Epílogo

MARUJA TORRES

Un periodista suele ser el individuo mejor situado —después de los que crean el embuste— para detectar una mentira. O llámenlo espejismo. Nuestro aparato mitológico de estar por casa se halla repleto de espejismos. Martillear los muchos espejitos que componen la iconografía nacional es, o debería ser, la tarea del informador.

Miro a mi alrededor, y tengo que preguntarme si hemos retrocedido tanto como parece, o más bien resulta que no habíamos avanzado como suponíamos. Porque no siempre se progresa caminando hacia adelante. A menudo, la única forma de que cada logro se proyecte en el futuro, con garantía de duración, es hacerlo arraigar en un terreno en el que no se haya falseado el ayer. Ni el anteayer, ni el otro. Un terreno sin pantanos, sin trampas, sin cazadores furtivos, sin ojales deshilachados, sin botones de plástico, sin cremalleras made in China: sembrado, por el contrario, por verdades como puños. No es nuestro caso, por desgracia.

Los temas que se analizan en este libro van de eso. De la falta de talla de nuestros políticos, de las corrupciones amparadas en obras públicas, de la pena de ver a los hijos emigrar, con sus muchos títulos y sus muchos másters, de mitos y de realidades difíciles.

En definitiva, de esta decadencia, de este quiero y no puedo, de este presente escuálido y el futuro inquietante que le seguirá, tiempos del verbo vivir que nacieron lastrados precisamente por su ligereza, por su falta de peso. Tiempos huérfanos del sólido peso de la Historia y de la Memoria, y sobrados de una credulidad en nuestros propios méritos de la que hemos tenido que despertar a tortas.

Por naturaleza, además de por oficio y experiencia, soy un ser desconfiado y escéptico. Ya en su momento —antes de que empezara la beatificación del asunto—, la Transición me pareció poca cosa. Porque, si te fijabas bien, todo lo que celebrábamos o podíamos celebrar era que, gracias a sus creativos redactores —que, mientras la escribían, habían tenido a bien no llegar a las manos— no nos estábamos matando ni siquiera fraternalmente, como fue costumbre en nuestro pasado. En cuanto a la Constitución en que desembocamos, me parecía mejor tenerla que carecer de ella, pero, ¿cómo confiar del todo en un documento que no disolvía a la tuna para siempre? ¿Qué clase de cambio iba a ser el nuestro?

Igual me pasaba con el Rey, que concentraba en su figura el logro de no matarnos y la tabarra de tener que seguir aguantando a los tunos. El paternalismo protector, a cambio de abrillantarle los oropeles. Tener un soberano demócrata por la gracia de Franco y de Dios era como disponer de la unificadora NBA, pero con los jugadores vestidos de torero. Una españolada, que acogimos muy a gusto.

Siempre nos quedaremos con la duda de si hubiéramos aguantado tanto a Juan Carlos —nosotros, que no soportamos a nadie— de no haberse producido su mítica intervención en el 23-F, tras la cual empezamos a levitar devociones juancarlistas. Tácitamente, y tacita a tacita, partidos políticos y medios de comunicación le fueron dando un tratamiento onda «no se juega con las cosas de comer» o «no te metas con lo más sagrado», algo tan férreamente sostenido durante los años, que resulta comprensible que el pobre hombre no saliera de su asombro cuando se produjo el escándalo de su cacería, una entre tantas, al fin y al cabo, o de su Corinna, ídem de lo mismo.

Como cronista, desde mi privilegiado infierno de los agostos, ocupada en relatar la tontuna nacional del famoserío, tuve una revelación. Ocurrió en el mismísimo pantalán del Club Náutico de Palma de Mallorca. Supe, en aquel contexto —el suyo, el de sus privilegios, sus regatas, sus cortesanos, sus chupalevitas— que los Borbones eran como esos ángeles innecesarios, gigantescos y patosos, que van a la suya y que tan bien describe Gustavo Martín Garzo en su novela El lenguaje de las fuentes. Según cómo les miraras o les escucharas, lo que captabas te inducía a preguntarte si el resto de tu existencia transcurriría así, observando cómo transitaban grávidamente por la irrelevancia una serie de personajes que le pasan casi un metro a cualquier español medio que no sea jugador de balonmano o un injertado del Opus Dei. De pensar eso a decirlo claramente mediaban dos barrancos, lo confieso: una pulla aquí, una ironía allá, un juego de palabras acullá. Y para de contar. En el Sagrado Respeto estábamos todos. Unos le teníamos más ganas que otros, eso sí.

De aquellos polvos mal echados, estos lodos, pues. Mas no solo fueron aquellos los polvos, ni son estos todos los lodos. Nuestro camino de la miseria a la nada también ha sido mítico. ¿O hemos olvidado la reconversión industrial de los años 80? La de Felipe, sí. Felipe el Hermoso. Cuántas mentiras se nos dijeron entonces. Que los requisitos exigidos por nuestra entrada en Europa se iban a cumplir haciéndolo bien: por ejemplo.

Me recuerdo en la Redacción en la que por entonces trabajaba, entre finales de los 80 y principios de los 90, charlando con periodistas extranjeros que llegaban a nuestro país como enviados especiales al llamado «milagro español» —hemos tenido varios hasta llegar aquí— y que, antes que nada, como hacemos todos los del gremio cuando viajamos, interpelaban a sus colegas locales. Me recuerdo bien en la tesitura de documentarles porque era a la única periodista a quien no creían. Aquellos informadores se mostraban tan optimistas e ilusionados como la mayor parte de los nuestros. Y yo les notificaba amablemente que, en cuanto terminaran los fastos de los Juegos Olímpicos y el V Centenario de 1992, nos íbamos a pegar un batacazo contra la realidad. Primero les contaba que la huelga general del 88 —contra la reforma laboral y, más aún, el Plan de Empleo Juvenil que amparaba la precariedad— había sido de órdago, aunque los medios afines al Gobierno del PSOE la hubieran ninguneado con cinismo y osadía, para amparar las muchas medidas de corte conservador tomadas por los socialistas. A continuación, cuando me hablaban de la innegable pujanza económica, les hacía notar que esta se debía únicamente a las importantes inversiones extranjeras y los muchos trabajos de obras públicas que generaban los inminentes festejos.

Yo venía de un pasado reciente, en el que había cubierto la reconversión industrial de Felipe González, y me había currado la España en crisis, y la absoluta falta de previsión de las autoridades a la hora reconvertir verdaderamente a los trabajadores de la industria pesada, de los astilleros o de la minería, en gente útil para otros sectores, que por supuesto también estaban por inventar. Los puestos de trabajo que se perdieron entonces no se recuperaron jamás, pero se abrieron muchos bares con las indemnizaciones. Era la única salida, dado que, en el cuestionario de la oficina de empleo, al soldador de toda la vida le preguntaban cuántos idiomas dominaba y de qué le gustaría trabajar y que él respondía, perplejo, que «yo, de soldador, como siempre». Aquella crisis ya nos abocaba a un mundo neoliberal y a ser un país de servicios, incapaz de mandar en la esfera de la competitividad tanto como en el terreno del sol, el vino y las corridas de toros.

En cierto modo, ver a Madame Botella haciendo el ridículo al más alto nivel ha servido para que nos fijemos en que siempre estamos esperando otro espejismo, se llamen JJ. OO., o se llame Eurovegas, o se llame fin de la crisis. No hemos salido de Bienvenido, Míster Marshall, y lo peor es que gran parte de la población está retrocediendo a Plácido, película que hay que volver a ver desde la perspectiva actual para comprender que lo único que ha cambiado es que el rico y hortera fabricante de ollas a presión está por todas partes, y que se multiplican los locutores del régimen.

Por cierto, ¿les he dicho que un periodista es también una persona muy bien situada para, a la vista de lo que ocurre, querer hacerse apátrida?