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La reunión del Comité de Gobierno del departamento empezó, como de costumbre, con la lectura del acta de la reunión anterior. Era el momento que más aborrecían todos los reunidos, desde que Josep había accedido al cargo de secretario del departamento. Tenía la manía de redactar unas actas larguísimas y no aceptaba de ninguna manera saltarse la lectura de las mismas, aun cuando todos los reunidos juraran que ya las habían leído y que estaban totalmente de acuerdo con ellas. «El orden del día indica la lectura y aprobación del acta anterior, y no sería correcto aprobarla sin haberla leído», decía para justificarse. Por si leer aquellas actas al inicio de la reunión fuera poco, había que soportar que lo hiciera él. Leía con una voz tan monótona que, si alguno de los asistentes se esforzaba por escucharle durante medio minuto, se adormilaba.

En reuniones anteriores alguien había intentado ahorrarse ese momento llegando con retraso. Pero era en vano. Josep mandaba avisarles, insistía en no empezar hasta su llegada y, además, hacía constar en el acta que la reunión se había retrasado porque fulano y mengano habían llegado tarde.

Aquel día, sin embargo, la voz de Josep no tenía la monotonía habitual, y todos los asistentes parecían estar pendientes de lo que decía. Aquel día, Josep hablaba con voz titubeante y su lectura de las discusiones, votaciones y acuerdos de la reunión anterior resultaba vacilante y entrecortada. Era obvio que la presencia de Jordi le azoraba. Cuando Josep hubo terminado de leer el acta y tras las enmiendas habituales tomó la palabra Ignasi, el director del departamento. Con su acostumbrada turbación, explicó las últimas novedades producidas en la universidad, las incidencias del personal, el estado del presupuesto del departamento, las gestiones que había emprendido, las visitas que había recibido y otras cosas por el estilo. Ignasi se esforzó en no dirigir ni una sola vez la mirada hacia Jordi.

Terminada la intervención de Ignasi, se inició el debate. El primero en intervenir fue Ferran, sentado a la derecha de Jordi. Recordó de nuevo la vetustez de muchos de los equipos de su laboratorio, el de Radiación y Alta Frecuencia, y enfatizó cuanto pudo la urgencia de renovarlos so pena de perder la oportunidad de contratar un par de nuevos proyectos que él consideraba de gran importancia para el departamento. Gualbert, uno de los representantes de los estudiantes, se sumó a la petición de renovación y aprovechó la ocasión para denunciar que ya llevaban más de tres meses sin poder hacer prácticas de antenas parabólicas. Ignasi no dijo nada.

El siguiente fue Santiago. Se expresaba con el tono resentido de siempre. Criticó al rectorado por su política de inversiones porque, en su opinión, favorecía a los departamentos relacionados con la ingeniería del transporte cuando era evidente, también en su opinión, que andaban sobrados de recursos. Ignasi asentía con la cabeza. Aunque no movió ni una pestaña cuando Santiago insinuó que se debía protestar con mayor energía ante el rector por esta discriminación.

Jordi pensó que la intervención de Santiago no se había alejado mucho de las que solía hacer normalmente. Pero le pareció que hoy casi no le dirigía la mirada y que, cuando lo hacía, mostraba mayor indiferencia que de costumbre.

Cuando tomó la palabra Esteban, Ferran preguntó en voz baja a Jordi si le prestaba el panglós que tenía encima de la mesa. Jordi opinó que habría debido hacerlo con mayor discreción porque, justamente cuando se iniciaba la primera intervención en castellano, todos se darían cuenta de que él se colocaba el panglós. «Ten, gradúate bien los auriculares», le murmuró mientras se lo cedía. Ferran se lo puso y cerró los ojos.

Mientras Esteban seguía hablando, Jordi observaba cómo el rostro de Ferran se llenaba de satisfacción. Parecía reír interiormente y no podía ser por lo que decía Esteban, unos comentarios, dogmatizantes como siempre, relativos a la evaluación del profesorado, sino por cómo lo oía él. Todos los asistentes miraban de reojo a Ferran. Salvo Esteban que, al comprobar que contrariamente a lo usual no era el centro de atención, lanzó una mirada de desprecio y de indignación a Ferran que rebotó en Jordi.

Cuando Esteban todavía no había terminado, Ferran se sacó el panglós al tiempo que le decía a Jordi: «¡Es fantástico!». Sonreía sin percatarse de que, por bajito que hablara, todos estaban pendientes de sus palabras. «¡Qué poca gracia debe hacerle a Esteban que le haya oído en catalán, y con su propia voz! ¡Él, que ni tan siquiera ha pronunciado un solo “buenos días” en catalán durante los diez años que lleva aquí!», dijo. Jordi temió que lo hubieran oído porque recibió una mirada de odio procedente del ojo derecho de Esteban. La del ojo izquierdo recayó en Ferran.

La última en intervenir fue Margaret. Se quejaba, en inglés, de los problemas que existían en la residencia para profesores visitantes. Gualbert hizo señas a Jordi para que le prestara el panglós. Un poco asustado, se lo pasó con toda la discreción posible. Pero no pudo ahorrarse la mirada de reprobación de Ignasi. Gualbert puso cara de felicidad cuando pudo oír a Margaret, por el panglós, en catalán. María José, la otra representante de los estudiantes, no compartía la satisfacción de su compañero.

Tras esta intervención la reunión entró ya en el tercer punto del orden del día, el que todos esperaban. Se trataba de la programación del curso siguiente, un tema que siempre provocaba mucha polémica porque nunca nadie había podido compaginar satisfactoriamente las clases a impartir, los horarios, los intereses de los profesores y los deseos de los estudiantes.

Ignasi repartió unas hojas en las que aparecía la programación que proponía para cada profesor del departamento, y se lanzó en una larga explicación con la que no pretendía otra cosa que quejarse de la falta de recursos para atender correctamente a todos los estudiantes, así como defenderse y excusarse por haber hecho aquello que, debido al cargo que ocupaba, le tocaba hacer.

Era evidente que a Ignasi no le gustaba hacer esa labor, ni ninguna de las labores de un director de departamento. Le faltaba interés, decisión y firmeza, y le sobraba miedo. Ferran, exagerando un poco, decía de él que no era ni carne ni pescado. Había aceptado el cargo porque, como mal menor, era el único que todos los profesores estaban dispuestos a tolerar. Debía favores al departamento y se había visto moralmente obligado a presentarse a la elección. Consiguió muchos votos. Los profesores más ruidosos le votaron porque creían que podrían llevarle por donde mejor les conviniera, y los demás le votaron por evitar a uno ruidoso.

Ignasi proseguía su explicación, pero nadie se ocupaba de él. Todos tenían prisa por encontrar su nombre en las hojas, por saber qué clases les habían tocado y, algunos, por saber qué y cuántas clases les habían tocado a los demás.

Tras haber localizado la información que más les interesaba e indiferentes a los lamentos de Ignasi contra el rectorado empezaron a hablar entre ellos. Santiago mostraba escandalosamente a Esteban la hoja que correspondía a Joan, el profesor más antiguo del departamento, señalando con el dedo el número que indicaba las horas de clase que debía hacer, pocas, evidentemente, a su parecer. Esteban replicaba indignado haciendo notar que José Luis, su discípulo predilecto, tenía que dar más clases que el año pasado.

Ferran comentaba maliciosamente a Jordi que le habían adjudicado las clases de Electrónica de segundo curso, que podía darlas cualquiera, decía, mientras que las de Antenas, que eran de especialización, se las daban a un pipiolo.

Los dos estudiantes se llevaron las manos a la cabeza cuando vieron que el profesor que menos respeto les merecía, no sólo no era despedido, sino que seguiría impartiendo las mismas clases de Electromagnetismo. «¿No querías sopa? ¡Pues dos tazas!», pensó Gualbert.

Ignasi todavía no había terminado cuando la gente empezó a intervenir, y ahora sin el orden de antes. Para Santiago era evidente que aquella propuesta era obra de una mano oculta con intereses muy particulares. Decía que era inaceptable que siempre cargaran con el mochuelo los mismos. Y él, como siempre, se consideraba dentro del grupo de los que cargaban con el mochuelo. A Margaret no le parecía bien que profesores visitantes dieran clases de primer curso. María José opinaba que los profesores peores, si no podían ser expulsados, debían dedicarse únicamente a tareas auxiliares. Cuando Josep le preguntó quiénes eran estos profesores respondió con un: «Todo el mundo lo sabe; ¡y si no que lo pregunten a los alumnos!». Para Esteban la propuesta era inaceptable porque se había hecho caso omiso a la investigación. Según él, la investigación debía ser compensada con la docencia. Los profesores que investigaban más debían ser compensados haciendo menos clases, y a la inversa.

A Ignasi estas intervenciones le hicieron el mismo efecto que si le hubiera caído encima una pedrea. Ya se lo temía, pero no por ello dejaba de sorprenderle. No le sirvió de gran cosa tratar de escabullirse con un: «La propuesta no es mía. Pedí a un grupo de gente que la preparara y creía que, más o menos, habían hablado ya con todo el mundo».

Aquello confirmó a Santiago que la propuesta era obra de una mano oculta; a Margaret, que los profesores visitantes no habían sido consultados; a María José, que el grupo estaba dominado por los profesores malos; y a Esteban, que la habían redactado investigadores mediocres.

Los reunidos habían olvidado a Jordi y a su panglós cuando éste tomó la palabra. Quería contribuir a calmar los ánimos exaltados de la reunión, pero se desanimó un poco al intuir que sólo Josep le agradecería su intento. Dijo que, en principio, no tenían ninguna objeción a la propuesta presentada por el director del departamento, aunque podría mejorarse, y que si existía algún error debía ser involuntario y ya se corregiría. Ignasi no dio muestras de agradecimiento, mientras que más de uno pensaba que si Jordi no se quejaba era porque la propuesta debía irle bien.

Jordi no terminó aquí su intervención. Había venido a la reunión con el objeto de hacer una propuesta y ahora era el momento oportuno de hacerla. Dijo, en tono obediente, que le había vuelto a tocar dar las clases de Electroacústica, que lo aceptaba si así lo deseaba el departamento y que procuraría hacerlo del mejor modo posible. Adoptó un aire humilde y añadió:

—Pero, como sabéis, esta clase es de las que hasta ahora hemos debido dar en inglés y desearía pediros que me permitierais utilizar el panglós.

»Ya conocéis todos este aparato —dijo al tiempo que lo mostraba a los reunidos y percatándose de que algunos no querían ni verlo—. También sabéis que lo hemos desarrollado en nuestro propio departamento, gracias a la colaboración de mucha gente.

Jordi pensaba que presentándolo de aquel modo encontraría menos oposición que si subrayaba su autoría. Pero a juzgar por las miradas, la forma de presentación no influiría mucho en el resultado.

—No os pido, ni mucho menos, que procedamos a una implantación total del panglós en todas las clases que damos. Podría resultar peligroso si terminara por no funcionar. Sólo os pido que me permitáis probarlo durante un tiempo en mis clases, y si no va bien, lo retiraremos. —Jordi creía que con estas limitaciones, la propuesta podría resultar más aceptable—. En lo que se refiere al aspecto económico, no hay problema. En el laboratorio de Electroacústica podemos intentar montar, sin gastos para el departamento, los veinte pangloses que calculo son necesarios; uno para cada estudiante que no entienda el catalán.

Estaba convencido de que, a no ser por la económica, era imposible que hubiera otra objeción.

Albert deseaba que llegaran las ocho. Ya hacía un buen rato que se aburría sin nada que hacer. Y no porque durante la noche hubiera tenido mucho trabajo, pero por lo menos se había ido entreteniendo; o recibiendo unas llamadas, o recogiendo el correo, o repasando la prensa, u ordenando archivos. No gran cosa, es cierto, salvo el rato que había pasado analizando los espectrogramas que Jordi le había dejado. En total, muy pocos para él, que presumía de ser un super-ordenador de 128 gigaflops.

Por eso se alegró al detectar que Jordi, con puntualidad británica, insertaba la tarjeta en la rendija de su despacho. Dio de inmediato la orden de apertura y lo saludó como de costumbre.

—Buenos días, Jordi, ¿cómo estás?

—Bien, tirando —respondió Jordi sin ganas de dar más explicaciones.

—Has recibido tres llamadas y cuatro cartas. ¿Quieres repasarlas ahora? —preguntó Albert.

—Sí, vale —dijo Jordi pensando que aquello le ayudaría a terminar de desvelarse.

La primera llamada que le pasó Albert procedía de la biblioteca. Le comunicaban que al día siguiente tendría el libro que había solicitado. «¿Cuándo la recibiste?», preguntó Jordi. «Ayer, a las dieciocho horas, veintinueve minutos, cuarenta y cuatro segundos», respondió con exceso de precisión, «Recuérdame que vaya a recogerlo esta tarde». «De acuerdo», dijo diligentemente Albert.

La siguiente llamada era de Sophie, y Albert se ofreció para traducirla. «No, no hace falta», respondió Jordi. Entendía perfectamente el francés que hablaba Sophie y prefería oírla directamente. Albert le habría hecho una buena traducción, pero era incapaz de reproducir la melodía de su voz. Le preguntaba si iría a la próxima reunión del proyecto EURASI/V. Y terminaba con un «¡Me gustaría tanto que fueras!», pronunciado en una entonación tan sugestiva que acabó por espabilarlo. Pero, por desgracia, no podría asistir a ella. A su pesar le pidió a Albert que le respondiera: «Sophie, no puedes imaginar lo mal que me sabe. He trabajado bastante en ese proyecto últimamente y me convendría asistir a la reunión, pero precisamente la tercera semana de mayo tengo que estar en Los Ángeles, en el MT/38, y me resulta imposible estar en los dos sitios». Y añadió: «¡Y te aseguro que también a mí me hubiera gustado mucho ir!», esperando evocar en ella las mismas sensaciones.

La última llamada era de El-Sayed, desde Arabia Saudí. Prefirió que Albert se la tradujera, porque si hablaba en árabe no podría entenderle y si hablaba en su inglés quizá tampoco. Le pedía una copia de la memoria que Jordi tenía que presentar en el MT/38. Estas peticiones siempre alimentaban su vanidad. Ordenó que Albert se la mandara por correo electrónico cuanto antes.

Mientras examinaba el correo, Albert le informó de que tenía una llamada directa de Imma Piqué, la vicerrectora de estudios. «Pásamela, quizá sea importante». La notó excitada. «Oye, ¿qué es esto del panglós? Tengo aquí a Ignasi. Me pregunta qué pienso de tu propuesta de utilizarlo en las clases, y no tengo ni idea de qué narices hace este aparato».

«¡De forma que Ignasi ha ido a hablar del tema con la vicerrectora!», pensó Jordi. Pero de hecho no le extrañó. La reunión del departamento había terminado como perros en misa e Ignasi se encontraba en una situación harto difícil. La propuesta de Jordi había exasperado a Santiago. «Con tantos problemas graves como tenemos, y a ti se te ocurre salir ahora con esta tontería», le había dicho. Esteban se había añadido a la queja diciendo que era intolerable hablar de cómo se harían las clases cuando todavía ni se sabía qué clases daría cada uno. María José, al ver por dónde iba Esteban, había dicho que tenían cosas más importantes que discutir que la lengua en la que se darían las clases.

Ignasi se sentía de nuevo acorralado. Unos, ni querían oír hablar de la propuesta, y los demás decían que estaban en su derecho y que debía tomarse una decisión rápida, antes del inicio del curso próximo. Él, en medio, sin opinión y sin osar pronunciarse. Ignasi debe de haber ido a ver a Imma para que le saque las castañas del fuego, pensó Jordi. Pero, en este caso, no le pareció negativo.

—Mira, el panglós es… —dijo Jordi a Imma; pero cambió de idea antes de seguir—: Oye, si quieres te lo enseño y podrás hacerte una idea.

—¿Puedes venir? ¡Fantástico!

Pocos momentos después, Jordi entraba en el despacho de la vicerrectora. Imma, amiga suya desde hacía años, lo recibió cordialmente y le invitó a tomar asiento alrededor de la mesa redonda en la que recibía las visitas de trabajo. Ignasi parecía medio avergonzado. No le gustaba que le viera ahí. Jordi mostró el panglós y explicó los detalles de su funcionamiento y cómo lo habían hecho. A medida que avanzaba, y al ver el interés que despertaba, le salía un tono más animado. Insistía en los aspectos que más atraían a Imma, se anticipaba a sus preguntas, minimizaba los problemas y corroboraba las virtudes que le adjudicaba. La vicerrectora no parecía tener prisa y Jordi lo aprovechó para ofrecerle una visión muy completa.

Cuando le pareció que ya era suficiente, la vicerrectora dio su opinión.

—Jordi, creo que tu panglós es muy interesante y te felicito por haberlo hecho. No sabía nada y me preocupa que en el rectorado nos enteremos tan tarde de las cosas que se llevan a cabo en los laboratorios de nuestra universidad. —Miró de reojo a Ignasi, quien rehuyó su mirada—. Se lo comentaré al rector porque estoy segura de que tampoco él está al corriente, y le gustará. Si te parece bien, también hablaré de ello con los del gabinete de prensa para que lo difundan.

—¿Quieres decir que vale la pena? —preguntó Jordi deseando la respuesta que obtuvo.

—¡Tú dirás si vale la pena! Las demás universidades montan todo un tinglado por mucho menos. Y en lo que se refiere a la propuesta que has avanzado —dijo dirigiéndose a Ignasi—, yo no veo inconveniente alguno.

Ignasi osó objetar que quizá no sería viable. Dijo que la asignatura encargada a Jordi era de las homologadas a nivel europeo, y que la Universidad había aprobado un reglamento según el cual debían impartirse en inglés porque asistían a ella estudiantes de lugares muy dispares. «Eso es lo que ha venido a buscar aquí —pensó Jordi—: que los de las alturas le digan que no puede ser».

Pero esta vez Imma no le resolvería el problema.

—Mira, Ignasi, no tenemos que ceñirnos estrictamente a lo que estipulan los reglamentos. Siempre que nos ha convenido hemos intentado ser flexibles. La Universidad ha decidido hacer estos cursos en inglés no por tratarse justamente del inglés, sino porque es la lengua que más o menos comparten los estudiantes y los profesores de estos cursos —Imma adoptaba un tono pausado—. Pero todos reconocemos que no es la solución ideal, porque si bien puede resultar la mejor solución global, no es la mejor solución para cada uno de los estudiantes y profesores.

A Jordi le gustaba oír en boca de la vicerrectora su propia línea argumental.

—Yo no veo inconveniente en utilizar el panglós en las clases —continuó Imma—. No me parece que nadie salga perdiendo con ello y, en cambio, habrá algunos que saldrán ganando. Jordi podrá utilizar su propia lengua, y los estudiantes que hablen catalán le entenderán mejor que si lo hiciera en inglés. Los que no entienden el catalán podrán usar un panglós y oír la clase en su propia lengua. Quien desee oírla en inglés, podrá hacerlo.

Y sentenció:

—No veo ningún problema y no pondremos ningún obstáculo, pero tiene que decidirlo tu departamento.

Ignasi salió más asustado de como había entrado.

Cuando entró Laura, Jordi estaba preparando la presentación prevista para el MT/38. Llegaba puntual, a la hora convenida dos días antes, cuando ella le llamó. Todavía recordaba los términos exactos de la llamada: «Hola, soy Laura Rius, de la agencia Euromedia —le había dicho con voz cordial—. Los del gabinete de prensa de la universidad me han dicho que usted ha inventado un aparato que traduce y quería preguntarle si tendría inconveniente en que le visitara». No, Jordi no podía ver ningún inconveniente. Por una parte le gustaba dar publicidad a su panglós y por otra le había resultado difícil decir que no a una voz tan cálida.

La primera impresión que tuvo al verla difería sólo un poco de la que se había formado tras la llamada. Tenía un aspecto franco y abierto, aunque su actitud de fondo parecía reservada. Seguía con naturalidad el ritual de las palabras, miradas y gestos del saludo inicial, pero lo hacía con esfuerzo.

—Le agradezco la visita —empezó Jordi cuando estuvieron sentados uno frente al otro en su mesa.

—Soy yo quien tiene que dar las gracias. Usted debe de estar muy ocupado y le hago perder el tiempo…

—No pierdo el tiempo. Transmitir los resultados de nuestras investigaciones a la sociedad es parte de nuestro trabajo, y en esto usted…

—Por favor, no me trate de usted, tutéeme.

Jordi agradeció aquel gesto de confianza y le pidió que también ella lo hiciera. De hecho, debían de tener una edad similar y no le parecía justificado fijar barreras en el trato.

—Si no te molesta, me gustaría grabar la conversación —dijo Laura confiando en una respuesta positiva.

—Como gustes, pero si quieres podemos decirle a Albert que la grabe y te la haga llegar a tu despacho.

—¿Albert? ¿Quién es Albert? —preguntó Laura al tiempo que barría el despacho con la mirada sin ver a nadie.

—Perdona, es mi asistente —y señaló la caja metálica que tenía en la parte izquierda de su escritorio.

—¡Ah!, le llamas Albert…

El nombre era una de las pocas cosas con las que se podía personalizar a los asistentes. También se le podía poner un tipo de voz masculina o femenina. Jordi había solicitado una voz masculina porque le parecía que así podría dirigirse a él con mayor franqueza. Pero la franqueza duró poco: el tiempo que Jordi necesitó para darse cuenta de que Albert, según qué cosas, no terminaba de entenderlas, y que era muy difícil lograr sincerarse y considerar amiga una voz idéntica a la que oías en muchos despachos diferentes.

—Si te parece bien, podrías empezar explicándome qué es el panglós.

Jordi cogió uno que tenía encima de su mesa y se lo mostró a Laura.

—Este aparato podría llegar a ser el traductor portátil del futuro —dijo queriendo crear expectación—. Todavía tiene algunos defectos, que espero que resolveremos en poco tiempo, pero ahora ya puede ser muy útil…

—Efectivamente, es muy ligero —dijo Laura mientras observaba el panglós que ya tenía entre las manos—. ¿Y es tan bueno como los demás traductores?

—Sí, a pesar de ser portátil es de la misma calidad que los demás. Es más, en realidad podríamos decir que el panglós lleva uno de ellos incorporado aquí —y recorrió lentamente con el dedo la tira curva que unía los dos auriculares por encima de la cabeza.

La lingüística informatizada había hecho unos progresos extraordinarios en los últimos cien años, y los problemas de reconocimiento del habla y de la traducción correcta entre las lenguas más conocidas ya estaban resueltos. Los traductores automáticos de alta calidad estaban tan desarrollados que se habían transformado en bienes de consumo. Muchos aparatos llevaban un traductor incorporado, incluidas las radios y las televisiones.

—Es interesante…

—Pero el panglós mejora un poco los traductores de los que disponemos —prosiguió Jordi con voz calmosa—. Y no porque no sean lo suficientemente buenos. Albert, por ejemplo, tiene un traductor muy bueno, pero tiene una limitación de la que ni siquiera nos damos cuenta por lo acostumbrados a ella que estamos —y marcó una pausa para captar el interés de Laura—. Esta limitación es que los traductores emiten siempre en la misma voz. Fíjate en Albert —dijo señalándolo—. Se harta de traducir mensajes que proceden de voces diferentes: hombres y mujeres, grandes y pequeños. Y siempre me da el resultado en la misma voz: la suya.

Dudó del estilo que estaba utilizando, quizá demasiado parecido al que empleaba en las clases. Pero Laura hacía cara de seguirle con interés.

—¿Nunca te ha sonado extraña una voz masculina traduciendo el mensaje de una chica? ¿O una voz femenina traduciendo el mensaje que sabes que procede de un hombre? Cuando conoces la voz del emisor, ¿no te choca oír la traducción en otra voz? O, por ejemplo, cuando recibes un mensaje de un amigo tuyo que no habla tu mismo idioma y mandas que te lo traduzcan y te dice algo personal, ¿no te sorprende oírlo en una voz diferente?

Era evidente que Jordi quería crear expectación, y a juzgar por la expresión de Laura ya lo había conseguido. Era el momento de dar el paso siguiente.

—Bien, pues el panglós te da la traducción en la misma voz que el original. Cuando oyes el panglós, oyes la voz de la persona pero en otra lengua: la tuya. Es como si la persona que te habla lo hiciera directamente en tu lengua. Tú no notas ninguna diferencia —dijo enfatizando el «ninguna».

—Y esto, ¿cómo lo consigue?

—La idea principal es muy sencilla. Se trata de cambiar los sintetizadores que llevan los traductores actuales por un sintetizador universal que…

—Perdona, pero empiezo a perderme. ¿Qué es un sintetizador? —dijo Laura temiendo estar preguntando algo que Jordi pudiera considerar obvio.

—El sintetizador es la parte del traductor que genera el mensaje verbal. Un traductor, como ya sabes, consta de tres partes principales: el analizador, que capta el mensaje de entrada y lo transforma en texto en la lengua original; el traductor propiamente dicho, que traduce el texto original a la lengua escogida; y el sintetizador, que transforma el texto traducido en voz.

—¡Ah!, ya veo. El sintetizador, por decirlo de alguna manera, es la parte del traductor que lee el texto después de traducido —dijo Laura confiando haber acertado.

—Exactamente. Pero los sintetizadores que se utilizan actualmente sólo pueden leer en una determinada voz, siempre la misma. El sintetizador universal, en cambio, permite leer en cualquier voz. Tú le marcas la voz que debe emplear y el sintetizador lee en aquella voz.

El sintetizador era la niña bonita de Jordi. Le había costado más de diez años de trabajo, sin contar los cinco años que había empleado en el doctorado de fonética acústica. Pero las horas pasadas en el laboratorio, en el despacho, en casa, habían valido la pena. Había debido echarle mucha valentía al asunto para superar varios fracasos, mucha habilidad para esquivar los obstáculos y mucha paciencia para resistirse a las incomprensiones y a las envidias, pero el resultado conseguido justificaba todos los esfuerzos invertidos en el proyecto. Se había ganado un prestigio internacional en el terreno de la síntesis del habla y ahora quería demostrar que su sintetizador tenía muchas aplicaciones. El panglós era sólo una de ellas…

—¿Y cómo sabe en qué voz tiene que leer? —preguntó Laura haciéndole bajar de las nubes.

—Bien, esto no ha resultado muy difícil. Dado que el analizador es el que escucha y analiza la voz original que llega por el micrófono, basta con que transmita las características de esta voz al sintetizador.

—¿Me dejas probarlo?

La ayudó a colocárselo. Le sentaba bien porque le redondeaba la cara. La tira negra que enlazaba los dos auriculares quedaba disimulada entre los cabellos, también negros, de Laura. Le ajustó el micrófono para que le quedara un poco por encima de la altura de la boca.

Laura le pidió que hablara y él le gastó la broma de hablarle en catalán. Quedó maravillada al oír la voz de Jordi, en un catalán perfecto, por los auriculares.

—No, perdona, he hecho trampa. Cuando el panglós recibe una frase en tu lengua, no la traduce. En ese caso, sólo la pasa del micrófono a los auriculares.

Laura sonrió, ligeramente decepcionada pero agradeciéndole la confianza. Jordi siguió hablando un rato en castellano y luego en inglés, y Laura, tras sacarse un momento el panglós para asegurarse de que no volvía a bromear, quedo definitivamente maravillada.

Aunque también parecía pensativa…

Ya hacía más de un cuarto de hora que Jordi paseaba frente al Centro y Laura no llegaba. Le parecía extraño estar esperando en un lugar en el que no había estado nunca a una periodista, a la que había conocido sólo dos días antes, para ir a comer con ella.

Ante el interés de Laura, Jordi se había ofrecido para probar el panglós en la calle. Ella le preguntó si el panglós podía traducir del catalán al árabe. «¿Cómo que si el panglós puede traducir del catalán al árabe?», exclamó Jordi en un tono pretendidamente ofendido. «¡Si le he puesto este nombre es porque puede traducir a todas las lenguas!», dijo exagerando un poco. «Si quieres, podemos ir a probarlo a Nou Barris». A Laura le había parecido muy buena la idea y sugirió ir a comer al restaurante del Centro Cultural Árabe Anselm Turmeda.

Resultaba gracioso que el Centro estuviera en el mismo lugar en el que, treinta años antes, estaba el Centro Cultural García Lorca. Pero este cambio no era más que un reflejo cultural de la transformación de Nou Barris. La población de origen mayoritariamente andaluz que setenta años atrás se había adueñado prácticamente del barrio, había ido difuminándose en los distritos nobles de la gran ciudad. Ahora, este barrio de Barcelona, al igual que muchos otros, estaba ocupado por población árabe, principalmente magrebí, que también se había adueñado de él. Se notaba en todas partes: el habla de la gente de la calle, los carteles de muchos negocios, y los anuncios, incluso los de los partidos políticos que pedían el voto en las próximas elecciones municipales.

Laura estaba preciosa. Llevaba un vestido elegante, aunque de diario, que le realzaba la figura. Jordi le tendió uno de los dos pangloses que llevaba, preparados para que emitieran en árabe. Se los colocaron y entraron en el restaurante del Centro.

El camarero que les atendió no se sorprendió del todo hasta que oyó a Laura hablar en un árabe perfecto.

—He llamado esta mañana pidiendo una mesa para dos personas.

El aparato que llevaban se parecía a los radioauriculares, pero no era el mismo.

—Si es posible, que no esté demasiado arrinconada —continuó Laura.

El camarero, turbado, les condujo a una mesa central sin dejar de mirar el panglós de Laura ni un momento.

—Ya se habían hecho traductores portátiles, ¿no es cierto? —preguntó Laura cuando estuvieron sentados y en un tono que continuaba la entrevista hecha dos días antes.

—¿Cómo te has enterado? —dijo Jordi sorprendido.

—Los periodistas debemos documentarnos bien para hacer los reportajes —respondió con una sonrisa y no sin cierto orgullo.

—Sí, se habían llevado a cabo algunos intentos, pero sin éxito. Es más, ni siquiera salieron de los laboratorios.

—¿Y la única diferencia entre el tuyo y los de antes es el sintetizador universal? —preguntó Laura.

—No, además del sintetizador también hay un absorbedor de voz —dijo Jordi como si se tratara de la cosa más corriente del mundo.

—¿Un qué?

—Sí, mujer. Alrededor del micrófono hay un absorbedor de ondas acústicas graduado para que sólo absorba la voz.

Fue una idea feliz. Los traductores portátiles no habían tenido éxito porque exigían hablar en voz muy baja y graduar los altavoces de salida con mucho volumen. No era fácil, porque no todos se acostumbraban a hablar siempre en voz baja. Incluso así, salían dos voces de la persona que utilizaba el traductor: la original, de la boca, y la traducida, de los altavoces. La persona que escuchaba oía simultáneamente dos voces distintas diciendo lo mismo en dos idiomas. La interferencia de ambas voces hacía casi imposible la comunicación.

La idea había sido de Montse, una compañera del departamento que también trabajaba en el laboratorio de Electroacústica. Consistía en adaptar para el panglós algunos de los múltiples absorbedores de ondas acústicas que existían en el mercado y que debían incorporarse, obligatoriamente, en los aparatos generadores de ruidos. Gracias a estos absorbedores, las ciudades actuales eran silenciosas comparadas con las de diez años antes. En las calles, por ejemplo, ya no se oían los ruidos de los coches, autobuses, camiones y motos porque todos ellos debían llevar un absorbedor cerca de cada foco generador de ruido.

—Cuando hablas, las ondas acústicas que salen de tu boca son atraídas por este absorbedor —dijo Jordi señalando con el dedo una especie de bola esponjosa que rodeaba el micrófono situado en el lado de la mejilla derecha—. Sólo las capta el micrófono, y nadie más puede oírlas. Por este motivo, de ti sólo sale la voz de los altavoces del panglós. Además, puedes hablar en el tono de voz que te resulte más natural: los altavoces emiten exactamente el mismo tono y no hace falta graduar el volumen de salida.

Cuando el camarero les trajo la carta, en árabe, se consideraron perdidos. El panglós no podía ayudarles directamente porque era incapaz de ver y, por lo tanto, de leer. La solución consistió en pedir al camarero que les leyera la carta. Entonces sí pudo trabajar el panglós, traduciendo al catalán el nombre y los precios de los diversos platos. Jordi se decidió rápidamente por un plato combinado de pescado. Laura, en cambio, pidió precisiones acerca del contenido de algunos platos y al final pidió cuscús, cambiando los garbanzos de acompañamiento por alcachofas.

Mientras esperaban que les sirvieran comentaron la turbación del pobre camarero y la curiosidad con que el resto de clientes del local les miraba. Hablaban entre ellos con los pangloses puestos.

—Oye, Jordi, ¿cómo está funcionando ahora este aparato? Cuando te hablo, ¿mi panglós traduce del catalán al árabe y el tuyo del árabe al catalán?

—En estos momentos, sí, lo más probable es que se produzcan algunas pequeñas distorsiones.

Se había demostrado desde hacía tiempo la imposibilidad de obtener, en todos los casos, una traducción inversa exactamente igual a la original, y el panglós no se salvaba de esta ley. También se habían hecho famosos algunos ejemplos de traducciones inversas que cambiaban sustancialmente el significado original.

—Si queremos hablar directamente, tenemos que sacárnoslos o bien seleccionar como lengua de emisión la catalana —dijo Jordi.

—¿Y esto, cómo se hace? —dijo Laura cada vez más admirada ante las complejidades y posibilidades del aparato.

—No cuesta nada. Sólo has de pronunciar tu contraseña y las palabras «emisión» y «catalán». A partir de ese momento el panglós pasará directamente tu voz del micrófono a los dos altavoces que hay en los auriculares, sin traducirla.

—¿También hay que decirle en qué lengua quieres que reciba? —preguntó Laura.

—No —respondió Jordi con autoridad—. Puede recibir en cualquier lengua. Al recibir un mensaje el panglós verifica ante todo la lengua de llegada y luego conecta automáticamente el traductor correspondiente. Tú sólo tienes que decirle en qué lengua quieres emitir.

—Ya entiendo —dijo Laura. Y retomando el hilo anterior preguntó—. ¿Y cuál es mi contraseña?

Jordi se sonrojó. No esperaba aquella pregunta y no podía dejar de responderla.

—Bueno, le he puesto lo primero que me ha pasado por la cabeza. Me parece que era: Eme, a, jota, a —dijo queriendo quitarle importancia sin lograrlo.

—¡Ah! —dijo Laura sonrojándose todavía más.

Durante toda la comida tuvieron los pangloses puestos. Laura comentó que el aparato estaba diseñado con gracia porque el absorbedor y el micrófono estaban suficientemente alejados de la boca como para poder llevarlo incluso comiendo.

—Lástima —dijo— que los hayas hecho de color negro. Espero que cuando se fabriquen se hagan con colores más atractivos.

No paró de plantear preguntas y de vez en cuando tomaba alguna nota. No parecía tan interesada por los aspectos técnicos y de funcionamiento en sí, «quizá ya se ha hartado», pensó Jordi, como por las posibilidades de fabricación industrial y, por encima de todo, el éxito que pudiera llegar a tener. Jordi no dudaba en absoluto de ello.

—Piensa en la cantidad de lenguas que se hablan en este mundo y en la necesidad de comunicación verbal que hay entre gente de habla diferente. El panglós facilitará esta comunicación. No te quepa duda.

Lo decía tan convencido que Laura tampoco dudaba de ello, pero…

Estaban terminando cuando se les acercó el director del restaurante con la excusa de saber si les había gustado el almuerzo. «Ha sido excelente, gracias», dijeron los dos. Pero lo que le interesaba de verdad eran los aparatos que llevaban. Les pidió permiso para preguntarles qué eran y cómo funcionaban. Jordi, contento, dio toda clase de explicaciones y le dejó su panglós para que lo probara. El hombre quedó entusiasmado y preguntó dónde podían comprarse y cuánto costaban.

—Tendrá que esperar un poco porque todavía no están a la venta. Éstos no son más que prototipos que estamos probando —dijo Jordi, orgulloso del interés que despertaba su invento.

—¡Qué lástima! Por poco que pueda, cuando salgan compraré unos cuantos.

—¡Hombre!, quizá con uno ya le bastaría…

—No. Necesitaría uno para cada camarero. No puede imaginarse los problemas que tengo y lo bien que me irían. Muchos de estos chicos han llegado de su país hace poco y sólo saben hablar el árabe. Cuando nos viene un cliente de aquí, como ustedes, no podemos atenderle como es debido y causa mala impresión. Y no crea que no les repito que aprendan catalán y castellano, y también inglés, pero les cuesta mucho y no hay manera. Con este aparato podrían atenderme la clientela perfectamente sin necesidad de ninguna otra lengua.

El hombre se fue preocupado aunque esperanzado.

—Jordi, ¿has hablado con algún sociolingüista de tu panglós? —preguntó Laura con un gesto serio.

Hacía mucho tiempo que Jordi había olvidado la escasa sociolingüística aprendida en la escuela secundaria. Desde entonces no le había interesado, ni se le había ocurrido nunca ponerse a pensar en esos temas.

Aquella mañana, Albert pareció saludarle más agitadamente que de costumbre, con prisas por comunicarle las novedades.

—Hoy los periódicos hablan de ti. He analizado los tres que miro cada día, ¡y los tres hablan de ti! —dijo Albert orgulloso de que su amo fuera tan importante—. ¿Quieres que mire otros?

—Sí —dijo pensando que así lo tendría entretenido un buen rato pidiendo, recibiendo y leyendo otros periódicos electrónicos que se editaban.

Jordi conectó la pantalla para leer las noticias que Albert le había seleccionado. La noticia era casi idéntica en los tres diarios. Se notaba que se habían limitado a transcribir el texto recibido de la agencia; el texto de Laura.

No salía en portada, pero aparecía en el sumario, era bastante larga e incluía la fotografía de un panglós. Eso debía tener su mérito porque, en aquellas fechas, los diarios iban llenos de informaciones de la campaña electoral. Su nombre aparecía tres veces. Jordi se sintió halagado. La descripción que hacían del panglós, que Laura hacía del panglós, era correcta aunque bastante incompleta. «Quizá no me explicara con suficiente claridad», pensó Jordi. La noticia comentaba los buenos augurios que Jordi preveía para el panglós y las previsiones de fabricación industrial. Terminaba con un «todavía no se ha estudiado el posible impacto del panglós en las sociedades con conflicto lingüístico». Jordi se preguntó de dónde habría sacado Laura aquello.

Estuvo recibiendo llamadas de enhorabuena durante todo el día, todas muy sinceras. Le satisfizo en particular la de Imma, la vicerrectora de estudios. «¿Te das cuenta, Jordi, de que valía la pena? ¡Todos los periódicos hablan de ti y de nuestra universidad! ¡Debemos de ser la envidia de todas las demás!».

Jordi compartió la alegría y el orgullo de Imma, pero no podía evitar sentir cierto pesar. No le desagradaba que el rectorado utilizara su panglós, pero le dolía que nunca hasta entonces se hubieran preocupado por él, ni por lo que hacía o dejaba de hacer, ni por sus condiciones de trabajo. Ahora, él y el panglós eran objeto de una operación de imagen que no hacía más que empezar y que prosperaría con eficacia, interés y presupuesto generoso desde el gabinete de prensa. «Como todas las que se hacen», pensó.

También le llamó Josep, el secretario del departamento. Todavía no debía estar al corriente de la noticia aparecida en los diarios porque no le comentó nada. Le preguntó si le parecía bien que se vieran un momento.

Las noticias que Josep le traía le aguaron la euforia y el entusiasmo que tenía. El hombre estaba preocupado por las reacciones generadas por la propuesta de Jordi. Muchos profesores habían comentado a Ignasi, el jefe del departamento, que no estaban de acuerdo esgrimiendo todo tipo de argumentos. Uno de los que más destacaba era Santiago, con su desprecio por todo lo que era ajeno a él o a los dos de su bando. Otros profesores estaban quizá de acuerdo pero sin hacerlo notar mucho, salvo Ferran, demasiado alocado para convencer a nadie. Los estudiantes, por su parte, se radicalizaban por ambos lados.

—Es una lástima que nos pase esto ahora, cuando últimamente hemos vivido un período bastante tranquilo —dijo Josep.

—No acabo de entender cómo una propuesta tan sencilla puede levantar tanta polvareda —objetó Jordi.

—En nuestra universidad, sólo las propuestas sencillas levantan polvareda —explicó Josep—. Cuando son complejas la gente no dice nada, porque sabe que no logrará cambiar nada, o porque sabe que ya tendrá ocasión de dar su opinión cuando les signifique un estorbo real.

Josep no era un escéptico, pero le gustaba ir sobre seguro. Prefería avanzar poco a poco, dejando las cosas bien atadas y respetando la legalidad. Era un hombre meticuloso, de vida tranquila, amante de la armonía y del orden. Lo que más le disgustaba eran los enfrentamientos y la falta de consenso. Jordi reconocía que desempeñaba bien el papel de secretario del departamento.

—Quizá podríamos encontrar una solución intermedia —propuso Josep.

—¿Cuál?

—Tú has pedido que te permitan hablar en catalán en tus clases y que los que no lo entiendan se pongan un panglós, ¿no es cierto?

—Sí.

—¿Por qué no sigues dando las clases en inglés y dejas que quienes lo deseen se pongan un panglós? De esta forma, la utilización del panglós sería totalmente opcional, y no creo que nadie se oponga. Incluso tú, si quieres, podrías ponértelo y dar las clases en catalán. Con emitir en inglés…

Jordi ya había estudiado esa posibilidad y había llegado a la conclusión de que no era tan buena como su propuesta. «Por eso ya no la hice», dijo. Había considerado los cuatro casos; hablar él en catalán o en inglés, utilizando o no el panglós. Había establecido una matriz relacionando aquellos cuatro casos con los principales grupos de estudiantes que tenía: catalanes, españoles, franceses e ingleses. Había calculado cuántas traducciones debían hacerse, mentalmente o con el panglós, en cada caso. «La meta es minimizar el número de traducciones que deben hacerse en la comunicación entre el profesor y sus estudiantes, porque en cada traducción se pierde un poco». Y el resultado era concluyente: «Lo óptimo es que yo dé las clases en catalán, sin usar el panglós».

—Ya veo. En esto de las traducciones debe poder aplicarse aquello de que «de la mano a la boca se pierde la sopa», ¿no? —dijo Josep, ligeramente desengañado por ver fracasado su intento de apaciguar los ánimos—. Yo sólo quería encontrar una salida aceptable para todos los bandos. ¡En fin! ¿Te importa pasarme este estudio? Hablaré de él con Ignasi.

Jordi volvía a entrar en el Centro Cultural Árabe Anselm Turmeda. ¡Quién iba a decirle que en poco menos de quince días visitaría dos veces un lugar del que antes ignoraba la existencia! Pero esta vez era diferente: era un invitado. Lo había invitado el director del Centro, Abassi Haschani, el día que fue a verle a la universidad.

—Le agradezco mucho el honor que me hace al recibirme —recordaba que le había dicho Abassi Haschani en tono humilde al entrar en su despacho.

—En absoluto. Soy yo quien se siente honrado de recibirle —le había contestado Jordi.

Era sincero. Le halagaba que un representante tan insigne de la comunidad árabe de Barcelona deseara verle.

—Hemos oído hablar de su panglós y estamos maravillados. Es un gran invento.

—Muchas gracias.

—Además nos alegra mucho que escogiera el restaurante de nuestro Centro para ir a probarlo. Espero que no quedáramos mal.

No habían quedado ni bien ni mal, pensó Jordi. Laura quería conocer las reacciones de la gente de la calle ante el panglós y pudo sacar sus propias conclusiones.

—Quería preguntarle cuándo estarán disponibles los pangloses. Estamos muy interesados y…

—Me temo que tardará un poco. Lo siento, de veras, pero todavía no hemos hecho gestiones con ninguna empresa, ni tampoco sabemos si alguna de ellas se animaría a fabricarlos. Quizás ahora que ha salido en la prensa surja alguna iniciativa.

—Pero, los que tienen, ¿cómo los han hecho? —preguntó Abassi Haschani.

—Éstos no son más que prototipos. Los hemos hecho aquí, en el laboratorio, en plan experimental.

—¿Podrían hacer unos cuantos más, para nosotros, aunque salgan un poco más caros?

Sí. Si estaban dispuestos a pagar, podría pedir a los ayudantes del laboratorio que montaran unos cuantos más. Debería pedir más material, pero era posible.

Abassi Haschani le esperaba frente a la puerta del Centro. Había mucha gente y la entrada estaba protegida por la policía. Ya había anochecido, pero las luces de la fachada estaban todas encendidas, como en los días más significativos. Alrededor del Centro había varias furgonetas que emitían música e himnos electorales. Se esperaba la llegada inminente de un candidato a la alcaldía. Venía a celebrar un acto electoral, aunque el anuncio sólo mencionara una visita de «confraternidad». En época electoral muchos políticos querían hacer estas visitas a las casas regionales, y el Centro las aceptaba con resignación. Esta vez, sin embargo, era diferente, y la expectación mucho mayor. La visita la hacía el alcalde de Barcelona, al que las encuestas daban por ganador seguro si, tal como se esperaba, seguía votándole la numerosa comunidad árabe.

Abassi Haschani le había pedido un panglós a Jordi para enseñárselo el día siguiente el alcalde. Jordi quedó desconcertado. Le gustaba la idea de que el alcalde conociera su aparato, pero le resultaba extraño que lo conociera a través de Abassi Haschani. Habría preferido enseñárselo él mismo, o que se enterara de su existencia por otras vías más convencionales. Pero terminó accediendo cuando Abassi Haschani le invitó a estar presente durante la visita del alcalde.

Le sorprendió ver llegar a Laura. Venía corriendo y se la veía sofocada. «He salido tarde de casa porque he tenido que preparar la cena de mis hijos, y temía llegar tarde». Jordi no se explicaba ni su aparición, dado que Laura no seguía la campaña electoral, ni tampoco quién podía haberla avisado. Sus dudas se disiparon cuando oyó a Abassi Haschani agradecerle su presencia.

Se dieron cuenta de la llegada del alcalde cuando se iluminaron los focos de las televisiones. Venía en coche oficial; una multitud de guardias lo protegía por todas partes dejando únicamente libre un pasillo para acceder al Centro. Abassi Haschani le dio la bienvenida y le presentó a los miembros de la Junta Directiva, a los que el alcalde saludó con una sonrisa, sin dejar de mirar a las cámaras.

Entraron en el Centro y la visita transcurrió como de costumbre en estos casos. Le mostraron las instalaciones, el grupo de baile del Centro le ofreció un repertorio, corto, de los bailes árabes más típicos y se sirvió un refrigerio en el restaurante. El alcalde saludaba a todo el mundo que se le acercaba, con aparente interés por todo lo que le decían.

Jordi y Laura permanecieron en un rincón, bebiendo un vaso de carcadeh. Laura no participaba en la alegría general. «Los políticos sólo se acuerdan de esta pobre gente en época de elecciones». Era obvio que no sentía mucha simpatía por el alcalde ni por su partido. «Ha venido porque necesita sus votos, y por nada más. Simula interesarse mucho por sus problemas, pero en realidad lo que le interesa mucho son sus votos». El tono resignado en el que lo había dicho cambió cuando añadió: «Pero hoy quizá le salga el tiro por la culata».

Llegó el momento de los discursos. El alcalde se dirigió a la tarima y cuando todo estuvo listo, especialmente las cámaras, se sacó unos folios del bolsillo e inició su discurso.

—Es un honor que me hayáis invitado a venir a este acto de confraternidad —Abassi Haschani miró de reojo a sus compañeros de Junta—. Y además, en este Centro que lleva el nombre del catalán que mejor simboliza la unión entre nuestras culturas, Anselm Turmeda, o como se le llamó en árabe, Abd Allah ibn ‘Abd Allah al-Targuman al-Mayurqi.

A mucha gente le pareció que en árabe debía sonar algo diferente.

A partir de ahí, el discurso del alcalde no fue más que una simple variación de los muchos que pronunciaba durante la campaña, cambiando sólo el nombre del barrio por «Nou Barris» y algún que otro adjetivo por «árabe». Hoy disponía de más tiempo que en otras ocasiones y, tras haber criticado a todos los demás candidatos, incluso pudo presentar parte de su programa electoral. Al público le pareció que, en caso de salir elegido, prometía abrir dos nuevas escuelas en el barrio. Al final la gente aplaudió con entusiasmo.

Luego subió a la tarima Abassi Haschani. Hablaba en árabe y a juzgar por la expresión de su rostro y por sus miradas debía estar agradeciendo la visita del alcalde y de su equipo. El alcalde ponía cara de satisfacción por lo que imaginaba que le estaba diciendo el director del Centro, pero le sorprendió ver que se colocaba un aparato sobre la cabeza y empezaba a hablar en un catalán perfecto.

—Como le decía, señor alcalde, estamos muy contentos de la visita que nos hace y que demuestra el real interés que nuestras autoridades municipales tienen por nuestros problemas. —El alcalde, a pesar de sus esfuerzos por controlarse, no lograba disimular su desconcierto.

»También nos ha gustado que mencionara a la persona que da nombre a nuestro Centro, Anselm Turmeda —continuó el director—. Tenemos muchas cosas en común con Anselm Turmeda y por ello estamos orgullosos de dedicarle el Centro. También tenemos problemas en común con él.

Llegaba el momento de las quejas y demandas. El alcalde ya estaba acostumbrado y no le preocupaba mucho aquel trance, pero se sentía incómodo.

—Cuando Anselm Turmeda llegó a Túnez, en 1385, tuvo que hacer un gran esfuerzo para integrarse en el país. Se hizo musulmán, se casó con la hija de un notable tunecino y trabajó en la aduana y otros lugares. Nosotros también debemos hacer un gran esfuerzo para integrarnos en este país que ahora nos acoge.

»Pero existe un aspecto en el que nosotros debemos hacer un esfuerzo tres veces superior al que hizo Anselm Turmeda en su tiempo: aprender la lengua del país. Él tuvo que aprender una lengua, el árabe. Nosotros, en cambio, tenemos que aprender tres: el catalán, el castellano y el inglés. Parece extraño, pero seiscientos cincuenta años después de que Anselm Turmeda aprendiera una lengua para integrarse en un país, nosotros, si pretendemos hacer lo mismo, tenemos que aprender tres.

»Señor alcalde, de veras nos ha alegrado oír que construiría dos escuelas nuevas en el barrio. Las necesitamos y le agradecemos la promesa. Pero no podemos alegrarnos mucho porque estamos descontentos de cómo funcionan las escuelas de nuestros hijos. Se pasan el curso aprendiendo lenguas, y mal: el árabe, su lengua materna, y las otras tres. El rendimiento escolar en las demás materias es bajísimo, y muchos de nuestros hijos, como usted ya sabe, terminan fracasando.

»Pero, señor alcalde, al fin vemos una solución al problema de nuestros hijos. Habrá observado que le hablo con este aparato llamado panglós y del que han hablado un poco los periódicos en estas fechas. Estamos convencidos de que este aparato es la solución de nuestros problemas. Con el panglós nuestros hijos sólo necesitan saber su propia lengua, y basta. Podrían eliminarse las demás lenguas del programa escolar y nuestros hijos podrían dedicar mucho más tiempo a las materias restantes.

»Señor alcalde, como máximo representante de esta ciudad tan acogedora y tan generosa con nosotros y a la que estamos tan agradecidos, osamos pedirle que, si sale elegido, tal como todos deseamos, dote a las escuelas del barrio con un panglós para cada uno de nuestros hijos.

Lo dijo en un tono de voz muy parecido al que utilizaban los comerciantes árabes en sus transacciones comerciales. Un terreno en el que todos reconocían que los árabes seguían siendo maestros.