XI
Desmontando la política de la intransigencia
José Moisés Martín Carretero
Una aproximación a los fundamentos teóricos de Economistas Frente a la Crisis
Mientras todos los medios de comunicación, mientras toda la opinión pública y la ciudadanía está clamando por una política económica alternativa, la clase dirigente europea se muestra inflexible y sigue haciendo del ajuste y de la austeridad su modo de enfrentar la crisis.
No sólo hay que culparles a ellos. La mayoría de los dirigentes europeos no son economistas, sino que han aprendido economía en dos tardes o en discusiones con sus asesores más próximos. Toman decisiones de manera muy lenta y prudente porque los mensajes que reciben advierten de terribles consecuencias si no cumplen con los principios básicos de algunos postulados económicos.
¿Cuáles son estos postulados? Son muchos, pero, de una u otra manera, están influidos por los principales desarrollos de una parte de la teoría económica de los últimos veinticinco años. Los problemas no están tanto en su uso como en su abuso acrítico y escolástico, poco compatible con la complejidad de la realidad.
El primer postulado básico se centra en los llamados modelos estocásticos de equilibrio general dinámico (denominados, por sus siglas en inglés, DSGE). Los modelos DSGE son modelos económicos de análisis y previsión usados intensivamente por parte de los bancos centrales e instituciones rectoras de la política económica. Estos modelos no han sido pensados para investigar y prevenir crisis financieras, ya que, de acuerdo con las investigaciones desarrolladas, la mayoría de ellos contaban en su formulación con mercados financieros perfectos y completos, sin fricciones en los mecanismos de transmisión de la política monetaria[49]. El premio Nobel de Economía Robert Solow, en su declaración de julio de 2010 ante la subcomisión del Congreso sobre la situación de la economía como ciencia, declaró que estos modelos son incapaces de examinar los resultados de una política macroeconómica que, para ellos, es inútil[50]. Otros autores han estudiado en profundidad las serias limitaciones de estos modelos, proponiendo alternativas más ajustadas a la realidad[51].
El segundo postulado es la propuesta del inflation targeting. Se trata de un modelo de política económica y monetaria que sitúa el control de la inflación, ligeramente por debajo del 2 por ciento, como único objetivo de la política monetaria, ya que se entiende que manteniendo la inflación estable, se mantiene estable el gap entre la producción real (la que realmente alcanza una economía) y la potencial (la que podría alcanzar utilizando el total de sus factores de producción, por ejemplo, sin desempleo)[52]. Cuando el BCE defiende la estabilidad de precios está aplicando esa concepción. Cuando su presidente, Mario Draghi, dice que no es misión del BCE solucionar los problemas de estabilidad financiera, se refiere exactamente a que su mandato está exclusivamente vinculado al control de la inflación. El propio economista jefe del FMI, Olivier Blanchard, reconoce que la relación entre la estabilidad de precios y la estabilidad del gap entre el producto real y el potencial es débil, de manera que la distancia entre el producto real y el potencial se puede ampliar —como de hecho está ocurriendo— aun cuando se mantenga la estabilidad de precios[53]. De acuerdo con el también premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, la idea de que el control de la inflación traería consigo la estabilidad entre la producción real y la potencial es esencialmente un error[54].
El tercer postulado es la combinación de la hipótesis de los mercados financieros eficientes y el modelo de valoración de activos denominado CAPM (Capital Asset Pricing Model, o modelo de fijación de precios para activos financieros). Esta combinación supone que el precio de los activos financieros (por ejemplo, bonos o acciones) está basado en toda la información disponible sobre los mismos: si la empresa que los emite va bien o mal, si la moneda tiene expectativas de subir o de bajar, etc. Son los elementos que determinan el precio del activo. Sin embargo, los economistas estadounidenses Eugene Fama y Kennet French, padres teóricos de la propuesta, admitieron en 2004 que esta combinación podría generar problemas empíricos que la invalidaban para su aplicación práctica, al distorsionar la percepción del riesgo de los títulos y valores, de manera que determinaban primas de riesgo que no se correspondían con la realidad[55]. El economista español y director del European Center for Policy Reform, Guillermo de la Dehesa, identifica al CAPM como una de las bases teórica de la crisis, al subestimar gravemente el riesgo tomado en la compra de activos financieros tóxicos[56]. Sin embargo, el CAPM sigue enseñándose como una herramienta clave de gestión de inversiones, aun a sabiendas de sus fallos empíricos.
El cuarto principio es el axioma de las expectativas racionales, es decir, que los actores económicos toman sus decisiones en función de las expectativas que les generan las decisiones de los demás, y que, además, lo hacen desde una perspectiva estrictamente racional, por lo que cualquier medida de política económica sería inútil porque los mercados la descontarían y tendrían en cuenta sus efectos a la hora de reaccionar a la misma. Como ejemplo del abuso de esta hipótesis, se suele decir que una política fiscal expansiva resultaría inútil porque los actores económicos reconocerían la posibilidad de un futuro recorte del gasto público para pagar la deuda generada y por lo tanto dejarían de consumir. Los estudios de los economistas Shiller y Akerlof[57], desde el punto de vista económico, y de Dan Ariely[58], desde el punto de vista psicológico, desmienten que seamos tan racionales y apuestan porque la información asimétrica, las emociones, los errores de percepción, y los fallos en la toma de decisiones pesan mucho más de lo que nos imaginamos.
El quinto principio es el axioma de la rigidez a largo plazo de la curva de oferta agregada. De acuerdo con este axioma, si el Estado se dedicara a impulsar la demanda de bienes y servicios a través de un mayor gasto público, el efecto inmediato sería una recuperación de la actividad económica. Pero una vez superada esta fase, la economía no tendría suficiente capacidad de producción para abastecer toda la nueva demanda generada, por lo que la producción se estancaría en su máximo y los precios terminarían subiendo. Así, cualquier intento de estimular la producción desde el lado de la demanda sería inútil a largo plazo y sólo lograría empeorar las cuentas públicas. Esta rigidez de la curva de oferta agregada supone que los recursos que no se usan en una economía son mínimos y que siempre se está cerca del pleno empleo. El problema que surge con esta modelización de la curva de oferta agregada a largo plazo no es tanto su categorización formal, como el uso abusivo que se hace para rechazar estímulos a corto plazo —con un nivel de desempleo involuntario rondando el 25 por ciento en España—, y la práctica desaparición del estudio del papel de la demanda agregada como impulsora del crecimiento a largo plazo[59].
Sobre estas bases, y sobre su uso excesivamente mecanicista, se asienta el conocimiento económico dominante en el BCE y las instituciones comunitarias y, en buena medida, la alergia del Bundesbank y de Alemania para apostar por una estrategia de crecimiento económico en la eurozona. Por estas razones no se permite que el BCE actúe como prestamista de última instancia, se desconfía de las políticas de crecimiento dirigidas desde el incremento de los estímulos fiscales y se desautoriza la intervención del Estado en la actividad económica.
Los modelos y las teorías económicas no son neutrales. El triunfo de estas posiciones no se ha debido a su superioridad metodológica sobre otras, sino a cuestiones relacionadas con la sociología de la investigación científica. En los años ochenta, Robert Lucas, el padre de las expectativas racionales, afirmaba que en los seminarios técnicos en los que alguien utilizaba conceptos keynesianos los demás participantes rumoreaban y se lanzaban sonrisas entre ellos. Poco a poco los keynesianos fueron saliendo de la escena académica. El premio Nobel Paul Krugman ha lamentado lo difícil que es, hoy en día, encontrar economistas que puedan expresarse adecuadamente en términos del anticuado modelo IS-LM, el modelo macroecónomico de base keynesiana que se utilizó como estándar hasta bien entrados los años ochenta del pasado siglo. Según Krugman, el modelo IS-LM es, en realidad, mucho más útil para determinar la naturaleza de la crisis[60] y sus posibles salidas, y supera en capacidad de explicación a los modelos DSGE utilizados hoy en día en instituciones económicas y centros de estudio.
Lars Svenson, uno de los teóricos del inflation targeting, expuso que es la mejor opción y es la política que mejor resultado da si se aplica en su extensión total y se entiende correctamente. De esta manera, si no da los resultados previstos, es o bien porque no se ha entendido correctamente, o porque no se ha aplicado en su totalidad. Svenson convirtió de esta manera su propuesta de política económica en un dogma fuera de toda crítica, porque siempre podría refugiarse en que ese país no lo entendió bien, o esa otra economía no aplicó su política en su totalidad. Este argumento, irrefutable per se, se ha terminado trasladando a todas las políticas de ajuste, imposibilitando la contrastación empírica de las mismas.
La falta de rigor ha llegado hasta el extremo de reescribir la historia: los partidarios de la austeridad señalan que la crisis de los años treinta en Europa y Estados Unidos, lejos de ser causada por el crac de 1929, fue causada por el exceso de gasto público del New Deal del presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt, contraviniendo de esta manera todos los análisis realizados sobre la crisis durante ochenta años.
Diseccionando estas u otras bases del pensamiento económico conservador, Albert O. Hirschman, un economista norteamericano, escribió su libro Retóricas de la intransigencia[61] en el cual describía los argumentos políticos que los conservadores suelen utilizar para desautorizar los avances políticos y sociales. Hirschman distinguió tres tesis contra las políticas progresistas.
- La tesis de la perversidad, según la cual toda acción deliberada para mejorar algún rasgo político, económico o social sólo servirá para empeorar las condiciones que se pretendían mejorar.
- La tesis de la futilidad, que sostiene que toda tentativa de reforma será inútil porque la sociedad y la economía están regidas por leyes inalterables.
- La tesis del riesgo, que supone que el coste asumido por el cambio o la reforma propuesta es demasiado alto ya que pone en riesgo algún logro conseguido con anterioridad.
Hirschman escribió su libro en 1991, en defensa del Estado de bienestar y en el fragor de la contrarrevolución conservadora de los años ochenta. Veintiún años después, todo parece indicar que su análisis sobre el discurso económico que se estaba imponiendo era cierto. Basta con revisar las declaraciones de muchos líderes europeos en los últimos años para encontrar expresiones como «no es la solución» (futilidad), «empeorará el problema» (perversidad) o «nos pone en riesgo a todos» (riesgo). Elementos de un discurso ideológico que recorre las raíces teóricas de la crisis y que sólo desde la ciencia social más consciente se empieza a cuestionar abiertamente en tanto que opción rectora de la política económica.
El pensamiento económico al servicio de los ciudadanos
Economistas Frente a la Crisis, conscientes de que los cuellos de botella para que fluya el progreso se encuentran en la política, nació con la vocación de poner el pensamiento económico al servicio de los ciudadanos, para, a través de ellos, poder influir en la política para que las decisiones que tomen nuestros representantes legítimos acierten en la defensa de los intereses generales. Éste es el único interés de lo que aquí ha sido escrito.
Estamos muy lejos de haber tratado todos los temas que merecen la atención en esta grave crisis que no sólo ha detenido el progreso del bienestar de los ciudadanos, sino que también está deteriorando el bienestar alcanzado. Pero EFC seguirá poniendo el pensamiento económico al servicio de los ciudadanos —si la desesperanza no se atraviesa en su camino— y contribuyendo al debate con el conocimiento de todos quienes compartan nuestras preocupaciones, porque todos somos Economistas Frente a la Crisis.