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La Teoría de los Libros

Cuando desperté, horas más tarde, tuve una idea: llamar a la tía Dete. Ella siempre tenía buenas sugerencias. Tal vez me pudiera ayudar. Y más aún, pese a los mil kilómetros de distancia, al menos estábamos en el mismo país. Le conté todo, quiero decir, casi todo. No le dije nada respecto a los dos meses.

—Lo entiendo —dijo, después de oírme—, concuerdo con tu médico en que debes ir pronto a un especialista. Ahora, en cuanto a tu papá, puedes decirle que no resolverías nada con dejarlo todo y venirte a Filadelfia, porque yo aún no conozco ningún especialista aquí. Y volver a Brasil así, de un minuto a otro, tampoco sería la solución. Lo que podrías hacer es ir primero a esa especialista que tu médico te indicó, allá mismo en San Diego, escuchar lo que tiene que decirte y después, sobre esa base, resolver el resto. Al final, nadie mejor que un especialista para aconsejarte en este momento. Y, mientras tanto, continúas con tu curso.

—¿Puchas, así tan fácil? Cómo no había pensado en eso antes. ¡Tía Dete, tienes ideas geniales!

Era obvio que para cualquier decisión que yo tomase —tomar medicinas, volver a casa, morirme allá mismo…—, la persona más indicada para aconsejarme era un especialista en SIDA. Al final, es para eso que existen los médicos: para indicar el mejor camino, no para dar órdenes como ciertos médicos infectólogos brasileños.

Volví a mi pieza y le escribí una carta a mi papá explicándole todo. Cuando el asunto es complicado, nada mejor que lápiz y papel. Si fuese a hablarle por teléfono, él se pondría a gritar de un extremo y yo del otro y no lograríamos entendernos jamás. Así, por carta, la persona la lee, traga obligada, pero por lo menos tiene más tiempo para digerir. Y quién sabe, hasta para concordar.

Puse la dirección en el sobre, doblé la carta, la coloqué dentro y la cerré. Al día siguiente la llevaría al correo. Me quedé por algunos segundos con ella en la mano, imaginando qué caminos recorrería y cuánto tiempo tardaría hasta llegar a las manos de mi papá. En realidad, tuve ganas de meterme adentro del sobre. Pero, menos mal, yo ya estaba bien grande, ¡no cabría!

Me acosté a dormir, pero me quedé recordando el tiempo en que yo era muy chiquitita y el mundo a mi alrededor era grande, inmenso y mágico, y el regazo de mi papá, la solución para todo.

Para comenzar, tenía mi casa, que era la más linda de todas. La casa en que vivíamos cuando mis padres todavía estaban casados.

Mi casa queda en la calle Félix. Es la mejor calle de todas porque tiene el nombre del gato Félix, del dibujo animado que sale en la televisión. ¡Y mi casa es la más bonita y la más grande de todas! ¿Quieres conocerla? Es ésa que tiene un murito de piedra gris al frente. Y ese pedazo de muro es solamente mío. Sólo yo puedo sentarme aquí. Después del muro hay un jardín. Y un rincón donde mi mamá planta rosas. A ella le gustan mucho las flores. Ella hasta conversa con las plantas. ¡Después hay una escalerita blanca de tres gradas y la baranda por donde nosotras nos deslizamos! Más allá hay un portón para entrar a la casa. Un portón así bien grande, de fierro y vidrio. Un día yo cerré la puerta muy fuerte, sólo que junto con mi dedo. Y me largué a llorar mirando mi dedito apretado, mi mamá dijo entonces que ese día yo no necesitaba ir al colegio. Ahí mismo dejé de llorar y mi dedo no dolió más.

Cuando entramos por el portón, está la sala de visitas. ¡Y aquí no se puede hacer desorden! Sólo que algunas veces nos subimos arriba de la mesa y bailamos ballet para mi papá. Después viene la sala de la televisión, que tiene alfombra en el suelo y un montón de cojines. Y la televisión es tan grande, tan grande que queda en el suelo y tiene una puertita. Y en esa puertita nosotros jugamos a las casitas. Después está el comedor, pero nosotras no comemos ahí. Y tampoco es lugar para que los niños hagan desorden. Y tiene una cosa secreta, que nadie sabe, ¡shhh! Una puerta que da al patio y que mi mamá solamente la abre en un día especial. De ahí sale la escalera que va para allá arriba, pero hay que subir despacio, porque si no nos caemos y nos quebramos el cuello. ¡Una vez me caí y casi me lo quebré!

Allá arriba, al final de la escalera, hay una puertecita. Mi mamá la mandó a hacer para que no nos escapáramos ni nos cayéramos. Después tiene una piezota con un tremendo estante lleno de libros. Un montón, un montón así. Y mi mamá me dio un pedacito aquí abajo, donde yo alcanzo, para guardar solamente los míos. Yo también tengo muchos libros. Tengo hasta la colección que se llama “Fábulas Encantadas” y que mi mamá nos lee todas las noches. Tiene La Cenicienta, El Gato con Botas, La Bella Durmiente y un montón de figuras bonitas. Pero los más buenos de todos son los libros de mi mamá, que solamente tienen riscos y pelotitas negras. Pero cuando la gente es grande, se queda mirando los riscos y percibe un montón de figuras. Cuando yo crezca, también voy a percibir todas las figuras en los riscos. Eso se llama saber leer. Y la tía del colegio es la que nos va a enseñar. Y ahí yo voy a poder leer todos los libros de mi mamá y de mi papá y de todo el mundo. Y yo ya conozco un risco: es ése de aquí: A, es la letra A. Mi mamá conoce todas las letras y sabe leer todas las cosas. Y tiene una colección que se llama “Clásicos de la Literatura”. A ella le gusta mucho leer. Ella lee todo el día. Y las personas se ponen sordas cuando leen, ¿quieres verlo?

—¿Mamá? ¿Mamá? ¿Mamá? —¿viste?

—¡¡¡M A A A A M Á Á Á Á Á!!!

—¿Qué quieres, hija?

Ah, ahora ella escuchó.

Y cuando ella se queda leyendo en la silla mecedora, a mí siempre me gusta quedarme mirando nuestro estante. Es tan colorido, tan lleno de historias. Y fue ahí sentada, mirando hacia él, que yo inventé la Teoría de los Libros. ¿Sabes cómo es? Así: cada libro tiene una historia, y cada historia tiene personajes, que son personas que viven dentro del libro. Ahí, cuando nosotros apagamos la luz y nos vamos a dormir, todos los personajes de los libros salen y se quedan paseando por el estante, conociendo a todo el mundo. Rapunzel se encuentra con Juanito el de la mata de porotos, y con la Lucía-ya-voy, que conversa con la Caperucita Roja, quien hasta conoce al hombre del libro de mi mamá, y al del libro de mi papá también. ¡Y todo el mundo queda feliz! Pero todavía más felices se ponen ellos cuando leemos los libros de ellos. Porque al libro le gusta mucho ser leído. Y por eso él se queda en el estante esperando ser escogido. Y cuando nosotros lo escogemos, es una gran fiesta. ¡Puchas, debe ser bueno vivir dentro de un libro! Yo querría vivir adentro de uno.

Atrás de ese estante hay otra pieza, ¡la mía! Mi camita es verde clarito y tiene un papel que se llama papel mural. Ah, ¿no es divertido? Tiene un diseño con florcitas y hasta le arranqué un pedazo. Pero entonces mi mamá me dijo que no era para arrancarlo, o si no mi pieza iba a quedar toda fea.

Tiene también una cunita. Y dentro de la cunita hay un bebé sentado. Es gordo y tiene la cara aplastada. Es mi hermanita. Ella está haciendo un pucherito. Chí, va a llorar, va a llorar… lloró. Estos bebés solamente lloran.

—Es hora de dormirse. ¡Ya, las dos preciosuras a la cama!

Nos acostamos y mi mamá apaga la luz y cierra la puerta. Chííí, se quedó oscuro. Y es en lo oscuro donde vive el cuco. ¡Quiero a mi mamá! Pero si me voy a su pieza, ella me va a retar. Entonces bajo de mi cama y me meto en la cunita de mi hermana. Nos queda algo apretada y ella es sólo un bebé, pero si yo la abrazara bien fuerte, el cuco ni nos tocaría.

Después nos toca el baño. Yo me baño con mi hermana. Y yo le miento a ella, le digo que soy mágica y ella se lo cree. Yo me pongo bajo el agua de la ducha y coloco sólo un brazo para afuera, y de ahí el agua se resbala por mi dedo. Sólo que le digo que soy mágica y que solamente yo hago salir agua por mi mano. ¡Y ella me cree! Chitas, mi hermana es tan tontita, cree todo lo que le digo, hasta se ríe y aplaude. Pero, ¿sabes?, cuando yo crezca voy a ser mágica realmente. Cuando yo crezca voy a ser la “Jeannie es una genio”.

Después está la pieza de mi papá y de mi mamá. A nosotras nos gusta mucho hacer desorden ahí. Ellos tienen una cama grande y nos ponemos a saltar y despertamos a mi papá y a mi mamá. ¡Ésa es la mejor pieza! Pero después… mi papá no vive más aquí y se puso muy feo.

Hay más cosas para ver allá abajo. Está el comedor de diario, donde también nosotras podemos comer. Hay que pasar por ese corredor y allí, en aquella puertita debajo de la escalera, en un cuartito oscuro, también vive el cuco. ¡No entres ahí, no! Yendo al comedor de diario hay una mesa grande y una mesita con un teléfono rojo. Mi mamá está hablando por él. Ya, gracias. Ahora ella terminó, lo sacó del oído y lo puso encima de la mesa.

—¿Qué estás haciendo, mami?

—Estoy castigando a tu papá.

El castigo para mi papá es muy fácil. Cuando es para mí, me deja sin televisión. Cuando es con él, se saca el teléfono de la oreja. Qué castigo más suave. Listo, se acabó el castigo, ella le vuelve a hablar. Qué cosa más mala. Miro la sala para buscar algo más interesante:

—¡Lo encontré! —Una hermanita allá en el rincón. —¿Quele jugar? ¿Quele jugar? ¿Quele jugar?

Ella ni me responde. Creo que es porque todavía no sabe hablar muy bien. Me acerco más y abro las piernas.

—Pasa por aquí, ¡el trencito! —Ella pasa gateando. —Ahora me toca a mí.

—¡Abre las piernas! —Ella no entiende. Voy allá y abro sus piernecitas. —¡Estoy presa, estoy presa, estoy presa, estoy presa! —Le digo en jugarreta. Ella no le encuentra gracia, continúa quieta. De repente siento un agua caliente en mi cabeza —Qué mal olor… ¡Es pipí! —¡mamá, se hizo pipí encima mío!

—¡Ustedes dos son imposibles! No se pueden quedar ni un minuto solas sin armar la grande. ¡Vamos ya para el baño!

Y yo aprendí: esas hermanitas quietecitas, que ni saben hablar todavía, pueden ser muy peligrosas.

Después está la cocina. El piso es de cuadraditos rojos y la puerta es de acordeón, ¡va y viene! Y fue aquí en la cocina que tuve mi primera experiencia de muerte. ¿Lo sabes? Mi mamá estaba allá en el jardín trabajando en el cantero. Estaba colocando esa mezcla verde que ella saca de una lata. En la lata hay un dibujo bien feo. Ese dibujo se llama calavera. ¿Por qué será que pusieron ese dibujo feo ahí?

—Mamá, ¿te puedo ayudar?

Ella me da una palita.

—¡No, yo también quiero echar esa mezcla verde a las plantitas!

—Toma, un poquito solamente. Pero no te lo eches a la boca, ¿ya? Esto es veneno. ¡Te mueres!

¿Mueres? ¿Cómo es que se muere realmente? Puse la mezcla en la plantita, en su base.

—Listo, terminé. No quiero ayudarte más.

—Entonces vaya allá adentro y le pide a la Rosa que le lave las manitos. Vaya, vaya luego.

La Rosa es nuestra nana. Corrí hasta la cocina. Ella estaba ahí cantando y lavando la loza en el lavaplatos. Me quedé atrás de ella, pero ni me escuchó. Miré mi mano, toda sucia de mezcla verde. Y me acordé que mi mamá me había dicho: “No te pongas la mano en la boca, es veneno, y mueres”. Seguí mirando mis manitos, más cerca, más cerca, mmm… tentador. Abrí la boca, saqué la lengua y le di sólo una langüeteadita. Y de repente se puso todo negro y parecía como si estuviese bajando en una montaña rusa:

—¡MAAMÁÁÁÁÁ!

La Rosa lavando la loza, se dio vuelta:

—¿Qué pasa, niña?

—¡Nada, nada, no! ¡Lava mi mano, lávala, lávala! Mi mamá dijo que lavaras mi mano.

Pucha, ahora sí sabía por qué habían dibujado un diseño bien feo en la lata de la mezcla verde.

Y después de la cocina todavía hay otra pieza. ¿No les dije que mi casa era grandota? Es una pieza del desorden. Aquí se puede hacer todo lo que quieras. Es donde la Cida ve televisión. Cida es la empleada, es un poco gordita y usa un pañuelo de colores en la cabeza. Y tiene una blusa amarilla bien bonita, así sin mangas y apretada, y tiene el diseño de un hombre que canta. El otro día el hombre hasta apareció en la televisión, la Cida me lo mostró. Se llama Elvis Presley y me contó que era bien famoso y cantaba muy bien, pero luego él bebió, bebió, bebió, se puso bien gordo y se murió. La Cida casi lloró. Y desde entonces siempre usa la blusa de él. Yo encuentro la blusa muy bonita, cuando yo crezca voy a querer tener una igual. Pero mi mamá dijo que no puedo tener una igual porque la blusa es ordinaria. ¡Mi mamá encuentra todo ordinario!

Allá afuera hay otro cuarto de las empleadas y un patio muy grande en el que andamos en velocípedo y en un pequeño jeep. ¡Y para la Pascua mi papá me dijo que me iba a regalar una bicicleta de verdad! Y que yo ya voy a estar bien grande para poder andar en ella. ¡Y voy a andar sin rueditas! Y aunque me caiga, ni voy a llorar, porque ya soy bien grande y no lloro más. Solamente el otro día lloré. Pero un poco no más. Mi papá estaba afeitándose con aquella espuma divertida en la cara, y la puso hasta en mi nariz. Pero me la limpié luego, porque o si no me crecía una barba. Y entonces él colocó la hoja en el lavamanos y dijo así: “No te metas ahí”. Pero yo me metí. Solamente un poquito, pero mi dedo se cortó un montón y salió un montón, un montón así de sangre. Y ahí lloré. Pero mi papá me tomó en brazos y puso mi dedo en su boca hasta que dejó de sangrar, y me abrazó bien fuerte hasta que paré de llorar. Yo me mejoré y me puse feliz, no lloré nunca más y me puso en la camita para que durmiera.