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¡Clic! El tiempo se detuvo
Al día siguiente muy temprano tomé el avión. Era la primera vez que viajaba a un país tan lejano. Siempre me pareció entretenido ese cuento del avión. Te subes, te sientas, pasas allí algunas horas y, cuando sales, estás al otro lado del mundo. Sí… El hombre ha inventado grandes cosas. Ya había ido a la luna antes de que yo naciera. Sólo que ahora tengo SIDA y nadie puede hacer nada.
El avión aterriza y desciendo en aquel aeropuerto tumultuoso: gente diferente, lenguaje extraño. ¡Socorro! Pero en medio de esa multitud veo una cara conocida:
—¡Tío André! —Él, biólogo, había recibido una propuesta de trabajo del Memorial Hospital y se había mudado con su familia hace cuatro años. Desde entonces no nos veíamos. Fuimos a la casa y allá encontré a mi tía. Ella, hermana de mi mamá, era la tía a quien yo más me parecía, según decía la gente. En Brasil era periodista; ahora, en Nueva York, no trabajaba, porque mis tres primos todavía eran chicos. Al último, nacido allá, aún no lo conocía.
Siempre me encantaron los niños, los encuentro lo más tierno del mundo. Me acuerdo que ese día tuve miedo de tocarlos. Yo había conversado con el ginecólogo, amigo de la familia, respecto a eso, y dijo que no había ningún riesgo, pero el prejuicio de las personas era tan grande que me quedé más tranquila sólo después de conversar francamente con mis tíos. Ellos estaban muy bien informados, habían investigado para saber todo lo posible. No es que se supiera mucho sobre el SIDA. En verdad, creo que no se sabía casi nada. Solamente que se contagiaba y mataba. Así, aunque había algunos casos de mujeres contagiadas, seguía siendo la “enfermedad de los gays”.
Me quedé allá como tres meses. Durante ese tiempo seguí un curso de inglés y me hice amiga de una griega. Visité varios museos y di vueltas por la ciudad. Me encantaba caminar y observar: gente extraña, mujeres con la cabeza tiesa de laca, elegantísimas pero con zapatillas, hombres de terno, los judíos con sombrero y dos rizos brotándoles de las patillas, los hindúes con aros en la nariz, los black people con esas enormes radios a todo volumen. Las mujeres negras súper bien vestidas, las viejujas limpiando la caca de sus perros para no ser multadas… ¡Qué pueblito más raro!
Un día mi tía me prestó su cámara fotográfica, de esas antiguas, profesional pero manual. Compré rollos en blanco y negro y salí a sacar fotos. Mi tío decía que la fotografía era algo mágico. Era como detener el tiempo un instante. Hoy, cinco años después, me gusta tomar mi álbum con todos aquellos instantes que le robé al tiempo, al tiempo que pasé en Nueva York. Los puentes, las calles, la gente… Hay una foto que me gusta mucho, creo que es una de las mejores que he sacado. Fue en Central Park. En primer plano, un tipo andando en bicicleta; al lado, más atrás, otro corriendo en patines; y al fondo, gente parada tomando el sol en un enorme prado. Se puede ver clarito que los dos fulanos van a gran velocidad, el pelo empujado por el viento, la expresión del rostro. Ahí yo llego y hago clic, todo se detiene. Queda bien nítido. No importa cuán rápido esté pasando todo, es sólo llegar y hacerlo parar.
Tengo otra que también es muy interesante. Es una que tomé de un restaurante por el lado de afuera del vidrio, para mostrar cómo era la decoración de adentro. Sólo que, además de eso, aparece mi propio reflejo en el vidrio. Un reflejo… ¿Saben?, creo que eso era lo que yo parecía, un reflejo. El mundo seguía igual, los autos pasando, la gente trabajando, el sol brillando y solamente yo ya no era la misma. Estaba ahí en medio de todo, existiendo sin existir, exactamente como un reflejo.
Después de pasear todo el día, volvía a la casa, me sentaba en un gran y cómodo sofá gris que había en el living y me quedaba allí durante horas, mirando la nada. El televisor prendido, los niños jugando, mi tía cocinando, mi tío llegando y yo allí, sentada, mirando la nada.
Llegó el día de repetir los exámenes, pero, en vez de eso, mis tíos me dieron la idea de consultar otro médico, así tendría una segunda opinión, de un especialista estadounidense. En aquella época mi inglés no era muy bueno, así que mi tío me acompañó. Llevamos los exámenes hechos en Brasil y explicamos todo lo que había pasado. El médico no creyó que estuviese contagiada. Primero, porque era mujer; segundo, porque no había practicado sexo anal; y tercero, porque uno de mis exámenes daba negativo. Fuera de eso, me explicó, aquel sapito en el esófago era cosa de pacientes en estado terminal. Yo estaba vivita y coleando y me veía muy sana; luego, él concluyó que todo aquello podría ser un gran error. Lo recuerdo diciéndome:
—Vamos a repetir el test. Si sale negativo, vas a olvidarte de todo esto y encararlo como una dura experiencia por la que pasaste.
Una lucecita se encendió de nuevo. Mi tío me abrazó y casi lloró en el pasillo del hospital. Yo sólo pensaba en una cosa: llamar a mis papás y darles la gran noticia, decirles que todo no había sido más que una pesadilla. Pero encontré mejor esperar y llamar sólo cuando tuviese los resultados en la mano. Me dormí feliz, pensando en un moreno de ojos café claros que había dejado en Brasil.
El examen salió luego, sólo que dio positivo. Pobre médico, no sabía ni cómo decírmelo, me mostró los resultados diciendo que los había repetido más de una vez, pues le costaba creerlo.
—Está bien —dije. —Está bien.
Me despedí de mi tío, que continuaría trabajando ahí, en el hospital, y regresé a casa. Fui caminando lento por la York Avenue, mirando a la gente, los autos, el cielo azul. Doblé en la 63, entré al edificio. Saludé al simpático portero con un Hi, entré al ascensor y subí al séptimo piso. Caminé por el pasillo hasta el departamento 7-L , abrí la puerta y entré. Me senté en el sofá gris y me quedé ahí mirando la nada. Y creo que todavía estaría ahí si mi tía no hubiese llegado a conversarme:
—Mira, Valéria, así no anda la cosa, te quedas ahí sentada mirando la vida pasar. Tienes que salir de esto. Qué sé yo… Hacer análisis tal vez pueda ayudarte. O, quién sabe, interesarte por alguna cosa, algo que te guste.
¿Algo que me guste? Algo que yo… Ah, ya sé, ¡teatro! ¡Para! Si esto fuera una película, la escena se cortaría ahí, y en la próxima yo aparecería sobre un escenario, en Broadway, como la actriz principal de una obra, recibiendo aplausos y flores de una sala repleta. Pero la vida no es una película americana; luego no pasó nada de eso. Quiero decir, hasta fui a Broadway, pero, por supuesto, no para recibir aplausos y flores, sino para ver algunas obras. Lo que acá, y entre nosotros, ya era un buen comienzo.
Chorus Line, Metamorphosis de Kafka con Barishnikov, Jazz Blue… Dios, se me había olvidado lo bonito que era eso.
Amigos, creo que llegó el momento de volver a Brasil. Empezar a hacer algo, estudiar… Y es lo que hice, lentamente, pero lo hice.
Al llegar, llamé de inmediato al Leco: necesitaba ponerle punto final a aquella historia. Le avisé que había vuelto y fue a verme. Nos quedamos conversando: le conté del viaje y él de lo que había hecho por aquí. Una conversación nada que ver, de ésas en que las personas se quedan hablando, riendo, gesticulando, hasta que de repente se acaba el tema y los dos quedan con miedo a mirarse porque en el fondo saben que no era eso lo que deberían estar conversando. Entonces disimulo, miro para un lado, miro para el otro, me paso la mano por el pelo, me muerdo un lado de la boca. Y sobreviene una sensación horrible, la sensación de estar siendo observada. ¡Pucha, me está mirando! Yo no lo veía, pero podía sentir el peso de aquellos ojos café claros sobre mí, como si quisieran invadirme y descubrir lo que pasaba conmigo.
—Te eché de menos, Morena —dijo y me abrazó.
Yo también y ¡cómo!… Pero no se lo iba a decir.
—Estás muy rara. ¿Qué te pasa?
—Nada.
—Sí, estás rara. Lo noté desde tu última carta. Estaba en la casa cuando me llegó. Recuerdo que quedé súper contento cuando vi que era tuya, pero, cuando la leí, estabas tan fría…
Era verdad, yo había sido fría, y a propósito. Y seguía siéndolo. Continuaba distante, no conversaba mucho, no le había traído ningún regalo. Nada. Nada que dejase traslucir que había pensado en él durante el viaje. Era una manera de hacer que me fuera olvidando. Ya no tenía sentido. Sabía que, de ahí en adelante, mi vida no iba a ser fácil y no quería enredarlo en toda esta historia.
—¿Anduviste con alguien por allá?
—No —qué estúpida, acababa de perder una excelente oportunidad. Debería haberle mentido, haberle dicho que sí, que estaba interesada en otro hombre.
—Dime, Morena, ¿qué pasa?
—No sé… —pucha, yo sabía cómo hinchar las pelotas.
—Está bien —dijo—, entonces me voy, ¿bien?
—Ajá —eso, ándate. Desaparece, desaparece luego de mi vista, antes de que cambie de idea.
—Entonces… ¡Adiós!
—Mira, Morena, yo… —Listo, todo resuelto. Ahora iba a decirme que ya no estaba interesado, que todo era muy extraño, que ya me había olvidado… ¡Anda, habla, habla luego! Pero no me dijo nada de eso. Muy por el contrario, para mi total sorpresa, sacó una lámina de corteza de su billetera y me la pasó. —Toma, la compré para ti a un señor que estaba vendiéndolas en un semáforo.
La tomé y leí lo que estaba escrito: “Si un día una leve brisa viniera a tocarte los labios, no te asustes, pues es mi nostalgia que te besa”.
Se me había olvidado, él era realmente diferente.
Aquella situación continuó por más tiempo. A veces salíamos, otras nos quedábamos. Y yo siempre juraba que ésa sería la última vez. Memorizaba discursos, inventaba mil modos de terminarlo todo. Pero a último minuto enmudecía. La manera, entonces, fue ir distanciándome, salir juntos sólo de vez en cuando, transformarlo solamente en una amistad.
En todo lo demás, mi vida se iba ordenando. Seguí estudiando inglés, tomé un nuevo curso de teatro y empecé a ir a terapia. Cada tres meses volvía al epidemiólogo, y si sentía alguna otra cosa, buscaba un especialista.
Como la vez que fui al oculista por una pelotita, tipo orzuelo, que me había salido en un ojo. Ese médico me lo había recomendado otro, así que cuando llegué, él ya sabía de lo que se trataba. Pero igual me hizo un montón de preguntas. Las de siempre: si usaba drogas, con cuántos me había acostado…
—¿No practicaste sexo anal? —Aquella historia del sexo anal me estaba empezando a desesperar.
—¡Nooooo!
Ahí puso cara de espanto y dijo que yo era el primer caso de una brasileña contagiada por penetración vaginal. Sólo eso me faltaba. ¿Sería realmente verdad o él estaba mal informado?
—Y esto es muy serio —continuó. —Porque si realmente hubiera ese tipo de contagio, la enfermedad se va a propagar mucho más rápido de lo previsto.
Parecía verdaderamente preocupado. Luego, sin mucha ceremonia, tomó el citófono de la mesa y llamó a otro médico. Éste vino y los dos se quedaron mirándome como si yo fuese un E.T. Un poco más y me pondrían en una vitrina para que todo el mundo me pudiera ver… Y entre éstas y otras cosas terminaba un año más, 1989.
A principios de 1990, como de costumbre, fui a pasar las vacaciones a Corumbá. Navidad, Año Nuevo, y en enero volví para dar la Prueba de Aptitud. En menos de una semana la di, quedé y entré. Entretenido, ¿no? Sí. Pero más entretenido todavía era que a esas alturas yo ni siquiera pensaba en seguir una carrera. Sólo que, en lo limitado de mi curso de inglés, la profesora me dio un gran incentivo, dijo que yo tenía condiciones, que debía seguir estudiando, y me preguntó por qué no hacía de inmediato un curso de traducción. Ella lo había hecho y le había gustado mucho. Pues sí, así fue. Ella gastó cinco minutos conmigo y yo entré a la universidad. Entonces me pongo a pensar cómo sería el mundo si todas las personas comenzaran a invertir en otras cinco minutos de su tiempo.
Luego me matriculé, pero como todavía faltaba más de un mes para que empezaran las clases, regresé a Corumbá. Antes de eso, sin embargo, salí un día con el Leco. Pasamos juntos la tarde. Me llevó a la Ciudad Universitaria, me mostró el edificio de la Politécnica, donde estudiaba, los parques que había allá… Después nos fuimos a su departamento. Los otros tipos que vivían allí estaban de vacaciones, así que nos quedamos solos. Me acuerdo que era en un piso súper alto, en un edificio de la Paulista, y cuando me mostró la vista desde allá arriba, casi me cagué de susto. Al principio no logré llegar muy cerca de la ventana, pero después, lentamente, me agaché para mirar hacia abajo. Me dio un tremendo frío en la guata. El viento pegándome en la cara, el ruido como distante de la avenida, los autos chiquititos pasando:
—¡Qué locura! Debe ser muy extraño vivir aquí.
—No, ni tanto.
—¡Dios, da mucho miedo!
Se rió. —No, no da, deja que yo te sujete —se acercó y me abrazó por atrás.
Listo, volvió a darse el ambiente. Ahora que todo estaba saliendo tan bien y nosotros ahí juntos, ¿sólo por amistad?
Yo andaba con una blusa de hombros desnudos. Él me levantó el pelo y me empezó a besar la nuca. Me di vuelta y me dio un beso en la boca. Ay, qué nostalgia tenía de él, de su cuerpo, de sus besos. Nos fuimos a la pieza y nos acostamos en la cama. Me sacó la blusa y después la suya. Nos quedamos ahí, abrazándonos y apretándonos, su cuerpo caliente encima del mío, su boca mojada besando la mía.
Ya se estaba haciendo tarde y debía irme. Nos levantamos y nos vestimos. Mientras fue al baño, yo me quedé ahí, en la pieza, esperando. La luz todavía apagada, algo de claridad entraba por la ventana, a lo lejos el ruido de la avenida y una palabra de cuatro letras que porfiaba con no salir de mi cabeza. Podía ser a-m-o-r, pero no lo era. Era S-I-D-A. Juré que ésa sería la última vez que nos acostábamos. Y así fue.
Tomamos el auto y me llevó a la casa. En el camino fuimos conversando.
—Entonces, Morena, ¿quieres decirme que acabas de llegar de Corumbá y ya regresas allá de nuevo?
—Sí, me voy, tengo que aprovechar las vacaciones, ¿no?
—Sí, tienes razón. Creo que yo también iré, pero sólo para el Carnaval. El grupo está planeando ir otra vez, igual que el año pasado, cuando nos conocimos.
—Está bien, así se agita más la ciudad.
—¿Y cómo está la gente de allá? ¿Alguna novedad?
—No, lo mismo de siempre. Pero hay unas personas nuevas, cuatro daneses.
—¿Y los conociste?
—Sí. Son buena onda. Vinieron a Brasil sin conocer a nadie y sin hablar ni una palabra en portugués. Compraron un auto y salieron a recorrer el país. Sólo que llegando a Corumbá el auto se les echó a perder y tuvieron que quedarse más tiempo del que pensaban.
—¿Ah, sí?
—Sí. Y como casi nadie habla inglés ahí, me quedé acompañándolos para ayudarles.
—¿Anduviste con alguno de ellos?
—No. —Y, realmente, no había nada de eso. Todavía.
Sólo que después, cuando regresé, aún estaban allá y empezamos a salir juntos. Les presenté al grupo de la ciudad, los ayudé a solucionar el asunto del seguro del auto y al final empecé a andar con uno de ellos, el Jacob. Era súper rico, rubio de ojos verdes, parecía salido de una portada de revista; inteligente, buena onda. Fuera de eso, nuestras culturas eran completamente diferentes, lo que nos daba tema para todo el día. Y lo mejor de todo: sólo estaba de paso. De ahí en adelante sólo sería así, saldría nada más que con alguien que tuviera la certeza de no verlo nunca más. Y fue exactamente lo que pasó con el gringo: anduvimos juntos mientras estuvo en Corumbá, después regresó a Dinamarca y nunca más nos vimos. Simple, ¿no?
El Carnaval llegó y con él también el grupo de Santos haciendo el mayor alboroto por la ciudad. Y con ellos el Leco, por supuesto. Nos seguimos encontrando, conversábamos, salíamos a dar unas vueltas, pero no nos enredamos más. Yo estaba feliz de que las cosas se hubieran arreglado sin grandes complicaciones. Hasta que un día, en una fiesta, antes de un baile, me lleva a un rincón y comienza a decirme un montón de cosas. Estaba completamente borracho, hablaba alto y casi llorando. Al principio no entendí nada, repetía que yo le había mentido y me gritaba cuanto epíteto sabía. Solamente al final dijo que no le importaba que yo hubiese andado con otro tipo (él también había andado con otras niñas), pero que no debería haberle mentido. Ése, deduje, era el problema: supo que yo había andado con un gringo y pensaba que le había mentido aquel día en São Paulo.
Yo podría habérselo explicado, haber argumentado, conversado, pero no, me quedé ahí paralizada, mirándolo y oyéndolo gritar. Hasta que terminó, se dio vuelta y salió caminando. Podría haberlo seguido, haberle gritado, haberle hecho detenerse. Haberle dicho cuánto me gustaba todavía. Pero no hice nada de eso. Me quedé ahí parada, viéndolo partir. Que se muera, es mejor así.
Creí que nunca más volveríamos a hablarnos. Y en verdad pasamos un buen tiempo sin vernos. Pero —a esas alturas ya debería saberlo— él era realmente diferente. Después de un año me llama y nos ponemos a conversar. Y así continúa todo. De vez en cuando me llama, me cuenta de su vida, yo le cuento de la mía… La última vez que hablamos fue hace unos tres meses. Dice que está con nostalgia, que tenemos que ponernos de acuerdo para salir.
—Sí. ¡Claro que sí!
—Está bien. Pero entonces tú me llamas, ¿ya? Yo siempre te llamo —reclama.
—Te llamaré, sí, uno de estos días yo te llamo.
Nunca lo hice. Y ahora estoy aquí, escribiendo toda esta historia. Y pensar que él nunca supo… Me pongo a imaginar si algún día este libro cayera en sus manos, lo leyera y se enterara del otro lado de la historia, mi lado de la historia. Qué manera de enterarse de las cosas. A veces tengo ganas de llamarlo, contarle todo, pero entonces me pongo a pensar, llamarlo yo, cinco años después y decirle: “Hola, Leco, ¿cómo estás? Te llamo para contarte una cosa. ¿Te acuerdas cuando todavía pololeábamos y me preguntabas por qué andaba tan rara? Era porque había descubierto que tenía el virus del SIDA”. Nada que ver, ¿cierto? Ah, qué sé yo… Tal vez si se lo contara de otra manera. Quién sabe si algún día. Quién sabe si algún día se lo cuento. Y ahora ustedes deben estar haciéndose la misma pregunta que yo. ¿Por qué no se lo conté todo en aquella época? ¿Miedo a perderlo? Creo que sí, que fue miedo, pero no sólo de perderlo, porque al final lo perdí de todas maneras. Creo que tuve miedo de que quisiera seguir conmigo. Y yo sabía que mi vida de ahí en adelante no iba a ser nada de fácil y no quería involucrarlo en toda esta historia.
Y ésa fue mi primera gran pérdida, y sólo era el comienzo, porque después vinieron muchas otras. Ahora sí empezaba a entender lo que era tener el virus del SIDA. Los médicos me seguían diciendo que no debía contar “eso” a nadie. “El prejuicio es muy grande”, explicaban. Y por eso también no me juntaba con mis amigos.
En aquella época, como dije, yo estaba en terapia. Me acuerdo de la primera vez que fui. Recién había vuelto de Estados Unidos y estaba completamente perdida. Sabía que tenía que hacer algo, pero no sabía por dónde empezar. Entonces me acordé del mentado psicoanálisis y decidí buscar ayuda profesional. Pero antes tenía que hablar con mi papá para pedirle otro tipo de ayuda: la económica (yo todavía no trabajaba). Él nunca estuvo muy de acuerdo con esas cosas de terapia. Piensa que uno tiene que arreglárselas solo. Pero al final aceptó. Eso indicaba cómo estaba yo.
Una vez más el médico amigo de la familia, el ginecólogo, me indicó a alguien, una psiquiatra. Tomé el teléfono y pedí hora. Cuando llegó el día, fui a verla.
Era una casa grande, algo antigua. Se veía que era una especie de clínica donde trabajaban varios terapeutas, cada cual en su oficina. En la entrada, cerca de una escalera, estaba el escritorio de la secretaria. Me dirigí a ella y le dije que tenía hora con la Dra. Sylvia.
—Puedes esperar ahí —dijo, señalando la sala de espera.
Sala de espera. Eso se estaba transformando en la gran rutina de mi vida. Y lo peor es que, en el fondo, todas son iguales: un cuadro ahí, un sofá por allá y un montón de revistas viejas. ¿Qué hacer? Nada. Como su nombre lo indica, quedarse esperando.
En verdad, yo había hecho terapia una vez. Ludoterapia, para ser más exacta. Yo tenía unos seis o siete años y fue cuando mis papás se separaron. No me acuerdo muy bien cómo pasó todo, sólo sé que un día mi mamá nos agarró, a mí y a mi hermana, y nos fuimos a Santos. Estuvimos viviendo allá como seis meses. Nos tuvimos que cambiar de colegio y empezamos a ver a mi papá sólo los fines de semana. Yo lo echaba mucho de menos y a eso le pusieron el nombre de “niña problema”. Entonces mi mamá decidió llevarme donde una psicóloga. Típico de los adultos, nos desordenan la vida y después nos llevan al psicólogo para que nos reordene.
La primera psicóloga que vi, en el mismo Santos, era buena onda. Tenía una caja llena de juguetes, papeles y lápices con los cuales yo jugaba. Nunca entendía por qué aquella “tía” se quedaba mirándome. Pero no le hacía mucho caso. Más tarde, cuando regresamos a São Paulo, empecé a ir donde otra psicóloga. Tenía el pelo color vino y usaba dos trenzas amarradas encima de la cabeza que, por lo demás, me cargaban. También me cargaba su oficina, sus juguetes, su ropa. Y, sobre todo, detestaba su manera de quedarse allí, espiándome cuando yo jugaba, o mejor dicho, fingía que jugaba. Y, como si esto fuera poco, por su culpa mis papás vivían peleándose. Mi mamá quería que mi papá pagara las consultas, y él decía que no era eso lo que yo necesitaba.
Al final, no me acuerdo bien cómo me libré de ésta. Pero, como nunca fui muy mansita, pueden imaginarse los líos que armé para dejar de ir donde la tal psicóloga. Y ahora, después de todo eso, muchos años más tarde, ahí estaba yo sentada en una sala de espera para hacer terapia de nuevo. La vida da muchas vueltas en realidad.
Miré un poco más la sala: cuadro, sofá, revistas. En eso aparece una mujer. Baja, medio gordita y de pelo crespo. Una de esas personas que no alcanzan a estar mal vestidas, pero que siempre terminan dando la impresión de que la ropa no les queda bien. Deduje rápidamente que era una de las psico-alguna-cosa que trabajaba ahí, porque se quedó discutiendo sobre horarios y recados con la secretaria. “¿Será quizás la Dra. Sylvia?”, me pregunté. “¡Ojalá que no!”, y empecé a imaginarme sentada en una sala, mirando su cara. ¿Cómo alguien con ese pelo puede ayudarme? Me acordé de las horribles trenzas de la antigua psicóloga y sentí un frío en la guata. ¡Ojalá que no sea ésa! ¡Ojalá que no sea ésa!
Aquella desapareció y luego vino otra. Más o menos de la misma estatura, pelo claro bien cortito y ojos brillantes. Igual que la anterior, estuvo algunos minutos hablando con la secretaria. Bien podría ser ésa, pensé. Tenía cara de buena. No de buenita (y eso me agradaba, pues nunca me gustaron mucho las personas “buenitas” a primera vista. Siempre preferí aquellas cuya bondad tiene que ser conquistada). Pero, como iba diciendo, tenía cara de buena, de buena en lo que hacía.
Después de un rato, esta segunda persona también desapareció por allá adentro y yo seguí sentada, rogando que la tal Dra. Sylvia fuese ella, porque, si fuese la otra, era capaz de salir corriendo.
La secretaria se acerca y me dice, señalando la escalera:
—La Dra. Sylvia está arriba esperándote.
Me levanté, salí de la sala de espera, crucé el hall donde estaba el escritorio de la secretaria y subí la escalera que, combinando con el resto de la casa, era grande y de madera. Subí despacio, escalón por escalón, para no meter ruido, sujetándome en el enorme pasamanos blanco, cruzando los dedos y rogando que la Dra. Sylvia fuese la de pelo corto.
La escalera terminó y ahí, cerca de la puerta de una de las salas, estaba ella esperándome. ¡Uf! Era la de pelo corto. Extendió la mano para saludarme: “Hola, soy Sylvia”. Y me hizo una señal para que entrara.
Era una sala pequeña en tonos verdes. Al frente, un ventanal inmenso, delgado y largo, que casi llegaba al techo, por donde se veía un inmenso árbol. Al lado izquierdo, una camilla; al derecho, un escritorio. En las dos esquinas, dos estantes llenos de libros. Debajo de las ventanas, dos sillas negras de lona. Me quedé esperando que me dijera en cuál de las dos debía sentarme. No quería meter la pata recién entrando. Me indicó la de la derecha y me senté. Ella también se sentó y empezamos a conversar. Ya sabía, por el ginecólogo que la había recomendado, que yo tenía el virus del SIDA. Y yo sabía que ella estaba acostumbrada a atender personas con algún tipo de enfermedad.
Hablé un poco de mi vida, mi familia, etc. Ella, de cómo serían nuestros encuentros, el tiempo de cada sesión, el precio y que no tendríamos ninguna relación social. ¿Ninguna relación social? Listo. Ahí mi cabeza creadora empezó a funcionar. Me imaginé que nos encontrábamos en una fiesta y teníamos que fingir que no nos conocíamos (a mi cabeza le encanta pensar cosas idiotas). Pero después capté que nada que ver, ella debía estar refiriéndose a la ética profesional. Y dejé de pensar aquellas estupideces.
La sesión terminó y, para ser el primer día, no había estado tan mal. Sin embargo, recuerdo que encontré muy extraño contarle cosas de mi vida a una desconocida. Pero, como no tenía otra opción…
En el segundo encuentro conté otras cosas. En el tercero, otras. En el cuarto, un poco menos. En el quinto, menos todavía. Y ya por el sexto había dejado de hablar. Me quedaba sentada absorta en mis pensamientos, a mil kilómetros de ahí. De vez en cuando despertaba, la miraba, le sonreía, ella correspondía y volvía a sumergirme en mis pensamientos.
—¿En qué estás pensando? —preguntaba ella.
—En nada —respondía yo. A menudo me pasa, el mundo se está cayendo sobre mi cabeza y yo contesto “nada”.
Otros días hasta me relajaba. A veces hablaba, a veces lloraba, a veces reía. Y ella ahí, siempre conmigo. Poco a poco me fui acostumbrando con ella. De a poco me fue gustando más. Y hoy no puedo imaginarme cómo habría sido mi vida sin ella, “mi” doctora Sylvia.
Durante mucho tiempo, ése fue el único lugar donde hablaba de SIDA. Y a veces ni siquiera lo mencionaba, pero el solo hecho de saber que al menos allí adentro tenía derecho a tener SIDA, ya era una gran cosa. Fuera de ahí, casi nadie lo sabía, y los que lo sabían —mis papás, mis tíos de Manaus y mis tíos de Estados Unidos— jamás tocaban el tema. Unos porque estaban lejos, otros porque no sabían realmente qué decir. Y entonces mi vida era así: más difícil que tener el virus del SIDA era fingir no tenerlo.
Una vez mi papá compró un libro sobre el tema y lo dejó arriba de un mueble para que yo lo pudiera ver. Lo tomé y le di una mirada. Era muy técnico, hablaba de las formas de contagio, los exámenes, las estadísticas, las investigaciones que se estaban haciendo para descubrir algo más sobre la enfermedad… Nada nuevo. De vez en cuando también salía alguna información en el diario. Pero cada uno decía una cosa diferente, eran teorías diferentes, tratamientos diferentes, y había gente que hasta se peleaba por el descubrimiento del virus. ¡Cómo es posible! Habiendo personas que morían en todo el mundo, el negrito peleaba para reclamar quién fue el primero en aislar la maravilla del VIH.
Leía de todo un poco. De vez en cuando, mi tía Dete de Estados Unidos también me mandaba algunos reportajes que salían allá. Hasta hubo una vez, en noviembre de 1989, en que asistí a una conferencia. Una amiga que estaba haciendo un estudio en las áreas de biología comentó conmigo que asistiría a un curso de fin de semana sobre el SIDA y otros temas. Terminé inscribiéndome y fui con ella (sin despertar sospechas, por supuesto).
El curso estaba dirigido a gente de nuestra edad y el profesor era un tipo de unos cuarenta años, un metido, de ésos que se pasan haciendo bromitas imbéciles para probar que son nuestros amigos. Ya en el primer día habló del SIDA. Contó una rápida historia del virus, del contagio, y después se quedó horas mostrando diapositivas donde aparecían personas enfermas. Era una foto, una broma sarcástica y risas. Mostraba, por ejemplo, la foto de un afta en una persona normal y después otra afta en una persona con SIDA que, según él, era inmensamente más grande. Cambiaba la diapositiva y mostraba una herida, cambiaba de nuevo: con SIDA, una “tremenda herida”. Diarrea, sarcoma de Kaposi. “¡Ah, ésta es linda!”, decía, y apuntaba a los órganos genitales de alguien con SIDA en estado terminal o con alguna enfermedad de transmisión sexual. Sentí rabia, no por las figuras que trataban de algo tan serio, sino por aquel espectáculo ridículo que más parecía una película de terror barata y de quinta categoría.
Después siguió haciendo más bromas sobre el comportamiento sexual de los jóvenes y lo ilustró con anécdotas del tipo: “Y entonces los dos se conocieron y de inmediato tuvieron relaciones, al primer día. Apuesto que ni siquiera sabían sus respectivos nombres (risas). Más tarde ella descubrió que había sido contagiada”.
Gran cosa, yo había tenido relaciones sólo tras seis meses de pololeo y me había contagiado igual. El problema no estaba en el tiempo, sino en el preservativo, o mejor dicho, en la falta de él. Pero, en vez de recalcar eso, prefería dar una lección de moral.
Para terminar, hizo un “jueguito de estadísticas”, diciendo que en aquella época había tal cantidad de casos y que dentro de algunos años el número se triplicaría y, peor aún, que ya estaría contagiada la mitad de la población mundial.
—Para que se hagan una idea —continuó él—, imaginen que, en una sala llena de gente como ésta, por lo menos una de dos personas sentadas a su lado va a tener el virus.
Ahí todos miran para el lado, hacen una mueca de miedo y se largan a reír. En ese minuto hasta yo reí. Reí porque me imaginé la cara de mi amiga, que estaba a mi lado mirándome y riendo, si supiera que yo realmente tenía el virus. ¡Era patético! Y también era patética la actitud del profesor que, al mismo tiempo que quería mostrar que las personas contagiadas podrían estar en cualquier lugar, parecía no tomar en cuenta que ahí mismo podía haber alguna. ¿O sería tan insensible, al punto de hacer un chiste de todo eso?
Al final sentí una enorme desilusión y pena, mucha pena por todos los de ahí. Del profesor, por su inútil tentativa de crear conciencia en los jóvenes a través del miedo y lecciones moralistas; de los jóvenes, por la certeza de que nada de eso serviría para que se protegieran; y de mí, porque no tuve el valor de levantarme en medio de la conferencia para responder a todo. Para empezar, diciendo y mostrando que las personas con SIDA o con el virus del SIDA no son monstruos. Que sólo el miedo y un comportamiento moralista jamás habían salvado a nadie. Y que lo que las personas tenían que hacer era enfrentar todo sin tabúes ni prejuicios.
Sí, eso era lo que debería haber hecho. Pero no lo hice, seguí sentada en silencio. Si fuese hoy, después de todo lo que vi y viví, me levantaría y contaría toda mi historia. Y porque creo que ése es el mejor camino es que estoy escribiendo este libro. Para empezar a levantarme y no dejar que otros caigan.
Marzo de 1990. Las vacaciones en Corumbá terminaron y empezaron las clases en São Paulo. Ahora mi vida era universidad por la mañana, trabajo por la tarde y teatro en la noche y los fines de semana. Pero no duró mucho tiempo. Tres meses después ya había dejado la universidad.
El curso en sí no era malo y finalmente estaba estudiando sólo las materias que me gustaban: portugués, inglés, literatura, poesía, comunicación. Las clases eran como en cualquier otra universidad. Unos cien alumnos por clase, todos al fondo conversando, y al frente una pobre profesora dando un discurso para media docena de interesados, y a veces ni siquiera tantos.
Los profesores eran buenos. Sé bien que soy poco confiable para hablar de esto. Siempre encontré que, por malo que fuera un profesor, tenía algo que enseñarnos, aunque no fuese de su ramo. Lo más penca de todo era tener que levantarse a las seis de la mañana, tomar un bus y cruzar la ciudad. En esa época ya tenía documentos, pero unos meses antes había tenido un “choquecito” y entonces no me sentía suficientemente segura para ir manejando. En resumen, mi vida académica no era ninguna maravilla. Pero, a pesar de todo, podía sobrellevarla como cualquier mortal. ¿Qué fue lo que pasó entonces? Cuentas, pues. Mi cabeza volvió a sacar cuentas. Y después de algunos cálculos, llegué a la triste conclusión de que no tendría tiempo de terminar la carrera, porque antes de eso ya me habría muerto.
En eso aparece un metete cualquiera y dice: “Pero no puedes pensar así. Todo el mundo va a morir un día”. Ya lo sé. Estoy cansada de saberlo, pero no es lo mismo. Déjame ver si te lo puedo explicar.
Supongamos que haga un queque de chocolate —por lo demás, es lo único que sé hacer. Receta de la Gábi, la del colegio. Era el queque que hacíamos para vender en los recreos y juntar plata para nuestra graduación. Los ingredientes son los siguientes:
3 tazas de harina
2 tazas de azúcar
1 taza de chocolate en polvo
2 tazas de agua caliente
1 taza de aceite
2 huevos
1 cucharada sopera de polvos de hornear
1 cucharada de té de bicarbonato de sodio
1 pizca de sal.
Se coloca todo en un bol y se bate. Se enmantequilla una fuente rectangular, se vierte el batido y se pone al horno. Para terminar, cubrir con brigadeiro (crema de chocolate) y ¡listo! Ahí está el queque de chocolate más rico del mundo.
Entonces aparece alguien y te dice que, sin que te dieras cuenta, estaba midiendo el tiempo mientras hacías el queque. Y que —con la mayor calma, sin ningún apuro— te demoraste exactamente 45 minutos. Te propone lo siguiente: que ahora hagas todo de nuevo, el mismo queque, en el mismo tiempo, sólo con una pequeña diferencia: va a poner un reloj frente a ti, marcando los minutos y haciendo tictac. ¿Hagámoslo?
¡A la una, a las dos y a las tres! Ingredientes: huevos, ¿dónde están los huevos? En el refrigerador. Saca los huevos. ¡Plof! Se cayeron los huevos, la gran cagada. Un paño, ¿dónde hay un paño? Ah, en el área de servicio. Abro la puerta del área y el Felipe huye (Felipe es nuestro perro, un basset-hound, esa raza que tiene unos veinte centímetros de oreja, cinco de pata, ochenta de largo y es gordo, muy gordo). Entro al área de servicio y revuelvo todo para encontrar el paño. Encuentro el paño, vuelvo a la cocina, pero los huevos ya no están donde se me habían caído, ahora están esparcidos por toda la cocina (obra del señor Felipe, por supuesto, y de sus largas orejas que arrastran todo en su camino). Tictac, ya pasaron cinco minutos. Mierda, después limpio. Saco otros huevos, los quiebro dentro del bol. Tomo la harina, la bolsa tiene un hoyo, más mugre. Tictac, tictac, ¡no me va a alcanzar el tiempo! Azúcar, chocolate, aceite: ¡más cagadas! Tictac, diez minutos. Agua, hay que hervir agua. Pongo una olla, la llevo al fuego, no encuentro los fósforos. Fósforos, ¡¡¿dónde están los fósforos?!! Mi abuela viene pasando tranquilamente por la cocina:
—Abuela, ¡¿no hay fósforos en esta casa?!
—No, mi amor, la cocina es automática.
—Ah…
Tictac, tictac, quince minutos, tictac, hierve el agua, tictac, me quemo la mano. Tictac, tictac, ¡no me va a alcanzar el tiempo! Sal, bicarbonato, polvos de hornear, mantequilla, margarina… ¡¡¡Socooooorrrro!!!
¿Viste? Más o menos eso fue lo que pasó conmigo. Me enredé entera y dejé la universidad. Creo que no necesito decir que en ambos casos, el queque y la universidad, el tiempo no se había terminado. Si mirara el reloj de la cocina, vería que aún quedaban muchos minutos. Y si mirara el reloj de la vida, vería que hoy ya estaría egresada. Pero como nadie es perfecto…
Seguí estudiando teatro. Me encantaba ese nuevo curso, era lejos el mejor que había hecho. Me lo indicó la Dra. Sylvia. Yo tenía que dar examen en una escuela y necesitaba alguien que me dirigiera en una escena. Entonces ella me habló del tal profesor, un señor de unos cincuenta años que trabajaba en teatro hacía mucho tiempo, e incluso había hecho un curso de psicología para comprender mejor la psiquis de los personajes. Rápidamente me interesé en él; cuando asistí a una de sus clases, mejor ni hablar. Sus alumnos estaban haciendo una escena de Hamlet, y cuando terminaron, escuchamos la opinión del profesor. Hasta ese día, jamás había visto a alguien tomar tan en serio un texto, tratar los personajes tan a fondo y referirse al teatro con tanto respeto. Quedé maravillada. Y, en vez de dar examen en la otra escuela, me quedé a estudiar ahí con ellos.
Fueron tres años dedicados al teatro. Teníamos clases de interpretación, expresión corporal, voz. Estudiábamos las tragedias griegas, las obras de Shakespeare, Strindberg, Tennessee Williams, autores nacionales y muchos otros. Pero sobre todo estudiábamos el alma humana, como decía nuestro maestro, Wolney.
Hasta que un día, cuando ya estaba con el diploma en la mano y el documento que me permitía trabajar como actriz profesional, hice mis maletas y me fui, dejando todo atrás.