8

Todo el mundo debería subir al Empire State Building
Terminado el primer nivel, me cambié a un dorm particular donde compartiría el baño con una persona más. Llené uno de esos formularios con la esperanza de encontrar mi par perfecto. Pedí compartir el baño con una persona silenciosa, no fumadora y americana, ya que quería perfeccionar mi inglés. Me colocaron al lado de una turca, fumadora y ruidosa. Escuchaba música a todo volumen hasta las tres de la mañana. Detalle: ¡la porquería de música también era turca!
Casi enloquecí. Aguanté dos días, pero al tercero fui a hablar con el administrador del edificio, que en realidad, era un estudiante de Administración. Un invento más de los americanos: en vez de pagar un salario altísimo por un administrador titulado, contratan un estudiante de la misma universidad como aprendiz y le pagan un sueldo menor. Este era Steve, un tipo de unos 25 años. Yo ya lo conocía.
—Escucha, Steve, ¿para qué me hiciste pasar dos horas llenando esa mierda de formulario si al final lo haces todo mal?
—¿No estás satisfecha?
—¡¿Satisfecha?! Pedí una pieza en un piso tranquilo con una suitmate no fumadora y que hablase inglés. ¡Ustedes me colocaron al lado de una fumadora, turca, que sólo habla turco, que hace reuniones en su pieza con más de diez turcos y para más remate su mierda de música en mi oído, sin parar! ¡Mira, te juro que no tengo nada contra los turcos, pero si quisiera aprender su idioma, me habría ido a Turquía!
—Calma, calma, no necesitas ponerte nerviosa, voy a ver qué puedo hacer.
—¡Verlo, no! ¡Sería bueno que lo resolvieras!
—Es que ya está todo prácticamente ocupado, ¡va a ser muy difícil!
—Bueno, entonces me devuelves la plata y yo me voy a otro lugar. —Era sólo una manipulación, pues a esas alturas probablemente ya no habría otro lugar adonde ir. Pero por la cara de él, parecía haber funcionado.
—Bueno, se hace difícil devolver la plata.
—Entonces, ¡me ubicas en otra pieza! —Él no me dijo nada y yo lo provoqué aún más. —Es muy gracioso, pero siempre escuché decir que Estados Unidos era el país donde todo funcionaba correctamente, donde todas las personas eran honestas; pues bien, yo me cambié para acá y pagué toda esa plata porque ustedes me garantizaron, entre otras cosas, que compartiría la pieza con una americana. Y vine acá a aprender inglés, ¿te acuerdas?
—Está bien, está bien. Voy a ver forma de arreglar esto. A pesar de que, después de todo este sermón, yo diría que tu inglés está excelente. Pasa por aquí como a las tres que ya lo tendré resuelto. Pero escucha, te advierto, un lugar tranquilo aquí en este dorm va a ser imposible.
—Está bien. Con que me coloques con alguien que hable inglés y no fume, basta.
Volví a las tres. Él estaba ocupado en su sala atendiendo a otra persona. Me senté en el vestíbulo a esperarlo. Hasta la entrada de este dorm era más bonita, parecía un hotel, con una pequeña recepción y un juego de sofás; frente a donde estaba sentada, dos ascensores. Me quedé mirando el movimiento. Varios estudiantes venían llegando con sus equipajes para el nuevo semestre de clases. Muchas maletas, libros, refrigeradores, hornos microondas, computador, teléfono. Todos haciendo fuerza y cargando sus propias cosas, inclusive las mujeres.
Después de unos instantes apareció Steve. Sostenía una llave y me llamó para que viéramos un nuevo cuarto. Tomamos el ascensor y fuimos al sexto piso. Excelente, pensé, era un piso más arriba. Cuando nos aproximamos, lo encontré mejor aún, era el último cuarto del corredor, y si hubiera mucho ruido, sería sólo por un lado. Él abrió la puerta y entramos. Como todos los otros, era una pieza rectangular, grande, espaciosa, con cama, escritorio, cómoda, un armario embutido con puerta de espejos. “Estos espejos me están persiguiendo”. Luego, al lado del lavamanos, la puerta del baño. Steve intentó abrirla, pero no lo logró. “Debe estar trabada por dentro”, dijo. “Vamos a entrar por la pieza de tu vecina”. El baño, que quedaba al medio, tenía puerta para los dos lados.
Fuimos a la pieza vecina, cuya puerta tenía un papel con un nombre, Alrica. Así se llamaba la que vivía allí. Golpeamos la puerta, pero nadie atendió. “Debe haber salido”, dijo él abriendo la puerta con la llave maestra. “Vamos a pasar por aquí sólo para abrir la puerta por dentro”. Di una mirada a la pieza cuando entrábamos: ordenadísimo. La persona que vivía ahí ciertamente era muy limpia y organizada. Mientras Steve abría la puerta del baño, di otra mirada y vi que, en la pared al lado de la puerta, había una enorme bandera de género con el diseño de una niña negra. Desde donde yo estaba, pude también notar que en el diario mural sobre el escritorio había varias fotos de personas negras. ¿Negra? ¿La persona que vivía ahí era negra? Ciertamente lo era.
Steve abrió la puerta del pequeño baño, que era prácticamente igual al que yo compartía con la muchacha turca del segundo piso. Pero con una gran diferencia: limpísimo. Destrabó la puerta por dentro y pasamos a la otra pieza.
—Y entonces, Valéria, ¿te quedas con éste?
¿Una negra? Me acordé de lo que algunas personas me dijeron antes de viajar: “Ten cuidado con los negros en Estados Unidos: odian a los blancos. Allá el racismo es por ambos lados, y es fuerte”. Pero también recordé que me habían dicho lo mismo cuando fui a Nueva York. Y allá nunca tuve problema alguno, al contrario, conversé con algunos negros y todos ellos fueron muy simpáticos. “Todo esto es tan ridículo”, pensé.
—¿Me quedo aquí o me quedo con mi pieza?
Era tan ridículo como, pensé después, lo que la tal Alrica haría si supiera que yo tenía SIDA.
Traje mi maleta a la nueva pieza y comencé a colocar la ropa en los cajones de la cómoda y en el armario, cuyas dos puertas corredizas eran de espejos. Me miré a “mí misma” del otro lado: “Es mi cara, ahora vamos a tener que acostumbrarnos la una con la otra aunque que sea a la mala”.
Fui a mirar por la ventana, que no era muy grande y quedaba al lado del lavamanos. La vista, hermosa, mostraba allá abajo una parte de la piscina y, al frente, el final de la universidad con varias casas, condominios y mucho verde. Ningún abismo.
Poco tiempo después, escuché una conversación en el corredor, abrí la puerta y me encontré frente a un grupo que conversaba. Entre ellos, una niña más o menos de mi estatura, de piel negra, de un tono mucho más oscuro de lo que yo estaba acostumbrada a ver por ahí, el pelo también de un estilo muy diferente, dividido en pequeñas trencitas esparcidas por toda la cabeza, la ropa muy colorida, un collar de hueso en el cuello y una argollita en la nariz. Hablaba bastante y reía mucho. Después de un tiempo, ellos se despidieron y, cuando ella se dio vuelta para ir a su pieza, vecina a la mía, notó mi presencia. Me acerqué presentándome sin muchos remilgos:
—Hola, mi nombre es Valéria, me mudé acá hoy… Voy a ser tu suitmate.
—Ah, mucho gusto —dijo ella estirando la mano y mostrando una gran sonrisa. La sonrisa más blanca que he visto. Extendí mi mano tocando la de ella.
—El gusto es todo mío.
—Qué bueno que llegaste, ya estaba curiosa por saber quién sería mi suitmate.. ¿Hace tiempo que estás aquí?
—En verdad, yo estoy en El Conc hace algunos días. Sólo que estaba en otra pieza. Pero pedí cambiarme, porque quería quedarme con una estadounidense.
Ella borró la sonrisa y por el tono de su voz vi que se había ofendido:
—Entonces te fue mal, porque no soy estadounidense.
—¿Ah, no? —Le pregunté esforzándome para esconder mi decepción.
—No. ¡Soy jamaicana!
—Ah… Bueno, pero, por lo que veo, hablas inglés perfectamente.
—Sí. El inglés es mi lengua. En Jamaica se habla inglés.
—Entonces está todo bien. En verdad, lo que yo quería es sólo eso, estar cerca de una persona que hablara inglés fluido y pudiese corregirme de vez en cuando.
—Ah, si es sólo eso, entonces está todo bien —dijo ella, sonriendo nuevamente. Y yo me sentí aliviada.
La convidé para que entrara a mi pieza y nos quedamos conversando. Era una persona simple y humilde, pero, al mismo tiempo, fuerte. Me contó que tenía diecinueve años y que había venido a San Diego a hacer su primer año de universidad. Su mamá y sus hermanas vivían cerca de San Francisco. Todos ellos habían venido de Jamaica hacía varios años, pues allá la situación económica era pésima y estaban pasando muchas pellejerías. Después de que llegaron a Estados Unidos, su mamá se casó “de mentira” (sólo en el papel) con un amigo americano para así poder quedarse de una vez por todas en el país. Le pregunté si no sentía nostalgia de Jamaica y me contestó que sí y que de vez en cuando iba allá a pasar las vacaciones. Pero que aún no se podía quedar definitivamente a vivir.
—Es un país muy pobre, no hay empleo, yo no tendría ninguna posibilidad de estudiar. Aquí, a pesar de no ser mi patria, puedo llegar a ser alguien en la vida. Y entonces, después de estar formada y en una situación mejor, quizás hasta pueda volver y ayudar a mi pueblo.
—¿Pero te gusta aquí o no?
—Más o menos. Quiero decir, que es bueno poder venir a la universidad. Yo tuve mucha suerte. Hace dos años mi mamá se casó con un americano, sólo que esta vez fue de verdad. La familia de él es rica, y entonces decidieron pagar mis estudios. Pero a veces es muy difícil vivir aquí en Estados Unidos; los americanos son muy racistas, más todavía conmigo, que soy negra, tú sabes…
—Sí, me lo imagino.
—¿Y tu país, es Brasil? Cuéntame de allá. Una vez hicimos un trabajo sobre él en la escuela. Hay mucha gente pobre allá también, ¿cierto? Gente que vive en las favelas. ¿No es así como se llaman? Pero parece que es un pueblo muy alegre. Tienen aquella fiesta, el Carnaval, ¿cierto? Sí, creo que es un clima parecido al de Jamaica, clima de reggae, ¿lo conoces?
—Claro, Bob Marley. —Ella empezó a cantar un trozo de música de él. Me impresioné. —¡Mujer, qué voz tienes! ¡Deberías ser cantante! —Ella lanzó una carcajada agradable.
—Ah, no. Creo que quiero ser enfermera.
—Suerte de tus pacientes, cuando estén deprimidos, tú les puedes cantar. —Ella se rió aún más.
—Mi mamá tiene una banda de reggae. Y yo estuve haciendo unos backing vocals por ahí, pero nada profesional. ¿Y a ti te gusta el reggae?
—Sí, me gusta mucho.
—¡Yo lo amo! El reggae para el pueblo de Jamaica es más que una música, es como si fuese un grito de guerra, una religión. Es algo muy fuerte.
—Sí, se puede sentir. Tan sólo la voz de los negros ya es algo especial.
—Allá en Brasil también hay mucha black people, ¿no es así? —pessoas pretas, éste era el término usado en inglés. Al contrario de Brasil, llamar negro a alguien en Estados Unidos es considerado ofensivo. —Es un país racista como éste? —preguntó ella.
—¿Racista? —Pensé un poco, no quería responder cualquier cosa. ¿Racista? ¿Racista? ¿Qué es realmente ser racista? ¿Cómo es tener una actitud racista? Caramba, esto es tan complejo, tan complejo, tan complejo, que ni dan ganas de pensarlo. La impresión que tengo es que se pueden pasar horas y horas hablando, discurseando, diciendo y contradiciendo, y nunca se va a llegar a ninguna parte. —Ah, qué sé yo, Alrica, tal vez. Algunas personas sí, otras no.
Ella, no dándose por satisfecha, insistió:
—Pero a ti, por ejemplo, ¿te importa el color de las personas?
Listo. Ella había conseguido resumir todo el problema racial en una sola frase: el color de las personas. Me quedé mirándola sentada frente a mí. Sus ojos vivos me encararon esperando una respuesta. Su pelo extraño, su nariz larga, sus labios gruesos. Un rostro negro. Un cuello negro. Un brazo negro. Una persona negra. En ese momento, sin quererlo, me acordé de una cosa divertida. Una de esas cosas que se quedan por años olvidadas en nuestra cabeza, hasta que un día, sin más ni más, afloran: todavía en primero medio, en el grupo de siempre, nuestra amiga Dé, rubia, sufriendo uno de sus ataques de rabia: “¿Por qué tenía yo que ser rubia? Dime, ¿por qué, por qué? Odio ser rubia, odio este pelo anaranjado, estas pestañas amarillas, estos ojos verdosos, esta piel blanca y transparente. Yo entro a un lugar y todo el mundo me mira: ¡Dios mío, una rubia! Qué porquería, ¿por qué no nací de otro color? ¿Por qué mi mamá rubia tenía que casarse justamente con mi papá rubio? Y allí no hubo caso: ¡yo nací rubia!”. Nosotros nos moríamos de la risa. Yo la abrazaba, la besaba y la embromaba: “Dé, no hagas caso de eso, nosotros igual te queremos rubia”. Era verdad, nosotros la amaríamos igual aunque ella fuese verde.
—No, Alrica, creo que no me importa el color de las personas.
—Entonces, ¿quieres decir que allá en Brasil tenías amigos, amigos realmente negros?
—No. En verdad nunca tuve ninguno. —Puso cara de decepción. Yo sabía que iba a quedar decepcionada. Pero no le iba a mentir. —Mira, cuando tú dices amigos de verdad, lo que se me viene a la cabeza son los amigos del colegio. Aquellos amigos con quienes pasas años y años juntos. Y como ya te expliqué, la gran mayoría de los negros en Brasil es pobre. Son muy pobres, no tienen dinero para ir a un colegio particular, menos todavía al mío, que era de clase media alta. Y entonces, por eso, no tuve oportunidad de hacer amistad con ningún negro.
—Lo entiendo. Yo también creo que los mejores amigos son los que hice en el colegio. ¡También hasta ahora, con casi veinte años, lo único que pudimos hacer fue ir al colegio! —Rió. Yo también, pero con nostalgia. Se levantó y fue hasta mi escritorio, miró mi diario mural: vacío. —¿Todavía no pegas las fotos de tus amigos en el panel? Puchas, lo primero que hice cuando llegué fue llenar el mío con las fotos de ellos. Ellos ni siquiera están tan lejos, pero me da una gran nostalgia. Pega ahí las fotos de tus amigos para verlas.
—Es… es que no traje ninguna.
—¡Ninguna! ¿Pero viniste de tan lejos, te vas a quedar tanto tiempo afuera y no trajiste nada, ninguna foto?
—Sí, es que en realidad, casi no tengo fotos de ellos. En estos últimos años no nos hemos visto mucho.
—Pero ellos todavía son tus amigos, ¿o no?
—Sí, creo que sí.
—Mmm. ¿Pero y aquí ya te hiciste de amigos?
—Sí, en el primer nivel. Una gente súper buena onda, pero ahora casi todos se fueron, solamente quedó un muchacho que ya conocía de las clases de conversación. Oliver, un suizo-francés, un buen tipo. ¿Y tú ya has conocido bastante gente?
—Conocí a los de este piso. Hay dos muchachos buena onda que viven ahí al frente. Y otras niñas más. Después te las presento. Hablando de eso, vamos a ir a una fiesta esta noche. ¿Tienes ganas de ir?
—Gracias, me gustaría mucho, pero ya me comprometí a salir con Oliver. Y es la última semana de él aquí en la ciudad.
—Ah, está bien, mañana o pasado hay otra y puedes venir. Aquí en la universidad, hasta que comiencen las clases, habrá muchas fiestas. Tú sabes que yo, como tengo menos de 21 años, no puedo entrar a los bares ni discotecas de la ciudad, por lo tanto tengo que quedarme sólo por aquí.
—Ah, es verdad, qué tontería, ¿no?
—Sí, es una cagada. Bueno, me voy. Tengo que bañarme y arreglarme para la fiesta. ¿A no ser que tú quieras usar el baño primero?
—No, no, entra primero.
—Entonces está bien. Después hablamos. Pasa por mi pieza mañana para que conversemos. Y mira, si hubiera cualquier cosa que a ti no te guste, tú sabes, alguna cosa que yo haga, vienes a hablar conmigo, ¿ya?
—Puedes quedarte tranquila. Y tú también, cualquier cosa, sólo tienes que decírmelo.
—Excelente, lo prefiero así, ya que vamos a ser suitmates, tenemos que ser sinceras entre nosotros.
—Yo también lo prefiero —concordé. Ella sonrió y se fue a su pieza. Y yo me quedé allí, pensando.
Sincera. ¿Estaría yo realmente siendo sincera? ¿Será posible compartir una suite con otra persona, transformarse en amiga de ella, no contarle que tienes el virus del SIDA, aunque esto no le cause daño alguno, y ser sincera? Tal vez solamente fuese la omisión de algo que no viene mucho al caso. Pero, dependiendo de la persona, podría ser considerado como una mentira, o, quién sabe, hasta como un crimen. Hay gente a la que simplemente no le gustan las personas con SIDA. ¿Y si Alrica fuese una de ellas?
Tuve ganas de llamarla de nuevo, decirle todo y ver cuál sería su reacción. Pero no podía olvidarme de que, dependiendo de su reacción, tal vez tendría que dejar aquel dorm; y si se complicaba mucho, tal vez hasta el país. No, era mejor no decir nada, ahora por lo menos. ¿No hablar, será eso una falta de sinceridad? ¿Podría algún día Alrica entender mi “falta de sinceridad”? Y tú, ¿lo entenderías?
Miré el reloj sobre el escritorio: siete y media. Oliver había quedado de pasar a buscarme a las ocho. Y ya estaba atrasada. Me di un baño rápido y bajé a encontrarlo.
Oliver era una persona muy divertida. Me encantaba salir con él, me hacía olvidar de todo y reírme siempre. Él había egresado de ingeniería. Pero, como no conseguía trabajo, había venido a hacer un curso de inglés. Cuando llegué al vestíbulo, ahí se encontraba esperándome, con su buen humor de siempre y su figura divertida. Alto, flaco, rubio, ojos verde-agua, la piel enrojecida por el sol, poco pelo y siempre sonriente. Y si salía, era para transformarse en carcajadas por los chistes que él mismo contaba. Nos fuimos en dirección al auto.
—¿Llevas tu pasaporte por si acaso queremos pasar a otro lugar más tarde? No quiero regresar temprano al dorm. Desde que llegaron los americanos, no se puede realmente dormir. Creo que estos fulanos piensan que están en Disneylandia. ¿Me creerás que ayer, a las dos de la mañana, jugaron un partido de básquetbol en la pieza vecina a la mía?
—Te creo. El otro día pasé por una pieza donde el tipo había pintado las paredes de morado y escrito encima unas cosas locas, con unas pinturas amarillas fosforescentes. Cuando se apagaba la luz, quedaba todo iluminado. Ahí le pregunté: “Escucha, ¿puedes hacer esto aquí en el dorm?”. “No”, dijo, “pero ya lo hice, ¿quieres una cerveza?”.
—Sí, cerveza. Esto aquí se transformó en símbolo de virilidad. Ya no beben por placer, beben para demostrar que son hombres y que están haciendo algo prohibido. ¿Además, se puede? Prohibir el trago antes de los 21 años de edad. Hasta parece que da resultado. Apuesto que cualquier muchacho de 19 años bebe mucho más que cualquiera de Europa, donde la bebida no es prohibida. Prohibición… Esto aquí está lleno de prohibiciones. Y después lanzan al mundo el ridículo slogan: “América es un país libre”.
Comencé a reírme. Me reía de la irritación de Oliver y también porque me acordé de la cara de estúpidos que pusimos la primera vez que fuimos a un bar en San Diego y en el que de repente sonó una campana. ¿Qué significa esto?
Ahí salió todo el mundo corriendo a comprar la última cerveza.
Entonces aparece el gerente del bar echando a todo el mundo para afuera.
Porque después de las dos de la mañana se prohibe vender bebidas alcohólicas.
Luego los bares no tendrán más ganancias.
Por lo tanto, se cierran las puertas.
Pero todavía quedan algunas discotecas abiertas.
Puchas, tampoco venden bebidas.
Total, no importa, ya que están todos borrachos.
Aunque, todavía la noche es virgen.
Mientras tanto, “América es todavía un país libre”.
¿Entendieron? ¿No? Yo tampoco.
Llegamos a la pizzería. Él estacionó el auto.
—Espera, Oliver. No puedes estacionar aquí, ¿no estás viendo el letrero de prohibido estacionar?
—¡Córtala! —él se bajó, dio la vuelta y abrió mi puerta. —¿Vamos?
—Te van a sacar una multa —le advertí.
—Este auto es arrendado, de ahí a que llegue el parte, yo ya estaré en mi casa, en Ginebra, esquiando en los Alpes.
—¿Oliver? ¿Un suizo haciendo esto?
—Todavía no has visto nada —dice riendo. Metió la mano en el bolsillo y sacó unos papelitos amarillos —éste no va a ser el primero. Vamos.
No me fui muy conforme. ¿Un suizo?
—Está bien, bueno. Normalmente yo no haría eso. Pero es que me estoy sintiendo insultado por este abrutado país. Al comienzo, cuando llegas, encuentras todo maravilloso. Pero después de pasar aquí cuatro meses, como ya los pasé, te das cuenta que no es todo así, no. Ya lo vas a ver, también vas a llegar a eso.
—Me doy cuenta. A decir verdad, hay algunas cosas que ya me están dejando levemente irritada.
Entramos a la pizzería, que quedaba dentro del área de la universidad. Sólo había estudiantes. Una jovencita sonriente nos vino a atender.
—Hola, ¿se encuentran bien? ¿Cómo están? ¿Una mesa para dos? Vengan conmigo, yo les voy a arreglar un lugar excelente. Aquí está el menú. Escojan tranquilamente. Y cualquier cosa, me llaman no más, ¿está bien?
Se fue. Y con eso Oliver no la perdonó.
—Esto es lo que llamo falsedad a la americana.
—Estás bien cargante hoy, ¿no? Ella sólo quería ser bien educada.
—Educada, ¡las pelotas! Ella solamente quiere vender muchas pizzas y ganarse una buena propina. Igualita a todas las vendedoras de este país. Apenas colocas un pie en una tienda y aparecen quinientas con aquellas vocecitas irritantes: —“Hola, ¿todo bien contigo? ¿Cómo estás? ¿Qué tal tu día?”. Hasta parece que ellas están muy preocupadas de tu día. Lo que quieren, yo sé, ¡es vender! ¡Vender, vender, comprar, comprar! Sólo piensan en eso. Nunca vi un país tan consumista. Inventan cualquier cosa que sea, aunque sea lo más idiota del mundo, y la ponen en las estanterías para venderla. Y lo peor es que las venden. Son millares de productos diferentes, productos iguales con pequeñas variaciones. —Él se rió. —La primera vez que fui a comprar una Coca-Cola, me acerqué a la mujer y le pedí: “Una coke, por favor”. “¿Cuál?”, dijo ella. ¿Cómo que cuál? Que yo sepa, hay una sola coke. Entonces ella explicó: “Tenemos regular coke, diet coke, cherry coke, caffeine free coke, diet coke with cherry, caffeine free diet coke, cherry caffeine free diet coke…”, quedé mareado. “No, no, deme una Pepsi solamente: “Diet pepsi, regular pepsi, cristal Pepsi?”. “Está bueno, está bien, deme solamente agua. Y puede ser directo de la llave, ¿me escuchó?”.
Tuve un ataque de risa. Él también se rió. Después se puso serio por un segundo y dijo:
—Está bien, está bien, nada de resentimientos —levantó el vaso de bebida. —¡Un brindis! ¡Un brindis por Estados Unidos y viva el comunismo! Oops, quiero decir consumismo.
—Oliver, vamos a terminar siendo expulsados.
Nos comimos la pizza, que no estaba muy buena. ¡Todas las pizzas de allá tienen gusto a pan! (¡Cielos, esta xenofobia se contagia!).
Tomamos el auto, que obviamente tenía un papelito amarillo en el limpiaparabrisas. ¡Un parte! Él lo sacó tranquilamente y se lo guardó en el bolsillo.
—Después somos nosotros, los brasileños, los que nos llevamos la fama de malhechores —reclamé.
—Está bien. Si eso te incomoda tanto, prometo no hacerlo más. Por lo menos mientras me estés mirando.
—Graciosito.
Después de pasar a un pub, volvimos a nuestro dorm. Nos quedamos en la sala de televisión de mi piso. Todavía no teníamos sueño y, aunque tuviéramos, no lograríamos dormir. Había un tremendo alboroto en los corredores. Oliver tomó el control remoto del televisor, lo encendió y empezó a cambiar de canal. En uno, una mujer vendiendo bisuterías —ordinarísimas— dígase de paso. En el otro, un dramón en un auditorio; en otro, una de esas peliculitas que se sabe que son comedia por las risitas imbéciles en off; en otro, deportes: campeonato de escupo a distancia. Nos pusimos a reír.
—¡La televisión de ellos era la mejor del mundo! Cincuenta y tantos canales. Cincuenta y tantos canales de pura basura.
—Cálmate, Oliver, ya estás casi volviendo, regresas a tu casa.
—¡Peor aún! —entonces comenzó a reclamar contra Suiza, que no había entrado al Mercado Común Europeo. Por algunos minutos, Oliver me habló seriamente sobre el asunto, con detalles. Pero no demoró mucho en hacer un chiste y volvió a las risas.
—Es que no logro encontrar una mierda de trabajo. Voy a tener setenta años y ellos seguirán diciendo: “Su currículum es excelente, pero no tiene experiencia”. Y ahora yo pregunto: “¿Cómo voy a tener experiencia si nadie me da trabajo?”. Puso cara de tonto y se largó a reír.
En eso, pasó Kef por la sala, un tipo de Filipinas que estudiaba Administración y era uno de los monitores del dorm. Nosotros ya habíamos conversado algunas veces, era muy simpático. Por coincidencia había pololeado con una brasileña hacía un tiempo atrás y había pasado unas vacaciones en Río de Janeiro.
—Hola, Val, ¿estás bien? ¿No viste a Steve por casualidad?
—No, no ha aparecido por aquí.
—Si aparece, dile por favor que estoy en mi pieza y que necesito hablar con él.
—Ya, yo se lo digo, sí.
Agradeció, se dio vuelta y se fue caminando. Me volví hacia Oliver, para continuar la sesión de estupideces. Pero cuando lo miré, me di cuenta que se había dado otro clima, tenía una expresión seria en su rostro mientras observaba a Kef retirarse por el corredor. Lo que demoró más de lo habitual, ya que andaba con muletas, arrastrando las piernas que casi no tenían movimiento propio. Era discapacitado físico. O mejor dicho, capacitado físico, porque me gustaría ver a cualquiera de nosotros, “los perfectos”, hacer lo que él hacía con esas muletas. Pero Oliver se desanimó y, cuando Kef se perdió de vista por completo, suspiró tristemente y comentó:
—Cielos, no sé cómo estas personas consiguen seguir viviendo. Imagínate lo difícil que debe ser tener una deficiencia como ésa, quedar parapléjico, perder un brazo, o una de esas enfermedades sin cura, como algunos tipos de cáncer ¡o SIDA! ¿Te imaginas? ¿Te imaginas tener que pasar tu vida sabiendo que vas a enfermarte, que vas a morir de eso y sin poder hacer nada? ¡Dios mío! Mira, yo admiro a esas personas, porque si fuese yo, no lo aguantaría. Ligerito me daba un tiro en la cabeza.
Me sorprendí con eso. ¿Justo Oliver, que era una de las personas con mayor sentido del humor que yo conocía, que estaba siempre alegre, y además, encontrándole la gracia a todo y haciendo reír a todo el mundo? Nunca lo había visto de esa manera. Pero más sorprendente todavía fue lo que yo dije:
—¿Qué es eso, Oliver? En esta vida la gente se acostumbra a todo.
¿Fui yo quien dijo eso? Sí, yo lo dije. Y me quedé pensando. Tal vez sea realmente verdad. Es sólo cuestión de detenernos a mirar alrededor y veremos que el ser humano es el animal más adaptable sobre la faz de la Tierra. ¿Si esto es bueno? No lo sé. Me quedé mirando a Oliver.
Tal vez él tiene razón…
Tal vez yo tengo razón…
Tal vez ninguno tiene razón…
Tal vez no existe razón alguna.
Cambiamos de tema. Oliver hizo más bromas. Me hizo reír y me olvidé de todo.
Al día siguiente desperté tarde y me fui a la piscina. Tomé sol y nadé un poco. A la hora de almuerzo encontré a Alrica en el restaurante del dorm. Almorzamos juntas y ella aprovechó para presentarme a unos americanos de nuestro piso que también estaban ahí. Frank, un rubio gordito con un corte de pelo muy moderno, rapado atrás y chasquilla sobre la frente, que después vino a saludarme. Fue sólo llegar y hablar a chorros. Sólo que por su jerga, yo no entendía nada. Sí identificaba algunos cool y algunos fuck en medio de las frases. Cool, fuera de fresco, en su jerga quiere decir bueno, un bacán tirando para bestial. Y fuck… bien, creo que todo el mundo sabe lo que significa. A pesar de que dicho así, a cada rato, libremente, creo que no significa nada. Es increíble cómo las palabras van perdiendo significado hasta transformarse en una simple forma de expresión. ¡Qué mierda! ¿Has pensado en que si cada vez que la gente dijera eso recordase el significado puro y literal de la cosa? ¡Chuta! Creo que nadie más lo diría, y menos lo escribiría. De cualquier manera, no deja de ser divertido imaginar la situación inversa: un americano viniendo acá y escuchándonos a nosotros decir: “¡No me hinchís las pelotas, por la cresta!”.
—¿Pueden ustedes hablar más despacio y más claro, que ella no es de aquí? —me socorrió Alrica.
—Oh, sorry. Where are you from, Val?
—Brazil.
—Brazil? Cool!
—It’s not cool, it is hot! —bromeó otro, bajito y moreno, haciendo un juego de palabras para dejarme confundida, todos se rieron. —¡Caliente! —agregó él, queriendo dárselas de sabiondo.
—No es caliente, su señoría. ¡Es quente! El brasileño no habla español, habla portugués.
El grupo dio unos cuantos chiflidos, haciéndole burla en su cara a Shark. Al final nos hicimos amigos. Como Frank, él estaba en segundo año de universidad e iba a especializarse en leyes. Tenían más o menos mi edad, veintitantos años. Pero a veces yo los encontraba muy infantiles. Usaban una ropa divertida, unos tremendos bermudas cubriendo la rodilla y la cintura baja, mostrando parte de los calzoncillos. Camiseta, zapatillas y un jockey dado vuelta. Y eso les daba todavía más apariencia de cabros chicos. Conocí también a una niña, la Susy. Era tímida, tranquila, casi nunca abría la boca. Me acuerdo más de sus uñas que de ella misma. Eran enormes, rojas, debían ser postizas. Lo encontré horrible. Y entonces miré las mías, cortitas, transparentes, al natural. Y me di cuenta que ella debería estar pensando lo mismo.
Ese mismo día, en la noche, más precisamente a las ocho, fuimos a una fiesta. Yo que, en São Paulo, estaba acostumbrada a llegar a los lugares cerca de las once de la noche, lo encontré muy extraño. Pero Alrica me explicó luego que allá era así. Comenzaba temprano y terminaba temprano. Y algunas incluso tenían horarios estipulados para terminar. Fue en una de las sedes de las fraternities, y a esas fiestas no era tan fácil entrar, pero Frank conocía a alguien que nos dejó pasar.
Era una casa normal del campus. Había mucha gente, mucha música, pero en cuanto a trago, cada uno llevaba el suyo. Además sólo era cuestión de atravesar la calle y comprar en el bar de la esquina. Ahora, podías andar por las calles con una cerveza en la mano, sólo si estaba dentro de una bolsa. Y más aún, de una bolsa no transparente. Los menores de 21 años no podían comprar bebidas alcohólicas. Y todo el mundo tenía que mostrar sus documentos. Obviamente la juventud siempre se las arreglaba de alguna manera. Pero tenía que ser una muy buena manera, pues en la universidad lo que no faltaba era la policía interna y, si los agarraban, era problema seguro.
Luego que entramos, fuimos a la pista de baile. Música fuertísima, oscuridad, algunas luces de colores intermitentes, todo el mundo chocándose, todo el mundo bailando. Y aquí no importa la nacionalidad, la raza, la creencia, todo el mundo sabe bailar. Nunca he oído decir de alguna tribu, por primitiva que fuese, que no tuviese la danza, el ritmo, como parte de su cultura. Si juntáramos un indio, un esquimal, un aborigen, un vikingo y un tibetano y les tocásemos música, todos sabrían qué hacer, aunque el instrumento fuese nada más que un golpeteo de piedras. Mira lo que sería eso: en vez de pasarse midiendo sus diferencias y haciendo guerras con sus fusiles y ametralladoras, los pueblos deberían danzar más y descubrir sus semejanzas.
Bailamos todos los tipos de música y, ya al final, sonó un reggae y Alrica me enseñó el auténtico reggae jamaicano. Después quisieron que yo les mostrara cómo era la lambada, todavía famosa en aquella época.
Cuando se acabó la fiesta, regresamos todos a pie por las calles del campus, en las que había bastante movimiento. Pasaban muchos autos, terminaban muchas fiestas y todo el mundo regresaba a sus casas. La noche estaba maravillosa. Un cielo negro plagado de estrellas y una luna casi llena, brillando como nunca. Comencé a echar de menos la música fuerte. En el silencio de ahí afuera era posible escuchar mis pensamientos que decían: la razón.
¡No, no, no! Me niego a pensar en eso. Todos los finales de noche, todos los fines de capítulo son la misma historia, estos malditos pensamientos tenebrosos en mi cabeza. Miré a los que iban adelante. Continuaban animados hablando tonteras y riéndose. Shark se dio vuelta y me preguntó si me había gustado la fiesta. Le respondí que sí.
—¡Excelente! —gritó él. —Mañana entonces te voy a convidar a otra fiesta. Una fiesta particular, sólo tú y yo en mi pieza. ¿Ah? ¿Cómo lo encuentras? —Poniendo una forzada cara de seductor. Yo me reí. Él también rió. Su sonrisa me recordaba a alguien. Creo que a algún amigo de mi hermana. —Bromita —dijo él volviendo a gritar: —¡Fiesta, fiesta! ¡Necesitamos más fiestas! ¿Cuál va a ser la de mañana?
Fiestas, pubs, bares. Este pueblo no piensa en otra cosa. También a los veintitantos años, ¿hay algo mejor en qué pensar? Entonces, ellos están en lo cierto. Y yo debería estar pensando en lo mismo. Pero no lo estaba. Sólo pensaba en la razón. La razón de todo esto. Está bien que todo ser humano tropiece de vez en cuando con la pregunta: “¿Para qué existimos?”. La diferencia está en que, en vez de pasar de largo, como hace todo el mundo, yo me detengo y pienso. Pienso en la supuesta Razón.
Miré nuevamente el cielo negro, los miles de estrellas esparcidas por todos los rincones y la luna, casi llena, brillando majestuosamente. Es el universo, pensé, el universo infinito. Y ahí comienza todo a complicarse. ¿Te has detenido a pensar en la relación entre el infinito y tú? Pues bien, cierra los ojos y piensa. Piensa en el infinito y tú. Y si el infinito no acaba nunca, ¿qué es lo que significas tú, dentro de él? Y fue eso lo que hice, cerré los ojos por un instante y pensé: yo, yo en el universo, yo en el infinito. ¿Habrá quien pueda explicarme cuál es la razón de todo esto? Abrí los ojos y los vi a todos ellos: Alrica, Susy, Shark caminando delante de mí, riéndose, jugando y hablando incoherencias. No pregunté nada. Era mejor que continuaran así, riendo, jugando, hablando tonteras. Total, con veintitantos años…
Entramos a nuestro dormitorio. Ellos todavía andaban por los corredores haciendo alboroto. Les dije que tenía sueño y que iría a dormir. Me fui a mi pieza. Me senté en la cama y me quedé mirando “a mí misma” en el espejo. ¿Cómo podría alguien existir sin saber el porqué? Me acordé de una vez, cuando estaba en Nueva York, y, como todo turista que se precia de tal, fui a visitar el Empire State Building.
Era de noche, verano, y hacía calor. Tomé el ascensor, que no terminaba nunca de subir, y llegué hasta la cima. A medio camino ya estaba arrepintiéndome. Si hay algo que me produce un nudo en la guata es la altura. Y aquella porquería de edificio tenía más de cien pisos. Pero una vez arriba no volvería atrás. Reuní valor y me acerqué a la orilla donde varios otros turistas se inclinaban, observando estupefactos la vista y haciendo comentarios en las más diversas lenguas.
Soplaba un viento helado, y desde la baranda donde me afirmé, mirando hacia el frente, se veía una neblina fina que cubría todo el cielo. Respiré hondo y miré hacia abajo, y fue ahí que vi, allá, muy lejos, la ciudad en la cual yo estaba. Los edificios pequeños, las casas minúsculas, los autos microscópicos… ¿y las personas? Las personas no se alcanzaban a ver. Y fue entonces que percibí lo pequeños que somos. ¡In-sig-ni-fi-can-tes!
Comencé a reír.
Reí de todos mis problemas. Reí de todos mis miedos. Reí de mis sueños y de los sueños de todo el mundo. Reí de mí misma. Y reí de toda la humanidad. Y continué riéndome. Reí tanto que eché la cabeza hacia atrás y, sin pensarlo, me vi frente al cielo y comencé a imaginarme a Dios sentado allá arriba, mirando hacia abajo.
¿Y qué es lo que vería desde tan alto? Él no vería nada. Él no divisaría a nadie. Y casi lloré.