Rata
JAMES PATRICK KELLY
(1986)
James Patrick Kelly empezó a escribir para revistas y antologías a finales de los setenta y no tardó en labrarse una reputación como escritor de historias bien narradas, con una gran diversidad de enfoques y temática ecléctica. Gran parte de su ficción se sustenta en el comentario social. En «Death Therapy» imagina un futuro en el que el sistema judicial usa la muerte simulada para rehabilitar a los criminales. «Still Time» y «Crow» presentan puntos de vista contrapuestos sobre el comportamiento humano típico bajo la sombra de la guerra nuclear. «Pogrom» habla de la brecha generacional en términos de una futura guerra civil. «Big Guy» explora la desintegración de las relaciones y las interacciones entre personas en un mundo en el que se acelera el desarrollo de las telecomunicaciones y la realidad virtual. La narrativa breve de Kelly ha sido recopilada en Think Like a Dinosaur and Other Stories. Como novelista ha escrito Planet of Whisper y Look into the Sun, sobre la vida en el planeta Aseneshesh, donde los conflictos políticos y religiosos reflejan los problemas que afligen a los países del Tercer Mundo en la Tierra. Su novela Wildlife explora los roces entre progenitores y descendencia en el contexto de la ingeniería biogenética, con la historia de una joven que se rebela contra la personalidad y el destino que su padre ha diseñado para ella. También ha colaborado con John Kessel en Freedom Beach.
Rata había metido el polvo en cuatro cápsulas de plástico que luego se había tragado. A juzgar por el dolor que sentía en las costillas, estaban a punto de entrarle en el duodeno. Todavía quedaba tiempo de sobra. El tren bala llevaba casi dos horas atravesando el vacío del túnel TransAtlántico; pronto llegarían a Autoridad Portuaria/Koch. Lo de la aduana ya estaba arreglado, según el mariscal. Todo lo que Rata tenía que hacer era volver a su nido, cerrar la puerta inteligente una vez dentro y hacer correr la voz por sus redes protegidas. Tenía suficiente Amarillo Argelino para pulverizar al menos la mitad de los cerebelos del East Side. Si el negocio salía bien, sería lo suficientemente rico como para bañarse en Dom Perignon y secarse usando como toalla tapices de Gromaire. Otro pinchazo de dolor le recorrió el costado derecho. Instintivamente, su pata trasera salió del asiento y arañó el aire.
Solo había un problema; Rata había decidido dejar fuera al mariscal. Eso implicaba que tenía que despistar a la agente del viejo antes de llegar a casa.
La agente se le había pegado en Marsella. Tenía el pelo rubio y lo llevaba trenzado en coletas. Tenía pecas y llevaba aparatos de ortodoncia. Sus diminutos pechos abultaban más bien poco bajo la seda del modesto suéter de cuello alto. Era mona. Probablemente tenía el mismo aspecto desde hacía veinte años y seguiría igual otros veinte si primero no paraba una bala con el cuerpo o la cortaba por la mitad algún láser de seguridad que únicamente rastreaba calor y que no podría ver (ni le importaría) lo mona que era. Según sus pasaportes eran el señor Sterling Jaynes y su hija Jessalyn, de Forest Hills, Nueva York. Tecleaba algo en su portátil. ¿Deberes? ¿Una carta a algún novio? Lo más probable es que estuviera irrumpiendo en alguna base de datos corporativa mediante un programa bisturí que ella misma había diseñado.
—Ne fais pas semblant d’étudier, ma petite —dijo Rata—. ¿Que fais-tu?
—Oh, papi —dijo ella, poniendo morritos—, ¿no podemos volver al inglés normal y corriente? Después de todo, casi estamos en casa. —Inclinó su portátil para que Rata viera la pantalla. Decía: «Dos filas más atrás, segundo asiento contando desde el pasillo. Federal. Si supiera que transportas algo te lo sacaría con un cuchillo y luego se limpiaría el trasero con tu pellejo». Le dio a una tecla y el mensaje desapareció.
—Muy bien, cariño. —Arqueó la espalda, luchando contra la oleada de adrenalina que le hacía chasquear los incisivos—. ¿Sabes?, así de pronto me ha entrado hambre. ¿Tomamos algo aquí en el tren o esperamos a llegar a Nueva York? —Solo la agente vio su gesto en dirección al federal.
—¿Por qué no esperamos a llegar a la estación? Habrá más dónde elegir.
—Como quieras, cariño. —Quería que se encargara del federal inmediatamente, pero no se atrevía a decir nada más. Se lamió las manos y, para pasar el rato, se dedicó a arreglarse el pelaje de detrás de sus gruesas y cortas orejas.
La sala de llegadas internacionales de la terminal Koch estaba anormalmente tranquila para un jueves por la noche. A Rata le olía a encerrona. Los pasajeros del bala atravesaron la vastedad de mármol en dirección a los distantes puestos de aduana. Rata iba desarmado; si había pelea, la agente tendría que poner la artillería. Pero Rata no era un luchador, era un corredor. Sus instrucciones eran pasar por el Puesto Número Cuatro. Mientras hacían cola, Rata divisó detrás de ellos al vigilante federal. El clásico hombre invisible: ni guapo ni feo, peso medio, estatura media, pelo castaño, traje oscuro, camisa blanca. Parecía aburrido.
—¿Algo que declarar? —La funcionaria de aduanas también parecía aburrida. Todo el mundo parecía aburrido excepto Rata, que tenía drogas por valor de dos millones de nuevos dólares en la tripa y a un federal dispuesto a sacárselas a cuchilladas.
—Sostenemos como evidentes estas verdades —dijo Rata—, que todos los hombres son creados iguales. —Forzó una débil sonrisa, como si hubiera dicho algo ingenioso y no la contraseña.
—¡Papá, por favor! —La agente fingió azoramiento—. Lo siento, señora; es su idea de una broma. Es la Declaración de Independencia, ya sabe.
La funcionaria de aduanas sonrió mientras le revolvía el pelo a la agente de aspecto infantil.
—Ya lo sé, querida. Por favor, ponga su equipaje en la cinta transportadora. —Le dedicó una obligada mirada al monitor mientras las maletas pasaban por el escáner y luego asintió hacia Rata—. Gracias, señor, que tenga un buen… —La falsa cortesía murió en sus labios cuando se percató de que el federal apartaba a la gente de la cola para abrirse camino hacia ellos. Rata la vio girar y salir corriendo hacia la salida en el mismo momento en que la agente arrojaba su portátil al escáner. El portátil lanzó un dedo azul de descarga eléctrica por sus aristas hacia la lente magnética justo antes de que las luces que había encima resplandecieran como novas y se quemaran. El suministro de emergencia falló también. El hocico de Rata se llenó del olor acre del fuego eléctrico. Gritos y chillidos atravesaron la oscuridad, golpes y estampidos: el golpeteo enloquecido de una estampida ganando ímpetu.
Se dejó caer a cuatro patas y se escabulló por el suelo. La terminal Koch era su territorio. Había marcado sus múltiples niveles con rastros de olor. Encontraría el camino incluso en la oscuridad más absoluta. Pero en sus prisas arremetió de cabeza contra un par de rodillas enfundadas en medias y un peso chillón cayó sobre él, dejándolo sin aire en los pulmones. Sintió una puñalada helada en sus cuartos traseros y arañó el suelo con las patas traseras. Sintió humedad en los dedos y soltó un chillido. Hubo un grito en respuesta y la punta de un zapato se incrustó contra él, propulsándolo por el suelo. Rodó sobre su costado izquierdo y consiguió levantarse y salir corriendo. Subió por escaleras mecánicas inmóviles y atravesó salas alfombradas. Se irguió en todos su sesenta y seis centímetros de altura, sus manos arañando lo que tocaban hasta que encontró la barra de la puerta de emergencia. Se abalanzó sobre ella, una sirena aulló y la puerta se abrió con un silbido, precipitándolo a un callejón. Se quedó allí tendido un momento, jadeando, con medio cuerpo dentro y medio cuerpo fuera de la terminal Koch. Completamente seguro de que se estaba muriendo desangrando, se tocó la zona fría de la espalda. Una sustancia púrpura y pegajosa, la olisqueó y luego la probó. Helado. Rata echó la cabeza hacia atrás y se echó a reír. El chillido agudo resonó en el callejón desierto.
Pero no había tiempo que perder. Ya oía el zumbido de los deslizadores de la policía que descendían del cielo nocturno. El apagón los mantendría ocupados un rato; Rata estaba más preocupado por el federal. Y por la agente. Saldrían pronto y andarían buscándole. Rata se escabulló por el callejón hacia la calle. Echó un vistazo a la terminal, un agujero negro en medio de la galaxia de inmoralidad holográfica que era la calle Cuarenta y dos. Unos cuantos polis con linterna intentaban luchar contra la corriente de viajeros presas del pánico que se vertía por las puertas abiertas. Rata se alisó el pelaje enmarañado y se apartó del desastre, caminando hacia el centro. Su instinto le decía que saliera corriendo, pero se obligó a demorarse como un paleto en busca de las oportunidades de diversión de la gran ciudad. Sonrió a los proxenetas y se dedicó a contemplar los escaparates de las tiendas. Se paró delante de un par de anuncios sexuales especulares (¡CHICAS! ¡EN VIVO! ¡CHICAS! Y ¡EN VIVO! ¡CHICAS! ¡EN VIVO!), para olisquear el sudor cargado de feromonas de un andrógino cebo robótico que hacía la calle. El robot, tal como se esperaba, llevó la mano a la entrepierna de Rata, pero Rata lo apartó de un empujón y continuó su camino con un siseo. Al final, seguro de que no le seguían, activó su cartera y se conectó a la transred para pedir un aerotaxi. La cartera le informó de que habían acordonado el espacio aéreo del centro de la ciudad para facilitar las labores de rescate en la terminal Koch. Le aconsejó usar el metro o un taxi normal. Ya que no tenía intención de introducir un chip de identidad (¡ni siquiera uno falso!), en las máquinas del metro, se subió al bordillo y observó el tráfico.
El taxi clásico reconstruido que se paró a su lado era una amalgama de plástico naranja y armadura de acero inoxidable.
—No salgo de Manhattan —dijo un altavoz situado en la luz del techo del vehículo—. Ni subo más allá de la Ciento diez. —Rata asintió y las cerraduras de las puertas saltaron. El compartimiento de pasajeros olía a clorobenzilmalononitrilo y a orina.
—Al Búnker de la Primera Avenida —dijo Rata, olisqueando—. Cristo, aquí atrás apesta. ¿Quién ha sido tu último pasajero… el circo?
—Un buscaproblemas. —Las conexiones del altavoz estaban sueltas, lo que le daba una resonancia chirriante a la voz de la taxista—. Le he soltado una entera de gas lacrimógeno en el morro.
Rata ya había visto las rejillas en el suelo. Examinó el registro del taxi en la penumbra. Alguien había grabado encima un lema usando un láser, probablemente con uno de esos nuevos punteros Mitsubishi. «Liberad a los muertos». Rata sonrió: los muertos eran su clientela. Los que habían optado por el camino del polvo. De doce a dieciocho meses de gloriosa adicción: orgasmos sintéticos, alucinaciones recurrentes que llevaban a una sobrecarga sensorial absoluta y a una experiencia de muerte extática. Una dosis era todo lo que hacía falta para empezar a recorrer el camino del polvo. Los federales estaban intentando cortar el suministro, con graves consecuencias para los muertos. Podían vivir unos cuantos meses más sin el polvo, pero su alegre viaje por el camino polvoriento se transformaba en una maratón de dolor y locura por el síndrome de abstinencia. De cualquier modo, estaban muertos. Rata se reclinó en el asiento. La pintada láser era un buen presagio. Metió la mano en el bolsillo y sacó una tira de cuero empapada en una receta particular de anfetaminas solubles en lípidos y empezó a roerla.
De vez en cuando oía a la taxista comprobando la red del Departamento de Policía de Nueva York, manteniéndose al tanto de estallidos de violencia o barricadas de peaje de las bandas callejeras. Tuvieron que desviarse hacia la fuertemente protegida Park Avenue y hacer todo el camino hasta la Cincuenta y cinco antes de poder girar hacia el Búnker. Originalmente construido para proteger a los diplomáticos de las Naciones Unidas de los terroristas, el Búnker se había convertido en edificio residencial tras la disolución de la ONU. Se decía que era «la dirección más segura de la ciudad». Rata sabía la verdad y por eso tenía instalada una puerta inteligente de última generación. El edificio tenía fama de que la mayoría de sus propietarios eran candidatos o bien para una destrucción de personalidad o para unas largas vacaciones en una granja federal.
—Eh, Pasajero —dijo la taxista—, la red dice que los muertos van a montar jaleo frente a tu puerta. ¿Atravesamos o nos vamos?
El pelaje a lo largo de la columna vertebral de Rata se erizó.
—¿Polis?
—Los están dejando jugar, por ahora.
—¿Tienes armadura para pasar?
—Coño, sí. Podría atravesar con este trasto hasta la mismísima zona cero por el precio adecuado. —La risa de la taxista era extática—. No te preocupes, bunkerito. Les daré a esos chicos muertos una dosis de mi viejo gas CS y estarán demasiado ocupados rascándose los ojos para darnos problemas.
Rata intentó alisarse el pelaje. Podía atravesar el barullo y quedarse atascado. Pero, si esperaba, el federal o la agente no tardarían mucho en estar pisándole la cola. Rata no dudaba de que ambos habían conseguido plantarle localizadores encima.
—Por supuesto, atravesar disturbios no sale barato —dijo la taxista.
—Triple tarifa. —La tarifa ya estaba por encima de los doscientos dólares por un viaje de quince minutos—. Ve por el garaje número dos, el que tiene la puerta amarilla. —Sacó su cartera y empezó a pulsar las teclas luminiscentes—. Estoy enviando el código de reconocimiento.
Oyó a la taxista notificar a los polis que iban a pasar. Rata sintió cómo aceleraba el taxi cuando atravesaron el cordón, vio de pasada luces estroboscópicas, polis con armadura azul, un tanque tachonado de cañones de agua a presión. Repentinamente, el taxi frenó y Rata chocó contra el arnés de los hombros. Los sólidos neumáticos del vehículo rechinaron y se oyó algo que golpeaba la capota. Iban a paso de tortuga y los muertos los rodeaban por completo.
Rata no veía lo que ocurría delante porque la taxista iba protegida de sus pasajeros por una placa de acero. Pero las ventanillas se llenaron de rostros sudorosos, sangrantes y llorosos. Caras retorcidas, caras lloriqueantes, caras grabadas con las agonías de la abstinencia. La insonorización amortiguó sus aullidos. El miedo y el júbilo se apoderaron de Rata mientras los veía pasar. «Si supieran lo cerca que están de una dosis de polvo», pensó. Imaginó los rostros muertos royendo la armadura del taxi en un frenesí, deteniéndose solo para escupir dientes rotos. Era maravilloso. El disturbio era la prueba de que el mercado para el polvo seguía al rojo vivo. Los muertos debían de estar desesperados para atacar el Búnker por una dosis. Decidió incrementar el precio de su polvo otro diez por ciento.
Rata oyó un estrépito en el techo; luego alguien empezó a dar saltos. Era como estar dentro de un timbal. Rata hundió sus garras en el asiento y arqueó la espalda.
—¿A qué esperas? ¡Gaséalos, coño!
—Eh, Pasajero, esa cosa no es barata. Vamos bien… ya casi estamos.
Una mujer con el cabello ensangrentado pegado al cráneo apretó la boca contra la ventanilla y gritó. Rata se tensó sobre sus cuartos traseros e hizo gestos de mordisco hacia ella. Entonces vio el puntero en su mano. En el último momento, Rata se tiró hacia atrás. El puntero brilló y el compartimiento de pasajeros se llenó con el olor a plástico fundido. Una aguja de luz coherente le chamuscó el pelaje del flanco izquierdo; chilló y se tiró al suelo, temblando.
La taxista abrió los conductos exteriores de gas y, de repente, las caras se apartaron de las ventanas. El taxi aceleró, dando botes según pasaba por encima de los muertos caídos. Hubo una transición deslumbrante entre la oscuridad de la violenta noche y la calma iluminada por focos del garaje número dos. Rata volvió al asiento y miró por la ventanilla trasera justo a tiempo de ver cerrarse las puertas hidráulicas exteriores. Algo quedó atrapado entre ellas, algo que reventaba y rociaba líquido. La puerta interior rodó a su sitio como un telón que señalaba el fin de un sangriento acto final.
Rata ya casi estaba en casa. Se acercaron dos guardias de seguridad con armadura. Los seguros del taxi saltaron y Rata salió. Uno de los guardias le apuntó con un reventador a la cabeza; el otro le ofreció un lector de huellas. Apretó el pulgar y el ordenador del Búnker verificó de inmediato su identidad.
—Buenas noches, señor —dijo uno de los guardias—. Hay un poco de jaleo ahí fuera esta noche. ¿Ha traído equipaje?
La puerta del conductor del taxi se abrió y Rata oyó el zumbido de motores eléctricos y un brazo mecánico bajó la silla de ruedas de la taxista al suelo del garaje. Era una mujer de cabello gris con una mirada velada por cataratas, con aspecto de tener que estar en un asilo de algún lugar de Nueva Jersey. Una manta de punto le cubría las piernas atrofiadas.
—Has dicho triple. —El brazo del taxi liberó la silla de ruedas, que rodó hacia Rata—. Seiscientos sesenta y nueve.
—Sin equipaje. —Ahora que estaba a salvo en el Búnker, Rata lamentaba su generosidad inducida por el pánico. Una transferencia de su propia cuenta era impensable. Deslizó su último chip burbuja de mil dólares en el lector de tarjeta de la cartera, transfirió 331 dólares a una cuenta de lavado de dinero de las Bahamas y luego dejó caer el chip en la mano tendida. Lo aceptó con suspicacia; por un momento esperó que la mujer mordiera el chip como a veces ocurría en la televisión fósil. La gente vieja lo ponía nervioso. En lugar de eso, insertó el chip en su propio lector y le miró con ceño.
—¿No me das propina? Rata olisqueó el aire.
—Te doy un consejo: no recojas a desconocidos.
Uno de los guardias soltó una risita ahogada. El otro señaló la abertura de la silla de ruedas un milisegundo demasiado tarde. Con un plop húmedo la silla emitió una bola de gas fétido que se abrió como una flor maligna justo debajo de los bigotes de Rata. Uno de los guardias intentó agarrar la parte de atrás de la silla, pero la vieja taxista retrocedió súbitamente, pisándolo. El otro la apuntó con su reventador.
La taxista sonrió como una abuelita infernal.
—Está por debajo del índice de contaminación. No hay ninguna ley que prohíba dejar un poco de peste, chavales. Y no queréis hacerme daño. Mi trasto monitoriza mis constantes. Si desaparecen, se vuelve loco.
El guardia con el pie herido dejó de saltar a la pata coja. El guardia con el arma se encogió de hombros.
—De usted depende, señor —le dijo a Rata.
Rata se golpeó la sien repetidas veces con la palma de la mano y luego enterró el hocico en el sobaco. Todo lo que podía oler era a hamburguesa rancia con salsa sulfúrica.
—Dejadlo. No tengo tiempo.
—¿Sabes? —dijo la taxista—, nunca salgo del taxi, pero quería ver qué tipo de persona vivía en un lugar como este. —Los servos chirriaron cuando el brazo encajó sus dedos en la silla— y ahora ya lo sé. —Se rio como una bruja mientras el brazo la devolvía al interior del taxi—. Aparcaré al lado de la puerta. Los polis dicen que están listos para barrer la calle.
Los guardias condujeron a Rata a la batería de ascensores. Entró en uno que tenía la puerta abierta, apretó el lector de huellas digitales y dijo su código de acceso.
—Buenas noches, señor —dijo el ascensor—. ¿Irá directamente a su alojamiento?
—Sí.
—Muy bien, señor. ¿Quiere un listado de los servicios comunales que están abiertos en este momento para su uso?
No había forma de hacer callar la publicidad del edificio, así que pasó de ella y se puso a intentar sacarse el hedor del pelaje a lametazos.
—En la piscina solo se puede nadar en las calles señalizadas para ello —dijo el ascensor mientras se cerraban las puertas—. Todos los entornos excepto la sala ingrávida están en uso. Los tanques de privación sensorial estarán ocupados hasta las once. El servicio de cuerpos de alquiler carece actualmente de modelos femeninos; pedimos disculpas por las molestias…
La caja descendió dos pisos y medio y se detuvo justo antes del subsótano. Rata alzó la vista y vio que un hueco oscuro se abría entre los paneles luminosos. La agente se descolgó por él.
—… el holoterapeuta estará fuera de servicio hasta las ocho de la mañana, pero las cabinas sexuales interactivas permanecerán abiertas hasta medianoche. La farmacia…
Parecía que hubiera hecho esquí acuático por las alcantarillas. Tenía el pelo rubio mojado y sucio; había perdido uno de los lazos de las coletas. Llevaba los vaqueros desgarrados a la altura de las rodillas y tenía un arañazo muy feo en una mejilla. El suéter de seda de cuello alto se le pegaba, empapado. Pese a su desaliño, la mano que sostenía el puntero láser estaba firme como el tallador de un joyero.
—Parece que hay un problema de poca importancia —dijo el ascensor en tono tranquilizador—. No hay necesidad de alarmarse. Esta unidad ha quedado fuera de servicio temporalmente. Mantenimiento ha sido informado y trabaja para resolver el problema. En caso de emergencia, por favor, póngase en contacto con seguridad. Lamentamos las molestias.
La agente disparó una ráfaga de luz al panel selector; el panel escupió fuego antes de oscurecerse.
—¿Dónde demonios estabas? —dijo la agente—. Dijiste que si nos separábamos nos reuniríamos en el McDonald’s de Times Square.
—¿Y dónde estabas tú? —Rata se alzó sobre sus cuartos traseros—. Cuando llegué allí el lugar estaba a rebosar de polis.
Se quedó inmóvil cuando la punta del puntero destelló. La agente empezó a trazar aproximadamente la silueta de Rata sobre la puerta de acero inoxidable que tenía detrás.
—Que le den a tus mentiras —dijo. El haz le pasó tan cerca que Rata notó cómo se le rizaba el pelo por el calor—. Quiero el polvo.
—¡Alerta de intruso! —gritó el ascensor herido. En su voz artificial había una nota de alarma—. Seguridad informa de personas sin autorización presentes en el complejo. Se insta a los residentes a regresar inmediatamente a sus apartamentos y a conectar todos sus sistemas de seguridad personales. No se alarmen. Lamentamos las molestias.
Las escamas de la cola de Rata se hincharon.
—Teníamos un trato. El mariscal necesita mis redes de distribución para colocar su producto. Así que salgamos de aquí antes de que…
—El polvo.
Rata se lanzó sobre ella con un chillido de odio. Sus garras aferraron el suéter y la golpeó repetidamente en el cuello, abriendo un surco en su garganta con sus enormes incisivos rojos. Desconcertada por la celeridad y ferocidad del ataque, la agente dejó caer el puntero e intentó empujar a Rata contra la pared. Se mantuvo agarrado a ella, acosándola y farfullando rabiosamente. Cuando la agente retrocedió a trompicones hasta ponerse debajo de la trampilla de emergencia abierta en el techo del ascensor, volvió a saltar. Trepó hasta el techo del ascensor, se aferró al inductor y se escabulló hacia los cables. Había luz en el hueco del ascensor procedente de más arriba; guardias armados habían forzado la puerta y descendían por el hueco. Rata saltó desde los cables hasta el contrapeso, recorriendo metro y medio de aire, y se acurrucó, intentando usar el contrapeso como escudo contra los disparos de la agente. La defensa final fue corta y poco gloriosa. La agente lanzó una granada lumínica por la trampilla con la esperanza de cegar a los guardias y luego intentó trepar por la abertura. Rata oyó el chillido de las ráfagas de reventador. Esperó hasta que olió el aroma a carne cocida y plástico chamuscado antes de emerger de las sombras y hacer señales al equipo de seguridad.
Un grupo de guardias que no paraban de disculparse escoltó a Rata en el ascensor hasta el subsótano de almacén donde vivía. Cuando había considerado mudarse al Búnker, el agente inmobiliario se había mostrado poco dispuesto a alquilarle las habitaciones abandonadas, insistiendo en que viviera por encima del nivel del suelo como los demás residentes. Pero todas las suites que le enseñaron eran inaceptablemente abiertas, luminosas, limpias y ventiladas. Rata prefería con mucho su húmeda mazmorra, donde los olores permanecían en el aire inmóvil. Le gustaba quedarse dormido con el ronroneo del sistema de ventilación del piso de arriba y dormía con más facilidad sabiendo que estaba lo más lejos posible del hedor de otras personas.
Los guardias lo escoltaron hasta la reluciente puerta inteligente de metal y miraron discretamente mientras introducía su contraseña en el teclado numérico. Se lo había hecho construir a medida a Mosler, de forma que reconociera chillidos de alta frecuencia muy por encima del rango audible para los humanos. La llamó y luego apretó sus dedos contra el lector. Sus intestinos se le habían aflojado de terror durante la lucha y las cápsulas le habían empezado a dar unas punzadas terribles. Tuvo que esforzarse por no defecar allí mismo en el umbral. La puerta percibió a los guardias y pitó para alertarlo de su presencia. Pulsó la secuencia de anulación con impaciencia y la puerta se abrió con un suspiro.
—Que tenga buena noche, señor —dijo uno de los guardias mientras él se escurría en el interior—. Y no se preocupe acerc… —La puerta, al cerrarse, ahogó la voz del guardia.
Contra todo pronóstico, Rata lo había logrado. Se quedó quieto un momento, con la cola azotando la puerta, y dejó que el magnífico caos de su apartamento le calmara los tensos nervios. Se había ganado su recompensa: el polvo era todo suyo. Ya nadie podía quitárselo. Se vio a sí mismo en un fragmento de espejo apoyado contra una lata vacía de aerosol THC y se revolcó de alegría. Era la rata más rica del East Side, quizá de toda la ciudad.
Escogió su camino a través de un laberinto formado por una maraña de estantes de metal combados por el peso, abandonados hacía años, posiblemente décadas. La administración del Búnker se había ofrecido a sacar los estantes y su contenido antes de que se mudara; Rata había insistido en que los dejaran tal cual. Cuando la inspectora de seguridad había ido a aprobar el nuevo sistema antiincendios por aspersión recién instalado, se había quedado tan horrorizada por la acumulación de basura en los estantes que había amenazado con clausurar el lugar. Le había costado un riñón comprarla, pero había merecido la pena. Desde entonces, el tesoro de basura de Rata se había duplicado. Nadie lo había visto en años, aparte de Rata y alguna que otra cucaracha.
Relajado al fin, Rata se detuvo para prepararse un aperitivo de su colección de zapatos; le gustaba el aroma del cuero de calidad envejecido, y lo roía y roía cuando podía. Aliado de su colección de zapatos había un montón de libros: su biblioteca particular. Una de sus exquisiteces favoritas era una primera edición de Hojas de hierba que había robado de una colección de libros raros en la biblioteca pública de Nueva York. Para celebrar su regreso a casa sano y salvo, arrancó la página 43 y la añadió al aperitivo. Arrastró el zapato hasta un montón de escombros y dejó atrás unos estantes llenos de chatarra electrónica: monitores con la pantalla rota y máquinas de escribir estropeadas, hornos microondas y aspiradoras. Casi había llegado a su nido cuando el federal salió de detrás de una mugrienta bandera húngara que colgaba de un tubo fluorescente roto.
Sobresaltado, Rata se lanzó instintivamente hacia la grieta de la pared donde había hecho su nido. Pero el federal era demasiado rápido. Rata no reconoció el arma; cuando siseó perdió toda sensación en sus cuartos traseros. Aterrizó hecho un guiñapo, pero continuó arrastrándose, lenta y dolorosamente.
—Tienes algo que quiero. —El federal le pegó una patada. Rata se deslizó sobre el suelo de cemento hacia la grieta, dejando a su paso un leve rastro de excrementos. Rata continuó arrastrándose hasta que el federal le pisó la cola, inmovilizándolo.
—¿Dónde está el polvo?
—No… yo no…
El federal volvió a pisarlo; el peroné izquierdo de Rata se rompió como plástico barato. No sintió dolor.
—El polvo. —La voz del federal temblaba de manera extraña.
—Aquí no. Es demasiado peligroso.
—¿Dónde? —El federal lo soltó—. ¿Dónde?
Rata se sorprendió de ver que al federal le temblaba la mano con la que sostenía el arma. Por primera vez miró al hombre a los ojos y reconoció el delator tono amarillento. Rata se dio cuenta de que había interpretado mal la expresión del federal en Koch. No estaba aburrido. Estaba vacío. Durante un momento no fue capaz de creer su increíble buena suerte. «Gana tiempo —se dijo—. Tienes una oportunidad». Aunque estuviera acorralado, sabía que su instinto de lucha era erróneo.
—Te lo puedo conseguir si me sueltas —dijo Rata—. Diez minutos, quince. Parece que lo necesitas.
—¿De qué me hablas? —La fachada del federal empezaba a derrumbarse y Rata supo que el hombre ya era suyo. El federal quería el polvo para sí. Era un muerto.
—No hace falta que lo pases mal —dijo Rata—. Hay un terminal en mi nido. En la grieta. Diez minutos. —Empezó a arrastrarse hacia el nido. Sabía que el federal no se atrevería a intentar detenerlo; el hombre ya estaba profundamente metido en el mono—. Solo diez minutos y tendrás todo el polvo que quieras. —El pobre idiota no podría luchar contra la riada de neurorreguladores que bombeaba enloquecidamente entre sus sinapsis. Se derrumbaría en cualquier momento, dejaría caer el arma de sus manos temblorosas. Rata llegó a la grieta y se escurrió hacia la reconfortante oscuridad.
El nido estaba construido en un carrito de supermercado de un siglo de antigüedad y un banco del metro roto. Rata había rellenado los huecos con trozos de caucho sintético, un tapacubos, tarjetas de felicitación de plástico, fundas de disco, bolsas, una señal de prohibido aparcar y una colección de huesos. Trepó y se acomodó en el suave lecho de billetes de mil dólares a tiras. Las ganancias de seis años de chanchullos y traiciones, unas pocas docenas de asesinatos y varios miles de muertes polvorientas.
El federal empezó a sollozar mientras Rata encendía su terminal para avisar a seguridad.
—Alguien me la jugó, algún hijo de puta cabrón me la metió, no sé cuándo fue, creo que en Barcelona… Sarah se moriría si me viera… —Se echó a llorar—. Quería entregarme… Siguen investigando nuevos tratamientos, ya sabes, pero no es justo, ¡maldita sea! La tasa de éxito supera el… Hice mi primera compra hace solo dos semanas. Dios, si parece que… Maté a un hombre por el polvo de mierda… Pero tienen razón es, es, es, no puedo describir lo que se siente…
Los dedos de Rata volaron por el teclado, describiendo su situación, la disposición de la habitación, estrategias para el asalto. Había anulado la secuencia de reconocimiento de la puerta inteligente. Sería un poco arriesgado, pero los de seguridad podían acabar con el federal si eran rápidos y tenían cuidado. Mejor arriesgarse a un ataque por sorpresa que intentar negociar con un hombre muerto y armado que se caía a pedazos.
—Debería matarme… Sería lo mejor, pero no se trata solo de mí… He visto a niños de diez años… Qué tipo de alimaña vendería polvo a los niños… Debería matarme y matarte. —Algo cambió en la voz del federal cuando Rata terminaba su transmisión—. Y matarte a ti. —El hombre se agachó e introdujo el brazo en la grieta.
—Ya viene —dijo Rata atropelladamente—. Por mensajero. Diez dosis. Cuando llegues a la puerta ya debería haber llegado. —Veía la mano y se enterró en el montón de dinero putrefacto—. Espera junto a la puerta, ¿me oyes? Aparecerá en cualquier momento.
—No lo quiero. —La mano era tan grande que bloqueaba la luz.
A Rata se le erizó el pelaje y arqueó la espina dorsal.
—Quédate tu polvo de mierda.
Rata oía a los guardias abriéndose camino entre la basura. Oyó el estrépito de estantes que caían. Qué torpes eran aquellos hombres.
—Es a ti a quien quiero. —La mano tanteó entre los billetes desgarrados en busca de Rata. No dudaba de que el federal podía aplastarlo con la mano: era enorme. Podía contar las líneas de la palma en la oscuridad, seguir los remolinos de las huellas digitales. Parecían girar en el cerebro de Rata… estaba perdiendo el control. Se dio cuenta de que una de las cápsulas debía de haberse roto, vertiendo una megadosis de polvo Amarillo Argelino en sus tripas. Con claridad alucinatoria, imaginó torrentes de chispas en su sangre, incendiando sus neuronas como yesca. De repente ya no importaban los guardias. Nada tenía importancia excepto que estaba acorralado. Cuando ya no pudo refrenar su instinto de ataque, la mano del federal se cerró sobre él. El hombre era más fuerte de lo que Rata había imaginado. Mientras el federal lo arrastraba, arañando y mordiendo, hacia la luz, el único pensamiento de Rata era lo aterradoramente grande que era el hombre. Mucho más que una rata.