NOTA PRELIMINAR[1]

— Andoni Alonso e Iñaki Arzoz —

La primera edición de Mirrorshades, la mítica antología ciberpunk, es de 1986, lo cual supone un lapso de doce años transcurridos hasta la presente edición en castellano; toda una eternidad para un género tan fértil y dinámico como la Ciencia Ficción (CF). Resulta un tanto incomprensible que en todos estos años no se haya editado en castellano un libro tan célebre, y eso a pesar del auge y vigor editorial que la CF ha alcanzado en nuestro país. La única excepción parcial al respecto fue la antología Burning Chrome (1986), no tan representativa como ésta, ya que está centrada en un solo autor, William Gibson, pero que sí ha merecido una reciente traducción (Quemando cromo, Minotauro, 1994), y en la cual se inclinen precisamente dos versiones ligeramente diferentes de dos cuentos incluidos en Mirrorshades. «Estrella Roja, Órbita Invernal» y «El continuo de Gernsback».

Por otro lado, si atendemos a la opinión del antólogo y principal teórico de esta corriente, Bruce Sterling, el ciberpunk ya no existe como tal, sus autores han seguido otros caminos literarios más personales, siendo ahora los verdaderos ciberpunkis «los libertarios de Internet, o los artistas por ordenador, o los diseñadores de videojuegos, o los críticos culturales»[2].

Éstos años pasados, que en ciertos aspectos pesan en la obra, ofrecen, sin embargo, la suficiente distancia crítica como para preguntarnos, con una cierta perplejidad y escepticismo, si realmente ha muerto el ciberpunk, si ha podido desaparecer justamente en plena era de la globalización. Internet y Windows 98. Resulta muy difícil creerlo, precisamente ahora que muchas de las preocupaciones del ciberpunk parecen más urgentes y tangibles que nunca. Disentimos en parte de Sterling y estamos de acuerdo con P. Nicholls y J. Chite en que «si el ciberpunk está muerto en los noventa —como varios críticos afirman—, será el resultado de una eutanasia desde dentro de la propia familia. Desde luego, los efectos del ciberpunk, tanto dentro de la CF como fuera, en el mundo en general, han sido vigorizantes; y dado que la mayoría de estos escritores continúa escribiendo —aunque no necesariamente bajo esta etiqueta—, podemos asumir con segundad que el espíritu del ciberpunk sigue vivo»[3].

Por todo ello hay excelentes razones para que Mirrorshades sea publicado en este momento, a pesar del tiempo transcurrido, porque es justamente ahora cuando, en muchos aspectos, es la sociedad, más que la propia CF, la que se está convirtiendo al ciberpunk. Ésta antología, más incluso que el célebre Neuromante, se ha convertido en el libro de referencia del ciberpunk, al tiempo que se asienta como un «clásico vivo», pues todavía puede ofrecer sugerentes lecciones a la siguiente generación de la CF e iluminar el origen de la época en que vivimos. Es un clásico que ha logrado introducir definitivamente, por ejemplo, lo sociológico y lo artístico en la CF, rivalizando con la concepción «dura», más interesada en las ciencias positivas y en la pura maravilla tecnológica. Tampoco es extraño que esta corriente literaria se haya desarrollado paralelamente a otras vertientes «posmodernas» de la ciencia —sin darle un matiz peyorativo— de autores como Bruno Latour o Stephen Woolgar, o que también surgiera al tiempo que asistíamos al auge de los estudios de Ciencia, Tecnología y Sociedad (CTS).

Tanto para los escritores como para «los filósofos de la tecnología», el impacto de la tecnociencia en nuestra sociedad se ha convertido en el motivo principal de reflexión. Y todos estos teóricos posmodernos parecen estar de acuerdo en lo mismo que el ciberpunk, esto es, en que vivimos en una era extraña donde una todopoderosa ciencia y una ubicua tecnología en alianza nos asaltan y transforman, por lo que una aproximación puramente racional o positivista no nos satisface ni puede tranquilizarnos en absoluto, por lo que exigimos saber mínimamente dónde estamos y qué cabe esperar o, al menos, hacernos la ilusión de que lo podemos asumir. Ésos doce años pasados —catorce si contamos a partir de la primera vez que Bruce Bethke acuñó el término «ciberpunk»— han conseguido que la academia y la CF converjan, dando lugar a estudios sociales, filosóficos y culturales ciberpunk. Así, en la actualidad, por ejemplo el «cyborg», uno de los iconos del ciberpunk, se ha convertido en un horizonte especulativo real, las redes informáticas se hallan sometidas a un permanente debate o la definición de lo «humano» se ha puesto entre interrogantes[4]. ¿Cómo no nos va a interesar ya el ciberpunk si, después de la premonitoria CF, nuestro mundo y nuestro futuro, nosotros mismos, somos, aun sin desearlo, cada vez más ciberpunk?

Desde un punto de vista literario, el ciberpunk ha supuesto un revulsivo estético para la CF, al tomar prestados recursos de la novela negra, de la música pop y del cine, en un sugerente eclecticismo que, por supuesto, también puede calificarse como de perfectamente posmoderno. Y aun aplicando la ley de la CF de Theodore Sturgeon al ciberpunk —el noventa por ciento de cualquier género literario es basura—, todavía nos queda un diez por ciento para saborear y en el que sin duda se incluye esta antología. Por supuesto que hay un ciberpunk tópico y lleno de lugares comunes, de vaqueros cableados y siniestros «yakuzas», pero esto es precisamente lo que hace que algunos de estos relatos sean realmente joyas, piezas que saben equilibrar la calidad literaria con la sorpresa tecnológica, como es de rigor en toda buena ciencia ficción.

No obstante, y como aviso al lector poco avezado en el género y en esta corriente en particular, queremos ilustrarle sobre algunos rasgos que pueden sorprenderle o desconcertarle y que Sterling no pudo advertir en aquella edición original. Así, el estilo de la mayoría de los relatos imita el de la novela negra, y a veces puede parecer demasiado sintético e incluso minimalista, al tiempo que se mezcla con jergas y argots, a mentido inventados por cada autor. La herencia de la novela negra se manifiesta también en el carácter de los protagonistas, inspirados en los detectives hard boiled hammettianos, caracterizados por seguir una particular pero germina ética personal en un entorno marginal. Su estructura narrativa ha sido influenciada en gran medida por el cine, y se apela constantemente a la capacidad de visualización del lector, así como a su cultura cinematográfica, todo lo cual se refleja en el aspecto de «guión redactado» de muchos relatos. La generación ciberpunk ha sido criada por el cine, la televisión y el videoclip, y eso se hace notar en su enfoque visual y narrativo hasta el punto de que sus relatos parecen proyectos de películas.

Es por esto por lo que hoy podemos hablar de una relación simbiótica entre el cine y la literatura, y por tanto de una estética cinematográfica ciberpunk —a pesar de las reticencias de Sterling—, derivada directamente de la literatura y que ha producido películas interesantes pero de desigual calidad, aparte de la pionera y siempre fascinante Blade Runner (Ridley Scott), como Días extraños (K. Bigelow), Johnny Mnemonic (Robert Longo), New Rose Hotel (Abel Ferrara) —ambas basadas en relatos de W. Gibson— o Nirvana (Gabriele Salvatore), entre las que quizás no haya todavía ninguna obra maestra que haga justicia a sus fuentes literarias.

Los sentidos juegan también un importante papel en la estética ciberpunk, pues el propio cuerpo se convierte en protagonista, al ser alterado por las drogas de diseño o la tecnología de los implantes y las prótesis electrónicas. Su esfuerzo por evidenciar todo un mundo sensorial, de una perturbadora sensualidad, provocado por la alteración de los sentidos a través de psicodélicos viajes al fondo de la mente, constituye una verdadera novedad en la CF y confiere un peculiar sabor surrealista a muchos pasajes. Otra de sus características genéricas es presentarnos un escenario próximo a la distopía, en el que hemos de aceptar con resignado fatalismo nuestro incierto destino y en el que el poder se encuentra en manos de las multinacionales, por lo que la supervivencia, conservando una ética elemental, es el objetivo básico. Ése tratamiento crítico de un futuro cercano, inmediato, que nos inquieta porque ya nos resulta familiar, es también un enfoque poco explorado hasta ahora en la CF. Y, como último rasgo general, y a pesar del proclamado cosmopolitismo y mestizaje ciberpunk y de su afán globalista, la presencia de la cultura norteamericana —o la visión que desde allí se tiene de estos fenómenos— se manifiesta sin ambages y en los más mínimos detalles (o es que quizás esos rasgos se han extendido por todo el globo y ya todos vivirnos y pensamos en «americano»).

El contenido del libro también merece una serie de comentarios y precisiones. El prólogo de Sterling, junto a sus generosas presentaciones, se ha convertido en una magnífica pieza introductoria que tiene ese aroma clásico a manifiesto y que ha sabido retratar un momento histórico de la sociedad en la que vivimos; así que el lector no debería eludirlo, pues todavía puede iluminarle acerca del ciberpunk de entonces y el de ahora. El relato inicial, «El continuo de Gernsback», nos descubre a un Gibson diferente del autor de Neuromante o Mona Lisa acelerada. Éste relato emblemático y casi fundacional del ciberpunk, según Sterling, nos muestra una actitud descreída e irónica hacia las utopías tecnológicas del pasado y nos advierte de la amenaza totalitaria que se esconde bajo cualquier espejismo tecnológico del futuro. Su idea del «fantasma semiótico» es realmente brillante y sugerente, y casi nos reconcilia con un autor a menudo inconsistente y de pose, que no ha vuelto a alcanzar este nivel en sus novelas más conocidas. Tom Maddox se muestra como un convincente fabulador en «Ojos de serpiente», describiendo un tema de plena actualidad como el cyborg, pero desde la cercanía de sus sensaciones físicas y psíquicas. «Rock on», de Pat Cadigan, nos sumerge en esa otra gran influencia del ciberpunk: la estética y la mística del rock and roll, amenazada por la tecnología. Junto a «Zona libre», una de las más vívidas descripciones del rock and roll, de John Shirley —ex cantante del grupo Sacio Nation—, nos recuerda que vivimos en la era de la MTV, del videoclip y de las neotribus musicales, y que el rock alguna vez fue una cultura marginal y contestataria, toda una forma de vida fronteriza, antes de que los Rolling Stones se convirtieran en los obscenos y decrépitos millonarios de una industria más poderosa que las acerías y los astilleros. «Cuentos de Houdini», de Rudy Rucker, y «Petra», de Greg Bear, son quizás los dos relatos aparentemente más alejados de la temática ciberpunk, aunque guardan algunos curiosos puntos de contacto con la corriente. El primero es una ágil y delirante broma ucrónica que nos retrotrae al inicio del cine y está escrito como un puro guión; el segundo, una elaborada fantasía medieval escrita en un estilo arcaizante, podría equivaler a la versión ciberpunk de la película de Walt Disney El jorobado de Nótre Dame, en la que las gárgolas vivas representarían a unos imaginarios antepasados de los cyborgs. «Los chicos de la calle 400», de Marc Laidlaw, nos trae a la memoria Warriors, la mítica película sobre bandas neoyorkinas, sólo que envuelta en un apocalipsis nuclear y con ribetes de parapsicología. «Solsticio», de James Patrick Kelly, insiste en el tema de las drogas, con intuiciones sorprendentes y originales, en el recurrente escenario ciberpunk de Stonehenge, e ilustrado con una erudición sospechosamente extraída del clásico estudio de Christopher Chippindale, Stonehenge, el umbral de la historia. «Hasta que nos despierten voces humanas», de Lewis Shiner, nos acerca al problema político de la manipulación genética, un tema candente en la época de la oveja «Dolly» y de la amenaza del loco doctor Richard Seed. «Stone vive», de John di Filippo, condensa gran parte de las preocupaciones ciberpunk, como los implantes o la prolongación artificial de la vida bajo un enfoque crítico hacia el dominio de las grandes corporaciones multinacionales que van a controlar el mundo. Característico del ciberpunk es el trabajo en colaboración, como sucede en los relatos «Estrella Roja, Órbita Invernal» —de Gibson y Sterling— y «Mozart con gafas de espejo» —de Sterling y Shinner—, que cierran el libro. Al primero, el futuro —nuestro presente— le ha jugado una mala pasada, pues va a ser justamente este año 1998 el del fin de la estación soviética Solyut, pero ya en la Rusia poscomunista de Yeltsin, y su abandono se debe al colapso técnico y no a la falta de interés de las nuevas autoridades rusas. En este relato todavía se advierte cierto involuntario patrioterismo de la guerra fría, en la que se contrapone la visión del cowboy americano por los nuevos horizontes frente a la tópica cerrazón de la ideología soviética. Por el contrario, «Mozart» es una refrescante sátira basada en el clásico viaje temporal, trufada de una sarcástica malicia, que encierra una aguda crítica contra la homogeneizadora cultura americana (si cabe más vigente en la actualidad).

En general, Mirrorshades quedará como una sólida antología de CF que ha sabido reunir la gran variedad de temas y registros del ciberpunk, y que nos demuestra cómo los relatos, en el ciberpunk y en la CF en general, son con frecuencia mejores que muchas novelas. Es cierto que a veces las jergas inventadas pueden resultar un tanto confusas, que las escenas eróticas parecen tópicamente pornográficas, que las referencias particularísimas a la cultura americana pueden extraviar al lector o que las bruscas elipsis narrativas desconciertan nuestro usual sentido del argumento, pero, al fin y al cabo, el estilo ciberpunk es así, con sus virtudes y sus excesos, un fascinante híbrido de literatura de género y de nuestra omnipresente cultura visual. Como traductores, hemos intentado reflejarlo lo más fielmente posible, sin traicionar sus, acaso ahora, innovadoras peculiaridades narrativas, ni adornar su tono provocativamente coloquial y callejero. Hemos mantenido el torturado fraseo que, en ocasiones, acota torrenciales y minuciosas descripciones con frases sucintas, lo que de hecho resulta muy alejado del estándar de la propia literatura norteamericana, y que, por ello, resulta doblemente atractivo y posee un indudable y perverso encanto. Al lector le toca a partir de ahora, según su propia jerga, conectar con el «modo ciberpunk»: visualizar, imaginar y «flipar», y lo más importante, disfrutar con esta insolente y retadora forma de entender la CF y la vida. Esperamos que esta antología de culto, largamente esperada, ahora clásica, anime al reconocimiento del ciberpunk en nuestra letárgica cultura y represente incluso un resurgimiento más maduro desde aquí. Para todos, intelectuales preocupados por la tecnología, internautas enganchados, artistas inquietos o jóvenes aficionados al manga, puede suponer todo un descubrimiento y un sugerente punto de encuentro.

Andoni Alonso e Iñaki Arzoz


[1] Entrevista a Bruce Sterling, «El futuro no está escrito», en El paseante; n°2 27-28, monográfico «La revolución digital y sus dilemas. —Siruela Madrid 1998.

[2] Ver al respecto el libro de Miquel Barceló García, Ciencia ficción: guía de lectura (Ediciones B, Barcelona 1990), en el que se hace un análisis crítico de la percepción española «culta» de la CF, así como una completa historia de la misma.

[3] Entrada «cyberpunk», en la Encyclopedia of Science Fiction, de John Clute y Peter Nicholls, San Martin’s Griffin, Nueva York 1993, edición revisada de 1995.

[4] Ya existen numerosos trabajos al respecto, entre los que destacan Cyberspace, Cyberbody. Cyberpunk (Mike Featherstone. Sage. Londres 1995) o el ya célebre «A Cyborg Manifesto» de Donna Haraway, en On Women Simians, Cyborgs and Women. The Invention of Nature, Free Association Books, Londres 1991.