La madre de Eurema
R. A. LAFFERTY
(1972)

Excéntricos, estrafalarios y repletos de personajes e incidentes grotescos, los cuentos de estilo poco convencional de R. A. Lafferty pertenecen por derecho propio tanto a la tradición del relato oral exagerado como a la de la fantasía y la ciencia ficción. Lafferty empezó a publicar ficción en los años sesenta y fue una figura emblemática de la iconoclasta Nueva Ola de la ciencia ficción. Sus variaciones, gnómicas y desafiantes, sobre los temas habituales de la fantasía y la ciencia ficción, tendieron puentes entre la ficción especulativa y la literatura en general. De estilo inconformista, Lafferty llena sus historias de chistes y juegos de palabras que crean asociaciones incongruentes entre sus elementos dispares. El estilo de su narrativa es igualmente atrevido y combina sermones, acertijos, versos satíricos, epigramas, citas de libros imaginarios y de tratados eruditos. Ha escrito sobre temas que van desde la conspiración sobrenatural hasta los adolescentes malvados, los revolucionarios celestiales, la cultura nativa americana, la utopía, los demonios y el amor carnal. En sus novelas gusta de crear corolarios modernos a leyendas y mitos clásicos. Space Chantey entreteje la trama básica de la Odisea de Homero con una space opera alocada. En el ciclo de Argos, que incluye Archipelago, The Devil is Dead y Episodes of the Argo, Jasón y los argonautas se reencarnan como miembros de una antigua unidad de combate de la Segunda Guerra Mundial. En Past Master, Sir Thomas More es transportado en el tiempo y el espacio hasta el planeta Astrobe, donde se da de bruces con la intriga política y sufre su aparentemente ineludible muerte como mártir. La preocupación de Lafferty por los arquetipos religiosos y la batalla (en ocasiones colusión) entre el Bien y el Mal aporta un aire mítico a gran parte de su obra. Sus relatos cortos están recopilados en Novecientas abuelas, Strange Doings, Does Anyone Else Have Something Further to Add?, y muchas otras antologías. Algunas de sus novelas son The Reefs of Earth, Fourth Mansions, The Annals of Klepsis y Arrive at Easterwine. También ha escrito un libro de ensayos sobre literatura fantástica, It’s Down the Slippery Cellar Stairs. Sus entrevistas están recopiladas en Cranky Old Manfrom Tulsa.

Era prácticamente el último de los de su clase.

¿De qué clase? ¿El último de los grandes individualistas? ¿El último de los genios realmente creativos del siglo? ¿El último de los precursores absolutos?

No. Nada de eso. Era el último de los imbéciles.

Cuando él llegó, los niños nacían cada vez más listos, y así seguiría sucediendo. Más o menos fue el último niño tonto en nacer.

Incluso su madre tuvo que admitir que Albert era más bien un niño lento. ¿De qué otra forma se puede definir a un chico que no empieza a hablar hasta los cuatro años, que no aprende a manejar la cuchara hasta los seis, que no sabe abrir una puerta hasta los ocho? ¿Qué otra cosa se puede decir de alguien que se pone los zapatos en el pie equivocado y anda retorciéndose de dolor? ¿Y a quien había que decirle que cerrase la boca después de bostezar?

Había cosas que jamás lograría hacer; como recordar si era la aguja pequeña o la grande la que marcaba las horas del reloj. Pero eso daba un poco igual. Nunca le había importado la hora.

Cuando, como a los nueve años y medio, Albert logró el tremendo avance de distinguir la mano derecha de la izquierda, lo hizo aplicando la serie de trucos mnemotécnicos más ridícula jamás concebida. Tenía que ver con el modo en que un perro gira antes de tenderse, la dirección de los remolinos, el lado por el que se ordeña una vaca y por el que se monta a caballo, la dirección de giro de las hojas de roble y sicómoro, los patrones laberínticos del musgo de roca y el musgo de los árboles, la segmentación de la piedra caliza, la dirección del vuelo del halcón, la dirección de caza del alcaudón y la dirección en que se enrolla una serpiente (sin olvidar nunca que el lagarto de collar es una excepción y tampoco es una serpiente de verdad), la disposición del ramaje del cedro y del ramaje del abeto y los giros de una madriguera escavada por una mofeta y por un tejón (recordando, eso sí, que a veces las mofetas usan las viejas madrigueras de los tejones). Bien, Albert consiguió al fin distinguir la derecha de la izquierda, pero cualquier niño observador hubiese podido lograr la misma hazaña sin tanta tontería.

Albert jamás aprendió a escribir con letra legible. Para superar el colegio hizo trampas. Aprovechando un velocímetro de bicicleta, un pequeño motor, diminutas levas excéntricas y unas pilas robadas al audífono de su abuelo, Albert fabricó una máquina para que escribiese por él. Era tan pequeña como una larva y encajaba en un lápiz o bolígrafo, de forma que Albert podía ocultarla entre los dedos. Formaba letras hermosas, ya que Albert había ajustado las levas para seguir un modelo clásico. Iba cambiando de letras usando teclas que no eran mayores que pelos. Por supuesto que era deshonesto, ¿pero qué iba a hacer si era demasiado tonto para aprender a escribir pasablemente?

Albert no podía hacer ninguna operación matemática. Tuvo que fabricarse otra máquina que operase por él. Cabía en la palma de la mano y podía sumar, restar, multiplicar y dividir. Al año siguiente, al llegar a noveno curso, daban álgebra, y por tanto tuvo que diseñar un anexo que instalado en el extremo de su dispositivo resolvía ecuaciones cuadráticas y simultáneas. De no haber sido por las trampas, Albert jamás habría logrado terminar el colegio.

Cuando cumplió los quince se le presentó otra dificultad. Vamos, dificultad es poco. Debería haber una palabra mejor que «dificultad» para expresarlo. Albert tenía miedo a las chicas.

¿Qué hacer?

«Construiré una máquina que no les tenga miedo a las chicas», se dijo Albert. Se puso a trabajar. Casi había terminado cuando se le ocurrió una idea: «Pero si ninguna máquina teme a las chicas. ¿De qué va a servirme?». No tenía lógica y la teoría se había venido abajo. Hizo lo que hacía siempre. Trampas.

Sacó los cilindros de programación de una vieja pianola del ático, encontró una caja de engranajes, empleó láminas magnetizadas en lugar de rollos de música, alimentó la matriz con un ejemplar de Lógica de Wormwood y obtuvo una máquina lógica capaz de responder preguntas.

—¿Qué me pasa? ¿Por qué les tengo miedo a las chicas? —preguntó Albert a la máquina lógica.

—No te pasa nada —le dijo la máquina lógica—. Es lógico sentir miedo de las chicas. Francamente, a mí también me parecen bastante escalofriantes.

—Pero ¿qué puedo hacer?

—Esperar el momento y las circunstancias adecuados. Es un procedimiento lento, la verdad. A menos que quieras hacer trampa…

—Sí, sí, ¿entonces?

—Construye una máquina que tenga tu aspecto, Albert, y que hable como tú. Solo que fabrícala más inteligente que tú y menos tímida. Y, ah, Albert, hay un detalle especial que será mejor que introduzcas por si algo sale mal. Te lo voy a susurrar. Es peligroso.

Así que Albert fabricó al Pequeño Danny, un maniquí con su aspecto y que hablaba como él, solo que era más listo que él y menos tímido. Llenó al Pequeño Danny de ocurrencias sacadas de las revistas Mad y Quip y todo estuvo listo.

Albert y el Pequeño Danny fueron a visitar a Alice.

—Vaya, es maravilloso —dijo Alice—. ¿Por qué no puedes ser como él, Albert? Mira que eres maravilloso, Pequeño Danny. ¿Por qué eres tan estúpido, Albert, si el Pequeño Danny es tan maravilloso?

—Yo, eh, yo, no sé —dijo Albert—. Uh, uh, uh.

—Parece un pez con hipo —dijo el Pequeño Danny.

—¡La verdad es que sí, Albert, la verdad es que sí! —gritó Alice.

¿Por qué no haces cosas inteligentes como el Pequeño Danny, Albert? ¿Por qué eres tan estúpido?

No iba muy bien, pero Albert siguió con el plan. Programó al Pequeño Danny para que tocase el ukelele y cantase. Deseaba poder programarse a sí mismo para hacerlo. Alice adoraba todo lo que hacía el Pequeño Danny, pero no prestaba ni la más mínima atención a Albert, y un día, Albert se cansó.

—¿Pa-pa-para qué queremos este muñeco? —preguntó Albert.

Lo construí simplemente para di… para diver… para hacerte reír. Vámonos y dejémoslo aquí.

—¿Ir contigo, Albert? —preguntó Alice—. Pero qué estúpido. Te voy a decir una cosa. Vamos a irnos tú y yo, Pequeño Danny, y dejaremos aquí a Albert. Sin él lo pasaremos mejor.

—¿Quién le necesita? —preguntó Pequeño Danny—. Piérdete, imbécil.

Albert se alejó. Se alegraba de haber seguido el consejo de la máquina lógica a propósito de aquel detalle especial que debía añadir a Pequeño Danny. Albert se alejó cincuenta pasos. Cien.

—Es suficiente —dijo Albert, y pulsó el botón que llevaba en el bolsillo.

Nadie, excepto Albert y la máquina lógica, llegó a saber qué había sido la explosión. Un poco más tarde llovieron diminutos engranajes del Pequeño Danny y trocitos de Alice, pero no había fragmentos suficientes para una identificación.

Albert había aprendido la lección de la máquina lógica: nunca montes nada que no puedas desmontar.

Bien, Albert finalmente creció hasta convertirse en un hombre, al menos en edad. Siempre tendría el aire de un adolescente torpe, y aun así entabló su propia guerra personal contra los que eran realmente adolescentes y los derrotó por completo. Siempre hubo enemistad entre ellos. Albert jamás había sido un adolescente bien integrado y odiaba ese recuerdo. Y nadie le confundió jamás con un hombre bien integrado.

Albert era demasiado torpe como para ganarse la vida con una profesión honrada. Se vio obligado a vender sus truquitos y artilugios a timadores y promotores. Pero adquirió cierta fama y acabó cargado con el peso de la fortuna.

Era demasiado estúpido para ocuparse de sus propias finanzas, pero construyó una máquina contable para que se ocupase de sus inversiones y se hizo rico por accidente. Construyó demasiado bien la maldita máquina y acabó lamentándolo.

Albert se convirtió en miembro de ese grupo furtivo que nos ha cargado con todos los elementos desagradables de la historia, formado por el púnico que, incapaz de aprender la rica variedad de los jeroglíficos, inventó ese tullido alfabeto limitado para débiles mentales; por el árabe anónimo incapaz de contar más allá de diez y que estableció el sistema decimal para beneficio de bebés e idiotas; por el alemán que con sus tipos móviles borró de la faz de la tierra las buenas reproducciones a mano. Albert les hacía triste compañía.

Albert en sí no valía para mucho. Pero poseía la pequeña habilidad de fabricar máquinas buenas para todo.

Sus máquinas consiguieron algunos logros. Recordarás que en tiempos antiguos había una nube de contaminación sobre las ciudades. Oh, se podía eliminar del aire con mucha facilidad. Solo hacía falta un cosquillero. Albert fabricó una máquina cosquillera. La ponía en marcha cada mañana. Limpiaba el aire en un radio de trescientos metros alrededor de su casucha y cada veinticuatro horas acumulaba un poco más de una tonelada de residuos. Ese residuo era rico en moléculas compuestas que una de sus máquinas químicas podía aprovechar.

—¿Por qué no limpias todo el aire? —le preguntaba la gente—. Este es todo el material que Clarence Deoxyribonucleiconibus necesita cada día —dijo Albert. Ese era el nombre de esa máquina química en concreto.

—Pero la nube de contaminación nos mata —dijo la gente—. Apiádate de nosotros.

—Oh, vale —dijo Albert. Pasó la voz a una de sus máquinas duplicadoras para que crease tantas copias como fuese necesario.

¿Recuerdas que una época había un problema con los adolescentes? ¿Recuerdas cuando esos pequeños cabrones eran desagradables? Albert se hartó de ellos. Los adolescentes tenían un aire desgarbado que le recordaba demasiado a sí mismo. Se fabricó un adolescente propio. Era violento. A los otros les parecía uno más: pendiente en la oreja izquierda, rizos colgando, los nudillos metálicos y el cuchillo desmesurado, la púa de guitarra para clavarla en los ojos. Pero era incomparablemente más violento que los adolescentes humanos. Aterrorizó a todos los jóvenes del vecindario y les obligó a portarse bien y a vestirse como la gente, y la máquina adolescente creada por Albert tenía un curioso detalle: estaba fabricada con metal y vidrio polarizados de forma que era invisible para todos excepto para los ojos adolescentes.

—¿Por qué es diferente tu vecindario? —le preguntó la gente a Albert—. ¿Por qué los adolescentes de tu vecindario son tan amables y tan buenos mientras que son tan desagradables en los demás? Es como si algo los hubiese asustado.

—Oh, pensaba que yo era el único al que no le gustaban los adolescentes normales —dijo Albert.

—Oh, no, no —le respondió la gente—. Si pudieses hacer algo para corregirlos…

Así que Albert le pasó su máquina adolescente casi invisible a una de las máquinas duplicadoras para que fabricase tantas copias como fuesen necesarias, y colocó una en cada vecindario. Desde ese día hasta ahora todos los adolescentes han sido buenos, amables y algo temerosos. Pero no hay ni rastro de lo que los mantiene a raya excepto, de vez en cuando, un ojo clavado en una púa invisible de guitarra.

Así se resolvieron los dos problemas más importantes de finales del siglo XX, pero por accidente y sin que nadie se llevase el mérito.

Con el paso de los años, Albert sobre todo sintió su inferioridad en presencia de sus propias máquinas, especialmente las que tenían forma humana. Albert simplemente carecía de su urbanidad, de su chispa, de su ingenio. A su lado era un patán y las máquinas se lo dejaban claro.

¿Por qué no iba a ser así? Uno de los dispositivos de Albert ocupaba un puesto en el gabinete del presidente. Una de sus máquinas pertenecía al Alto Consejo de Vigilantes Mundiales que preservaba la paz en todas partes. Una de ellas presidía Riqueza Ilimitada, el instrumento privado-público-internacional que garantizaba la riqueza razonable de todos los habitantes del mundo. Una de ellas dirigía la Fundación Salud y Longevidad que suministraba esos dones a todos. ¿Por qué no iban máquinas tan espléndidas y con tanto éxito a despreciar al tío desharrapado que las había creado?

—Soy rico por un azar del destino —se dijo Albert un día— y recibo honores por causas inmerecidas. Pero no hay un hombre o máquina en el mundo que sea realmente mi amigo. Este libro enseña cómo hacer amigos, pero yo no puedo seguir ese método. Me haré un amigo empleando mi propio método.

Así que Albert se dispuso a fabricar a un amigo.

Hizo a Pobre Charles, una máquina tan estúpida, torpe e inepta como él mismo.

—Ahora tendré un compañero —dijo Albert. Pero no salió bien.

Si sumas dos ceros el resultado sigue siendo cero. El Pobre Charles se parecía demasiado a Albert para servir de algo.

¡Pobre Charles! Incapaz de pensar, fabricó… (pero espera un minuto, Coronel, esto no va a salir bien)… fabricó una máqui… (¿pero no es la misma estupidez de antes?)… fabricó una máquina para que pensase por él y para…

¡Alto, alto! Ya basta. Pobre Charles era la única máquina creada por Albert tan estúpida como para hacer algo así.

Bien, fuese como fuese, la máquina fabricada por Pobre Charles controlaba la situación y también a Pobre Charles cuando Albert se encontró con ellos accidentalmente. La máquina de la máquina, el dispositivo que Pobre Charles había construido para pensar por él, sermoneaba a Pobre Charles de una forma bastante humillante.

—Solo los ineptos y los deficientes inventan —repetía la maldita máquina—. Los griegos en su época de esplendor no inventaban. Tampoco empleaban potencia añadida ni instrumentos. Empleaban, como harán siempre los hombres y las máquinas inteligentes, esclavos. No se rebajaban a usar artilugios. Ellos, que eran capaces de ejecutar lo difícil con facilidad, no buscaban la forma más fácil de hacerlo.

»Pero los incompetentes inventan. Los insuficientes inventan. Los depravados inventan. Y los bribones inventan.

Albert, en un ataque poco común de furia, las mató a las dos. Pero sabía que la máquina de la máquina se había limitado a decir la verdad.

Albert estaba alicaído. Un hombre más inteligente hubiese presentido lo que iba mal. Albert solo presentía que no se le daban bien los presentimientos y que siempre sería así. Como no veía salida, fabricó una máquina y la llamó Presentimientitos.

En muchos aspectos era la peor máquina que hubiese fabricado nunca. Construyéndola intentó expresar parte de su inquietud sobre el futuro. Era torpe mecánica y mentalmente, una inadaptada.

Las máquinas más inteligentes de Albert se reunieron a su alrededor y le gritaron mientras la montaba.

—¡Chico, vas perdido! —le chinchaban—. ¡Vaya cosa más primitiva! ¡Que obtenga su energía del ambiente! ¡Hace veinte años que te convencimos para que lo descartaras y nos pusieras a todos energía codificada!

—Eh… Puede que algún día se produzcan desórdenes sociales y tomen el control de las centrales de energía —dijo Albert tartamudeando—. Pero Presentimientitos seguiría funcionado aunque el mundo desapareciese por completo.

—Ni siquiera está conectada a nuestra matriz de información —le soltaron—. Es peor que Pobre Charles. Esa cosa estúpida prácticamente empieza de la nada.

—Quizás algo nuevo la llene —dijo Albert.

—¡Ni siquiera está preparada para el hogar! —gritaron indignadas las máquinas urbanas—. ¡Mira eso! Esta especie de lubricante primitivo por todo el suelo …

—Recordando mi infancia, me solidarizo —dijo Albert.

—¿Para qué sirve? —exigieron saber.

—Ah… tiene presentimientos —murmuró Albert.

—¡Para duplicar! —gritaron—. Para eso es para lo único que sirves, y tampoco es que se te dé muy bien. Proponemos elecciones para reemplazarte como, perdona que nos riamos, líder de esta empresa.

—Jefe, tengo un presentimiento sobre cómo podemos impedírselo —susurró el incompleto Presentimientitos.

—Están marcándose un farol —le susurró Albert a su vez—. Mi primera máquina lógica me enseñó a no montar jamás algo que no pudiese desmontar. Las tengo pilladas y lo saben. Ya me gustaría a mí que se me ocurriesen cosas así.

—Quizá llegue una época de torpeza y yo sirva para algo —dijo Presentimientitos.

Solo en una ocasión, y ya muy avanzada su vida, tuvo Albert algo de honradez. Hizo una cosa (y fue un fracaso espantoso) por sí mismo. Fue la noche del año del doble milenio, cuando a Albert se le entregó el Trofeo Finnerty-Hochmann, el premio más importante concedido por el mundo intelectual. Albert era ciertamente una elección más bien curiosa, pero se habían dado cuenta de que casi todos los inventos fundamentales de los últimos treinta años tenían en él su origen o en los dispositivos de los que se había rodeado.

Ya habéis visto el trofeo. Eurema, la diosa sintética griega de la invención, con los brazos extendidos como si estuviese a punto de echarse a volar, encima de un corte de cerebro estilizado para que se vean las circunvoluciones del córtex. Y, debajo, el escudo de armas de los académicos: Antiguo Académico rampante (plata); el Analizador Anderson, siniestra (gules); el impulsor espacial de Mondeman, diestra (vero). Era un buen trabajo de Graben, de su noveno periodo.

Albert tenía un discurso que le había escrito su máquina de escribir discursos, pero por alguna razón no lo empleó. Lo hizo por sí solo, lo que acabó en desastre. ¡Se puso en pie cuando le presentaron y tartamudeó soltando tonterías!

—Ah… Solo la ostra enferma produce nácar —dijo, y todos le miraron boquiabiertos. ¿Qué forma de empezar un discurso era esa?—. ¿O me he equivocado de criatura? —preguntó Albert con un hilo de voz.

»¡Eurema no tiene este aspecto! —croó Albert y apuntó de pronto al trofeo—. No, no, esta no es ella. Eurema camina hacia atrás y está ciega. Y su madre es una mole descerebrada.

Todos le miraban con expresión de dolor.

—Nada se eleva sin levadura —intentó explicar Albert—, pero la levadura en sí es un hongo y una enfermedad. ¡Todos vosotros sois normales, espléndidos y supremos! Pero no podéis vivir sin los diferentes. Moriríais, ¿y quién os diría que estáis muertos? Cuando ya no quede nadie necesitado o incapaz, ¿quién inventará? ¿Qué haréis cuando no quede ningún discapacitado? Entonces, ¿quién hará subir vuestra masa?

—¿Está indispuesto? —le preguntó en voz baja el maestro de ceremonias—. ¿No debería terminar? La gente lo entenderá.

—Claro que estoy indispuesto. Siempre lo he estado —dijo Albert—. ¿De qué iba a servir si no? Vosotros fijasteis el ideal de que todos debemos tener buena salud y estar bien integrados. ¡No! ¡No! Si todos estuviésemos bien integrados nos anquilosaríamos y moriríamos. El mundo conserva la salud precisamente gracias a las mentes insanas que se esconden en él. La primera herramienta fabricada por el hombre no fue un rascador, un hacha o un cuchillo de piedra. Fue una muleta, y no la inventó un hombre sano.

—Quizá debería descansar —dijo en voz baja un funcionario, porque tonterías incoherentes como aquellas jamás se habían oído en la cena de entrega del premio.

—Sabed —dijo Albert— que no son los buenos toros y el ganado espléndido el que abre nuevos caminos. Solo un becerro tullido sigue un sendero nuevo. En todo lo que sobrevive debe haber un elemento incongruente. Eh, ¿saben el de la mujer que dice: «Mi marido es incongruente, pero nunca me gustó Washington en verano»?

Todos le miraron con estupor.

—Es el primer chiste que cuento —dijo Albert sin convicción—. Mi máquina de inventar chistes los cuenta mucho mejor que yo. —Hizo una pausa, abrió la boca y tragó aire.

»¡Estúpidos! —prosiguió luego con furia—. ¿A quiénes usaréis como imbéciles cuando todos nosotros hayamos desaparecido? ¿Cómo sobreviviréis sin nosotros?

Albert había terminado. Boqueó y se olvidó de cerrar la boca. Le llevaron de vuelta a su asiento. Su máquina publicitaria explicó que Albert estaba cansado por el exceso de trabajo y luego entregó copias del discurso que se suponía que Albert tendría que haber pronunciado.

Había sido un episodio desafortunado. Qué nauseabundo es que los innovadores nunca sean grandes hombres y los grandes hombres no sirvan para nada más que para ser grandes hombres.

Ese año, el César decretó que se realizase un censo de todo el país.

El decreto era de César Panebianco, el presidente del país. Era el año decimal adecuado para el censo y el decreto no tenía nada de raro. Sin embargo, incluía ciertas disposiciones para censar también a los vagabundos y a los decrépitos, a los que normalmente se pasaba por alto, para examinarlos y ver por qué eran así. Fue en ese proceso que atraparon a Albert. Si algún hombre ha tenido alguna vez aspecto de decrépito y vagabundo, ese era Albert.

Lo pillaron con otros abandonados, lo sentaron a una mesa y le plantearon preguntas retorcidas. Como:

—¿Cómo te llamas?

Casi le pillan con esa, pero se recuperó y respondió:

—Albert.

—¿Qué hora marca ese reloj?

Le habían pillado un viejo punto débil. ¿Cuál de las manecillas era?

Boqueó y no respondió.

—¿Sabes leer? —le preguntaron.

—No sin mi… —empezó a decir Albert—. No llevo mi… No, no sé leer muy bien por mí mismo.

—Inténtalo.

Le dieron un papel para que marcase preguntas como verdaderas o falsas. Albert las marcó todas verdaderas, creyendo que así acertaría la mitad. Pero eran todas falsas. La gente normal tiende a la falsedad. Luego le administraron una prueba de dichos a los que les faltaban palabras.

«___ es la mejor política» no le decía nada. Ni siquiera recordaba la política de sus empresas.

En «igual ocho que ochenta» había demasiadas matemáticas para que Albert lo entendiera.

«Parece que hay dos incógnitas —se dijo—, y solo dos valores positivos, ocho y ochenta. La palabra “igual” es un poco ambigua. No puedo resolver esta ecuación. Ni siquiera estoy seguro de que sea una ecuación. Si por lo menos tuviese mi…».

Pero no llevaba consigo ninguno de sus aparatos o máquinas. Estaba solo. Dejó en blanco otra media docena de dichos. Luego vio la oportunidad de resarcirse. Nadie es tan tonto como para no saber una respuesta si le hacen el número adecuado de preguntas.

«Es la madre de la invención», decía.

«La estupidez», escribió Albert con su extraña letra desigual. Luego se recostó triunfal.

—Conozco a Eurema y a su madre. —Rio—. ¡Dios, vaya si las conozco!

Pero esa también se la marcaron como errónea. Había fallado todas las preguntas de todas las pruebas. Empezaron a prepararle un billete para un asilo donde podría aprender a hacer algo con las manos, ya que no había esperanza para la cabeza.

Un par de las máquinas urbanas de Albert fueron y lo sacaron de allí. Explicaron que, a pesar de ser un vagabundo y un decrépito, era un vagabundo y decrépito rico, e incluso era un hombre de cierta fama.

—No lo aparenta, pero realmente es (perdonen que me ría) un hombre de cierta importancia —explicó una de las máquinas—. Hay que decirle que cierre la boca después de bostezar, pero a pesar de eso ha ganado el Trofeo Finnerty-Hochmann. Nosotras nos hacemos responsables de él.

Albert se sintió humillado cuando sus máquinas le sacaron de allí, sobre todo cuando le pidieron que caminase tres o cuatro pasos por detrás para que no diera la impresión de que iba con ellas. Le gastaron muchas bromas crueles y le convirtieron en un hombre muerto de vergüenza con el ánimo de un gusano. Albert las dejó y se fue al pequeño escondrijo que tenía.

—Me volaré mi cerebro de cangrejito —juró—. La humillación es más de lo que puedo soportar. Pero no soy capaz de hacerlo yo mismo. Tendré que encargarlo.

Así que se puso a construir una máquina en el escondrijo.

—¿Qué haces, jefe? —preguntó Presentimientitos—. Tuve el presentimiento de que vendrías aquí y te pondrías a construir algo.

—Estoy construyendo una máquina para volarme los sesos de calabaza que tengo —gritó Albert—. Soy demasiado cobarde para hacerlo personalmente.

—Jefe, tengo el presentimiento de que se podría hacer algo aún mejor. Vamos a divertirnos.

—No me parece que sepa cómo —dijo Albert pensativo—. Una vez construí una máquina para que se divirtiese por mí. Se lo pasó realmente en grande hasta que voló en pedazos, pero nunca me pareció que a mí me sirviese de nada.

—En esta ocasión nos divertiremos tú y yo, jefe. Mira el mundo en toda su amplitud. ¿Cómo es?

—Es un mundo que ya es demasiado bueno para que yo siga viviendo en él —dijo Albert—. Todo y todos son perfectos, y todo es igual. Están en lo más alto del montón. Lo han ganado todo y lo han dispuesto todo a la perfección. En el mundo no hay sitio para un desordenado como yo. Así que me voy.

—Jefe, tengo el presentimiento de que no lo estás mirando bien.

Míralo mejor. Míralo de nuevo, con verdadera astucia. ¿Qué ves?

—Presentimientitos, Presentimientitos, ¿es posible? ¿Realmente es así? Me pregunto por qué no me he dado cuenta antes. Pero así es, ahora que me fijo.

»¡Seis mil millones de incautos! ¡Seis mil millones de incautos sin defensa de ningún tipo! ¡Un par de tipos dispuestos a divertirse, vamos, podrían segar estos campos como si se tratase de Trigo Mejorado Albert Concho!

—Jefe, tengo el presentimiento que para esto fui creado. La verdad, el mundo se ha estado volviendo demasiado estirado.

—¡Inauguraremos una nueva era! —se recreó Albert—. La llamaremos la Vuelta de Tuerca. Nos lo pasaremos pipa, Presentimientitos. Nos los zamparemos como a cacahuetes. ¿Cómo no lo había visto antes? ¡Seis mil millones de incautos!

El siglo XXI comenzó de esta forma tan extraña.