DESPERTARES
Era una mujer, de eso no había duda...
A pesar de su máscara de tela negra, la suave cadencia de sus caderas en un contoneo delicado casi provocador resultaba un delato demasiado evidente para ello. Se vestía a la manera de los filibusteros con tanta precisión que casi parecía una postal de reclamo. Sobre su cabeza, un sombrero de largas alas emplumado con crines, y bajo él, aquel llamativo pañuelo de colores anudado bajo la nuca. Ocultaban una espesa y rizada cabellera negra de bucles muy vivos que caían tras sus hombros. Una camisa holgada de telas finas y anchas mangas casi hacían desaparecer unos pechos firmes y pequeños que contribuían a darle una apariencia de adolescente, si no fuese por algunas hebras plateadas y reveladoras que se dejaban ver de mala gana entre las tinieblas encrespadas de su pelo.
Culminaba su singular vestuario con unos pantalones bombachos teñidos en largas barras verticales de colores altisonantes. Desaparecían casi a la altura de sus rodillas bajo unas botas altas de amplias cobas, confeccionadas en resistente cuero envejecido y trabajado por el paso del tiempo. De sus armas, llamaba especialmente la atención la cantidad que portaba. Cargaba en su cuerpo menudo tanta herreruza como para abastecer a una fragua enana. Pendiendo de un tahalí descansaba una noble y elegante espada de gladias tyleanna. Parecida, salvo en el menor tamaño, a la que portaba el gigante león, a quien traían preso dos sobresalientes guerreros oscuros. Un arma de duelos de tiempos pasados de larga y estilizada hoja y filo amenazante con cazoleta sobre la guarda, redondeado pomo y pronunciados gavilanes. En el cinto cobijaba una daga con guardamano, el complemento ideal para aquella espada. Su pecho lo cruzaba una ristra de puñales en banda, de diseño sencillo y aspecto adecuado para ser arrojados y no empuñados en combate. Al menos eran media docena.
—¿Te conoce? —se extrañó Ariom dando por hecho que lo de «mestizo bastardo y testarudo» debía de referirse a Allwënn, sin duda. Aquél alzó la mirada. Aun tenía nublada la visión y solo acertó a descubrir una mancha borrosa.
La mujer hizo conducir al pesado leónida dentro del círculo que sus hombres formaban en torno a la simpar pareja de elfos y le obligó a arrastrarse en toda su longitud para exhibirlo ante sus hombres. Perdía abundante sangre de la pierna y el brazo.
—¿Es que no tenéis compasión? Me estoy desangrando, por la caridad de los Dioses —se lamentó entonces.
—Tienes sangre para alimentar a una docena de hombres. ¡Cállate! o haré que la pierdas del cuello y todo se habrá acabado para ti en un par de minutos—. El félido rumió sus quejas entre dientes.
—¡¡Caballeros!! —se dirigió entonces ufana a la concurrencia pirata retomando su teatral entrada. —Ese medioenano ante el que os halláis —anunció señalando a Allwënn con su dedo índice bien extendido—, es Allwënn, Bastardo de elfos. A quien muchos conocieron como el Murâhäshii. A su atractivo amigo no le conozco —aseguró en tono mordaz bajando un poco la voz. La concurrencia murmuró unas sonrisas. —Os aseguro —continuó—, que es el perro deslenguado más fiero y canalla de todos los tiempos. Dicen que ha vertido tanta sangre como para llenar este océano por el que navegamos. Pero si viaja en este barco... a partir de ahora solo es un prisionero más ¡Nuestro prisionero! Como esta bestia león que se desangra ante vuestros pies. ¡Humanos libres! ¡¡Señores del Gran Azur! ¡¡El barco es nuestro!!
Una algarabía de vítores se elevó entonces en cubierta como una sola garganta y todas las armas se levantaron al cielo. Ariom observaba la escena con asomo de desconcierto. Allwënn aun tenía emborronada la vista y se frotaba los ojos para aclararla.
—Por todos los abismos. Vivir para ver... —exclamó el lancero. —Tu amiga parece estar al mando de esta panda de bellacos.
—¿Qué amiga? ¿De qué diablos hablas?
—Levántate, Allwënn, ahora eres prisionero de los hombres libres —le ordenó, sin acercarse, conocedora de las tretas del mestizo, a buen recaudo tras las hojas que empuñaba. —Saluda a mis hombres—. El mestizo miró con arrogancia a la mujer enmascarada sin parecer arredrarse ante la incómoda situación.
—Lo lamento, ya no existen hombres libres a quienes saludar —aseguró con aplomo. Aquel comentario pareció encender a aquella ruda tripulación como un insulto. La mujer debió sonreír ante el sarcasmo, pero el velo que le ocultaba el rostro no lo dejó ver.
—No has cambiado, carnicero. Sigues teniendo la misma mala sangre que hace veinte años.
—¿Quién demonios eres tú que me llamas por mi nombre? —Quiso saber el medioenano —No me conoces tan bien como crees si piensas que esa panda de filibusteros me impresiona. Una palabra más en ese tono y ni todos los piratas de estos condenados mares evitaran que te baje los pantalones y te azote el trasero.
—Sí, supongo que realmente es lo que deseas —le contestó con un sugerente tono. Ariom asistía a aquella extraña disputa sin acertar aun a comprender muy bien lo que ocurría. Por aquellos extraños comentarios no sabía si tenía que relajarse o preocuparse aun más.
—Muéstrate. Ten al menos la decencia de hablarme con el rostro desnudo.
Al menos Allwënn no bromeaba y ese no era precisamente motivo de alborozo. No obstante, después de unos segundos de silencio, aquella mujer se desprendió del singular antifaz que ocultaba sus rasgos. Bajo él apareció un rostro humano que aun retenía mucha de la belleza que, con toda seguridad, deslumbró en su juventud. Era un rostro redondeado de pómulos generosos y ojos grandes donde ya se avistaban vestigios de la edad. Seguía teniendo la nariz pequeña, apenas un botón sobre una boca amplia de labios tentadores que se dibujaban en un trazo extraño, irregular, pero, ciertamente, poseedores de una singular belleza. Las líneas de expresión en su rostro advertían que ya había pasado la juventud pero incluso aquellas marcas la embellecían de alguna manera y le aportaban un atractivo poco corriente entre las mujeres. Allwënn la contemplaba perplejo...
—¿Tanto he cambiado en veinte años que un viejo camarada ya no puede reconocerme? —Ariom se quedó estupefacto ante la noticia. Aquel medioenano parecía tener amigos y enemigos en todo el orbe conocido.
—¿Un viejo camarada? —Se preguntó el mestizo en voz alta. Entonces sus pupilas se esforzaron por mostrarle una imagen más o menos cercana a alguien de sus recuerdos. Aun guardaba mucha de la belleza que le había ganado fama en la juventud. Y seguía teniendo la misma arrogancia y porte jactancioso de entonces. Tenía toda la razón... no había cambiado lo suficiente como para olvidarse de ella.
—Keomara... —a los labios de Allwënn asomó una sonrisa irónica y mordaz. —Sigues viva.
—He sabido cuidarme... Tú tampoco estás mal—. A pesar del cansancio Allwënn sonrió abiertamente. —¿Dónde has dejado a tu guapo amigo elfo?
—Lo he cambiado por alguien que no ensombreciera mis encantos —apostilló aquel que parecía haberse relajado, pero solo lo imprescindible. En la mirada seguía advirtiendo que, ahora, después de conocer la identidad de aquella bucanera enmascarada tenía aun más motivos para no perderla de vista.
—Ariom, ésta dama es Keomara. Ladrona, embustera, chantajista, timadora y una larga lista de méritos dignos todos de los callejones de las Bocas, de donde la sacamos. Entre sus piernas han pasado tantos hombres como carros por los arcos de la Puerta Dorada de la Ciudad Imperio. ¿No es cierto, vieja amiga? Imagino que es así como mantienes alta la moral de tus hombres. —Aquella salida de tono borró la sonrisa de la dama.
Keomara avanzó dos pasos con el ceño fruncido y pegó su cuerpo al robusto torso del mestizo. Sus manos caían bajo la cintura de aquél y de un rápido movimiento apuntó el filo de su cuchilla a la ingle del guerrero.
—Veo que no has perdido tu peculiar sentido del humor, enano deslenguado. Pero una broma más en ese tono y te dejaré las criadillas como la cara de tu amigo. ¿Me expreso con claridad o ese ladrillo que tienes por sesera necesita una segunda explicación? —Un suave movimiento de la muñeca y la punta de la daga rozó zonas sensibles. Allwënn dejó escapar un pequeño suspiro sonoro que advertía de lo delicado del asunto entre manos.
—¿Eso es una afirmación? —Allwënn corroboró con un gesto de su cabeza. Ella le soltó y volvió a distanciarse dándole con vanidad la espalda. Entonces alzó el tono de su voz para que todos pudiesen escuchar sus palabras.
—Por lo que a mí respecta, caballeros, todo lo que hay en este barco me pertenece. A mí y a mis hombres. Lo que os incluye a vosotros dos. Desobedeced una orden, provocad algún altercado, mostrad deslealtad... no me importa. Un solo motivo y os aplicaré la ley del mar. Bajo ella colgareis de la verga de la mayor en cuanto me deis la menor excusa.
—Tu amiga tiene carácter —le susurró Ariom mientras que ella, después de haber puesto punto y final a aquella discusión avanzaba hacia sus hombres.
—No es amiga mía —aseguró con sequedad el mestizo.
—¿Te fías de ella?
—¿Fiarme? ¿Confiarías tú en una víbora con dos cabezas? Si fueran otros tiempos acabaríamos en algún mercado de abastos.
—¿Y ahora qué?
—Supongo que nos queda esperar otra vez.
—Por cierto... Allwënn.
La dama Keomara se volvió hacia sus nuevos prisioneros
—Supongo que te hará ilusión saber a quién encontramos también en alta mar.
Su dedo se extendió señalando el alcázar de proa, donde al inicio de la contienda Ariom aseguraría haber visto aparecer al segundo de los Levatanni. Ambas cabezas se volvieron sorteando cuerpos y aparejos hasta allí. En aquel lugar ya no estaba el poderoso engendro. Una figura de elegantes proporciones y misterioso atuendo le sustituía contemplando la escena como un espectador de privilegio. Una larga cabellera cada vez menos coloreada custodiaba un rostro inmortal de cuyas facciones, siempre a buen recaudo tras el embozo, solo se entreveían sus poderosos e insondables ojos negros.
—¡Ishmant!
Ishmant entró en la cámara donde yacía el cuerpo de la chica. Se había generado mucha expectación en torno al enigmático personaje y sus habilidades sobrehumanas. Uno de los más atrapados en el poderoso hechizo que despertaba aquel sombrío y lacónico monje Kurawa era Hefencofer, el viejo shamán. Con todo, para el desafío que tenía por delante, contar con un anciano versado en las artes shamánicas era una agradable y valiosa compañía. Algunos de los más destacados miembros de aquella tripulación corsaria les acompañaban. En realidad acompañaban a su capitana que quería comprobar de primera mano aquella inusual manifestación. Ella seguía allí, inerte, inmóvil, en aquel inconsciente letargo sobrenatural con una expresión plácida en el rostro. Como una dulce durmiente que esperase un beso para despertar. Tenía una belleza extraña y cautivadora en aquel forzado sopor. Una belleza frágil e inocente...
Era Claudia.
Aparte de la certidumbre de su artificial sueño, no había signos evidentes de daño alguno.
El monje quedó a pocos centímetros del cuerpo de la joven. Aun lucía aquellas primeras ropas con las que la conoció y que una vez ocultó bajo una armadura arrebatada a unos muertos. Aquel fatídico día de su captura no llegó a vestirla. Le pareció una visión tierna y reconfortante. Mucho había sufrido su corazón temiendo por la seguridad de aquellos muchachos de cuya suerte Rexor aseguraba pendía la del resto de los seres vivientes de su mundo.
Posó su mano venerable sobre la frente de la joven y cerró los ojos ante la mirada expectante de su numerosa concurrencia. El tacto era gélido como el la muerte pero ella no estaba muerta...
El brillante espíritu del monje fluyó por sus venas y entró en la cabeza de aquella niña adormecida, vagando en las profundidades de su recuerdo. Ishmant solo parecía haber entrado en trance…
El monje abrió sus ojos de repente sobresaltando a los espectadores con una expresión de miedo pocas veces vista en su mirada, abierta de par en par. Retiró su mano de súbito, como si el tacto con la piel de la chica quemase su palma.
—¿Qué ocurre? —El monje parpadeó un instante y atemperó su respiración que se había agitado. Secando el sudor frío de su frente.
—Claudia está poseída —dijo apenas sin aliento, como si el esfuerzo de averiguar tales hechos le hubiese consumido igual que toda una jornada de dura batalla. —Como esperaba... Igual que el muchacho.
—¿Poseída?
Ishmant se volvió hacia todos.
—Un fantasma de la Muerte Gélida habita su interior. Es un espectro muy poderoso. —Los murmullos y comidilla no se hicieron esperar en aquellas gentes supersticiosas. —Quien lo ha vinculado a ella tiene un poder extraordinario. El fantasma se alimenta de los recuerdos de la joven. Empezará devorando los más recientes y poco a poco vaciará su mente. Ella permanecerá dormida hasta que quien introdujo el fantasma lo haga salir. Podrían pasar siglos y ella seguiría durmiendo dulcemente, sin envejecer o morir. Parece que el Culto no tiene prisas. Es como si hubieran querido preservarla de algún modo.
—¿Puedes sacar a ese espíritu de su cuerpo? —preguntaría Ariom angustiado al monje.
—Hoy no. Estoy demasiado débil para enfrentarme a él. Lo haré cuando recupere fuerzas.
Entonces Allwënn se adelantó para sorpresa y tensión de cuantos guerreros allí había, pero le dejaron hacer sin impedir su avance. Cuando estuvo a la altura del monje, se deshizo de muchos de los pendientes que vestían sus apuntadas orejas, recuerdo de su estirpe. También se quitó un par de colgantes, algunos anillos y un puñal de su cinto. También una abrazadera de piel endurecida con símbolos ganados al cuero.
—Son matrices, Venerable. Están cargadas, úsalas.
Allwënn le regalaba poder.
Ariom entendió el gesto. También él se acercó y depositó en aquel incómodo camastro donde ella dormía, un collar y dos anillos. Antes de que Ishmant pudiera agradecer el gesto, muchos de los leales y recios guerreros muawaries habían depositado junto a él docenas de armas, joyas, diademas y cinturones más. Todos recipientes de magia. Hefencofer se situó a su lado haciendo sonar la multitud de huesos, cuentas y objetos que cargaba con él. Le puso la mano en el hombro y le habló con su voz anciana y gastada en la lengua de los muawaries.
—Mi espíritu es tuyo, Danzante.
—¿Hay suficiente poder para intentarlo? —Le preguntó el mestizo. Ishmant echó por encima una ojeada a la pila de objetos dispuestos ante él y cabeceó una afirmación contundente. —Pues no hagamos esperar más a esta dama.
El anciano shamán se volvió con gesto hosco a la concurrencia.
—Dejadnos solos —ordenó con displicencia. —Trancad la puerta y no la abráis bajo ningún concepto, sea lo que sea lo que escuchéis tras ella.
Todos salieron despacio, murmurando y mascullando entre dientes, dejando al misterioso monje y al viejo shamán preparando el exorcismo.
Se trancó la puerta y todos se alejaron.
—Anímate, mestizo. Nuestra suerte sigue siendo adversa pero al menos hemos encontrado a los humanos.
Allwënn notó el brazo cálido del lancero, que después de una sesión de curas con Ishmant lucía su habitual rostro partido sin los estigmas de su anterior encontronazo. La mirada de Allwënn seguía siendo triste a pesar de que el panorama, para Ariom, había mejorado considerablemente. Seguían siendo prisioneros, era cierto, pero la suerte que les aguardaba con aquella flotilla pirata tenía tintes más generosos que siendo invitados forzosos del Culto. Habían vuelto a reencontrarse con el monje, cuando ya lo daban por irremediablemente perdido. Aquel personaje tenía la habilidad de presentarse, apareciendo y desapareciendo casi a voluntad, en los lugares más extraordinarios. Además, habían conseguido encontrar a los humanos. Si Ishmant ya había logrado exorcizar al chico, como aseguraban, no había nada que invitase a pensar lo contrario de la chica. Habían pasado las lindes de los reinos élficos. Probablemente navegaban ya en aguas del Mar Interior, por encima del Sändriel. El mal conjurado superaba todas las predicciones e incluso aquel infinito horizonte azul parecía más amable y su brisa más fresca y plácida que de costumbre. Había motivos de celebración, sin duda.
—...Yo no los tengo, Asymm’Shar. No puedo alegrarme aun. Dame algo de tiempo.
Y Ariom recordó entonces su última conversación con él y entendió su tragedia. Se marchó sin decirle nada más y le dejó solo compartiendo su mudo dolor con el interminable horizonte azul que se extendía ante ellos.
Volví al mundo, no sé en qué tiempo, retornando a la vida como en un segundo amanecer...
Como en un segundo nacimiento. Alumbrado de nuevo a la conciencia y regresando a mi alma, sonidos, colores y sentimientos. Como si mi letargo, como si mi muerte, hubiese durado milenios y ya no recordase siquiera a quién pertenecía aquel cuerpo cuyo corazón volvía a latir así si fuese la vez primera.
Tardé en saber dónde estaba. Mi cabeza tenía aquel espesor y pereza de quien ha dormido más horas de las que necesita, despertándose más derrotado aun que cuando se venció al sueño. Un espesor y pereza que se extendían a todas mis articulaciones y miembros. Que pesaban como áncoras de navío aferradas al lecho marino.
Tardé, sí...
Tardé en saber dónde estaba y quién era... o qué había ocurrido. Mis últimos recuerdos eran vagos. Apenas la niebla que emborrona la memoria después de una desmedida y generosa noche de licores. Pero su presencia y su voz fueron para mí como un bálsamo dulce, como un asidero firme donde sostenerme en la marea.
—Tómate tu tiempo, joven humano. Todo el que necesites —dijo sereno y cálido, envuelto en su embozo del que solo surgían aquellos ojos capaces de leer el pensamiento. —La experiencia ha sido dura, pues la prisión en la que se encerraba tu espíritu era de recios barrotes. He temido no poder sacarte de tu cautiverio. Celebro tu vuelta.
Tardé en recordar muchas cosas. Olvidar las circunstancias que me habían llevado a aquel camarote de barco perdido en el infinito azul de un mar desconocido, no resultó lo más preocupante. Lo cierto es que había olvidado incluso de donde venía.
Mis primeros recuerdos identificaron a todos aquellos extraños camaradas. A mis nuevos amigos, expresión, esta, que cada vez carecía más de sentido. Pero por un instante olvidé de dónde venía. Abracé con tanto anhelo aquella nueva realidad que la hice completamente mía. De ahí mi frustración, porque tardé en recordar que aquel mundo no me pertenecía... ni yo a él. Que era prisionero en un metraje mudo rodado en blanco y negro en el que no me reconocía. En el que no tenía pasado y del que no era, como la mayoría, heredero en absoluto. Sin embargo, aquellos recuerdos llegaron, y con ellos, de nuevo, su pesada e irremisible carga.
Como tantos otros pasajes que ya configuran cuerpo en esta historia supe de estos asuntos que acontecieron mientras yo dormía por los labios de otros. Recopilé y trabé estas historias en mi cabeza a la espera de vivir para poder contarlas. Por aquel entonces, no podía suponer que un día, no muy lejano, me sentaría con el ánimo de dejarlas escritas. Pero creo, francamente, que fue después de mi segundo nacimiento, aquella mañana en el camarote de un barco a la deriva, cuando mi subconsciente comprendió que tenía el deber de recomponer todos aquellos fragmentos y anécdotas. Como si él supiera de antemano que acabarían siendo compiladas entre las páginas de un libro. Como si no pudiese ser de otra manera.
La primera sensación coherente que recuerdo resultó toda una paradoja. Durante las primeras palabras de mi conversación con el monje me percaté de que, por primera vez, podía comunicarme con Ishmant a pesar de que ya no le entendía. Sé que puede sonar extraño, pero tiene una clara explicación.
En mi letargo habían quedado dormidas muchas experiencias pasadas. Con ellas, quedaron también en suspenso los efectos de aquel extraño hechizo que nos había permitido la comunicación hasta entonces. Ya nunca más volví a ser aquel «de las mil lenguas». Sin embargo, durante todo ese periplo en el que el conjuro había mantenido su efecto de alguna manera mi cabeza había ido adquiriendo los resortes necesarios para comprender y -lo que es aun más fascinante- hablar todas aquellas lenguas que se habían cruzado en el camino. Primero supuse que había sido un efecto colateral de aquel viaje forzoso a las tinieblas en el que me había sumergido. Lo que yo ignoraba era que todos mis compañeros habían sufrido aquel mismo efecto. Solo tiempo más tarde, Rexor acabaría por desvelarme la verdad confirmando en gran medida mis sospechas.
Aquél era un viejo hechizo de la arcana magia de los elfos, muy usado en la antigüedad, durante el Alto Amanecer del esplendor élfico cuando sus fronteras abarcaban casi todo lo que podía llamarse civilizado en aquellas tierras. Los diplomáticos enviados como embajadores a reinos extranjeros eran obsequiados con este conjuro para aliviar su labor. Su magia evitaba tener que adiestrarse en el uso y fórmulas de los rudos idiomas de los pueblos foráneos. Durante un periodo limitado, mientras los efectos del conjuro estaban activos, el dignatario podía expresarse en su propia lengua haciéndose entender perfectamente. En primera instancia, tal y como yo había podido comprobar en propia carne, el hechizo funcionaba como una suerte de traductor simultáneo. Quien es conjurado con él, sin necesidad de dejar de expresarse en su propio idioma, es escuchado en las lenguas vernáculas de sus oyentes. De ahí que se extendiese el rumor de que yo -y mis compañeros- podíamos hablar mil dialectos. De la misma manera, cualquiera que entablara conversación con el conjurado sin importar idioma, dialecto o variedad lingüística que éste empleara, era siempre escuchado por aquél en su idioma natal. No obstante, como todos los hechizos, tenía también fecha de caducidad. Aunque dejaba un efecto permanente en el usuario.
Al tiempo, quien era hechizado de esta manera no solo podía hacerse entender y entender él mismo los idiomas en los que no estaba versado, sino que a la vez, iba aprendiendo a comunicarse en aquellos mismos idiomas con los que se cruzaba. Acelerando mágicamente un proceso natural de aprendizaje. Cuando el conjuro se desvanecía el dignatario solía hablar perfectamente en aquellas lenguas o dialectos bárbaros sin el dispendio o esfuerzo que hubiese tenido que pagar por fórmulas tradicionales. Sin necesidad de traductores o de perder parte de la capacidad de comunicación mientras se alcanzaba el dominio deseado. Pragmática y poderosa. Así era la magia élfica.
Según el Señor de las Runas, poco a poco aquella costumbre cayó en desuso al tiempo que la vieja gloria de la época dorada de los elfos comenzaba a desmoronarse. El empleo de aquella poderosa y práctica magia acabaría relegada a secreto de esta raza inmortal.
El pendiente del rubio semielfo que contenía el conjuro fue obtenido en una de las muchas andanzas en las que aquel grupo de esforzados pendencieros se vio envuelto en el pasado. Repartido el botín más sustancioso se sortearon las piezas de valor secundario. A pesar de lo extraordinario que resultaba poseer un antiguo hechizo arcano de los elfos, Gharin mostró más apego por la belleza en las formas de la joya que lo contenía que por el valor de su magia. Poco uso sospechó, por aquel entonces, que daría a aquella vieja reliquia. No obstante, se equivocó el semielfo. Mucho trasiego se dio a aquel objeto, incluso antes de nuestra imprevista aparición, descubriéndose pronto como un recurso de gran utilidad. Por eso el bello arquero no dudó en recurrir a sus excelencias en cuanto tuvo oportunidad para facilitar la comunicación con nosotros. De hecho, cuando el viejo leónida me encontró y comprobó extrañado que podía comunicarme con él en su propia lengua, imposible de pronunciar para los humanos, supuso que el hermoso Gharin debía haberse cruzado conmigo. —Pocos hay que conozcan y usen con tanta gratuidad tan celoso hechizo— lo que le hizo esbozar esperanzas con las que hasta entonces no contaba.
Puede parecer extraño, pero sin el hechizo ya no era capaz de comprender todas las conversaciones a mi alrededor. Aquello lo sufrí en primer lugar con aquel crisol de razas y lenguas que era la exótica tripulación pirata. Sin embargo, a partir de entonces pude captar los sutiles y variados matices en la comunicación con mis compañeros. Variantes de pronunciación, expresividad en el vocabulario, dobles sentidos y musicalidad en los idiomas que antes me estaban vetados.
Ahora podía hablar y entender a la perfección ese idioma aglutinante y hosco, de cadencias nórdicas a mis oídos, que llamaban el Común, y que resultaba la piedra angular de comunicación en aquellas tierras extrañas. También conocía la lengua de los elfos del Sannshary, musical y compleja, como las notas de la lluvia sobre las piedras o la sencilla pronunciación, llena de palabras cortas y simples, cargadas de matices y significados, de la lengua de los medianos de Diezcañadas que nunca más volví a pronunciar.
Yo estaba allí cuando Claudia despertó.
Keomara había insistido en que sus nuevos «invitados» pasasen al Impaciente donde podría controlarlos. Yo creo que, en el fondo, algo que ver tuvieron las insistencias de Ishmant al respecto. Era como si aquel misterioso personaje despertara respeto incluso entre aquellos cortagaznates filibusteros. Se suponía que también él era prisionero. Sin embargo, nadie le imponía ninguna obligación ni se le restringía el movimiento. Empezando por la propia Dama Keomara.
Resultó una alegría inconmensurable volver a reunirme con el hermético monje, el desfigurado y penetrante lancero que una vez conocí simplemente como Akkôlom o con mi idolatrado Allwënn, quien para mí no dejó nunca de ser, a pesar de sus brusquedades y salidas, como aquel héroe de ficción a quien uno quisiera parecerse cuando creciera. Supongo que se habrán percatado de ello, no obstante, poco hago yo para ocultarlo en estas líneas, aun hoy.
Por ellos supe que el grupo se había vuelto dividir a causa de nuestra desgracia y que Rexor se encaminaba con el resto de mis amigos hacia el norte en compañía de Gharin y Forja. Pedí por su buena fortuna y les añoré con nostalgia. ¿Qué nuevas les esperarían allá por la senda que se habían visto obligados a tomar? Solo quise elevarles en mi pensamiento por si es cierto eso que cuentan que cuando se desea con intensidad, el pensamiento es capaz de cruzar valles, montañas y ríos hasta la otra persona. Solo para poder aliviarles el peso y el sufrimiento de ignorar nuestra suerte.
Sobre Claudia...
Bueno, para mí seguía siendo aquella mujer de natural belleza que poco a poco se deshojaba ante mis ojos. No me había dado tiempo a echarla de menos. Mi mundo y el suyo se deshicieron al mismo tiempo y casi al unísono despertaron. Supongo que apenas notamos la ausencia. Sin embargo, a pesar de no parecer haberse ido nunca, no resultó jamás la misma persona que una vez conocí antes de tan adversas circunstancias. Recuerdo la primera imagen de ella, llegando a la cubierta de aquel barco pirata custodiada por Ishmant. Visiblemente cansada y desorientada, apartaba la mirada de los soles como si pudiesen herirle. No obstante, me percaté de algo que se mantuvo en ella durante mucho tiempo. Algo en su manera de entornar las pupilas, de dirigirse al mundo. Ahora miraba a todo cuanto le rodeaba con cierta distancia. Como si no lo conociese. O quizá como si lo conociese demasiado bien. Al principio supuse que había lagunas en su memoria como me ocurría a mí. Luego tuve que admitir que Claudia había cambiado.
Se había agravado su mirada. Se había vuelto honda y melancólica. Había crecido en su letargo. Se había endurecido de algún modo. Algo le ocurrió allí dentro. Había regresado con el alma marcada. Ella se mantuvo distante y desganada durante muchos de los días posteriores, como si tuviera que volver a adaptarse al mundo. Nunca supe qué había visto o sentido durante su forzada ausencia. Tampoco, qué tratamiento le dispensaron aquellos que nos capturaron, si es que fue distinto al mío. Lo único evidente de ello fue que aquella Claudia aun algo inocente y sin duda risueña, -o lo que aquél mundo había dejado aun de ella- había perecido completamente tras su destierro.
De aquel extraño sueño regresó más triste, más profunda. Quizá sencillamente más adulta. En cierto modo la madurez nos priva de la sonrisa de niños y nos hace evidenciar las miserias de la existencia con mayor nitidez. No hablamos mucho durante aquellos primeros días. Preferí respetar su silencio. Sin embargo, sé que ella me miraba de forma distinta. Yo tampoco regresé siendo el mismo. Quizá no me lo notase enseguida, pero yo también había dejado de ser el niño. En aquel mundo se aprendía pronto y se maduraba a fuerza de desventura. Pocos refugios para la inocencia quedaban a salvo. Algo debimos ver. Algo debimos saber en aquel viaje al Hades de nuestra memoria que nos dejó una huella extraña.
Jamás hablamos de ello.
Aquella madrugada soplaba la brisa marina sobre la cubierta del Impaciente hinchando el velamen entre las arboladuras con generosa mansedumbre. Solo algunos marineros y el piloto se encontraban en sus puestos bajo las estrellas sobre aquel infinito mar que ahora se tornaba melancólicamente negro. Siguiendo la estela del almirante, el resto de los buques de aquella pequeña escuadra delataban su posición brindando un punto de luz anaranjada a tan espeso y oscuro cortinaje, merced a sus fanales encendidos en las cubiertas. La noche se alimentaba de la paz rutinaria de aquellas lánguidas madrugadas sobre el mar.
Contemplando esa misma masa inacabable de agua traicionera se encontraba la capitana de aquella hueste feroz. Junto a ella, el misterioso monje. Hablaban de un pasado que para muchos distaba casi una vida.
—Déjales portar sus armas —le susurró el monje después de un grave silencio. —Le conoces, sabes que Allwënn se mostrará más amable si Äriel le acompaña en el cinto. No intentarán nada si yo se lo pido, te doy mi palabra—. Por una vez era el Venerable quien miraba un rostro mientras hablaba y ella la que escudriñaba con cierta melancolía el oscuro horizonte teñido por un océano de estrellas. La Dama Keomara tardó en responder. Como si las palabras que fueran a aflorar estuvieran teñidas de cierto recelo.
Lo estaban.
—El mar tiene sus leyes, Venerable. Ni siguiera yo tengo derecho a alterarlas. Si hago excepciones con ellos puedo provocar la crispación entre mis hombres—. Ishmant inspiró profundamente.
—Entiendo tu posición, pequeña Keomara, pero tus hombres te comprenderán si les hablas. Hazlo por los años de amistad.
Ella sonrió ante el apelativo que el monje había utilizado para llamarla. Apelativo que por otra parte aquel singular monje siempre había usado con ella. En sus labios seguía poseyendo ese cálido calor paternal con el que siempre la trató, pero que ya no era otra cosa que un vestigio de ese pasado distante que compartían. La pequeña mujer se volvió para mirarle entonces.
En su mirada hubo un delato de nostalgia.
—Apenas habéis cambiado, Señor del Templado Espíritu. Tu voz vuelve a mí con la misma autoridad de entonces y tu mirada no ha perdido dignidad en tu ausencia. Es como si tu disfraz de elfo hubiese logrado engañar al correr de los años y el tiempo hubiese pasado por ti sin rozarte. No todos hemos tenido esa suerte—. Keomara se volvió hacia el enigmático personaje y se llenó con su presencia. —Ya no soy aquella niña que conociste. Ni aquella adolescente que se hizo mujer compartiendo con vosotros tantas jornadas desesperadas hasta el día que nos separamos. Han pasado más de veinte años desde la última vez ¡Veinte años, Ishmant! Yo no soy elfa. Para mí suponen la mitad de mi vida. Llevo tanto tiempo alejada de esos recuerdos como los años que gasté en forjarlos. Incluso más aun. Apenas me restan lazos de aquellos días, Venerable. Cierto cariño por lo que fuimos entonces, pero no el suficiente como para arriesgar lo que he conseguido con tanto sudor y esfuerzo. Ahora me debo a otras lealtades. Al respeto de mis hombres. A lo que he construido en todos estos años sin el Círculo de Espadas por compañeros y que me ha valido seguir respirando a expensas de la garra traidora que se sienta en Belhedor—. Keomara respiró hondo y hundió su rostro entre sus manos en un gesto de consternación. —Temo que vuestra presencia sea un mal augurio que no viene a sumarse en un buen momento, precisamente.
Ishmant la miró fijamente aguardando a que la mujer levantase la vista y sus ojos volvieran a cruzarse. Entonces, le aguantó la mirada un instante antes de volver a dirigirle la palabra.
—Sin duda lo es —admitió con una rotundidad que sobrecogía. En efecto, ella sintió cómo su alma se tensaba como la soga del ahorcado. —Rexor trata de recomponer el Círculo.
Keomara quedó mirándole en silencio sin aparentar emoción, casi petrificada, aunque los ojos del monje fueran capaces de traspasar el alma y supieran que aquella aparente ausencia era reveladora.
—Rexor... —nombró ella, paladeando sus sílabas con cierta añoranza. En su mente se dibujó la solemne figura de aquel félido inolvidable. Por un instante, la formidable presencia del Señor de la Runas se materializó sobre su conciencia a pesar de la lejanía y la ausencia. —Tardé años en sacarle de mis sueños. Es el ser más impresionante que haya existido jamás. Fue para mí lo más cercano a un padre... y siempre es duro perder a un padre.
—En el camino cada encuentro sucede en el momento que ha de suceder. Ni antes ni después. Nuestro encuentro, en mitad de un océano inabarcable, sin duda tiene una lectura profunda. Saber de tu existencia es todo un augurio. El lazo que nos une es fuerte, pequeña Keomara. Tan poderoso que todos acudimos a su llamada sin saberlo. El Señor de las Runas solo vino a buscarme a mí y solo tenía vagas referencias de dónde podría localizar al Shar’. Pero en su fondo anidaba la esperanza de encontrarles a todos. Uno a uno han ido apareciendo. Los viejos camaradas resurgen de sus tumbas de olvido.
—¿Hay otros? —preguntó ella.
—Primero llegaron los elfos. Gharin acompañaba al furioso mestizo, no le ha dejado solo en todos estos años. Y el Shar’ trajo una compañía que nadie esperaba. Ahora tú. Las viejas señales se cumplen. Lo que una vez fue escrito hoy nos es revelado: «(...)Y así, habremos de ver, no nuestros ojos tristes,// han de ser sin duda testigos otros ojos //quienes contemplen reunirse una vez más// aquellas mismas espadas y lanzas// forjadas en fraguas dispares por manos dispares// que ha tiempo juntas ya se vistiesen de sangre»[1].
—Hermoso poema.
—El Primer Enigma. El Encuentro. Rexor cree que las espadas del poema podrían ser el Círculo—. Ella quedó en un silencio hosco y volvió a dirigir sus pupilas al mar. —Pero solo es su opinión.
—Lo siento, Venerable, ahora tengo otra vida. Por lo que a mí respecta seguís siendo mis prisioneros. Espero no tener que recordarlo.
Ishmant aceptó la derrota, entre sus dientes se murmuraban unos versos.
«¡Que no han de creer quienes no estuvieren de fe dispuestos!
y muchos, a mi pesar y para gloria de la Sombra
han de ser los incrédulos».
Un eco distante obligó casi por instinto a desnudar las armas y enseñar su filo a la madrugada.
—Devolved los aceros a sus vainas, aprisa —dijo Rexor con tono airado dirigiéndose a Robbahym y Gharin que caminaban junto a él. —Nunca hemos sido hostiles ante estas murallas. Hoy no será una excepción.
El medioelfo regresó la flecha a su carcaj y distendió la cuerda de su arco al tiempo que el tatuado gigante se volvía hacia su desconfiada hueste y les indicaba con un gesto que obedecieran el Señor de las Runas. El grupo, a regañadientes, relajó sus posturas. El alcázar de Tagar se levantaba con toda su majestad ante ellos. Todos estos años de abandono no habían mermado su dignidad. La construcción tenía un marcado acento enano que rezumaba por los cuatro costados. Alzado sobre granito blanco al borde de un abismo, resultaba una fortaleza inexpugnable. Defendida en tres de sus lados por la terrible orografía escarpada, mostraba por el flanco que le daba acceso cuatro descomunales torres de barbacana unidas por adarves a los muros, ante los cuales discurría un foso de unos cuatro metros de profundidad. Salvaba aquel abismo un puente de piedra que daba paso a una escalinata dispuesta hacia la izquierda, hasta alcanzar la puerta elevada sobre el suelo otros tantos metros. Aquella disposición no resultaba nada aleatoria. Su misión consistía en anular, en caso de asalto, el brazo que carga el escudo. Cualquier contingente de tropas que tratara de alcanzar la entrada se vería obligado a ascender por la escalinata mostrando el flanco descubierto del escudo. Mientras, con seguridad, sería atacado desde las barbacanas, aspilleras y matacanes que poblaban los muros por una lluvia mortal de flechas, venablos y cualquier cosa al alcance de los defensores. Solo para encontrarse al final de las escaleras con un magnífico portón fajado por un recio rastrillo de acero.
Y más arcos y más flechas.
Ningún general en su sano juicio ordenaría un ataque directo sobre esa construcción sin arriesgarse a perder a la mayoría de sus hombres mientras que la plaza podía ser eficientemente defendida por una veintena de arcos bien colocados.
Aquella era la sensación que tenía la pequeña hueste que había alcanzado los muros desiertos del alcázar en la furtividad de la noche. Por eso, aunque aquel poderoso y soberbio edificio se suponía deshabitado o en manos amigas los avezados soldados que componían aquella comitiva reaccionaron desenfundando sus armas al menor signo de vida en su interior. El alcázar parecía poder enviarlos a todos al Pozo apenas despertara a la vida. Así fueran únicamente sus murallas las que repelieran el ataque.
Entonces Rexor avanzó sobre el puente que ninguno de ellos se había atrevido a cruzar y pidió la lumbre de la antorcha que portaba el Toro Hiczo. Con ella se plantó ante las mismas piedras del alcázar, como si lo desafiase. Su extraordinaria estatura se vio de pronto empequeñecida ante las dimensiones de aquel monstruo de granito frente a él como si sus torres y atalayas poco le impresionaran. Le habló, así aquella plaza pudiera responderle por sí misma.
—¡Ah, del Alcázar! Soy Rexor. Señor de las Runas. Guardián del Conocimiento. A quienes habiten estos muros que una vez consideré como mi propio hogar… ¡¡Abrid el portón!! Jamás se ha cerrado esta puerta a mi presencia.
Hubo un largo silencio.
También un elocuente cruce de miradas de asombro y perplejidad entre los presentes.
«Al fin, el Alcázar»
Habría dicho aquella misma tarde, cuando avistaron de lejos sus perfiles poderosos en la distancia después de jornadas interminables en su busca.
Era aun un punto distante en la lejanía, apenas perceptible, asomado a los barrancos y farallones del incipiente macizo que los enanos llaman de Tuh’ Aasâk, que se encrespaba y elevaba en sus primeras estribaciones para convertirse, tierra adentro, en un reino de piedra, nieve y pastos exuberantes, cuna de los Tuhsêk, la estirpe de Allwënn. Sin embargo, bastó aquel simple anuncio en la voz templada de Rexor y comprobar las miradas cómplices de Gharin y Legión, aderezadas con sonrisas de una intensa emoción contenida, para hacer estallar el júbilo en el resto de los caminantes como si hubiesen encontrado las puertas que podrían llevarnos de vuelta a casa.
Aquel fortín abandonado había sido el depositario de las esperanzas y esfuerzos durante tanto tiempo que incluso quienes no se encontraban ligados a su recuerdo, como los Hermanos, el bravo Hiczo o Xixor se mostraron tan complacidos con su visión que tampoco escatimaron en demostrar su euforia, cada cual a su manera.
Para mis compañeros, el avistamiento de aquella silueta sobre las montañas significaba otro peldaño más en esa carrera interminable hacia ninguna parte. Era el final de un camino que con toda seguridad trazaría los inicios de un nuevo sendero. También era la puerta que abría la esperanza al reencuentro. Llegaban con cierto retraso, así que era plausible que, si todo había salido bien, Allwënn y Ariom les esperasen tras sus muros. De ser posible, en nuestra compañía.
Alcanzaban los pies del reino de los enanos mucho más hombres que cuando partieron de Diezcañadas. Mucho más curtidos, mucho más guerreros y mucho más adultos. Lo que no te mata te hace fuerte, reza el proverbio. Aquello podía aplicarse con toda justicia a todos nosotros, pero especialmente a Alex y Odín.
Durante el trayecto, Gharin se había comprometido con Rexor a disciplinar en el combate a mis compañeros. Debía enseñarles a no ver la espada como un ser extraño sino como una herramienta, un aliado que en ocasiones sería la vara que separaría la vida de la muerte. Debía enseñarles a matar, o tarde o temprano aquel mundo perverso les enseñaría a morir.
Gharin se tomó muy a pecho aquel encargo, aunque pronto los Hermanos comenzaron a matizar sus clases de elegante esgrima de Gladia con cuestiones más prácticas, como ellos decían. Aquella intrusión acabaría dando pie a que todos, muy a su modo, completaran las enseñanzas con sus particulares y en ocasiones diametrales concepciones de la lucha, asunto que exasperaba al hermoso elfo. Al tiempo, lo que entre todos fomentaron no fue el desconcierto en los noveles aprendices. Más bien, acabaron enriqueciéndose con los matices de aquella hueste de guerreros cuyas destrezas en tales lides, sobradamente demostradas en la arena, resultaban a todas luces incuestionables. Incluso la joven Forja se benefició de tan poco ortodoxas enseñanzas con las que perfeccionaría sus habilidades.
Aquellas lecciones y las nuevas destrezas adquiridas tuvieron un efecto inmediato. Mis compañeros ganaron en seguridad sobre sí mismos. Al tiempo, la barrera que les separaba de tan sorprendentes personajes se debilitaba. Poco a poco dejaron de ser aquellos humanos enclenques que había que ocultar y defender para comenzar a ser tratados como compañeros de campo. Casi sin ser conscientes de ello, se encontraron insertos en su modo de vida sin que aquello supusiese un trauma. Integrados en sus conversaciones y usos. Partícipes de sus bromas y puyas. También de sus honores y responsabilidades. Rexor parecía enormemente complacido con todo ello.
—Has hecho un buen trabajo con los muchachos, mi joven Gharin.
—Bueno, de haber tenido un poco más de tiempo y menos urgencia en el camino....
—No te atormentes, amigo mío. Has hecho un gran trabajo.
Rexor insistió en hacer un alto en el camino y no proseguir el ascenso hasta la fortaleza a la luz del día. Prefería aguardar a la noche y evitar internarse en el camino. La antigua ciudad de Tagar caía muy cerca. De hecho, desde las alturas, podían divisarse aun sus formidables murallas blancas y sobre ellas surgir como una corona de espinas la summa cavea del gran anfiteatro, la Arena, el ruedo de justas por definición después del Gran Coloso de la Ciudad Imperio, la otrora ilustre Inmortalia. Las tropas del Culto no solían merodear por las inmediaciones del reino de los enanos. Los Tuhsêkii eran un pueblo al que más valía no molestar y de mala gana habían aceptado alojar entre las secciones exteriores de la ciudad montaña una embajada negra y una pequeña dotación de soldados de Kallah. Incordiarlos con cualquier otra presencia non grata podría desatar hostilidades.
—No tengo la menor intención de poner en peligro a los posibles moradores del alcázar.
En aquella ocasión, ante aquellas palabras todos suponían que debía referirse a Ariom y Allwënn, quienes, de haberles sonreído la fortuna era posible que ya los aguardasen allí.
Sin embargo, todos cuantos así pensaban se equivocaron de pleno.
Después de interminables minutos aguardando una señal que invitase a pensar que alguien se encontraba ya dentro de la inquebrantable seguridad de aquel fortín, muchos comenzaron a preguntarse cómo pretendía Rexor entrar en aquel lugar si resultaban ellos los primeros en llegar desde su abandono. No obstante, el félido no parecía preocupado en absoluto.
De pronto, el pesado sonido de cadenas anunció con magnificencia que el portón estaba siendo elevado por manos invisibles. Todos los corazones parecieron detenerse ante la expectación. Luego, un crujir de goznes delataba que aquellas puertas se abrían después de años de silencio. Una voz, que bien habría podido ser la del propio edificio, contestó al félido desde la oscuridad de aquel umbral recién quebrantado.
—Estas puertas jamás se cerraron al Señor de las Runas, Guardián del Conocimiento. Y jamás lo harán. El Alcázar de los Héroes siempre estará abierto para vos, Poderoso. Y para quien camine contigo.
¡Aquella voz!
Rexor se volvió hacia la compañía, enmudecida de pronto por la sorpresa y casi sin capacidad de reacción. Pero de entre ellos había dos personajes que parecían no caber en su asombro. Rexor miró emocionado a Gharin y Robhyn. Estaba seguro que habían reconocido al dueño de aquella voz y sabía que ahora lidiaban con su recuerdo tratando de resucitar de entre los muertos a quien para ellos llevaba en su tumba desde hacía más de veinte años.
—¿Lo has encontrado? ¿A tu Advenido? —Rexor regaló a su interlocutor una de aquellas sonrisas afables. Parecía querer responderle con ella. —Habrá que celebrarlo.
El gigante félido se dejó caer en uno de los bancos de madera que acompañaban a una larga y descuidada mesa invadiéndole la nostalgia. Hacía muchos años, aquella vieja y desvencijada tabla de madera había sido testigo de muchos brindis por victorias pasadas. Había oído mil y una canciones y melodías. Y habría cantado a coro con aquellas gargantas gastadas de sus recuerdos de haber podido tener voz y voto. Esa vieja tablazón había escuchado tantas historias, tantos preludios de viejas hazañas, hoy consumadas, tantos secretos que de poder hablar contaría historias que quizá nadie creyese.
Rexor desnudó sus manos poderosas de los guantes de cuero que siempre las protegen y pasó su palma sobre la envejecida superficie de madera. Su tacto le devolvió la caricia rugosa de sus vetas en un gesto cómplice. Tras ello, dirigió su mano hacia el pelaje inmaculado de su fiel tigre quien buscó regazo bajo la tabla, abarcándola toda.
La bodega seguía exactamente igual que como la había dejado en sus recuerdos. Continuaba siendo aquella estancia desvestida y húmeda, tan solo arropada por el manto de roble de los muchos barriles en cuyo interior envejecía con ellos el noble caldo espumoso. Bebida de reyes y siervos con el que en tantas otras ocasiones habían regado sus celebraciones.
Su acompañante le dejó sentado para arrastrase hasta los estantes donde descansaban las jarras de barro que pronto abandonarían su manto de polvo para volver a alojar en sus panzas el reconfortante licor.
—Dejaron la bodega repleta de tesoros —dijo aquél al tiempo que limpiaba con sus ropas el interior de la pareja de jarras que pronto contendrían el espeso brebaje. —Esta Cerveza Roja lleva tanto tiempo dormitando en estas tripas de madera que con seguridad debe haberse convertido en esencia, Sangre de Mostal que dignificaría la mesa de cualquier Haram enano. Hasta ahora nunca he tenido motivos para subir aquí y abrir una barrica.
—Celebremos, pues, ahora que tenemos oportunidad y motivos —apremió con serenidad el félido. —Puede que mañana solo tengamos motivos para el duelo.
La anciana figura volvió a arrastrase hasta los barriles cuando creyó cumplidas las mínimas condiciones de limpieza en las amplias jarras.
—Los muchachos parecían haber visto a un fantasma —bromeó acercando el primero de los recipientes a la boca del barril.
—¿Y te sorprende, Forjadorada? Que no te quepa duda de que esta noche es exactamente eso lo que han visto.
—¿Lem? Maldito puerco endurecido ¿Eres tú, realmente? ¡¡Lem Forjadorada!! ¡Por los Dioses Inmortales! ¡¡Estás vivo!! Te hacíamos criadero de gusanos desde hacía una buena temporada. —Los enormes y robustos brazos de Legión abarcaron en un abrazo sobrecogedor el amplio torso de aquella figura errática que les aguardaba sobre las escalinatas acompañado de varios hombres armados con ballesta. El emocionado abrazo de Gharin tampoco se hizo esperar. Tras ellos, el resto de la concurrencia apenas acababa de asimilar bien lo que ocurría. Legión robó de alguna mano desprevenida una antorcha y no pudo evitar dar lumbre a aquellos perfiles que en la oscuridad de la noche se difuminaban con malicia. Entonces, todo el mundo pudo apreciar el aspecto de aquél cuyo reencuentro había suscitado tanto delirio.
Era un hombre entrado en la ancianidad con el que la naturaleza se había empleado muy a fondo. Tenía una talla desmesurada a pesar de tan avanzada edad, capaz de rivalizar con la sobrecogedora estatura de aquel escarificado capitán de gladiadores. Su rostro, ahora consumido por el desgaste de los años había sido en un tiempo pasado de rasgos duros. Ahora su piel se descolgaba en pronunciadas arrugas. Una cabellera antaño espesa y roja se pegaba a su cráneo empobrecida y blanca, al igual que su frondosa barba que también había perdido el ígneo pigmento que ahora solo se intuía entre las blancas extensiones de ceniciento color. Seguía teniendo un porte robusto y ancho, muy menguado si había de compararse con lo que una vez fue. Se sostenía en tensión gracias a una muleta de madera y por la rigidez de su postura se advertía que aquél había perdido el brazo izquierdo y la pierna derecha, hoy sustituidos por apéndices de madera. Con todo seguía siendo un personaje lleno de carisma y fuerza que a juzgar por las carcajadas que su garganta era capaz de prorrumpir. Tampoco había menguado en aquella singular simpatía ruda y bronca que le caracterizaba.
—Lo lamento, Rexor. Sois los primeros en llegar —anunció el entumecido personaje al ofrecerle la jarra rebosante de aquella esencia de reyes. —Lo cierto es que no esperaba a nadie salvo a ti.
Rexor vació de un trago media jarra como si no hubiese bebido cerveza en años y quedó degustando el particular sabor especiado de la mezcla con delectación. Lem se dirigió a él de nuevo.
—Ignoraba que hubieses encontrado a los elfos.
—Ishmant encontró su rastro en un guiño de los Dioses y nos separamos antes de llegar a nuestro destino. Yo visité el campo de refugiados de Diva Gwydeneth y me reuní con el Shar’Akkôlom. Ellos habían hallado a uno de los humanos, un joven de corta edad que había aparecido en el río misteriosamente al borde de la muerte. Uní destino con Ariom y el chico. También con la joven medioelfa que lo encontró. Es la muchacha pelirroja que ahora viaja con nosotros. La llaman Forja—. Rexor se detuvo y enfiló con sus ojos rasgados el rostro maltratado de Lem. —En la aldea de Diezcañadas, en casa de Breddo Tomnail me reuní con el Venerable y los elfos. Ellos traían al resto de los humanos: Mi jovencito y una chica que llaman Claudia. Ninguno nos acompaña. También los dos humanos que conoces. Se hacen llamar Alexis y Odín—. Lem despegó su mirada del recipiente que alojaba su cerveza.
—¿Cuál de ellos es el alto?
—Odín—. Lem pareció agraciarse con aquella respuesta.
—¿Qué tal le va la vida de casado al viejo Breddo? —El herrero quiso cambiar a un tema más amable. Rexor agachó la cabeza, apesadumbrado.
—Mal, por nuestra culpa —confesó el félido. —Nuestra presencia alertó a la Sombra. La aldea sufrió un ataque del Culto mientras aun estábamos allí. Apenas un grupo de hostigamiento. Salvamos el poblado pero las pérdidas fueron cuantiosas. La mujer de Breddo, Fabba, recibió severas heridas. El chico y la joven humana cayeron en poder del Yugo. Eso obligó a separarnos de nuevo. El Venerable aguardó en la aldea a la espera de estabilizar la situación. No hemos sabido de él desde entonces, pero espero que no tarde en llegar. Perderle significaría una derrota prematura. Allwënn y el Shar’ emprendieron la persecución de los captores. Nos citamos aquí en cien lunas que ya se han cumplido. No me atrevo a hacer predicciones.
—Pero aseguras que encontraste lo que ibas buscando, Poderoso.
—Por el empeño que nuestros enemigos han puesto en arrebatárnoslo, me atrevo a decir que estamos muy cerca. Tengo la esperanza de que alguno de estos humanos pudiera ser el Séptimo de Misal, el Advenido de los Dioses del que habla la vieja letanía—. Lem tragó saliva al escuchar aquello y dejó su jarra sobre la mesa.
—¿Estas seguro de lo que dices, Rexor?
—Enviaron a los hijos de Neffando a por ellos—. Entonces hubo un silencio sepulcral e incluso la extraordinaria cerveza pareció amargar demasiado sobre los labios. —No puede ser por otro motivo.
—Camaradas— diría a pleno pulmón aun emocionado por el reencuentro el veterano gladiador dirigiéndose a sus hombres y centrando la atención. —Este hombre es Lem Forjadorada. El mejor artesano del hierro de todos los tiempos. Si alguno de vosotros lograse vivir seiscientos años, quizá al final de su vida tendría una hoja de méritos que pudiera acercarse a la de este hombre en la Arena. Nadie, y digo bien, nadie logró nunca ponerle la espalda contra el suelo en una justa.
—Por los dioses, pequeño Robban[2], vas a sacarme los colores —le reprendió aquél codeándole en el costado. —Y si eso ocurre te arrancaré las piernas con mi mano buena —carcajeó. —No le toques las narices a este anciano o puede que aun compruebes que a pesar de manco y cojo puede darte aun algunos azotes.
Aquellos que le conocían rompieron a reír. Los que no, apenas si pudieron sonreírse ante semejante desafío. Nadie había hablado en aquel tono jamás al poderoso Legión. Debían de estar sin duda ante una persona muy querida y cercana.
—Dejemos de lamernos el trasero y entrad en el Alcázar, muchachos. Bienvenidos a casa.
Junto al robusto anciano había media docena de hombres. Algunos no eran más que adolescentes armados con juguetes de guerra. Guerreros curtidos como los que allí se habían dado cita podían vislumbrar sin mucha dificultad que trataban de mantenerse erguidos y en compostura frente aquella hueste veterana y bizarra.
—Merkus, Soder, pequeño Ruffer; muchachos —nombró a los tres más cercanos. —Este ser que os contempla desde las alturas como si calzara las nubes es Rexor, el mismísimo Señor de la Runas—. El leónida miró con cierta sorna cargada de complicidad al vetusto herrero e inclinó su poderosa testa de león a los jóvenes bisoños que le acompañaban. Eran humanos sanos, refugiados, probablemente hijos de Tagar, hijos de la Guerra. Estaban tan impresionados en compañía de tales personajes que de haber querido espantarlos hubiese bastado alzar las manos y soltar un bufido. —Maestro de todos los Sabios. Su presencia dignificaría a cualquier viejo monarca, así que deleitaros en este momento porque dudo que tengáis nada más importante que contarle a vuestros nietos en toda vuestra vida.
—Gharin, Robban —continuó con las presentaciones. —Estos son algunos de los hombres que hoy defienden el Alcázar. Son jóvenes e inexpertos, pero tienen agallas. Han crecido a la sombra de vuestra leyenda. Muchachos —se dirigió de nuevo a sus chicos. —Saludad a estos hombres. Ellos son los dueños de todo cuanto os rodea y quienes en secreto os han permitido la existencia.
—¿Y el pequeño Robban? —preguntó el herrero, después de vaciar un nuevo trago, con su voz cascada por los años. —¿En qué negocios estaba metido ese pendenciero para acabar de nuevo a tu sombra?
—Ya no tiene nada de Pequeño, mi buen amigo —le corrigió Rexor con media sonrisa en los labios. —La sangre corre en sus venas desde hace más de medio siglo y se hace llamar La Legión—. Lem pareció refunfuñar entre dientes con un temperamento más propio de enanos.
—Estos jóvenes... no quieras que te diga la edad que yo tengo, y ¡Mírame, Señor de las Runas! Con una mano de menos y una pierna de palo aun podría enseñarle lo que es un guerrero de verdad. Cuando ese mocoso llegue a mis años y aun tenga fuerzas para sostenerse en pie, hablaremos. ¿Y qué demonios es eso de Legión?
—Parece ser que se sometió al tormento de los guerreros-sombra —dijo Rexor apurando su jarra.
—¿Hambre, Rexor? —le preguntó el anfitrión. Rexor rechazó la invitación con un gesto.
—¿Otra copa?—. A eso no pudo decir que no.
—Los Tsu'Nnamku son una tribu del Nhamibia interior que realizan prácticas ancestrales como rituales de madurez. Los Guerreros Sombra son su élite de guerra —comentaba mientras el herrero se levantaba a escanciar más cerveza. —La escarificación es solo uno de los pasos.
—¿Por eso tiene esas cicatrices por todo el cuerpo? —Le preguntó deteniéndose y volviendo la vista hacia el leónida.
—Así es. Robbahym deambuló por esas selvas perdidas buscándose a sí mismo tras la muerte de Äriel y encontró a los Tsu'Nnamku. Decidió probarse a sí mismo. Practicó sus ritos. Llegó a iniciarse con ellos y alcanzada la hora se sometió al tormento. Le practicaron cortes rituales por todo el cuerpo y lo bañaron en agua salada durante horas. Cuando las heridas cicatrizan por efecto de la sal volvían a ser abiertas hasta que el guerrero se encuentra a las puertas de la muerte por el dolor. La mayor parte de los candidatos no aguantan el suplicio. Abandonan o mueren en el intento. Para quien sobrevive, las marcas son escarificadas en un nuevo doloroso proceso y posteriormente tatuadas con los nombres fetiche de otros Guerreros-Sombra caídos en combate. Cada uno de esos nombres tatuados tiene el espíritu de un guerrero ligado a su piel. Es magia fetiche muy poderosa. Los Tsu'Nnamku dicen que cuando uno de los Guerreros Sombra se presenta a la batalla, combaten con él todos sus espíritus aliados. Por eso un Guerrero Sombra no es un único combatiente, sino toda una legión... de ahí su sobrenombre.
Lem quedó como petrificado escuchando aquella historia. Su rostro se truncaba en una mueca de desagrado.
—Menuda barbaridad —dijo al fin resoplando, y volvió a dirigirse hacia las barricas de cerveza— ¿Y has llegado hasta el Nhamibia para buscarle?
—No —respondió el félido con cierto espanto. —Le encontré mucho más cerca: en el Foso de Dumhan. Capitaneaba una banda de gladiadores. Le encontramos por misericordia de los Dioses.
—Los hombres que le acompañan, supongo —dedujo el herrero.
—Son la mayoría. Había otros. Entre ellos, el Crestado—. Lem torció el gesto y escupió a un lado cuando le mencionaron el apodo de Urias.
—¿Y a cuál de sus muchos padres vendió esta vez ese puerco de MacBirras para procurarse un lugar en el mundo? ¿Por qué no te acompaña? La empresa que acometes es tan descabellada que no hubieses rechazado ayuda ninguna, aunque ésta viniese de ese desleal y ambicioso perro a sueldo—. Lem, que regresaba de nuevo con las bocas de barro rebosantes de espuma, las dejó sobre la mesa de un soberano golpe.
—No te equivocas, amigo. No hubiese rechazado su ayuda... pero no la ofreció.
—Ese perro siempre pendiente de su ombligo—. Rexor aceptó la nueva copa y bebió de nuevo, esta vez con más pausa.
—Armamos un buen jaleo en el Foso y tuvimos que recurrir a las piernas para salir de aquella ratonera. Urias prefirió no acompañarnos y con él algunos de los hombres de Robbahym.
—¿Sabes qué te digo? Que los cobardes y los indecisos sellan pronto su destino, Poderoso. Bien merecido lo tendrán si acaban sus días con una estaca metida en el trasero. Brindo por los nuevos. Por esos camaradas de Legión o como infiernos quiera llamarse ahora el condenado chico—. Rexor secundó el brindis levantando su jarra.
—Merkus ¿Qué demonios estás haciendo?
—Les... requiso las armas, maestro —balbuceó el joven apurado.
Xixor tenía los brazos extendidos hacia arriba un tanto perplejo pero sin oponerse a que aquel neófito guerrero, que parecía recién destetado, le hurgase libremente en el cinto y le despojase de su abundante hierro. Estaba tan sobrepasado por aquel recibimiento que apenas tenía conciencia de qué ocurría más allá del emocionado reencuentro de su capitán con el anciano tullido de tan renombrado currículum.
—¿Qué clase de educación te he dado, mocoso? —le reprimió con dureza dándole un sonado coscorrón. —Las armas de estos hombres no son ninguna amenaza para nosotros. Y, desde luego, tú no representas ninguna amenaza para ellos, armados o desarmados. Así que devuelve esas cosas a su dueño—. El chico obedeció de inmediato agachando la mirada como un cachorro que ha cometido una travesura y solicitando el perdón mientras se frotaba dolorido la nuca. El musculoso saurio recibió aun sorprendido lo que era suyo y no dio más importancia al asunto.
—Disculpad el incidente. Sois más que bienvenidos a este lugar —reiteró el anciano. —Y ahora entrad. Debéis estar cansados.
Con un grandilocuente gesto, Lem Forjadorada invitó a todos los presentes a cruzar el portón e internarse en el recinto al tiempo que devolvía una mirada de reprobación a su pupilo.
Las impenetrables murallas de piedra fajaban un amplio patio donde la mayoría de los edificios estaban necesitados de una buena restauración cuando no se encontraban irremisiblemente perdidos.
—Después de un largo asedio decidimos abandonar la defensa y desaparecer —comentaba Lem a los visitantes trazando un arco que abarcaba toda la explanada. —Dejar de dar signos de vida e instalarnos en los subterráneos. La estrategia consistía en que las tropas del Culto pensaran que habíamos defendido la plaza hasta el último hombre. Invitarles a entrar, rapiñar lo que les interesara y abandonar este lugar con un mal sabor de boca. Lo cierto es que funcionó exactamente así. Después de gastar más de la mitad de sus efectivos en doblegar estos muros, quemaron lo que pudieron y se llevaron muy poca cosa, porque decían que este lugar estaba maldito. Que habían sido los muros y los fantasmas quienes habían repelido su ataque. Esa fama les ha mantenido fuera de aquí durante estos años, a pesar del enorme valor estratégico de este alcázar.
—Supongo que estar a las mismas puertas del Ghar’al‘Aasâk hizo el resto —comentó uno de los Hermanos paseando su vista por las ruinas y despojos.
Todo estaba en su sitio, no obstante. Con mejor o peor aspecto, seguían en pie la mayoría de los edificios. La forja de Lem, en una de las esquinas. Lo que antaño fue la hospedería y las caballerizas adosadas al flanco derecho de las murallas. Y frente a ellas los aposentos de la guardia: espléndidos ejemplares de Toros de Berserk, media docena que bastaba y sobraba para imponer el orden con su mera presencia en un lugar que daba cobijo a lo más variopinto de la profesión.
—¿Qué fue de ellos? —quiso saber Gharin. Lem no tardó en responderle.
—Se quedaron aquí hasta el final. Eran guerreros leales. Tres de ellos están enterrados bajo la arena del anfiteatro: el Rabioso Hirrsuk, Garnnon CuernoSangrante y Yul, de los Pozos de Z’oram. El resto sobrevivió al asedio y regresaron a las montañas cuando empezaron a escucharse rumores de que los Toros buscaban un estandarte y que los D’akoram pensaban unir las tribus. Dicen que nuestro Olem encabezaba la marcha.
Casi por inercia todos los ojos se fueron entonces hasta el pequeño anfiteatro que presidía el centro del recinto. Apenas si resultaba una exigua arena de entrenamiento para aquellos que habían pisado los más afamados recintos de lucha por todo el viejo imperio, pero sin duda resultaba una de las piezas que destacaban de aquella singular hospedería. Por descontado, era la zona de aquel recinto más utilizada antaño. Karla recordaba aquella modesta arena y la soberbia guardia de minotauros por encima de cualquier otro recuerdo. Tanto así ocurriría con los cientos de visitantes que gozaron de aquel recinto los años que estuvo en funcionamiento. Aquella arena, amén de la forja de Lem, afamada en todo el continente, eran dos de los mejores reclamos de aquel negocio, que, a juzgar por las ruinas del extraordinario palacio que se vislumbraba tras la muralla interior que lo separaban del resto del alcázar, generó en su momento no pocos beneficios.
—El negocio era boyante. Hicimos mucho oro —comentaba casi en petit comitè el rubio Gharin solo para los oídos humanos y la joven Forja, ya habitualmente cerca de Odín. —Entre los habituales botines, gratificaciones de nuestros mecenas y el constante flujo de plata que reportaba el negocio, las arcas pronto se llenaron con auténticas fortunas—. Lem atisbó los comentarios del medioelfo y añadió algún matiz.
—Estos pendencieros acumularon una fortuna indecente, hijos. Podrían haberse retirado y vivir como aristócratas. Tenían tanto dinero que podrían haber comprado un pequeño reino, si cabe. Fue una suerte que no decidieran hacerlo porque lo que queda de la población de Tagar ha vivido de los sobornos y compras que esa fortuna ha permitido—. Lem lanzó una sonrisa de complacencia al elfo de rizados cabellos. —Habéis alimentado una ciudad durante veinte años y les habéis evitado el triste destino de otras. Si los hombres y mujeres supervivientes del holocausto en Tagar aun respira se lo debe a vuestro oro. Esta ciudad siempre estará en deuda con vosotros y con vuestra memoria.
—Es una alegría saberlo —manifestó el arquero. —Pensamos que tras el saqueo, estaría todo en manos del Culto. Creíamos que nada quedaba aquí salvo los recuerdos.
Conforme avanzaban, los pasos se encaminaban de manera evidente hacia el edificio más peculiar y relevante de todo aquel escenario. Una torre de planta circular que ascendía interminables docenas de metros por encima de las dentadas almenas de las murallas. Ocupaba un lugar de privilegio en aquel recinto y podría haber sido considerada perfectamente la torre del homenaje de aquel complejo, si no fuese porque era mucho más antiguo que todos los demás edificios.
—Éste fue nuestro verdadero hogar —suspiró Legión en un súbito arrebato de nostalgia. Todas las miradas ascendieron hacia el cielo ensombrecido de la noche donde las alturas de aquel monstruo de piedra se difuminaban y mezclaban con las estrellas. —Hicimos construir el palacete en un estúpido arrebato de ostentación. Pero, ya lo veis, está tan vacío que ni los orcos se molestaron en saquearlo.
—Este lugar no parece tener daños —hizo un elocuente comentario el toro— ¿Cómo es que se salvó de la quema? —Legión le devolvió una mirada llena de significado donde podía intuirse una sonrisa. «Pronto lo descubrirás» parecía querer decir con ella.
—Un viejo bastión que ocupamos y reformamos en esta tierra de nadie entre la marca de Tagar y el reino de los Tuhsêkii —añadió Gharin, que por primera vez parecía hablar con voz quebrada. —Ahí depositamos todo lo que merecía la pena de nuestras vidas. También todos nuestros recuerdos.
—Y ahí siguen estando... —confesó Lem con mucha autoridad.
—La puerta está abierta, Poderoso. Haz los honores.
Nadie lo sabía aun pero estaban a punto de conocer la respuesta a las intrigas de Hiczo con respecto a la seguridad de aquella torre. Ya se habían percatado que sobre la madera de aquel recio portón de labrados goznes y remachada estructura alguien había parecido oradar una advertencia a punta de cuchillo. Estaba en Lengua Común e incluso mis amigos podían leerlo ahora en sus genuinos caracteres. Venía a decir algo así como: «Aquel que ose penetrar en este recinto sin permiso recibirá una muerte dolorosa; la muerte que corresponde a un ladrón». Bajo las letras había también un símbolo, arrancado a cuchillo como el resto de la inscripción. Solo uno de los presentes, segundos antes de que la mano gigante de Rexor empujase la madera, advirtió que aquello era un glifo mágico de protección.
Apenas los guantes del félido rozaron el cuerpo del portón toda la comitiva se echó hacia atrás ante una inesperada aparición. Ante sus ojos y atravesando la madera se dibujó frente a ellos una silueta espectral. Un horrible torso translúcido se asomaba, así habitase entre los nervios muertos de aquel trozo de madera y la presencia de los intrusos hubiese alterado su letargo. Parecía vestir jirones de un sudario y su rostro descarnado alojaba unos orbes blancos y fríos con los que congeló la sangre a los presentes. Sus labios ausentes dejaban a la vista unos dientes podridos y afilados con los que parecía sonreír malévolamente... Sin embargo, se limitó a mirar a toda la concurrencia y desaparecer de nuevo confinado en la madera.
—Un espectro del dolor —confesó Legión.
—Posee a cualquiera que toque la puerta y le mata de dolor —añadió Gharin. —Un guardián eficiente... y barato. Idea de Allwënn, creo —bromeó.
—¿Por qué... por qué no ha atacado a Rexor? —Fue Alex quien lo preguntó, pero era una incógnita que estaba en la mente de todos. Gharin fue el primero en contestar. Deslizando su camisa dejó al descubierto su lampiño pecho por donde podía verse un símbolo que le tatuaba la piel, señalándolo con el índice respondió.
—Protección contra espectros del dolor. En toda frontera existe un salvoconducto.
Legión se apresuró a mostrar en qué lugar de su piel se encontraba el hechizo protector. Supusieron pronto que aquel dibujo podía encontrase en todos aquellos que una vez llamaron a aquella siniestra torre su hogar.
—Entremos, no hay peligro ya —anunció Rexor—. Pero guardad cuidado con esa puerta. No os aconsejaría acercaros demasiado—. Lo cierto es que todos los que entraron se cuidaron de alejarse de ella, así su mera presencia escociese.
—Debo revelarte algo, Rexor. Y creo que es de suma importancia—. La expresión de Lem había mutado por completo. Su rostro delataba preocupación y se encontraba algo tenso. Rexor no dudó en darle la palabra.
—Habla, amigo mío. ¿Qué es eso que te perturba tanto? —Lem propinó un generoso y abundante trago a su cerveza. Como si su especiado sabor fuera a darle un poco del ánimo que necesitaba para confesarse con el Señor de las Runas. Respiró hondo y se decidió a hablar.
—Tuve una visión, Poderoso. Al principio pensé que se trataba de una mala pasada del cansancio y mis achaques... que a esta edad no son pocos—. Lem volvió a respirar. Convirtiendo aquella inhalación en un suspiro. —Pero me temo que por su naturaleza no tengo dudas.
Rexor se mesaba el mentón en ese característico gesto suyo, habitual de cuando se preocupaba por algo y debatía en su interior.
—¿Qué clase de visión?
—Tuve una visita, Rexor... de los Jerivha.
—Eso es una buena señal—. Lem torció el gesto en una lenta negativa.
—De los Jerivha... muertos. Me visitó un fantasma. Un joven que cayó bajo mi mando hace mucho tiempo.
—¿Tuviste la visita de un antiguo compañero difunto? —Inquirió arrugando la frente el atento félido.
—Sé lo que estas pensando, Rexor…—se anticipó el anciano—. Que esta vieja cabeza mía imagina cosas... y te daría yo mismo la razón de no ser por lo que me dijo—. Rexor le animó a continuar con un elocuente gesto. —Verás, amigo... los Jerivha nos estamos extinguiendo como la lumbre de una vela sin cera. Yo soy el último de la estirpe de Fittefürg. Conmigo se acabará la línea de sangre que nos liga al antecesor. Siempre ha habido un Fittefürg, un Forjadorada, custodio del Martillo y la Lanza. Esa es la Herencia de los Jerivha... y debe tener un heredero. El Heredero cohesiona al grupo y es el guardián de las armas. No me resta mucho tiempo de vida, supongo. La Naturaleza será implacable conmigo. Ante esa evidencia, Valior vino a hablarme del Heredero.
—¿Quién es Valior? —preguntó Rexor, aunque pronto supuso la respuesta y le dejó continuar.
—Me dijo que el Heredero venía hacia mí. Pero eso no es posible. Tú sabes que eso no es posible, Rexor. Lo sabes tan bien como yo lo sé—. Rexor cayó en un prolongado silencio. Cerró los ojos y al final acabó admitiendo con una afirmación las palabras de Lem. —Me dijo que debía reconocer al Heredero y entregarle la custodia de las sagradas reliquias. Me dijo que la herencia no puede perderse. Que los Jerivha serían convocados de nuevo—. Lem necesitó una nueva pausa para aclarar su garganta.
—Los Jerivha faltamos a nuestra promesa. No reaccionamos a tiempo ante el despertar de los Innombrables y cuando sus vástagos fueron legión nos retiramos, igual que el resto de los humanos. Esperamos momentos más propicios. Sin contar, claro, que muchos de nuestros hermanos y lugares santos cayeron en las purgas del Culto. Creo que nuestros antepasados se revolvieron en sus tumbas ante nuestra desidia y han despertado. Ante la amenaza de la extinción total de la Orden, me mandan un mensajero y me obligan a buscar a un sustituto, aunque no sea parte de la sangre del Hacedor. Todo con tal de la resurrección de nuestros votos. Si debemos consumirnos, que no sea escondidos igual que las ratas, sino combatiendo a las sombras pues para ese propósito y no otro fuimos creados. Ahora que los hijos del Descarnado pululan de nuevo por la tierra, aliados con esa perra divina y sus huestes de nigromantes, tiene más sentido que nunca nuestra resurrección.
Rexor quedó pensativo durante un buen rato, mesándose el mentón y atenazando al viejo herrero con su mirada partida.
—Lo que dices tiene mucho sentido. No creo que lo imaginases. ¿Qué te atemoriza?
—Me dijeron que el Heredero había emprendido la marcha hacia mí y que llegaría en breve—. De nuevo regresó el silencio y con él un intenso cruce de miradas. —Solo tú y los tuyos habéis venido hasta mí.... y no espero a nadie más. El Heredero debe viajar contigo.
—¿Qué te hace pensar eso, viejo amigo? Ishmant debería venir en camino también y con él aun esperamos a Allwënn y al ‘Shar… quizá venga con ellos. Quizá aun no haya llegado.
—Soy un Jerivha. Mi ancestro partió en dos el corazón de Maldoroth con la lanza que guardo en esta misma torre. Lo sé, Rexor. No me preguntes cómo.... puedo olerlo. Está aquí.
—Si eso crees... ¿Qué te impide reconocerlo?
—No puede ser hijo mío... perdí esa suerte hace mucho tiempo y no soy hombre que le guste avivar viejas tragedias. Los ancestros quieren, pues, que elija un nuevo sucesor. Por eso no puedo errar en mi elección. Debo de estar seguro... completamente seguro. Tú no puedes ser el Heredero. Tampoco Gharin o el pequeño Robban, por mucho que esos tatuajes que ahora le decoran le hayan cambiado. Entonces...
—¿Entonces qué?
—Solo me restan los humanos. Esos humanos que traes contigo y la hueste que acompaña a Robban. No creo que el próximo Heredero se encuentre entre esos hombres de armas. Parecen leales y hombres de palabra, pero dudo que posean los atributos necesarios para soportar la carga de la Herencia. Así que solo me restan tus humanos.
—No puedo ayudarte en esta tarea. Solo te concierne a ti.
—Lo sé, mi sabio amigo. Pero he pensado en una cosa. Estuve meditando aquello que Ishmant y tú me contasteis sobre el Advenido de los Dioses que ibais a buscar. ¿Y si tu Enviado Divino, si tu Mesías y mi Heredero son la misma persona? Tendría sentido.
—Lo tendría —dijo Rexor después de un segundo para la reflexión. —Pero ni siquiera estoy seguro aun de que le hayamos encontrado o si solo custodiamos una quimera —añadió con cierto tono de decepción.
—Ese… Odín es un calco de cualquiera de los hermanos. Quizá tú no sepas qué aspecto tiene ese Séptimo de Misal, pero yo sé perfectamente qué aspecto tiene un Jerivha.
—Te prevengo de las apariencias, Lem Forjadorada, esa es una lección que aprendí hace tiempo.
—Pero yo no dispongo de mucho tiempo. No, a estas alturas de mi vida. Debo confirmar si él es el Heredero que mi Orden espera. Si es él... responderá.
—Estas son las habitaciones —ilustraba Lem a los nuevos invitados que desconocían la disposición de aquella torre. Después de ascender varios niveles, la distribución de las estancias hacía pensar que se trataban de los aposentos privados. Los jóvenes que acompañaban al anciano herrero miraban estupefactos la atención dispensada a aquellos extraños y apenas cabían de emoción al encontrarse ante algunos de los dueños de aquellas pertenencias, que durante toda su vida habían sido como fetiches para ellos, inalcanzables y poderosos.
—Magnífico —exclamó el nervudo Rhash’a frotándose las manos. —Dormiremos en lecho limpio y blando por una noche.
—Y en cuartos separados —apostilló uno de los hermanos. —Lejos de los ronquidos de Hiczo y de tu pelambre, Rhash’a.
Legión quedó por un instante quieto y mudo en el rellano que distribuía las salas. Tenía un nudo en la garganta.
—Pensé que jamás volvería a pisar este lugar. Solo estar aquí me hace brotar demasiados recuerdos—. Gharin posó su brazo sobre la dilatada espalda del gladiador.
—Tienes toda la razón... demasiados buenos momentos tras estos muros. Parece como si bajo este techo el mundo no hubiese cambiado. No sabes lo que daría por que el viejo Allwënn estuviese aquí.
Lem se dirigió hacia la tatuada elfa y le señaló una de las puertas.
—Esa habitación perteneció a una mujer —le dijo. —Supongo que no le molestará que otra la use por esta noche.
Legión buscó la mirada de su compañera y le invitó con un gesto a entrar y acomodarse. Ella aceptó y se despidió de los presentes recogiendo sus pertrechos.
—Maestro —le dijo a Lem antes de abandonar la escena—. Ha sido un placer conocerle.
—Muy simpática esa chica, lástima que hable tan poco —confesaría el anciano una vez que la mujer penetró en la habitación. —y muy guapa si no fuese por… —y acabó con un gesto evidente que hacía referencia a su falta de pelo y a los tatuajes que le cubrían la cara. No pretendía ser gracioso pero acabó arrancando las sonrisas de la mayoría.
—Los chicos se quedarán aquí —decidió Gharin. —Daremos a Odín la habitación de Allwënn. Seguro que él hubiese querido que tú la ocupases.
—Me parece bien. Robbahym. Supongo que tú también te quedas —añadió el félido.
—Ardo en deseos de regresar a mi cama, Poderoso.
—Al resto le toca seguir subiendo escaleras —apremió el herrero.
—¡No, por las barbas! —se quejó otro de los enanos. —Más escaleras. Quien decidió poner tantos pisos a esta maldita torre no pensó en los enanos ¿Me equivoco?
—¿No has oído, viejo cascarrabias? Esta torre era enana. Te quejas de puro vicio.
Odín abrió la puerta de la que habría de ser su habitación, emocionado de saber que ocuparía el Sancta Sanctorum de aquel medioenano difícil de olvidar. Pero lo cierto es que no estaba preparado para lo que iba a encontrarse en su interior. La visión de aquella enorme habitación le dejó congelado en el umbral. Gharin tardó poco en acercarse. Él sabía perfectamente qué petrificaba al gigante.
—¿Sorprendido? Allwënn las coleccionaba —le susurró muy cerca del oído. A Gharin le llenaba de nostalgia contemplar semejante espectáculo. Le traía de vuelta toda la esencia de su compañero en la distancia. Hacía carne muchos viejos recuerdos. Legión tampoco se privó de volverse hacia la pareja y acercarse a ellos para echar un vistazo. Al igual que a su rubio amigo, había muchos recuerdos entre las pareces de la habitación del ausente compañero como para resistirse a ello. Tampoco Alex tardó en atisbar entre aquella tríada y no pudo reprimir una exclamación de asombro al ver la estancia. Estaba claro que debía pertenecer al furioso mestizo. Delataba mucho de su personalidad.
—Son trofeos. Una por cada enemigo abatido. Solo las mejores piezas. Solo después de un merecido duelo. Todas merecieron hacer sangrar a Allwënn y todas han probado la sangre a sus manos... al menos una vez.
La estancia tenía generosas dimensiones como todos los aposentos de la torre. Escaso mobiliario, de una austeridad espartana. Apenas una cama, un arcón y un par de estantes llenos de libros a modo de bibliotecas. Pero sus paredes se cuajaban de armas. Las había por docenas. Tantas que los muros perecían revestidos de acero y no dejaban ver la piedra que les daba cuerpo. La mayoría eran espadas: de todos los tamaños, de todas las formas posibles, pero también había lanzas, mazas, hachas, martillos: un auténtico arsenal. En pié, observándoles desde sus armazones, cuatro soberbias armaduras parecían desafiarles desde los huecos vacíos de sus yelmos. En silencio, aquella estancia susurraba con voz inaudible y hablaba de viejas batallas libradas, de duros lances y adversarios vencidos. Una gloria pasada que resucitaba ante los presentes con todo su poder.
—Hoy dormirás indemne, amigo Odín. Te doy mi palabra.
Para Gharin y Robbahymn, volver a sus antiguos aposentos suponía como regresar atrás en el tiempo. No habían pisado aquellas cámaras en veinte años que parecían reducirse a escombros y ceniza en aquel mismo momento. Solo resultaba apariencia. Ambos eran conscientes de que eran otros hombres los que regresaban a aquel agujero temporal que era su vieja morada. De sus vidas pasadas tan solo restaban aquellas piedras en pie y la cantidad de pertenencias que se alojaban entre sus cuatro paredes. Flotaba un olor denso en el aire... el olor del tiempo estancado. Aun así, por el buen estado de conservación de todos los enseres supusieron que probablemente Lem había dedicado tiempo a su mantenimiento y cuidado. Todos conservaban allí extraordinarias piezas de armamento y defensa. Quizá no en el grado y número que las que podían encontrase en la habitación del medioenano, pero igualmente delatoras de un pasado. También libros, útiles y ropa. Legión alcanzó el atril de sus viejas hachas de batalla. No tenía un gran número pero resultaban piezas de extraordinaria dimensión y peso. Las rozó todas con sus manos desnudas y aquel tacto, aun afilado, le devolvió recuerdos que casi se habían perdido. Se detuvo frente de la que, sin duda, resultaba la más extraordinaria de todas. Una descomunal hacha de guerra de los Toros de Berserk. Había pertenecido a un duro adversario del pasado que estuvo a punto de enviarlo de vuelta a la madre tierra. Debido a las extraordinarias dimensiones de las armas de los minotauros, incluso para un personaje de la talla y capacidades físicas de Legión, sus compañeros decidieron recortar su pomo y pedir al viejo Lem que le aliviase algo de peso en la hoja, grabándole algunas delicadas acanaladuras y que contrapesase el astil con un regatón. Desde entonces aquella arma pasó a ser la favorita del viejo gladiador. Era como reencontrarse con un viejo amor de la adolescencia lo que experimentaba al volver a cargar su peso y destripar al aire en dos poderosos lances. Algo similar le ocurriría a Gharin al regresar a su selecta colección de arcos élficos, a cual más elegante y efectivo. Cada una de aquellas nobles maderas curvadas poseía una historia que contar, de fidelidad, aventura y pasado pendenciero.
Sus almas se llenaron de recuerdos apenas olvidados y con el pecho henchido regresaron a los arcones y armarios, a buscar sus viejas ropas, pensando que serían nidos de polillas y otros insectos para descubrir que estaban en perfecto estado, suaves e incluso bien almidonadas. Sonrieron ante el cuidado y devoción que Lem había dispuesto con aquellos retazos de su vida sin saber si algún día sus dueños regresarían al hogar y reivindicarían lo que era suyo.
—¿Qué vas a hacer ahora, Poderoso? Este no puede ser el fin de tu camino.
Rexor elevó la mirada hacia el rostro envejecido y marchito del antaño robusto y orgulloso herrero. Aquel personaje le conocía bien. Quizá adoleciese de cierta noble simpleza. Pero sin duda, a estas alturas era difícil ocultar ninguna verdad a aquel decano de los guerreros.
—De momento, solo me resta esperar. Este Alcázar siempre ha sido el primer y el último capítulo de todas las suertes libradas. Invocaré a los espíritus que lo custodian para que me den fuerzas y algo de luz para el tortuoso camino que hemos de recorrer.
—¿Eso es todo? ¿Esperar? —El veterano herrero parecía defraudado.
—Nuestras fuerzas son escasas y están dispersas, Forjadorada. Esperaré al Venerable; también al Shar’Akkôlom y a Allwënn. Si están vivos regresarán al Alcázar. Mi intención inmediata es recomponer el viejo Círculo de Espadas.
—Muchos de nosotros somos viejos, Rexor, sino ancianos que apenas podemos sostenernos en pie. El Círculo ha envejecido, Poderoso. Ya no es el que era, sin contar con los que se marcharon para siempre.
—Entonces reciclaré a aquellos que aun puedan luchar y rellenaré las vacantes con sabia nueva.
—¿Quiénes? ¿La hueste de Robban? Son perros de Guerra, Poderoso... hombres sin piedad, Carne de la Arena.
—¿Acaso eran quienes ahora ostentan el título de defensores eran mejores que ellos cuando yo los reuní? Artesanos, ladrones, buscavidas... huérfanos, proscritos, mestizos, impuros. No mi querido Lem. Se diferenciaban bien poco de ellos. También eran los residuos de una sociedad y la mayoría vivía en sus hendiduras y pliegues. La diferencia es que yo les di una razón y confié en su capacidad para asumir altas responsabilidades. Como una vez hice con otros antes que con ellos y con otros aun antes que esos. Diez vidas de hombres llevo librando el mismo destino y siempre he recibido la misma respuesta. Los prohombres, la sangre privilegiada considera la confianza como una distinción obvia de su rango. La mayor parte de las ocasiones no se hacen merecedores de ella porque la consideran consustancial a su posición en la sociedad. Es una cuestión de honor y a veces la traicionan. Pero aquellos para los que el voto de confianza es un regalo, lo asumen con tanta dedicación, que, antes que perderlo, perderán la vida. Dale honor a quien nunca lo tuvo y nunca lo tendría de otra forma y lo defenderá con más valor que su propia existencia. Créeme, viejo lobo, ya son demasiados años de experiencia—. Lem quedó clavado en su asiento. Se sentía reprendido como un muchacho torpe. Entonces trató de mirar hacia delante.
—Está bien, Rexor. Supongamos que tienes razón. Renuevas el Círculo… ¿y luego? Una cosa es reunir a un grupo de viejas espadas y otro muy distinto enfrentarse al poder que usurpa Belhedor y salir indemne.
—Nadie augura salir indemne de este lance. Espero muchas pérdidas. Por eso necesito a los mejores guerreros.
—¿Y tú pretendes aguardar aquí, entonces?
—Aun me resta mucho por saber. Necesito tiempo. Si tuviera acceso a las fuentes originales de la Flor de Jade complementaría con mucha más seguridad los datos de los Enigmas. Necesito seguir leyendo. No he tenido mucho tiempo desde la señal. Aquello precipitó los acontecimientos...
—La última cámara, en tu refugio, como siempre.
—Me pondré a trabajar de inmediato. El tiempo de nuestra inferioridad comienza a remitir.
—Los Dioses te escuchen, Poderoso. Los Dioses te escuchen aunque a nadie salvo a ti lo hagan en estos tiempos oscuros…
Los ojos de Odín observaban el firmamento tras las gruesas cristaleras del ventanal. La oscuridad, reina absoluta de aquel paraje montañoso y escarpado mermaba bajo el influjo de aquel ojo celestial de tenebrosa mirada que plateaba las siluetas. Desde aquella misma ventana, imaginaba cuántas veces aquel guerrero rabioso y noble había contemplado aquellos mismos paisajes que ahora se extendía ante su mirada. Cuántos recuerdos se abarrotarían en su cabeza si estuviese allí en aquel instante desde donde él miraba con la misma ingenuidad de un niño. Poco a poco, los recuerdos que le ligaban a su vida pasada desaparecían como los efectos del alcohol tras un reparador sueño, quedando solo como un leve residuo que martillea la cabeza; tan solo para recordar que una vez estuvieron allí.
Se volvió despacio hacia el interior, bañado del argénteo fulgor estelar que revestía aquellas armas mudas. Un haz hacía brillar de manera especial el yelmo de una de aquellas soberbias armaduras. Era un casco amplio cuya máscara tenía forma de cabeza de dragón y cuyo penacho caía como crines de caballo, igual que la oscura cabellera de su dueño se despeñaba acariciando su espalda. Trató de imaginar sus orbes endiabladamente verdes refulgiendo tras esa máscara de metal, así el dragón volviese a la vida. Y supuso lo que debía ser encontrar aquella defensa ornada cobijando bajo ella el cuerpo férreo del medioenano. Era como si aquella pieza de metal fuese un alter ego en la distancia y le observaba en silencio para delatar más tarde aquella intromisión. Se sentía como un profanador de tumbas. Como estar violando el espacio más íntimo de aquel guerrero suspicaz. Recordó entonces, casi en una fugaz traición de su memoria, aquella paliza que el malogrado Falo recibiera por empuñar su espada. Confiaba que Gharin, que le conocía bien, y aseguraba que Allwënn no tendría reparos en que él utilizase su lecho, hablase con propiedad. La presencia de Allwënn se hizo pesada y evidente a pesar de la distancia. Pero había más... un cierto regusto curioso por penetrar en la habitación contigua, conectada por una puerta interior, donde aseguraban había vivido aquella mujer compañera de Allwënn de la que tanto hablaban y de cuyo pasado se mostraba tan celoso el bravo guerrero. Era como si estuviesen mancillando la memoria de aquellos amantes que un tiempo forjaron sus pasiones entre aquellos muros. Se sentía extrañamente privilegiado por compartir, aunque fuera por una noche, aquella extraña y dispar coincidencia...
Tanto como le asustaba.
Hacía una noche plácida en la cubierta del Impaciente cuando Allwënn escuchó unos golpes en el camarote que les había sido cedido por cortesía de Keomara a Ariom y a él. Era tarde y el lancero había caído en los brazos del sueño con toda generosidad. Un placer que Allwënn llevaba años sin poder disfrutar. Sus brillantes iris esmeralda resultaban la única luz de aquella estancia oscilante, si exceptuamos algunos haces plateados que la siniestra mirada de Kallah dejaba traspasar entre los vidrios que daban al oscuro océano que atravesaban.
El mestizo se apresuró a encender un candil de aceite y abrir el tablón de madera. Era la dama Keomara. Portaba en sus manos un objeto de grandes dimensiones envuelto delicadamente en paños... parecía una espada. Allwënn la reconoció incluso bajo aquellas vestiduras.
—He venido a entregarte tu espada... después de pensarlo mucho. Sé lo que te une a este arma y no tengo derecho a separarte de ella. Tómalo como un voto de confianza que no estoy dispuesta a volver a repetir.
Allwënn la recibía tan solo ataviado por encima de su cintura con su larga camisola blanca y arrugada. Bajo ella, asomaban sus gruesas calzas de cuero negro e iba embutido en sus recias botas. Tenía su larga cabellera de ébano indomada cayendo sobre sus hombros tras su espalda y dos largos mechones descansaban sobre su pecho. Ella siempre había encontrado a aquel exótico guerrero poseedor de una irresistible belleza.
—Te lo agradezco, Keomara —le dijo con su voz aterciopelada en un susurro para no despertar a Ariom que dormía cerca. —Pero imagino que esto puede traerte problemas con tus hombres.
—Al infierno con eso. Puede ser que nunca fuéramos buenos amigos, pero una vez fuimos camaradas y luchamos juntos—. Ella quedó por un instante en el silencio de una duda. — Además, no lo hago por ti. Lo hago por ella. Por Äriel.
Allwënn apagó de un soplo la llama de aceite y cerró la puerta tras de sí como si las menguadas temperaturas de la madrugada no le importasen.
—¿A qué te refieres? —La mujer torció el rostro como si hubiese iniciado un tema de conversación del que pretendía zafarse, sin embargo, parecía que en el fondo necesitase de aquella confesión.
—Tú has sido el único hombre que ha rechazado mi compañía—. Allwënn miró hacia abajo. Se sentía algo incómodo. —Nunca he sabido perdonarte eso.
—No lo tomes como algo personal.
—Entonces yo era una niña. Poco acostumbrada a que rechazasen mis encantos. He visto mucho desde entonces... ya no puedo sentirme dolida por ese gesto—. Ella se detuvo un instante y meditó bien la pregunta que luchaba por salir de sus labios. Al fin encontró el valor—. Desde que ella murió... ¿No ha existido otra mujer?
Allwënn esbozó una sonrisa amarga y le negó con un lento y profundo movimiento de su cabeza.
—¿Nadie se ha cruzado en tu vida desde entonces que haya despertado algún sentimiento en ti? ¿Ni siguiera… curiosidad? —Allwënn reiteró su negativa. Ella le miraba con un brillo encendido, que ocultó cerrando los párpados con amargura.
—Si no quisiste mi compañía cuando era joven y bella... sería estúpido pedirla ahora—. Allwënn agachó también los ojos. Aquella mujer había cambiado poco.
—No quisiera ofenderte, Keomara, pero llevo veinte años sin tocar a una mujer. Nunca hubo nadie antes que ella y se me antoja mucho más difícil que lo haya después. Te lo he dicho, no es nada personal.
—Veinte años es… mucho tiempo. En otro momento hubiese pensado en el terrible desperdicio que ello significa ¿Sabes? No sé si eres el hombre más estúpido de todos o el único capaz de llamarse hombre de verdad. Nunca he entendido tu fidelidad. No es propia de un hombre. No al menos de los hombres que yo he conocido. Hoy me sobrecoge y emociona a un tiempo.
—Esa... fidelidad —anunció con voz profunda— es lo único que me queda de ella.
—Pero ella se marchó hace mucho tiempo, Allwënn... y no volverá. La vida continúa. Tu vida continúa. Eres mezcla de dos de las razas más longevas que pisan este amargo mundo. ¿Vas a pasar toda tu existencia, los cientos de años que aun te resten por vivir, rememorando un pasado?
—No aspiro a tanto—. Allwënn le regaló una extraña sonrisa llena de dolor. Como si tuviera certezas sobre su futuro que nadie más conociera—. Pero decidí entregarle mi vida a una persona... yo decidí esperarla mientras mi corazón aun pudiese bombear sangre a mis venas. Y la esperaré aunque sepa que su viaje no tendrá retorno. Mi palabra… mi promesa no tendría ningún valor si olvido—. Allwënn apartó su mirada y la dirigió hacia los ennegrecidos cielos marinos. Su voz tembló y ella pudo apreciar el terrible nudo que atenazaba su garganta. —Han pasado veinte años Keomara… A veces… a veces… —el rostro de Allwënn se arrugó ante el esfuerzo de no dejarse vencer por el sentimiento —me cuesta tanto recordar su rostro. Empieza… a desdibujarse. Yo me aferro a él, pero… no puedo retenerlo. Sin embargo, aun recuerdo su voz… el tacto de su piel fragante, su cálida presencia como si aun estuviese conmigo. Pero sé que esos recuerdos también se evaporarán, acabarán yéndose y dejándome solo—. Allwënn retornó su mirada con fuerzas renovadas—. Para mí no ha muerto, Keomara. Morirá el mismo día que decida sacarla de mis recuerdos… antes de que mis recuerdos decidan marcharse por sí solos. El día que eso ocurra, yo mismo tocaré la última nota del arpa. Créeme que hubo un tiempo que imaginé una vida con ella... pero me la robaron. Así que no quiero una vida con nadie... ni siquiera deseo mi propia vida. Sabes bien que debía de haberme marchado con ella pero sigo vivo y eso solo quiere decir que algo me resta por acabar antes de despedirme de este maldito drama. Moriré entonces, mientras tanto… brindaré en su memoria por cada cuello que corte en su honor.
Keomara emitió un largo suspiro.
—La envidio, Allwënn. La envidio con toda la fuerza con la que una mujer puede envidiar a otra. Durante vente años he buscado, no he dejado de buscar a un hombre que me ofrezca, aunque solo fuese en una noche, aunque solo fuese en un único beso, un poco de ese amor inmortal que tú le diste cada segundo que estuvo a tu lado.
—Ese amor no evitó que la perdiese. Aquella noche, ni todo mi amor, ni toda mi furia, ni toda mi fuerza pudieron protegerla. Después de perderla supe que yo le había fallado más que nadie. He ido entendiendo poco a poco que no fui el hombre que ella necesitaba. Dejé escapar muchos momentos a solas, muchas oportunidades a su lado, muchas palabras, muchos gestos... No supe cuidarla. Muertos quedaron mis sueños, mis proyectos de una vida en paz. Muertos están los hijos que no tuvimos, los besos que nunca le di, las palabras que me faltaron por decir y aquellas que dije sin pensar. Muchos amaneceres que desperté sin ella y tantas otras noches que dormí a solas. Yo no soy nadie por quien deba sentirse pena. Purgo mi culpa. Ese es mi pecado y mi redención. Aunque los dioses me condenasen a vivir cien vidas de elfo con este dolor que me lacera por dentro, las viviría sin pestañear. No soy nadie que merezca ser salvado. Soy Allwënn, mestizo de los Tuhsêkii, bastardo de los Sannshary, un cadáver que respira, cansado… Tan cansado. Solo un hombre cuya alma sigue atada a su recuerdo... solo un hombre.
—No, Allwënn. Eres un hombre… solo, profundamente solo… y triste—. Allwënn tardó en responder en esta ocasión.
—Lo sé. Pero esa ha sido mi elección.
Odín había salido al rellano donde desembocaban las habitaciones y había descendido a la entreplanta donde la luz argenta de aquella luna extraña y vigilante se colaba por una gran ojiva abierta en el muro. Había un amplio sillón de madera frente a ella, dispuesto allí a conciencia. Parecía que quien decidió hacerlo conocía perfectamente la paz que se respiraba desde aquella vista. Sin embargo, el rubio batería no lo había usado. Prefirió acercarse, con su torso musculado y desnudo, al mismo umbral de la ventana para regalarse aquel manto de brisa que le ofrecía la madrugada insomne. La tierra dormía arropada en quietud y plata. Ningún sonido, salvo la llamada ocasional de algún ave nocturna quebraba ese velo transparente de silencio. Por un instante, se sintió en paz. Una paz narcótica y momentánea, pero una paz que no había experimentado desde hacía mucho tiempo.
Escuchó sonidos tras él y luego una voz de mujer que le llamaba por su nombre. «Hansi», decía. Por un instante el recuerdo de Claudia le atravesó el pecho. Era de las pocas personas que le llamaba por su nombre de pila. Él sabía que no se trataba de ella cuando se volvió. Como si hubiese tenido la visita de un espectro.
Pero no se decepcionó.
Había una joven frente a él. Una joven mucho más alta que su querida amiga, de cuerpo delgado. Interminable como los fustes de columna, de su misma morbidez lánguida. Se había acostumbrado a la presencia cercana de ese cuerpo. A la mirada brillante de ámbar desde sus ojos. A la blandura exquisita de esa piel antártica. Pero en aquella ocasión, esa joven mestiza de elfos consiguió nuevamente hipnotizarle.
Ya no vestía su pintoresca armadura de cuero enrojecido que aportaba a su silueta un carácter duro. Ni sus botas altas, hasta robarle a la vista sus rodillas, ni su lanza sobre el hombro. En su lugar se cubría con un vestido vaporoso que parecía irradiar la luz captada a la luna y que ensombrecía su figura bajo él, insinuando sus trazos. Debió de haber pertenecido a alguien de menor estatura que ella, pues su vuelo debía alcanzar al menos sus tobillos y, en su caso, se recortaba sobre aquellos muslos blancos e interminables. Quizá, con todo, lo más llamativo, lo más chocante y a un tiempo sorprendente de aquella nueva imagen fue encontrar su cabello de fuego desprendido del abrazo de sus habituales trenzas. Se despeñaba en cascadas. Libre. Poderoso. Exultante hasta su cintura. Contrastando con su rostro alargado y pálido de elfo. Parecía otra mujer. Trascendente. Atemporal. Por primera vez Odín se sintió realmente en presencia de una elfa y el corazón le dio un vuelco.
Ella obvió la expresión asombrada en el rostro del humano. Se sintió halagada por esa mirada sobrecogida y temerosa a un tiempo que le había provocado. Sin darle tiempo a contestar a su pregunta descendió con sus pies descalzos los escalones fríos de piedra que le separaban de él. Odín le seguía el caminar con la mirada, aun turbado, mientras aquella joven elfa, crecida y dimensionada a sus ojos, se aproximaba a él para llegar a su lado. Forja le sonrió con mirada nostálgica y apoyó sus antebrazos en el mirador de piedra al tiempo que ofrecía su rostro a la fresca brisa de la noche.
—No puedo dormir —le confesó ella. —Es la primera noche que paso sola en tanto tiempo que el silencio me oprime. Me había acostumbrado a dormir escuchando el crepitar del fuego.
—Y los ronquidos de Hiczo —bromeó el humano. Aquello consiguió arrancarle la primera sonrisa y aquellos iris ámbar se apartaron un segundo de la estampa nocturna para mirarle.
—…y los ronquidos de Hiczo —suspiró. Volvió a mirar el paraje que se extendía ante ella. —Hace una bonita noche.
Odín se acercó a la ventana y se apoyó como ella sobre la piedra. Durante unos momentos no se dijeron nada. Disfrutaron de aquel silencio, de aquella caricia fresca de la madrugada y de aquella luz plateada que ofrecía la sombría Luna sobre sus cabezas.
—Mi habitación me oprime —confesó el músico—. Tiene tanta esencia de su antiguo dueño que me parece que él está allí.
—¿A quién pertenecía?
—A Allwënn—. Ella hizo un gesto explícito con el rostro. —Si… demasiada responsabilidad sobre mis hombros—. Forja volvió a sonreír. —Pero lo más curioso… —continuó el chico— es que no es por él. Es por… ella. Por Äriel.
Forja le miró con cierta extrañeza que invitó a Odín a abundar en detalles.
—Esa habitación conecta desde dentro con la de ella. No he podido evitarlo. He curioseado —reconoció bajando la voz. —Me siento fatal, pero ha sido superior a mí. He oído tanto sobre esa misteriosa mujer y su relación con él que…
—Te entiendo —se mostró ella comprensiva.
—…es como si flotara en el ambiente. Esas paredes la guardan. Esa cama, esas sábanas… es como si su historia de amor aun viviese enredada allí. Como si en noches como la de hoy sus espíritus regresaran a ese lecho. Me siento un… usurpador. Un incómodo visitante que no ha sido invitado. He querido dejarles solos.
Ella le miraba conmovida y no pudo reprimir un gesto tierno. Pasó su brazo rodeando la cintura de aquel robusto muchacho y enterró sus cabellos encendidos en aquel pecho de piedra. Odín rodeó sus hombros desnudos con un abrazo. Ambos quedaron un instante así, fundidos, mirando el nocturno lienzo.
—Su historia es tan triste…—dijo ella casi en un susurro.
—Las marcas de ese mestizo son tan profundas. Tan hondas. No llego a imaginarme tanto dolor—. Odín estrechó con fuerza su abrazo a la chica. —Me volvería loco… Si algo así me ocurriese… si me arrebataran así a…
Forja se despegó de él y clavó sus ojos miel en aquel humano
—La… persona… —Hansi también la miraba, como si quisiera grabar a fuego en su memoria cada rasgo de aquel rostro de mujer. Aquellos ojos lo tenían cautivo. Ella comenzó a aproximar sus labios despacio, con una lentitud casi dolorosa
—Yo… creo…
Y aquellos labios cálidos y delicados rozaron los suyos, como una caricia, primero. Suave, casi inocente, que se iba encendiendo, cogiendo inercia y fuerza como una lumbre agitada por el viento. Sus corazones golpeaban la carne a mil pulsaciones mientras aquellos dos jóvenes, vigilados por la oscura luna, jugaban a devorarse con desesperación.
Hubo un instante de tregua y ambos se quedaron mirando un segundo, abrazados como un único ser. No podría decirse cuántas frases, cuántas palabras, cuántos deseos quisieron nacer de esos mismos labios y en ese mismo segundo… Solo se escuchó uno.
—Te lo ruego. No me dejes dormir sola esta noche…
—Lamento que nuestros captores no tengan el mismo sentido de la cortesía que tú. ¿Y tus heridas?
Sorom alzó la vista para mirar el rostro de Ariom a la escasa luz de aquellas bodegas que entraba en finos hilachos por entre las traviesas del techo. Aunque sabía, por el brillo en la solitaria pupila de su interlocutor, que aquellas sobras bastaban para que Ariom le contemplase con moderada claridad. El enorme félido se retorció entre sus grilletes y gesticuló incómodo. Aquella panza de madera húmeda se balanceaba al ritmo suave de las olas.
—No hables en plural, elfo. Es evidente que te tratan mejor que a mí—. La incomodidad había mermado sus buenos modales. Viéndole así no había nada que reprocharle.
—En la batalla elegimos el bando adecuado.
—Noto cierta ironía en tus palabras.
Ariom trató de agacharse hasta estar a pocos centímetros de su rostro de león.
—No trataba de ser irónico, Sorom. Me remito a la realidad—. Sorom volvió a revolverse y cambió de postura.
—Escúchame Ariom. Si quieres hacerme un favor, sube a cubierta y di a esos rufianes que acaben conmigo de una vez—. Ariom suspiró y le habló pausadamente.
—He bajado precisamente para evitarlo. He escuchado rumores, Sorom. Dicen que regresar a su refugio con tu cabeza sobre una estaca levantaría la moral de sus hombres.
—¿Y a qué esperan? Te has vuelto muy caritativo de repente, Cazador—. Ariom frunció el ceño y con un largo silencio le animó a continuar. Sorom le mantuvo la mirada desafiante durante unos segundos y, derrotado, torció la cabeza. —Yo estoy muerto de todas formas. Si se me ocurre presentarme en la Ciudad-Imperio sin esos humanos probablemente mi cabeza acabe adornando el trono de Ossrik de igual modo.
—Tu entereza ante la muerte es encomiable —le susurró Ariom con cierto matiz burlesco. —Pero te conozco lo suficiente como para saber que no es ese el fin que deseas. Puede haber un modo de evitar ambas cosas.
—¡Oh! Soy todo oídos, Shar’Akkôlom —le respondió sin esconder su sarcasmo.
—Cuéntanos lo que sabes—. Sorom carcajeó una risa espontánea y amarga.
—¿Me crees loco? ¿Sabes lo que me harían si saben que he hablado con vosotros? Y lo sabrán, no te quepa duda.
—Poco más o menos lo que estos piratas quieren hacer contigo.
—Sobrestimas mi papel en toda esta comedia, elfo.
—¿Con quién crees que estás hablando, félido? —le escupió el marcado elfo prendiéndole de los cabellos. —¿Con uno de esos bucaneros surkkos? —Manejas información directa. No puedes engañarme. Nadie que precise de tus conocimientos te dejaría al margen. Tú no eres precisamente de los que se contentarían con una sola porción del queso—. Sorom desvió la mirada y quedó en silencio durante una eternidad.
—¿Qué sacaré con eso? —dijo al fin.
—Para empezar conservarás la cabeza sobre los hombros. Es más de lo que puedes esperar si dejo que esos bucaneros decidan tu futuro—. El marcado soltó la cabellera del félido y regresó su rostro maltratado a poca distancia de su presa. Le habló despacio, casi en un susurro. —Sorom, alguien de tus habilidades y conocimientos no debería ser ejecutado por unos filibusteros ignorantes como si fueses un vulgar ladrón. Deberías replantearte tus alianzas... Sé que eso de cambiar de bando no te supone un gran problema—. Sorom bufó un amago de sonrisa.
—¿Estás tratando de negociar conmigo? ¿Me estas proponiendo una alianza? —Ariom entabló una nueva batalla con su única y gélida pupila.
—Nuestra causa ganaría un aliado poderoso... y la suya lo perdería—. Sorom esbozó una lenta y agónica negativa con un balanceo de su cabeza.
—No se trata de aliados,’Shar. Tú no has visto lo que yo he visto... El poder del Culto es omnipresente. Son fanáticos. Nada les importa salvo lograr sus objetivos. No tienen principios, ni ataduras emocionales. ¿Crees que yo soy su aliado? Ellos no tienen aliados, solo herramientas para lograr sus fines. No vale la pena luchar contra lo inevitable. No me pidas lo imposible.
—Si lo creyera imposible, no te lo pediría —manifestó el marcado con convicción. Sorom volvió a sonreír.
—Tienes dotes de negociador, elfo, de eso no hay duda. Pero esa elección ya la hice hace tiempo—. Ariom trató de no evidenciar su desesperación.
—Entonces tu cabeza no estaba a punto de ser colgada.
—Te equivocas, mi noble adversario. Sí lo estaba, como la de todos los que se opusieran al Nuevo Orden. En poco ha cambiado eso. Gracias por tu ofrecimiento, Shar’ Akkôlom. Me lo pensaré, aunque solo sea por cortesía—. El marcado supuso que aquello suponía el final de aquella conversación y la mejor oferta del félido. Le palmeó los hombros y se irguió.
—Piénsalo. Entre tanto trataré de negociar tu cabeza con esos bucaneros.
El mutilado lancero se alzó y se dirigió hacia la puerta, dejando al reo dándole la espalda. Antes de cruzar el umbral una figura se materializó ante sus ojos como un aparecido que regresara al mundo de los vivos desde su tumba. Como si la madera forjase un cuerpo vivo que se despegase de su abrazo para interponerse en el camino. Ariom no se sorprendió. Sabía que aquella charla había tenido un observador de privilegio.
El lancero le cabeceó una afirmación poco convincente.
Ishmant ni siquiera gesticuló.
[1] Fragmento del 1er Enigma de Arckannoreth. Según la traducción de Heliocario el Turdo.
[2] Lem era la única persona que le llamaba así.