7

“¡El SIDA mata!”. ¡Ya lo sé, por la cresta, pero estoy viva!

Él me miró con aquellos ojitos azules y dijo:

—Sí…

Bueno, creo que no se asustó. Y si se asustó, lo disimuló muy bien.

—¿Y hace cuánto tiempo? —continuó él.

—Yo lo sé hace cuatro años, pero lo tengo hace seis.

—¿Y cómo lo sabes?

—Es que yo había tenido relaciones sexuales sólo con una persona y no había tenido ningún otro factor de riesgo, transfusión, uso de drogas, nada.

—Sí. ¿Y estás con tratamiento médico?

—Sí. Quiero decir estaba, allá en Brasil.

—¿Y estás tomando algún remedio? ¿Tipo AZT?

—No.

—¿Por qué no? ¿Todavía no lo has necesitado?

—Sí… quiero decir, en verdad, la última vez que fui al médico, hace unos seis meses, él vio mis exámenes de CD4 y dijo que si continuaban bajando tendría que comenzar a tomar remedios.

—Sí. Y entonces…

—Entonces le dije que no sabía si quería tomar algún remedio. “Sí que vas a tomar, ¿por qué no?”, me dijo. Y entonces me fui y nunca más volví.

—¿No te gustó la manera en que te habló, fue eso?

—Sí, más o menos.

—¿Y por qué no quieres tomar AZT?

—Porque… —¿Sirve de algo tanta explicación?, los médicos no entienden nada de esto realmente. Creen que la salvación de la vida de los pacientes es tomar unos comprimidos y listo. La vida se pone maravillosa.

—¿Por qué, Val? —insistió él.

—Porque ese AZT no cura nada. Sólo sirve para prolongar la vida de las personas. ¡Y yo no estoy interesada en prolongar ninguna vida!

—Sí, pero ¿no querrías volver a repetir esos exámenes, sólo para que los verifiquemos?

—No.

—Pero, Val, ¿no encuentras que lo que estás haciendo es lo mismo que… —colocó la tablilla para afirmar papeles sobre sus piernas y se tapó los ojos con las manos— no querer ver?

—Sí, ¿y aunque así fuera? Aunque volviera a repetir esos exámenes y salieran bajos, no voy a tomar ningún remedio.

—Ya. Entonces quieres decir que por ahora sólo quieres curar tu tos, ¿es eso?

—Sí.

—Está bien. Entonces vamos a cuidar esa tos. Pero al menos tengo que pedirte una radiografía para ver cómo está tu pulmón. ¿Cierto?

Me saqué la radiografía, que estuvo lista en quince minutos. Regresé a su consulta.

—Hola, Val, no tienes nada en el pulmón. Y eso es muy bueno. Sólo que no puedo garantizarte que esta tos no tenga nada que ver con el VIH. Lo que voy a hacer es darte un antibiótico y un jarabe. Y la próxima semana, vuelves aquí para verte, ¿ya? Y en cuanto a lo otro, deberías ir pensando un poquito en lo que te dije de volver a repetir el CD4, sólo para chequearlo. ¿Qué crees tú?

Creo que él es muy educado y que no me hinchó.

—Ya, voy a pensarlo.

—Excelente. ¿Y no tienes ninguna pregunta que hacerme? ¿Tienes dudas sobre alguna cosa, algo que te gustaría saber? Yo no soy especialista en SIDA, tú sabes. Soy médico general. Pero aun así, lo que no sepa, lo puedo averiguar. Cuéntame un poco, ¿cómo es el problema del SIDA allá en Brasil?

Yo le conté, y nos quedamos conversando.

—Incluso —le dije— sí tengo una duda. Antes de venir acá, escuché unas conversaciones sobre que no querían que los VIH positivos extranjeros entraran a Estados Unidos. Yo intenté informarme, pero nadie logró explicarme bien esa historia. En el consulado me dieron la visa con toda facilidad, sin preguntarme si era portadora. Me gustaría verificar eso. ¿Tal vez usted me puede ayudar?

—Claro. Me voy a informar bien y el lunes, cuando vuelvas, te daré la respuesta.

—Ya, gracias.

—¿Vas a volver aquí el lunes, no? ¡Te voy a estar esperando! En caso que tengas algún otro síntoma, vienes antes, ¿bien?

—Ya. —Puchas, este doctor Gust era buena onda. ¿No te había dicho ya que los médicos estadounidenses eran buena onda? No se limitan a mandarnos a hacer las cosas. Siempre preguntan antes si queremos hacerlas. Salí aliviada. No solamente porque él había sido bueno, sino también porque ahora tendría alguien en aquella ciudad con quien conversar sobre eso.

A la semana siguiente regresé allá, con la tos curada.

—¡Doctor Gust, se me pasó la tos!

—Qué bueno, Val. Yo también ya me informé respecto a los extranjeros VIH positivos. El asunto es el siguiente: en verdad, el gobierno no quiere que esas personas entren al país. Temen que muchos comiencen a venir acá y sobrecarguen nuestros servicios de salud. Pero ya que estás adentro, con tu visa de permanencia correcta, puedes quedarte. Lo más que te puede pasar es que, más adelante, te pidan que te retires, pero nadie te va a tomar presa ni nada por el estilo, puedes estar tranquila.

—Está bien. Pero, en cuanto a quedarme a estudiar aquí, en la universidad, ¿cree usted que exista algún problema? —le pregunté.

—¿Cómo así? ¿Quieres saber si es ilegal asistir a clases?

—Sí.

—¡Claro que no, pues!

¿Claro? ¿Por qué claro? No lo veo nada de claro. Un año antes, en mi país, una niña de cinco años había sido expulsada del colegio simplemente por ser portadora del VIH.

Pero yo no le iba a contar eso. Era vergonzoso.

—Ya. ¿Entonces puedo quedarme tranquila?

—En cuanto a eso, sí puedes. Ahora estuve conversando con algunas personas que están más ligadas al SIDA y ellas también creen que es muy importante el control de las células CD4. ¿Has pensado ya en el asunto?

—Más o menos.

—Tú me habías dicho que allá en Brasil, fuera de el SIDA mata, no se habla gran cosa al respecto. Traje conmigo unos folletos y apuntes sobre el virus, la enfermedad, síntomas, tratamientos. Si quieres darle una mirada, yo te los puedo prestar. Algunos son demasiados técnicos, pero lo que no entiendas, puedes preguntármelo. ¿Qué encuentras tú?

—Muy bien. ¿Me los puedo llevar y se los devuelvo después?

—Claro. Y hay otra cosa que me gustaría que te hicieses: un test de tuberculosis. A pesar de que la radiografía no mostró ninguna anormalidad, debes haber escuchado que aquí en California hemos tenido problemas con la tuberculosis, por lo tanto, siempre es bueno chequear. El test es simple, se llama test de mantoux. Las enfermeras inyectan una pequeña sustancia sobre la piel y después de algunos días observan si hubo reacción.

—Está bien, lo haré. Incluso, antes de venir para acá, por exigencia de la universidad, me hice un test de tuberculosis. Pero no el de mantoux, sino uno en que analizan la sangre y salió negativo.

—Excelente, pero aun así me gustaría hacerte el otro. ¿Está bien?

Me hice el test y regresé a la casa con el material sobre el SIDA. En la noche cuando volví de las clases, comencé a leerlos. Algunos eran muy técnicos, como ya me lo había advertido. Hablaban sobre la evolución de la enfermedad, del período asintomático y del período con síntomas, cuando el paciente podría presentar fiebre, sudores nocturnos, diarrea y ganglios inflamados en el cuello (yo no presentaba ninguno de estos signos) y, luego, la aparición de las enfermedades oportunistas, como tuberculosis, neumonía, etc. Hablaban de la importancia del control de las células CD4 e indicaban el uso del AZT a pacientes que presentasen el CD4 inferior a quinientos. Hoy día esos conceptos han cambiado. Pero lo que más me llamó la atención fueron los folletos de las campañas. En lenguaje simple y directo, explicaban cómo era vivir con VIH/SIDA. Por más increíble que parezca, en ninguno de ellos vi la palabra muerte. Por el contrario, todos usaban siempre la expresión “personas que VIVEN con VIH/SIDA”, personas VIVIENDO con VIH/SIDA. Aquello me hizo clic en la cabeza.

Después de dos días regresé al centro de salud, para hacer la evaluación del test de mantoux: ninguna reacción. Lo que, según el doc Gust, no era una garantía total de que no tuviera el bacilo de Koch en mi organismo.

—Aún existe la posibilidad de que tu sistema inmunológico se encuentre muy débil y que por eso no reaccionara al test. Por eso mismo sería bueno que siguiéramos en contacto.

—Cierto.

—Y entonces, Val, ¿leíste todo lo que te presté? ¿Cómo lo encontraste?

—Mire, los más técnicos son iguales a los que leía en Brasil. Pero los folletos son completamente diferentes.

—Sí, me lo imaginaba, fue por eso mismo que te los di.

—¡Ellos hablan de personas que VIVEN con VIH/SIDA! —le dije algo incrédula.

—Por supuesto. ¿Y acaso no estás viva tú también?

Me reí sin ganas. Era difícil creer en eso, viniendo de un lugar donde la palabra SIDA se usaba como sinónimo de muerte.

—Val —dice el doc, aproximándose a mí—, ¿vamos a hacer un examen de CD4?

Yo miré aquellos ojitos azules y redondos, pensé un poco y respondí:

—Bien. Vamos.

—Excelente —dijo. —Sólo que hay una cosa. Éste es uno de los pocos exámenes que la universidad no cubre y cuesta alrededor de doscientos dólares. ¿Tienes algún plan de salud? Si no lo tienes, tendré que buscar alguna manera.

—Sí tengo, mi plan en Brasil cubre los gastos en el exterior. En cuanto a eso, no tengo problema.

—Magnífico. Te voy a pedir un examen de orina, para chequear si está todo bien. Y me gustaría hacerte un examen ginecológico. ¿Cuándo fue la última vez que fuiste al ginecólogo?

—Fue antes de venir acá, hace unos dos meses.

—¿Y estaba todo bien?

—En verdad, tenía algo, pero el médico me dio un remedio y sanó. Sólo que ahora parece estar volviendo.

—¿Qué cosa?

—Es… Ah, no sé el nombre en inglés.

—¿Cómo es?

—Son unos granitos muy pequeñitos. No pican, no duelen, no hacen nada, pero el médico me explicó que había que sacarlos. Y entonces me colocó un remedio y se acabó el granito. Es una enfermedad de transmisión sexual. Una ETS.

—Ah, ya sé. El nombre de eso es condiloma, causado por el HPV, o papilomavírus.

—Eso mismo. Es casi igual que en portugués.

Pausa.

Ahora te estarás preguntando qué hacía una niña de familia con una ETS. ¿No es acaso algo de prostitutas, de gente promiscua, o cuando mucho, cosa de hombres? ¿Y no se trata de algo tan ajeno, que la gente hasta se ríe cuando las oye mencionar? Imagínense sífilis, gonorrea, herpes. Pues sí, pero la verdad es que se trata de algo mucho más común de lo que las personas piensan. Y es, como su propio nombre lo dice, Enfermedad de Transmisión Sexual. Cualquier persona que tenga relaciones sexuales corre el riesgo de pegarse una. ¿Terrorífico, no? Yo diría que sí, si no fuera por el más grande invento de todos los tiempos: el condón. Gracias a él, las personas pueden seguir teniendo relaciones sexuales, disminuyendo mucho el riesgo de contraer una ETS.

Lamentablemente, algunos años atrás, yo no sabía nada de eso. Faltaba información, explicación y educación sexual, sobre todo en las escuelas. Y espero sinceramente que, a estas alturas, las escuelas y colegios se hayan dado cuenta de ello y, en vez de quedarse hablando sólo de problemas matemáticos, acentuación gráfica y el ciclo de las lluvias, hablen también un poco de sexo con los alumnos. ¿O quizás los adultos de hoy todavía creen que éste es un privilegio sólo de ellos?

El doc continuó conversando conmigo.

—Entonces ¿quieres decir que las verruguitas están volviendo?

—Sí, salieron dos.

—Bien. En tu caso, por tener el VIH, se hace más difícil curarlas. Pero si las tratamos adecuadamente, colocando el remedio una o dos veces más, van a sanar, ¿ya? Y dime, ¿cuándo fue la última vez que te hiciste el Papanicolau?

—¿Papanicolau? Nunca me lo hice.

—¿Qué? —Puchas, ahora sí que había asustado al doctor Gust. —¿Ningún médico te pidió ese examen? ¿Ni aun en tus condiciones?

—No. Es que en verdad, dejé también de ir donde el ginecólogo. Dejé de ir a todos los médicos, y solamente me estaba tratando con el médico homeópata.

—¿Homeo qué?

—Homeopatía —¿entonces, yo ya sabía su nombre en inglés? —Es una especie de medicina.

—¿Son hierbas?

—¡No, son gotas! Gotas y más gotas. —Él me miró asustado.

—Ah, es muy simple, vas, le dices todo a un solo médico, él te da las gotas y listo.

—¿Y fue ese médico el que te trató el condiloma y no te pidió el Papanicolau?

—Sí.

—Val, ¿sabías que una ETS es algo muy serio? ¿Y que a pesar de que el condiloma parezca algo inofensivo, puede favorecer —todavía más en tu caso—, la aparición de cáncer al cuello del útero?

—¿Ah, sí? —sólo eso me faltaba ahora. ¿Cáncer?

—Yo no estoy diciendo que estés con cáncer, pero es muy importante que examinemos eso a través del Papanicolau, el cual también puede detectar varias otras infecciones. Todas las mujeres deberían hacerse ese examen anualmente y, en tu caso, por ser seropositiva, deberías hacértelo cada seis meses. Es un examen muy simple, en el que recojo material y lo mando a analizar al laboratorio. El procedimiento no es muy diferente de un examen ginecológico de rutina.

—Bueno ya, me lo voy a hacer.

Fui a hacerme dicho examen. No existe nada más desagradable que esos exámenes ginecológicos. Pero, como todas las mujeres tienen que hacérselo, no tiene sentido rezongar. Lo que, en todo caso, no nos libra de cierta aprensión.

Me desvestí y me puse el delantal. La enfermera entró a la sala para ayudar a acostarme en la camilla. A esas alturas, ya estaba nerviosísima, pero, al tenderme, me encontré de frente a unas figuras humorísticas pegadas al techo. Las miré y me dio risa. Cuando el doctor Gust entró a la sala, ya me encontraba más tranquila. Estos americanos son muy habilosos.

—¿Podemos empezar?

—Sí.

—Entonces, ya. Voy a comenzar con el procedimiento —yo no sabía el nombre de aquello en portugués, mucho menos en inglés. Pero cuando comenzó, me di cuenta de que era ese famoso instrumento que usan para ver el útero.

—¡Aaaay!

—Calma, yo sé que esto duele, aguanta sólo un poquito más que ya voy a recoger el material. Listo, listo, ya lo estoy sacando. Se acabó, listo.

Quisiera saber quién fue el imbécil que inventó este instrumento. ¡Apuesto a que fue un hombre! ¡Si supieran cómo duele esto, no lo habrían inventado!

—Listo, ya terminó. Ahora solamente voy a poner un remedio en los granitos. Tal vez arda un poquito. ¿Ardió?

—No.

—Excelente. Creo que con una o dos aplicaciones más, terminaremos con ellos. Listo niña, ya estás libre de mí, puedes vestirte e ir al laboratorio para hacerte los exámenes de sangre.

Subí al laboratorio y me sacaron sangre. Tendría el resultado dentro de unos diez días.

—Pero vuelve la próxima semana para seguir tratando el condiloma, ¿ya? Y continúa sonriendo siempre, Val, tienes una sonrisa muy hermosa.

Este doctor Gust era realmente buena onda.

A esas alturas, ya había pasado un mes y medio y el primer nivel estaba terminando. Vinieron las pruebas finales y me preparé bastante bien. Ansiaba pasar al último nivel y terminar el curso. Algunos de nuestros amigos comenzaban a regresar. Hicimos entonces, una fiesta de despedida. Algo bien típico de la región, un churrasco de noche en la playa. Encendimos una enorme fogata a causa del viento frío que soplaba. Montamos la churrasquera y empezamos a hacer el asado.

—¿Churrasco? ¿A esto llaman ustedes churrasco, a una hamburguesa?

—¿Qué era lo que esperabas aquí en Estados Unidos?

—Yo quería una tajada de picaña.

—¿Pi qué?

—Olvídalo, creo que ustedes nunca vieron eso en su vida. Es una carne deliciosa de allá, de Brasil.

—¿Ah, sí? ¿Ya estás con nostalgia de Brasil, Val? —bromeaban.

—¡No! Solamente estoy con nostalgia de una picaña.

—Pues, así es como se empieza, ¿viste?

Nos comimos el proyecto de churrasco. La salvación fue una mayonesa muy buena que había hecho la Raquel. Después de comer nos sentamos alrededor del fuego. Aquella era la última noche de Peter y Andy con nosotros. Al día siguiente regresarían a Suiza. Ésta es la parte triste de hacerse de amigos de otras partes del mundo, el momento del regreso. Pasado un tiempo, nos habíamos transformado en amigos íntimos. Estudiábamos juntos, comíamos juntos, paseábamos juntos. Conocimos San Diego entero, visitamos Los Angeles, Las Vegas, Tijuana, la ciudad fronteriza con México. Conversamos sobre muchas cosas, nuestras casas, nuestras familias, nuestras costumbres, nuestros problemas (casi todos). Y ahora tendrían que regresar y probablemente no nos veríamos nunca más. ¡Qué pena! Pero, por otro lado, incluso era mejor así, ya no tendría que pasarme ocultando nada a nadie.

Me quedé mirando el fuego que ardía en la fogata. Aquel anaranjado vivo ondeando en la oscuridad. Hipnotizante. De vez en cuando una explosión y pequeñas chispas encendidas volando con el viento. Volando, volando hasta apagarse en la noche.

—Ey, amigos, esto se está terminando —dijo alguien.

—Qué pena, ¿no? Estaba tan bueno.

—Sí, ahora hay que volver a casa y seguir con nuestras rutinas. ¡Trabajar, juntar plata, casarse! —La Rosa vivía hablando de ese tal casamiento.

—Pues, yo voy a regresar a Barcelona, continuaré trabajando donde estoy, juntaré plata para abrir mi propio estudio. ¡Soy una mujer moderna! —dijo la Luli, provocando a su amiga.

Y todos comenzaron a hacer planes. La Carmen recién había comenzado la universidad y ya estaba pensando en un post-grado. Peter, con su vocabulario de inglés bastante mejorado, arrendaría una casa donde se iría a vivir con su polola. Marcos iba a terminar la universidad, casarse y vivir feliz para siempre. Andy continuaría soltero, solamente le interesaba trabajar, trabajar, ser promovido en el empleo y ganar mucho dinero. La Raquel, de aquí a unos meses, sería transferida a Boston, donde se quedaría un par de años.

—¿Y tú, Val, qué vas a hacer?

—Me voy a quedar aquí unos meses más para terminar este curso.

—Pero y después, ¿cuáles son tus planes para el futuro?

—¿Mis planes? Mis planes son… déjame ver…

—No me vas a decir que no tienes planes. ¡Todo el mundo los tiene! Anda, habla, ¿cuáles son tus planes para el futuro?

—¿Futuro? Sí… Bueno… ¡Ah, ya sé! Al final del verano voy a ver la nieve.

—¡¿Ver la nieve?! —Andy preguntó asustado.

—Es que nunca la he visto. En mi país no hay nieve. Yo soy de un lugar tropical, ¿te acuerdas? Para ti, que vives en Suiza y la ves todo el año, debe ser algo sin importancia. Pero, para mí, que jamás la vi, es algo muy especial.

—Me imagino —dijo, pero no se notaba muy conforme con la respuesta.

—Caramba, ¿podrá ser tan difícil entenderlo? Yo nunca había visto la nieve, puchas. Marcos tampoco nunca la ha visto. ¿Qué problema hay en eso? Y entonces le pregunté si él había visto el encuentro de las aguas de dos ríos de colores diferentes que se juntan pero que no se mezclan: el fenómeno de la pororoca. Le pregunté si había visto un boto rosado o un tuiuiú en medio del pantanal.

—¿Has comido bocaiúva o tacacá? Si ni siquiera sabes lo que es una picaña —bromeé.

—Está bien, está bien, ganaste. Puedes continuar con tus planes de ver la nieve a final de año. —“Ver la nieve”, repitió bajito para sí mismo, como si todavía le fuese difícil entenderlo. Sólo entonces me di cuenta de que la dificultad no estaba en comprender que yo nunca había visto nieve, pero sí en que esos fueran mis planes para el futuro.

Sí, tal vez debería ser como el común de las personas y tener planes de aquí a mil años. Visualicé mi calendario mental que marcaba 1993: septiembre, octubre, noviembre, diciembre, fin. Intenté estirarlo un poco más. Colocar enero, por lo menos. Pero no me resultó. Terminaba con el fin de año y punto. Después de eso, oscuridad. Paciencia, pensé, mis planes son: ¡VER LA NIEVE AL FINAL DEL AÑO! Y para mí, eso ya era muy bueno. Cada uno se las arregla como puede.

Finalmente salió el boletín y mis notas eran excelentes. Tuvimos una fiesta de clausura, cóctel, intercambio de direcciones y más despedidas. Qué pena, todos mis amigos estaban yéndose.

Llamé a mi papá para darle las noticias:

—Entonces es así, papá. Incluso ya me matriculé para el próximo nivel.

—¿Vas a hacer más cursos? ¿Estás pensando que yo soy un banco, ah?

—Qué banco ni qué nada. ¿Acaso no me dijiste que esa plata era mía por derecho, por el tiempo que trabajé contigo? ¿Ya cambiaste de idea? —Él dio un rezongo. —Ah, y hablando de dinero, te mandé un recibo de examen médico para que lo descuentes de nuestro plan de salud.

—¡¿Médico?! ¿Fuiste al médico? ¡¿Estás enferma?! ¡Ya lo sabía, me cansé de decirte que no viajaras ahora!

—No es nada de eso, papá. Fue una tos solamente. Y al final decidí hacerme aquel examen de inmunidad.

—¿Y cómo está? ¿Qué fue lo que dio? ¿Salió bajo? Creo que es mejor que vuelvas a casa. O si no, ándate luego a la casa de tu tía en Filadelfia.

—Cálmate, papá, todavía no está el resultado. —Maldita la hora en que fui a tocar el tema. Debería haber hecho como lo hacía en Brasil, no hablaba nada, decía que estaba todo bien e iba manejándolo. —Cuando tenga el resultado, te llamo, ¿ya? Entonces eso sería todo, aquí todo está óptimo, he paseado bastante y conocido lugares lindos.

—Lo sé, pero cuídate, ¿eh? ¡Y come!

Después de unos días regresé donde el doc. Por suerte el Papanicolau había salido normal, pero las células de CD4, según él, no eran muy satisfactorias. El último examen que me había hecho en Brasil dio alrededor de cuatrocientos, y este de ahora dio trescientos.

—Eso indica que tu inmunidad continúa bajando. Y tú sabes que ya estás de sobra en el minuto de tomar AZT, ¿o no lo sabes?

—No voy a tomar remedios. Y ya le expliqué por qué, ¿o no se lo expliqué?

—Mira, Val, estuve en un seminario de SIDA esta semana. Fui más que todo por tu causa. Conversé con otros médicos del área sobre tu caso y todos me dijeron lo mismo: “¡Ya debería haber comenzado con la medicación!”.

Me quedó mirando, esperando alguna reacción, pero yo permanecí estática. Él respiró hondo, pensando un poco, como si estuviese buscando algún otro argumento. “Puede inventar lo que sea”, pensé, “dudo que encuentre algo que me haga cambiar de idea”.

—Conocí una mujer en ese seminario —continuó él— y como tú, ella tiene el virus desde hace algunos años. Echa una ojeada a esto aquí —y me entregó una hoja de papel.

—Yo voy afuera a resolver una cosa y ya vuelvo. —Salió y cerró la puerta dejándome sola en la salita. Comencé a leerlo. Hablaba de una tal Amanda, una mujer que descubrió ser seropositiva hace algunos años. Y que después de salir del período de depresión, retomó su vida normal. Siguió su carrera y se casó con un hombre seronegativo. El matrimonio tuvo una hija, también seronegativa, y que en esa época ya tenía dos años. Amanda continúa trabajando, cuidando de su familia y viajando por el Estado, dando charlas sobre la mujer y el SIDA.

¿Casada? ¿Con hijos? ¿Trabajando?

El doc entró en la sala.

—¿Lo leíste?

—Sí.

—Pues bien, yo conversé con esa mujer en el seminario y ella me contó que, como miles de otras personas, tomó el medicamento y se sintió muy bien.

—Pero es diferente —dije.

—¿Diferente en qué? ¿Diferente por qué?

—Porque ella es diferente, puchas. Porque ella tiene una vida tan… tan… tan normal.

—Sí, es exactamente eso lo que estoy queriendo demostrarte. Que las personas que tienen VIH/SIDA también pueden llevar una vida normal.

¿Normal? ¡Normal! Creo que eso era todo lo que yo quería ser. Pero intenta ser normal escuchando todos los días el SIDA mata, el SIDA es el mal del siglo, vamos a terminar con el SIDA. Incluso pareciera que las personas se olvidaron de que el virus está dentro de mí, y que el SIDA sólo existe porque yo existo, y que si yo muriera, el virus también moriría. O sea, en cierta forma yo soy el SIDA. El SIDA mata. Es el mal de la humanidad. Es mórbido, es deprimente, es horrible. Vamos a terminar con el SIDA. ¿Cómo se puede llevar una vida normal escuchando eso a cada rato, leyendo eso en todos los lugares? ¿Cómo puedo pensar en seguir una carrera, casarme, tener hijos, construir cualquier cosa que sea, estando asociada a todas esas cosas horribles? Pero creo que el doc jamás entendería esto. A veces ni yo misma lo entendía. Me quedé quieta sin decir nada.

—Vamos a hacer una cosa: ahora te vas a la casa, y más tarde, lo piensas todo con calma. Al final de la semana, vuelves aquí y conversamos. Y de aquí a unos quince días repetimos el conteo de CD4. ¿Está bien?

Regresé con el papel de Amanda en la mano. Lo leí una vez más. Dejé el sobre en el escritorio y pensé. Me acosté en la cama y pensé. Anduve por la pieza y pensé, pensé, pensé… Amanda, la mujer seropositiva que vivía normalmente. ¿Cómo podía ser eso? Yo no lo sabía. Solamente sabía que era verdad. En algún lugar de este mundo las personas comenzaban a llevar una vida normal con VIH y SIDA.

Abrí el cajón y saqué un folleto de la campaña en la ciudad de San Diego que el doc me había dado. Lo releí. Empezaba hablando de lo amargo que era recibir un test positivo. Del período de profunda tristeza y depresión por el cual pasaban las personas al comienzo. Pero que recibir un test positivo de SIDA no significaba que todo había terminado, sino que acababa de empezar. Pues existían varias cosas que se podían hacer para aumentar la duración y, principalmente, la calidad de vida. Como por ejemplo, cuidados con la alimentación, práctica de deportes, ayuda de psicólogos o grupos de apoyo, tratamiento médico con un profesional de confianza, uso de medicamentos cuando sea indicado, etc.

Tal vez, entonces, ésa fuese la diferencia. Las personas allá no tenían que mirarse todo el día en el espejo y pensar: “Yo soy el mal del mundo”. Al contrario, estaban preocupadas de vivir lo mejor que pudiesen. Y, por el tono, había muchos otros que, aunque no tuviesen el virus, también estaban dispuestos a ayudar.

Es uno más de aquellos problemas culturales, pensé. La misma cosa manejada de manera diferente en dos lugares del mundo.

Me acordé del sermón que yo había dado a mi amiga Lim aquel día en la sala de clases sobre la imposición de los padres en China. “No puedes continuar de esta manera”, le decía, “¡tienes que cambiar!”. Sí, tal vez este problema del SIDA también necesitaría cambiar. Así como ya había cambiado en California. Me acordé de mi discurso inflamado de ese día: “¿No es el propio pueblo quien hace la cultura de un pueblo? ¿Y el pueblo no somos nosotros? Pues bien, si nosotros no estamos de acuerdo con tal cosa, vamos y la cambiamos”.

¡Cómo puedo ser tan imbécil! Estas cosas son diferentes en la práctica. Tal vez, cambiar la cultura de un pueblo era imposible. Me imaginé llegando a Brasil y diciendo: “Miren, descubrí una cosa, las personas que tienen SIDA son normales”. Antes de terminar habría sido apedreada. Y fue entonces que, sin querer, imaginé a la tal Amanda llegando allá y diciendo la misma cosa. Tal vez hasta fuese ridiculizada, pero eso no le haría gran diferencia, ya que ella creía en sí misma. Ella estaba llevando una vida normal y eso era lo que importaba. Sin considerar que, incluso hablando en forma más amplia, esa pequeña acción, aun en medio de nada, ya era algo. Ya era un gran comienzo.

Tal vez era eso mismo lo que yo debería hacer, empezar a creer que las personas con SIDA podían llevar una vida normal y listo. ¡Que el resto se joda! Pero el problema era: ¿podría ser que yo, que fui criada aceptando como cierta una determinada cosa, como una verdad absoluta, fuese capaz de hacerme un lavado cerebral, librarme de todo y comenzar a creer en otras?

Recuerdo una vez, cuando tenía 11 años, hice una investigación para el colegio que me marcó mucho. Hasta entonces, siempre que alguien me hablaba de baño yo lo asociaba con agua. Lógico, ¿no? En nuestra cultura, bañarse, limpiarse, es sinónimo de ducha, bañera, incluso de río, pero siempre agua. Pues bien, pensaba así hasta el día en que hice esa investigación sobre los pueblos nómadas del desierto y descubrí que ellos se bañaban con arena. ¿Arena? ¿Cómo puede ser? Jamás me había imaginado una cosa así. Pero, pensándolo mejor, tenía sentido. En el desierto no hay agua, sólo arena. Entonces la gente se limpia con arena.

Y ahí me di cuenta de que muchas de las cosas que la sociedad nos va metiendo en la cabeza como verdades, muchas veces no son así de absolutas. Entonces empecé a poner más atención a todo esto, y a ver cómo las personas, por vivir coartadas dentro de sus propias costumbres, se autolimitan. ¡Cuántas cosas se podrían mejorar si el hombre tuviera el valor de cambiarlas, en vez de quedarse diciendo: “Es así y siempre va a ser así”!

Cuando crezca, yo pensaba, no voy a ser de esa manera. Voy a hacer el esfuerzo de vivir viajando por los lugares más diferentes posibles, aunque sea a través de los libros. Entrar en contacto con otras culturas, creencias, conceptos, y así tener la oportunidad de cuestionar los míos y cambiarlos cuando sea necesario. Sólo así se puede ser realmente libre.

Y ese, en aquel entonces, era mi concepto de libertad. Casi, incluso, de felicidad. Lo que no esperaba era que estas creencias fuesen tan fuertes. Y, liberarse de ellas, quizás imposible.

Miré nuevamente el papel sobre el escritorio. ¿Lograría un día ser normal como Amanda? Se me llenaron los ojos de lágrimas y el pecho de desesperanza. Doblé el papel y lo guardé en el cajón.