HASTA QUE NOS DESPIERTEN VOCES HUMANAS

— Lewis Shiner —

Desde su primera publicación en 1977, Lewis Shiner ha escrito en un amplio abanico de todo tipo de relatos cortos: de misterio, de fantasía y de horror, así como de ciencia ficción. Pero la aparición en 1984 de su primera novela, Frontera, ha demostrado su importante papel en esta corriente de la ciencia ficción. Frontera combinaba la estructura clásica de la ciencia ficción dura con un inquietante retrato de la sociedad postindustrial de principios del siglo XXI. El desolador realismo y el tratamiento desmitificador de los iconos de la ciencia ficción provocaron muchos comentarios.

El trabajo de Shiner está marcado por una minuciosa investigación así como por una fría y meticulosa construcción. Su densa y vigorosa prosa muestra su conexión con la ficción de la novela negra, al tiempo que con autores como Elmore Leonard o Robert Stone, quienes casi se pueden clasificar como pertenecientes a la corriente general de la literatura.

Hijo de un antropólogo, Shiner tiene un excelente conocimiento acerca de extrañas formas de creencia como el Zen, la física cuántica y los arquetipos míticos. Aunque es capaz de atrevidos vuelos de fantasía, su último trabajo tiende hacia un realismo directo, antisentimental, y hacia una creciente preocupación por la geopolítica. La siguiente historia de Shiner, de 1984, combina imágenes míticas con una política tecnosocial, en una clásica mezcla ciberpunk.

Se hallaban a cuarenta pies, completamente a oscuras. Dentro del estrecho haz de su linterna de buceo. Campbell podía ver los pólipos coralinos alimentándose, sus rasgados bordes transformados en flores predadoras.

Si algo podía habernos salvado, pensó, debería haber sido esta semana.

La linterna de Beth osciló cuando se apartó de las espinas de color blanco pétalo de un erizo de mar. No llevaba más que una camiseta blanca sobre su bikini, a pesar de las advertencias de Campbell, y él podía ver la blancura del interior de sus muslos. Lo cual es lo máximo que he visto de su cuerpo, pensó…, ¿desde cuándo?, ¿cinco semanas?, ¿seis? No pudo recordar la última vez que hicieron el amor.

Cuando movió la luz creyó ver una forma en la oscuridad. Pensó: tiburón, y sintió inmediatamente un nudo en la garganta. De nuevo movió la linterna, hacia atrás, y entonces la vio.

Estaba paralizada dentro del círculo de luz, como cualquier animal salvaje. Su largo y liso pelo flotaba sobre sus hombros y se confundía con la oscuridad. La punta de sus desnudos pechos era elíptica y púrpura en el agua nocturna.

Sus piernas acababan en una cola verde y escamosa.

Campbell oyó su propia respiración en el respirador. Podía ver la amplitud de sus mejillas, la claridad de sus ojos, el temeroso temblor de sus branquias alrededor del cuello.

Entonces, dominado por una reacción refleja, sacó su Nokonos y disparó. El fogonazo de la luz estroboscópica le provocó un susto de muerte. Se estremeció y, volviéndose con su cola extendida hacia él, desapareció.

Un súbito e inexplicable anhelo lo abrumó. Dejó caer la cámara y nadó tras ella, moviendo las piernas rápidamente y ayudándose con ambos brazos. Cuando alcanzaba el borde de un abismo de cien pies de fondo, movió la linterna en un arco que, finalmente, atrapó una última y breve visión de ella, bajando hacia el oeste. Luego se desvaneció.

Encontró a Beth en la superficie, temblando enfurecida.

—¿De quién puñetas fue la idea de dejarme allí así de sola? Pasé un miedo de muerte. Ya oíste lo que ha dicho el tío ése sobre los tiburones.

—Vi algo —dijo Campbell.

—Jo-di-da-men-te-bi-en —su línea de flotación bajó y Campbell vio cómo le alcanzaba una ola a la altura de la boca. Escupió y dijo—: ¿Lo viste de verdad o saliste corriendo enseguida?

—Infla tu chaleco —dijo Campbell sintiéndose aturdido y desolado— antes de que te ahogues —le dio la espalda y nadó hacia el bote.

Recién duchado, sentado fuera de la cabaña, a la luz de la luna, Campbell comenzó a dudar de sí mismo.

Beth ya estaba acurrucada, con un camisón de algodón, cerca de su lado de la cama. Se quedaría allí, Campbell lo sabía, como algunas veces, sin preocuparse de cerrar los ojos, hasta que él se durmiera. Habían sido sus ensoñaciones diurnas, recurrentes y obsesivas, las que les habían traído a esta isla. ¿Cómo podía saber que no había tenido una alucinación con una criatura, allí, en el arrecife?

Le dijo a Beth que tenían suerte de haber sido elegidos para aquellas vacaciones solicitadas meses antes. De hecho, sus fantasías habían arruinado su concentración en el trabajo tan claramente que la compañía le había ordenado o bien ir a la isla, o bien someterse a una batería completa de tests psicológicos.

Había estado más asustado de lo que estaba dispuesto a admitir. Las fantasías habían progresado desde una violencia suave, como estar rompiendo su pantalla de CTR, hasta la loca y siniestra imagen de él mismo, fuera de las ventanas cerradas de su oficina, simplemente flotando allí entre el smog blanquecino, a cuarenta pisos de altura y sin caerse.

Muy por encima suyo, Campbell podía distinguir el logotipo de la compañía, brillando como un monstruo de cromo y acero que hubiera sido arrancado recientemente de su estado larval.

Sacudió la cabeza. Obviamente necesitaba dormir. Sólo una buena noche de descanso, se dijo, y las cosas volverían a la normalidad.

De madrugada, Campbell salió en la barca de buceo mientras Beth dormía. Estaba distraído, de mal humor, y además le molestaban unas sombras en el borde del ojo.

El monitor de buceo se le acercó mientras se cambiaban de tanques y le preguntó:

—¿Estás preocupado por algo?

—No —dijo Campbell—. Estoy bien.

—Ya sabes que no hay tiburones en esta parte del arrecife.

—No es eso —dijo Campbell—. No hay problema. De verdad.

Se fijó en la expresión de los ojos del monitor; otro caso de exceso de trabajo. La compañía debía de mandarlos por docenas, pensó Campbell. Los ejecutivos completamente estresados y las víctimas de las salas de juntas, todos con la misma mirada inerte.

Ésa tarde bucearon en un pequeño barco naufragado en la punta este de la isla. Beth se emparejó con otra mujer, por lo que Campbell se quedó con la pareja de la mañana, un piloto calvo de la oficina de Cincinnati.

Los restos del naufragio no eran más que un casco, una concha vacía, y Campbell flotó a un lado, mientras que los otros gateaban sobre la madera podrida. Todo propósito había desaparecido, quedando sólo la sensación de ingravidez y la ausencia de color en el agua profunda.

Después de la cena siguió a Beth al patio. Había perdido la medida del tiempo que había estado contemplando las nubes reflejadas sobre el agua oscura, cuando ella dijo:

—No me gusta este sitio.

Campbell volvió su mirada hacia ella. Estaba radiante y fresca con su camisa de lino blanco, las mangas recogidas, su pelo todavía húmedo, anudado en un moño adornado con una orquídea. Había estado tomando a sorbos un brandy desde que terminaron la cena, y ella le sorprendió otra vez con su habilidad para habitar un universo mental completamente separado del suyo.

—¿Por qué no?

—Es mentira. Irreal. Toda la isla —agitó levemente el brandy pero no bebió—. ¿Qué negocios puede tener una compañía americana que posee toda una isla? ¿Qué le ha pasado a la gente que vivía aquí?

—Primero —dijo Campbell—, es una compañía multinacional, no sólo americana. Y la gente todavía vive aquí, simplemente ahora tienen trabajo en vez de morirse de hambre.

Como siempre, Beth lo ponía a la defensiva, pero él no estaba tan preocupado por la americanización de la isla como le gustaría. Había imaginado nativos con guitarras y maracas, no con radiocassettes que vomitaban reggae electrónico y neofunk. La cabaña donde dormían él y Beth era una especie de cúpula geodésica con aire acondicionado, cómoda, pero echaba de menos el ruido del mar.

—Sencillamente, no me gusta —dijo Beth—. No me gustan los proyectos secretos de máxima seguridad que hay que mantener cerrados tras alambradas electrificadas. No me gusta una compañía que trae aquí gente de vacaciones como otros tiran un hueso al perro.

O una ramita a un hombre que se ahoga, pensó Campbell. Tenía tanta curiosidad como cualquiera por las instalaciones de la punta este de la isla, pero, desde luego, ésa no era la cuestión. Beth y él estaban dando los pasos de un baile que, Campbell ahora lo veía, terminaría inevitablemente en divorcio. Todos sus amigos se habían divorciado una vez al menos, y un matrimonio que duraba dieciocho años parecía tan anacrónico como un Chevy de 1957.

—¿Por qué no lo admites claramente? —dijo Campbell—. Sencillamente, lo único que no te gusta de la isla es el hecho de tener que estar aquí conmigo —ella se levantó y Campbell sintió, con unos celos aletargados, la atención de todos los hombres a su alrededor.

—Te veré luego —dijo ella, y todas las cabezas se volvieron para seguir el ruido de sus sandalias.

Campbell pidió otro Salva Vida y la contempló bajando la colina. Los escalones estaban iluminados con farolillos japoneses rodeados por flores de colores naranja y púrpura intenso. Cuando alcanzó la fila de cabañas en la arena, ya no era más que una sombra, y Campbell ya casi había terminado su cerveza.

Ahora que se había ido, se sintió vacío y un poco mareado. Miró sus manos, aún arrugadas por las largas horas pasadas en el agua, y con cortes y raspaduras de tres días de actividad física. Manos suaves, las manos de un oficinista, un hombre de despacho. Manos que manejarían lápices o teclearían en un CRT durante los próximos veinte años, y luego se retirarían para usar el control remoto de una televisión de pantalla grande.

La densa cerveza, con sabor a caramelo, se le estaba subiendo. Meneó la cabeza y se levantó para ir al baño.

Su reflejo brilló y se distorsionó en el espejo envolvente del lavabo del baño. Se dio cuenta de que quería demorarse, para permanecer fuera del frío y estéril aire de su cabaña tanto como pudiera.

Y luego vendrían los sueños. Se habían vuelto peores desde que habían llegado a la isla, más vívidos e inquietantes cada noche. No podía recordar los detalles, sólo los lentos y eróticos estremecimientos sobre su piel, una sensación de flotar en un agua ligera y cristalina, de rodar sobre sábanas sedosas. Se despertaba de estos sueños respirando ansiosamente, como un pez que se ahoga, su pene erecto y palpitando.

Llevó otra cerveza a su mesa, sin apetecerle realmente, sólo porque necesitaba sostener algo entre las manos. Su atención se dirigió vagamente a una mesa en un nivel más bajo, donde una mujer bastante insípida estaba hablando con dos hombres con gafas y camisas de manga larga. No podía entender qué le resultaba tan familiar en ella hasta que agitó su cabeza en un gesto de confusión y la reconoció. Las amplias mejillas, los ojos claros.

Pudo escuchar el latido de su propio corazón. ¿Era entonces alguna clase de novatada? ¿Una mujer disfrazada? Pero, entonces, ¿qué pasaba con las branquias que había visto en su cuello? ¿Cómo diablos se había movido tan rápido?

Ella se levantó e hizo un gesto de disculpa a sus amigos. La mesa de Campbell estaba cerca de las escaleras, y vio que ella tendría que pasar por ahí cuando saliera. Antes de que pudiera pensarlo, se levantó, bloqueando su salida y le dijo:

—Perdona.

—¿Sí? —no era físicamente atractiva, pensó, pero algo le impulsaba hacia ella, a pesar de la anchura de sus caderas, de sus fuertes y cortas piernas. Su cara le resultaba más vieja y más cansada de lo que él había visto en el arrecife. Pero muy parecida, demasiado para ser una coincidencia.

—Me gustaría… ¿Podría invitarla a una copa? —quizás me estoy volviendo loco, pensó.

Sonrió y sus ojos parpadearon cálidamente.

—Lo siento. Es muy tarde y mañana tengo que trabajar.

—Por favor —dijo Campbell—. Sólo un par de minutos —pudo sentir su suspicacia y, tras ésta, el brillo de un ego halagado. Se dio cuenta de que no estaba acostumbrada a que se le acercaran los hombres—. Sólo quiero hablar con usted.

—No será periodista, ¿verdad?

—No, en absoluto —buscó algo que le hiciera confiar—. Trabajo en la compañía. En la oficina de Houston.

Las palabras mágicas, pensó Campbell. Se sentó en la silla de Beth y dijo:

—No sé si debería beber más. Estoy ya medio borracha.

Campbell asintió y dijo:

—Así que trabaja aquí.

—Así es.

—¿Secretaria?

—Bióloga —dijo ella con un poco de dureza—. Soy la doctora Kimberly —como no reaccionó a su nombre, ella suavizó las cosas añadiendo—: Joan Kimberly.

—Lo siento —dijo Campbell—. Siempre pensé que los biólogos eran poco atractivos —el flirteo surgió fácilmente. Tenía la misma belleza que la criatura del arrecife, una suerte de fiera timidez y distante sensualidad, pero en la mujer estaban enterradas más profundamente.

Dios mío, pensó Campbell, lo estoy haciendo. Estoy intentando seducir a esta mujer. Miró el bulto de sus pechos, sabiendo cómo serían sin la camisa azul Oxford que llevaba, y esa percepción se tradujo en una cierta calidez en su ingle.

—Quizás sería mejor que me tomase ese trago —dijo ella. Campbell hizo un gesto al camarero.

—No puedo imaginarme cómo tiene que ser vivir aquí —dijo él—, ver esto todos los días.

—Te acostumbras —le contestó—. Quiero decir, todavía conserva esa insoportable belleza en ocasiones, pero ¿sabes?, tienes que trabajar, y la vida sigue.

—Sí —dijo Campbell—. Sé exactamente a qué te refieres.

Dejó que Campbell la acompañara a casa. Su soledad y su vulnerabilidad eran como un fuerte perfume, tan fuerte que le repelía a la vez que le atraía irresistiblemente hacia ella.

Se detuvo a la entrada de su cabina, otra cúpula geodésica, pero ésta se encontraba en lo alto de la colina, oculta por un bosque de palmeras y buganvillas. La tensión sexual era tan intensa que Campbell pudo ver sus pechos agitarse.

—Gracias —dijo ella con su profunda voz—. Ha sido tan fácil hablar contigo.

Podría haberse dado la vuelta e irse, pero no podía decidirse. La rodeó con los brazos y la boca de ella chocó torpemente contra la suya. Entonces sus labios comenzaron a moverse y le metió la lengua ansiosamente. Abrió la puerta de golpe, sin apartarse de él, y casi se caen dentro de la casa.

Se levantó, apoyándose sobre sus brazos, y la miró moverse debajo de él. La luz de la luna a través de los árboles era verde y húmeda y caía en lentas ondas sobre la cama. Sus pechos se balancearon de un lado a otro, mientras se estiraba y arqueaba la espalda. La respiración era entrecortada. Sus ojos estaban estrechamente cerrados, y sus piernas le rodeaban, cruzadas como una larga cola bífida.

Antes del amanecer él salió de debajo de su brazo, que le abrazaba, y recogió su ropa. Cuando salió, ella todavía estaba dormida.

No quería volver a su cabaña y, sin pensarlo, se encontró escalando hacia la cima de la rocosa espina dorsal de la isla para esperar la salida del sol.

Ni siquiera se había duchado. El perfume y el olor de Kimberly se pegaba a sus manos e ingles como un estigma sexual. Era la primera infidelidad de Campbell en dieciocho años de matrimonio, un último acto, irreversible.

Ya conocía la mayor parte de la jerga. La crisis de los cuarenta y todo eso. Seguramente había visto a Kimberly en el bar alguna otra noche y no la recordaba. Había proyectado su rostro en una fantasía de obvias resonancias freudianas acerca del agua y del renacer.

En la tenue y dispersa luz del amanecer, la laguna aparecía gris y la línea de la barrera coralina, una mancha más oscura, rota por sus crestas blancas, curvadas como escamas en la piel del océano. Las secas palmeras se mecían en la brisa, y los pájaros de la isla comenzaron a piar y alborotar al despertarse. Una sombra salió de una de las cabañas de abajo, en la playa, y escaló hacia la carretera, doblada por el peso de una gran maleta y un bolso de vuelo. Por encima de ella, en el asfalto del aparcamiento, al final de las escaleras, un taxi se movió silenciosamente hasta detenerse, apagando las luces.

Si hubiera corrido, podría haberla alcanzado e incluso haberla detenido, pero ese vago impulso nunca creció lo suficiente como para mover sus piernas. En vez de eso se sentó hasta que el sol calentó su nuca y sus ojos fueron deslumbrados por la arena blanca y el agua, cegándole por un momento.

En el lado norte de la isla, frente a la parte más extensa de terreno, el pueblo de Espejo se extendía en el lodo, al servicio de la zona turística y de la compañía. Un sucio camino descendía atravesándolo, entre el agua aceitosa de las zanjas. Las casas construidas con bloques de lava sobre los malecones de cemento y los Ford oxidándose en los jardines le recordaron a Campbell, como envuelto en una pesadilla, un suburbio americano de los cincuenta.

Los lugareños que trabajaban en las cocinas de la compañía y barrían sus suelos vivían allí, y sus niños se peleaban en patios traseros que olían a pescado podrido o se tumbaban a la sombra, tirando piedras a perros de tres patas. Una vieja vendía camisetas hechas con sacos de harina San Francisco tendidas entre los pilares de su casa. En un chamizo, bajo una cubierta de plástico verde corrugado, había plátanos apilados y las moscas volaban en enjambres sobre pedazos de carne de buey. Y la puerta de al lado era una farmacia con un descolorido anuncio de Kodak que prometía: «Revelado en un día».

Campbell pestañeó, encontró la entrada por la parte de atrás, donde un chaval de unos diez u once años leía La novela policíaca. El chico dejó el cómic en el mostrador y preguntó:

—¿Señor?

—¿Cuánto tiempo te llevará revelar esto? —preguntó Campbell mostrándole el carrete.

—Mañana a esta hora.

Campbell se apoyó en el borde del mostrador.

—¿Para hoy? —preguntó despacio.

—¿Mande?

Campbell sacó un billete de veinte dólares y lo puso boca abajo sobre la rayada madera.

—¿Éste mediodía?

—Un momentito —el chico escribió algo en el terminal del ordenador que tenía a la derecha. El chasquido seco de las teclas molestó a Campbell—. ¿Está bien esta tarde? A las seis —tocó el cristal de su reloj y dijo—: A las seis.

—De acuerdo —dijo Campbell. Con otros cinco dólares compró una pinta de Canadian Club y volvió a la calle. Sintió como si se interpusiera una capa de cristal ligeramente coloreado y el sol brillara con fuerza a través de ella. Era un estúpido al correr esta clase de riesgos, desde luego, pero necesitaba esa fotografía.

Tenía que saberlo.

Ancló el bote lo más cerca posible del lugar donde había estado la noche anterior. Tenía dos tanques de reserva y le quedaba una media botella de whisky. Bucear borracho y solo iba contra todas las reglas que cualquier monitor le hubiera enseñado, pero una muerte tonta por ahogamiento le parecía absurdo, incluso indigna de tenerse en cuenta.

Sus pantalones y su chaqueta de buceo, todavía húmedos y con la sal de la noche anterior pegada, le estaban sofocando. Se puso el tanque tan pronto como pudo, y rodó de costado.

El agua templada lo revivió, dejándolo como nuevo. Desinfló su chaleco y se lanzó directo al fondo. Atontado por el whisky y la falta de sueño, trastabilló en la arena en un primer momento, antes de poder neutralizar su balanceo.

En el borde de la sima dudó, y luego nadó hacia la derecha, siguiendo el borde del acantilado. Dada su condición física, estaba consumiendo más oxígeno del que hubiera deseado e ir más abajo sólo empeoraría las cosas.

El reflejo rojizo de una lata de Coca-Cola le lanzaba destellos desde el centro de un coral. La aplastó y se la metió en el cinturón, repentinamente furioso con su compañía y su imprevista violación de la isla, furioso con él mismo por dejarles manipularlo y con Beth, por abandonarle, y con todo el mundo y el género humano. Nadó moviendo con fuerza las piernas, atravesando bancos de lucios y de peces azules, sin apenas darse cuenta del cambiante paisaje, brillantemente coloreado, que se mecía bajo su cuerpo.

Algo de la borrachera desapareció con este primer estallido de energía, y gradualmente bajó el ritmo, preguntándose después de todo qué puñetas podía conseguir él. No tenía sentido, pensó. Estaba cazando un fantasma, pero no se dio la vuelta.

Todavía nadaba cuando chocó con la red.

Era casi invisible, una red de monofilamento con mallas de un pie cuadrado, lo suficientemente fuerte como para detener a un tiburón o a una manada de marsopas. Intentó cortarla con el filo de sierra de su cuchillo de buceo, sin resultado. Estaba cerca de la punta oeste de la isla, donde la compañía tenía la instalación de investigación. La red seguía la línea del arrecife tan lejos como él podía ver y se extendía mar adentro.

Ella era real, pensó. Construyeron esto para retenerla dentro, pero ¿cómo consiguió salir?

La última vez que la había visto era cuando ella descendía. Campbell comprobó el manómetro y vio que le quedaba un poco menos de quinientas libras de aire. Suficiente para llevarle abajo, hasta los cien pies, y volver rápidamente. Lo sensato era volver al bote y traer de vuelta con él el tanque de reserva.

Sin embargo inició el descenso.

Pudo ver los finos hilos agitarse cuando pasó nadando a su lado. Parecían unidos al coral mismo, por algún procedimiento que nunca podría haber imaginado. Mantuvo sus ojos ocupados entre el altímetro y el borde de la red. A mayor profundidad de cien pies, no tendría ya que preocuparse ni por la descompresión ni por el tanque vacío.

A cien pies alcanzó el nivel de reserva. Trescientas libras y bajando. Todos los matices de rojo habían desaparecido del coral, quedando sólo los azules y los púrpuras. El agua estaba notablemente más fría y oscura, y cada aspiración parecía un rugido en sus pulmones, como un geiser. Se dijo: diez pies más, y a 125 pies vio el final de la red.

El bulto a su espalda se enredó en el monofilamento y tuvo que retroceder, intentarlo de nuevo, luchando contra el pánico. De nuevo sentía la presión en sus pulmones, como si estuviera intentando respirar dentro de una bolsa de plástico. Había visto tanques que habían sido aspirados tanto que las paredes se abombaron hacia dentro. Los habían encontrado en buceadores atrapados en deslizamientos de rocas o enredados en palangres.

Su tanque se liberó de la red y consiguió pasar, siguiendo sus burbujas, hacia arriba. El pequeño resto de aire que quedaba en sus pulmones se expandió, al tiempo que la presión a su alrededor lo permitía, aunque no lo bastante como para acabar con su ansiedad por respirar. Aspiró el resto de aire del tanque y se forzó a seguir exhalando, obligando al nitrógeno a salir de sus tejidos vitales.

A cincuenta pies redujo la velocidad y se volvió hacia el muro de coral, dobló su esquina y nadó ya dentro de la protegida laguna. Durante unos pocos e interminables segundos, olvidó que no tenía aire en los pulmones.

Todo el fondo de la laguna estaba diseñado en parcelas de huerta: algas marrones, musgos y algo que parecía una col gigante. Un banco de arenques rojizos le rodeó, dirigido por una caja metálica con una luz roja intermitente al final de una larga antena. Unos submarinos con largos brazos mecánicos trabajaban el lecho marino, podando la vegetación y enturbiando el agua con productos químicos. Dos o tres delfines estaban nadando de un lado a otro junto a buceadores humanos, y parecían estar hablándose entre ellos.

Con los pulmones doloridos, Campbell les dio la espalda y se impulsó con sus piernas para llegar a la superficie, intentando salir tan cerca de las rocas como fuera posible. Quiso detenerse un minuto a unos diez pies, para tener al menos un instante de descompresión, pero fue imposible. Se le había acabado el aire. Salió a la superficie a menos de cien pies de un muelle de cemento. Tras él flotaba una serie de boyas de situación que dibujaban la línea de la red, hacia fuera en el mar y alrededor del lado más alejado de la laguna.

El muelle estaba desierto y despidiendo vapor bajo el sol. Sin un tanque de repuesto, Campbell no tenía posibilidad alguna de salir de la misma forma que había entrado; si intentaba nadar hacia fuera, en superficie, sería tan visible como un hombre ahogado. Tenía que encontrar otro tanque u otra forma de escapar.

Ocultando su equipo bajo una lona de plástico, cruzó el bloque de cemento caliente hasta un edificio que había detrás, un amplio almacén de techo bajo lleno de cajas de madera. Habían construido un colgador para equipos de buceo en el lado izquierdo del muro, y Campbell comenzaba a dirigirse a él cuando oyó una voz detrás de él.

—¡Eh, tú! ¡Quieto!

Campbell se metió por un muro de cestas, vio un sendero enlosado que comenzaba en la trasera del edificio, y corrió hacia allí. No pudo dar más de dos o tres pasos antes de que apareciera un guarda uniformado y le apuntase al pecho con un 38.

—Puede dejarle conmigo.

—¿Está segura, doctora Kimberly?

—Estaré bien. Les llamaré si hay algún problema.

Campbell se derrumbó en una silla de plástico, al otro lado de su escritorio. La oficina era estrictamente funcional, resistente al agua y a prueba de hongos. Un gran ventanal tras la cabeza de Kimberly permitía ver la laguna y la hilera de boyas de situación.

—¿Qué viste?

—No sé. Vi lo que parecían granjas. Alguna maquinaria.

Ella deslizó una fotografía hacia el otro lado del escritorio, hacia él. Mostraba a una criatura con pechos de mujer y cola de pez. La cara se parecía lo suficiente a la de Kimberly como para ser su hermana.

O su clon.

Campbell de repente se dio cuenta de en cuántos problemas se había metido.

—El chico de la farmacia trabaja para nosotros —dijo Kimberly.

El asintió.

—Puedes quedarte la fotografía —dijo Campbell, quitándose el sudor de los párpados—. Y el negativo.

—Seamos realistas —dijo ella, tecleando en el CRT y estudiando la pantalla—. Incluso si te permitimos que sigas en tu trabajo, no veo cómo podremos salvar tu matrimonio. Y luego tienes dos hijos que llevar a la universidad… —sacudió la cabeza—. Tu mente está llena de información sensible. Hay demasiada gente que pagaría para conseguirla, y hay demasiadas formas de que te puedan manipular. No eres un gran riesgo, señor Campbell —ella irradiaba dolor y traición, y él quiso desaparecer por la vergüenza que sentía. Ella se levantó y miró a por la ventana—. Aquí estamos construyendo el futuro —continuó—. Un futuro que ni siquiera nosotros podíamos imaginar hace quince años. Y esto es sencillamente demasiado valioso como para dejar que nadie lo arruine. Alimento en abundancia, energía barata, acceso a una red de ordenadores por el precio de un equipo de televisión, una forma completamente nueva de gobierno.

—He visto vuestro futuro —dijo Campbell—. Vuestros barcos han matado el arrecife en una milla alrededor del hotel. Vuestras latas de Coca-Cola están esparcidas por todo el lecho coralino. Vuestros matrimonios no duran, vuestros niños se drogan y vuestra televisión es basura. Paso de todo eso.

—¿Viste a ese chico en la droguería? Aprende cálculo con su ordenador, y sus padres ni siquiera saben leer o escribir. Estamos probando una vacuna en seres humanos que posiblemente curará la leucemia. Tenemos cirugía láser y técnicas de transplante revolucionarias. Literalmente.

—¿Es de ahí de donde proviene ella? —preguntó Campbell señalando la fotografía.

El tono de voz de Kimberly descendió.

—Es sinergia, ¿no lo ves? Para hacer transplantes tenemos que ser capaces de clonar las células del donante. Para clonar células tenemos que hacer manipulaciones láser en los genes…

—¿Clonaron tus células? ¿Sólo por practicar? —ella asintió lentamente.

—Algo pasó. Ella creció, pero su desarrollo se detuvo; mantuvo su forma embrionaria de la cintura para abajo. No había nada que pudiéramos hacer excepto… mejorarla al máximo.

Campbell observó la fotografía con más detenimiento. No, no era el romántico mito que había imaginado al principio. La cola tenía un aspecto cerúleo bajo la dura luz del flash, los apéndices, más claramente, piernas subdesarrolladas. Contempló la fotografía con una fascinación mezclada con repulsión.

—Podríais haberla dejado morir.

—No. Ella era mía. No tengo mucho y no la hubiera abandonado —los puños de Kimberly se cerraron a sus costados—. No es infeliz, sabe quién soy. A su manera, creo que se preocupa por mí —se detuvo, mirando al suelo—. Soy una mujer solitaria, Campbell. Pero eso es algo que ya sabes.

La garganta de Campbell estaba seca.

—¿Y qué hay de mí? —carraspeó tratando de tragar saliva—. ¿Voy a morir?

—No —dijo ella—. Tú no. Tampoco…

Campbell nadó hacia la red. Sus recuerdos eran borrosos y tenía problemas para pensar con claridad, pero podía vislumbrar el hueco en la red y el mar abierto a través de ella. Se hundió fácilmente hasta los 120 pies, sintiendo el agua fría y reconfortante sobre su desnuda piel. Luego lo atravesó, alejándose suavemente del ruido y del hedor de la isla, hacia una primigenia visión de paz e intemporalidad. Sus branquias vibraron suavemente mientras nadaba.