ACEROS INDÓMITOS


 

La campiña aparecía, lánguida y extensa, como un tapiz en flor...

 

Como una alfombra de campos de cultivo aún precoces, sin el paño tostado y alto con el que se acabaría revistiendo durante la estación seca. Los llanos serenos entre los valles de las últimas sierras ahora superadas se extendían sin fronteras, más allá de donde la vista alcanzaba. Atrás quedaban, al fin, los valles hundidos y el tenebroso cenagal que llamaban del Nahûl. Aquella última escarpadura del suelo ponía un límite tajante al terreno llano y húmedo de las marismas para separarlo mediante crestas quebradas, de otro paraje llano y uniforme. La luz de la tarde se matizaba con ese carmín coralino de los atardeceres de Minos y, en el horizonte, los ardientes discos solares iniciaban su lento claudicar ante las sombrías realidades de la noche.

Desde aquellas laderas, al pie mismo de los abismos, el espectáculo carmesí dotaba a las amplias vistas de una aureola distinta, a medio camino entre la solemnidad y la emoción colmada. Sobre los caballos, apenas sin dirigirse palabra, miraban aquella fantástica puesta de soles con el mismo compungido sentimiento, con la misma vibración contenida, que sigue a la bajada del telón tras una ejecución impecable.

Podía verse la campiña tapizando como una colcha de retales las praderas llanas que se disponían abajo frente a sus ojos. Había pequeños bosques, apenas arboledas, sobre las laderas o envolviendo pequeños cauces de agua. También podían divisarse sin dificultad lo que semejaban ser caminos empedrados que conectaban distintos puntos y se perdían a lo lejos. Allí, también en la distancia, los pequeños y medianos cauces de agua acababan fundiéndose en una lejana sierpe de plata, visible aún en la lejanía y que resultaba ser el S’uam, río que habían visto nacer en el deshielo de las faldas del Belgarar y que discurría por aquellas planicies convertido en un caudaloso hidalgo.

Allá, a solo algunas millas de distancia, quizá inapreciable si no fuese delatada por las sombras oblicuas de la tarde, podía intuirse lo que parecía una aldea. Una villa amplia que se situaba en el centro de tan extensas vistas al pie de un arroyo y a la vera de un bosquecillo de abedules.

—Ese es nuestro destino —confesó Ishmant a la vista de aquella pradera y de las villas que en ella crecían y se ocultaban—. Diezcañadas, en plena comarca mediana del S’wam.

—¿Aquello es? —preguntaban los chicos con una emoción sin disimular. Ishmant se limitaba a asentir satisfecho—. ¿Allí vive el hombre que puede ayudarnos?

Ishmant desvió la mirada hacia los elfos antes de responder. Gharin y Allwënn, por motivos distintos a los de aquellos jóvenes, también esperaban encontrarse con él.

—En esta apartada comarca agrícola me cité con él hace algún tiempo. Espero que los ancestros le permitan cumplir su palabra. Si no ha llegado aún, lo esperaremos.

 

Habían llegado.

Parecía que jamás se alcanzaría ese momento. Que el tiempo se dilataría hasta la eternidad para que consumieran su existencia en un interminable cabalgar sin rumbo. Pero lo habían logrado, pese a todas las inclemencias y adversidades, allí estaban.

Los humanos se miraron inquietos, sin poder evitar revolverse en sus sillas. La proximidad de un desenlace, ya fuese venturoso o no, les hacía mostrarse con el mismo nerviosismo que precede, en el actor, a la salida al escenario. Aun así, existía una segunda lectura. Todavía podían verse las manchas de sangre reseca en muchos cabellos, vestimentas y armaduras. Aunque seca y pegada sobre sus cuerpos, en los corazones y ánimos se encontraba aún caliente, palpitante y fresca. La última experiencia, demasiado cercana aún, se había hundido pesadamente en el pecho de los chicos y les había hecho comprender de manera concluyente la clase de ley que imperaba en el mundo que pisaban y la verdadera naturaleza de las personas que los acompañaban.

Tal vez, solo después de lo visto, acabasen teniendo certezas fundadas de que aquella pareja inusual y el solitario Ishmant no podían ser simples ladrones.

Ya no podían continuar creyendo algo tan ingenuo.

 


 

Su graciosa silueta aparecía y se difuminaba entre las peñas, saltando como un gato que busca una presa, con su misma rapidez y elegancia. Aquella melena de oro encrespada se veía ondear y derrumbarse contra su estrecha espalda como una masa de espuma dorada y espesa. Sobre su hombro, la esbelta sombra del arco y las flechas en su carcaj se perfilaban tras él otorgándole la apariencia del cazador. Gharin no se apartó del grupo para cazar. Desmontó y corrió entre la hierba y los riscos, pero no para buscar sustento. Lo hizo para observar, a mirar, a darle de nuevo uso a la extraordinaria capacidad de visión que poseían sus brillantes pupilas de elfo. Pero en pocos minutos acompañaría de nuevo al grupo que había dejado cansado y dolorido tratando de desentumecer los músculos.

—Nada —dijo aún caminando hacia ellos—. Desierta. Ni rastro de movimiento. No hay nadie, no hay tropas. Nada. Ni las ratas habitarán ya en ese lugar.

Ishmant se encontraba mirando en lontananza, hacia el inabarcable horizonte que aún tenían por delante. A su lado se encontraba Allwënn, callado y pensativo. A últimas horas de la tarde el cielo se había despejado lo suficiente como para permitirles ver la caída de los soles. El día estaba a punto de expirar y las tenues y agónicas horas de sol pronto darían paso a las planicies oscuras de la noche. Yelm se suspendía en el cielo a punto de besar el horizonte. Minos aguardaría su turno, algo más tarde.

—Es hora de decidir.

Pronto se halló la cuenca del Galia. Sobre su fluido curso acabaron dejando atrás las pantanosas profundidades de los valles con sus pájaros y peces y sus sombrías profundidades. Kilómetros abajo, una vez las marismas fueron recuerdo, se reencontraron con los corceles. La sugerente Shâlïma y el poderoso Iärom habían logrado conducir al resto de los animales por los círculos exteriores de los pantanos y parecían aguardar al grupo de humanos con impaciencia. El reencuentro resultó casi tan emotivo como la despedida, y la cautivante personalidad de los corceles acabaría por hacerse un hueco profundo en el ánimo. Pronto los arneses estuvieron de nuevo sobre los lomos, las bridas mordidas por las quijadas. La balsa se hizo leña y el grupo emprendió el camino.

La tarde, además de una ligera mejoría en el tiempo, trajo también aquella visión que pocos esperaban. Bajo los riscos y lomas, sobre el valle que formaban algunas colinas y tapizando sus laderas, se divisó la silueta difusa de una ciudad. Nuevas nubes de tormenta amenazaban a lo lejos la travesía, así que Gharin decidió echar un vistazo para comprobar si resultaba más interesante aguardar a la noche bajo los techos de alguna de las viviendas o continuar aun a riesgo de no evitar la tormenta.

Muchas de las antiguas ciudades humanas fueron abandonadas poco después de su saqueo. De hecho, eran más las ciudades destruidas y luego abandonadas que aquellas que habían vuelto a levantarse bajo el negro estandarte de Kallah. El núcleo político y administrativo del Nuevo Orden era el templo. En los templos se tramitaba todo lo necesario para organizar la productividad de una ciudad. Son los auténticos centros neurálgicos del poder establecido. Los monjes de Kallah son pocos, y su milicia escasa si hemos de compararla con el número de ciudades que quedaron despobladas tras la guerra. Nadie en su sano juicio, ni siquiera el fanatismo de quienes siguen a la Señora, dejaría a una jauría de orcos, ogros o saurios solos sin la estrecha vigilancia de los soldados oscuros. Con suerte se matarían entre ellos. Por eso los duques y maestres de Kallah tuvieron que medir muy bien sus posibilidades y seleccionar las ciudades que valía la pena ocupar y explotar en un complejo entramado de redes de comunicación. Había rumores que apuntaban a que la orden lunar se había volcado en los últimos años en la construcción de nuevos templos y que se estaban multiplicando y extendiendo como un cáncer. La mayoría de los presos eran enviados a trabajar en el levantamiento de estos santuarios y eso solo parecía tener una traducción posible, y es que el Culto se estaba recuperando del desgaste de la Guerra.

—¿Qué ciudad es esta? —preguntó Gharin deteniendo el cremoso corcel que montaba para mirar el ruinoso espectáculo de casas abandonadas que encontraron alrededor.

—No consigo orientarme —confesaba el guerrero humano—. No estoy seguro de si hemos atravesado las fronteras del ducado. Tal vez sea Tres Puertas o Calahda aunque bien podría tratarse ya de la propia Aldor.

—Creo que Aldor estaba bajo el dominio del ‘Säaràkhally’ —apostilló Allwënn que miraba con recelo los desvencijados restos que se erguían como un cadáver viviente—. Allí ondean los estandartes de la Señora. Además, creo que quedaba mucho más cerca del curso del Dar.

—Es muy posible —respondió el humano desmontando de su negra cabalgadura—. Probablemente tengas razón. Busquemos. Tal vez encontremos algo que nos despeje incógnitas.

 

No había puerta y el interior se encontraba cargado de tinieblas. Ishmant no gozaba de la innata habilidad de vislumbrar en las sombras pero sus sentidos se habían desarrollado mucho más que los de cualquier otro humano. El interior de la vivienda era de dimensiones reducidas y había sido pasto de las llamas. Cenizas y vigas calcinadas se amontonaban apiladas en el suelo de la habitación como un monte de negros despojos. Avanzó despacio, sin emitir un solo ruido por entre el bosque de escombros y muros caídos, para advertir, por el vano abierto de lo que una vez fue una ventana, cómo la joven Claudia inspeccionaba temerosa y asustada la vivienda anexa.

Los últimos rayos carmesíes del rojo Minos caían oblicuos por entre las numerosas grietas y aberturas de las paredes. Como auténticas cascadas de fuego se abrían paso por los huecos abiertos de las consumidas ventanas.

 

Alex miró hacia arriba. Las vigas de las techumbres estaban ennegrecidas pero no parecían haber sido atacadas por el fuego, tan solo revestidas por el oscuro roce del denso humo. A cada nueva pisada se levantaba una ola de polvo acumulado durante décadas y los desvencijados muebles, que en su día hubieron de ser lujosos y recios, apenas si se mantenían en pie y de una pieza. Alex sentía, al tocar con sus dedos la rugosa textura de la madera carbonizada de puertas y ventanas, los angustiosos gritos de los únicos supervivientes que aun persistían en aquella ciudad fantasma. Esos muebles y paredes, aquellas vigas y techumbres. Todos esos restos diseminados y heridos de muerte. No pudo evitar trasladarse con la mente a los últimos momentos de existencia de aquel lugar. No fue muy difícil. Fuego, humo, gritos, llantos. Una densa atmósfera irrespirable llena de bestias con resplandecientes aceros y oscurecidas almas abatiendo indefensos aldeanos. Ríos de sangre deslizándose por las calles como el agua se escurre tras una tormenta. Sencillamente aterrador.

Entonces escuchó voces en el exterior.


 

Gharin y Allwënn habían entrado en otra de las viviendas, ambos empuñando firmemente sus aceros sin dar tregua a ninguna sorpresa que pudiera saltar desde alguna invisible esquina para prenderse a su cuello. El propietario de aquella casa hubo de poseer un nivel social más elevado. La vivienda era grande y en su momento gozó de un mobiliario refinado y exquisito. La mayoría de las cosas de valor habían desaparecido, víctimas quizá de saqueos y rapiñas. No obstante, aunque decrépita y vencida, seguía respirándose en su interior un remedo de la atmósfera señorial que una vez presidió aquellas paredes. Sobre el suelo, como resultaba habitual, se amontonaban desperdicios y suciedad de años junto con otros objetos informes. Allwënn apartó de una patada un amasijo de hierros retorcidos que en el pasado probablemente hubiese constituido el cuerpo de una elegante y, con toda seguridad, muy costosa lámpara colgante.

Majestuosa, una amplia y alta escalera de madera levantaba sus pesados y recios escalones hasta el segundo piso. El pasamanos era grueso y estaba labrado, lo cual realzaba aún más las formas impresionantes de la escalera que asombrosamente aún se vestía con las pesadas y costosas formas de un tapiz granate con bordados de oro que ya había perdido toda la gloria de antaño. Irrecuperablemente sucia, rota y desmembrada, aquella larga alfombra brindaba a la estancia la misma imagen lóbrega que una anciana arrugada y marchita vestida con un polvoriento traje de novia. Resultaba casi una visión de ultratumba.

Los ojos de los elfos escudriñaban las sombras desvelando los secretos ocultos que se escondían en ellas, tras los huecos de las puertas, en las esquinas. La débil luz que penetraba por los ventanales, pocos de ellos aún acristalados, solo servía para iluminar vagamente el pavimento cubierto de suciedad, escombros y signos de violencia. De pronto, el pie derecho de Gharin presionó una sustancia blanda y húmeda cuando debería haber alcanzado el último peldaño de la altiva escalera. Era como una pasta gelatinosa y densa que se escurrió por debajo de su suela y quedó adherida a ella en un pegajoso abrazo. Allwënn ya se encontraba inspeccionando una de las habitaciones interiores de aquel segundo piso cuando oyó a su compañero proferir una maldición.

Se acercó hasta el umbral de la puerta y le vio frotando con repugnancia la suela de su bota con la arista del escalón.

—¿Todo bien, amigo? —le preguntó desde su posición.

Gharin levantó la vista y su rostro tenía el expresivo rostro del desagrado.

—He pisado los excrementos de algo —confesó molesto.

—¿Excrementos? —repitió la inconfundible voz de su amigo.

—Alguna alimaña decidió no esperar más

—¿Necesitas ayuda? —regresó de nuevo la voz, aunque esta vez venía impregnada con el hábil humor del mestizo. Gharin desplegó los labios en una simpática sonrisa. El buen humor del elfo no se oscurecía por tan poco.

—Olvídalo. Los tengo acorralados. Ya te llamaré si encuentro algo más peligroso como... digamos... un ramo de amapolas[1].

Se escucharon unas sonoras carcajadas.

—Maldición —repetía mientras frotaba su bota con la madera—. Te has agarrado bien... Supongo que me has cazado en emboscada.

Al fin los restos de la inoportuna defecación se liberaron de la bota de Gharin tras unos momentos de esfuerzo, pero con tan mala fortuna que en la última sacudida el talón golpeó en el escalón inferior y a punto estuvo de perder el equilibrio de no ser por que los rápidos reflejos le llevaron a prenderse de uno de los balaustres de la escalera.

—¿Pero qué...?

Algo extraño había palpado al sujetarse del maderamen, algo filoso y áspero como un puñado de cerdas gruesas y duras. En efecto resultaron ser los restos de un espeso pelaje gris terroso lo que traían pegados los dedos del arquero. Un pelaje duro y afilado que debió quedar adherido a la madera del barandal cuando el animal subió.

—Supongo que tú eres el dueño de la mierda, ¿no es cierto? —preguntaba solo a los gruesos filamentos que aún perduraban entre sus dedos. Entonces vio otro puñado más cerca del vástago del que había recogido los primeros. Dudoso, se agachó para prender también aquellos que encontró en una cantidad bastante más numerosa. Entonces los pasó por la suave y sensible piel de sus dedos tratando de adivinar por su textura a que animal pertenecían. Pronto su veteranía le mostró que no se trataba de ningún animal.

—¡¡Allwënn!!

El cesar de los ecos de sus pisadas sordas en la madera advirtieron a Gharin que su compañero se encontraba junto a él, aunque sus ojos aún se encontrasen en la mata de pelo duro que había extraído del suelo. Volviendo su vista, entornó la mirada hacia las gemas verdes que se engastaban en los ojos de Allwënn y que en la creciente oscuridad que poblaba la estancia comenzaban a brillar como los rescoldos de una hoguera. Entonces le tendió la mano y mostró la pelambrera encontrada. Allwënn la rescató de los blancos dedos de su amigo y se despojó enseguida de su guante para hacer lo mismo que había hecho Gharin hacía unos instantes: comprobar su textura. Su rostro, un tanto escéptico, indicaba que no parecía haber encontrado nada aparentemente anormal. Entonces, Gharin, que lo observaba en silencio le apremió con un gesto a que la oliese. Una pestilencia característica inundó las fosas nasales del guerrero nada más posar el pelaje bajo su nariz. Un olor azmilclado y descompuesto. Al mismo tiempo un hedor húmedo y terroso.

Pocas cosas huelen así.

—¡Ratas!


 

En el exterior, los últimos haces de sol expirarían en breves minutos.

Una luminosidad tenue, algo más intensa y ocre que el brillo apastelado de nuestro sol, anunciaba sin error la venida, siempre mal recibida y cruel, de las sombras. Aún dejaba libertad para ver y otorgaba unos momentos preciosos para buscar resguardo. Junto a los caballos se encontraba Alex y también el musculoso Odín, a quien habían dejado la vigilancia de los animales. El resto se había internado en las panzas calcinadas de las viviendas adyacentes con objeto de recabar algo de información. Los elfos no habían alcanzado aún el punto de reunión cuando vieron salir de una casa próxima a Ishmant acompañado de la joven humana. Tampoco esperaron a que él llegara, decidieron abordarle aun en la distancia.

—No estamos solos, Ishmant, hemos encontrado… —alzó la voz el mestizo de largos cabellos pero su frase fue interrumpida por el propio Ishmant.

—Ratas. Lo sé. Hay rastro de ellas por todas partes.

Pronto hubieron salvado los metros que les separaban y todos se reunieron con impaciencia en el cerco que formaban los caballos. Entonces Allwënn extendió su mano y mostró a los ojos del embozado humano los restos del parduzco pelaje que había encontrado su amigo.

—Sí, no hay duda, son ratas —confirmó Ishmant de un rápido vistazo.

—La ciudad entera puede estar infectada.

—Tal vez estuvieran de paso —apostó el embozado guerrero.

—Lo dudo —manifestó el rubio mestizo con asombrosa seguridad. Ishmant lo miró preguntándole con las pupilas el motivo de tanta certeza—. He encontrado restos recientes de actividad.

—¿Cómo de recientes? —Quiso saber el guerrero. Gharin miró a su compañero y ambos trataron de disimular un acceso cómico.

—Digamos que... lo bastante recientes.

Ishmant echó una ojeada al cielo prácticamente nocturno de aquellas horas. Un fresco olor levantado por una creciente y húmeda brisa advertía de la proximidad de la tormenta. Respiró hondo y volvió a dirigirse al grupo.

—Si nos vamos ahora dejaremos atrás el problema de las ratas pero no podremos esquivar la tormenta. Si nos quedamos, la situación se tornará inversa.

—¿El problema de las ratas es tan grave? —preguntó el robusto Odín.

—Podría serlo —contestaba Allwënn—. No suelen salir de sus madrigueras sin un buen motivo. Pero quizá nosotros seamos una interesante fuente de motivación.

—Será cuestión de mantener los ojos abiertos —propuso Gharin.

—De verdad... —se sinceraba Alex también—. Si tengo que elegir entre un puñado de ratas y otro chapuzón de agua fría, prefiero mil veces las ratas.

El resto de los jóvenes parecía compartir también aquella opinión y probablemente resultó aquella firme convicción la responsable de que optaran por aguardar allí a que pasara la noche.

—De acuerdo —dijo Allwënn dirigiéndose hacia un Ishmant silencioso y, como siempre, pensativo—. Entonces será mejor que busquemos un buen lugar y dejemos de llamar la atención.

 

La ciudad carecía de murallas y probablemente tal carestía facilitó el fatídico desenlace. Muchas, por no decir la mayoría, de sus casas y viviendas aún permanecían en pie aunque pocas de ellas se conservaran intactas al exterior. Faltaban puertas y ventanas, parte de las cubiertas o sus paredes se encontraban agujereadas y ennegrecidas como si hubiesen sufrido un auténtico bombardeo. La distribución de las calles resultaba típicamente ortogonal, aunque su trazado serpentease acomodándose a la altura del terreno. De estas arterias principales partían otras tantas calles que se perdían por entre los edificios, manteniendo, solo en su intención original, la división en damero. En las calles más anchas se agolpaban la mayor parte de los establecimientos comerciales. El grupo se entretuvo en observar con curiosidad aquel paraje desolado y ruinoso que ofrecía el conjunto de edificios a ambos lados de aquella calzada amplia por la que transitaban en dirección norte. Trataban de imaginar aquel lugar en otros tiempos muchos más felices, con sus habitantes caminando de un lado para otro y vestidos con indumentarias que apenas si lograban dibujar en su imaginación.

A medio descolgar, aún aferrado al gancho que una vez lo unió al travesaño, un grueso tablero de madera se mecía chirriante al viento con una ornamentada inscripción:

«Las Siete Cabezas. Taberna».

No resultaba difícil vislumbrar allí el entrar o salir de temerarios guerreros medio borrachos, dispuestos siempre a encontrar algún trabajo en el que empeñar su espada y conseguir algo de oro que gastar en mujeres o cerveza. Un poco más adelante, en una fachada recargada de inusual diseño, otro rótulo descolorido y apagado decía:

«Irkop, hijo de Klasku el Servero. Tatuador. Decore su piel con los mejores trabajos traídos del Othamar».

En realidad los jóvenes miraban con fascinación y sobrecogimiento esas calles desiertas y olvidadas, aquel paraje lleno de ruinas, pasado y recuerdos, pero en cierta manera lo contemplaban con la misma lejanía con la que un turista visita alguna reliquia del pasado clásico. Nada les unía a ese lugar, ningún recuerdo pervivía ni antes ni después del desastre. Aun así, un extraño resquemor les erizaba el cabello. Tal vez fuese el cadavérico aspecto de lo que una vez tuvo vida, el intenso sobrecogimiento que imprime en el alma contemplar desierto lo que por lógica y norma debería encontrarse repleto de actividad y gentes. Ese miedo amargo de la ruina. También, porque por primera vez contemplaban de cerca el efecto de aquellas historias que les habían contado acerca de la negra diosa y su infernal ejército, las guerras y el exterminio implacable de humanos. Aquella ciudad carbonizada y desierta era la prueba palpable de la veracidad de aquellas narraciones. Eso sí ponía fácilmente los cabellos de punta.

Sin embargo, para el resto significaba algo aún más espeluznante. Lo contemplaban con la amargura y tristeza con la que se pierde algo querido. Era su civilización y su presente lo que en aquella solitaria ciudad se estaba consumiendo.

—¿Qué ocurriría aquí? —surgieron los pensamientos de Odín involuntariamente hechos palabra. Claudia, que cabalgaba en su montura asida a su férrea cintura, no pudo evitar contestarle.

—Algo terrible, sin duda.

—Hace mucho tiempo que sucedió, de eso no hay duda —respondió entonces Odín al comentario de la joven enlazando con sus propios pensamientos—, pero siento cómo resucitamos sus últimos momentos cada vez que clavamos la vista en una de esas paredes calcinadas.

Claudia callaba.

Alex se había quedado un poco rezagado con respecto al grupo, apenas unos metros, pero estaba tan embebido en la contemplación del lugar que atravesaba que no percibió su retraso. De repente, la montura hizo un movimiento extraño y el chico, que pronto se reveló extraordinariamente hábil con el caballo, supo que el animal había pisado algo con su pata trasera.

Aún se encontraba dedicado a buscar el origen del traspié cuando le pareció escuchar un ruido en una de las calles adyacentes. Ambos soles habían desaparecido engullidos por la línea del horizonte y tan solo quedaba esa luz menguante y difusa que todavía perdura justo antes de que las sombras ganen la definitiva batalla. La calle que miraba había caído ya en poder de las tinieblas y apenas un resplandor borroso aún perfilaba contornos. Allí sorprendió a una sombra de corta estatura que cruzaba de una a otra vivienda en la impunidad del silencio. Al sentirse descubierta, se detuvo justo en mitad del trayecto. Demasiado oscuro, por desgracia, para apreciar sin confusión de qué se trataba. Demasiado lejano, demasiado deforme para identificar brazos o patas aunque el joven creyó adivinar que caminaba sobre dos piernas. Fuera lo que fuera aquello que las pupilas de Alex sorprendieron, se detuvo para mirarlo. Dos puntos intensamente rojos se dibujaron en la oscuridad como sus ojos y el joven se sobresaltó.

—¡Alex! ¿Qué demonios haces ahí? Vamos, no te quedes atrás.

El joven desvió la mirada un instante y cuando la regresó al punto de origen, la criatura, o lo que quiera que fuese, había desaparecido.

—¿Ocurre algo? ¿Alex?

El joven pensó un instante en contar lo que había visto pero, por algún motivo desconocido, decidió al fin no hacerlo. Espoleó el caballo y con un ligero trote pronto estuvo de nuevo junto al resto de sus compañeros.

El joven músico alcanzó a los jinetes que se habían detenido. La amplia calle desembocaba como el caudal de un río en la plaza mayor de la ciudad. Antaño sirvió de foro comercial y administrativo, era el punto más concurrido y activo de la ciudad. Sin embargo, el lugar que pisaban había sido objeto de un salvaje ensañamiento. El abanico de destrucción que se abría ante los ojos en aquella extensión sorprendía incluso a quienes ya esperaban hallarla destrozada. La plaza mayor era también el lugar donde se ubicaban la mayoría de los edificios de la administración pública, entre los que solían encontrarse los templos y edificios religiosos. Ahora no eran más que despojos, ruinas o cimientos. Las grandes y solemnes construcciones se habían hundido. De los majestuosos templos poco quedaba en pie. El que una vez fue probablemente el más recio e impresionante, el Templo de Yelm, yacía derrumbado sobre sus pilares formando una acumulación informe de polvo y piedra. Tan solo aguantaba, agónica y temblorosa, la silueta de sus impresionantes puertas y la gigantesca arcada que una vez dio paso a peregrinos y devotos. También las dos columnas estriadas, aún con el carcomido revestimiento dorado que las adornó, rematadas por los capiteles Ilthicos, capaces de servir de mesa para un banquete, que flanqueaban la entrada. Fragmentos de las grandes torres, partes de las cubiertas colosales que un día se cubrieron con cúpulas. Todo él vencido y humillado. Aquellas puertas se abrían como un portal en la nada. Como la entrada a un invisible recinto, físico tal vez en otros planos u otros mundos. Allí aguardaban, como recuerdo del orgullo, como irreductibles pilares que perviven cuando todo a su alrededor ha muerto y desaparecido. Peor suerte tuvieron otros santuarios para los que una marca de cimientos en el suelo y algún que otro arranque de pilares o columnas que sobresalen entre el mar de escombros, constituían el último vestigio de aliento entre tanta desolación. Solo la siniestra silueta de un templo se mantenía indemne como la torre mayor de un alcázar; alzaba con soberbia sus afiladas puntas proyectadas hacia el cielo oscurecido de la noche, la devastación circundante las hacía parecer aún más alargadas e interminables, aún más sombrías y tenebrosas.

Resultaba un edificio levantado al exterior en una piedra azulada, oscura y mate aunque muy bien trabajada. Tenía amplios ventanales ojivales y puntiagudas torres y remates. El lienzo de la portada se coronaba con cuatro torres y una cresta de tenebroso diseño. Sobria, sin grandes representaciones escultóricas, se encontraba cuajada de relieves extensos y profundos que empañaban como un tul de piedra la enorme y alta fachada del edificio. Unas puertas dobles, grandes y pesadas, tachonadas de metal, cerraban el paso enmarcadas por un recargado dintel y la impresionante talla, como parteluz, de un atlante de rostro velado. Un enorme medallón esculpido sobre estos elementos avisaba de la advocación del tenebroso lugar de culto.

—No es de advocación a Kallah —anunció Ishmant, algo que resultaba obvio para los elfos pero absolutamente desconocido para el resto de los humanos.

—Aros —contestó pronto Gharin—, el Farsante. Al parecer un gremio de ladrones y estafadores había levantado su santuario aquí.

—Apuesto mi diestra a que algo tuvieron que ver con el desenlace de esta batalla —aseguró Allwënn, que se había adelantado para observar con mayor detalle la cimentación del edificio. Un trueno distante avisó de la cercanía de la nueva tormenta e hizo desviar las miradas al cielo, en cuya negra simiente comenzaban a brillar las primeras estrellas.

—Sí, quizá sea buena idea entrar —secundó alguien.

Allwënn se detuvo de súbito para volverse y escudriñar lenta y desconfiadamente el hueco de aquellos edificios fantasma envueltos en las tinieblas de la recién llegada noche.

—Esta ciudad parece tener mil ojos —comentó el mestizo con un patente recelo. Alexis estuvo a punto de confesar el fortuito y extraño percance de hacía unos minutos. Pero el silencio de la indecisión ganó terreno y las palabras al final murieron antes de nacer.

El portón, aunque grande, podía haber sido movido por una sola persona, sin embargo hizo falta la fuerza combinada de Allwënn y Odín para desencajar y obligar a ceder a unos pórticos oxidados y atorados desde hacía décadas. Las pesadas hojas de madera se resistían como un contendiente que libra un feroz pulso. Se doblegaron, al fin, después de mucho esfuerzo y no sin antes arrancar algún jadeo a sus adversarios y unas gotas de sudor a sus frentes. Los elfos avanzaron solo un paso, suficiente para avistar un interior que aparecía como un vacío eterno, sin fronteras ni límites, para el resto de los presentes. A nuestros ojos, desde aquellas impresionantes oquedades podían vislumbrarse las lanzas de luz fantasmal de la luna. Hendían las sombras del templo descubriendo algunos capiteles colosales, remates del techo, abriendo una tenebrosa estampa arbolada de columnas que se difuminaban, como parches de realidad, solo bosquejos inacabados en una inmensidad lúgubre y deteriorada.

—Vacío —dijo al fin Allwënn—. Siniestro... pero vacío.

—¿Qué veis? —preguntó la joven inquieta.

—Es enorme y parece seco.

—Aún hay antorchas —confesó Gharin interrumpiendo.

Un quejido prolongado y metálico anunció que la Äriel se encontraba fuera de su vaina.

—Aguardad aquí —anunció el elfo de cabellos negros a todos aunque su mirada se centrara en Ishmant. Aquel gesticuló con su cabeza un movimiento afirmativo. Adoptando una intrigante postura de alerta, ambas figuras se internaron en la oscuridad impenetrable en pocos segundos—. Volveremos enseguida.

Y sus cuerpos fueron engullidos por las sombras, desapareciendo para todos.

De las avivadas lenguas de fuego emanaba un destello anaranjado y cálido, animado por el chisporrotear siseante que emitía el deteriorado tronco conforme el ígneo elemento devoraba sus astillas y lo ennegrecía de muerte. Bajo su arco de luz pulsante y tenue, al calor que su crepitar imprimía sobre la frente desnuda, comenzaba a desvelarse un espacio solemne, imposible de iluminar con solo un puñado de antorchas dispersas y que se extendía más allá de cualquier mirada. La cúpula del techo continuaba sin aparecer a pesar de la iridiscencia y el fulgor del fuego, allí los ornamentados fustes se perdían en las alturas volviéndose imprecisos como gigantescos troncos de un bosque cuyas ramas se alzaran por encima de las gruesas capas de nubes.

En el vasto escenario que comenzaba a dibujarse las paredes aparecían cubiertas de relieves, así como aquellos eternos pilares de piedra también aparecían heridos por el cincel que arrancó a sus cuerpos sin vida extrañas figuras orantes y una simbología incomprensible para los ajenos al culto de Aros. A los pies de estos gigantes labrados, a la altura aproximada de un hombre, se perfilaban unas pequeñas figuras embozabas que portaban páteras que una vez sirvieron para ser llenadas de agua u otros líquidos con los que realizar algún tipo de libación ritual, tan solo conocida por quienes venerasen al dios de los Farsantes.

—Huesos. El suelo está lleno de huesos —exclamó Allwënn conforme la luz de las otras antorchas revelaba más y más tramos ocultos bajo las sombras. Y así, el polvoriento suelo comenzó a revelar más y más formas como aquella, más contornos inequívocamente óseos bajo el atuendo monótono de la suciedad.

En efecto, se encontraba infectado de huesos, la mayoría, presumiblemente humanos, diseminados por doquier. Muchos, quizá los restos de más de un centenar de víctimas podían encontrarse allí y se perdían más allá de donde les alcanzaba la vista.

—Puede que apilaran aquí las víctimas de la ciudad —apuntó Ishmant desde un extremo.

—Y entonces, ¿por qué los esqueletos no están enteros? —apostilló la voz calmada del rubio arquero, no sin cierta chispa de desconfianza.

—Quizá los hayan movido las ratas —anunció la chica, más retrasada, haciendo aflorar la primera idea que surcaba por entonces su pensamiento. El resto de las cabezas se volvieron a ella aún en la distancia. La joven sintió de nuevo la afilada lanza de las élficas pupilas quemarle la piel. Se hizo, entonces, un inexplicable silencio.

—Este lugar me da mala espina —susurró de nuevo Alex.

 

La poca madera que pudieron rapiñar de los retales inservibles de la estancia crepitaba ahora en forma de hoguera. Las llamas y el calor habían bastado para ofrecer la lumbre necesaria que sirviese para preparar un extraño guiso caldoso con un toque picante a base de raíces y brotes recolectados durante su paseo por las abundantes marismas. Los restos de la olla y otros utensilios se repartían por el suelo aún. El arco de luz que ofrecía el pequeño fuego y las antorchas de las paredes iluminaban la estancia lo suficiente para poder ver aunque fuese con limitaciones. Tal como parecía, llovía. El caudal de agua golpeaba las inaccesibles techumbres con un sonido martilleante y repetitivo que crecía en matizados ecos conforme se internaba entre los pilares y muros del lóbrego santuario.

Ishmant se acercó a uno de los huecos del techo por donde se despeñaba la lluvia del exterior con la mayoría de los cuencos y cucharones utilizados en la cena con intención de limpiarlos aprovechando el fresco caudal de agua que caía del cielo. El contacto con la lluvia le parecía vivificante sin preocuparle que sus ropas se empapasen.

Allwënn hacía ya un buen rato que se había separado del grupo para pasear lentamente entre los límites del arco de luz que emitía el fuego. Desde allí observaba a Ishmant adecentar el tosco utillaje. También a su inseparable amigo, rodeado por los absortos humanos embebidos en su charla y su hacer. Sonreía desde la distancia y medio envuelto en sombras, sonreía admirado de la capacidad comunicativa de Gharin, de esa chispa siempre amable y risueña que parecía acompañarle siempre. Pocos le habían visto como él, iracundo o turbado. Pocos habían conocido al Gharin marchito y consumido que también vivía entre su pelo rubio y sus ojos azules. «Gharin», pensaba, «mi viejo y querido, mi admirado y débil compañero», «mi pilar, mi amigo».

La admiración que esta singular pareja se profesaba se remontaba a los anales de su propia existencia y habría que buscar los verdaderos y profundos misterios de su relación en la densa y emotiva historia que los unía. A veces parecían una pareja de amantes o incluso un viejo matrimonio, tanto en sus gestos como en sus disputas. Pero sin duda fueron, son y serán, la pareja de seres que con mayor determinación marcarían mi recuerdo y mi vida.

Por desgracia, los pensamientos de Allwënn no se reducían a su amigo.

Aquella parte de su sangre que conectaba con la estirpe de su padre le había estado mandando señales confusas desde que penetraran en ese lugar malsano y tenebroso. El mestizo de enanos percibía en los intrincados corredores que se ocultaban más allá y bajo aquel suelo infecto cómo anidaba una turbulencia extraña, como un poder latente. Parecía bullir, retorcerse y agitarse en la insondable profundidad de la tierra, como si esta se estremeciera ante el batir de las miles de botas de un ejército diminuto. Ninguna de sus lecturas era clara y aquello lo intranquilizaba.

—Deberíamos marchar en cuanto podamos —anunció una voz a su espalda después de que una mano firme pero suave aplastara su hombro. Al volverse descubrió que Ishmant había regresado y portaba ya limpios los cacharros de cocina—. Podríamos acabar maldiciendo preferir este lugar a dormir bajo la lluvia.

Allwënn supo por algún extraño matiz de su voz que aquellas palabras tenían relación sin duda con lo que a él le perturbaba. Continuó amasando aquellos pensamientos mientras el cuerpo esbelto del guerrero se acercaba al resto del grupo. Aquella sensación de intranquilidad se acrecentaba por momentos, tal vez la seguridad de saber que el propio Ishmant ya advertía algún peligro aceleraba de algún modo su angustia. O quizá no. Quizá no fuese únicamente una sensación.

Quizá...

Quiso estar seguro y posó su mano callosa en las polvorientas losas del pavimento.

No se equivocaba.

El tacto frío se extendió por la palma hasta la punta de sus dedos. Junto a él, una leve vibración tan solo perceptible para aquellos muy vinculados con los secretos de la piedra y las cavernosas profundidades del subsuelo comenzó a hormiguear a través de las losas. Tales signos solo podían tener una lectura para esa mano diestra. Ciertamente, algo avanzaba o se movía entre las simientes lóbregas de aquel santuario. Algo habitaba en el interior aún en pie del ajado templo. Una agitación que dejaba transpirar la piedra a aquella mano de sangre enana.

Gharin paró de tocar.

Sus dedos dejaron de pisar las duras y sonoras cuerdas de su laúd provocando un tono discordante y poco frecuente en sus recitales. Los chicos, atentos a las notas y palabras del elfo, enseguida advirtieron la interrupción. Nada parecía estar fuera de su lugar. Sin embargo, como un perro que olfatease el aire en busca de una presa, a Gharin le había distraído algo que parecía escaparse al resto de los sentidos. Pronto se cruzaron las miradas...

Alex, Claudia, Odín...

Comenzaron a sentirse nerviosos pero, antes de poder pensar siquiera qué preguntar, el hermoso rubio clavó unas pupilas cargadas de recelo sobre Ishmant. Él pareció presentir el peso de la mirada azul del elfo y alzó su cabeza, antes hundida en sus propios asuntos. También había una sombra en la mirada del humano.

Entonces un zumbido grave, lejano al inicio pero creciente en intensidad, inundó los vastos salones que pisaban y los obligó a torcer las miradas hacia la intraspasable oscuridad que allí reinaba. Provenía sin duda de las cámaras interiores del templo, un rugido agudo, como el chillar de miles de gargantas que al cobrar fuerza con el número convirtiese un delgado hilo en una furiosa cascada. Los ecos acrecentaban el poder del sonido, entrechocando con los pilares helicoidales y entre las invisibles cubiertas, reverberando contra muros y columnas. Gharin dejó caer el laúd. Ishmant desenvainó sus afilados aceros y el gesto en su rostro no dejaba lugar a dudas sobre de la situación. El miedo empezó a anidar en las entrañas con ese cosquillear insano que advierte de un desastre.

....y de pronto, la calma.

—¡Larguémonos! —apremió Allwënn, apareciendo de súbito, haciéndose visible al entrar de nuevo en el radio de luz de la hoguera. En su mano las formas sensuales y poderosas de su afamada espada brillaban como si acabase de ser pulida y afilada.

—¿Qué ha sido eso?

—Levantemos el campamento, aprisa. Algo anida en los subterráneos de este templo.

Nadie quiso hacer más preguntas de ninguna índole. Al anuncio del elfo siguieron las prisas. Al principio con algún recelo llevado por la misma inquietud y luego, como activados por un hechizo hipnótico, las armaduras revistieron torsos, se ciñeron las espadas al cinto y las lanzas entre los dedos. Cualquier otro arreo se dispuso rápido a ser recogido, de manera que pronto el grupo avanzaba apresurado y receloso, dispuesto a abandonar aquel oscuro lugar que se tornaba más y más adverso conforme pasaban los segundos.

Ishmant y Gharin encabezaban la marcha, ambos con sus sentidos y aceros alerta, mientras que el bravo mestizo cerraba la retaguardia empuñando su formidable espada con ambas manos. Entre ambos extremos caminaban los muchachos, como siempre, cargando con la mayoría de los bultos.

El arquero fue el primero en salir al exterior donde aguardaba una noche lluviosa y relampagueante, cargada de truenos y agua. Tan pronto como cruzó el umbral, volvió adentro, con el rostro sobresaltado y profiriendo una maldición. Aquello detuvo con sorpresa al resto de los miembros.

—¿Qué ocurre? —inquirió Ishmant, adelantándose a cualquier otra pregunta.

—Nuestra suerte empeora —masculló entre dientes—. Creo haber visto figuras en el exterior.

—¿Cómo? —exclamó su amigo mestizo como si no pudiera dar crédito a las palabras del arquero. Aprisa abandonó la retaguardia para acercarse junto a Gharin hasta la hoja abierta del portón y comprobarlo por él mismo. Entre el chapotear de la lluvia llegaban voces extrañas y roncas. Un terrible haz de luz convirtió las oscuras planicies en un paraje soleado por un instante, momentos antes de que la profunda garganta del trueno hiciese temblar la tierra. Entonces se pudo ver sin error cómo un grupo de figuras corpulentas y pesadas se iban agrupando en las desoladas ruinas de la plaza.

Volvieron adentro.

—Me temo que son los ogros que acabaron con aquella partida de mercenarios —aseguró Gharin, a quien siguió Ishmant con un cabeceo corroborador que no infundía ánimos precisamente.

—Es imposible —decía Allwënn para sí aunque sus pensamientos se tradujesen en voz alta.

La sola idea de acabar trinchados como fiambres hacía desear la muerte en aquel preciso instante, a ser posible fulminados por el próximo rayo caído del cielo. Antiguos y amargos temores resucitaron con un sudor frío y un temblar de piernas. Las imágenes de aquellos despojos colgados de las ramas del centenario árbol se hicieron terroríficamente presentes entonces.

—Vendrán hacia aquí —dijo Ishmant.

—¿Por qué? —asaltó Alexis, como si negándose en redondo a esa posibilidad la convirtiese en improbable—. ¿Cómo estás tan seguro? ¿Y si pasan de largo?

—No lo harán. Por el mismo motivo por el que nosotros hemos acabado aquí —contestó en su lugar el mestizo de la espada dentada—. Porque llueve. Y este es el único techo seguro.

—Hay otras casas y muchas aún tienen techo —añadió la chica con la misma desesperación que el joven músico—. No tendrían por qué entrar aquí. ¿Verdad? No tendrían por qué hacerlo. Hay... hay otros lugares, ¿no? Decidme que no lo harán. ¡Oh Dios mío! Van a entrar.

—Entrarán... así que más vale que estemos preparados para cuando lo hagan. O al menos, estemos a cubierto.

Tan rápido como se pudo apagaron las antorchas. La oscuridad cayó sobre el dañado escenario como una plaga y todo se volvió impenetrable tras su velo turbio. El vasto y sombrío espacio se multiplicó por mil con la ausencia de luz y muchas pupilas no se sentían capaces de volver a calcular las dimensiones reales de la escena. Se escabulleron. Algunos a tientas, aunque guiados por aquellos que poseían ojos capaces de penetrar lo impenetrable. Y al fin encontraron un lugar donde aguardar en silencio y postrados entre la inmundicia y el polvo. Apenas si podían hacerse una idea del lugar que les cobijaba. Parecía un hueco en la pared, parapetados por una trinchera de despojos y fragmentos de muro desmembrados. Aguardaron en silencio. Tan solo el claquetear de rodillas o dientes, la respiración convulsa y agitada por el miedo o los iris resplandecientes de los elfos podían delatarlos tras las murallas de obstáculos y sombra.

—¿Y ahora?

—Ahora esperaremos.

Esperar. Eso harían, esperar a que aquella manada de bestias entrase en el templo. Confiar en que sus estómagos siempre hambrientos les animasen a saciarse pronto, a beber en cantidad y bramar hasta caer rendidos para después poder salir de aquel agujero tan silenciosos y raudos como el mismo viento.

Esperar. Poca cosa más podía hacerse.

 

Pronto llegaron las primeras voces, los primeros ecos roncos y rudos, apenas ininteligibles. Se mezclaban con el clamor del agua que se precipitaba desde el cielo, con los sonidos, siempre sobrecogedores, de la tormenta. También las primeras sombras se vislumbraron en el umbral del enorme portón. Sombras alargadas de criaturas gruesas y deformes. Siluetas grotescas de lo que parecía la caricatura monstruosa de un hombre. Ya habían alcanzado la puerta y pronto se internarían en los oscuros salones del templo. El temor se hacía respirable. La angustia de los jóvenes, acaso enmascarada entre tanta oscuridad, se volvía sonora y táctil. Un peculiar silbido mandó callar, pero, en ausencia de voces, sin duda iba dirigido a esos dientes chasqueantes y a esas rodillas temblorosas. Y poco podía hacerse por silenciarlas.

—¡Los caballos! —exclamó Gharin, y en ese momento aquella idea desapercibida cobró vida de nuevo en nuestras mentes. Como si fuese una terrible respuesta a nuestro pensamiento, un ramillete de relinchos agónicos se mezclaron con las voces y sonidos de aquella tormentosa noche y llegaron hasta los oídos. Los tres, o quizá cuatro, ogros que merodeaban en los aledaños del portón se volvieron atrás. Pronto se mezclaban con horror el tumulto de las risas y voces de las bestias con el sonido de los cascos herrados y los relinchos de terror de los corceles. Allwënn se agitó como un marido celoso, con los ojos desencajados, y trató de abrirse paso. Afortunadamente Ishmant le retuvo con fuerza, se sumaron casi por inercia las manos de su amigo y las del enorme Odín.

—No seas necio, Allwënn. Nada arreglaréis ahora, tú y tu cólera desbocada, contra una veintena de ogros armados y listos. Aguarda y tendrás tu momento.

Allwënn se calmó, a regañadientes. Volvió a su posición sin que realmente estuviese convencido. La idea de abandonar a su noble corcel a su suerte le encolerizaba. Maldijo aquel despiste de principiante. Uno de esos errores que suele costar vidas inocentes, tal y como Ishmant podía leer en sus pupilas llameantes. Pero en el fondo... muy en el fondo sabía que el monje tenía la razón.

El incidente hizo perder la conciencia del tiempo durante unos breves momentos y desvió la mirada de la boca de entrada. Así, cuando dirigieron de nuevo los ojos allí contemplaron que algunos ogros ya habían accedido al oscuro interior que les refugiaba.

Eran bestias gigantescas, del tamaño del recio músico pero mucho más voluminosos, como balsas de carne colgante que se cimbreaban al caminar. Algunos parecían tener cabellos pobres y a mechones, aunque la mayoría tenía las cabezas peladas y los cráneos deformes. Poco más podía apreciarse de ellos en las sombras, pues no encendieron luces o antorchas. Los ogros son de costumbres nocturnas y de vida subterránea. Al menos en origen sí lo eran. Como recuerdo queda una buena visión en la oscuridad, aunque no mejor que la de los elfos e indiscutiblemente tampoco más aguda que la de los enanos.

Lo que sí podía apreciarse con una espeluznante nitidez a pesar de las sombras eran los perfiles mortales y desproporcionados de sus armas. Hachas, en su mayoría, de todas las formas y diseños. Rudas y salvajes, con una o dos hojas. También las mazas, planas o picudas, enjambradas de púas de metal, enmangadas directamente a la madera o unidas a una cadena oxidada. Escudos gruesos remachados de hierro y alguna que otra desmesurada espada cuajada de mellas como dentelladas en el acero completaban el arsenal.

—Ahí están —susurró Gharin, pero ya hacía tiempo que todos los ojos se pegaban a aquellas siluetas. Algunos con pánico en las pupilas. Otros con rabia y odio, como los ojos de Allwënn. Otros, quizá más pacientes y sabios, con preocupación. Contaron en total a veintiséis de entre los cuales había dos especialmente grandes, probablemente los caudillos. Muchos de ellos penetraron en el recinto portando grandes bultos que más tarde reconocieron como trozos de caballo. También cargaban sus sillas, tres en total, que seguramente correspondían al número de corceles abatidos, y todos los arreos que en ellas se llevaba. Al fin amontonaron todo a unos cuarenta o cincuenta pasos de la entrada pero no acamparon entonces.

—No son estúpidos —afirmó Allwënn con un tinte de sarcasmo—. Han encontrado caballos herrados y ensillados. Ahora buscarán a los jinetes. Saben que andamos cerca.

El latir de los corazones de los muchachos semejaba redobles de un tambor apresurado. No es que el fino oído élfico los delatase, es que tan fuerte latían.

Tal como el medioenano predijo, los ogros tardaron poco en dispersarse. Algunos aguardaron en la puerta, bajo el mismo dintel. El resto, como perros de caza que olisquearan una presa, se desperdigaron por las vastas y oscuras profundidades del templo.

Uno comenzó a aproximarse decididamente a la posición.

—Viene hacia aquí. Nos va a ver —decía Alex.

—Cállate —le increpaba Allwënn—. No lo hará si nos mantenemos callados.

—No nos verá —le corrigió Gharin—, pero podría olernos. Tienen un olfato fino. Confiemos en la suerte y en la cantidad de olores viciados de este lugar.

Sin duda, la suerte habría de acompañarnos en esa y durante muchas otras situaciones a lo largo de nuestra larga experiencia. Por si acaso, los hábiles guerreros ya se llevaron las manos a las empuñaduras. Se escuchó un leve cántico entonces. Un susurro armónico poco perceptible y al volverse descubrieron que Ishmant lo entonaba.

—¿Qué hace? —preguntó balbuceante la joven Claudia, hecha un ovillo sobre sí.

—Nos salva la vida —le respondió Gharin con voz trémula.

—Pase lo que pase no os mováis —advirtieron los elfos a los jóvenes—. No gritéis, apenas si respiréis. Como si estuvieseis muertos.

Pero aquello resultaba muy fácil de decir y algo más complejo de llevar a cabo.

El ogro llegó, aunque le precedieron sus fétidos vapores como las trompetas preceden al cortejo. Era un hedor agrio, rasposo, a sudores densos acumulados en el tiempo junto a otros fluidos corporales y desperdicios. Anduvo indeciso entre las cercanías. Miraba aquí, olisqueaba allá pero pronto se aproximó peligrosamente a la grieta donde el grupo se escondía. Ishmant continuaba fraseando entre susurros con los ojos apretados con fuerza y un gesto de tensión en sus manos crispadas. El miedo se mascaba como una pieza de carne recién braseada. El corazón golpeaba produciendo dolor en el pecho y las frentes se humedecían de sudor. Mientras, los dedos de los elfos aferraban los mangos de sus espadas con fuerza, listos para ser blandidos en un extremo de necesidad. La bestia alcanzó la oquedad como si una fuerza misteriosa le condujera hasta allí. Miró la inmundicia circundante con desconfianza, seguidamente enfiló con sus ojos el muro de bloques de piedra y maderas apiladas tras el que se ocultaba el grupo. Allwënn comenzó a extraer con lentitud la Äriel de su vaina pero pronto comprobó con rabia que las proporciones de su afamado acero no le permitirían esgrimirla con comodidad. Así, con amarga decepción hubo de volverla a su lecho. Los corazones estallarían. Aquella bestia apenas si se encontraba a un par de metros escasos. En aquellos angustiosos instantes los susurros de Ishmant, que en poco o nada habían cambiado su tono y volumen, parecían ahora estruendosos alaridos que no solo podrían alertar al cercano ogro sino a toda la guarnición que allí se apostaba. La criatura era gigantesca. Una montaña que parecía hacer pequeño al nórdico batería. Su rostro era bofo y desproporcionado, de gruesa mandíbula y colmillos goteantes. Su hedor, insoportable. Pero lo que en realidad lo convertía en la peor de las pesadillas era su maza colosal capaz de aplastar a un hombre con solo mirarla.

El ogro apartó las maderas y metió el hocico. Las rodillas flaquearon y las respiraciones se volvieron convulsas. Gharin que era el más cercano al exterior tenía la cabeza a solo un palmo. Era imposible que no lo viese, a menos que fuese ciego, que no le oliese, si tan agudo resultaba después de todo su olfato, o no escuchase el monocorde cántico de Ishmant, aunque únicamente fuese el leve silencio de una respiración contenida.

Los sudores brotaron como en una fuente. Gharin miraba aquellos ojos pequeños y oscuros que le atravesaban como si tan solo contemplasen la pared desnuda tras él. Allwënn había desenfundado su largo cuchillo y lo apuntaba ya hacia el cuello rechoncho y mullido de la bestia que se elevaba muy por encima de su estatura. El resto rezaba.

Nada ocurrió.

Ni el uno se movió, ni los otros. Un gruñido de aviso desvió la atención del centinela, que volvió la vista hacia atrás. Allwënn estuvo a punto de lanzar entonces su ataque, justo como Gharin hubiese hecho. Igualmente, ambos se refrenaron. Una voz en el interior de sus cabezas, la de Ishmant hubieran jurado, les aconsejó no hacerlo. Al tiempo supieron que los ogros habían hallado los restos consumidos y aún calientes del campamento. Al menos así lo aseguraron los humanos, que, entre gruñidos, comenzaban a ser capaces de entresacar palabras y frases, asunto que parecía pasar desapercibido para el resto de los allí presentes. Momentos después, el ogro estaba de vuelta con sus compañeros y ellos volvieron a respirar tranquilos.

El numeroso grupo de vándalos comenzó más tarde la orgía. Pronto devoraron los cuerpos desmembrados de los caballos sin preparación ni guiso, sin el menor pudor o recelo. Como una manada de bestias ávidas tras una cacería. Tampoco bebieron nada, salvo la sangre abundante que empapaba la carne, pero eso pareció bastar. Al cabo de unas horas, los gruñidos y las risas, las broncas y los golpes fueron sustituidos por una sinfonía desacompasada y caótica de estruendosos ronquidos, potenciados y multiplicados por los ecos del lugar.

Al fin. Dormían.

—Ha llegado el momento —anunció Gharin a los jóvenes, quienes, salvo Odín, habían preferido recostarse y tratar de adormilar sus penas. El escenario exterior les pareció mudo a pesar de la turba de ronquidos que inundaba la extensa sala.

—¿Se... se han dormido? —preguntó con miedo Alex.

—Se han metido en la panza tres de nuestras monturas —ironizó el mestizo—. No se despertarán aunque el cielo se les venga encima.

—Los dioses te escuchen. Aunque me conformaría con que este templo se viniese abajo si desplomarse el cielo es un deseo demasiado improbable —le dijo Gharin.

—En marcha —apremió Ishmant.

Con un gesto puso en movimiento a la comitiva.

Los pilares que soportaban semejante estructura eran tan grandes que probablemente cinco hombres no hubiesen bastado para rodearlos con los brazos. Así servían de inmejorables parapetos para ocultarse. Avanzaban entre una oscuridad a la que ya se habían acostumbrado y bajo la cual ahora nada desaparecía por completo. Sus pasos apenas si rozaban el polvoriento suelo pese a golpear o arrastrar casi inevitablemente de vez en cuando algunas de las muchas inmundicias que allí se apilaban. Ese asunto obligó en más de una ocasión al Allwënn a volverse y amonestarles con su mirada fulminante. Se aplastaron sobre la piedra de uno de los pilares más cercanos a la salida y allí observaron a sus inoportunos visitantes.

—No puedo creer que hallan llegado hasta aquí en tan poco tiempo —decía Allwënn rabioso, mirando desde los sinuosos perfiles del vástago de piedra hacia las profundidades.

—Nadie dice que sean ellos —le contestaba Gharin, que miraba junto a él.

—¿Dos escuadras de ogros saqueando tan próximas? Si tienes razón, el mundo ha cambiado demasiado en los últimos tiempos.

El grupo más numeroso se había internado algo más. Yacían diseminados por doquier retozando con sus panzas rellenas a unos cuarenta y cinco o cincuenta metros de la entrada. Tres o quizá cuatro se amontonaban en el mismo umbral del templo donde, hartos de comida y cansancio se habían quedado dormidos en su puesto de guardia. Aparentemente nadie conservaba la lucidez. Nadie, parece ser, quedaba despierto. Pero eso no tranquilizaba en absoluto a los jóvenes.

Allwënn se volvió entonces al grupo. Allí se encontraban los chicos, a cual más nervioso e Ishmant, serio, con las piernas separadas y sus brazos cruzados sobre el pecho en actitud casi desafiante. El velo del embozo cubría sus facciones pero sus ojos parecían ausentes... en otro lugar y diríase que en otros problemas lejos de cuantos ahora surgieran.

 

—Gharin llevará a los humanos a la puerta —comentó entonces el mestizo obligando al guerrero a prestarle la atención—. Tú y yo nos quedaremos atrás para cubrir su huída en caso de problemas. Su voz parecía estar ordenando más que sugiriendo una propuesta pero esperó a ver en la expresión de Ishmant una corroboración. Gharin, acostumbrado a que el mestizo dispusiese por él, no dijo palabra pero Alex se opuso con tanta contundencia que hubieron de mandarle callar.

—¡¿Cubrir la retaguardia?! —exclamó—. ¡Por Dios, sois dos! ¿Qué pretendéis hacer cuando veinte de esos se os echen encima? ¿Habéis visto bien a esas cosas? Porque yo aún me pregunto cómo pueden sostenerse en pie. O nos vamos todos o no creo que de aquí pueda irse nadie.

Gharin miró lánguidamente a su compañero y comentó no sin cierto sarcasmo que las palabras del joven tenían lógica.

—Gracias por tu preocupación pero podemos pasar sin ella —fue la respuesta del elfo—. Vosotros caminad —añadió apuntando con su brazo extendido hacia los portones de salida—. No habrá ningún problema si no lo ocasionáis.

Alex no quedaba en absoluto convencido, pero en la batalla de miradas solo existía un vencedor, y es que muy contados adversarios podrían derrotar a aquellas pupilas cuando iniciaban una guerra. Nadie añadió una palabra a lo dicho. Alex bajó la cabeza impotente ante el guerrero y no hubo más opción que obedecer. Gharin colgó su arco a la espalda, embutió la diestra en el escudo y desenvainó la espada.

—Adelante. Marchad —apremió susurrante pero firme la voz de Ishmant. El rubio medioelfo indicó con un movimiento que le siguiesen. Los jóvenes, con miedo, siguieron sus pasos a través de las sombras y el silencio. A Odín le sudaban las manos. Sus grandes manazas apenas si podían sostener con firmeza el mango de su arma. Aquella hacha parecía haber duplicado en minutos su peso.

Pronto alcanzaron el último pilar antes de la salida, el último refugio. El último respiro antes de mostrarse a la luz. Luego, con decisión, el elfo llegó hasta la pared que cerraba los pies del santuario y desde allí animó a los humanos que le siguieran en sigilo. Ahora las espaldas tocaban el frío mármol de las paredes y los ronquidos desagradables de las criaturas advertían que tan solo les separaban algunos metros. Los corazones volvieron a latir intrépidos.

A solo unos pasos del dintel que enmarcaba la puerta Gharin volvió a distanciarse, dejando atrás al grupo de jóvenes que le seguía temblando. El elfo, visión que no resultaba habitual, portaba con orgullo y elegancia su espada, magnífica con todo, y el escudo mágico, donativo post mórtem del grupo de mercenarios. Odín, que marchaba cerrando la retaguardia, sostenía con una firmeza casi artificial aquella descomunal herramienta de un solo filo con ambas manos. Sus bíceps hinchadísimos, como piedras o bolas de metal, relucían desnudos y sudorosos pese al frío. Alex, movido ya no sé si por la inercia o por un verdadero sentimiento de protección, también se abrochó por el camino el escudo que antes fuese de Gharin y que le parecía que pesaba como una rueda de carromato al cuello. Acabó empuñando la espada. Así, Claudia, temblando como un flan sobre el Vesubio, no encontró más opción que desenvainar también su espada larga y sostenerla con torpeza entre ambas manos al tiempo que sus rodillas se agitaban con el mismo ímpetu que parecía poner su corazón en el pecho.

Gharin parecía flotar a un palmo del polvoriento suelo. Llegó hasta la altura de los cuerpos que dormían y roncaban a pierna suelta y los observó durante un instante. Cuatro ogros se retorcían en sueños en plena guardia. Algunos aún empuñaban sus armas, quizá la única señal que advertía que estaban allí para vigilar en lugar de dormir. Los ojos del semielfo observaron breve pero profundamente. No encontraron signo alguno de que fuesen a despertar a pesar de sus incómodas posiciones. Volvió la vista a los humanos y con un movimiento de cabeza les hizo entender que podían acercarse. El momento había llegado.

Odín fue el primero en decidirse. Llegó junto al elfo y el hedor rancio de los ogros le golpeó en la nariz. Temblaba como un primerizo pero trató de disimularlo y hacerse fuerte. Gharin le susurró al oído que caminase con pasos firmes y tranquilos por entre los huecos que dejaban los cuerpos. Parecía sencillo. Inundó su voluminoso tórax de aire, retuvo el aliento y avanzó sin dilación. A cada paso su suela se fijaba al piso como si fuese magnético. Dos metros, quizá tres, que le resultaron interminables, pero alcanzó la meta.

Fuera era noche profunda. Quizá de haberse fijado hubiese visto los primeros indicios del albor allá, perfilándose en el horizonte, pero no hubo tiempo. Ya no llovía. La humedad y el viento aún persistían como heridos en un campo de batalla. Volvió la vista atrás de nuevo al elfo que le sonreía complacido por su destreza.

La siguiente en disponerse fue la chica. Durante la tensa espera de su turno acaso le dio tiempo de encomendarse a todo el santoral y rezar cuanto a su memoria vino. Alex tuvo un mal presagio. Ella empuñaba la espada como una cruz bendecida contra el demonio y no la envainó ni aun cuando el propio Gharin le advirtiese del peligro.

Ella miró los cuerpos que yacían a sus pies y casi se marea del horror. Sus rostros eran aún más horribles vistos desde tan cerca y su cabeza no podía evitar recordarle que ellos eran los responsables de aquella brutal carnicería que tanto impactó en su ánimo. Aquellas mismas caras grotescas habían sido las últimas que las infortunadas elfas contemplaran antes de ser desangradas y colgadas de sus propios cabellos. Ahora ella tendría que pasar junto a ellos y quiso morirse allí mismo para así ahorrarles el trabajo.

Recibió las mismas instrucciones que su amigo y casi realizó los mismos preparativos. Solo que ella caminaba con mucha menos firmeza. Palpitaba como si se estuviese congelando de frío. Odín la esperaba al otro lado y su pensamiento gritaba los ánimos que su garganta no podía enviar.

—Vamos, pequeña. Eso es. Así, así. Casi lo has conseguido.

Entonces un ogro se movió. Estiró una de sus largas y robustas piernas con tan mala fortuna que impactó en el caminar frágil y tembloroso de la joven. Aquella dejó escapar un grito de sobresalto y la espada de sus manos al ver que perdía el equilibrio. Sin embargo, logró medio asir a esta última antes de desplomarse como un castillo de naipes sobre los cuerpos mullidos y durmientes de los ogros.

Entonces… un aullido agónico.

Un estertor de muerte prorrumpió inundando la sala como un torrente de agua salvaje. Odín palideció hasta el tono cadavérico al contemplar la escena. Gharin quedó petrificado a la espera de que un sudor frío le recorriese la espalda. Alex no vio nada pero imaginó lo peor. Solo Ishmant y Allwënn ganaron metros nada más escuchar el alarido. El caos pronto se desataría libremente y se cobraría la sangre del más lento.

 

La hoja larga de la espada aún vibraba enterrada en la montaña de carne. Desde allí, como la cruz que señala una tumba, desafiaba al viento y lucía orgullosa, manchada por el espeso caldo rojo de la muerte. Claudia, tumbada sobre las carnes y aún algo turbada volvió la vista y descubrió aquel accidental estandarte que su mano había clavado sin proponérselo.

Había matado al primero.

Había prendido la mecha que desataría la guerra. Los ojos del caído parecían salirse de sus cuencas, ferozmente abiertos y desencajados. De su mandíbula se escurría un caudal negruzco y espeso. Claudia gritó horrorizada y su voz retumbó afilada como una flecha por todo el vasto salón hasta perderse.

—¡Levántate, Claudia! —clamó una voz que acaso no alcanzó a reconocer. Miró hacia atrás para descubrir cómo uno de los ogros se despertaba e intentaba componerse. Sin embargo, Gharin no le permitió vivir lo suficiente y le cercenó la cabeza de un golpe certero. Su sangre se desparramó como por una manguera a presión. Aquel manantial bañó con su tacto caliente y espeso el rostro de la joven. El inmenso cuerpo mutilado se desplomó como si fuese un árbol viejo. Claudia estaba en estado de shock. Alex, que había contemplado la escena, sintió unas incontenibles náuseas que no consiguió reprimir.

 

—¡Vamos, Claudia!

Pero cuando aquella intentó ponerse en marcha, un puño pesado le batió el rostro dejándola dolorida junto a la bestia que acababa de matar. El afilado acero del elfo partió la cara de un segundo ogro como si fuese un melón maduro pero no pudo abatir al tercero que se le vino encima blandiendo su maza. El elfo era ágil pero la bestia que le amenazaba podría sin dificultad desjarretar a un toro con las manos desnudas y Gharin no quiso cometer ningún error.

Una manaza descomunal agarró a Claudia por los cabellos y la izó dolorosamente con la misma facilidad e indolencia con la que se levanta un trasto inservible. La bestia aún tenía clavado el acero de la joven en su vientre. La muchacha aulló de dolor, un dolor que quemaba como si sus cabellos ardieran con fuego de azufre. El tremendo golpe en la cabeza la había atontado y ahora sus miembros caían doloridos y pesados como si fuesen de plomo.

—¡Suelta a mi amiga, montaña de mierda!

Parecía la voz de Odín.

El ogro miró hacia su lado, tornando en esa dirección aquel cuello apenas existente. Allí encontró a Odín tratando de disimular su terror mientras aferraba con manos temblorosas el peso del hacha que portaba. Se trataba de un adversario fuerte, sin duda. Sin embargo, el ogro supo pronto que no sería rival. En lugar de soltar a la chica la zarandeó con fuerza arrancándole gritos de dolor y la estrelló contra las jambas de piedra. La colisión fue brutal y el cuerpo de la joven se desplomó exánime tras ultimar de sus labios un quejido sordo y apagado. Por fortuna ya no estaba consciente para ver la sombra invasora de la bestia alzando sin el menor atisbo de misericordia la terrible maza cuajada de espinas.

Un alarido quebró entonces aquel fragor incipiente. Una garganta se abrasó prorrumpiendo en un desgarrado aliento. Luego vino el golpe terrible. La sangre volvió a ser protagonista dramática de la escena. La joven abrió sus ojos de súbito. El corazón le dio un vuelco. Las imágenes que se sucedían y aquellas que estaba a punto de presenciar la horrorizarían para siempre.

El ogro era inmenso, más alto que aquel coloso rubio de sangre vikinga. Sus espaldas duplicaban las del músico. Había espacio suficiente para alojar la tremenda hoja de un hacha y que aquella montaña de carne todavía se sostuviese por sus piernas, aun con otro acero atravesando sus carnes. Se volvió con los ojos desorbitados, mezcla del terrible dolor y una no menos honda sorpresa. Odín, bañado en sudor y con los músculos tensos en un esfuerzo fuera de medidas, se hallaba a solo unos centímetros de él. Aspiraba la terrible pestilencia que emanaba su cuerpo y el hedor descompuesto que surgía de su aliento. Estaba allí, hombro con hombro, ojo frente a ojo, sujetando sin titubear el mango del hacha que aún se perdía en las grasas abundantes del deforme enemigo. Por unos momentos fugaces podía sentir su dolor, el latir aún poderoso del corazón golpeando el afilado acero incrustado en su simiente y la cañada incontrolable de sangre manando a través de la herida abierta. Aquel lo miró, con la mirada perdida, con las pupilas de alguien que jamás hubiese considerado aquella opción. Sus pulmones expulsaron un escalofriante alarido de dolor; más agónico y sobrecogedor que cualquier descripción.

Odín desenterró el hacha como movido por una voluntad ajena, con la desesperación de alguien que ha perdido todo juicio. Le impulsaba el aceite incombustible del odio. Un odio que acaso jamás había experimentado de aquella sangrienta manera. El muchacho no podía enfrentarse a la pérdida de su pequeña compañera. La mera suposición de que Claudia estuviese muerta le llevaba a la locura. Ella no lo merecía, ella era especial, era...

No había pensamientos en la cabeza del vikingo mientras el mortal filo se encajaba una y otra vez con violencia en el pecho que descargaba una lluvia espesa. La sangre en sus venas se volvió plomo incandescente y su corazón repartía el hirviente caldo hasta el último rincón de su cuerpo. Escanciaba con él el veneno mortal de la adrenalina. Sus ojos se tiñeron de blanco. Sus ropas de rojo. El hacha continuó desplomándose sobre el cuerpo sin vida del monstruo hasta que este no fue más que un montón de carne palpitante. Entonces Odín se derrumbó como un amante exhausto sin poder creer qué había hecho.

Gracias a Dios y sin duda gracias a él, Claudia vivía.

Se había erguido hasta quedar sentada y lo miraba con los ojos vacíos de quien no puede dar crédito a lo incuestionable. Se hallaba cubierta por un manto de sangre que afortunadamente no le pertenecía. Conmocionada, sí, pero entera y a salvo. Sin embargo, aquella mirada vacía y muerta persistió. Acababa de presenciar una brutal metamorfosis. Odín no le refirió nada. Ni entonces ni en ningún otro momento. Se apresuró a incorporarse y, echando un rápido vistazo al interior, la aferró de las manos y se dispuso a correr con ella escalinata abajo para salir de ese lugar infecto.

Pero no pudo ser...

Nada más encararse hacia la escalonada rampa los pies de Odín se frenaron en seco y lo que sus pupilas vieron, ya a la tibia luminosidad de la mañana, apenas si podía creerse.

—¡¡Dios mío!! —exclamó ella conmocionada. Odín dio marcha atrás. Algo terrible habría de ser para hacerle preferir volver sobre sus pasos e internarse de nuevo en aquella carnicería.

 

El nuevo escudo de Gharin probaba su valía ante las salvajes embestidas del ogro que le obligaban a retroceder. Realmente resultaba una pieza formidable y tanto su encantado hierro como las rodillas del elfo supieron aguantar los duros lances hasta que el enemigo cometió su primer error. Fatigado, iracundo y aún adormilado, apenas si supo por qué dirección le llegó la muerte. La tremenda agilidad del medioelfo lo puso fuera de su alcance con un sutil movimiento y tras un acertado lance, el hierro se manchó de sangre y la espada terminó alojada en la garganta de su adversario quebrando su cuello. Gharin le dejó caer y regresó apresurado al lugar donde todo comenzase a tiempo de encontrarse con Odín y Claudia que regresaban a la carrera del exterior. Aquello le desconcertó pero pronto comprendió sus motivos y se unió a la pareja en la huida. En el interior se escuchaba el clamor de la lucha pero sus ojos no pudieron irse hacia allí. Por el camino recogieron al moribundo Alex, recuperándose de su indisposición. Prendido casi a la carrera por la furiosa mano de Odín apenas si tuvo tiempo de preguntar por qué, entre otras muchas cosas, el cuerpo de su compañero rezumaba tanta sangre.

 

En la entrada, el hacha de Odín aún no había abatido a su adversario cuando Allwënn e Ishmant que emprendieron una carrera suicida hacia la misma boca del lobo, tomaron caminos distintos. Sabían que habían de contener cuanto pudiesen a la horda que allí retozaba en favor de sus amigos. Ese es el coraje y a eso lleva en realidad el sentimiento de equipo. Unos se sacrifican para asegurar la huida de otros. Aunque siempre implícito, no era el sacrificio lo que pretendían realmente al tomar aquella arriesgada decisión. Buscaban exprimir cuanto pudiesen el factor sorpresa para reducir en lo posible el número de enemigos que más tarde les hicieran frente en plenas facultades. Por fortuna, el grueso de aquella fauna se había repartido por distintos rincones, lo que sería una ventaja añadida y evitaría que se reorganizasen con suficiente rapidez.

Cuando el primero de los ogros alzó la cabeza tan solo alcanzó a ver una silueta borrosa que le caía encima, desde los cielos. Ishmant aterrizó como un felino sobre las losas polvorientas y frías al tiempo que la cabeza del infortunado se perdía entre el bosque de pilares. Gharin aún estaba resistiendo los embates furiosos de su adversario cuando Allwënn ya había matado al menos a cuatro de los ogros antes de que ninguno de ellos lograse saber qué ocurría. Su espada ocultaba ya los centelleantes brillos del metal recién afilado tras una espesa vaina de sangre antes de que sus hermosas fauces fueran a morder al primer adversario listo para hacerle frente.

Algo similar ocurría a varios metros de allí con el otro combatiente, embozado y sigiloso. Ishmant había despachado, como era el propósito, algunos adversarios antes de que aquellos estuviesen en condiciones de presentarles batalla.

Los gritos y el tumulto pronto se extendieron.

Cada vez resultaba más complicado abatir a un ogro si se le combatía en igualdad de condiciones. Pronto la mayoría de ellos se habían incorporado y empuñaban sus armas estrechando un círculo incapaz de romper sin hacer sangrar de muerte.

Allwënn peleaba con una dureza inusitada, arrancando la exuberante Äriel de las entrañas de sus víctimas. Al tiempo, sus venas enrojecían por sus gritos de guerra y sus piernas danzaban con mortal precisión entre las dentelladas de los aceros enemigos. Ishmant resultaba más sutil. Sus movimientos precisos y letales se ejecutaban con un cálculo casi exacto, sin desperdiciar un ápice de esfuerzo extra. El singular humano tenía la frialdad de medir el momento, ángulo y fuerza oportuna para cada lance. Pronto observó, con una pupila quizá aún más hábil que su mano, que Allwënn comenzaba a ser rodeado por enemigos y supo cómo el robusto mestizo le agradecería más su ayuda.

El rabioso medioenano sintió cómo una mano tiraba de él hacia atrás con fuerza y le arrancaba del lugar donde combatía. Rodó por el suelo cubierto de huesos y polvo. Se levantó de un salto batiendo su poderosa espada, dispuesto a partir en dos al responsable. A nadie vio. No al menos tan cerca. Sus enemigos corrían hacia él entre gruñidos como una ola que en el mar tempestuoso se cierne sobre el casco de un navío. Supo que se trataba de Ishmant, aunque no fuese capaz de divisarle. Una de sus espadas yacía en el suelo como una durmiente a sus pies, esperando ser despertada de un beso. Una sonrisa de sarcasmo invadió sus labios y, recogiendo el acero del suelo, esperó a sus enemigos haciendo bailar ambas espadas en torno a él. Muy altas eran aquellas destrezas y tan poderosa resultó su danza.

Ishmant se encontraba en otro lugar. No muy lejos de allí, quebrando adversarios con sus manos desnudas. Lanzando una lluvia de golpes de mortal ejecución. Aquellas piernas y brazos resultaban doblemente peligrosos cuando no sostenían aceros. Un ogro furioso que le doblaba en tamaño y corpulencia se le encaró a la carrera armado con una pesada bola de metal macizo cuajado de estacas. Al encapuchado monje no le presentó ninguna dificultad esquivar la salvaje acometida de esa estrella mortal como si el golpe hubiese venido de un niño torpe y primerizo. Ambas manos golpearon en la coraza de metal y cuero del ogro, que dejó escapar un sofocado grito. El ogro elevó sus doscientos kilos una altura tres o cuatro veces la estatura de un hombre y a una velocidad de vértigo golpeó contra un pilar a una docena de metros de allí. Quienes lo vieron me contaron que si hubiese colisionado con un tren en marcha no hubiese salido despedido de aquella increíble forma.

En un breve remanso de paz, en un interludio entre tanta desaforada acción, Claudia divisó a ambos combatientes. La escena que contempló la llenó de asombro. La pelea se había desatado con toda la fiereza. Era una breve muestra de lo que habría de venir. Numerosos cuerpos de ogros invadían ya el suelo a la espera de formar parte del muestrario polvoriento, abatidos por la mano de Ishmant o el acero dentado de Allwënn. Los ojos de la joven admiraron por un momento la danza mortal de tan sangrienta justa. Los brazos del poderoso mestizo, armados con la espada aserrada y el filo de Ishmant, se batían con una fiereza insólita contra los mástiles de las armas enemigas que le superaban en número y tamaño. Las obligaba a escupir chispas de fuego al besarse los aceros. El sudor hacía brillar sus músculos y su garganta se desgarraba en gemidos y gritos por el tremendo esfuerzo. Visto desde allí resultaba un bailarín letal, un guerrero irreal que como en un insolente cortejo nupcial ha de exhibir su gala incluso durante la batalla. Ya alguien le había advertido que se trataba de «la mejor espada de todos los tiempos».

Casi unido a su espalda se encontraba Ishmant, para quien hallarse desarmado no parecía ofrecer inconvenientes. Más aún, sus golpes resultaban más efectivos que los lances armados de su poderoso aliado. Aunque…

Pronto los adversarios comenzaron a estrechar el círculo...

 

—¡No hay tiempo para disfrutar del espectáculo! —alertó de una voz el rubio arquero al tiempo que, de un tirón, hizo volver a la joven junto al resto. Odín pronto se situó junto a ella y la apremió a seguir avanzando. Gharin volvía, como era habitual, a empuñar su arco. Se giró hacia atrás y tensó la cuerda en un movimiento seco y equilibrado.

—¡Han entrado! —chilló Alex cuando sus ojos retornaron al gran vano de la entrada con su brazo crispado señalando el acceso. Gharin ya les había visto. Ya les había escuchado. Soltó el cordel y la primera flecha atravesó una cabeza.

—¡Vienen más! ¡Por ahí! —anunció Odín divisando a otros—. ¡¡Están en todas partes!!

Gharin apremió a la carrera y montó otra flecha.

—¿Pero hacia adónde iremos?


 

Allwënn notaba la espalda de Ishmant contra su espalda. Parecían acorralados. El cansancio hacía suficiente mella y las espadas pesaban como los pilares del mundo. Apenas si restaban en pie algo más de media docena de brutos, entre los que se hallaban los dos capitanes. Los pulmones ardían por el tremendo esfuerzo como si el aire que respiraban estuviese plagado de ascuas ardientes. Tenían el cuerpo magullado y dolorido. Sangraban por algunas heridas abiertas por el filo enemigo. Aquellos, que les superaban en altura, fuerza, número y crueldad ya no se atrevían a avanzar y se limitaban a estrechar el círculo que habían creado en torno a ellos. Con todo, los ogros, mermados en número y valentía, continuaban siendo unos adversarios formidables.

—¡Espero que hayan escapado! —comentó forzadamente entre jadeos el medioenano—. El asunto se ha torcido, amigo. Pero Allwënn aún presentará mucha batalla antes de caer.

—No habrían podido llegar muy lejos —dijo Ishmant sin mucho sentido, cambiando el orden lógico, sin que su amigo pudiera entender a qué se refería—. Gharin y el resto siguen aquí —continuó sin que su voz delatara el esfuerzo físico que el monje había derrochado—. ¿Oyes el murmullo?

Al principio Allwënn no entendió a qué se refería pero pronto la claridad regresó a su mente. Él ya había escuchado ese rumor antes. Cuando la piedra le hablara por la palma de su mano horas atrás. Ahora el templo entero parecía vibrar desde las basas de los pilares hasta las cubiertas, como si un ejército encolerizado cruzase a la carga aquellos salones. Y quizá fuese precisamente ese el origen...

 

Los ojos de Allwënn atravesaron la muralla de cuerpos que se cernía sobre ellos y divisó lo que supuso un centenar de puntos rojos. Entonces supo que aquellos puntos eran pupilas encendidas y que ese rumor eran ecos de voces. El salón entero había sido invadido por un ejército.

—¡Las ratas! —exclamó.

Los ogros se volvieron y las vieron también.

Ratas.

Docenas, quizá incluso un centenar. Algunas entraban desde el exterior, desde la rampa escalonada del acceso principal. Aunque la mayoría parecía haber surgido desde las entrañas del templo. No se trataba de ratas comunes. Se trataba de guerreros. Clanes de rapiñadores, hombres rata.

Son guerreros y asesinos crueles. Extremadamente peligrosos en número. Probablemente encontraron el jardín de las delicias en esta ciudad tras su caída e instalaron bajo las raíces de este templo su guarida. Ahora habían salido. Tal vez todo el clan, quizá solo un pequeño grupo. Resulta tan difícil calcular cuántas de esas ratas podrían aún habitar en las entrañas de ese santuario.

Eran feroces guerreros del tamaño de un enano, entre los diez y los treinta centímetros sobre el metro. Tienen el cuerpo y pelaje de una rata, aunque caminan sobre dos piernas y poseen brazos acabados en garras con los que manipular toscas armas mal cortadas que maniataban a estacas de madera. Sus cabezas eran también de roedor: ojillos de pupilas rojas, alargados morros acabados en bigotes y fauces repletas de puntiagudos dientes. Vestían jirones de tela y piel de los que colgaban una multitud de huesos que servían de trofeos. Sus chillidos agudos se clavaban en el cerebro y lo torturaban hasta enloquecer.

Como una mano gigante aplasta un insecto así se lanzaron desde todos los ángulos sobre los ogros, quienes comenzaron a descargar golpes mortales contra los desafortunados ignorando a la pareja. Golpes capaces de partir en dos a un hombre y que destrozaban a aquellas víctimas insignificantes.

Ishmant aprovechó la confusión para rodear con un brazo la cintura de su compañero. De súbito la visión del mestizo se hizo borrosa y tuvo la sensación de ser transportado a velocidades incalculables. Cuando creyó detenerse. Estaban fuera del círculo de ogros y más allá del alcance de aquella nueva contienda, pero se habían metido de lleno en las filas enemigas. Las ratas los rodeaban pero pocas reaccionaron a tiempo para evitar que ambos curtidos guerreros se abriesen paso a golpes entre ellas sembrando su carrera de cuerpos sin vida.

—¿Hacia dónde? —dijo Allwënn.

—Sígueme.

 

 

Una nueva flecha agujereó un cráneo de rata que cayó fulminada.

Los blancos se multiplicaban por momentos y cada vez resultaba más difícil montar una flecha, disparar, acertar en el blanco y retroceder con suficiente velocidad. Prácticamente acorralados a los pies de un enorme pilar, Gharin no daba abasto mientras su carcaj disminuía progresivamente, enviaba dardos mortales ya fuese hacia delante o hacia atrás, a un lado o a otro, a una velocidad inigualable y una certeza prodigiosa. Junto a él, Odín se mantenía a la espera, batiendo sobre su palma con ansiedad el mango grueso de su cuantiosa arma. Las flechas del semielfo hacían, por el momento, innecesaria su intervención. Las ratas se concentraban en asfixiar a los ogros.

Alex sujetaba su espada y su escudo con manos temblorosas, temiendo que llegase la hora de utilizarlo, rezando por que las flechas de Gharin no se acabasen nunca.

—¡¡Gharin, aquí!! —Atronó la voz hueca de Odín a sus espaldas. El elfo se giró ya con el arco tenso y la mortal punta esperando iniciar su vuelo de muerte. Una rata armada de espada, si así habría de llamarse a aquel tosco hierro enmangado, corría enfurecida hacia los humanos.

—¡Yelm! —Pensó el semielfo—. Esta se ha acercado demasiado.

Con un crujido sordo la flecha se empotró en el pecho peludo de la criatura que cayó hacia atrás entre estertores y espasmos mortales. Por instinto, su mano volvió al carcaj y prendió otra asta emplumada. Cada vez era más difícil hallar una. Estaba empezando a quedarse sin flechas. El cordón se tensó con la varilla apoyada en la curva del arco. Se volvió hacia donde sus oídos finísimos de elfo le indicaban pasos y disparó sin apuntar llevado por la inercia. Otra rata se desplomó con nueve centímetros de acero en la garganta.

—¡Gharin! —escuchó de nuevo al gigante. El arquero se giró listo para disparar y encontró una sorpresa como blanco.

—¡Ishmant, Allwënn! —exclamó distendiendo el cordel al ver aparecer a sus amigos de las tinieblas. Pero pronto levantó de nuevo su formidable brazo y disparó como si no reconociese a quienes acababan de aparecer. El proyectil pasó entre ambas cabezas a una velocidad imparable, atravesando el hueco ínfimo que las separaba para empotrarse en el pecho abultado de un ogro, apenas difuminado entre las sombras.

—¡¡Junto al pilar, aprisa!! —Apremió el humano embozado.

Y aquello iba por el arquero, puesto que los humanos no habían despegado sus espaldas de la piedra espiral desde que llegasen a ella. Gharin y Allwënn alcanzaron el lugar pero no así el guerrero humano que se volvió para encararse con los adversarios que les pisaban los talones. A ellos pareció lanzar una mirada penetrante de desafío antes de abrir un arco con sus manos que separó dilatándose como las hondas de una charca al lanzarse una piedra. Una poderosa oleada de energía se extendió ante él golpeando todo cuanto se encontró a su paso. Hasta perderse en la inmensidad. Sus manos volvieron a crisparse, esta vez hacia arriba, y una muralla de llamas se levantó rodeando el fuste de aquella gruesa pata de piedra a unos cinco o seis metros de distancia. Un súbito resplandor inundó el interior del anillo de fuego y el calor sofocante de las llamas pronto trajo consigo el sofocante ahogo y el brotar de sudores.

—¡Pequeña! —exclamó Allwënn al apreciar el rostro amoratado de Claudia. Sus dedos acariciaron con dulzura la mejilla violácea de la joven que a pesar de su delicado roce emitió un leve quejido arrugando su faz—. ¡Perros!

En las pupilas de Allwënn brilló un odio visceral y retiró su mirada del rostro con gesto de desprecio. Había cosas capaces de enfurecerlo más allá de toda lógica. Los dedos de la chica se posaron sobre el lugar que la mano del veterano elfo ocupaba y su pecho contuvo un suspiro.

Ishmant volvió junto al grupo.

—La cuerda, Allwënn —solicitó con la parquedad que le caracterizaba. Nadie parecía haberse percatado hasta entonces pero el mestizo traía un rollo de cuerda sobre su hombro recogido, con probabilidad durante la huída, de los despojos de la silla de montar de alguno de los infortunados caballos o tal vez de las pertenencias de los ogros.

Ishmant la prendió y la anudó a su cintura.

—¿Qué pretende hacer? —preguntó Alex, pero la respuesta no llegó mediante las palabras. Ishmant alzó su mirada hacia las invisibles techumbres. El cielo cada vez más claro de la mañana comenzaba a revelar las grietas y huecos en las cubiertas y los primeros rayos de luz penetraban desde las alturas. Alex siguió con los ojos la tremenda ascensión—. ¿No pretenderá...?

Ishmant se afianzó a los pliegues helicoides que labraban el soporte, aprestó los pies sobre las rugosas formas y comenzó a trepar como si poseyese la habilidad de pegarse a las paredes. Antes de que pudieran preguntarse cómo lo hacía, el humano, que aquella desafortunada noche no dejaba de abrir la caja de las sorpresas, había salvado a pulso más de la mitad del tremendo fuste dejando tras él la guía de cuerda. Pronto culminó el ascenso y después de afianzar la soga lanzó la orden de que otros le siguieran.

—Alex. Eres el siguiente —ordenó Allwënn a pesar de que su mirada escrutaba la pantalla ígnea. Alex se puso lívido y pensó que iba a desmayarse.

—Yo... yo... yo —tartamudeó—. No puedo subir allí. ¿Estás loco? Voy a matarme.

—¡Morirás de todas formas si no lo intentas! —le gritó el mestizo—. Si caes tendrás una muerte sin dolor. Créeme que lamentarás no haberte despeñado cuando estés en las manos de los ogros o las ratas. ¡¡Así que deja de llorar y sube por esa cuerda, maldito crío!!

—Tiene razón, no lo conseguirá, Allwënn —aseguró el arquero de rizos dorados bajando por un instante la guardia de su arco—. Sus brazos no son fuertes y hay casi veinte metros de ascensión.

—Entonces hazlo tú —apremió el de la cascada de ébano.

—¿Yo? Necesitas mi arco.

—Sube aprisa. Entre Ishmant y tú izaréis a los humanos. Luego lanzad de nuevo la soga y yo subiré.

—Es arriesgado.

—Es lo que tenemos —apremió Allwënn—. Será más rápido que esperar que lleguen por sus propios medios—.

Era cierto.

Gharin echó su arco a la espalda después de desearle suerte a su compañero, prendió la soga y tras comprobar su firmeza inició la larga escalada. Sus brazos salvaban metros con tremenda facilidad pero el ascenso se hizo más largo que el de Ishmant. Apenas había ascendido dos metros, una rata penetró a través de la cortina de fuego envuelta en llamas. El sobresalto sorprendió a todos y el espectáculo de su consumición horrorizó a cuantos lo presenciaron. Allwënn la devolvió al otro lado de las llamas de una tremenda patada y un hedor a pelo quemado invadió la escena. El mestizo suspiró. Comenzaban a envalentonarse demasiado rápido. Aún podía ver a su compañero luchando contra la gravedad y ya echaba de menos su arco.

Minutos después la cuerda se agitó, señal de que también Gharin había logrado conquistar las cumbres.

—Vuestro turno —dijo Allwënn—. Alex, Claudia. Ataos al extremo, os izarán—. Los jóvenes, conscientes de que esa opción era sensiblemente más alentadora que la primera, obedecieron con resignación—. Odín, ve tú también.

—Y un cuerno —replicó aquel, tan tajante que incluso sorprendió al mestizo. El gigante rubio se aproximó a él con decisión empuñando con firmeza su potente hacha. Su soberbia estatura ensombrecía al medioelfo. Quedó junto a él hinchando su pecho.

—No podrán subirnos a los tres. Además, sin Gharin soy el único que puede ayudarte.

Allwënn se volvió para mirarle. Su arrojo le había impresionado.

—¿Quién te ha dicho que necesite tu ayuda?

—Lo digo yo —afirmó con arrogancia—. Has mirado seis veces hacia arriba en los últimos cinco minutos. Le echas de menos.

Allwënn comprendió lo que el chico le quería decir le sonrió complacido.

—Tú y tu delicada acompañante sois bienvenidos siempre y cuando no dudes en utilizarla.

—No te preocupes. Ya he roto el hielo. ¿Has visto lo que le han hecho a mi amiga? Reventaré al primero que decida atravesar el círculo de fuego. Poco me importa a estas alturas que me lleve por delante.

Y Allwënn rompió a reír complacido y le hizo un sitio a su lado.

 

—No mires hacia abajo, Claudia, no mires —aconsejaba Alexis mientras eran izados con rítmicos golpes. Pero Claudia, como siempre sucede apenas se pronuncia esa frase, tornó sus pupilas a los pies y al abismo que crecía bajo ellos. El corazón le dio un vuelco, pero no ante el vértigo de la altura sino al comprobar la cantidad de enemigos que se cernían más allá del círculo de fuego.

La espera no resultaba en absoluto aburrida para la pareja que aguardaba abajo. Mientras los dos humanos eran ascendidos, Allwënn y el musculoso Odín ya habían acabado con varias intentonas de cruzar el muro de fuego. La mayoría de las ratas se habían sentenciado a muerte antes de pisar en otro lado de la muralla pero lo cierto es que cada vez afluían en mayor número o tardaban menos en intentarlo de nuevo.  El conjuro de Ishmant comenzaba a dar muestras de agotamiento. Todo se limitaba a una cuestión de tiempo.

De pronto, otro guerrero roedor traspasó la ígnea frontera convertido en una bola en llamas. Como los otros, acabó consumiéndose a la espera de que el filo del hacha de Odín o los feroces dientes de la soberbia espada de Allwënn le procuraran una muerte más rápida y menos dolorosa.

Fue el mestizo quien avanzó hasta donde la criatura pataleaba en el suelo. Con aquella tea aullante a sus pies, levantó la espada con la intención de hundirla en el incendiado pelaje. A Allwënn le repugnaba rematar a esas bestias aunque su gesto de impasible frialdad pareciese esconderlo. Como todo guerrero enano, no solo prefería hundir el acero en batalla sino también con adversarios de mayor categoría que aquellas ratas. Endurecido o no por los años, aquel guerrero aún poseía un corazón capaz de conmocionarse ante un espectáculo tan miserable como aquel y la clase de muerte que brindaba a aquellas criaturas. Se movía por piedad más que por el odio que le inspiraban.

Pero...

Aquella desventurada rata jamás fue ejecutada por el brazo brioso del elfo ni su espada de reyes penetró en la carne tostada... De hecho, la horrible criatura había sido muerta por otra mano aún más despiadada. El mestizo creyó distinguir un resplandor muy próximo, justo por el flanco en el que se levantaba la cada vez más debilitada muralla ígnea. Torció su mirada de súbito, casi respondiendo a un acto reflejo fuera del control. Tuvo la impresión de que, como si de un muro de piedras se tratase, aquella pared llameante se le venía encima y se desplomaba sobre su cabeza. De pronto vio cómo de ella surgían unos brazos enormes y gruesos a los que seguía un torso corpulento. Robusto, a pesar de su ancho volumen. Así, entre las lenguas de fuego, atravesándolas como una carga de caballería, un rostro embrutecido se abría paso con una mueca horrible en su desproporcionado aspecto. La bestia atravesó las llamas como si hubiera sabido de antemano lo que iba a encontrar tras ellas. Un grito poderoso, no sé si de dolor o como la mecha que haría explotar la adrenalina, rugía desde sus fauces. Allwënn solo pudo interponer su arma y evitar un daño mucho más grave. Los aceros entrechocaron y el mestizo tuvo la impresión de haber parado con la espada una manada de caballos desbocados.

Allwënn rodó sin control por el polvoriento piso antes de recuperar el equilibrio y alzarse de un ágil movimiento. Una montaña de grasa chamuscada y humeante se erguía ante él aventajándole la reacción. Uno de los colosales caudillos ogro había atravesado el fuego mágico con mucha más suerte que aquellos guerreros rata. Una de sus manos cargaba un hacha de mano de proporciones extraordinarias y mellada hoja. No se detuvo a charlar. No aguardó ni un solo instante. De hecho, la prodigiosa agilidad con la que su sangre de elfo dotaba a sus movimientos salvó a Allwënn de ser despedazado en el suelo. Los metales chispearon al encontrarse una y otra vez. Se besaban en ardientes destellos. Pero la batalla anterior había debilitado en exceso al guerrero que ahora encontraba dificultades para penetrar en la defensa de la colosal criatura a la que se enfrentaba. Los lances de Allwënn, en otras circunstancias mucho más rápidos, se limitaban ahora a evitar los mandobles brutales del ogro y una pugna de fuerza se libró en unos segundos. En un momento, ambos hambrientos aceros quedaron trabados. Allwënn disponía de una fuerza prodigiosa gracias a la estirpe de su padre. En otras condiciones hubiese soportado el pulso de ogro, pero la tremenda superioridad de corpulencia y estatura de su adversario le facilitó la victoria. Allwënn fue separado de un brusco empujón y catapultado hacia el suelo.

El otro brazo del ogro no iba armado. Al menos no sostenía arma alguna. Su antebrazo iba recubierto de cuero, forrado de metal tachonado que coronaba el puño con una inmensa bola de hierro de la que surgían infinidad de picas afiladas. Esta vez, el siniestro adversario logró ser más rápido y cuando Allwënn aún se estaba incorporando asestó un golpe fatal con aquel brazo acorazado de estacas. La maza astada impactó de lleno en el pecho del mestizo, sorprendido con la guardia demasiado baja y sin capacidad de reacción. La caja torácica del guerrero saltó en pedazos hecha añicos y su cuerpo destrozado se catapultó por los aires hasta colisionar contra el durísimo y frío fuste del pilar.

Allí quedó con un hálito de vida.

Odín sintió cómo un terrible escalofrío le partía en dos la espalda y el cuantioso peso del hacha se le escurría de unas manos temblorosas bañadas en sudor. El ogro se volvió hacia él mientras recuperaba un aliento perdido en el combate. El rostro de aquella cosa le pareció aún más deforme y malvado de lo que jamás hubiese imaginado. El miedo le corroía las entrañas y casi refirió no pensar qué podría hacer esa bestia con él después de derribar a un guerrero tan formidable como el que ahora agonizaba a los pies del gigantesco soporte. Trató de no imaginar aquella hacha incrustada en su cuerpo. Por un momento los amargos recuerdos de su herida contra el troll volvieron a su mente.

No obstante, el ogro no le permitió ahondar demasiado tiempo en su recuerdo y con una pesada carrera movió su corpulento tonelaje dispuesto a acabar con el asustado muchacho. El hacha mellada sesgó el aire a una velocidad incontrolada a pocos centímetros del vikingo. Odín no supo predecir por dónde llegaría el golpe e interpuso tímidamente su arma para evitar el lance. Pero nada detuvo el hacha, que hubiese partido en dos al fornido batería de no ser porque se echó hacia atrás. Aun así, la maltrecha hoja se abrió paso en el muslo, cortando la carne con violencia y la misma facilidad con la que un cuchillo afilado corta en ruedas un fiambre durante una cena. La sangre se despeñó al instante y Odín se quebró por el dolor eléctrico. Su garganta no pudo reprimir un grito desgarrado y su pierna se doblegó hasta postrarlo de rodillas. El otro brazo del capitán de los ogros, también en carrera, descargó otro salvaje puñetazo alcanzando por fortuna el hombro musculoso, a medias protegido por las duras ropas que le vestían. Pero ni ellas resultaron lo bastante recias para frenar toda la acometida, y las gruesas estacas penetraron los vestidos. Mordieron la carne atravesándola hasta el hueso. El dolor resultó inaguantable. Tan intenso que otro menos corpulento hubiese perdido sin remedio la conciencia. Los ojos le lloraban, inundados por una marea de lágrimas, y la visión se le nublaba por momentos. Postrado, sin fuerzas, Odín esperó piadoso una muerte sangrienta e inmerecida. El ogro alzó su hacha sobre el muchacho como un verdugo impávido. Entonces, la mano de Odín que aún aferraba el arma, movida Dios sabe si por un impulso desesperado o por los hilos invisibles del destino, enterró con una furia desgarrada la afilada punta en el pecho abultado del horrible enemigo. De un tirón desenterró el hierro y la profunda herida vomitó una cañada de sangre caliente que bañó al músico provocándole nauseas.

Tampoco Odín esperó y arremetió un nuevo lance hundiendo la desmesurada hoja del hacha que desapareció en el pecho del monstruo. Aquel se estremeció de pies a cabeza ahogando un estertor y el hacha que levantaba con fiereza cayó de sus manos y golpeó el suelo junto al joven. En un último aliento, aferró la hoja ensartada en su cuerpo mientras miraba al chico con la muerte rondando sus pupilas. Caminó un par de pasos hacia atrás y se desplomó en el suelo.

Odín volvió a quedar perplejo. Trataba de reorganizar ideas, sentimientos y emociones... pero pronto recordó a Allwënn. Se levantó con esfuerzo y mucho sufrimiento, pues sus heridas eran serias. El brazo le dolía como si las estacas que lo perforasen aún estuvieran alojadas en su carne y la pierna apenas si podía apoyarla. Lo peor es que perdía sangre con una afluencia peligrosa y se sentía flaquear por momentos. Casi arrastrándose llegó junto al cuerpo de Allwënn. Aún respiraba. Se sintió aliviado. Respiraba con extrema dificultad, pero lo hacía, y sangraba. Sangraba por nariz y boca. Su pecho hundido resultaba un charco de sangre. No obstante, lo encontró mucho mejor de lo que esperaría hallar a alguien que hubiese recibido tan tremendo golpe.

Lejos de poder ayudarlo, se desplomó junto a él. Allwënn tenía los ojos abiertos y parpadeaba. Miró al corpulento batería y sus labios de plegaron en una mueca de sonrisa. Aun así, resultaba tan extraordinario verle sonreír que el joven no pudo evitar contagiarse.

—Buen golpe —le susurró débilmente—. Yo estaría orgulloso. Ahora también lucirás una estupenda cicatriz en el muslo..., si sales de esta.

—No hables, Allwënn —le aconsejó el chico—. Reserva las fuerzas.

La esperanza se disipaba por instantes, a la par de sus fuerzas. A través de la muralla de fuego podían verse los ojos brillantes de las ratas esperando su oportunidad y se escuchaban sus voces agudas y sus gritos horribles. Allwënn movió su cabeza para mirar hacia arriba. El pilar se perdía a los lejos y nada vio del resto de sus compañeros.

—¡¡Arrojad la maldita cuerda!! —bramó. A Odín le sorprendió que aún habitasen en aquel moribundo cuerpo fuerzas suficientes para arrojar una voz tan potente.

Casi como si hubiesen obedecido la orden, el extremo de la soga se despeñó desde las alturas y golpeó como un látigo enfurecido a su lado.

—Vamos, chico —dijo ahora, y su voz pareció más firme, menos fatigada—. Las fuerzas te responderán a ti más que a mí. Ayúdame a incorporarme y ata a nuestro alrededor el extremo de la cuerda. Odín se apremió, mas no quizá por el consejo de Allwënn sino porque su instinto le decía que la magia que aún mantenía vivas las llamas en torno a ellos estaba próxima a morir. Sus brazos doloridos pero todavía robustos levantaron su cuerpo del suelo y también el cuerpo de Allwënn, mucho más pesado de lo que cabría esperar para alguien de su tamaño.

La cuerda se abrazaba a sus cinturas justo cuando el hechizo se disipó y las llamas se extinguieron. El furor de quienes lo aguardaban no se hizo esperar.

—Tira de la cuerda —apremió el mestizó que se dobló de dolor cuando los invisibles brazos de sus amigos tiraron de ellos y la soga le apretó contra el cuerpo endurecido del músico. Los cuerpos comenzaron a izarse con dificultad al tiempo que sus enemigos entraban a la carrera. La primera de las ratas trató de alcanzarles con su espada pero ya estaban demasiado altos. Odín miró a Allwënn. Había una sonrisa malsana en sus labios. Bajo ellos, las ratas chillaban enloquecidas de frustración.

 


 

 

Todo aquello apenas parecería un mal sueño cuando desde aquellas colinas divisaran los valles y Diezcañadas al fondo. Aún hubieron de sortear alguna que otra dificultad cuando llegaron a las cubiertas del templo.

Ninguno de los dos podía moverse por sí mismo. Carente de toda lógica, las fuerzas que se escapaban de Odín por sus heridas abiertas parecían desbordarse sobre el mestizo. Aquel culminó la ascensión con mejor aspecto que cuando la inició.

Los caballos de Gharin, Allwënn e Ishmant escaparon a las hachas de los ogros y resultaron suficientes, y el trayecto corto, para portear a los heridos del grupo, montados en parejas. Salieron de aquella funesta ciudad y durante las numerosas paradas que las heridas recibidas obligaron a hacer, casi no se hablaba de otra cosa que de la elogiable actuación de Odín. Los dramáticos sucesos se vestían ahora transformados en anécdotas, en risas y bravuconadas, quizá como única vía para purgar el sufrimiento acumulado.

Odín estaba fascinado. Había visto las heridas de Allwënn y mientras su pierna y su hombro apenas le permitían moverse, el joven, al cabo de dos o tres horas se comportaba como de costumbre. Nada ni nadie dirían al verle que había sido víctima de heridas mortales. La recuperación del mestizo resultaba a todas luces increíble. Como producto de un milagro, pues sobre él no se aplicaron siquiera los cuidados mágicos que dispensaron al resto. Todos los muchachos parecieron darse cuenta de lo portentoso de aquel hecho pero parecía que Gharin e Ishmant apenas le dieran importancia. Nadie quiso hacer mención alguna.

Sin duda, lo acontecido dentro de aquel templo hirió el alma de todos los chicos y hubo un inocente antes y un dramático después tras aquellos hechos. Las heridas que abrieron los sucesos de aquel corto y accidentado viaje rezumarían en las miradas. Todos ellos, cada cual a su manera, se vieron asaltados por los profundos cambios que vivieron durante esas duras jornadas. Aquellas penas solo se vieron mitigadas en parte por la esperanza renacida en la promesa de creer que allí, en aquella aldea que llamaban Diezcañadas, comenzaría a gestarse el principio del fin.

A pesar de que la aldea se encontraba a un golpe de vista la noche acabó por sorprender al grupo aún en el empedrado camino que unía las aldeas del valle. A medida que los fatigados corceles se aproximaban a las luces de la aldea, en el grupo de músicos crecía la expectación. Comenzaban a hacerse preguntas que si bien habían sido formuladas en los días pasados, ninguna había obtenido respuesta.

Entre las sombras de la noche, Diezcañadas parecía una pequeña población de casas bajas, envueltas en la pacífica quietud de la madrugada. Con un orden caótico y alineadas al camino empedrado, las viviendas se disponían en grupos dispersos. Eran como notas discordantes de una melodía que en su fondo las sincronizaba y encadenaba con el orden y el ritmo necesarios.

Poco pudieron apreciar aquellos ojos torpes en la noche de la arquitectura curiosa del lugar que pisaban. Apenas nada más que los haces de luces pulsantes que surgían de redondos ventanales y que dejaban ver parte del paramento bajo y rústico de los muros y algo del trabajo curioso y artesano de las contraventanas.

Enseguida, guiados por la rienda de Ishmant alcanzaron a divisar un edificio que sobresalía de las siluetas sombrías y achaparradas del resto de las construcciones. Parecía una casa recia de dos plantas con unas pequeñas caballerizas en un lado. Ishmant hizo una señal al grupo y los caballos se detuvieron aún a una veintena de metros del edificio.

—La persona que podría ayudarnos debe encontrarse ahí. Me acercaré. Aguardad aquí un instante.

Diciendo eso desmontó y se aproximó hasta el porche del edificio. El grupo esperó paciente y observó cómo Ishmant golpeaba varias veces con sus nudillos la puerta de madera. Pronto se encendió una luz que revelaba ocupantes en su interior. Instantes después una figura abrió la puerta con un candil.

Era una figura pequeña. Probablemente un niño de unos ocho o diez años. Entablaba una breve conversación con el guerrero que, por esta, vez había prescindido del embozo. Los jóvenes se percataron de que Ishmant señalaba un par de veces al grupo con su brazo y que el muchacho entornaba la vista y alzaba el candil con la clara intención de atisbar un tanto mejor en la oscuridad. Pronto el chico volvió adentro e Ishmant hizo señales para que el grupo avanzara.

—Estamos de suerte —anunció el misterioso humano nada más llegar el grupo. Apenas si acababan de desmontar cuando el crío apareció otra vez, acompañado por una jovencita aproximadamente de su edad pero sin ninguna luz.

—Fabba os abrirá los establos para que podáis dejar los caballos —dijo, y su voz sonó como la de un mancebo cuyo timbre aún no ha acabado de agravarse. Sin nada más que añadir la chica salió fuera y con un entusiasmado «seguidme» condujo a un par de ellos hacia el edificio anexo.

—Traigo un herido —confesó Ishmant entonces—. Necesita cuidados y cama. Aunque a todos nosotros nos vendría bien un baño caliente, cena abundante y una cama con las sábanas limpias.

La puerta se cerró detrás de ellos y un vaho acogedor invadió los corazones. La idea de cenar caliente y dormir en blando se había alojado de tal manera en los ánimos que por un momento olvidaron que allí dentro habría de estar la persona que podría traerlos de vuelta a casa.


 


[1]El suceso del ramo de amapolas tiene su explicación y responde a una de esas embarazosas y no menos cómicas situaciones en las que uno no sabe ni cómo ha llegado a ellas ni cómo escapar. Lo cierto es que se trataba de una divertida anécdota que en alguna ocasión les contaré y que hace desconfiar plenamente de la indefensión de las amapolas, especialmente cuando atacan en elevado número.

La Flor de Jade
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