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Qué tontería —pensó Bob—. Revisó por enésima vez la escotilla y, por enésima vez, se aseguró de que seguía tan cerrada como siempre lo había estado. Era otra de las bromas de la computadora central. A Bob no le importaba ser el blanco de las bromas de Gertie, a veces incluso se divertía. Y no había muchas ocasiones de diversión aquí ahora.
—Nave acercándose por punto 4 —anunció la computadora, con su voz metálica, por el intercomunicador.
Aunque podía tratarse de otra travesura, Bob se encaminó hacia el Hangar 1. Dar la bienvenida a los visitantes era uno de sus principales deberes. Siempre les soltaba la misma canción:
—Señores, bienvenidos al Espaciohotel 1138. Mi nombre es RTX 2100-3040-05-2300033022, pero pueden ustedes llamarme Bob.
A RTX 2100-3040-05-2300033022 le gustaba que le llamaran Bob. Su primer ama, la señorita Amy, fue quien le puso este nombre, hacía ya casi dos décadas.
Los recién llegados habían desembarcado, pero todavía se hallaban en la plataforma. Al divisar a Bob, descendieron por la rampa y fueron a su encuentro. Una pareja humana —observó el androide—. El hombre era corpulento, de pelo moreno y semblante algo arisco, y vestía un sencillo mono marrón de pilotaje. La mujer llevaba puesto un llamativo abrigo de tiras de colores y se cubría los ojos con gafas solares. Era rubia, y cuando se quitó las gafas puso al descubierto una mirada de desconfianza.
—Señores, bienvenidos al Espaciohotel 1138. Mi nombre es RTX 2100-3040-05-2300033022, pero pueden ustedes llamarme Bob.
La pareja no correspondió a su formal saludo. La mujer parecía absorta en inspeccionar el lugar. Bob estaba seguro de que éste sería de su entera satisfacción. El Hangar 1, con su gran cúpula flanqueada por inmensos ventanales con espléndidas vistas al espacio exterior, era la más perfecta «primera impresión» que el Espaciohotel podía ofrecer.
—Espero que aquí no haya cucarachas neo-biónicas, como en el 3345 —murmuró ella, en voz baja pero suficiente para que el androide pudiera oírla.
—Oye, Rob, no sabemos si nos quedamos o no. Queremos ver las habitaciones —dijo él—. Ah, y la nave necesita carburante.
—Inmediatamente, señor —respondió, presto, Bob sin tomarse la molestia de corregir el error en la pronunciación de su nombre—. K9 se ocupará de su nave. K9 —llamó por el intercomunicador— Acudir Hangar 1; Reponer Carburante Nave en Plataforma 14 y Volver al Lugar de Origen —se dirigió a la pareja humana—. Por aquí.
Bob los guió hasta la entrada del transbordador de bajada y llamó al aparato por el micrófono.
—Nuestro Espaciohotel cuenta con la mejor infraestructura del Cuadrante Este, ¿saben? —empezó a recitar mecánicamente mientras aguardaban—. Está equipado con las últimas innovaciones técnicas en…
—¿Hay piscina termodinámica de burbujas? —interrumpió bruscamente la mujer.
—¡Por supuesto! —Bob no se irritó por la interrupción de su acostumbrado discurso, sino porque le pareció que dudaban de la capacidad de «su» establecimiento.
Una luz verde indicó que el transbordador había llegado. Las compuertas se abrieron y se cerraron herméticamente una vez hubieron entrado todos en el cubículo.
Bob los llevó hasta el Nivel 4. Desde allí la panorámica estelar era sencillamente extraordinaria. Había decidido mostrarles la Suite Roja. Lo mejor de lo mejor. Al abandonar el transbordador caminaron a lo largo de la mullida moqueta violeta que cubría totalmente el amplio corredor. La suite escogida estaba al fondo. Bob introdujo la tarjeta en la ranura y giró su cabeza, como ya era costumbre en él, para observar la expresión de las caras de los visitantes a medida que la puerta se deslizaba a un lado, suavemente, mostrando el interior de la lujosa cámara. Nada. Ni un levantamiento de ceja izquierda, ni siquiera un ¡Oh! de admiración, gestos a los que estaba habituado cuando enseñaba la Suite Roja a sus futuros ocupantes.
—Eh, ¿vas a dejarnos pasar dentro o no? —gruñó impacientemente el hombre. Y, acto seguido, empujó al androide a un lado y entró con su compañera en el cuarto.
Bob permaneció en el pasillo, paralizado y todavía sorprendido por el hecho de que la famosa Suite Roja no hubiera surtido el efecto esperado en los visitantes. Tal vez su indiferencia era debida a que estaban cansados de su viaje. El humano asomó la cabeza:
—Nos quedamos. Regístranos como el señor y la señora Foster —dijo, blandiendo dos tarjetas de identificación que Bob se apresuró a recoger. Desapareció. Volvió a aparecer—. Ah, y trae nuestro equipaje.
—K5 —llamó Bob por el intercomunicador—. Acudir Hangar 1; Recoger Maletas Interior Nave en Plataforma 14; Llevar Nivel 4 y Esperar Más Instrucciones.
Al cabo de pocos minutos, K5 se presentó, conduciendo el carrito porta-maletas. Al ver a Bob se quedó inmóvil.
—K5 —ordenó Bob—. Llevar Maletas Interior Suite Roja; Descargar en Suelo y Volver al Punto de Partida. —Luego observó cómo K5 se ponía en movimiento.
Eran las ocho, hora oficial del Espaciohotel 1138 para abrir el comedor para la cena. K5 y K9 estaban disponiéndolo todo, siguiendo el mismo ritual de costumbre. El visitante había bajado de su habitación y se encontraba sentado ante la barra del bar, leyendo un ejemplar atrasado del Star Gazette. Bob se dirigió, solícito, hacia él.
—¿Desea tomar un aperitivo, señor?
—Dame una cerveza —contestó el hombre, sin apartar los ojos de su lectura.
—¿De tres, cinco o siete créditos la cerveza, señor? —preguntó Bob, ya situado tras la barra.
—Dame una de siete, pero que no se te ocurra contárselo a mi mujer, ¿eh? —El humano le miró. Había un brillo de desafío en sus ojos.
Bob le sirvió la bebida. Él la apuró de un solo trago.
—¿Me permite el señor preguntarle de dónde proceden usted y su encantadora esposa?
—Venimos de Sangar, en el Cuadrante Oeste.
El Cuadrante Oeste —consideró Bob—. Un viaje largo.
Alguien estaba descendiendo al Nivel 1 por el transbordador. Cuando las compuertas se abrieron apareció la mujer. Se había cambiado de indumentaria (ahora llevaba un amplio vestido amarillo y tenía el pelo recogido). En cuanto vio a su acompañante en el bar fue hacia él.
—¿Has preguntado a qué hora se cena aquí, Charlie? —preguntó, con su voz aflautada.
—Ahora mismo iba a hacerlo, cielo —el hombre miró a Bob—. ¿A qué hora se cena aquí, Rob?
—Oh, pueden pasar al comedor cuando lo deseen, señores.
Los visitantes se habían instalado en la mesa del centro del restaurante y estaban mirando a su alrededor. Todas las mesas estaban dispuestas, pero no había nadie más.
—Eh, Rob —gritó el hombre—. ¿Dónde está la gente?
—Es temporada baja, señor —informó Bob, acercándose hasta ellos—. Tendrán ustedes la oportunidad única de disfrutar del Espaciohotel 1138 y todas sus increíbles y fantásticas instalaciones sin necesidad de reservar hora.
—Pero eso es terrible, Charlie —objetó la mujer, dirigiéndose al hombre—. ¿Qué voy a hacer con todos los nuevos vestidos «última moda de Andrómeda» que pensaba lucir en nuestro viaje, causando la envidia de cuantas mujeres del Cuadrante Este osaran mirarme?
—Eh… bueno, querida. Ya tendrás ocasión de lucirlos —respondió él, esbozando una sonrisa socarrona—. Eh, Rob, ¿qué hay para cenar?
Bob les entregó la minuta y prosiguió con su estudiado papel de anfitrión:
—Permítanme recomendarles nuestra maravillosa ensalada de cangrejo verde de Altair, aliñada con una deliciosa salsa velôuté de…
—¡Puaj, qué asco! —espetó la mujer—. ¿No tienes nada más acorde?
—Por descontado, señora —replicó Bob, inalterable—. Pueden leerlo ustedes mismos en la minuta. Por favor, avísenme cuando hayan elegido. —Y se alejó hacia la cocina, para avisar a François, el cocinero humano, de que hoy sólo serían dos cubiertos.
Seguidamente volvió al comedor. Se quedó en un rincón, esperando. La pareja seguía examinando la carta. Bob los observó detenidamente. Aunque sus modales parecían toscos y su estrafalario aspecto chocaba con el recargado ambiente de superlujo del Espaciohotel 1138, eran los únicos visitantes en cinco meses que habían desembarcado y decidido alojarse. No parecían tener prisa como los demás. Y por el vestido chillón que llevaba puesto la mujer se aventuró a deducir que, tal vez, estaban en un viaje de placer.
No eran los candidatos perfectos, sí es que había alguno en alguna parte, pero Bob no podía arriesgarse a esperar cinco meses o más antes de que aterrizaran otros… tal vez peores. Era ahora o nunca. Estaba decidido.
—Eh, Robbie —vociferó Charlie, haciéndole un gesto con la mano para que se acercara—. Tomaremos la sopa de verduras tropicales, la trucha abesugada con guarnición de estrellas de mar y el helado especial 1138.
—Por supuesto, señor. Ahora mismo.
Bob se ocupó de que K5 y K9 cumplieran perfectamente con su papel de perfectos camareros. Quería que Charlie y la mujer tuvieran una agradable estancia en el 1138, aunque no tanto como para que permaneciesen demasiado tiempo. Bob tenía prisa por salir de ese agujero.
Cuando la cena finalizó, la pareja de humanos se dirigió a la sala de la Gran Pantalla. Durante la cena, Bob había oído hablar a la mujer del super-concurso que se emitía esa misma noche en el Canal E56.
—Ah, Rob —dijo Charlie con una sonrisa, de camino hacia la sala contigua—. Trae unos bombones para mi mujer, ¿quieres? No puede pasar sin ellos cuando está mirando la Pantalla.
Bob asintió. Charlie parecía más amable, más sonriente, con el estómago lleno. Tal vez tuvieran algo que ver los dos vasos de brandy extra venusiano que se había tomado con el café tras el helado especial 1138.
La Gran Pantalla estaba ya sintonizada en el Canal E56 y la pareja humana instalada en los cómodos butacones de la Fila 1 cuando Bob entró con los bombones en una bandeja. La imagen mostraba a Paul DeWinter (el más famoso showman del momento, según había oído decir Bob a unos terrícolas de paso hacía apenas una semana), con una de sus horribles chaquetas de grandes cuadros. DeWinter lanzó uno de sus «chistes chispeantes». La mujer de Charlie lanzó una súbita y sonora carcajada. Bob ni siquiera entendió el significado del chiste.
Ofreció los bombones a la mujer. Ella miró de reojo el contenido de la bandeja y esgrimió una mueca de profundo disgusto.
—Charlie, querido. Dile al robot que los bombones que quiero son los rellenos de menta y que se lleve éstos de leche —dijo sin mirar siquiera a Bob.
Bob no esperó a que Charlie le repitiera lo que había dicho la mujer. Se fue y al rato volvió con los bombones de menta. Los dejó en la mesita y se retiró al rincón.
DeWinter estaba ahora hablando con los concursantes. Éstos eran una pareja de corta estatura y piel oscura, seguramente procedentes de Pigma. El hombre era orondo y se cubría con una túnica blanca con adornos dorados. La mujer, mucho más delgada, vestía otra túnica, ésta de color verde, y no levantaba los ojos del suelo.
DeWinter se metía con ellos y los ridiculizaba. El público asistente al concurso se reía, así como la mujer de Charlie. Bob podía ver cómo los bombones de menta desaparecían de la bandeja, uno tras otro, alojándose en la boca de ella. Simplemente alargaba el brazo, cogía uno al azar y se lo tragaba de golpe, sin masticar, como si se tratara de una píldora. Bob se quedó hipnotizado observando durante unos instantes esos rápidos movimientos.
Los concursantes de la Pantalla estaban respondiendo correctamente a las preguntas del showman. Una muchacha sonriente, cubierta con poca ropa, era la encargada de entregar los sobres con las preguntas a la pareja de Pigma. Se limitaba a dirigirse hacia ellos, andando provocativamente —de acuerdo a los cánones humanos, juzgó Bob— y les entregaba el sobre de color fucsia fluorescente. Deseaba «buena suerte» a los concursantes. Daba media vuelta y por unos instantes quedaba inmóvil, con una amplia sonrisa congelada en el semblante, mirando directamente al objetivo. Parecía esperar una indicación para apartarse. Cuando finalmente alguien —a quien Bob no podía ver pero se imaginaba— se lo indicaba, la muchacha echaba a andar de nuevo, sobre sus pasos, de la misma manera como lo había hecho antes.
Charlie estaba embobado mirando la Pantalla.
DeWinter estaba diciendo:
—Gracias, Soraya. Ahora la última pregunta. La del Gran Premio. Todo o nada, señores concursantes. Ahí va… ¿Están nerviosos? La pregunta trascendental, la más decisiva del Concurso «Gane más y mejores premios sintonizando el Concurso del Canal E56» es… ¿CÓMO SE LLAMA LA ÚLTIMA AMANTE DEL PRESIDENTE DE KROVIA?
La mujer de Charlie gritó «Katia Fernández» con la boca llena del último bombón de menta camino de su garganta. Lo mismo susurró la tímida mujer de Pigma en la Gran Pantalla, levantando, al fin, los ojos del suelo.
—¡Gran Premio! —chilló DeWinter, haciendo una voltereta en el aire.
Y el coro del Concurso empezó a entonar frenéticamente:
—Son los ganadores, los más grandes ganadores…
Una enorme cortina púrpura se abrió al son de la canción para descubrir el último modelo de nave biplaza marca Neptuno, con todas las luces de situación parpadeando. Rayos láser multicolores, saliendo de no se sabe dónde, rebotaron en la nave salpicando toda la Pantalla.
El público estaba aplaudiendo histéricamente, y empezó a cantar:
—Son los ganadores, los más grandes ganadores…
—Oh, Charlie, fíjate, es un último modelo —dijo la visitante, maravillada—. ¿No podríamos nosotros comprar uno antes de llegar a Joy City?
Así que se dirigen a Joy City —consideró Bob—. Al gran paraíso del juego espacial y punto de encuentro de la «flor y nata» de los ricachones galácticos. Había oído hablar mucho de ese lugar, que algunos denominaban «El Antro»: en la planta inferior, bebidas por pocos créditos, ambiente multirracial y juegos de azar en los que, si la suerte te sonreía, pasabas a convertirte en un VIP por un día y hablaban de ti en la Gran Pantalla, y en las plantas superiores, refinados salones donde los ciudadanos de clase más privilegiada hacían ostentación de su riqueza y poder.
No era un mal destino para Bob. Allí había multitud de probables amos, considerando la posibilidad de que Charlie y su mujer no quisieran tenerle a su servicio.
—Pero Rosemarie —objetaba Charlie—. No querrás gastarte todos los créditos antes de que lleguemos a la City.
—Charlie, siempre dices lo mismo —y descubriendo a Bob a sus espaldas, en el rincón, Rosemarie quiso que éste interviniera en la conversación de modo que el androide le diera la razón, ya que sabía que un androide no lleva nunca la contraria a un ser humano—. Bob, ¿no crees que Charlie y yo luciríamos un montón si nos presentáramos en Joy City con un último modelo Neptuno como el del Concurso?
—Señora, por favor, ¿podría usted indicarme el significado de la expresión «lucir un montón»? —preguntó Bob, curioso.
Rosemarie lo miró fijamente un instante, resolvió que no valía la pena explicar nada a un robot, y añadió:
—Oh, bueno, no tiene importancia —se dirigió a Charlie—. Vámonos ya a nuestra suite. Mañana tenemos que salir temprano.
Se puso en pie.
—¿Se marchan mañana los señores? —quiso saber Bob, con súbito interés, sintiéndose ya profundamente implicado en cualquier decisión adoptada por la pareja.
—Sí, Rob —contestó Charlie, levantándose asimismo de su asiento.
La pareja salió, camino del transbordador. Bob desactivo la pantalla cuando DeWinter estaba agradeciendo la colaboración de los patrocinadores del concurso: el fabricante de sopas La Tortuga Feliz y Viajes Intergalácticos Amanecer. Luego contempló cómo Charlie y Rosemarie eran tragados por el aparato elevador. Ella seguía insistiendo en lo del último modelo; él se limitaba a poner cara de fastidio.
Bob cerró las luces del hall una vez los perdió de vista, y procedió a su acostumbrada ronda para verificar que todo estaba dispuesto en el lugar oportuno para el siguiente día. El Espaciohotel 1138 no era un establecimiento excesivamente grande, y aunque por esta época tenía pocos huéspedes, no siempre había sido así. Bob recordaba todavía cuando, hacía tres años, los visitantes «invadieron» literalmente el lugar. Provenían de todas partes y se quedaban semanas enteras.
La «esfera con patas», como la mayoría denominaba cariñosamente a la estructura esferoide de cristal y acero del Espaciohotel, se asentaba con firmeza a la base del satélite artificial mediante multitud de columnas circulares, como arterias, las «patas» a las que se refería el apodo popular. La «esfera» había brillado con fuerza. Nadie quería acostarse —rememoraba Bob—. Era una fiesta continua. Por aquel entonces, él tenía a su cargo muchos auxiliares K y se encargaba de todo. Ello le hacía sentir importante y jornada tras jornada inventaba nuevos juegos para deleitar a sus huéspedes. El Espaciohotel 1138 se convirtió rápidamente en el Centro Oficial de Diversión del Gobierno más visitado de entonces.
Pero también, de pronto, la maquinaria dejó de funcionar. El Consejo Interplanetario, el «Gobierno», empezó a tambalearse. Los consejeros empezaron a acusarse mutuamente de los fracasos de su política y la tensión creció entre la población mientras ellos seguían insultándose y destapando más y más pruebas de corrupción.
Los en otro tiempo asiduos visitantes del Espaciohotel 1138 empezaron a escasear. No estaban dispuestos a suministrar créditos al Gobierno con los que alimentar más escándalos, y sus gustos se decantaron hacia los centros privados de diversión, cada vez más espectaculares, que competían entre sí para atraer más y más clientes.
Así que Bob y el Espaciohotel 1138 otrora famoso, fueron cayendo paulatinamente en el más triste olvido. A lo largo de los dos siguientes años, el androide vio cómo la mayor parte de las unidades auxiliares K a su servicio eran destinadas a otros quehaceres fuera del sistema. La pequeña «esfera con patas» era ahora un enorme, vacío y silencioso templo a la decadencia gubernamental.
Los esfuerzos de Bob por mantener el status alcanzado resultaron inútiles. Sólo podía aspirar a seguir cumpliendo con la labor que su propietario, el Gobierno, le había asignado, hubiera alguien a quien servir o no. Por eso continuaba haciendo las mismas cosas una y otra vez, monótonamente, esperando un nuevo destino, una nueva ocupación que no llegaba.
Y ello le desesperaba. No, él no era como los demás de su especie (si es que un ser de metal y cables en vez de carne y huesos podía pertenecer a alguna). Sus «sentimientos» no eran compartidos por ningún otro modelo, según había podido constatar. Bob sospechaba que sus «diferencias» tenían algo que ver con las modificaciones que le habían sido introducidas en la época en la que cuidaba de la señorita Amy. Eso fue algunos años antes, antes de pasar a formar parte de los «leales ciudadanos de metal» del Gobierno…
A la mañana siguiente, Bob esperó detrás del amplio mostrador de Recepción a que Charlie y Rosemarie descendieran al Nivel 1 para tomar su desayuno hipercalórico antes de reemprender su viaje. En cuanto los vio salir del transbordador y dirigirse a la cafetería, ordenó a K5 ir a buscar las maletas a la suite y trasladarlas a la nave.
Una vez desayunados, la pareja se acercó al mostrador.
—Toma, Rob, cárgalo todo en mi cuenta —indicó Charlie ofreciéndole su tarjeta de crédito.
Bob procedió a registrar el pago.
—Su vehículo aéreo ha sido revisado a fondo, señor —informó Bob al devolver la tarjeta a Charlie—. Espero que tengan ustedes un feliz viaje —tendió a Rosemarie la caja redonda de bombones de menta Aster Oid, calidad extra, que había estado guardando detrás de la mesa y añadió—: «Con los mejores saludos del personal del Espaciohotel 1138. Esperamos que hayan tenido una feliz estancia y deseamos verles de nuevo muy pronto».
Ésa era la fórmula habitual de despedida —mas los bombones habían sido iniciativa suya—, pero, por una vez, el deseo de un rápido reencuentro iba a convertirse en realidad.
—¡Qué encanto! —exclamó Rosemarie complacida, con los ojos muy abiertos ante la visión del estuche verde y dorado, y se apresuró a recoger el paquete—. Oh, Charlie —exclamó de pronto— se nos olvidaba comprar los recuerdos.
—Puede usted adquirirlos en nuestra boutique, al fondo a la izquierda, señora —sugirió Bob.
La mujer se alejó a paso rápido hacia donde le había indicado.
—K9 —llamó Bob por el intercomunicador—. Ir Boutique Souvenirs, Atender Señora.
—¡Mujeres! —gruñó Charlie, haciendo un exagerado gesto de exasperación al observar cómo su esposa desaparecía por el pasillo—. Llenan la casa con todo tipo de chucherías inútiles.
—¡Charlie! Ven, cariño, necesito tu ayuda —gritó Rosemarie con voz cantarina, al cabo de un rato, asomándose por la esquina y blandiendo una reproducción a escala reducida de la «esfera con patas»—. ¿Qué te parece esto para la tiíta Maggie?
—¡Ya voy, querida! —replicó el hombre y, dirigiéndose a Bob, agregó, casi en un susurro—: Es incapaz de decidir algo por ella misma.
Y se encaminó a grandes zancadas hacia el lugar donde estaba la mujer.
Ahora es el momento —resolvió Bob—, al percatarse de que estaba solo. Abandonó su puesto tras el mostrador, tomó el transbordador y subió hasta el Hangar 1, en lo alto de la Esfera. El trayecto hasta allí se le hizo enormemente lento.
Nada más abrirse las compuertas del aparato elevador, vio la nave posada justo debajo del centro de la gran cúpula. Por fin iba a marcharse. Feliz, se dirigió hacia la entrada del vehículo. Dio las coordenadas de apertura al ordenador de a bordo a través del micrófono exterior y montó. Inspeccionó el interior. La nave no era gran cosa —dedujo—, pero parecía sólida y capaz de aguantar multitud de viajes interestelares. Sabía donde podía esconderse: el bote de salvamento no era excesivamente confortable, pero tenía el espacio adecuado para albergarle, y estaba dotado de una ventanilla por la que Bob podría verificar en todo momento el lugar exacto donde se encontraba en el transcurso del vuelo.
Cuando llegó a la escotilla exterior del bote, ordenó la apertura y se coló dentro. Contempló los asientos con disgusto. Evidentemente, no estaban diseñados para un androide. Se acomodó como pudo y se ató, listo para el despegue. Alargó el brazo derecho y tecleó en el pequeño cuadro de mandos el código de sellado y la primera escotilla del bote se cerró.
A través de la delgada puerta escuchó las lejanas voces de Charlie y Rosemarie que subían a la nave.
—Qué raro —estaba diciendo Charlie—. Creí que Rob nos acompañaría hasta el Hangar.
—El servicio está cada vez peor —asintió la mujer.
Bob podía percibir los pasos de sus improvisados anfitriones resonando en el suelo hueco. Al cabo de poco tiempo sintió una sacudida y un aullido ensordecedor. Toda la nave empezó a agitarse como si hubiera sido despertada por el rugido de los motores.
Allá vamos —pensó Bob.
La nave se elevó. El androide echó una ojeada por la ventanilla. La «esfera con patas» se estaba alejando rápidamente. El hecho de escapar no le producía ningún complejo de culpabilidad. Era más bien un sentimiento de alivio. Aunque no lo reconoció entonces, estaba experimentando la emoción humana de «libertad».
Esa sensación de alivio dio paso a una de preocupación. Se había convertido en un androide sin amo, un fugitivo. Sabía que nadie haría valer sus derechos en caso de que lo detuvieran. No era más que un objeto, según la Ley, y los objetos pertenecen obligatoriamente a un sujeto.
Su vida se había vuelto de pronto muy arriesgada. Volvió a dirigir la mirada más allá de la ventanilla. El Espaciohotel era ahora un punto luminoso que apenas podría distinguir alguien que no supiera exactamente dónde debía mirar. Atrás quedaba el estilo de vida que había conocido durante los últimos ocho años.
Bob volvió en sí. Se había desconectado durante unas horas para ahorrar energía, ya que no sabía cuándo podría volver a repostar. Miró el reloj del panel de instrumentos del bote salvavidas. Eran las siete de la tarde. Rosemarie estaba al otro lado de la escotilla. Podía oír su voz estridente. Mantenía una animada conversación a través del videófono supletorio.
—¿Cómo está el ambiente? —decía—. ¿Una fiesta?… No, no lo sabía… ¿Cuándo?… Vaya, espero que lleguemos a tiempo. Gracias, bonita, le diré a Charlie que incremente la velocidad. Hasta pronto, querida.
Se alejó, y Bob oyó su voz de nuevo:
—Charlie, ¿sabes lo que acaba de contarme esa arpía de Ágata? Pues me ha dicho que la condesa de Chartres va a dar un banquete esta misma noche para celebrar su decimotercer compromiso. Oh, no quisiera perdérmelo. Estarán «tooodos» allí.
—¿Se va a casar de nuevo esa cacatúa? —exclamó la voz divertida de Charlie.
—Oh, venga, Charlie —rogó la mujer—. ¿No podrías ir más deprisa? Ya sabes, querido —añadió con voz zalamera— que los que no están presentes en las fiestas de la condesa es como si no existieran.
—Vale, pero no querrás que nos detengan por superar la velocidad permitida, ¿verdad?
—Bueno —admitió Rosemarie—. La verdad es que no sería tan malo llegar tarde a la fiesta. Así todo el mundo nos vería entrar. Oh —recordó de pronto—. Debo elegir mi vestuario enseguida.
Bob oyó pasos de nuevo. Tal vez Rosemarie se dirigía a revisar el contenido de su baúl-ropero —aventuró—. Él podría ayudarla a elegir su vestido. En su empleo en el Espaciohotel, muchas damas le habían pedido consejo sobre cómo vestirse para acudir a las fiestas y sus recomendaciones habían sido muy apreciadas.
Consiguió levantarse del asiento en el que estaba hundido, abrió la escotilla del bote salvavidas y se asomó cautelosamente al pasillo. Caminó sigilosamente hasta llegar al cuarto de equipajes. La puerta estaba abierta y atisbo al interior.
Rosemarie se encontraba de espaldas a él, sujetando un vestido rojo en una mano y uno verde —bastante horrible, por cierto— en la otra. Murmuraba.
—Señora —llamó Bob, en voz baja—. No se asuste.
La mujer giró en redondo.
—¡Ahhhhh! —gritó—. ¡Charlie, ven aquí!
Charlie, alarmado por el alarido de su esposa, dejó los controles en «automático» y acudió al momento a ver qué ocurría. Descubrió a Bob, de pie, en la puerta del cuarto.
—¡Pero, Rob, por Júpiter! ¿Qué demonios haces aquí?
—Señor, por favor, no se altere. Verá, me pareció que una pareja de tan distinguida posición como la suya debía contar con la inestimable asistencia y consejo de un androide personal como yo. Mis múltiples años de experiencia en el trato social…
—¡Oh, cállate! —Charlie miró a su mujer, que todavía no se había repuesto del susto y estaba muy pálida—. ¿Estás bien, cariño? En cuanto a ti —señaló a Bob, amenazadoramente—, te entregaré a las autoridades en el primer puesto de control con el que tropecemos.
—No, Charlie —logró articular Rosemarie—. Perderemos mucho tiempo si paramos antes de llegar a Joy City. Y ya sabes lo que me importa esa fiesta de la condesa. Podemos entregar el robot una vez hayamos aterrizado allí —sugirió—. Por favor, Charlie —imploró al hombre, el cual observaba a Bob con el ceño fruncido.
—De acuerdo —consintió él.
Con Bob pegado a sus talones, Charlie retornó a la cabina de mandos. Se sentó de nuevo en el asiento de piloto y volvió a hacerse cargo del manejo de los controles.
—Señor —dijo Bob a sus espaldas— ¿no podría ni siquiera considerar la posibilidad de conservarme a su servicio temporalmente?
—No. Me ocasionarías muchos gastos. Debería registrarte, pagar la cuota de tenencia, llevarte a que revisaran periódicamente tus circuitos, reponer tu energía de vez en cuando… y eso sin mencionar el hecho de que te has escapado de un Centro Gubernamental… No, ¡ni hablar! —resolvió el hombre—. No necesito ningún androide, pero puede que me den una recompensa cuando te entregue —parecía contento con esa idea.
Bob no se desanimó. Volvió al lugar donde estaba la mujer, la cual seguía contemplando, con expresión apesadumbrada, el contenido de su baúl.
—Señora, ¿me permite ayudarla?
Rosemarie le miró con recelo.
—¿Qué sabe un robot como tú de ropa?
—Mucho, señora —reconoció Bob—. A causa de mi posición en el Espaciohotel como anfitrión de fiestas inacabables, aprendí todo sobre vestuario y accesorios para festejos de alto standing.
—Bueno, en ese caso —dijo la mujer, no muy convencida— echa un vistazo —se hizo a un lado, para mostrar a Bob una montaña desordenada de vestidos de todos los colores y tamaños.
—A ver… —consideró Bob, levantándolos y observándolos detenidamente uno a uno—. Éste podría servir —dijo, señalando un clásico vestido de tirantes de tonos rosados.
—No, no puedo llevar éste —objetó la mujer—. Me lo puse hace tres meses en otra fiesta y repetir vestuario sería algo imperdonable.
—Bien —Bob volvió a estudiar el contenido, descubriendo un vestido de falda acampanada, color azul cielo, con un escote recto y adornos de estrellas doradas—. ¿Qué tal éste otro? Es sobrio y elegante —Bob se preguntaba cómo podía haber llegado ese vestido al ropero de Rosemarie. No concordaba con los demás, de colores chillones, vulgares y excesivamente recargados.
—Oh, ese azul —dijo la mujer sin mucho entusiasmo—. Es uno de los nuevos. La encargada de la tienda insistió en que me lo quedara, aunque yo no estaba muy convencida. Lo compré porque a Charlie le gustó.
—¿Por qué no se lo prueba —propuso el androide— con esos zapatos dorados?
—Sí, de acuerdo —aprobó la mujer, ya más animada—. Ayúdame a ponérmelo.
Los ligeros bandazos que daba la nave evidenciaban que estaban penetrando en el influjo magnético de algún planeta cercano.
—Rosemarie, ven a la carlinga. Estamos llegando a Joy City —tronó la voz amplificada de Charlie por el altavoz—. Y dile al robot que se sujete en alguna parte. No lo quiero dando tumbos por toda la nave.
La mujer salió hacia donde estaba su marido, con sus zapatos dorados, su vestido azul y un collar que no pegaba mucho con el conjunto, pero el cual se puso a pesar de que Bob le insinuó que no lo hiciera.
Bob retornó al bote de salvamento, se ató y comenzó a reflexionar sobre cómo había transcurrido todo desde su marcha del Espaciohotel. Con su fuga, había llegado a alguna parte, pero Joy City iba a ser el final del trayecto: Charlie iba a denunciarle. Sería entregado a la policía local. ¿Qué sería de él? ¿Iban a devolverle a la «esfera con patas»? ¿Iban a castigarle por su huida? ¿Iban a borrarle la memoria y programarle de nuevo? ¿O quizás iban a estudiar su particular comportamiento?
Bob lamentó no haber previsto todas esas consecuencias. Resignado, se dispuso a esperar el aterrizaje.
Éste no fue en absoluto suave: Charlie no dominaba todavía muy bien la técnica. Bob pensó que tal vez podría persuadirle de que no le entregara si se ofrecía como chófer del matrimonio.