El exilio de los anarquistas
Alicia Alted Vigil
UNED (Madrid)
INTRODUCCIÓN
Los anarcosindicalistas sufrieron doblemente la pérdida de la guerra pues, además de lo que supuso para los militantes de los grupos políticos y sindicales de izquierdas, hay que añadir que la misma significó para los anarquistas el fracaso de la revolución social que habían puesto en marcha, ya desde el verano de 1936, en algunos lugares del país, en especial en Aragón. Además, la participación de cinco ministros de la CNT en los gobiernos presididos por Francisco Largo Caballero (cuatro ministros) y Juan Negrín, en 1937 y 1938, abrió una profunda brecha en las filas confederales que tuvo graves consecuencias en los años de exilio y clandestinidad. Por último, su actitud hacia las instituciones que ostentaban el poder, hizo que fueran marginados de los organismos creados, en los últimos momentos de la guerra y ya terminada, por el gobierno de la República para la ayuda de los exiliados: el Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles (SERE) y la Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles (JARE). También quedaron, en gran medida, fuera de la ayuda que diferentes organizaciones internacionales proporcionaron a los exiliados, todo lo cual se tradujo en una profunda desmoralización que hizo que una parte de los militantes se dieran de baja del sindicato.
En este estudio voy a intentar trazar la historia de los anarquistas en el exilio, incidiendo en la manera como el grueso de los militantes asentados en Francia trataron de reafirmar sus valores revolucionarios y su identidad colectiva a través de unas prácticas culturales que significaban la recuperación de una tradición, y daban sentido a su vida cotidiana en el forzado exilio, pues a través de ellas manifestaban su rechazo al fascismo que representaba el régimen de Franco, a la vez que servían para ayudar a los compañeros presos o en la clandestinidad en el interior. Estas expresiones culturales respondían a unos principios ideológicos y de compromiso social que habían alimentado al anarcosindicalismo desde la creación de la CNT el 1 de noviembre de 1910.
EL ÉXODO. LOS AÑOS DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL. LA REORGANIZACIÓN POLÍTICA
Anarquistas y socialistas constituyeron los grupos políticos y sindicales más numerosos de ese cerca de medio millón de españoles que atravesó la frontera con Francia a principios de 1939. La acogida en este país no fue como esperaban, sobre todo para los libertarios precedidos de una campaña de fuerte rechazo por parte de la prensa francesa más conservadora y católica. Las caricaturas que de ellos aparecían incidían en aspectos que los convertían en los «rojos más indeseables», no es de extrañar, pues, que los componentes de la columna Durruti que habían cubierto la retirada de los restos del ejército republicano hacia Francia fueran recluidos en el campo disciplinario de Le Vernet en el Ariège. También conocieron las míseras condiciones de los campos de internamiento de la playa, y las mujeres y niños, los refugios de los distintos departamentos franceses por los que fueron diseminados.
Los anarquistas constituyeron el grupo más amplio de los exiliados en Francia, entre 30 000 y 40 000 en los momentos de la Liberación. En cambio, muy pocos pudieron reemigrar desde ese país a Latinoamérica. En México en los primeros años los militantes no pasaban de doscientos cincuenta. Desde el punto de vista socioprofesional, la mayor parte eran trabajadores del campo y obreros de la industria. Una vez en Francia se asentaron principalmente en la zona del Mediodía. Una gran parte eran jóvenes combatientes, y como recuerda uno de ellos, Luis Menéndez: «La media de edad de los republicanos españoles era muy baja. Más de la mitad, cuando entramos en Francia, no había llegado a los 23 años y había hecho mucha guerra, muchas huelgas, mucho debate, lucha política y social, pero no teníamos las manos adaptadas a coger un martillo ni una lima».
Las duras condiciones de los campos de internamiento llevaron a algunos libertarios a hacer caso a las propuestas de los enviados franquistas a los campos, y regresaron a España. Les esperaba la cárcel cuando no la muerte.
En la primavera de 1939 el gobierno francés militarizó a todos los extranjeros entre los veinte y cuarenta y ocho años. Esta medida afectaba a los españoles, a quienes se les dieron cuatro opciones: ser contratados de manera individual por patronos agrícolas o industriales que acudían a los campos en busca de mano de obra, apuntarse a una Compañía de Trabajadores Extranjeros, en la Legión Extranjera o bien en los Batallones de Marcha de Voluntarios Extranjeros. La mayoría de los exiliados, y entre ellos los anarquistas, fueron enrolados en las Compañías de Trabajadores y destinados a trabajar en obras públicas, en la industria bélica, en la construcción o reparación de instalaciones militares… Se les envió a la línea Maginot, lucharon en distintos frentes, fueron incorporados por la fuerza a la Organización Todt y enviados desde la Francia ocupada a trabajar en los centros de producción industrial en Alemania. Una parte acabó en los campos de extermino nazis. Otros fueron entregados por el régimen de Vichy a las autoridades españolas, como fue el caso de Juan Peiró, exministro cenetista en el gobierno de Largo Caballero y fusilado en julio de 1942, en Valencia.
Cuando se organizó la Resistencia, las decisiones de participar en la misma se tomaron por los libertarios de forma individual o en el seno de algunos de los grupos que lograron constituirse. Participaron junto a otras unidades de resistentes y pocas veces se constituyeron maquis identificados como anarquistas salvo en las regiones de la Pointe de Grave y de Royan (Batallón Libertad), en el Ariège.
Algunos militantes participaron en sabotajes contra los alemanes, otros se destacaron recogiendo información o bien haciendo de guías para pasar la frontera. En este último caso hay que destacar la red de evasión organizada por Francisco Poznán, integrada por anarquistas, que salvó la vida a más 1500 personas, entre ellas aviadores, judíos, personalidades de la vida pública… La red perseguía un doble objetivo. Salvar la vida de esas personas introduciéndolas en España para dirigirlas desde aquí a Inglaterra o al norte de África y, por otra parte, establecer contacto con los compañeros de la CNT en el interior, a la vez que intentaban sacar a militantes condenados a muerte. En abril de 1943 Ponzán fue detenido. El 17 de agosto de 1944, un día antes de la liberación de Toulouse fue sacado de la cárcel, junto con otros 50 detenidos por la Gestapo, conducidos a un bosque cerca de Buzet sur Torn, y fusilados; sus cuerpos fueron quemados en una hoguera.
La reorganización de la CNT en el exilio empezó ya durante la guerra. En 1940 numerosos libertarios estaban trabajando en la construcción de la presa de L’Aigle (Departamento del Cantal) e implicados, además, en la creación de los maquis en esta zona. En noviembre de 1941 estos cenetistas enviaron una circular firmada por la comisión organizadora del MLE en Francia, en la que animaban a la constitución de grupos en un nivel local. Esta iniciativa fraguó en la organización de grupos en las zonas vecinas y en la relación entre ellos. El 6 de junio de 1943 se organizó en Mauriac (Cantal) un pleno nacional de grupos constituidos. Tres meses después, el 19 de septiembre, tuvo lugar un nuevo pleno en Tourniac (Cantal) más representativo que el anterior. Aquí ya se vieron claras las disensiones entre colaboracionistas y adversarios a la participación en el gobierno que se produjo durante la guerra civil.
Mitin sobre España en Montpellier (1946).
Exilio de anarquistas en Francia, 11 de abril de 1946. De izda. a dcha. y de arriba abajo: Francesc Esgleas, Federica Montseny, Germinal Esgleas, Blanco, Laureano Cerrada, Fernando Gómez Peláez y Esteban Navarro.
En 1944 se celebraron otros dos plenos nacionales con el fin de dar unidad y coherencia a las estructuras orgánicas del movimiento libertario. El primero se celebró en Muret, el 22 de marzo de 1944, el segundo en Toulouse, del 8 al 13 de octubre. A este concurrieron las doce regionales en las que estaba organizada la CNT en territorio francés en ese momento, que representaban a 20 000 afiliados. El tema principal de los debates era: «El Movimiento Libertario Español, CNT, ante el futuro de España». En la resolución adoptada había un compromiso de colaborar «con todos los elementos antifascistas para derrocar al fascismo», así como de participar «en las responsabilidades de gobierno que garantice las reivindicaciones máximas obtenidas desde 1936 a 1939». Este acuerdo produjo una fuerte polémica y acalorados debates en el seno del MLE-CNT en Francia, puesto que suponía un alejamiento de los principios de la CNT histórica que se definía como apolítica o antipolítica, antiestatal y revolucionaria.
Ante esta situación se hizo necesario convocar un Congreso de Federaciones Locales, que se celebró en París, entre el 1 y el 12 de mayo de 1945. A él acudieron los delegados de 493 federaciones locales de Francia, norte de África, Inglaterra y Bélgica, que representaban a unos 35 000 afiliados. El delegado del interior de España sólo pudo asistir a la clausura. Con respecto al punto central del debate: la relación de la CNT con la política, el 80 por 100 de las federaciones locales acordaron que la organización volviera «a sus principios y tácticas y a la continuidad de la trayectoria antiestatal y revolucionaria». Se eligió a Germinal Esgleas como secretario general y a Juan Puig Elias y a Federica Montseny como los encargados de Organización y de Prensa y Propaganda, respectivamente.
Este acuerdo, sin embargo, no terminó con el problema de la colaboración política, bien al contrario, contribuyó a ahondar las discrepancias entre exilio e interior. El nombramiento por José Giral, tras la reconstitución de las instituciones republicanas en México y a la sazón presidente de gobierno, de dos ministros anarcosindicalistas para que se integraran en su gabinete, abrió la puerta a la ruptura, que se consumó en el mes de diciembre. En una circular del día 16, el Comité Nacional del exilio definió su posición con respecto al interior: «No hemos roto con España. Nuestra unidad con la CNT del Interior existe a pesar de la discrepancia en cuanto a la intervención gubernamental».
Los siguientes quince años fueron positivos en cuanto a que las dos fracciones se implicaron con fuerza en la lucha contra el franquismo, pero perdieron fuerza en el seno de los otros grupos antifranquistas porque sus posturas enfrentadas neutralizaban cualquier iniciativa.
En 1960 se dieron los primeros acercamientos entre ambas. La reunificación tuvo lugar en el Congreso de Limoges de agosto de 1961. En esos momentos la CNT contaba con unos 5500 militantes.
LA CULTURA COMO REAFIRMACIÓN DE PRINCIPIOS E IDENTIDADES
La tradición cultural anarquista había asumido desde sus orígenes la herencia de la Ilustración de que la educación y la cultura son la verdadera garantía de la dignificación, felicidad y progreso de las personas y los pueblos. La pasión por los libros, por aprender, produjo un doble fenómeno que encerraba en sí mismo una paradoja, pues si por una parte tendieron a adoptar e imitar manifestaciones de la cultura de la clase social en ascenso en el siglo XIX: la burguesía; por la otra, escritores y artistas «proletarios» recogían en sus obras los deseos de emancipación del pueblo oprimido.
La cultura anarquista presentó siempre un carácter autodidacta y privilegió la palabra y la imagen por su fuerza como instrumentos educativos. Por medio de charlas, debates, conferencias, carteles, postales, sellos, o de los calendarios de Solidaridad Internacional Antifascista (SIA), recreaban y transmitían a las jóvenes generaciones sus ideas y valores, al igual que los iconos que los representaban: así los grandes principios de la Verdad, la Fraternidad, la Razón, la Justicia, los valores del idealismo o de la libertad que reflejaban las figuras de Don Quijote arremetiendo contra los molinos de viento o Hércules rompiendo las cadenas, y las «efigies» de pensadores, pedagogos, escritores, músicos, políticos… como Bakunin, Elíseo Reclus, León Tolstoi, Honorato de Balzac, Stefen Zweig, Beethoven, Dostoiewski, Ibsen, Ferrer i Guàrdia, Garibaldi, Malatesta…
Mujeres Libres de España en el exilio.
Pero si había un icono que sobresalía era, sin duda, el escritor Miguel de Cervantes. En todas las bibliotecas de los anarquistas no faltó nunca el libro El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Como escribía Federica Montseny en el calendario de 1988 que SIA dedicó a Cervantes: «Don Quijote de la Mancha, obra fundamental de Cervantes, ha sido y es el espíritu de aventura, la lucha por la justicia y la exaltación de la personalidad del hombre … Don Quijote es el pensamiento profundo que a veces toma apariencias de locura. Pero Cervantes (pacifista por excelencia, enemigo de la fuerza) tuvo la inteligencia de colocar a su lado como símbolo de prudencia y del buen sentido popular, la figura del inimitable Sancho Panza, que es el pueblo…».
Antes de la guerra esta cultura se inculcaba en el seno de las familias, en las escuelas racionalistas y en los ateneos, círculos culturales donde se impartían cursos de diversas materias y de alfabetización de adultos, se enseñaba el esperanto, lengua que simbolizaba el ideal universalizador del anarquismo; se representaban obras de teatro «social y revolucionario»; se daban recitales de poesía; se impartían conferencias, se hablaba, se debatía… En suma, en los ateneos los militantes se transmitían de manera autodidacta una concepción de la cultura que alimentaba y daba sentido a su acción revolucionaria en pos de la emancipación social.
En el exilio los anarquistas lucharon desde el principio por recuperar la continuidad de esa cultura, porque en ella iba implícita la continuidad de la lucha y la defensa de una identidad colectiva que les unía, por encima de enfrentamientos y rupturas, como consecuencia de la guerra. Era una cultura para la acción, porque como escribía Juan Puig Elias en el periódico CNT de Toulouse de 15 de febrero de 1947:
La Sección de Cultura y Propaganda del Comité Nacional está atenta a la obra de cultura y capacitación sin la cual toda revolución carecería de contenido y trascendencia, no lo está menos a la necesidad urgente de acción. Cultura y acción fueron siempre el norte de nuestros maestros y de nuestra organización, de Salvochea a Ramón Archs, de Ferrer a Durruti y Ascaso. La verdadera cultura lleva siempre a la acción libertadora. En la empresa de valoración espiritual de nuestro pueblo en el exilio (exposiciones, veladas artísticas, conferencias), perseguimos la finalidad de interesar y movilizar simpatías que pueden ser útiles o decisivas para ayudarnos a liberar España. Una tómbola en la que figurarán obras de arte realmente de mérito, esperamos que obtendrá la acogida merecida que permita aportar una cantidad considerable a la Resistencia interior.
Así pues, en el exilio la actividad cultural se puso al servicio de dos objetivos que implicaban acción: atraer simpatizantes para la causa de la liberación de España y recaudar dinero para ayudar a la militancia clandestina o en la cárcel en el interior.
Como ha señalado Lucienne Domergue, los anarquistas intentaron «salvar lo que podía ser salvado cuando todo estaba perdido», y lo primero, a falta de la tierra natal, fue la lengua. Aunque gran parte de los libertarios, procedían de Cataluña, el vehículo de comunicación social y de combate político que utilizaron fue el castellano, lo que no quita para que usaran en el habla cotidiana y en el seno de la familia el catalán u otras lenguas de la Península. El español fue la lengua que se usó en los congresos, mítines y conferencias. En castellano los confederales escribieron sus informes y documentos internos, impartieron sus cursos formativos y editaron sus periódicos, revistas, libros y folletos. Este castellano que hablaban y escribían era muy vivo, lleno de sentencias y arcaísmos y con un estilo que «olía a siglo XIX». Esto no les llevó a descuidar el esperanto del que se impartieron cursos y que procuraban enseñar a sus hijos.
Aunque la labor cultural de los anarquistas en Latinoamérica y en el norte de África revistió importancia, fue en Francia, en París y en el Midi con centro en Toulouse, donde se recuperó la tradición cultural, pues fue en este país donde se asentó la mayoría de la militancia libertaria.
Calendario SIA 1963.
Entre el 1 y el 12 de mayo de 1945 tuvo lugar en París el Congreso de las Federaciones Locales. El punto 9 del orden del día se dedicó a la educación y a la cultura y, a pesar de que en el exilio no podían promover el tipo de educación que deseaban para sus hijos, consideraron que era esencial inculcarles las ideas, los modos de comportamiento y las tradiciones del movimiento. De esta manera se organizaron cursos de formación política, de preparación de oradores, de cultura general, de esperanto… Se destacaba, debido a las condiciones especiales que imponía el exilio, la importancia de la enseñanza a distancia y de la propaganda oral en la que se distingue «al conferenciante del orador y a este del agitador», y por supuesto no faltaron los centros de formación, capacitación y socialización que tanto predicamento tuvieron en el primer tercio del siglo XX: escuelas racionalistas y ateneos. En Toulouse se creó el Ateneo Español y en distintos lugares del sur de Francia se lograron poner en marcha algunas escuelas, que estuvieron mediatizadas por el nuevo contexto. La escuela francesa era un fuerte elemento de integración y, perdida la esperanza de un pronto regreso, los anarquistas procuraron que sus hijos se educaran y adquirieran una formación que les permitiera progresar en el país que había acogido a sus padres.
En cuanto al Ateneo Español, su creación es tardía. Surgió a iniciativa de las Juventudes Libertarias para ofrecer un lugar al que pudiesen ir los numerosos jóvenes, emigrantes económicos, que empezaron a afluir a Francia desde finales de los años cincuenta. Esta propuesta fue aceptada por la CNT que procedió a la creación de un Ateneo en el que podían integrarse todos los españoles de espíritu «liberal y progresista». Quedaban excluidos aquellos que «profesaban ideas totalitarias». El Ateneo se creó en mayo de 1959 y desde el principio desarrolló una amplia actividad cultural, favorecida por la diversidad de personas que formaban parte del mismo. Mantuvo contactos con profesores y estudiantes de la Universidad de Toulouse, y sus relaciones con el Ateneo Iberoamericano de París posibilitaron la participación de intelectuales de prestigio. Junto a las conferencias que se impartían, se organizaron exposiciones de pintura, representaciones teatrales, veladas musicales y sesiones de cine, no faltando las visitas anuales a la tumba de Antonio Machado. El Ateneo utilizó diferentes salas de la ciudad hasta que logró tener local propio en 14 rué de l’Etoile. En su seno había diferentes secciones: Juvenil, de Cultura Física, Mutualista, Pedagógica, Jurídica y Recreativa, por lo que, aparte de sus actividades culturales, desarrollaba otras funciones de apoyo y lugar de encuentro. Con la democracia ya consolidada en España, el Ateneo decidió poner fin a sus actividades. Donó sus archivos a la Universidad de Toulouse y los fondos que tenía a UNICEF.
LA COLONIA AYMARE
La evocación de Aymare ha tenido siempre una especial significación en el colectivo anarquista. Durante la guerra, SIA, a instancias de la CNT, adquirió una propiedad con el objetivo de proteger a los niños, alejándolos de los frentes de lucha. Era una finca de 118 hectáreas situada en el Departamento de Lot, a 4 kilómetros del pueblo de Le Vigan, del que dependía administrativamente. Se situaba en la región de Quercy Noir y distaba 150 kilómetros de Toulouse. En la explotación había un «castillo» levantado a principios del siglo XVIII, además de otras construcciones de diverso carácter.
Ya señalé que, mientras socialistas y comunistas encontraron en Francia organizaciones que les ayudaron, los libertarios, que arrastraban la «fama» de «peligrosos» (indeseables) para el orden público y la seguridad nacional, sólo contaron con el apoyo de SIA y de algunas organizaciones humanitarias. En ese contexto, hay que situar la finca Aymare, pues su objetivo principal, al terminar la guerra, fue acoger a militantes de la CNT que se encontraban en los campos de internamiento en situaciones muy penosas. A finales de 1939 había 90 personas, de ellas 31 hombres, 24 mujeres, 33 niños y 2 personas ancianas.
Cuando se formaron las Compañías de Trabajadores Extranjeros, los hombres válidos de Aymare fueron encuadrados en ellas y enviados a trabajar a la fábrica de caolín de Le Vigan. Esto hizo que la propiedad fuera perdiendo a sus residentes con lo que fue, de manera progresiva, abandonada. En 1943 sirvió de refugio a resistentes que pertenecían al maquis de Lot. Al terminar la Segunda Guerra Mundial y desvanecida la esperanza de un inmediato retorno a España, la CNT/SIA recuperó de nuevo la propiedad, ahora con el fin de convertirla en residencia de ancianos y mutilados de guerra. Se formó una comisión compuesta por representantes de la Liga de Mutilados de SIA y del Movimiento Libertario Español que se encargó de organizar la colonia. El primer grupo de residentes ascendió a 17 personas. En 1954 ya eran 34. La Colonia también prestaba ayudas puntuales a indocumentados y personas en situación precaria. En septiembre de 1948 los miembros de la Colonia elaboraron sus estatutos en los que se organizaban, guardando las distancias, según el modelo de las colectividades autogestionadas que funcionaron en la guerra. Así, con estas reminiscencias se trató de «poner otra vez en práctica “el comunismo libertario” [lo que] llevó naturalmente a los participantes a organizarse según sus principios. Las faenas se distribuían en asambleas generales en las que todos gozaban de los mismos derechos. Prácticamente cada cual según sus competencias se encargaba de un sector y lo asumía».
Portal de la Colonia Aymare editada por SIA y vendida en beneficio de la colectividad.
Para ayudar a los residentes en el mantenimiento y mejora de la Colonia, jóvenes anarquistas procedentes de Toulouse, Burdeos y otras zonas, empezaron a ir desde 1949, de manera periódica, para prestar su apoyo en la realización de los trabajos. Además contó con pequeñas ayudas de SIA, los cuáqueros y la Organización Internacional del Refugiado (IRO). A pesar de ello, los medios económicos no eran suficientes y esto hizo que, en el I Pleno Nacional de la CNT celebrado en Toulouse en 1950, se tomaran dos decisiones importantes para la continuidad de la Colonia. Por una parte, se acordó abrir una suscripción a través de la prensa y, por otra, se pidió a los militantes y simpatizantes que fueran los fines de semana o durante las vacaciones para «echar una mano». La respuesta a ambas medidas fue muy positiva. Con los cerca de 1 600 000 francos reunidos con la suscripción se instaló el agua corriente en el castillo, y como recuerda Plácida Aranda: «Venían gentes de todas partes y los campesinos del lugar que iban para ayudar, permanecían con los brazos cruzados, pues había demasiada gente colaborando en los trabajos». También se pudo comprar un tractor y diverso material agrícola. De esta manera, en 1954 la Colonia contaba con dos huertas a pleno rendimiento, un campo donde se cultivaba tabaco y otro trigo, mil gallinas ponedoras, quinientos conejos, cien cabezas de ganado lanar, algunas vacas lecheras y nueve cerdos.
A propuesta de una federación local se decidió organizar una concentración anual de libertarios en la Colonia durante el verano. Esta propuesta tuvo muy buena acogida y a partir de 1952, Aymare comenzó a recibir no sólo a los militantes que llegaban en autobuses alquilados por la CNT o en coches particulares, sino también a libertarios y simpatizantes que venían de toda Francia e incluso del extranjero. De esta manera, se convirtió en un lugar de encuentro de anarquistas de muy diferentes lugares. Pero había un día especial, el 15 de agosto. En torno a esa fecha las federaciones locales organizaban «jiras» de dos o tres días a Aymare, llegando a concentrarse más de mil personas. Además, las Juventudes Libertarias organizaron por su parte concentraciones de dos o tres semanas y la CNT celebró en el año 1952 un Pleno Internacional que reunió a 150 delegados procedentes de Francia, Bélgica, Inglaterra y México. Como era de esperar, no podían faltar las actividades culturales: proyecciones de películas al aire libre, representaciones de teatro, coloquios, charlas o conferencias sobre temas políticos y sociales de carácter general y con un fin formativo; veladas musicales, exposiciones de dibujos o pinturas, periódicos murales y, siempre presente, un pequeño «stand» para librería. Las concentraciones se organizaron entre 1952 y 1957.
Con el transcurso de los años, el presupuesto para el mantenimiento de Aymare resultó cada vez más insuficiente. A esto se unían el envejecimiento de los residentes que pasaban a depender de la Seguridad Social francesa, las dificultades debidas a las características del terreno y la desviación de recursos por parte del MLE a la lucha contra el franquismo en el interior. Todo ello hizo que, en 1963, la CNT tomara la decisión de vender la Colonia, no sin antes enfrentarse a las protestas y posturas en contra de militantes de las federaciones locales para los que Aymare significaba la única posibilidad de hacer realidad sueños que, con el paso del tiempo y las dificultades del día a día, se iban marchitando. La venta efectiva, en 1967, produjo «cierta amargura» en el seno del colectivo.
PRENSA Y ACTIVIDAD EDITORIAL
Una de las actividades más fecundas de los exiliados fue la prensa. Para los libertarios, como subraya Lucienne Domergue, «la palabra escrita, más aún la impresa … constituye la fuente siempre disponible donde van a beber los inermes candidatos autodidactos, según van formándose. Para el mundo libertario es realmente la imprenta lo que hace de conservatorio inmejorable del pensamiento y del sentimiento».
La primera publicación del exilio animada por los libertarios apareció en el Campo de Morand, en Argelia. En una de las barracas se creó la escuela Exilio, en donde se daban clases por la mañana y por la tarde hacía de ateneo. En esta barraca se creó y redactó Exilio. Se editaron seis ejemplares manuscritos con ilustraciones del artista valenciano Guillermo Tolosa de las Juventudes Libertarias. En los años de la Segunda Guerra Mundial, en Francia, sólo aparecieron algunos folletos de manera clandestina. En cambio en México y en otros países de Latinoamérica sí empezaron a editarse publicaciones periódicas, algunas efímeras como Timón en Buenos Aires (1939-1940), otras de vida más larga como Tierra y Libertad de México. Pero la eclosión de la prensa y, en general, de la actividad editorial llevada a cabo por los anarquistas, se produjo a partir de 1944-1945 al socaire de las ilusiones que se despertaron al producirse la Liberación de Francia. En el Congreso de las Federaciones Locales de París de mayo de 1945 se destacó la importancia de sacar a la luz todo tipo de publicaciones. También se ratificó que CNT de Toulouse fuera el «Órgano oficial del Comité Nacional del Movimiento Libertario en Francia». De la multitud de periódicos que empezaron a publicarse con el auspicio de las federaciones locales, sólo unos cuantos perduraron a lo largo de los años: CNT de Toulouse, Solidaridad Obrera de París y Ruta de las Juventudes Libertarias de Toulouse.
La mayor parte de las publicaciones periódicas tuvieron una vida breve, y a menudo azarosa por la intromisión de la policía francesa debido a las presiones que ejercía el gobierno franquista para su supresión. Se mantenían con las suscripciones de los lectores y no entraron nunca en el circuito público de la comercialización. La mayor parte de sus redactores no eran profesionales de la prensa, sino militantes autodidactas que dedicaban su tiempo libre a la redacción y edición de los periódicos. Las publicaciones más conocidas aparecieron en París y Toulouse y se editaron en diferentes imprentas con el fin de ahorrar dinero. No lograron publicar ningún diario; CNT de Toulouse y Solidaridad Obrera de París eran semanales. La prensa juvenil tuvo en Ruta. Boletín interior de la FIJL en Francia su mejor exponente. Varias veces suspendida, sin motivos aparentes, por el gobierno francés, en 1953 fue sustituida por el Boletín interior de la FIJL en el exilio. Los objetivos que se marcaba el Boletín se pueden extrapolar al conjunto de la prensa libertaria: «relacionar, orientar, informar y alimentar espiritualmente».
CNT de Toulouse se convirtió, sin duda, en el semanario anarquista por excelencia. Después de diversas vicisitudes, fue con el número 50, de 21 de marzo de 1946, cuando presentó su título definitivo: CNT. Portavoz de la CNT de España en el exilio. Órgano de la CNT-FAI. En el semanario se recogían puntualmente todas las actividades culturales que se realizaban, se daban noticias generales y sobre la situación en España, había artículos de formación, relaciones y noticias de libros, publicidad sobre cuestiones que podían interesar a sus lectores. Toda la vida cotidiana del exilio en el Midi quedó reflejada en sus páginas. En cuanto a Solidaridad Obrera, fue dirigida, entre 1946 y 1954, por Fernando Gómez Peláez y, como en CNT, se recogieron en sus páginas las actividades de los libertarios esparcidos por el resto de Francia y por otros países. Ambos semanarios tuvieron en estos años unas tiradas de entre 15 000 y 20 000 ejemplares.
En el exilio dos acontecimientos afectaron de manera muy negativa a la prensa, uno cuando sobrevino la escisión entre colaboracionistas y ortodoxos o apolíticos que fue efectiva desde diciembre de 1945. La fracción apolítica siguió teniendo a CNT como su portavoz. Como órgano de los colaboracionistas, el semanario España libre. Órgano de la Confederación del trabajo de España CNT-AIT. El primero tenía su sede en 4 rué Belfort y el segundo en 47 rué de Jonquières.
El otro acontecimiento se produjo el 2 de noviembre de 1961. Entonces, ante la continua presión que el régimen franquista ejercía sobre el gobierno francés, el ministro del Interior promulgó una circular, por la cual se prohibían CNT, Solidaridad Obrera, España Libre y el portavoz del Partido Socialista, El Socialista. A partir de ahora, los periódicos extranjeros publicados en Francia debían tener un título y director franceses y parte de su contenido en esta lengua. Los periodistas del MLE que acababan de unirse aceptaron el ofrecimiento que les hicieron los periódicos franceses afines. Espoir, Organe des Unions Regionales de la CNT Française, con sede en la Bourse du Travail, acogió a CNT y a España Libre y así, desde el 7 de enero de 1962, insertó cuatro páginas en castellano. Solidaridad Obrera se integró en Le Combat Syndicaliste. Organe Officiel de la CNT, Section Française de L’AIT, con sede en París. Pero tanto la reconciliación entre ambas fracciones como esta forma de publicación no dieron el resultado esperado y, al igual que pasó con los militantes, las tiradas de esta prensa fueron disminuyendo de manera paulatina.
Además de estos semanarios, hay que mencionar las revistas mensuales de carácter cultural. En febrero de 1946 aparecía Tiempos Nuevos. Revista del Movimiento Libertario Español. Meses después, el 15 de octubre, salía Universo. Sociología, Ciencia, Arte; las dos de Toulouse. Universo tenía su redacción y administración en la sede de CNT/SIA, en 4 rué Belfort. Heredera de la Revista Blanca, sólo se editaron trece números entre 1946 y 1948. Algo más tarde, en 1951, apareció, también en Toulouse, CÉNIT y en enero de 1954 los libertarios de París, emulando a los de Toulouse, sacaron el Suplemento literario de Solidaridad Obrera. De todas ellas, la más emblemática sería CENIT. Sociología-Ciencia-Literatura. La revista se publicó de 1951 hasta 1982 con una periodicidad regular, lo que la destaca del resto de las publicaciones libertarias. En la presentación del número 1, en enero, se indicaba que la revista quería ser la legítima heredera del pensamiento libertario y aspiraba a preservar y transmitir su memoria con la vista puesta en un futuro en el que pudiera hacerse realidad la revolución social soñada. La nómina de colaboradores de la revista fue muy numerosa, muchos eran autodidactas y estaban esparcidos por todo el mundo. Al igual que Universo, tuvo como modelo la Revista Blanca creada por el padre de Federica Montseny, Federico Urales (Juan Montseny). Las secciones de CÉNIT eran las tradicionales: ciencia y progreso, medicina práctica, pedagogía, arte, biografías, lecturas («Servicio de librería»), crónica literaria («La vida y los libros»), problemas de actualidad, ensayos, cuentos y poemas. La revista tuvo siempre un presupuesto modesto, ninguno de los colaboradores cobró nunca nada, todos escribieron imbuidos de un fuerte compromiso político y social y, como no podía ser menos, Cervantes, con su Don Quijote, fue el autor que más veces apareció en la revista. En conjunto, se convirtió en una publicación esencial, tanto en su forma como en sus contenidos, para un mejor conocimiento del pensamiento de los anarquistas porque, como he dicho, CÉNIT se reconocía heredera de una tradición que ante todo quería preservar para las futuras generaciones.
Además de los semanarios y de las revistas mensuales, los anarquistas publicaron folletos integrados en colecciones, que perseguían el mismo objetivo que los que se publicaron en España antes de la guerra, contribuir a formar una biblioteca libertaria básica. La revista Universo fue continuada desde 1948 hasta 1952 por una colección de folletos y pequeños libros: El Mundo al día. Cuadernos de Cultura, de editorial Universo. Otras colecciones de esta editorial fueron: Biblioteca Anticlerical y Lecturas para la Juventud. En 1946 las Juventudes Libertarias de Toulouse lanzaron su propia colección con la obra de Felipe Alaiz: Arte de escribir sin arte.
Junto a los folletos, las publicaciones por entregas y los libros. Así, la editorial del MLE comenzó a publicar a finales de 1946 y se estrenó con la obra de Anselmo Lorenzo El proletariado militante. En marzo de 1948 los trabajadores que imprimían CNT, «interpretando la generosidad del trabajo sin amo», se constituyeron en «Colectividad Gráfica de Toulouse», que estuvo controlada por la Federación Local de CNT en esta ciudad. Ese año de 1948 fue rico en proyectos de edición. Se lee en CNT de 16 de julio de 1948: «Hay infinidad de obras básicas que la juventud actual no encuentra y que se deberían reeditar. De los escritores de hoy salen cosas que también los jóvenes y los maduros deberíamos conocer. Protéjase a la Editorial del Movimiento y daremos satisfacción a nuestros hombres y a nuestras ideas. De la Editorial puede emanar una fuente de vida para la propaganda oral y escrita … Percátense los compañeros de habla española diseminados por todo el mundo, de la gran importancia de la Editorial del MLE, que no va a trabajar para España solamente sino para todos los países de habla castellana».
Junto a esta, hubo otras editoriales como las Ediciones Tierra y Libertad del Comité Regional n.º 7 de Burdeos, la editorial (también colección) Páginas Libres, Cenit, SIA, Espoir; todas en Francia. También en América Latina, sobre todo en México, hubo libreros y editores como Fidel Miró que creó Editores Mexicanos Unidos (EDIMEX) y fue editor, inspirador y animador de la revista Comunidad Ibérica.
El arte tuvo fuerte presencia entre los libertarios. Servía para cultivar el espíritu y desarrollar el sentimiento estético, de ahí la importancia que daban a las visitas a museos como el de Goya en Castres o el de Toulouse Lautrec en Albi y la relevancia que revestían los artículos sobre aspectos teóricos del arte y las obras de los artistas en las publicaciones periódicas. Pero como ocurría en el teatro, la literatura y otras manifestaciones culturales, además de deleitarse con pinturas y esculturas de artistas «universales», los libertarios desarrollaron sus aptitudes en este campo de las artes plásticas y mostraron sus obras en alguna de las exposiciones colectivas organizadas por CNT/SIA. Además su creatividad se manifestó en otros ámbitos como el diseño escenográfico de las obras que representaban los grupos artísticos, los periódicos murales o las ilustraciones que se reproducían en las publicaciones periódicas, en donde destacaron los dibujantes como Forcadell, Lamolla, Argüello o Juan Cali, este último, además, excelente caricaturista y gran aficionado al fútbol. En los años cincuenta Cali organizó en Toulouse un equipo de fútbol con hijos de refugiados bajo el nombre de Iberia.
EL TEATRO
Tras el final de la Segunda Guerra Mundial surgieron en las distintas zonas de asentamiento de núcleos de exiliados anarquistas en Francia grupos teatrales que, tanto por su contenido ideológico como por su organización y funcionamiento, enlazaban con los que habían aparecido en España desde finales del siglo XIX. Estos grupos artísticos tenían un fuerte componente popular y el teatro que representaban se concebía como un instrumento de transformación revolucionaria, y un medio de ayuda a los compañeros del interior de España.
Esa concepción revolucionaria del teatro implicaba un cambio en toda su estructura. Así, las empresas comerciales debían sustituirse por grupos teatrales de aficionados que compaginaban su trabajo cotidiano con la actividad teatral. Solían hacer las representaciones los domingos en locales que patrocinaban y en el marco de espectáculos más amplios en los que había conferencias, recitales de poesía, audición de piezas musicales, bailes populares… Lo normal era poner en escena un drama social acompañado de una pieza ligera.
Los grupos teatrales que iban surgiendo en distintos pueblos y ciudades contaban con el apoyo de las federaciones locales. Aunque se estimulaba la producción de obras propias, lo cierto es que la mayor parte de los repertorios de los grupos se nutrió de autores que no eran anarquistas, aunque sí tenían unas ideas en muchos aspectos concomitantes con las de aquellos. Reconocían el valor del teatro clásico en autores como Lope de Vega, Calderón de la Barca, Shakespeare o Moliere, pero sus modelos «clásicos» eran más cercanos: Hauptmann con su drama Los tejedores, Mirbeau con Los malos pastores o, en especial, Ibsen con obras como Casa de muñecas o Un enemigo del pueblo. Junto a estos, una serie de dramaturgos españoles fueron considerados como modelos de un teatro, crítico con la organización social desde unos postulados «científicos» que permitían avanzar hacia la meta ideal de sociedad. Algunos ejemplos: Electra o Doña Perfecta de Pérez Galdós; Aurora o Juan José de Joaquín Dicenta; El héroe o ¡Libertad! de Santiago Rusiñol; Terra Baixa de Ángel Guimerá o El pan del pobre de González Llamas y Francos Rodríguez. A estas obras y autores, se unían las escritas por los propios libertarios con un fuerte contenido ideológico, que condicionaba la trama y estética dramáticas.
En los años de la República se pusieron en marcha experiencias de teatro ambulante que contenían muchos de los postulados y planteamientos de los grupos teatrales libertarios. El Teatro del Pueblo y el Teatro de Fantoches o Teatro de Guiñol de las Misiones Pedagógicas, el teatro de La Barraca de Federico García Lorca o el teatro de El Búho de la FUE de la Universidad de Valencia constituyeron distintas expresiones de acercamiento de intelectuales y estudiantes a las clases populares con el fin de distraerlas, educarlas y ayudarlas en su proceso emancipador. De estas experiencias, el Teatro del Pueblo era la que se encontraba más cercana a la forma de hacer teatro de los anarquistas. Su director, Alejandro Casona, fue uno de los dramaturgos que siempre estuvo presente en el repertorio de los grupos teatrales libertarios en el exilio, y Nuestra Natacha una de las obras más queridas y más veces presentada por los diferentes grupos artísticos en el período de 1945 a 1960.
Tras la liberación de Francia, empezaron a surgir grupos teatrales bajo el auspicio de las federaciones locales del MLE-CNT y con la colaboración de SIA. Los primeros grupos empezaron a formarse en los años 1945-1946. Iberia, de Toulouse; Mosaicos Españoles, de París; Arte y Amor, de Poitiers; Amor al Arte, de Béziers o Acracia, de Marsella. Estos grupos artísticos o cuadros escénicos se constituyeron a nivel local con el apoyo de autores y actores veteranos, como por ejemplo el caso de Iberia o del Grupo Artístico Juvenil de las Juventudes Libertarias de Toulouse, que se beneficiaron del conocimiento teatral de Teodoro Monge, quien, en 1945, había creado en esa ciudad su Compañía Dramática.
Cartel anunciando una representación teatral del Grupo Juvenil de las Juventudes Libertarias de Toulouse.
La organización de cada grupo era colectiva. Los actores nombraban a un director artístico y entre todos elegían la obra que se iba a poner en escena. Después de cada representación, se reunían para comentar los pormenores de la misma. Ensayaban por la noche, al terminar el trabajo y no cobraban nada. Todo lo recaudado en cada representación se canalizaba, a través de SIA, para ayudar a la «España oprimida» o a compañeros exiliados en situación precaria. La mayoría de los actores eran aficionados.
La temporada teatral comenzaba en octubre-noviembre y solía terminar en junio. Casi todos los grupos hacían «giras» por distintas ciudades de su entorno. Las representaciones tenían lugar los domingos o con motivo de determinadas conmemoraciones como el 14 de abril o el 19 de julio. Los lugares donde ensayaban y representaban las obras eran salas pequeñas de barrio o locales de la organización francesa afín, como en Toulouse la «Bourse du Travail». En esta ciudad la CNT francesa cedió a sus correligionarios españoles un barracón que, durante la Segunda Guerra Mundial, había albergado a exiliados españoles que trabajaban para la industria bélica. Este barracón fue reformado e inaugurado en abril de 1949 con el nombre de Salle Fernand Pelloutier (Teatro del Cours Dillon, para los españoles). Además de las representaciones teatrales, se dieron clases, se pronunciaron conferencias, se organizaron exposiciones… y durante varios años el Cours Dillon fue el centro cultural de los libertarios en Toulouse.
El espectáculo se concebía como la reunión de una gran familia. Los niños se ponían delante, frente al escenario, y eran corrientes las llamadas al orden de los pequeños por parte del «espiquer» (speaker) que presentaba y animaba las representaciones. Era un teatro eminentemente participativo y era usual que, tras la obra dramática, se representara un «juguete cómico» como fin de fiesta o actuara algún solista. Con el transcurso del tiempo ese «fin de fiesta» se fue ampliando con variedades que iban desde los solistas que recitaban, cantaban, tocaban un instrumento o contaban chistes y chascarrillos, a las rondallas, coros o grupos de bailarines. No solía faltar un cuadro flamenco.
En la evolución de estos grupos teatrales se pueden distinguir dos épocas. Una primera abarca los años de 1945 a 1948-1949. La otra, toda la década de 1950 hasta su desaparición en torno a 1960-1962, aunque hubo algunas representaciones esporádicas organizadas por varios grupos en años posteriores. La primera etapa se corresponde con la época en la que el exilio político todavía tenía cierta fuerza, debido a la imagen favorable que se generó hacia los republicanos españoles por su participación en la Segunda Guerra Mundial. Eran años de esperanza en los que se pensaba en un inmediato retorno a España, lo que reavivaba el espíritu de compromiso que tenía cabal expresión en la cultura y, en lo que aquí nos ocupa, en el teatro. Una referencia al repertorio de obras que ponían en escena los grupos teatrales que estaban surgiendo, nos puede servir de ejemplo. Así, entre 1946 y 1948 el grupo Acracia, de Marsella, representaba las siguientes obras: Nuestra Natacha de Alejandro Casona; Los semidioses de Federico Oliver; Los malos pastores de Octavio Mirbeau; ¡Abajo las armas!, adaptación escénica de la novela homónima de Berta de Sutner; El Primero de Mayo de Pedro Gori, Polos opuestos de Vicente Artés y El Cristo moderno de José Fola Igúrbide.
Juan Montiel fue uno de los actores más conocidos del grupo artístico Iberia de Toulouse. Recuerda: «En 1945 la Montseny pronunció una conferencia en la Plaza. Un compañero me contactó entonces para participar en un grupo cultural. Antes de la guerra había estudiado en la Real Academia de Declamación de Málaga. El grupo en el que me integré había representado ya una pieza: Nuestra Natacha de Alejandro Casona … Durante tres años hicimos representaciones en la Bolsa del Trabajo. Después en el Cine Espoir y en la Salle Saint-Anne, en la calle del mismo nombre. Era una pequeña sala que se alquilaba a los curas. También representamos obras en el Cours Dillon … Al principio todos los actores pertenecían a la CNT, después llegaron de España jóvenes inmigrantes económicos que nosotros acogimos».
El fracaso ante el anhelado retorno y las disensiones y divisiones políticas enfrió el entusiasmo de la militancia, palpable ya a la altura de 1948. Esto es lo que el Grupo Artístico Juvenil de las Juventudes Libertarias de Toulouse reprochaba a sus mayores, mientras reivindicaba la necesidad de reavivar la lucha política en contacto con los compañeros del interior de España. Los principales animadores del Grupo Juvenil fueron Blanca y Teófilo Navarro, que habían pasado a Francia en el éxodo de febrero de 1939. La primera obra que estrenaron fue El hombre no está solo, de H. Neihmann en el Cours Dillon, el 3 de diciembre de 1950. Estuvieron representando hasta 1962.
En junio de 1951 Fontaura escribía en CNT: «Llevados de la costumbre un tanto rutinaria, se echa mano de cualquier obra representable, sin pararnos a considerar el que responda o no con nuestra finalidad de libertarios. Obedece a que olvidamos que “nuestro teatro” debe ser “teatro social”». En 1956 y 1957 se publicaron en Solidaridad Obrera y en CNT una serie de artículos en los que se polemizaba sobre la situación del teatro y de los grupos artísticos. Ese debate ponía en evidencia que los tiempos habían cambiado, pues por mucho que lamentaran la postergación de las obras de «teatro social», lo cierto es que el público confraternizaba, se divertía y aplaudía festivales de «variétés». A principios de los años sesenta, la decadencia de la actividad teatral era una realidad. Los hijos de los refugiados, que habían asistido y participado de pequeños en estos espectáculos, no recogían la antorcha de algo que, integrados ya en la sociedad francesa, sentían de manera diferente a sus padres.
PRESERVACIÓN DE LA MEMORIA E HISTORIA ALTERNATIVA
En el exilio los anarquistas trataron de conservar su memoria como elemento de identidad colectiva, a la vez que rechazaban la visión que la historiografía académica daba sobre ellos, lo que se tradujo en la elaboración de una contrahistoria o historia alternativa. En las páginas que siguen voy a referirme brevemente a ambos aspectos.
El acontecimiento que sirvió como punto de partida para la construcción de una memoria en el exilio fue la guerra civil, que, a su vez, tenía su anclaje en otra memoria, la de los años de la República. A partir de aquí tanto los anarquistas, como los otros grupos políticos y sindicales de la izquierda, crearon diferentes representaciones de la realidad que se proyectaban en distintas memorias en función de la diversidad de colectivos.
Para los exiliados la guerra civil constituyó el «mito fundacional» de su memoria que, en el caso de los anarquistas, cristalizaba en una fecha, la del 19 de julio de 1936, día en que el pueblo en armas se había levantado contra los militares sublevados y en el que había comenzado la revolución social, la posibilidad de convertir en realidad el sueño del «comunismo libertario».
El 19 de julio de 1946 el Comité Nacional del Movimiento Libertario CNT en Francia editaba el Libro de Oro de la Revolución Española, en conmemoración de su décimo aniversario. En el mismo se recogía la participación de la CNT en la «lucha del pueblo español contra el fascismo», las medidas de carácter social y económico que puso en marcha (en especial las colectivizaciones en Aragón), así como las iniciativas tomadas en defensa de la cultura. Al principio del libro se explicaba el significado del «19 de julio»:
«La insurrección facciosa, comenzada en Canarias con el pronunciamiento de Franco, capitán general en esa isla, fue secundada … por la mayoría de los jefes y oficiales que habían jurado fidelidad a la República … La República se encontró inerme, quebrantados todos los resortes del Poder. La administración estaba minada por el movimiento fascista; nada respondía en el enorme aparato del Estado, a las órdenes del gobierno. La insurrección, preparada desde hacía tiempo, incubada en las sacristías, en los cuartos de banderas, en las covachuelas de la administración; financiada por el capitalismo y por el clero, se extendía a todos los rincones siniestros y sinuosos de la vida pública española. Lo único que estaba limpio de todo contubernio y de toda culpa, sano y vibrante, preñado de esperanzas y de resoluciones generosas y heroicas, era el pueblo, la clase obrera, los hombres del taller, de la fábrica, del campo, de la mina.
»Y el que salió a la calle a defender sus libertades y sus derechos amenazados, a batir al enemigo que intentaba apoderarse del Poder, con un golpe de audacia y de fuerza, fue el pueblo. Y allí donde el pueblo, el 19 de julio de 1936, tuvo armas suficientes para vencer a la facción, el levantamiento fascista fue reducido en pocas horas. Allí donde el pueblo no pudo encontrar esas armas; allí donde las autoridades que representaban a la República se negaron a entregar al pueblo esas armas, la insurrección triunfó. Esa es la verdad. Y esa es la gran lección histórica del 19 de julio».
De esta manera, el 19 de julio se convirtió en una fecha de especial significado para los anarquistas. En París, en Toulouse y en otras zonas del sur de Francia donde aquellos eran mayoría, se celebraban una serie de actos conmemorativos. Había mítines, conferencias, representaciones teatrales y otras actividades culturales que tenían como principal objetivo mantener cohesionado al grupo en torno a un hecho de su memoria colectiva, que formaba parte de su identidad en el exilio.
Otro momento que revistió un fuerte valor simbólico fue la participación española en la liberación de París en agosto de 1944. Lo subraya Federica Montseny:
Militarmente, desde el punto de vista del objetivo simbólico que representaba París para las fuerzas aliadas, como lo representaba para las fuerzas de Hitler, los que liberaron París fueron los refugiados españoles … Es decir, los proscritos, los revolucionarios vencidos, el triste rebaño encerrado entre alambradas y guardado por negros, los hombres perseguidos y acosados como fieras, los esclavos de las compañías de trabajadores y la triste carne enviada a morir en el desierto o la muralla del Atlántico.
El final de la Segunda Guerra Mundial significó para los exiliados la esperanza de un pronto retorno a España. Llevaban ya varios años en el destierro y todavía las «maletas» permanecían sin deshacerse y el mobiliario de las viviendas era provisional. «Pasamos a Francia —evoca Sara Berenguer— siempre con la esperanza de volver, de volver mañana, tanto es así que estuvimos años esperando volver y que teníamos siempre la intención. Cuando nos reuníamos media docena de compañeros decíamos: “Qué vamos a hacer”, “¿por qué no cogemos una ‘campaña’ abandonada en el monte y trabajamos y vivimos en colectividad y hacemos algo?”, pues sí, nos entusiasmábamos y decíamos: “Vamos a hacerlo”, pero al cabo de dos o tres días yo les decía: “¿Y si la cosa en España se arregla?, tendremos que abandonarlo todo, vale más que esperemos”. Y así hemos pasado muchísimos años».
La necesaria asunción de un largo exilio produjo en el seno de los anarquistas esa necesidad, ya indicada, de reafirmar su supervivencia como colectivo, mediante el mantenimiento de principios y valores que habían dado forma a una cultura que era en sí misma una determinada manera de vivir la vida, lo que en sí constituía el alimento de una memoria en la que los libros, la escritura, revestían un valor especial en la transmisión del saber que dignificaba y hacía libres a los seres humanos. De ahí el empeño de los anarquistas de que sus hijos estudiaran, adquirieran una formación cultural y profesional sólida y se abrieran camino en las sociedades en las que vivían. Mario B. nacido en 1934 en España tiene este recuerdo de su infancia:
Mi madre era casi analfabeta, sabía apenas … leía pero escribía muy mal, casi no sabía escribir. Uno de los recuerdos más fuertes de mi vida es que cuando llegamos a Gimel (Francia, en 1939), no era un campo de internamiento, era un centro de reagrupamiento de mujeres y niños, nos metieron a todos dentro. Debía de haber algunos miles de mujeres y niños amontonados en una vieja fábrica que en invierno se inundaba … Entre esas mujeres había algunas maestras, todo se organizó rápidamente y los niños, yo tenía entonces 5 años, fuimos escolarizados … con libros de los que guardo una imagen muy precisa: ¡los libros mexicanos! Era el Gobierno mexicano que debió sin duda enviarnos libros. Me acuerdo muy bien que cuando me dieron un libro, y el libro era prestado, mi madre me lo dio con mucha solemnidad … [y] me dijo: «debes de saber que los libros son tus mejores amigos».
Los padres de Mario eran libertarios e inculcaron a sus tres hijos la necesidad de estudiar. Mario y sus hermanos cursaron ingeniería informática y la hermana se hizo maestra. Los tres conservaron el ideario que les transmitieron sus progenitores, al igual que Suno, Helios y Blanca, hijos de Teófilo y Blanca Navarro. Estos últimos tuvieron una participación muy activa en los actos culturales que los libertarios organizaban en Toulouse. Ellos fueron quienes animaron el Grupo Artístico Juvenil de las Juventudes Libertarias, como ya vimos, y sus hijos quieren, junto con otros compañeros y simpatizantes, preservar la memoria de sus mayores que tuvieron que partir hacia el exilio. Para ello crearon, el 28 de noviembre de 2008, una asociación: «Centre Toulousain de Documentation sur l’exil espagnol». Tal y como se indica en el díptico de presentación: «El CTDEE no pretende competir con las otras asociaciones, instituciones o archivos ya existentes, sino desarrollar una actividad complementaria ya que su creación responde a la voluntad de conservar en Toulouse, capital de la resistencia antifranquista en Francia desde 1940, la memoria y la labor realizada por los refugiados». Sin duda este es el mejor recuerdo y homenaje que pueden hacer a sus padres y a tantos anarquistas que hicieron de Toulouse su segundo hogar.
Pero a la vez que construían y preservaban una memoria, la utilizaban como medio para reconstruir la historia del colectivo. Como ha señalado Jacques Le Goff, hay al menos dos historias, la de los historiadores y la de la memoria colectiva de un colectivo social. Esta última elabora su sistema de representación no en función de argumentos lógicos, sino a partir de unos acontecimientos que marcan la conciencia individual. Y la interpretación que ha dado la historiografía académica de la manera como han vivido esos acontecimientos los anarquistas, no ha coincidido, la mayoría de las veces, con la visión que ellos tienen de su propia historia, de la que han querido dejar constancia a través de escritos historiográficos, o bien mediante memorias, testimonios o recuerdos. Al margen de las diferencias, en todos ellos hay una clara postura de compromiso y militancia activos.
Ya en la temprana fecha de 1951 Federica Montseny editaba un libro que recogía la trágica aventura de los españoles del éxodo que se vieron recluidos en campos de internamiento, lucharon en la Segunda Guerra Mundial y murieron en los campos de exterminio nazis. En Pasión y muerte de los españoles en Francia escribía:
Mi trabajo es muy simple, sin trascendencia alguna. Me limito a recoger testimonios dispersos, a dejar hablar a los supervivientes y a proyectar la sombra de los muertos … Desarraigados, sin hogar ni patria, cubiertos de harapos, de piojos y de sarna, ensangrentados y vencidos, con el cuerpo maltrecho y el alma transida, como Don Quijote dentro de la jaula, la obstinación magnífica, la esperanza victoriosa, la energía sombría y la risa luminosa, nos han salvado, nos salvan y nos salvarán siempre. Cuando otros se suicidaban, declarándose vencidos, nosotros, cargados de cadenas, nos preparábamos para vencer.
Ciñéndome a los años del exilio, hay un amplio corpus de memorias y testimonios de anarquistas, pero casi todos los textos se han publicado en edición del autor o bien se conservan como manuscritos inéditos en el entorno familiar y en archivos y centros de documentación libertarios o de carácter social como el Instituto Internacional de Historia Social de Ámsterdam. Son escasas las memorias aparecidas en editoriales de cierta difusión, de ahí el desconocimiento de esta historia elaborada desde dentro y en la que no faltan las posturas divergentes. Véanse, a modo de ejemplo, las memorias de Juan García Oliver: El eco de los pasos, y las de Josep Peirats: De mi paso por la vida. Memorias.
En cuanto al desacuerdo con lo que escriben los historiadores ajenos al mundo del anarquismo pueden servir de muestra la carta abierta que dirige Heleno Saña, en enero de 2005, al historiador Ángel Herrerín, que poco antes había publicado su libro: La CNT durante el franquismo: clandestinidad y exilio (http:www.periodicocnt.org/308enero2005/22); o bien la versión alternativa: «Toulouse y el exilio libertario español», escrita por Oscar Borillo y Tomás Gómez, y publicada en la edición española del libro coordinado por Alicia Alted y Lucienne Domergue (2003), que constituye una réplica al texto: «Les anarchistes dans l’exil», escrito por el historiador David Bueno Villagrasa, que se recoge en la edición francesa del libro que coordinó Lucienne Domergue (1999).
En suma, una memoria y una contrahistoria que se aúnan para construir la historia de un colectivo, que trató de poner en marcha sus principios revolucionarios en uno de los momentos más convulsos de la historia reciente de su país.