VHÄRS-AHELHÀ[1]
El Advenimiento
Nieve, nieve, nieve. En aquellas latitudes solo existe la nieve...
Una descomunal cortina. Un muro blanco y despiadado. La ventisca golpeaba con furia en todas direcciones. Como un combatiente ciego que lanza los ataques por doquier, sin sentido, con el ánimo de alcanzar al rival en un golpe de fortuna. En este caso, su rival hundía las piernas hasta las rodillas donde la fría dentellada del hielo hería la carne como pago a cada nuevo paso. Un rival desarmado, inerme ante la titánica potencia del ciego adversario. No importaba qué estación del año fuese, en los puntos más septentrionales del Ycter siempre es invierno. Éste es el dominio de Valhÿnnd[2], el desierto blanco, donde la naturaleza siempre viste los campos de nácar y el poder de Yelm[3] se arrodilla. Es el corazón del Invierno. Y pocas veces alguien se aventura a desafiar al Invierno en sus propios confines.
Volvió a doblegar el cuerpo, abatido en la lucha. Aspirar la siguiente bocanada empezaba a convertirse en toda una proeza. Sus pulmones se abrían al máximo. Su rostro era una máscara de esfuerzo. El aire gélido penetraba desde su boca, abrasaba la garganta y quemaba los pulmones. Exhausto, con el pecho a punto de estallar y el azote del impasible látigo del viento castigándole, enterró la rodilla en la alta capa de nieve. Hundió un brazo en ella para evitar que todo su cuerpo se desplomase. Pasó su enguantada mano por el rostro desprendiéndose las grandes formaciones de escarcha en sus cejas y bigotes. Una película de hielo cubría su rostro desprotegido a expensas de la tormenta. Lo mantenía tirante e insensible al tacto. Sus largos cabellos anaranjados se escapaban por los huecos del embozo de piel que abrigaba su cabeza. Se cubría también de las mismas partículas que teñían de polvo blanco el resto de sus abultadas ropas.
Los ojos seguían sin divisar signo alguno entre la batida del viento y las enormes olas de nieve que levantaba. La luz diurna, próxima a expirar, apenas tenía la potencia necesaria para vencer la barrera e iluminar el terreno. Debía estar cerca. Tenía que estar cerca. Intentó incorporarse con el escaso cúmulo de fuerzas que le restaban, apoyándose en su callado. Una vez erguido, cerró los ojos intentando concentrarse.
Nadie se adentraría en las profundas soledades del Ycter sin un buen motivo. ¿Qué podría decirse, entonces, de aquél que había escogido tan desolador paraje como su hogar? Quizá unas inhumanas ansias de soledad. Tal vez el único lugar donde la destructiva mano del Culto era incapaz de llegar. Un buen escondite, sí, tal vez, para una persona capaz de sobrevivir en sus gélidas fauces sin contacto con el mundo. Si existía alguien así, era a ese a quien pretendía encontrar arriesgando su propia vida. Había muchas más vidas que la suya en juego que dependían en gran medida de la suerte en aquella búsqueda.
Se aisló un instante del infernal rugido del viento, embravecido y furioso, tratando de poner en guardia su esencia mágica y así orientar con mayor seguridad sus pasos. Cuando la pierna se incrusta hasta la rodilla en la nieve, junto a la inclemencia del tiempo, hay que combatir también con la dificultad del terreno. Cada paso de más se convierte en un gasto vital de energía y un tesoro demasiado valioso para desperdiciar. De ahí que fuera necesaria, al menos, una pequeña guía para encaminar los pasos.
Abrió los ojos de golpe encontrándose de nuevo inmerso en el ruido ensordecedor que lo envolvía todo. Algo lo había puesto alerta.
Mezclado con el aullido silbante creyó distinguir...
Volvió la cabeza hacia atrás, afinando los oídos. Poco a poco comenzó a corroborar la sensación de peligro que le recorría la espalda. Al principio con debilidad, creciendo en instantes a través de la espesa marea blanca: unos vagos ladridos se abrieron paso por entre la demencial barrera del viento llegando hasta sus tímpanos. Una maldición pocas veces escuchada en sus labios se perdió en el furioso vendaval. Un calor súbito bañó sus músculos. No estaba en condiciones de combatir. ¿Pero es que acaso estaba en disposición de correr? Siempre sería mejor que morir. Haciendo acopio de sus fuerzas se apresuró a arrancar y avanzó unos metros en una dirección al azar a través de la tormenta. Se devoraban energías a cada zancada. No contaba con semejante derroche y sus reservas, casi al límite, no aguantarían durante mucho tiempo tal lapidación. Las enormes piernas incidían como cuchillas en la corteza nevada, clavándose hasta las rodillas. Mientras, su garganta aspiraba la abrasadora gelidez del aire que quemaba como ríos de ascuas en sus pulmones. Sus jadeos, cada vez más audibles y agónicos, se entremezclaban con los bramidos furiosos del viento y los ecos de aquellos cánidos, que tan pronto se apagaban como se volvían a escuchar según la dirección del vendaval, caprichosa como el volar de una mosca.
Su único temor era que en el próximo metro de terreno a salvar, su corazón flaqueara como sus rodillas y no tuviese el suficiente coraje para impulsar la sangre hasta su cabeza. Si moría, nadie podría descubrir jamás que había pisado aquel suelo frío con una razón demasiado poderosa a sus espaldas.
El paso lento de las brasas consumía poco a poco los troncos de madera en la chimenea. El frío hierro del atizador se introdujo entre los adormecidos rescoldos forzando el revivir de sus lenguas, tal vez, un poco olvidadas. Pronto, la actividad en la hoguera volvió a ser la deseada y el acero hostigador acabó retirándose.
Dentro de la rústica cabaña de madera podía apreciarse la cruda nevada del exterior azotando los vidrios de las ventanas fuertemente trabados con entibos. En tardes como esa, en las que arreciaba el temporal, la vivienda entera parecía estremecerse llenándose de tenebrosos crujidos, sobrecogedores e inquietantes golpes de manos invisibles. Rodeado en tan lúgubres y desolados páramos por kilómetros y kilómetros de estéril nieve no era difícil, ante los ecos de la tormenta, ponerse algo nervioso. Sin embargo, Ishmant ya estaba acostumbrado a ellos. Tanto tiempo siendo la única criatura inteligente que habitaba las más septentrionales soledades de tan inhóspitas tierras había doblegado su ánimo proporcionándole suficiente temple para no inmutarse ante ningún sonido. Como mucho, encontraba curiosas notas de la enfurecida naturaleza, como si quisiera demostrar que estaba viva aun en estos estériles lares. En tardes así, cuando el cielo se oscurecía hasta ocultar la luz de los soles, él ponía a hervir el agua con la que preparar una taza de kyawan y dedicaba las horas que seguían a la buena y plácida lectura.
El vapor del agua hirviente comenzó a hacer silbar la cafetera. Aquel sonido distrajo por un instante la vista de los empañados cristales y de la monótona estampa que aquellos le ofrecían. Apartando el recipiente de barro del ávido abrazo de las llamas, Ishmant vertió su hirviente contenido en la taza donde reposaba la mezcla de hierbas amargas del kyawan. Había costumbres que nunca olvidaría. Una de ellas era saborear esa intensa infusión. Lo transportaba hasta sus orígenes, a los templos de su primera iniciación. Ya hacía mucho tiempo de aquellos vagos y lejanos recuerdos pero eran las penetrantes bocanadas del amargo caldo lo único que lo devolvía al contacto con los hombres y a los distantes días en los que él era el discípulo con un millar de cosas que aprender y descubrir. Mientras, el tiempo pasaba lentamente.
Fuera rugía el temporal. Sonidos, como el correr de mil patas diminutas, plagaban la solitaria estancia abatida por la tormenta. De vez en cuando, los habituales golpes seguían rompiendo el velo de la concentración. Tendría que empezar por tercera vez el mismo párrafo. Los versos místicos de Gadio no tenían el mismo magnetismo y profundidad si habían de ser acompañados por constantes interrupciones.
Por cuarta vez los golpes convirtieron la lectura en un placer inalcanzable. Ishmant cerró casi con violencia las gruesas y gastadas pastas de las Meditaciones del viejo filósofo, decidido ya a buscar otra manera de ocupar las horas que restaban de furiosa tempestad. Sin embargo, el sonido se repitió. Esta vez se percató de algo que quizá pasara antes desapercibido. Fueron cuatro golpes secos, rítmicos y...
«pom, pom, pom, pom».
Torció el cuello con las cejas fruncidas hacia la dirección de la que indudablemente venían los golpes. ¡Alguien llamaba a su puerta! El adormilado instinto del guerrero comenzó a despertar activando a su paso todos los sentidos, como los engranajes de una vieja máquina por siglos en desuso. ¿Quién podría encontrarse al otro lado? Pensó. En su mente se atropellaron un millar de hipótesis a cual más desconcertante; o lo que era aún más inaudito: ¿Quién podría haber llegado hasta allí, hasta un escondido punto en una interminable región helada? ¿Qué clase de criatura es capaz de sobrevivir en el abrazo de la tormenta sin la gracia de los dioses?
«¡Ha venido!». Se dijo a sí mismo dejando caer de sus manos el libro que sostenía...
Un recuerdo...
«Escóndete lejos, amigo mío, que yo sabré dar contigo aun cuando huyas al mismísimo pozo de Sogna».
Algo se aceleró en el alma de Ishmant, algo murió en aquel instante de duda e hizo renacer una antigua sensación, casi relegada y marchita durante todos estos años de exilio.
«Pom... Pom... Pom...»
De nuevo los golpes; pero ahora se debilitaban. Las fuerzas de quien al otro lado llamaba se consumían.
«Me ha encontrado. Solo él podría hacerlo».
El corazón aceleró su pulso pero Ishmant usó su fuerza interior para calmarlo. Se había preparado para este momento.
El madero que aseguraba el portón cayó al suelo con un ruido sordo y pesado. Los goznes entonaron un débil chirrido que la furia del vendaval se apresuró a ahogar igual que al dulce son de una flauta el fragor de la batalla. La puerta se abrió de par en par. Como un asaltante invisible, con descontrolado impulso, el frío, la poderosa acometida del viento y la nieve se adueñaron del interior de la habitación, agitando la lumbre, volcando objetos y conquistando el poco calor de la vivienda.
Frente a él, envuelto por el fantasmal aullido de la tormenta, oculto entre las sombras y la nieve que azotaba en ráfagas, una figura colosal se alzaba por encima del marco de la puerta, embutida, toda ella, en una capucha oscura de largos vuelos que borraba su rostro. En la diestra del coloso, un alfanje curvo de impresionante aspecto. Bajo sus ropas, lo único que acertaba a contemplarse eran unos mechones castigados de anaranjado cabello.
—Ish...mant —dijo la figura con un hilo de voz extenuado y marchito.
«¡¡Lo sabía!!»
Era noche en el exterior. Una noche densa y callada, como de muerte.
La oscuridad reinaba sobre la Ciudad Imperial y tamizaba con su manto impenetrable los perfiles y siluetas de aquel afilado edificio que hendía con sus múltiples torres de aguja los cielos tenebrosos. El resplandor vago del ojo lunar se filtraba en inapreciables haces desde los ventanales de ojivas. Una paz inocente y calmada lo envolvía todo. Una paz ignorante e indefensa. Era noche en el exterior pero acaso no importaba, pues tras los altos muros del Templo Pontificio siempre reinaba la oscuridad. Una oscuridad que se divinizaba en sus altares, que se sacralizaba y adoraba como a una virgen. Una oscuridad que pasa de ser un tupido escenario a tener nombre, rostro, devotos... y poder. La noche es Kallah. La luna es Kallah. La Oscuridad es Kallah. Y aquella noche sus siervos, sus más altos servidores, el Alto Capítulo de los Conjurados, se habían reunido en Magna Cábala mientras el mundo sucumbía a los brazos del sueño… Si es que aún restaba alguien capaz de conciliarlo.
La enorme puerta crujió al abrirse como una vieja osamenta y sus monstruosas dimensiones dieron cobijo a unas figuras que se empequeñecían hasta el ridículo bajo sus formas. El pequeño séquito penetró en lo que antaño había sido el salón del trono del castillo Belhedor. La sala había perdido el esplendor de aquellos días. Ahora se sumía en la quietud de la penumbra, en la soledad del olvido. Aquellos muros otrora cargados de tapices, blasones y armas se revestían desnudos únicamente con el manto de sombras de la noche. Tan solo la mirada de la luna osaba rasgar el velo negro con sus fulgores selénicos y proporcionaba a la vasta cámara una borrosa claridad que no hacía sino fomentar la insana imaginación.
Lord Velguer y sus acompañantes sabían a quién iban a encontrar allí aunque no le vieran. Más bien le intuían sentado en el solio que una vez acogió a la más alta de las dignidades humanas. Los pasos resonaron sordos multiplicados entre los muros en un clamor caótico. Las tres figuras se detuvieron ante el trono. Tan solo podía apreciarse la ensombrecida silueta de un hombre cuajado de ornamentos y atributos que ocupaba el sagrado lugar sin mover un músculo. Flanqueándolo había cuatro colosos de la Legión Inmortal. Sus armaduras estriadas de sanguinolentos perfiles brillaban entre los haces de la luna como un cuerpo desprovisto de piel. Tras ellos, como una muralla de togas sangrientas se dibujaban entre la oscuridad las siempre siniestras figuras de los Consejeros Arcanos y los dogmáticos del Culto: los Lictores y Criptores. Vestían las mitras veladas de perfiles puntiagudos de los Kallihvännes. Se les conocía simplemente como Los Arcanos. Su rango no podía medirse bajo una insignia. No poseían título. De hacerlo, estaría por encima de cualquier heráldica. Eran considerados todopoderosos, intocables, los auténticos hombres sin alma.
Lord Velguer se arrodilló ante su señor.
—El Alto Capítulo... ¿se ha pronunciado ya? —preguntó una voz que surgía desde el trono—. Espero que hayan tenido tiempo de proporcionarme respuestas.
—Su Voluntad —balbuceó Velguer sin alzar la mirada—. Los libros han hablado. Las fuerzas mágicas se han desatado. Es cierto: los eslabones de la cadena se han estremecido.
—El Crepúsculo ha comenzado... —dijo una siniestra voz en un espeluznante susurro que reverberó en los pilares de la sala y se multiplicó. Velguer contuvo un escalofrío. Había alguien más allí con su señor. Alguien que emanaba poder incluso fuera de la vista. Su presencia se hacía insoportable. La Luna del Este trató de continuar como si no hubiese sido consciente de aquella interrupción.
—Los eruditos dicen que es la señal, Su Voluntad. La señal del Advenimiento tal y como fue predicho.
—Al fin. Se deja ver —suspiró Ossrik, y el eco de sus palabras fue engullido por el denso silencio que habitaba en la estancia.
—Hay algo más, mi señor. El Señor de las Runas ha sido visto en las antiguas tierras de Valqk-Aard, en las fronteras del Ycter.
El mitrado monje sintió como Ossrik se revolvía en su asiento.
—Hemos de estar atentos. ¿Por qué no he sido informado antes de eso? —Endureció el tono entonces. Velguer sintió cómo se le secaba la garganta.
—Lo ignoro, Voluntad. Puedo ordenar que se movilicen hombres del frente. El Némesis Exterminador podría llegar al Ycter en cuestión de...
—¡¡No!! —clamó tajante, aunque relajó el tono de su voz inmediatamente—. Cualquiera que sea el motivo que le ha llevado hasta allí merece ser descubierto. Ningún Señor de las Runas actúa jamás a la ligera. Si ha movido pieza debe responder a un plan. Dejadle hacer. Prefiero ojos en la noche[4]. Decid a la Orden de Ylos que apreste a sus espías. Que todas las regiones se mantengan alerta. Quiero estar informado de cada nueva.
—Como deseéis, Voluntad.
—Marchaos, Velguer. Haced que se cumplan mis órdenes.
—Por supuesto Su Voluntad.
Y con una reverencia se dispuso a marcharse. Sin embargo, fue requerido de nuevo por el alto pontífice.
—Velguer... —aquel se detuvo en el acto y se volvió con una reverencia.
—Milord...
—¿Qué ha sido de ese monje vuestro? ‘Rha... ¿Vive aún? —Velguer tardó un momento en recordar ese nombre.
—Aún sirve con devoción a Vuestra Voluntad, mi señor. Aunque es ya anciano.
—Encontradlo. Me será útil una vez más.
—Se hará como ordenáis, Señor.
Y con el gesto de sumisión permanente se retiró definitivamente de la sala.
El corrupto silencio del lugar regresó solo instantes después de que los portones volviesen a encajar sus desmesuradas hojas. Ese silencio producto de miles de gritos agónicos enmudecidos, de gargantas que aúllan y claman su agonía en silencio. Ese lastimero lamento secreto de una multitud de voces que no pueden ser oídas. Es un silencio tenebroso e irrespirable. Resulta un silencio ensordecedor.
Ossrik no se había movido salvo para llevar una de sus manos al rostro con la que acariciaba el mentón y los labios con una mesura casi empalagosa. Junto al pontífice permanecían impertérritos como efigies de acero enrojecido los cuatro inmortales que aún aguardaban en su puesto. Ni siquiera se movieron, apenas si llegaron incluso a parpadear cuando desde los muros de la estancia, quizá alojados en el secreto y celo de las sombras, impenetrables, una serie de personajes salieron de aquel siniestro escondite hasta hacerse visibles. Parecían fantasmas. De hecho cualquiera podría creer sin dudarlo que jamás habían estado allí y que habían surgido como espectros, si no es que hubieran podido atravesar las paredes…
Seis formas.
Acaso no pudieran llamarse siquiera figuras, cuanto menos personas. Seis formas delgadas y altas, pero seis formas muy distintas, repartidas en varios lugares de aquel vasto salón. Ossrik tampoco pareció alterarse cuando al levantar la mirada sombría divisó aquellos cuerpos en movimiento que progresivamente se acercaban a la escasa luz.
Varios vestían túnicas. Largas y raídas túnicas oscuras y gruesas de emblemas gastados e irreconocibles. Bajo los embozos apenas si se lograban distinguir algunas facciones. Apenas unos vagos rasgos que se movían al compás de las palabras y que pudieran ser las formas de una cara. Solo unos orbes brillantes podían apreciarse sin error. Unas esferas sanguinolentas que parecían haber visto el pasado y el futuro y los secretos que se esconden en el turbio velo de la muerte. Otro parecía un cadáver. El cadáver de un rey. Llevaba corona y tabardo, también una túnica de tejidos ricos ahora maltrechos y polvorientos con enseñas de linajes y casas antiguas bordadas sobre ella. Montaba un corcel o una carcasa viviente con la vaga forma de un corcel, habría de precisarse.
Había otro jinete pero la aberración que montaba, otro de aquellos caballos fantasmales, cargaba con profusos atavíos de guerra. Una deslucida barda de placas, muchas de las cuales se habían desprendido, no solo en los duros lances de la batalla, sino por la acción destructora del implacable tiempo. Su jinete también portaba coraza. Una armadura antaño elegante y esbelta cuya frente coronaba una diadema alada y un penacho deslucido y despoblado que en días de mayor fortuna hubo de rivalizar con las crines de su caballo. Otro, mucho más alejado del resto, se cubría con andrajos de pies a cabeza, entre los que podía descubrirse la descarnada naturaleza de aquellos seres.
Andaba deforme. Se movía de manera espasmódica. No había duda de que aquel ser había sido levantado de una fosa. Pero no resultaba un cadáver corriente, no era una criatura animada tras la muerte por hechizos prohibidos. Aquel ser era así por naturaleza. Aquella putrefacción le pertenecía como las plumas a un ave. Y había poder en sus ojos. No eran los ojos de un muerto. Eran los ojos de quien vive más allá de la muerte.
El salón se llenó de ellos. El crujir de sus pasos, el arrastrar de sus túnicas o el bufar espectral de sus monturas acabó por diluirse y apagarse como una maquinaria vencida por el esfuerzo.
—Ya lo habéis escuchado —dijo lord Ossrik con una rudeza marcada en su gesto.
—Nuestra alianza, Ossrik, peligra —añadió una voz sibilante como una sierpe que parecía venir del mismo infierno. Pertenecía a uno de los monjes espectrales.
—Nadie habló jamás de ningún «Advenido» —dijo otro de ellos con un matiz distinto en aquel tenebroso agudo silbido.
—Nunca dije que todo os sería revelado desde el principio, espectros —exclamó Ossrik elevando el tono de voz. El caballo con barda metálica emitió un bufido espeluznante y se levantó sobre sus patas para volver al suelo firme al instante.
—El Señor de las Runas ha sido visto. Eso es lo que importa —manifestó igualmente escalofriante el jinete con aspecto de rey.
Ossrik suspiró. Su pecho acogió un suspiro largo y profundo.
—Los Hielos Eternos… —se dijo, como si únicamente hablase para sí— ¿Qué habrá ido a hacer allí?
A su espalda algo se movió pero la guardia, ya fuera por conocimiento o por estar sumida en un latente letargo, no se inmutó. El sonido de unos pies que se arrastran siguió al vislumbrar de una sombra alta, de pie tras su hombro. Una mano de dedos afilados y huesudos, una mano que la sangre había dejado de frecuentar hacía siglos, posó sus perfiles macilentos y descarnados, provistos de uñas como lanzas, sobre el hombro del pontífice. Ossrik no pudo evitar disponer su mirada sobre aquel extremo corrompido cuajado de anillos.
—Neffando se siente celoso, Lord Ossrik. Nada sabía de vuestro paladín —dijo una de aquellas criaturas. El pontífice percibió el tacto frío en su hombro estrecharse en el abrazo de sus dedos.
—Tenéis libertad para buscarlo, Neffando. Vuestros Aattanis tienen el control absoluto en este asunto. Seguid al Señor de las Runas. Él podrá llevarnos derechos hasta el Advenido.
—De él depende nuestra alianza, mortal —dijo aquella voz susurrante, endiablada hasta el extremo.
—Agradecemos tu gesto. —La mano huesuda del espectro relajó su presa. Ossrik se sintió aliviado.
—Necesitaremos de nuevo los servicios de tu leónida.
—¿Sorom? Sí… Sorom… —sonrió con malignidad—. Contad con él.
—Lo que me cuentas es inaudito.
La expresión de Ishmant, pocas veces alterable, advertía algo más que una mera sorpresa. El cabello anaranjado del visitante estaba aún algo mojado. La cálida lumbre de la chimenea no había sido lo bastante intensa como para arrebatarle toda la humedad de su cuerpo. Sin embargo, bajo las gruesas mantas que le cubrían ya no temblaba. El estimulante amargor de Kyawan resultó más eficiente que el ardiente beso de un buen licor o de una hembra generosa.
Ishmant dirigió una mirada a su compañero con las mantas sobre el cuerpo y arrellanado en una butaca, algo ridículo dada su tremenda envergadura.
—¿Tanto tiempo hace, amigo mío? —El gigante sonrió ante la expresión de su viejo aliado.
—Tanto, en efecto. Pero por desgracia poco o nada ha cambiado el mundo desde entonces. Y todo cuanto cambia lo hace siempre en nuestro perjuicio. —Suspiró antes de proseguir—. Ossrik levantó El Exterminio hace unos años, al menos de manera oficial. Poco importa que en estas latitudes aún se le combata en el norte. Pocos existen en lo que antaño fue la tierra de los hombres para atender a esa noticia. Así que oficialmente el Humano se ha extinguido. Ningún pueblo duda ahora del poder del Culto. —El anfitrión escuchó las palabras con un mutismo absoluto.
—Los sicarios de Kallah controlan la mayor parte de la tierra que un día fuera el Imperio —continuó hablando el visitante—. Solo los monjes del Culto y sus legiones negras han sobrevivido al holocausto. Sin embargo, dudo que Ossrik quede contento con eso. Los humanos fueron su punto de partida, su primer movimiento. Algo me dice que la partida acaba de comenzar. Ossrik no es más que una pieza en el tablero, él no es el Tamuh[5] de esta partida. Apostaría mi cabeza a que existe una intención detrás que aún no ha salido a escena.
Ishmant inspiró fuerte y se detuvo un instante antes de propinar un largo trago a su infusión.
—No has hecho un viaje tan largo para hablarme de cosas que ya sabía el día que me marché —le dijo. Aquel sonrió—. Si ahora estás aquí es porque, ciertamente, algo ha cambiado.
Rexor miró a Ishmant con más intensidad, como si quisiera clavarlo en su asiento con tan penetrante mirada. En su rostro palpitaba la luz del hogar mezclándose entre sombras con la anaranjada pelambrera que se escapaba bajo la protección de la manta.
—El avance del ejército se ha detenido —confesó el visitante con gravedad—. Desde el final del Exterminio la expansión se ha visto reducida en todos los frentes. El Némesis podrá ser inmortal, pero sus huestes no lo son y de lo que no hay duda es de que las necesita. Las necesitó entonces para conquistar y las necesita ahora para mantener lo conquistado. Sus criaturas soportan más que diez hombres pero después del desgaste del Exterminio también ellas precisan reposo. Hay numerosos frentes abiertos aún, pero la virulencia de antaño se ha perdido. ¡Llevas tanto tiempo fuera de este mundo, viejo amigo! Las huestes de Kallah se han vuelto poderosas y han crecido en número. Sus atavíos de guerra neffarai[6] infunden pánico con solo mirarlos. Ahora se batalla mucho más con el daño anímico, la parafernalia escénica y la propaganda del terror. Las huestes oscuras parecen una legión demoníaca pero están exhaustas y su escenografía contribuye en buena medida a paliar esa falta de energía. Basta su sola presencia para disuadir de la guerra a cualquier facción enemiga. Y hoy por hoy pocos enemigos les quedan capaces de presentarles batalla.
El interlocutor miró el rostro severo y marcado del humano esperando ver una muestra en sus ojos que le revelase algo de sentimiento. No obstante Ishmant era una máscara.
—Sorom ha encontrado la cámara de los Doce Espejos —anunció seguidamente, como hilando los restos de una conversación dada por supuesta. Entonces Ishmant mostró un repentino interés.
—¿El Salón de los Espejos? ¿De los Jerivha?
—Temo que así sea. Desde hace algunos años.
Ishmant dejó el recipiente que contenía su caldo amargo en la mesa baja, frente a él y quedó mirando las facciones duras de quien le había dado tal noticia.
—Entonces ha traducido el Código del Honor del Altar de Morkkian —dijo al fin. El otro suspiró largamente y acomodó su desmesurada espalda otra vez en el respaldo de su asiento.
—Una buena parte, al menos —le confesó—. La suficiente como para despertar a los Innombrables.
Ishmant al escuchar aquello se detuvo en seco y la taza de líquido humeante quedó clavada en sus labios sin que aquellos probaran más que el vapor que se elevaba de su superficie.
—Esa certeza, amigo mío, debe tener un buen motivo.
—Los Levatanni han vuelto. De hecho lo hicieron hace años —anunció el gigante con voz queda pero profundamente sonora—. Y deben de haber pactado en secreto con el Culto asuntos que me aterra solo pensar. Se han erigido en la élite de su cohorte clerical. Neffando los creó y únicamente él ha podido recuperarlos. Ni siquiera sabemos con seguridad cuántos secretos siguen aún en el celo de los Jerivha.
Un silencio insano, angustioso, vino a apoderarse de la solitaria pareja. Los golpes y ruidos procedentes del exterior cobraron protagonismo nuevamente, un silbido extraño se coló por entre los maderos de la casa.
—Muy malas nuevas las que traes, Rexor —anunció el dueño del hogar tratando de mostrarse lo más optimista posible en tales circunstancias—. El Culto siempre ha despreciado públicamente el interés de otras órdenes por los mitos y artefactos de antaño. En ese sentido siempre se han definido como iconoclastas. Me sorprende saber que llamasen a Sorom y le pidiesen buscar las reliquias Jerivha.
Rexor desvió la mirada hacia otra dirección por un instante y quedó con la vista perdida hacia ningún lugar.
—Hemos caído en una trampa, Ishmant. Una trampa tramada hace siglos. Deberíamos haber aprendido, mi buen amigo, que la Oscuridad siempre juega con dos caras y ésta no ha sido una excepción. Ahora sabemos que no solamente creen en tales mitos sino que se han preocupado de buscar y conseguir muchos de ellos. Incluso aquellos que ninguna relación guardan con las legiones Jerivha. No existen fuentes fidedignas que especifiquen qué o cuántas reliquias cayeron bajo sus garras, pero de lo que no hay duda es de que todo lo que el mundo ha padecido no es más que la consecuencia de un plan dictado y rubricado desde tiempo inmemorial por alguna mano poderosa. He traído algunas cosas.
El visitante extendió su brazo para agarrar el petate que descansaba a pocos centímetros de su asiento. Abrió la humedecida bolsa y, después de escarbar en su interior durante la brevedad de un instante, extrajo de ella algunos rancios volúmenes que acabaron colocados sobre la mesita que les acompañaba junto al fuego. Ishmant permaneció en silencio, atento mientras observaba al temerario viajero colocar los libros que había cargado consigo hasta el fin del mundo. Aquello no dejó de sorprenderle. Un preciado testimonio habrían de guardar entre sus anicientas páginas para que Rexor decidiese portar su peso en lugar de transportar más víveres o cualquier cosa de mayor utilidad para sobrevivir en aquella jungla espesa de nieve y hielo. El inesperado viajero abrió varias de aquellas voluminosas encuadernaciones por páginas que ya habían sido previamente marcadas. Las gastadas pastas del último de ellos golpearon la madera de la mesa con un pesado sonido y una leve nube de polvo se elevó del desusado interior.
—¿Conoces la Esfera de Yrär’ka? —preguntó con su voz profunda al dueño de la casa alzando los ojos un instante de la prisión de la lectura—. La esfera que el Dios Omnipresente legó a Arkias el Belo, de la tribu de los Belos, quien portó la Flor de Jade. —Ishmant asintió con un lento pero rotundo cabeceo al visitante que aún clavaba su vista en él.
—La esfera que llaman «de la Vida» y que según las leyendas contuvo el poder de los dioses que se sacrificaron para poder crear la Santa Reliquia, el arma única, la Flor de los Dioses con la que destronaron al Príncipe Kaos. Sí, poderoso Rexor, he oído hablar de ella.
—Siendo así —continuó el primero, volviendo ahora la mirada a las envejecidas páginas recién abiertas—, no te sorprenderá saber que tal esfera no existe. Quizá nunca existió. Forma parte de las fábulas con las que nuestros antepasados explicaban el mundo. La leyenda, aunque extensa y hermosa, resulta improbable. Nadie ha confirmado la existencia de ese o ningún otro artefacto de aquellos Primigenios involucrados en las letanías de antaño, como lo es la madre de todas ellas: la letanía de la Flor de Jade de los Merehmanthi.
Ishmant sonrió aunque Rexor no le viese. No lo hizo, pero conocía de antemano que aquella iba a ser la probable reacción en su oyente.
—Pues yo dudaría de ello —aseguró con aquella pesada rotundidad que revestían todas las sentencias de Rexor. A Ishmant aquella afirmación le provocó un gesto de extrañeza—. No te culpo —continuó el visitante—, si me creyeras falto de juicio. Pero estos tiempos exigen una renovación de los esquemas mentales y cualquier brizna de luz, por disparatada o difusa que pudiese mostrarse a nuestros ojos, es merecedora de nuestra atención. Aunque se encuentre entre los mitos y las fábulas del pasado.
Ishmant escuchaba con atención y algo de recelo aquellos inusuales argumentos. Rexor prosiguió, esta vez pasando su mirada tranquilamente de las páginas de un libro a las de otro. Los había colocado abiertos sin pudor unos sobre otros, como si aquellos fuesen vagos durmientes que retozaran cómodamente sobre un lecho de plumas.
—Sabrás que la reliquia estuvo, según la tradición, poco tiempo en poder de los Belos. Unos doscientos años después, los Gulgos procedentes del norte acabaron con la hegemonía de esta tribu y con seguridad rapiñaron el orbe, hasta entonces enseña de identidad de los Belos y de la estirpe de Arkias. Sin embargo, en la marea de tribus que se sucedieron en el dominio de esas tierras antiguas, aún hoy sin identidad, la reliquia se pierde por el espacio de unos mil años. La devuelve a la luz, según las fuentes legendarias, Rhuthar Helldrik, Masón de los Helldrik, que dice reclamarla para sí por derecho, como botín de guerra durante los primeros compases del mundo enano. Desde entonces pasará de un Masón a otro mientras el mundo atraviesa la época oscura de la raza enana. Habrá de ser con un nuevo Rhuthar, Rhuthar Garrión Quebrantasuelos; mucho después, durante las gloriosas centurias de la Dominación Enana, que la reliquia será enviada hasta la mítica ciudad de Yra. La tradición cuenta que aguardaría tras los titánicos muros de la legendaria Yra durante el periodo más largo que se conoce: dos mil trescientos años. Esa es la fecha en que la historiografía posterior datará su devastación: durante las epidemias del 1600 R[7].
Rexor miró a su amigo, quien lo observaba con su habitual escepticismo. Aquella mueca indolente que le hacía semejante a los témpanos de hielo que colgaban de la techumbre de su casa azotada por el vendaval. Si no fuese por que ambos se conocían bien, uno pensaría que el humano se había congelado de frío durante la charla y el otro, con mayores motivos, que aquel se había excedido en la bebida.
—Lo que te acabo de contar parece ser el seguimiento histórico más exhaustivo que se conoce de esta supuesta pieza. Luego ya no son más que hipótesis. El rastro de la Esfera a partir de este punto se desvanece y cualquier otra breve referencia o mención acerca de su paradero siempre resulta en tono evocador. Conocías el resto de la historia, ¿no es cierto? —preguntó Rexor seguro de la respuesta afirmativa que iba a encontrar en el humano. Entonces señaló por fin uno de aquellos volúmenes.
—Mnamsakkles de Ferähim —continuó Rexor —dejó constancia con todo lujo de detalles de la entrada de las tropas de Theneriom Almahlda al mando de las escuadras elfas que encontraron por azar el mítico bastión enano. Las murallas de Yra eran tan inexpugnables que cuando los elfos lograron traspasarlas, arruinadas por miles de años de abandono tras su destrucción, comprendieron que habían sido los primeros en penetrar tras sus líneas. Sin embargo, lee este pasaje, mi buen amigo.
Ishmant aferró el grueso y carcomido libro entre sus manos. El saber pesaba mucho más de lo que calculó a ojo. La letra era pequeña y llena de artificio. La selección que Rexor le había pedido repasar evocaba de manera somera pero muy clarificadora cómo los elfos de Almahlda encontraron durante la exploración de las ruinas de Yra un panel tallado que representaba un orbe limpio y brillante. Un ojo, tal y como fue identificado por el autor. El panel, supuestamente, tenía grabada una inscripción que pareció interesar a los elfos y que decía: «Itt Neëva’ssubha» y que Mnamsakkles traduce como «El Ojo Divino». El autor añade que los elfos tomaron aquella placa como un pequeño altar de adoración, algún tipo de icono conmemorativo de alguna deidad enana.
Ishmant quedó un tanto perplejo al leer aquello. Como hombre instruido conocía por referencias el material de Mnamsakkles de Ferähim, en concreto aquel Volumen IV de sus Campañas, pero no había tenido la ocasión de leerlo por sí mismo. Prefería otro tipo de lecturas a la propaganda militar de antaño, aunque aquella viniese revestida con el ornato pomposo de la literatura y dulcificada por el tiempo transcurrido. Aquel pequeño pasaje del panel del ojo no resultaba, desde luego, del dominio del vulgo. Ni siquiera podía escucharse entre círculos más elevados. Hasta ese mismo instante, incluso él mismo lo desconocía.
A Ishmant le sorprendieron en especial unos garabateos imprecisos que alguien había trazado con mano insegura y temblorosa sobre los márgenes de aquella misma página.
—Son las notas de uno de mis antecesores —aclaró Rexor, que intuyó los pensamientos del exiliado—. En cierta medida fueron ellas las que me pusieron en antecedentes. Cuando me marché a las Cámaras del Conocimiento para buscar una forma de contraataque ni siquiera sabía por donde empezar. Supongo que el hecho de que el Culto se apoderase del Sagrado y que su poder sirviese para convocar al demonio Némesis me brindó, al menos, un punto de partida. Supe, analizando minuciosamente los trabajos de aquellos que fueron Guardianes del Conocimiento antes que yo, que el Culto había estado interesado en recuperar muchos de los testimonios secretos de los Jerivha. Temí entonces que todo tuviese un orden, un programa que implicase otros círculos más allá de los tesoros de la vieja Orden del Martillo y la Lanza. Quise saber si también a lo largo de la historia habían pretendido más de esos artefactos y descubrí lo que voy a mostrarte.
Se había formado un inexplicable silencio. Incluso los bramidos de la furiosa tormenta más allá de las gruesas paredes de madera habían enmudecido. También en la hoguera. A pesar de que las lenguas que consumían los maderos continuaran su destructora labor mientras danzaban, los quejidos de la leña parecían haber desaparecido. El mundo había perdido el sonido. Reinaba la calma absoluta. El interés que había cobrado la conversación hacía enmudecer todo lo demás.
—Tardé un tiempo en descifrar la anotación de mi predecesor. Seré breve. No quisiera aburrirte con la retahíla de cabos sueltos que tuve que anudar para poder arrancar un nuevo paso hacia delante. Sus notas hacían referencia a una página concreta de un volumen muy distinto. El Sedd Infersus Nivee: Sobre los Dioses Malignos, de muy distinta catadura.
Las manos de Rexor, ahora desnudas de guantes, alcanzaron un viejo y pequeño libro de labrada encuadernación, pastas gruesas remachadas con grandes esquineras en metal dorado y cubierta de piel, ahora cuarteada.
—Si las Campañas resultaban la visión de las gloriosas empresas militares elfas en tono épico melodramático, este es uno de los libros más demoníacos que se hayan escrito jamás. De su autor poco sé, salvo que su vida fue turbulenta y su muerte horrible. Se devoró a sí mismo en un espantoso rito a Morkoor. ¿Qué puedes esperar de alguien capaz de eso? —preguntó con cierto tono mordaz a su interlocutor. No obstante, se respondio él mismo—. Probablemente, mucho más que del viejo y aburrido Mnamsakkles.
Rexor abrió el libro por la página marcada y una caligrafía soberbia, escrita en una tinta enrojecida, vio la luz. Su aspecto inspiraba cierta aura de pomposidad y malevolencia. El visitante ofreció el volumen a Ishmant señalando con un dedo por donde habría de iniciar la lectura. Ishmant comenzó a recorrer aquellas líneas. El párrafo mencionado hablaba de un rito, un ritual ante un orbe gigantesco... un «Neëva’ ssubha». Un ojo divino.
—El Ojo —explicaría Rexor con un entusiasmo poco habitual—. El mismo erróneo ojo que creyó ver Mnamsakkles en la placa de Yra. No se trataba de ningún ojo, sino de un «Orbe». En el idioma en el que se escribió la placa, antiguo galeno, ssubha significa esfera, aunque una acepción permite utilizarla para designar un ojo, un globo ocular. —Ishmant abandonó la lectura y prestó atención a la hipótesis que Rexor trataba de explicarle—. Cuando Mnamsakkles tradujo la inscripción de la placa, la palabra orbe debió parecerle demasiado poética para los enanos. Prefirió la segunda acepción, la de orbe ocular, ojo. Lo entendía mucho más acorde con la idea grotesca y ruda que el pueblo elfo tiene del enano. Para la refinada mentalidad élfica resultaba bastante más afín la idea de ver a un puñado de pequeños y peludos guerreros salvajes danzando como posesos ante un enorme y sanguinolento ojo que la imagen cristalina y limpia de una esfera. En realidad lo que hizo fue desvirtuar el mensaje. Un mensaje que nunca dijo ni pretendio decir «el Ojo de los Dioses» sino más bien «el Orbe de los Dioses». Yo creo que hablaba de «la Esfera de la Vida». Ahora bien, el primer error en el que incurrió nuestro querido Mnamsakkles fue atribuir la factura de la placa a los enanos sin cuestionarse otra opción. La placa no es enana. Para empezar ninguna deidad enana, pasada o presente ha sido representada nunca con una esfera, ojo o cualquier otro elemento circular. Y lo que resulta aún más clarificador: Yra llevaba deshabitada algunas generaciones antes de que se escuchara por primera vez hablar en galeno, cuanto menos verlo escrito. —Ishmant hacía rato que había perdido interés por la lectura. Seguía con suma cautela las palabras de quien se había expuesto a la muerte por venir a contarle aquello.
—Quienquiera que dejase la placa allí hubo de acceder a Yra antes que la expedición elfa, que se atribuyó el mérito de ser la primera. Por supuesto, esta afirmación puede ser producto de la prepotencia élfica. No sería la primera vez que tratan de ejercer su arrogancia a costa de los enanos con su singular elegancia: los primeros en penetrar en la irreductible Yra que ningún ejército doblegó, orgullo y estandarte de la resistencia tenaz de los enanos, fueron las gloriosas legiones elfas. Poco importa que ya no hubiese enanos para defenderla o que yaciese olvidada y en ruinas durante siglos. Ante ello, pensemos que quienes se anticiparon a los elfos obraron en secreto. Que entraron y se fueron sin alterar nada. Podría llevarnos a pensar, intuir al menos, que conocían lo que buscaban.
—Creo que comienzo a sospechar lo que tratas de decirme —aseveró el dueño de la casa. Su rostro había tomado un cariz tenso, intranquilo. Bebió un largo trago de la infusión—. Crees que alguien intuía que la Esfera de la Vida aún se encontraba en Yra tras su destrucción y regresó para buscarla. Déjame adivinar. Supones que lo hizo el Culto de Kallah a razón de las líneas que se describen en el Sedd Infersus. Existen conexiones y podría tener sentido pero... ¿Quién asegura que lo que ese lunático muerto por autofagia afirma haber visto en una de sus degeneradas relaciones con el Culto fuera la auténtica Esfera de la Vida? Y, puestos a ello, nada confirma tampoco que esta sea la verdadera representación de la placa de Yra.
—La esfera fue concebida como una enorme matriz de poder mágico. Eso queda implícito en la propia Tradición. Lo que me hace pensar que la esfera descrita en el Sedd Infersus es la Esfera de la Vida es la ceremonia descrita en sus páginas. Como has podido leer es precisamente un ritual de almacenamiento de poder. Lo que me hace vincularla con la escena de la placa de Yra es exactamente lo mismo: una ceremonia de almacenamiento con una esfera como matriz.
—Una esfera. ¡La Esfera! —añadió Ishmant que ya conocía el desenlace. Rexor agitó sus manos en un gesto de evidencia.
—¿Entonces?
—Entonces es posible, solo posible, que el Culto haya guardado en su poder desde tan tempranas edades una de las reliquias más poderosas de las leyendas, sin que nadie haya podido sospechar nada—. Rexor se detuvo con el dedo crispado de su diestra mirando a Ishmant como si quisiera asaetearlo con sus rasgadas pupilas—. Aunque lo que me llena de pánico es sospechar que la hayan ido cargando poco a poco, insuflándole poder; agrandándola generación tras generación y volviéndola aún más poderosa. Solo los dioses saben cuánta energía podrían tener almacenada. Además, mi querido Ishmant, tener la convicción de que persiguen las reliquias Jerivha me hace intuir la finalidad de tanto poder mágico en reserva. —Otra vez volvió a enmudecer durante unos segundos y la carga de sus palabras pareció profética—. Si han podido barrer el Imperio solo con la ayuda del demonio Némesis, prefiero no pensar lo que podrían hacer si consiguiesen sus propósitos. Ahora cuentan con Neffando y sus Levatannis... y quizá el resto de las Almas Innombrables. Quién sabe si con alguien más. Si esperamos, no viviremos lo suficiente para ver un segundo paso. No vamos a tener una segunda oportunidad. Es el momento de levantarse.
Ishmant, serio, parecía haber dejado de respirar.
—No —dijo con una sequedad que abrumaba.
—¿No? —repitió un tanto asombrado su compañero. Desde luego no era la respuesta que esperaba escuchar de sus labios después de lo expuesto.
—No —sentenció aquel nuevamente, si cabe aún más enérgico, acompañando sus palabras con un movimiento de cabeza—. No, no es tu manera lógica de actuar.
El humano se levantó de su asiento con la taza de hierbas entre sus dedos y se encaminó hacia una de las pequeñas ventanas. Tenía empañados los cristales a causa del calor interior y castigados los maderos por la furia de la tormenta que azotaba desde fuera. Desde allí se torció para dirigirse a su amigo.
—Me marché de un mundo agonizante, sometido, inmóvil. Casi veinte años después, ese mundo sigue igual salvo que la mano opresora es más fuerte y los humanos casi hemos desaparecido. Se han hecho más fuertes, más numerosos. Han convocado criaturas poderosas. Han unido clanes bajo un mismo estandarte y han formado un ejército invencible. Vienes después de tantos años a estas praderas muertas y me cuentas que si ayer eran cientos hoy son miles. Si eran poderosos entonces, ahora lo son mucho más que cuando me marché. Incluso sospechas que podrían poseer artefactos que creíamos producto de fábulas y mitos de antaño.
Ishmant le atravesó con sus ojos oscuros y el rostro convertido en piedra.
—No has podido hacer un viaje tan atroz para decirme que no hay salvación posible. En lugar de eso afirmas que este es el momento y yo no puedo imaginar uno más desfavorable. No. No es tu forma meditada y racional de obrar, viejo amigo. No hubieras dicho palabra si no la hubieses madurado y reposado antes como envejece el buen caldo en el barril.
Ishmant se acercó de nuevo a su gigantesco compañero hasta quedar a escasa distancia de su rostro.
—No, Rexor. No puedes ocultarme nada. He sentido la agitación en los estratos. Pero… decidme la verdad, Señor de las Runas, Guardián del Conocimiento, no la he sentido solo yo ¿No es cierto? Por eso estás aquí.
A Rexor no le extrañó saber que las reminiscencias de tan vasto temblor se hubieran dejado notar hasta en las profundas latitudes del Ycter Nevada, aun así, no dejaba de sorprenderse ante su magnitud. A la pregunta del humano se limitó a responder con un cabeceo negativo, lento y enérgico.
—No —confesó—. No has sido el único.
El rostro de Ishmant se derrotó como un caminante exhausto y su mano frotó los cansados ojos.
—Entonces creo que he hecho muy poco Kyawan. La noche va a ser larga —añadió.
—¿Tienes tú algo que ver? —preguntó Ishmant volviendo al asiento con dos nuevas tazas de infusión. Ishmant conocía la respuesta pero dejó que Rexor se explicara. Era parte de su juego. Su invitado aceptó el ardiente brebaje y no pudo evitar soltar una sonora carcajada ante las sospechas del viejo monje Kurawa.
—¡No, por Yelm! Me halagas, pero me sobrestimas si crees de verdad que soy capaz de un prodigio semejante —contestó con aquella voz grave y profunda que rugía desde su garganta.
—¿Quizá Ossrik o el Némesis? —Rexor probó antes de contestar, retirando sus labios prestos del borde de la taza, y comprobó que lamentablemente aún resultaba arriesgado degustar el amargo caldo. Del recipiente de su compañero todavía se elevaban volutas de humo blanco que se abrazaban en una danza de rizos, alargándose hasta desaparecer en la penumbra.
—No tiene el sello de la Oscuridad. Podría apostar la vida a que si proviniese de ellos ya hubiéramos notado sus efectos. —Ciertamente, aquello resultaba bastante lógico.
—¿Quién entonces?
—Te dije que volvería con respuestas, Ishmant. Escucha este viejo acertijo Kâabary. —El humano terminó su taza y se apoyó contra la pared dispuesto a escucharle—. «Un insecto sale del nido en busca de alimento. En su vuelo halla una hermosa flor de la que brotan unas apetitosas gotas de néctar. El insecto vuela hasta la flor y cuando posa sus patas en el sabroso líquido descubre que han quedado pegadas a él. Los pétalos de la planta se cierran en torno y la planta termina devorándolo sin remedio». Dime... ¿qué error ha cometido?
Ishmant quedó un momento pensativo. Casi había olvidado la disciplina del alumno, acostumbrado a ser mentor y no el discípulo. Su esforzada meditación recorrió mentalmente el juego de palabras que su enorme visitante le proponía. Confiaba seguro en hallar la respuesta encerrada en las propias líneas del enigma.
—Se deja engañar por la apariencia —contestó, con cierto recelo, no demasiado convencido de que la respuesta fuese tan obvia. Su compañero le aguantó una mirada penetrante, directa a las negras y dilatadas pupilas del exiliado guerrero. Entonces, desvió sus ojos al tiempo que suspiraba. En ese instante Ishmant ya supo el valor de su respuesta.
—Error —manifestó el gigante con tono solemne—. Has elegido el camino más fácil, amigo mío —prosiguió reclinándose en su asiento—. Has respondido lo más lógico, lo más evidente. Por eso has fallado. La solución hay que buscarla más allá de la mera apariencia. —Las pupilas de Ishmant se iluminaron con el brillo de una idea ante lo dicho por Rexor. El desenlace apareció tan claro como el agua de un manantial de las nieves.
—Claro... —dijo con cierta chispa en su rostro—. El Insecto ha dado por hecho que una flor jamás podría dañarlo.
Rexor bajó los ojos al suelo mientras el amago de una sonrisa se dibujaba en sus labios. Casi había olvidado la excepcional talla de la persona que se sentaba frente a él.
—¡Exacto! —exclamó convirtiendo su voz poderosa en un susurro—. ¡Ese es el gran fallo! Lo ha dado por hecho —continuó con renovado énfasis—. No es que se deje engañar por la apariencia. Carnívora o no, al fin y al cabo es una flor. No más distinta o semejante a cualquier otra. Pensar que algo no puede jamás suceder simplemente porque no parezca probable es lo que constituye la gran equivocación. Aquel pobre insecto dio por hecho que él era quien se alimentaba de las flores y no al contrario. Si le hubiésemos alertado de su peligro, apuesto a que se hubiera mofado. Se hubiese reído de nosotros abiertamente. «¿Una flor que come insectos?», diría. «¿Seguro que no os habéis emborrachado con algún vino barato de taberna?». Esa confianza, comprensible a pesar de todo, es la causante de su desgracia. Se equivocó... como todos nosotros lo hemos hecho.
Ishmant sospechaba lo que su amigo comenzaba a esbozar con tan singulares ejemplos, pero quería estar seguro de que así era.
—¿Qué quieres decir? —Su compañero apartó la vista un instante dirigiéndola al tupido enjambre de libros que se apilaban en las estanterías de una pequeña biblioteca. Cierto que no muy grande, aunque sí bastante bien aprovechada.
—Apuesto a que tú mismo tienes la respuesta—. Diciendo eso, se levantó de la butaca que lo había estado soportando. En pie, su estatura lo elevaba hasta casi los tablones del techo y todo parecía encoger a su lado. Pasó junto a Ishmant y se dirigió hasta los libros, dormidos en orden, esperando la mano selecta que abriese sus páginas y les hiciese romper el voto de silencio que les impone la soledad y el olvido. Allí, tras un largo momento de examen y búsqueda, extrajo un viejo volumen de antiguas pastas en azul intenso. Lo abrió ojeando sus páginas con rapidez, como si supiera aquello que quería encontrar y dónde lo hallaría. Con una espontánea expresión de felicidad, el gigantesco personaje se detuvo en una de aquellas hojas amarillentas y se acercó de nuevo a Ishmant sin despegar las pupilas del texto.
—Aquí está —anunció con el dedo de nuevo enfundado en el cuero negro de su guante señalando un fragmento en el escrito—. «Tiempos de guerra vendrán; sones de batalla... Largas horas, días de coraje, eterna la Noche. Momentos de encuentros, vendrán; espadas sin vainas... Una hirviente, como la hoja del acero en la forja; un millar, sedientas de sangre... Una docena con la luz de la esperanza y una más... de los Hombres[8]» —Ishmant escuchaba con atención el fragmento que ya conocía, en la sonora voz de su amigo. A la vez refrescaba su memoria buscando la continuación, tratando de evocar los siguientes versos; sin duda perdidos en su recuerdo—. «Desde más allá ha de llegar. Desde más allá del recuerdo y del olvido... desde más allá vendrá; junto a los Dioses y de los Dioses... Alza la sangre que le da nombre y ruge al cielo el Advenido: ¡Vhärs Alehá üth wêlla aloe[9]!» —Los labios de Ishmant repitieron sin voz la última frase. Ahora recordaba a la perfección el extracto seleccionado.
—Cuarto cántico. Salmo segundo —concluyó el narrador cerrando de un golpe la vieja y gruesa encuadernación. El guerrero salió del éxtasis de sus meditaciones. El libro era El Encuentro. Primero de los tres enigmas de un antiguo pensador elfo. El carácter un tanto envuelto en la leyenda y lo profético de su autor hacían que el texto cobrase una dimensión particular.
—Arckannoreth —concluyó Ishmant. Rexor hilaba bien... estaba cerca... ¿Encontraría la verdadera relación? Habría de dejarle continuar...
—¿Crees que está relacionado? —Rexor lo miró directamente a los ojos.
—Sé que conoces la obra —le dijo—. ¿Lo pondrías tú en duda? —Ishmant aguardó unos segundos antes de manifestar una convencida negación con su cabeza—. Cometimos el primer error: el error de creer la apariencia. Hace más milenios de los que podemos recordar alguien escribe unos textos visionarios augurando un futuro con Dioses del Mal, un Mesías exterminador enviado por la Luz y el mítico Filo de Jade. Lo carga a cada paso de metáforas insondables, de jugosa leyenda y de miles de misterios e interrogantes. Es una pieza lo suficientemente sugestiva como para alcanzar uno de los lugares reservados a los hitos de nuestra literatura y quizá de nuestra mitología. Y probablemente sus augurios fueran lo bastante acertados como para propiciar el oscuro final del autor y la malinterpretación su obra, ya incluso en tan distante época. ¿Quién habría de tomarlo en serio en el distorsionado avance del tiempo? Tenemos de él la visión de loco ingenuo, visionario extravagante y demente. Incomprendido en su grandeza y profundidad por sus propios coetáneos; sobredimensionado por las culturas que lo sucedieron. En el Culto de Kallah, aún hoy, le siguen llamando el profeta maldito... y eso me preocupa. ¿Por qué «profeta» si solo era un loco? Tal vez no solo decía la verdad, sino que nos la mostraba clara a nuestros ojos. Quizá no solo nos avisaba de lo que podía ocurrir. Quizá, y he aquí lo que preocupaba a la Sombra, nos decía cómo podíamos combatirla.
—Tú lo crees, ¿verdad? —aseguró Ishmant mirándole con gravedad—. Crees que ha llegado el Vhärs-Aleha, el «Advenido de los Dioses» que nombra Arckannoreth en sus Enigmas.
Las llamas del hogar hacían bailar las sombras empequeñeciéndolas y haciéndolas crecer a su antojo, llenando la sala de un fugaz baile de negras siluetas sobre las paredes.
—¿Y cuál es nuestro papel en esta historia? Si fuese cierto. Si hemos de creer al filósofo, Él nacería con la fuerza, no nos necesita.
Esa era otra lanza. Otra prueba para testar si el Guardián del Conocimiento realmente tenía control sobre la información. Rexor volvió a la silla con calma.
—Cometemos el segundo error: el error del discípulo. Elegimos el camino más fácil, el más lógico. ¿Quién ha dicho que el Advenido sea un dios? ¿Quién dice que tenga, siquiera, conciencia de ser? ¿Y si hemos de mostrarle su naturaleza? —Ishmant contempló de nuevo sus manos mientras su compañero continuaba hablando —Eso nos conduce al tercer error: el error del insecto. Hemos dado por supuesto que el Advenido nacería aquí, que tendría sangre como la tuya en sus venas, que crecería entre las mismas historias que plagaron tu niñez y la de cualquier otro humano. Que sería un elegido. Pero no. No es un elegido. Realmente es un «enviado».
—¿Enviado? —repitió Ishmant expectante.
—Traído, desde los dioses sabrán qué coordenadas, para cumplir un destino.
—¿Cómo? —quiso saber el guerrero.
—Quizá conjurado —respondió Rexor como en una sentencia.
—¿Un conjuro? —Ishmant dudaba seriamente de aquella posibilidad.
—Según Arckannoreth sería un conjuro de los Dioses. Lo suficientemente poderoso como para dejarse sentir «Desde los pilares del Astado al Reino Escinto/ Desde las Soledades de Hielo al mar de Arenas / y más allá de toda coordenada y más allá[10]».
—Eso explicaría el estremecimiento en los estratos —aseguró Ishmant—. Si los Dioses existieran realmente. Soy Clerianno, Rexor. Los Dioses son solo construcciones mentales colectivas, nada más.
—Los estratos han vibrado, Ishmant. La fuerza mágica que cohesiona el mundo se agita. Debe ser un conjuro, incluso aunque no exista conjurador. —Rexor se frotó los ojos con cierto aire cansado—. Soy el Guardián del Conocimiento, venerable. Mi formación y mi rango me hacen estar mucho más cerca de tu cosmovisión Clerianna que de la mitología Panteísta. Sabes que no soy ningún devoto creyente. Pero por más que busco una explicación racional de estos crípticos textos solo hallo su interpretación desde la mitología. Arckannoreth habla claramente de unas claves y se han producido. La vibración en los estratos es la prueba definitiva de su acierto profético y nuestra incapacidad para hallarle una lógica es precisamente lo que la hace más firme y sólida. Sé que traiciono todo cuanto represento afirmando esto pero… ¿y si los Dioses han enviado al séptimo de Misal, de alguna forma? o lo que es más importante: si existe ese «enviado», independientemente de quién sea el responsable de su llegada… ¿no valdría la pena seguir esa estela? Por muy descabellada que nos parezca tal opción, ¿no merece la pena intentarlo?
Ishmant quedó pensativo por un instante.
—Está bien —aseveró el exiliado monje—. Demos un voto de confianza a las profecías de antaño. ¿Qué propones?
—Algo me dice que debemos dejar atrás todo lo aprendido. No cometamos el error del insecto. Si el Enviado es real, debemos encontrarlo. Debemos mostrarle su naturaleza. Debemos propiciar que haga aquello para lo que ha venido. Pero como tú, lo ignoro todo. Sigamos su rastro. Sondeemos el origen de la misma forma que, estoy seguro, Ossrik también va a hacer. Porque ellos buscarán su destrucción. —El enorme extranjero suspiró sonoramente—. Los textos cuadran con asombrosa fiabilidad. Los clérigos de Kallah no esperarán mucho para darle caza. Ellos jamás han dudado de las palabras del profeta maldito. Sea cierto o no, irán a buscarlo. Temo que sea la única pieza que no encaje en sus planes... si es que no lo estaban esperando.
—¿En qué crees que pueda ayudarnos el Enviado de los Dioses?
—No puedo imaginarlo. Pero necesitaba un motivo, una señal y la he encontrado. Ahora te necesito a ti y a los otros. Lo demás aún son tinieblas. Pero es mejor caminar entre tinieblas que permanecer quieto hasta la muerte.
Los goznes chirriaron con voz casi imperceptible cuando los tablones de madera que formaban la trampilla se izaron. Descubrieron bajo ellos un oscuro tramo de escaleras que descendía hacia las negras y heladas profundidades de la nieve. El aire viciado se elevó por los escalones golpeando los olfatos con un rancio olor impregnado de humedad. Ishmant bajó la lámpara de aceite todo lo que su brazo daba de sí con la intención de iluminar el trecho de peldaños. El arco de luz hendió las sombras y reveló un tanto más de la escalera y los mástiles que la aguantaban. La potencia de la lumbre no bastó para mostrar mucho más antes de caer ante la reinante oscuridad.
—Hace años que no bajo ahí —confesó Ishmant ante la quietud de Rexor frente a la abertura en el suelo de la casa—. Me juré que no lo haría sin una razón convincente.
—Ha llegado el día de tu reencuentro —afirmó su acompañante en un tono seco y potente, sin apartar las pupilas doradas del negro agujero en la nieve. Ishmant indicó a su compañero que bajara tras él. Las botas del guerrero comenzaron a descender hacia el oscuro interior, oculto bajo el suelo, con el estandarte de luz abriendo camino. Tras sus pasos, Rexor inició la marcha.
—¡Cuidado con el dintel, amigo! A tu izquierda encontrarás una antorcha en el muro. —La frente de Ishmant había pasado a escasos centímetros del tablón horizontal que soportaba el suelo de la vivienda y que servía de techumbre en la subterránea cámara. Avisado, Rexor posó sus pupilas con recelo en la madera mientras doblegaba su tremenda estatura para poder acceder al recinto. Una vez ambos dentro de la solitaria y helada cámara comprobaron que el aroma resultaba cargado y húmedo, un tanto abrumador y pesado, pero no tan irrespirable como en un principio se esperaba.
La antorcha estaba donde Ishmant había indicado. El aceite tardó en prender, pero tras varios intentos fallidos las llamas de la lámpara pronto se instalaron en la inflamable superficie de la tea, extendiéndose por ella en un abrazo mortal y candente. La luz se multiplicó, usurpando el territorio a las tinieblas y desvelando las dimensiones reales de la sala. Bajo la engañosa niebla de la oscuridad parecía mucho más amplia y alta. En realidad se trataba de una pequeña cripta de planta cuadrada excavada en el mismísimo hielo del Ycter aunque con la suficiente profundidad como para que Rexor cupiese con holgura. Las paredes despedían fuertes brillos al contacto de la anaranjada luz de las llamas que hacían refulgir aquellos muros de hielo y nieve en un mosaico de pequeños cristales. Las relampagueantes lenguas de fuego proyectaban largas sombras de ambos personajes sobre el suelo y las paredes. De la misma forma, alargaban las sombras de los objetos que sobre sus lisas y frías superficies desafiaban a la gravedad.
—He aquí el lugar en el que descansa mi pasado.
La voz de Ishmant sonó firme y, como era costumbre en él, sin un hálito de emoción. Sin embargo, para quien le conocía bien no había duda de que en la aparente máscara de piedra el enigmático guerrero manifestaba su nostalgia. Había que conocerlo bien, de otra forma, los ojos de Ishmant, entrenados para tal fin, no mostraban alteración alguna. En ellos solo había equilibrio.
—He vivido todo este tiempo alejado de este lugar. Demasiadas memorias guarda. —De sus labios se escapaba un copioso vapor que delataba la baja temperatura que allí hacía—. Sin embargo, he mantenido intacta la esperanza de volver aquí y recoger lo que es mío.
Rexor se detuvo a observar al humano, petrificado, ausente del mundo mientras hablaba. Un millar de palabras se atropellaron en su mente. Quizá, Ishmant únicamente necesitara un «levántate y anda». Puede que jamás volviese a ser el mismo hombre que un día huyese de un mundo hostil y agonizante por el que nada pudo hacer. Pero... sería el instante presente el que lo iba a decidir todo. Por eso, se limitó a contemplar su larga trenza caoba que recogía sus finos cabellos y las gruesas ropas de abrigo con las que jamás recordaba haberlo visto y que tanto escondían su figura esbelta y proporcionada.
Parecía tan conocido y extraño a un mismo tiempo...
Plagando los muros del habitáculo, como pinturas o piezas de algún apartado museo, reposaban inertes las armas que, empuñadas por la misma persona que ahora las miraba, se habían teñido del carmín fresco de la sangre en innumerables ocasiones. Tanta quietud y calma. Cuánto reposo para aquellos filos inagotables. Demasiada. Demasiado. Desde sus vainas de cuero… desde sus astas de madera… desde el más profundo rincón del afilado metal de sus hojas; todas ellas parecían estar dormidas en un sueño eterno y, a la vez, ansiosas por volver a las experimentadas manos de su dueño.
—Llevan así desde que me instalé aquí —comentó Ishmant al ver que Rexor se había acercado al lienzo de un muro para contemplar con detalle el armamento—. De poder crecer aquí, estarían cubiertas de telarañas.
El enorme visitante volvió la mirada justo a tiempo para ver cómo Ishmant se giraba en dirección al muro opuesto. Entonces tornó la vista de nuevo a las armas. Ante ellas, viendo cómo sus hojas refulgían al contacto con los átomos de brillante luz que expulsaba la antorcha, se preguntó inundado de nostalgia: ¿Quién podría asegurar en cuántas batallas participaron? ¿Quién, viéndolas en tan inofensivos atriles, podría adivinar cuántas almas sesgaron, cuánta sangre derramaron, cuántas victorias consiguieron? ¿Quién, después de todo, podría tan siquiera imaginar la cantidad de historias que contaría una sola de esas armas si se las dotase del habla?
—¿No oyes? —exclamó volviéndose hacia su amigo. Aquel se torció despacio hasta quedar mirándolo a la cara y entonces aprestó el oído lo que pudo, intentando averiguar el objeto de la alerta de Rexor. No obstante, lo único que extrajo fue el zumbido del silencio profundo. Ishmant quedó mirando a Rexor sin alterar ningún músculo de su rostro. Sus ojos, ligeramente rasgados y negros como el ébano, parecían repetirle: «¿de qué estás hablando?»
—No, Ishmant. No fuera. ¡A ellas! —Indicó, señalando con un amplio arco de su brazo extendido las paredes salpicadas de armas—. A ellas. Escucha a tus aceros. Yo las siento, amigo mío. Percibo cómo suplican que las liberes de sus vainas. Que aprietes fuerte sus empuñaduras y sientas que cortan el aire bajo tu mando.
El guerrero hundió sus pupilas en el mosaico que se extendía ante sus ojos. Su mente se vio anegada de palabras y recuerdos. Rexor pareció darse cuenta de ello.
—Han sido siempre instrumentos de Luz. No lo olvides jamás —dijo con voz profunda—. Te necesito a mi lado en esta guerra, venerable.
—Déjame pensarlo, Poderoso.
—Te esperaré arriba. Tómate tu tiempo.
La llama de la antorcha y la vacilante lumbre del farol hacían parpadear el inmaculado color de las paredes de hielo pero aún no alcanzaban a iluminar la totalidad de la cámara subterránea. Por eso, cuando Ishmant se acercó a un ángulo alejado de la entrada, la luz de su lámpara reveló un arcón pequeño de madera, adormecido a los pies de un rincón. Sin decir una palabra, hundió una mano entre sus ropas hasta dar con un colgante.
Ishmant apareció poco después ante sus ojos desde aquella zona donde debería encontrarse la trampilla subterránea. Surgía con ese aire teatral que le caracterizaba, como si fuese un fantasma aparecido de entre los muertos. Caminaba despacio, con la misma elegancia de los elfos. Sin prisas, solemne, tranquilo. Sus prendas ya no eran las ropas de abrigo gruesas que vestía hacía breves instantes. Ahora llevaba su habitual atavío de batalla de la misma forma que pendían de cinto y espalda la mayoría de las armas antes exhibidas en los helados muros de la pared. Esa era, y no otra, la visión que todos recordaban de él. La misma que transportaba el recuerdo a esos días de gloria de antaño. Era aquel Ishmant y no otro al que había venido a buscar. Una sensación, quizá emoción y una pizca de sentimiento acudieron al pecho de Rexor cuando vio acercarse a su amigo. Sus miradas se cruzaron. La energía se palpaba. Una sonrisa cruzó los labios del gigantesco guerrero. Había conseguido al primero.
Pero lo que Rexor ignoraba es que toda aquella conversación había sido una estudiada pantomima. Ishmant le había estado esperando, desde hacía mucho tiempo. Todo cuanto allí se había dicho no era sino un teatro orquestado, una conversación hilvanada conscientemente para llevarlo a su terreno, para ponerle en movimiento. Aquel monje guerrero escondía secretos.
Bajo aquel embozo que ahora ocultaba su rostro sonreía, aunque Rexor no pudiese apreciarlo. El Guardián del Conocimiento había iniciado el camino sin saberlo, aunque sus planteamientos tuvieran fisuras y grietas. Eso no era lo importante ahora. El Cambio, el verdadero Cambio había comenzado a producirse, al fin. Era el momento de actuar, sin duda.
Rexor había venido a buscarlo y no al contrario.
La Rueda iniciaba el Movimiento... y él no había sido el responsable.
[1]Vocablo Élfico Al-Vhasitä, Lengua Madre, que significa: «El Advenimiento».Utilizado por Arckannoreth en sus Enigmas. Tiene un doble sentido pues los Vhärs son los rangos más altos de la Guardia Arcana de Misal -El Caballero. Deidad de la Casa de la Custodia, Panteón Élfico-. El Vhärs-Ahelhà corresponde a un Ángel Exterminador. Hoy por hoy su significado no puede estar separado de un matiz profético.
[2] Valhÿnnd- El Invierno, Señor del frío, Deidad de la Casa del Tiempo, Hoy en Panteón Humano, del Orden Neutral.
[3]Para los habitantes de Mundo Conocido el sol Mayor es Yelm. El Sol Rojo corresponde a la deidad neutral de Minos y la Luna a la diosa de la oscuridad, Kallah. De hecho, para los hombres, la frontera que separa la deidad con el astro es insignificante y confusa. La expresión, por tanto, no solo hace mención a las escasas horas de luz y calor en las asoladas tierras del Ycter Nevada. También, a la legendaria pugna entre ambas deidades que según la tradición imperial mantuvieron para llegar a ser nombradas Dios de Dioses, y que se saldaría a favor de Yelm que originaría la famosa rivalidad y antipatía que ambas divinidades se profesan. Realmente la explicación es más algo más compleja y habla de dos culturas en pugna por la supremacía cultural y territorial en la Vieja Arkalia.
[4]Frase hecha. «Son preferibles ojos en la noche que espadas al amanecer». Se explica por sí misma. Son preferibles acciones sutiles y secretas que una respuesta contundente y pública.
[5] La bandera. Pieza principal del juego del mismo nombre. Se trata de un popular juego de tablero de estrategia; muy apreciado entre las clases altas del imperio.
[6]Neffary (esclavos de la voluntad) en sing Neffarah. Se autodenomina así en sentido extensivo la vasta feligresía de la Diosa Oscura, aunque esto es impreciso. En realidad, la sociedad neffary es un compendio de castas y clanes de guerreros creyentes en Kallah, de hondas y profundas creencias y grandes virtudes marciales. De hecho, ni siquiera pertenecen a la iglesia ortodoxa de Kallah que conforma El Culto aunque este último haya usado en su beneficio su parafernalia de guerra y su leyenda.
[7]El Rabbarnaka. Antiguo calendario enano, hoy en desuso, que no ha sido situado cronológicamente con exactitud en relación con otros calendarios mejor conocidos. Podríamos estar hablando sobre 4.000 años antes de la Escisión elfa.
[8]El vocablo original, H’assiq, matiza el carácter de hombre como raza, diferenciándola de otras razas dominantes como podían ser V’assalí (Elfos) o H’tussas (Enanos) por citar algunas.
[9] Al-Vasita Arcano, de la primera Época: En la mitología Elfa, palabras atribuidas a Aleha, el 7º de los Vhärs de Misal, en el momento en el que aquél le otorga la misión de combatir la Oscuridad. Significan literalmente «El Advenimiento se ha cumplido conmigo».
[10]Op Cit. Vyldgünd de Arckannoreth. Cuarto Cántico, Salmo Tercero.