminé acostumbrándome.
Me matriculé también en una academia de gimnasia. Ahora que tenía todo el día libre, sería bueno hacer ejercicio más regularmente. Continué estudiando inglés por mi cuenta. No sabía con certeza qué iba a hacer de ahí en adelante. Antes de decidir cualquier cosa, necesitaba saber el resultado de los CD4.
En las tardes generalmente salía con Lucas. Aprovechamos bien aquellos días. Conocimos el Zoológico de San Diego, considerado uno de los mejores del mundo; fuimos a otros parques, playas, cines, shows, restaurantes, museos. ¡Todo una maravilla!
Un día regresando de esos paseos, nos quedamos en la casa. Comimos algo y después nos sentamos a la mesa para mirar un nuevo tarot que Helen había comprado. Diferente de los otros que yo conocía, sus figuras eran lindísimas, parecían verdaderas obras de arte. El tarot de Aleister Crowler, “el espejo del alma”. Nosotros continuábamos con el juego de leer las cartas de vez en cuando y, si nos juntábamos los tres, nos quedábamos hasta tarde riendo y conversando. Pero esa tarde la Helen no se encontraba, entonces Lucas me pidió que yo le leyese las cartas a él. No es que yo supiera, pero teníamos un libro que explicaba el significado de cada carta. Para comenzar, era un excelente ejercicio de inglés, ya que el vocabulario no era nada fácil. Nos quedamos leyendo y conversando hasta que, en medio de nada, dije:
—¿Sabes, Lucas?, voy a echarte mucho de menos cuando te vayas. Es una pena que vengamos de lugares tan diferentes. Si yo pudiese, me gustaría quedarme para siempre cerca de ti.
¿Para qué? En ese momento él no dijo nada, hasta puso cara de “sí, es verdad”. Pero al día siguiente llegó a la casa como loco, todo nervioso, diciéndome que necesitábamos conversar, que esa situación no podría quedar de esa manera… que no era bueno vernos todos los días, a cada rato. Y me enojé:
—¡Entonces no te aparezcas más por aquí, ya!
—No es eso, tú no entiendes.
—No entiendo nada. Si somos amigos, ¿cuál es el problema de salir juntos?
—¿Y es que sólo somos amigos, realmente? Yo ya no concibo quedarme un día sin verte. Los domingos, en el cine, ¡nos quedamos todo el tiempo de manos tomadas!
—Ah, qué gran problema, ¿no? ¿En tu país los amigos no se toman las manos, ah?
—No es eso…
—¿Qué es lo que estás pensando, Lucas? Vamos a hablar en inglés claro: ¿crees que nosotros vamos a terminar enrollándonos? Si fuera ese el problema, ¡ya te dije que no voy a tener ningún rollo contigo!
—Yo tampoco.
—Entonces, listo, ¿para qué este tremendo lío?
—Tú dijiste el otro día que yo te gustaba…
—Ah, ¿entonces no querrías gustarme? Tú eres mi mejor amigo ¿y no me puedes gustar? ¿Quién me debería gustar entonces? ¿Algún enemigo?
—El problema no es el gustar, es la manera de gustar.
—El problema ahora es la manera. ¡La manera! —yo ya estaba gritando.
—Eso es, yo no sé en verdad de qué manera nos estamos gustando.
—¿De qué estúpida manera? Eso de la manera no existe. ¡Las personas se gustan y punto!
—¡Dios mío, sí existe una diferencia!
—¿Qué diferencia?, ¡pucha!
—No te creo que no lo entiendas…
—¡No lo entiendo! Al comienzo tú vivías diciendo que para que las personas sean amigas de verdad —y mira que eso es muy raro hoy en día— tenían que entregarse, confiar, gustarse realmente unas a otras. Y ahora que nosotros llegamos a ese nivel, ¿tú quieres qué? ¿Volver atrás? Entonces, está bien, de aquí en adelante vamos a ser amigos nada más que de buenos días y buenas tardes.
—Valéria…
—Ya te he dicho que mi nombre no es Valêria. Si no lo sabes pronunciar bien, no me nombres. ¿Y quieres saber algo más? —fui hasta la entrada de la casa y abrí la puerta. —¡Sal de aquí!
Él me miró destruido (no sé por qué, ya que fue él quien armó todo el bochinche) y salió. Y además, di un portazo con toda mi fuerza. ¡Qué mierda! ¿Por qué las personas tienen que complicarlo todo?
Algunas horas más tarde llegó Helen. Me preguntó qué cara era ésa y que dónde estaba Lucas. Le conté todo.
—Sí, ya lo venía observando. Ustedes están en una situación complicada. Pero al final, ¿de qué manera te gusta él?
—Tú también con esa historia de la manera. Me gusta, simplemente. Me gusta conversar con él, subir montañas, estar cerca de él.
—¿Sólo eso?
—¿Cómo que sólo? Yo pensaba que si alguien te gusta así ya es una gran cosa.
—Pero existe una gran diferencia.
—¿Qué diferencia, Helen?
—El sexo.
—¡Ah, la gran mierda!
—Valéria, el sexo no es una mierda.
—Para mí lo es. Quiero decir… qué sé yo. Creo que esperaba otra cosa. No un “¡Oh, Dios mío, vamos a ver estrellas en el cielo!”. Creía que, por lo menos, uno debía sentirse cerca, muy cerca de la persona con quien estaba teniendo relaciones. Pero no pasó nada de eso, muy por el contrario, me sentí extremadamente sola. Y sentirse sola cuando se está sola es penca. Pero sentirse sola cuando se está con alguien es infinitamente peor.
—Pero eso sucedió en el pasado. No significa que te va a pasar siempre. Tal vez un día encontrarás a alguien que te haga sentir de otra manera. ¿Y si esa persona fuese Lucas?
—¿Sinceramente? No lo creo. Él está muy confuso. Y yo tengo SIDA…
—¿Y para qué existe el condón?
—No es solamente eso, él está prácticamente casado, vivimos a miles de kilómetros de distancia y… además no sé si estaría preparada. Ya hice esa estupidez de tener relaciones sin pensarlo bien y aprendí que las consecuencias pueden ser catastróficas. Y fíjate que no estoy hablando sólo del SIDA y ETS. No. Estoy hablando de una cosa llamada sentimiento. Tal vez algún día cambie de idea. Pero, mientras tanto, las cosas van a quedarse como están.
La conversación llegó hasta ahí. Y por si estás pensando ahora: “¡Oh, ella renunció a los placeres de la carne!”, puedes ir parando pues no es nada de eso. Es sólo que siempre pensé que una relación sexual debería tener un motivo especial. Total, un orgasmo solamente por el orgasmo, yo lo puedo obtener muy bien solita. Además, antes de continuar con esto, déjame contarte una historia.
Cuando yo tenía unos cuatro o cinco años, comencé a hacer una cosa. Nadie me la había enseñado. No sé ni cómo la había descubierto. Solamente la hacía y punto. Y era mi secreto. No hallaba la hora de que ocurriera. Cualquier hora era buena. Era sólo estar así, medio jugando. Cruzaba las piernas y las apretaba bien fuerte. Tan fuerte, tan fuerte, hasta que de repente veía como una luz. Y esa luz pasaba por todo mi cuerpo. Era tan intensa que me hacía temblar. Y cuando acababa, yo quedaba cansada, pero feliz.
Lógicamente, yo no tenía idea de qué se trataba. Solamente sabía que era rico. Muy rico. Mágico. ¡Era eso! —ésa era la llave para que cuando yo creciera pudiera transformarme en Jeannie es una genio.
Algunos adultos, sin embargo, empezaron a retarme: “Deja de hacer eso, niñita. ¡Qué cosa más fea!”. No entendía por qué era feo. ¿Será que ellos no veían la luz? ¿O no lograban ver su belleza? Cierta vez, mi mamá llegó a decir que “aquello” era asqueroso. Y mi papá, cuando mi hermanita le preguntó lo que yo hacía, se rió y, confundido, le explicó: “Es como lo que hace la Tiquiña cuando juega con los cojines”. Tiquiña era nuestra cachorra. ¡Qué bien, ahora yo era igual a un perro! Llamé a la Tiquiña para tener una conversación profunda: “Mira, Tiquiña, ¿qué es eso que nosotras hacemos?”. La perrita no me respondió y yo seguí sin saberlo. La manera, entonces, fue dejar de hacerlo. Frente a los demás, por supuesto.
Allá por los doce años casi lo descubrí. Estaba jugando en la casa de una amiga, cuando unas chicas mayores soltaron la palabra masturbación. “¿Qué es eso?”, le pregunté a mi amiga, que tampoco sabía. Corrimos entonces al diccionario. Ma ma, mas, masturbación: “acto de fricción”. “¿Ah? ¿Entendiste? ¿No? Yo tampoco, no importa, vamos a jugar”.
A los catorce años, en una feria de ciencias, llevamos nuestro conejo Pafúncio, lindo, enorme, suavecito, entero blanco con la nariz rosada, para dejarlo algunas horas en exposición. ¿Pero no resultó que lo colocaron en una jaula muy cerca de una señorita coneja? Y listo, el animal se volvió loco. Y la muchachada se alborotó. Los chicos gritaban: “Anda allá, Pafúncio, dale una, muéstrale que eres macho igual que nosotros, ea, mastúrbate, viejo”.
Y fue ahí que me enchufé, masturbarse, “dale una”. Era aquello que el Pafúncio hacía, la Tiquiña, y que parece que el colegio entero hacía. ¿Pero por qué será que los niños podían hacerlo y hasta se vanagloriaban, y sin embargo nosotras, niñas, nos llevábamos puros retos? ¿Será que la mujer no podía hacer aquello? ¿Quizás yo era enferma?
Para complicar las cosas, durante toda la adolescencia, ninguna amiga tocó aquel tema. Tabú entre las niñas. Y yo, pobrecita, seguía encontrándome que era medio fallada. Sólo vine a darme cuenta de lo normal de la situación cuando empecé a hacer terapia. “Pero eso es lo más normal del mundo”, la Dra. Sylvia me explicó un día.
De una vez por todas seamos coherentes, la masturbación es natural, buena y segura. Dejemos a nuestros niños y adolescentes masturbarse libremente (aunque sea a escondidas en su pieza).
¡Y que todos nosotros encontremos la Luz!
Volviendo a la historia…
Al día siguiente de aquella discusión, teníamos reservas para un concierto. Estaba tan emputecida que pensé en no ir. Pero, imagínate, dejar de ir a un concierto, sobre todo de violín, que me encanta, solamente por causa de Lucas.
Helen quedó de encontrarme a las ocho. Me coloqué una fina blusa negra, zapatos, jeans, el pelo liso bien peinado, un lápiz labial y quedé excelente. ¿Excelente? ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¿Cómo es que no recordé que las personas acostumbran a ir a los conciertos con plumas y lentejuelas? Al principio, cuando llegué al teatro y vi aquello, quise cavar un hoyo y meterme adentro. Pero, pensándolo bien, ¿el concierto es para que la gente escuche música o para que las pavas exhiban sus falsos brillos? Levanté la nariz y salí caminando. Y lo más cómico de todo es que, ciertamente, yo estaba llamando mucho más la atención que cualquiera de aquellas viejas vestidas de “árboles de Pascua”.
Menos mal que la Helen también estaba más normal. ¿Lucas? Ni me fijé. Solamente miré su cara y le dije un formal: “Buenas noches, ¿cómo te va?”. Puchas, a veces soy tan infantil que hasta duele. Al momento de sentarnos, la chistosa de la Helen entró primero a la fila, obligándome a sentarme al lado de él. Pero ni por eso perdí mi aplomo. Continué tratándolo como si fuese un mero conocido.
El concierto fue maravilloso. La spalla y los otros músicos tocaban muy lindo. El sonido de los violines llenaba todo el ambiente y nuestras almas. Ah, las Cuatro Estaciones de Vivaldi. Dios debía estar muy inspirado cuando inventó la música. O cuando inventó cualquier forma de arte, el teatro, la pintura, la literatura.
Mucho más inspirado que cuando inventó el amor.
Lucas debe haber sentido la estupidez que había hecho, pues al día siguiente del concierto me llamó pidiendo disculpas, diciendo que las cosas no necesitaban ser de esa manera. Incluso hasta salimos algunas veces juntos. Subimos más montañas, conversamos en otros bares, pero nunca más fue igual.
Un poco antes de la Pascua, fue a la casa. Estaba yéndose de viaje por dos semanas. Me llevó un regalo y se despidió diciendo que regresaría a verme después del Año Nuevo. Pero yo sabía que aquella era la última vez que nos veríamos.
A mediados de noviembre salió el resultado de mi CD4 y había subido a 450. ¿Milagro? ¿Diferencia de laboratorio? ¿Coincidencia? No lo sé. Lo único que me importaba era que podría quedarme hasta fin de año. Con eso, entretanto, surgió un nuevo problema. ¿Y haciendo qué?
Ya había terminado el curso de inglés, el próximo paso sería la universidad. La Prueba de Aptitud allá no existe, sólo tendría que rendir el TOEFL, un examen de inglés para los estudiantes extranjeros. Pero, aunque lo pasara, todavía tenía aquel viejo problema: el tiempo. Yo ya tenía el SIDA desde hacía siete años, siete años. No existían registros de gente que hubiera vivido mucho más allá que eso. A todo reventar podrían ser doce años. Pero difícilmente conseguiría terminar una carrera y, aunque lo hiciera, no me quedaría tiempo para ejercer ninguna mierda de profesión. En todo caso, Helen insistió en que rindiese el examen y terminé inscribiéndome.
En ese tiempo, también surgió otro problema. El dinero que había ahorrado no duraría mucho más tiempo. Pensé en buscar otro empleo, llegué hasta a llenar fichas en algunos lugares, pero el problema era que teniendo visa de turista sería ilegal trabajar. Y yo no estaba dispuesta a vivir ilegalmente. Si regresase a Brasil, ¿qué es lo que haría allá? No quería trabajar más para mi padre, no sé si tendría algún sabor retomar el teatro. Podría, tal vez, conseguir algún empleo con mi inglés, dar clases a niños, hacer traducciones… Pero no podía olvidarme que, si alguien descubría que estaba con SIDA, corría serios riesgos de ser despedida. ¡Qué neura! Pensé que sería mejor quedarme allá en Estados Unidos donde al menos el prejuicio era un poco menor. ¿Pero y si me enfermaba?
Me sentí completamente perdida. Como si estuviese en una selva, sin caminos, sin mapas, sin nadie a quien seguir. Sin tener al menos seguridad de que había realmente algún lugar adonde ir. Busqué entonces un libro. No uno que hablase de remedios, tratamientos o la curación por el jugo de naranja. Sí uno que hablase de las personas. Algo simple, que contase cómo era el día a día de una persona con SIDA, lo que hacía, lo que pensaba, lo que esperaba. Pero no encontré ninguno. Caramba. ¿Es que nadie podía tener la bondad de escribir un libro de esos?
Hasta que ocurrió una tremenda suerte. Helen ganó en un sorteo dos pasajes de avión y estadía en un hotel para un fin de semana en San Francisco. Como tenía allí un amigo que había cuidado a un primo que había muerto de SIDA, me convidó a ir con ella. Excelente idea, me encantaría conversar con él y conocer la ciudad, que además era considerada como la capital del SIDA.
Greg, su amigo, nos estaba esperando en el aeropuerto. Me acuerdo que yo estaba ansiosa por conocerlo. La Helen me había dicho que él era una de esas personas que no acataba las reglas de la sociedad. A pesar de ser titulado (los dos habían seguido la carrera juntos), él vivía sólo de pitutos, a veces trabajaba de cocinero en un restaurante, otras ayudando en una oficina, otras salía a viajar por el mundo.
Lo encontré simpático. Tenía los ojos intensamente azules y una sonrisa de niño. Andaba con unos jeans viejos y un pañuelo azul claro en la cabeza. El primer día fuimos a su casa. Quedé encantada con los ventanales inmensos que ocupaban toda la pared y que iban hasta el techo, iluminando muy bien la sala, algo muy característico de allá. En la tarde dimos una vuelta por la ciudad. ¡Linda! Muchas casas, flores, subidas y bajadas, puentes, el mar, el muelle, la isla de Alcatraz. La gente también muy interesante, hippies, gays, punks, intelectuales. La vida cultural parecía ser muy intensa.
Al segundo día, la Helen le contó a Greg que yo tenía SIDA. Conversamos mucho, pero él encontró mejor llevarme a conversar con Anne, una fisioterapeuta que trabajaba hacía ya muchos años con personas enfermas.
Fuimos de noche a su consultorio. Greg nos presentó diciéndole que yo vivía hace tiempo con eso, que como venía de un país donde a las personas no les gustaba ni mencionar el asunto, quería más información sobre la enfermedad. Entramos yo y Helen a su sala. Anne se sentó frente a mí. Era una mujer pequeña, de mirada sabia.
—Bien, Valéria, lo que más me gustaría ahora es mirarte y decirte que las cosas no son tan malas. Pero, desgraciadamente, no puedo. Estar enfermo de SIDA es, hoy en día, una de las cosas más difíciles que he visto. Fuera de la enfermedad en sí, todavía existen muchos prejuicios y, en algunos casos, hasta abandono. Tuve muchos pacientes que murieron solos en hospitales o casas de apoyo sin la visita de un pariente, ni siquiera un amigo. ¿Alguien en tu familia lo sabe?
—Mis padres y algunos tíos.
—¿Y estarían dispuestos a cuidarte cuando estés enferma?
—Creo que sí.
—Eso ya es una gran ayuda. Vamos entonces al resto. Debes haber escuchado por ahí que después de desarrollada la enfermedad, la persona inevitablemente muere. En algunos lugares es exactamente así. Hay países subdesarrollados en que entre adquirir el virus, enfermar y morir no pasa más de un año. En los más desarrollados, sin embargo, existen casos que pasaron de los diez. Nosotros nunca sabemos cuánto tiempo tendrá una persona, y los remedios actuales no funcionan por mucho tiempo. Pero lo que quiero que quede bien claro es que ya existen personas que se enfermaron, llegando a la etapa terminal, como se dice, pero lograron recuperarse y vivieron varios años más. Tengo pacientes que ya estuvieron mal dos o tres veces y continúan luchando. Es difícil, las infecciones oportunistas son duras, el tratamiento es muy caro y, a veces, los efectos colaterales peores todavía. Pero algunos de ellos continúan firmes. No te imaginas la fuerza de esas personas: son verdaderos guerreros. Tal vez algunos alcancen a recibir nuevos tratamientos, quién sabe hasta la curación, otros lamentablemente no, morirán antes. Además, todos moriremos un día, pareciera como que el resto de la sociedad se olvidó de eso. Entonces, sólo tienes dos opciones: cuando enfermes, sentarte a esperar la muerte, o creer en algo y continuar la lucha. Ciertamente esa segunda opción es mucho más difícil y exige mucha fuerza. Y yo no te conozco, pero por el solo hecho de haber llegado a mí, a buscar información desde tan lejos, apuesto que tú serás del segundo grupo.
—Para ayudar —continuó ella— existen los grupos de apoyo. Aquí en Estados Unidos ya está más que probado que esas reuniones, donde tú conversas con personas que están en la misma situación, ayudan y mucho. Vas allá a intercambiar informaciones sobre la enfermedad, tratamientos, consejos de nutrición, consejos para protegerse de infecciones. Y, lo mejor, vas a recibir apoyo y conformidad de los otros. Incluso, es aconsejable que hagas algún trabajo voluntario en esa área, en una ONG (Organización No Gubernamental), por ejemplo. Que te involucres de cerca con la causa, con las personas. Quedarse viendo todo eso en la televisión, la mayoría de las veces da una idea equivocada.
—Otra cosa, ¿tienes un plan de salud que cubra los gastos del SIDA? Como ya te dije, el tratamiento es carísimo.
—Sí lo tengo.
—¿Y médico? ¿Un especialista de tu confianza, con quien te sientas relajada para hacerle preguntas, cambiar ideas?
—En verdad, no.
—Pues, trata de conseguirlo. Lo vas a necesitar. Y solamente una cosa más: haz planes, piensa en grande, ten objetivos. Por otro lado, vive cada día como si fuese el único, haz todo lo que quieras hacer, sin dejar nada para después. Aprovecha al máximo tu vida y sé feliz ahora.
—Carpe diem, ¿no? Ya lo sé.
—Entonces es eso, Valéria. Yo sólo espero haber contribuido en algo.
Ella me dio además un libro de un médico con quien trabajaba, y que hablaba sobre el asunto. Le agradecí. Nos despedimos, y Helen y yo regresamos a pie al hotel.
La noche estaba clara, pero fría. Las dos salimos un poco aturdidas. Creo que, en el fondo, esperábamos a alguien que pasara su mano sobre mi cabeza y dijera que no era tan difícil, pero había sido exactamente lo contrario. Parecía que yo me había zambullido en una piscina convencida de que el agua iba a estar tibia. Pero después de sumergirme, el shock: el agua estaba helada. Si iba a ahogarme, o acostumbrarme y salir nadando, sólo el tiempo podría decirlo.
Continuamos las dos andando por las calles de San Francisco. Volví a recordar al oso del Central Park. Él debajo del agua, sumergido en aquella piscina, yo mirando a través del vidrio. Esa agua debía estar muy fría.
Ya cerca del hotel, Helen sugirió que entráramos a un restaurante. Entramos y pedimos algo de comer. Cuando el mozo se retiró, ella dijo:
—¿Habrá sido buena idea haberte traído aquí?
—Claro, Helen, para ser sincera, fue un puñete en el estómago. Pero es mejor saber la verdad que quedarse fingiendo que nunca va a pasar nada. Ya estaba hinchada de esa situación, del asunto intocable, parece que todos quieren meterme debajo de la alfombra. Tengo SIDA, carajo, y ¿qué puedo hacer? Tú fuiste la primera persona que me hizo mirar de frente. Ahora, por lo menos, puedo hacer alguna cosa. Fue una tremenda ayuda haberme traído aquí. ¡Sí, de enorme ayuda!
Ella continuó ayudándome mucho más. En cuanto volvimos a San Diego, comenzamos a cuidar más la alimentación. Comida más natural e integral, frutas y verduras orgánicas, sin agrotóxicos.
Fui también a un grupo de apoyo específico para mujeres. Recuerdo que la primera vez conocí a otras personas con SIDA. Y, para mi sorpresa, eran normales. ¡Qué ridículo es eso! Claro que eran normales, así como yo también lo era. No sé por qué la gente insiste en la idea de que las personas con SIDA son androides. Conversamos bastante durante la reunión y eso me hizo bien. Era el comienzo del fin del ostracismo.
En otra ocasión me crucé con un individuo ya bastante enfermo. Tenía sarcoma de Kaposi en todo el cuerpo. Estaba hablando con un abogado, entrando a pleitear por haber tenido problemas en su trabajo. No logré comprenderlo. El tipo casi muriéndose, pero seguía luchando. ¿Por qué?
Tal vez porque sabía que detrás de él habían muchas personas. Aunque él muera, otros vivirán. Y si ninguno empieza a luchar por sus derechos, esa situación jamás cambiará.
Escribí a mis padres contándoles todo lo que había aprendido en esos días. Era un intento de educarlos. ¡Harta de ese silencio ignorante!
Deben haberlo recibido bien, pues cuando volví a llamar a mi padre, diciendo que quería quedarme allá por un buen tiempo, él estuvo de acuerdo. Incluso dijo que sus negocios estaban marchando bien y, en cuanto se me acabase el dinero, podría mandarme más.
El fin de año estaba llegando y, con él, el invierno. Ya había desistido de la idea de pasar Navidad con la tía Dete en Filadelfia. Allá el frío estaba de cortar, unos veinte grados bajo cero. Yo no estaba acostumbrada a eso y podía aumentar el riesgo de contraer una enfermedad. Acordé con ella que iría después, en otra ocasión. Con eso, por tanto, mis planes de ver la nieve se fueron al agua.
—Nada de eso —dijo la Helen— ¿no lo deseabas tanto?
—Sí, lo deseaba, ¿pero dónde voy a encontrar nieve aquí en California?
—Existe un lugar a unas cuatro horas de aquí. En las montañas. Podríamos pasar allí un fin de semana. Ya tenía pensado llevar a Thomas a algún lugar para esas fiestas. ¿Qué tal?
—¿Estás hablando en serio?
—Mira, sólo que no te puedo garantizar que esté nevando cuando vayamos. Pero, con seguridad, ya ha nevado y las montañas estarán repletas de nieve.
Fuimos en auto, un camino muy bonito, y a medida que nos íbamos acercando a la parte más alta, íbamos viendo las primeras señales de nieve. Un montoncito aquí, otro más allá. Más al frente, el techo de una casa todo blanco, y otro más, y otro más. La ciudad era un encanto. Nuestra hostería quedaba alejada del centro, en la parte más alta. Allí estaba todo blanco y el sol, aunque débil, hacía que todo se viera aún más claro. En cuanto Helen estacionó el auto, Thomas y yo salimos corriendo y nos lanzamos sobre el primer montón.
—¡Nieve! ¡Nieve! ¡Nieve!
Nos quedamos jugando arriba, tirándonos nieve, hicimos un muñeco y Thomas me enseñó a recostarme y hacer un angelito con el diseño de mi propio cuerpo en el suelo. ¡Qué suave era y qué helado! A pesar de los guantes, no pasó mucho rato antes de que ya no nos sintiéramos las manos.
Nuestro chalet era de buena calidad, tenía chimenea y todo. Pero en cuanto entramos nuestras cosas, fuimos a dar un paseo por el bosque que estaba al frente y se veía todo blanco. No encuentro palabras para describir lo que sentí andando en medio de todo eso. ¿Tú has realizado ya alguno de tus sueños? Entonces realízalo y vas a saber de lo que estoy hablando.
Cuando regresamos a San Diego continué con la rutina: gimnasia por la mañana, estudios por la tarde por mi propia cuenta y por la noche me quedaba en casa con Helen. Ella me estaba enseñando el significado de las lindas e intrigantes figuras del tarot. Los fines de semana hacíamos footing, íbamos a un cine o a un bar… Era agradable ese sistema de vida americano, que cada uno limpie su casa, que recicle su basura, que cuide de su medio ambiente.
Luego llegó el TOEFL, hice la prueba en un instante, pero el resultado sólo se sabría a fines de enero. Aunque pasara, sólo podría entrar a la universidad en septiembre. ¿Qué hacer hasta entonces? Para mayor complicación, Helen estaba con la idea de cambiar de empleo y de ciudad. Me puse a pensar en quedarme viviendo sola en San Diego, nada de agradable.
En ese tiempo leí el libro del médico que me había dado Anne. Daba regímenes alimenticios, hablaba de infecciones y tratamientos. Pero lo que más me llamó la atención fue que el médico se refería a sus pacientes como personas. No como meras cifras en la escala de un gráfico. Pensé en ir a consultarlo a San Francisco al inicio del próximo año. Era una idea.
Unos días antes de Navidad, entretanto, comencé a tener fiebre alta. Al principio no le di bola, creí que era algo común en el VIH, pero la fiebre persistió, siempre por la noche. Unos días después, al bañarme, sentí unos ganglios aumentados en el cuello. Tomé hora con la misma especialista de San Diego. Ella me pidió unos exámenes que estarían listos después del Año Nuevo.
Llegó Navidad. Helen fue a casa de su madre. Me invitó pero no quise ir. No conocía muy bien a esas personas y además quería quedarme en casa pensando. ¿Es esa la noche para estar en casa pensando?
En cuanto ellos salieron, cerré la puerta y apagué la luz. Sólo quedaron las lucecitas del árbol navideño. Me quedé un rato contemplándolo, muy bonito. Los americanos tienen la costumbre de adornar sus árboles.
Caminé por la sala: qué silencio, qué oscuridad. Encendí una vela con aroma a vainilla. Esas velas son una delicia. La llevé a la cocina. En las paredes, Helen había pegado unos dibujos que Thomas había hecho en la escuela. Otra costumbre de allá, el niño se pone muy orgulloso. En uno, un sol enorme, en otro un arco iris, en otro un pequeño con su madre. La psicología dice que se puede deducir mucho sobre un niño a través de sus dibujos. Seguramente es por eso que cuando crecen, los adultos dejan de pintar.
Fui nuevamente a la sala y me senté a la mesa. “¿Qué estará haciendo mi papá en esta noche de Navidad? Por lo menos alguna payasada. Eructando fuerte, por ejemplo, para que yo me muriera de vergüenza. El tío Dure debe estar jugando con Felipe, el cachorro, por la sala, la tía Ciça debe haber llegado con ese arroz maravilloso. Mi madre debe estar en Manaus con mis tíos, mi otra abuela en Corumbá con mis primos y la otra parte de la familia toda reunida en Río de Janeiro, allí se junta siempre un montón de gente… y yo aquí sola”.
Comencé a preguntarme si era eso lo que yo deseaba para los próximos meses, para los próximos años, para el resto de mi vida.
Apagué la vela y me fui a dormir.
En los días siguientes, todo de nuevo. Despertaba temprano, comía muy bien, avena, leche, granola, fruta, yogurt. Iba al gimnasio o caminaba por el inmenso campo pavimentado. Daba tres o cuatro vueltas, sintiéndome súper bien. Pero alrededor de las cinco o seis de la tarde, no había caso, tenía fiebre. Cada día más alta, 38, 39 grados, parecía que se me iba a quemar la cabeza. Me despertaba toda sudada, pero tomaba un baño y me sentía como nueva. Pensaba incluso que lo de la noche había sido una pesadilla. Volvía a la pista, daba dos o tres vueltas. “No voy a enfermarme, no puedo, y no he encontrado todavía un médico especialista que me guste”. Pero en la noche…
En el Año Nuevo fue peor. Esa vez no quise ni salir con toda aquella fiebre. Y de cualquier manera no le veía gracia a un Año Nuevo con frío. Estaba acostumbrada a ir a la playa a ver las fogatas, usar ropa blanca, liviana, andar descalza a media noche para tener suerte. Pero no allá, aquel tiempo cerrado, nublado. Me acordé también que dentro de poco llegaría el Carnaval. ¿Has pensado que hay un país que no tiene Carnaval? ¿Y el tuiuiú del pantanal? ¿Un baño de mar en las playas del Noreste? ¿Un paseo en barco por el río Amazonas? ¿Las hortensias del jardín de mi casa?
“Mi tierra tiene hortensias donde canta el zorzal
Las aves que aquí gorjean, no gorjean como allá”.
Al día siguiente tomé el teléfono:
—Papá, voy a volver a casa.
—¿Qué sucedió?
—Nada. Sólo quiero volver.
—Está bien, hija. Haz lo que quieras. ¿Y el pasaje?
Como creí que no iba a usar más el billete, que era válido por seis meses solamente, se lo había mandado para que él lo llevara a la línea aérea y ver si se lo cambiaban o si reembolsaban alguna suma.
—Me lo mandas de vuelta. Pero hazlo luego, ya que la validez es hasta el domingo 9, y ese es el último día en que puedo usarlo.
—¿Alcanzará a llegarte a tiempo?
—Sí. Mándalo por courier, llega en dos días.
El miércoles volví donde la doctora. Nuevamente no habían encontrado nada en mis exámenes.
—Va a ver que no es nada —dije—, es sólo la fiebre del SIDA.
—No. Esa fiebre está muy alta. Debes tener alguna infección. Vamos a tener que chequear tu riñón nuevamente. Voy a pedirte otro ultrasonido.
—He resuelto volver a Brasil. Me voy el próximo domingo.
—Tienes razón. No tenemos tiempo para hacer nada más aquí. Pero en cuanto llegues busca un médico —ella me entregó mi historia clínica y los exámenes que me habían hecho allá. —Dáselos a él.
—Muy bien, muchas gracias.
El jueves lo pasé en casa esperando que llegara el correo. Nada. El viernes: nada. Al final de la tarde ya estaba desesperada. ¡Mierda! ¡Qué mierda! ¡No va a haber tiempo para que llegue esa porquería! ¿Por qué será que siempre resuelvo todo a última hora? ¡Voy a perder ese avión… mi padre me va a matar! ¡¡¡Estoy jodida!!!
En eso escucho un ruido, miro por la ventana, una camioneta Federal Express. Salí corriendo y abrí la puerta. Un hombre venía en mi dirección con un sobre en la mano.
—¿Eso es para mí, joven?
—¿Tú eres Valé…?
—Sí, yo misma —dije arrebatando el sobre de sus manos. Vi el remitente: mi padre. —Mira chico, ¡muchas gracias, muchas gracias! Creí que ese sobre ya no llegaría. Espera un minutito, ¿ya? —Corrí a mi cuarto para buscar algo que darle: un chocolate suizo, excelente. —Mira, esto es para ti.
—¿Para mí? Pulento, ¡muchas gracias! Puchas, en veinte años de mensajero jamás vi a alguien tan feliz por recibir una encomienda. No lo tomes a mal, ¿pero qué es lo que contiene?
—¡Un pasaje, un pasaje de regreso a mi casa!
El domingo, Helen me llevó al aeropuerto. Ya le había explicado por qué había tomado tal decisión y ella lo había comprendido.
—Cuídate, ¿ya? Busca un médico y trata de continuar las cosas que estabas haciendo aquí. No te olvides de meditar bastante y, si es necesario, usa las cartas —ella me había regalado un tarot igual al suyo.
—Muchas gracias por todo. Y trata de ir allá para el Carnaval.
—Ya, lo intentaré. ¡Buen viaje!
El viaje en sí no fue muy bueno. Ardí de fiebre toda la noche. Me tomé un antifebril para bajarla, pero, como siempre, sudaba más aún y sentía un terrible malestar. Por suerte el avión no estaba muy lleno y pude ocupar tres asientos para recostarme.