Machismo pata negra
Machismo is fun!

JUNE FERNÁNDEZ

Una observa el entusiasmo con el que Ana Botella habla de su país y piensa que sería bonito unirse a ella y cantar juntas «España is living a celebration», a lo Rosa López en Eurovisión. Sería bonito mirar este país con ojos de guiri y limitarme a tratar de disfrutar de la siesta, la fiesta y la paella, tres placeres por los que siento devoción, he de reconocerlo.

Pero yo tengo dos dificultades. La primera es que soy feminista (dicen que radical), y ya se sabe que las feministas somos unas amargadas. El segundo problema es que soy vasca y podríamos decir que perraflauta antiglobalización, una combinación por la que las banderas españolas me dan náuseas y soy incapaz de celebrar una victoria de la Roja o de Nadal.

Total, que feminista y antipatriótica, escucho a Ana Botella hablar de celebrar la vida y pienso en la Conferencia Episcopal y en el Foro de la Familia. Dice que España es un país divertido y cómodo, y me digo que para unos más que para otras (bueno, y para unas más que para otros, si comparamos la vida de la alcaldesa con la de un parado de larga duración). Dice charming y visualizo a los machos que me hacen ser cada día un poquito más feminazi.

A celebration of life

Y dijo Botella: «I assure you, no one celebrates life like Spanish people do».[1] Huy, sí, en España hay mucha gente pro-vida. Lo que pasa es que lo que les lleva a manifestarse en masa no es la defensa de una vida digna para todas las personas, sino los derechos de los embriones. Botella y Gallardón también presentan esa curiosa manía de preocuparse precisamente por la vida que gestan las mujeres que no quieren alumbrar una vida.

La pobre Ana tiene pesadillas con fetos asesinados. En 2008, en una entrevista para la Cadena SER, la entonces teniente de alcalde de Madrid afirmó que toda la ciudadanía ha visto «esas escenas realmente espeluznantes de niños de siete meses de gestación en las trituradoras».[2]

Alberto, por su parte, cree que «la libertad de la maternidad es la que hace a las mujeres auténticamente mujeres».[3]

Apela a una extraña libertad, ya que no incluye la posibilidad de decidir no ser madre, teniendo en cuenta que pretende aprobar una reforma de la ley del aborto para que sea más restrictiva que la de 1985. Gallardón cree que la maternidad es el proyecto que más realiza a las mujeres, pero su gobierno no lo desea para todas: ha dejado fuera de los tratamientos de reproducción asistida a toda mujer que pretenda procrear sin un hombre a su lado; las mujeres solas y las parejas formadas por dos mujeres.[4] Tal vez porque, para los políticos conservadores, las lesbianas y las madres solteras son tan poco mujeres, tan carentes de la virtud de la feminidad, que no son dignas de recibir el sagrado don de la maternidad.

El interés por la vida de los no nacidos es inversamente proporcional al esfuerzo que hace el gobierno de Rajoy para parar el feminicidio. Entre 2005 y 2012, más de 500 mujeres fueron asesinadas por sus parejas o exparejas masculinas. En 2013 el contador marca 41 asesinatos. A la vez que recorta las partidas presupuestarias dedicadas a la igualdad y a la lucha contra la violencia de género, la ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, Ana Mato, elude su responsabilidad y culpa de la sangría a las mujeres que sufren malos tratos: «No podemos ayudarlas si no denuncian. No podemos ayudarlas, no podemos apostar, y no digo el gobierno, digo toda la sociedad, si esas mujeres no denuncian».[5]

Comfortable, más para unos que para otras

Imagino que cuando Ana Botella define España como un país cómodo, se refiere a que tenemos playa y montaña, aeropuertos en los lugares más insospechados y centros comerciales que abren los domingos. Porque, por lo demás, España está a la cabeza de la desigualdad social, solo por detrás de Lituania y Bulgaria. Las desigualdades afectan más a las mujeres (me fastidia nombrarnos como un colectivo, cuando somos la mitad de la población), a las personas jóvenes e inmigrantes. Por cierto, las jóvenes tardan más en encontrar su primer trabajo que los jóvenes, y las mujeres inmigradas trabajan sin contrato el doble que los hombres.[6]

Más datos:

  • Los recortes de derechos promovidos con la excusa de la crisis económica afectarán en mayor medida a las mujeres.[7]
  • La diferencia salarial por hora entre hombres y mujeres asciende al 22%.[8]
  • Según el INE, la tasa de riesgo de pobreza es mayor entre las mujeres que entre los hombres, en cualquier grupo de edad.[9]
  • El INE también recoge que las mujeres dedican cada día dos horas y cuarto más que los hombres a las tareas del hogar.
  • En el caso de las personas mayores, el género también es una variable que implica precariedad y exclusión social, debida entre otros factores a que son mujeres que, en su mayoría, no participaron en el mercado laboral. El 82,91% de las pensiones no contributivas por jubilación las reciben mujeres, lo que supone vivir con menos de 350 euros al mes. El porcentaje de mujeres mayores de 65 años que viven bajo el umbral de la pobreza en España pasó del 13% en 1996, al 32,6% en 2006.[10]

An amazing mixture of traditions

Seis de julio de 2013. Chupinazo de las fiestas de San Fermín. La plaza está abarrotada por una masa (en su mayoría masculina) vestida de blanco y de rojo y con muchas ganas de fiesta, vino y toros. Como cada año, varias jóvenes se suben a los hombros de algún chico y se levantan la camiseta. La masa masculina responde manoseándolas e incluso arrancándoles la ropa. Las fotos se reproducen con normalidad, como imágenes festivas, dentro de las galerías de San Fermín de los medios de comunicación. «Ellos, en su orgía interior de kalimotxo, toros y testosterona, no se preguntan si ella desea ser tocada o no, ni la acarician para darle placer. Lo hacen simplemente porque si hay una teta, se ven con derecho a tocar esa teta.»[11] Es uno de los argumentos de Emilia Laura Arias Domínguez, con los que agitó una polémica de la que, finalmente, se hicieron eco los mismos medios que habían difundido acríticamente esas fotos.

Hubo reacciones de todo tipo: lectoras y lectores escandalizados con las imágenes; otros que respondían con los recurrentes «¿qué esperas que te pase si enseñas las tetas?» o «muy a disgusto no se las ve»; feministas que llamaban a no victimizar e infantilizar a las protagonistas de las fotos con el manido «no sabían dónde se metían»; gente que consideraba que el problema de fondo es el alcohol y no el machismo…

Pero la respuesta institucional fue de lo más interesante. La clase política conservadora demostró en los medios más preocupación por defender la imagen de las fiestas que por combatir la violencia contra las mujeres. El secretario de Estado de Servicios Sociales e Igualdad, Juan Manuel Moreno, publicó en Twitter: «Los Sanfermines son tradición y fiesta. Patrimonio de todos. Defendamos San Fermín y no permitamos imágenes deplorables de acoso a mujeres». ¿No permitamos el acoso, o solo las imágenes deplorables? Por su parte, el alcalde de Pamplona, Enrique Maya, minimizó la situación en la rueda de prensa de valoración de los Sanfermines, en la que se refirió a la polémica solo cuando los medios le preguntaron por ella: «Ha habido solo ocho agresiones, pero no violaciones y fuera del marco de la fiesta», afirmó.

Nagore Laffage fue asesinada fuera del marco de la fiesta. Escuchamos al alcalde y recordamos a la joven enfermera que, en los Sanfermines de 2008, se fue después de una noche de fiesta (sí, en San Fermín) a casa de un psiquiatra de su centro, José Diego Yllanes, quien la mató e intentó descuartizar. En ese caso también abundaron insinuaciones como: «¿Qué hizo ella para que un ciudadano ejemplar como Yllanes perdiera la cabeza?», o: «Si no quería sexo, ¿para qué subió al piso de él?».[12]

Aun así, los colectivos feministas de la ciudad se muestran satisfechos con que la polémica haya servido para hablar de formas de violencia machista recurrentes año tras año en San Fermín, desde toqueteos aprovechando las aglomeraciones a violaciones.[13]

Otra bonita tradición es la de los «alardes» que se celebran en Irún y Hondarribia. Desde 1996 y año tras año, las compañías mixtas —que reclaman que las mujeres puedan desfilar como soldados y no solo con traje de cantinera y abanico en mano, el rol que les reserva el alarde tradicional— desfilan entre insultos, gestos de repudio (como los paraguas negros) y lanzamiento de bebidas. Les gritan «lesbianas», «bolleras», «putas», «maricones». Los defensores del alarde tradicional acusaron desde el principio a «las lesbianas de Bidasoa» de boicotear la fiesta y mostraron su preocupación porque los gais osasen reclamar su derecho a desfilar como cantineras.[14]

Have fun in calle Montera

«In Madrid you can visit la calle Montera, one of the most beautiful places. In calle Montera you can have much fun. You can do paseo por Montera for watching abuelos restregando the sardine to young girls». Se trata, obviamente, de una parodia que he encontrado en Youtube.[15] España se encuentra a la cabeza de Europa en lo que a puteros se refiere. El 39% de los varones españoles ha contratado alguna vez servicios sexuales.[16] Si eres mujer, piensa en los diez hombres más presentes en tu vida. Por ejemplo, tu padre, tu mejor amigo, tu jefe, tu profesor preferido, ese vecino tan simpático, tu primer novio, tu compañero sentimental, tu abuelo, tu psicólogo, el camarero del bar al que vas siempre. Pues, según la estadística, de esos diez hombres, al menos tres han ido alguna vez de putas.

Si eres hombre, me intriga saber si tú entras en ese 39% y si el dato te sorprende. Si trabajas en una de esas empresas que termina las cenas de Navidad en un club de alterne, si tienes algún amigo putero declarado que te habla con cariño de «sus chicas», si te llevó tu padre a que una meretriz te enseñase el arte de amar como regalo de 18 cumpleaños. Me intriga si el mundo de la prostitución es tan tabú entre los hombres como desconocido para las mujeres.

Y lo que me parece curioso es que un país con tal alto índice de consumo de servicios sexuales se escaquee tanto a la hora de legislar sobre la prostitución. Claro que, ¿para qué complicarse la vida legislando sobre algo tan complejo si se pueden buscar atajos como las multas vía Ordenanza Cívica (que de paso sirve para incrementar el control a la ciudadanía en más temas) o llamar a la brigada de Extranjería para que limpie las calles de trabajadoras del sexo sin papeles?[17]

El caso es que yo creo que el magnate Sheldon Adelson ha tenido en cuenta el alto índice de puteros a la hora de pensar en the super fun Madrid para ubicar el proyecto Eurovegas, otro gran orgullo de la marca España. Ya lo anunció El Mundo Today: «Se inician las pruebas de selección de putas y alcohólicos para Eurovegas».[18] Michael Leven, consejero delegado de Las Vegas Sands, contesta a las malpensadas como yo que, al contrario, Eurovegas reducirá los índices de criminalidad y prostitución, ya que proporcionará «oportunidades legales de trabajo» a la «gente pobre y vulnerable».[19]

Our guests feel at home[20]

Que se lo digan a las personas inmigrantes, que han visto limitadas casi a cero las vías para regularizar su situación, que se han visto excluidas del sistema público de salud y que viven bajo la amenaza constante de redadas e identificaciones arbitrarias que pueden tener como resultado su repatriación, a menudo previo paso hasta sesenta días por un Centro de Internamiento para Extranjeros (CIE).[21]

La buena noticia (nótese el tono sarcástico) es que Eurovegas ha pedido al gobierno que flexibilice la Ley de Extranjería para poder importar personal de otros países (¿pero no era que iban a sacar de la miseria a las prostitutas y los delincuentes locales?).

Por cierto, cinco policías serán juzgados a partir de octubre por abusos sexuales a mujeres internas en el CIE de Málaga, informa La Marea.[22]

The charme of the macho ibérico

«¡Qué tetas!». «¡Qué pechos!». «¡Qué melones!». Tres hombres. De tres edades diferentes. Tres estilos diferentes. Yo también llevo tres camisetas diferentes: con o sin escote, con o sin sujetador (de una discreta talla 85). Porque da igual que seamos tetonas o planas, que vistamos minifalda o chándal, tacones o playeras, que caminemos contoneándonos o de mala hostia. En cualquier momento nos podemos cruzar por la calle con un desconocido que se sienta con derecho a decirnos algo sobre nuestro cuerpo o nuestro aspecto. Desde los aparentemente inofensivos «hola, guapa» a cuestionamientos como «sonríe, mujer» o «estabas más guapa con el pelo largo» (me lo dijo un joven en mi barrio con el que nunca había hablado).

Algunos te gritan cosas desde la otra acera, otros te susurran con lascivia justo cuando te cruzas con ellos, otros te lanzan ruidosos besitos y silbiditos como si fueras un animal. Están los que te siguen de noche cuando vuelves sola a casa. Y los del paseíllo: los que ocupan toda una acera, te pegan un descarado repaso y hacen comentarios jocosos cuando te abres paso entre ellos. También están los que te tocan el culo en plena calle y los que se frotan contra ti en el metro aprovechando las aglomeraciones.

Cuando saco este tema con mujeres, constato que no tengo especial mala suerte ni un imán: el acoso machista callejero es algo que sufrimos las mujeres sistemáticamente, hasta el punto de que nos acostumbramos, entre comillas, a sobrellevarlo con resignación, a bajar la cabeza y convencernos de que «es mejor ignorarlos», lo que en realidad nos deja un regusto amargo. Muchas mujeres me dicen que siempre van por la calle escuchando música con auriculares, no por melomanía, sino para asegurarse de que no oirán ningún comentario masculino. Así es, la calle (incluso la de nuestro barrio, la que recorremos a diario) es un espacio hostil para las mujeres, en el que estamos constantemente midiendo cómo caminar, qué ruta es más segura, qué contestar ante un mal llamado «piropo» o cómo lograr que esa incomodidad no nos afecte.[23]

Lo peor es que el acoso machista callejero es solo uno de los tipos de acoso a los que estamos expuestas. Hay hombres que encuentran poco elegante, muy de albañil, decir cosas a las mujeres por la calle. Esos hombres, a menudo con corbata, creen que acosar a sus compañeras de trabajo, a sus empleadas (ya sean de la empresa o del hogar) o a la joven periodista que les entrevista tiene más clase. A veces es la propia pareja o expareja la que acosa: los estudios indican que las mujeres que denuncian malos tratos psicológicos siempre reconocen haber sufrido también violencia sexual. A veces es el profesor del instituto. En el concurso de vídeos realizados por jóvenes contra la violencia machista Beldur Barik,[24] varias retrataron la habitual escena del maestro que se queda hipnotizado mirando los incipientes pechos de la alumna. Nos acosan en la calle, en las fiestas y en nuestra propia casa. Nos acosan en los Centros de Internamiento para Extranjeros y en el ejército.[25] Nos acosan hasta los terapeutas a los que acudimos para solucionar problemas con la sexualidad (esto le ha ocurrido a una amiga y creo que es el colmo de los colmos del acoso sexual). Y por algún motivo, seguimos sin decirlo en voz alta, incluso las feministas seguimos sin atrevernos a desenmascararlos, y me incluyo. Lo cual, por otro lado, no nos convierte en responsables.

Los nuevos (disfraces de). machos

Cuando me propusieron escribir este capítulo, me sugirieron hablar sobre el mito del caballero español y el macho ibérico. Como soy vasca, no me ha tocado sufrir a esos arquetipos, y como no es plan de escribir basándome en Arturo Fernández y Mauricio Colmenero, ahí van algunos de los machos contemporáneos con los que he convivido de alguna forma:

  • El políticamente incorrecto: Intelectual, político o tuitero que cree que sus vomitonas misóginas son el colmo de la originalidad y la osadía. Aspira a convertir en artículo literario, titular o trending topic las mismas gilipolleces que te dice tu tío el facha en las cenas de Navidad. Se siente por encima de esta mediocre sociedad políticamente correcta y se pasa por el forro de los cojones (le encanta soltar tacos) cualquier consenso democrático. Apela a menudo a sus instintos animales de macho alfa. Aunque nunca lo reconocería así, es homoerótico: todo lo viril, la guerra, el boxeo, la caza, se la ponen muy dura (también les gusta mucho decir «me la pone dura»).[26]
  • El machitrol: Este me da curiosidad, porque claro, no conozco (¿o sí?) a ninguno en persona. Su vocabulario se reduce a poco más que «puta», «feminazi», «fea», «lesbiana», con todas sus variaciones posibles. Se me quedó grabado un comentario de un tipo en un vídeo colgado en Youtube en el que yo hablaba como portavoz de SOS Racismo-Bizkaia sobre discriminación racista en las discotecas: «A esta putita yo le dejaba el culo como la bandera de Japón». Otro me dijo en mi blog algo como «tú escribes estas cosas para follarte a ninfas y que te chupen la entrepierna».[27] ¿Ocurrirá como con los puteros, que los machitrols también son nuestros hermanos, tíos, profesores, ginecólogos o charcuteros?
  • El bien educado: Para este tipo de hombre no existen los machistas, existen los maleducados. Decir «¡pero qué tetas!» a una desconocida por la calle no es machismo, es mala educación. No tiene NADA que ver con el género. Presionar a la novia o al ligue para tener sexo en contra de su voluntad no tiene nada que ver con el machismo, es solo una falta de respeto. Suele recordar que también hay mujeres maleducadas, mujeres que tratan a los hombres como objetos sexuales, algo que él dice haber sufrido a menudo. Otra característica de este hombre es que te ilumina con su sabiduría: «El machismo es tan malo como el feminismo». O: «En castellano el masculino genérico es universal, no es algo machista, es que es así». Se preocupa mucho por la felicidad de las feministas, incluso de aquellas que no conoce, a las que advierte por Facebook que ser tan radicales es muy negativo para ellas, pero que sabe que hay esperanza para nosotras (sí, sí, recibí un mensaje así hace unos días).
  • El machista leninista: Habla en femenino genérico, se apunta al discurso profeminista, pero llama a sus compañeras de colectivo «churris» o «mozas», a quienes a menudo da lecciones sobre cómo hacer una lucha feminista más efectiva y las anima a que se empoderen. Es adicto al megáfono, la pancarta y la cámara de televisión, a la vez que se escaquea de tareas menos molonas como limpiar el local o llevar la contabilidad: ya están las churris/mozas para eso. Es capaz de ir a una manifestación contra la violencia machista por la tarde y babosear a una compa esa misma noche.
  • El nuevo masculinista: Hay hombres que se interesan por el discurso de las nuevas masculinidades porque quieren revisar sus privilegios y contribuir a una sociedad en la que no existan las discriminaciones sexistas. A veces tienen sus contradicciones. Vale. Pero los que nos tiene mosqueadas a muchas feministas son los que viven de las nuevas masculinidades, salen mucho en la tele, ligan gracias a su pose de hombre sensible, se autocompadecen por lo mucho que les oprime el machismo, utilizan la socialización sexista como excusa para seguir generando relaciones asimétricas con las mujeres, hablan de desprenderse de privilegios patriarcales pero no renuncian a ellos cuando se trata de lograr financiación o protagonismo, y buscan siempre una palmadita en la espalda por no ser tan machistas como el macho medio.

Las histéricas somos lo máximo[28]

Cuando me sale este impulso de meterme con los nuevos masculinistas, casi siempre termino pensando: «¿Estaré siendo injusta y desprestigiando a los pocos hombres que se comprometen en público contra el sexismo? ¿Cómo es que sus contradicciones me llevan a ser escéptica con su trabajo a favor de la igualdad, mientras que mis contradicciones y las de mis compañeras no me impiden seguir volcada en la lucha feminista?». No es este el espacio adecuado para dar vueltas a estas preguntas, pero se me hacía raro terminar este humilde capítulo criticando a los otros como si tener vagina me situase en una posición de autoridad que me permite ser implacable con los seres con pene a la par que me perdono todas mis taras.

De todas formas, os diré que las feministas nos reímos cada vez más de nosotras mismas. Como muestra, os recomiendo el vídeo en el que Alicia Murillo y Bárbara Sánchez parodian a distintos tipos de feministas, como la de la igualdad —una catedrática estirada y abolicionista que feminiza todas las palabras que teminan en «o»—, la biomadre —que toma homeopatía y da teta a demanda— o las transfeministas, que se pintan bigotes, no se separan de la cerveza y presumen de tener muchas amigas putas…[29]

Las feministas a menudo nos cansamos del rol de pepitas grillas en los movimientos sociales, nos cansamos de llevar puestas las gafas moradas que hacen que lo interpretemos todo con perspectiva de género, y el radar de micromachismos por el que los hombres que antes de ser feministas hubiéramos admirado ahora nos dan mucha pereza. Y la cosa se complica cuando descubrimos que las relaciones entre mujeres no son idílicas y horizontales, cuando no somos capaces de desenmascarar a un acosador, o cuando nos sorprendemos a nosotras mismas con pensamientos como «sin ti no soy nada» o «se me va a pasar el arroz», que nos hacen preguntarnos de qué nos ha servido leer, debatir y «tallerearnos» tanto sobre temas como la crítica al amor romántico o a la maternidad obligatoria.

En esos momentos nos preguntamos si ser una mujermujer[30] como Ana Botella nos haría más felices. En esos momentos pensamos que igual nuestras madres tienen razón cuando nos alertan de que ser feministas nos va a avinagrar. Incluso nos imaginamos con ochenta años, sin pareja ni hijos, viviendo con diez gatos que mordisquearán nuestro cadáver hasta que el vecindario detecte nuestra falta por el mal olor.

Esto que digo del feminismo es extrapolable a toda persona que no se traga lo de la marca España. Si has comprado este libro imagino que compartimos la desgracia de no podernos aferrar al orgullo patrio para sobrellevar las amarguras de esta crisis-estafa. Mantener un compromiso social medianamente coherente es muy cansado. Pensemos solo en los quebraderos de cabeza que implica comprar comida que sea a la vez local y de temporada (por aquello de la soberanía alimentaria), libre de transgénicos, ecológica, a ser posible vegana, basada en criterios de comercio justo y de un precio asequible para nuestro bolsillo de exmileuristas.

¿Será la conciencia crítica más perjudicial para la salud que el orgullo patrio? Pues no sé. Yo quiero pensar que no, que la libertad que nos da esa conciencia compensa la indignación. Pero también creo que estar las 24 horas en lucha contra el capitalismo heteropatriarcal no es sostenible. Las feministas hablamos cada vez más de cuidados, del cuerpo, de placer, de la necesidad de reírnos y de bailar. Y creemos que un activismo basado en esos propósitos llegará más a la gente que la rígida militancia ortodoxa y la actitud de cabreo permanente. Igual hasta tenemos que dar las gracias a Ana Botella por arrancarnos unas carcajadas e inspirarnos el sano desahogo que ha supuesto escribir este libro.