El proceso de duelo, obra en cinco actos

LUCÍA LIJTMAER PASKVAN

Preludio

Jajajaja, jojojojo, me parto. Se parten todos de risa en Distrito Federal. Unos chicos que están sentados en el barrio molón de La Condesa, en una terraza, se están descojonando desde que se han sentado porque cada tanto, muy seguido, oyen a un grupo de jóvenes hablando con un acento característico. Jojojojo. Todo zetas. Les imitan: «Ólleme, pues, ¿por qué no traez un poco de zopa y de jamón, tío? ¿Muchacho?». Jajajaja, jojojojo.

Desde hace un par de años se está dando un fenómeno nuevo. Algo así como el programa Españoles en el mundo, pero mucho más descarnado, en vivo y en directo, sin editar, sin cortes glamourosos. La crisis económica ha generado una riada de «españoles en el mundo» desperdigados como una auténtica plaga. Primero fue un «Pepe vente p’Alemania», seguido de una búsqueda desesperada de trabajo en el antiguo Tigre Celta, Tigre Anglosajón o Tigre de lo que sea. Las únicas cifras fiables son del Instituto Nacional de Estadística (INE) a través del Padrón de Españoles Residentes en el Extranjero (PERE). Según este, a 1 de enero de 2009 residían en el exterior 1.471.691 españoles. Cuatro años después esta cifra se elevaba a 1.931.248. Este éxodo ha alcanzado Latinoamérica en su periplo por un futuro mejor: los países más solicitados como destino laboral ya incluyen Ecuador, Perú, Argentina, Chile y México. La cosa tiene ya tal dimensión que en México están planteándose modificar la ley de inmigración y frenar la llegada de españoles.

Españoles sin papeles. Españoles ilegales. Españoles patera. La broma da bastante de sí, y si te tomas unas birras con cualquier latinoamericano sacan un mote nuevo enseguida. «Venga, Espalda Mojada», te dice alguien. «A estas cañas invito yo, que en cualquier momento les plantan un corralito y ya se van al carajo del todo». Jajajaja, jojojojo.

Y frente a todo eso, está La Mirada. La Mirada uno la identifica cada vez más. En cuanto te das una vuelta por ahí, ves el brillo en los ojos del que la emite. Al principio puede crear confusión. ¿Es hambre? Se le parece, pero no es eso exactamente. Cuando ves la sonrisa de lado y la barbilla que se adelanta, acabas identificando el brillo. Es de disfrute. La mirada de un latinoamericano contiene un placer que no puede ser descrito con palabras ante lo que se contempla como una inmensa justicia histórica, al menos temporal, al menos de momento. Es La Mirada que recoge algo demasiado amplio para ser explicitado. La persona que tienes enfrente ha vivido años acumulados de superioridad moral de imperio venido a menos, años de levantamiento de ceja ante países que pelean contra el FMI, corrupción estatal, hiperinflaciones, jueces encarcelados, presidentes inoperantes y demás mandangas. Y ante eso, ¿cuál era la actitud española? Hmmm… indiferencia. Como en toda Madre Patria ante sus colonias, los dirigentes españoles y una parte significativa de la población siempre han tenido una suerte de pensamiento paternalista. Los pobres salvajes no se las arreglaban solos del todo, pero tampoco importaba demasiado. Únicamente tenía cierta relevancia cuando se relacionaba estrictamente con inversiones estatales. Telefónica, Melià… Nombre la marca, en Latinoamérica las conocen todas. Si no, ¿qué le importaba a un español? Por eso ahora llega La Mirada. Y lo que dice La Mirada en realidad es: «Ahora lo vais a flipar».

Acto I. Negación y aislamiento

Bienvenidos al Tercer Mundo. Al menos mentalmente, preparémonos. Las cifras no son todavía concluyentes, nos falta tiempo aún, pero hay signos inequívocos: malnutrición infantil, paro endémico en una población que no accede —ni accederá— a un primer contrato laboral decente, una sanidad pública altamente deteriorada con respecto a sus niveles habituales y una clase política risible —por no llorar.

Eh, el Tercer Mundo tiene sus ventajas. Una vez te relajas, aspiras a otras cosas: buen clima, mejor comida, éxitos deportivos y un sentido del humor que se va refinando por momentos. En el Tercer Mundo no se está tan mal. Puedes aspirar a volver a jugar en las ligas mayores —como Brasil y Chile, países que han estado a ambos lados de la valla dependiendo de la época—, pero hay que tener claro que España no es Suiza. Ni lo es, ni lo fue, ni probablemente lo vaya a ser en una temporada.

El problema ante ello es no aceptarlo. Como en las fases del duelo, todo hay que pasarlo. Y la primera fase de choque es tan extrema, que no es de extrañar que la primera reacción sea la alteridad psíquica. Negación. Para que nos entendamos: Rajoy no está loco, estaba de parranda.

Pero no se puede decir que no nos avisaron: Ya en 2009 la escasa movilidad de Zapatero para tratar temas iberoamericanos anunciaba tormenta. Durante esa época —en la que la crisis ya existía pero no había sacado las garras de ahora—, los medios comenzaron a tratar el poco peso de España en las cumbres iberoamericanas, la ausencia de resoluciones firmes y la inutilidad de su mediación en conflictos territoriales. España era el árbitro haciendo la siesta, y pronto América se las vio fáciles para crear vínculos y asociaciones descartando a un Estado que no ejercía un papel relevante. En 2008 se creó en Brasilia la Unión de Naciones Suramericanas, que agrupa a los países del subcontinente; y la ya existente Cumbre de las Américas se ha convertido en la niña bonita de los meetings de Estado. Al fin y al cabo reúne a las naciones iberoamericanas con Estados Unidos y Canadá. ¿Quién necesita a los españoles?

Ante la realidad, la actitud fue crecerse y sacar pecho. A eso, los anglosajones lo llaman «delusion», una combinación intraducible de ilusión, alucinación y delirio. Ya en 2011 Zapatero hablaba del papel triunfante de España en la Cumbre Iberoamericana de ese año, dejando de lado que once jefes de Estado habían excusado su presencia. Pese al evidente fracaso, Trinidad Jiménez lo respaldaba asegurando la «vitalidad» de las relaciones intergubernamentales. Y con Rajoy no iba a mejorar la cosa: se puso como reto la celebración del bicentenario de la Constitución de Cádiz como gran momento para «estrechar lazos» después de asumir la presidencia del gobierno y esperaba un trayecto suave. Bastantes problemas había en casa.

Pero la realidad, maldita traidora, no se ajusta necesariamente a los discursos de Estado. Y el hachazo llegó en forma de Cristina F. Kirchner, su lip gloss glaseado y la maniobra con Repsol YPF. En un alarde de control escénico con claros precedentes —no en vano cada aparición pública la presidía el retrato de Eva Duarte de Perón, primera dama y líder indiscutible—, la Kirchner se sacó de la manga la expropiación y pilló a Rajoy desprevenido, en plena cumbre del G-20. Nadie recuerda las declaraciones del presidente, pero sí las del ministro de Exteriores José María García Margallo: «Argentina se acaba de pegar un tiro en el pie». Si fue así, la presidenta salió bailando, porque la jugada le salió redonda: a día de hoy Argentina todavía no ha pagado la compensación que reclama Bruselas para convertir la expropiación en una acción legal, y no parece que vaya a hacerlo. Aun así, lo importante del asunto fue simbólico. «La curva de desinversión de YPF Repsol se parece a la de la trompa del elefante», había dicho Kirchner, en claro recochineo al accidente del rey ese fin de semana en Botsuana. El jefe del Estado era objeto de mofa. Había entrado en juego La Mirada, repleta de venganza.

Acto II. La ira

A ver, seamos sinceros: habíamos tenido precedentes de que esto venía, las cosas como son. De aquellos polvos —desde el «¿por qué no te callas?» en plena Cumbre Iberoamericana a la reclamación del islote de Perejil— llegamos a estos lodos.

Una primera señal de que había que protegerse ante la caída en picado llegó, como suele pasar, con las leyendas urbanas. En toda corte se cuecen rumores y falsas verdades, y cuando provienen de lo periodístico, suelen ser síntomas inequívocos de cómo respira el poder. Entre 2010 y 2011 se popularizó una anécdota —a todas luces ficticia, por lo rocambolesca— en la que se hablaba de la existencia de un poderoso grupo de inversores de altísimo standing en Londres que había tenido una reunión en unas oficinas de la City. Allí supuestamente habían planeado hacer caer la economía española y habían brindado con champán francés. Este rumor corrió entre varios periodistas financieros, que, fascinados, relataban el soplo del oscuro plan. Evidentemente, el eco resonaba al Grupo Bilderberg, pero lo interesante era la escenografía y su significado: vamos a caer, y no va a ser culpa nuestra.

Como suele ser habitual, una defensa retórica de este calibre suele ser previa a un buen ataque. Y vaya si llegó. La respuesta llegó por todo lo alto. El gobierno se sacó de la manga uno de esos cortafuegos que no solían fallar: el nacionalismo. Pero el nacionalismo de verdad, el español, el de toda la vida. Si ya Esperanza Aguirre nos había dado alguna pista durante el mítin electoral de cierre de campaña previo a la victoria del PP en 2011 —citando, sin ir más lejos, al Cid Campeador para hablar del histórico pasado glorioso a recuperar—, Rajoy llegó con la Armada Invencible versión 2.0: Gibraltar español. Una regla no escrita de los últimos años parece hacer inversamente proporcional la necesidad de recuperar la imagen internacional con la porción del terreno a reclamar. Ahora nos llegaba esto. Gibraltar. En serio, tío. Un peñón de 6 km2, con soberanía inglesa desde 1713, al que ahora, con cierta urgencia se le exige que devuelva sus aguas a España —o lo que es lo mismo, su soberanía.

Las reacciones del primer ministro David Cameron y sus allegados fueron de formulario: «La disputa no irá a mayores, negociaremos tranquilamente, blablabla». Ni los gibraltareños se lo tomaron en serio: ondearon las Union Jack, cantaron canciones patrióticas y la prensa inglesa se partió de la risa durante algunas semanas. El enviado especial del diario The Guardian para cubrir el «conflicto» se dedicó a charlar con los ciudadanos sobre qué era lo que más les convenía y una señora clavó el sentir general: «El gobierno español no cree en la ciudadanía, cree en los sujetos. La diferencia es que un ciudadano tiene algo que decir ante lo que pasa, y un sujeto tiene que hacer lo que le dicen». Elocuente. Rajoy subió la apuesta y tensó más la cuerda: llevó la reivindicación ante Naciones Unidas, para, en sus propias palabras, «abrir el debate» sobre el estatus de Gibraltar como paraíso fiscal. La respuesta del Reino Unido está aún por ver, aunque las comparaciones con las Islas Malvinas parecen desaconsejarse. Como el dicho apuntaba, dos no debaten si uno no quiere, y de momento Rajoy parece estar solo en el patio, esperando a que sus amigos salgan a jugar.

Acto III. La negociación

A medida que la noción de Tercer Mundo se va asentando en la psique colectiva, empiezan a aparecer síntomas de reconocimiento de la situación. «¿Qué somos?», lanza la pregunta un animador de crucero, chillando. «¡Un gran país!», contesta la masa, exultante. «¿Y cómo lo demostramos?», vuelve a gritar el animador. «¡Con una FIESTA!», grita, enloquecida, la masa. No hay nada como una fiesta para restablecer el orgullo herido de un país que negocia con la idea de haber dejado de ser potencia mundial.

«Por la lista de fiestas no me viene nada ahora mismo», pensó el gobierno. Los mundiales de fútbol nos quedan lejos, las exposiciones universales están un poco de capa caída… Necesitamos un evento internacional que una multitudes, que deje el pabellón bien alto. Y salió nada más y nada menos que #madrid2020.

Ahora, a toro pasado, todo resulta muy fácil de analizar, todo muy risible. Ahora quién es el guapo que no vio el despropósito. Pero la candidatura de Madrid a los Juegos Olímpicos fue exactamente igual que Eurovisión o los Óscar para muchísima gente: empiezas diciendo que es una tontería, una construcción cultural para promocionar lo que sea —la idea de Europa, la última colección de Prada, qué más da—, y se acaba diciendo que en el jurado hay un griego, y que este año lo tenemos ganado, por la conexión directa de la reina, tío, lo entiendes, ¿eh? Este año cae FIJO.

Y España se sumió, durante unos días al menos, en un delirio mediático resumible en Operación Triunfo+setas alucinógenas+La escopeta nacional digno de un Miedo y asco en Las Vegas patrio. Solo así se explica la barra libre en el avión, el lujo hotelero, el despiporre en Buenos Aires, la retransmisión ¡eterna! de los discursos, que más de uno no fue capaz de entender que no servían de nada, cuando el pescado ya estaba todo vendido. Pese a que el titular lo dieron los ojos desorbitados de la alcaldesa Botella y su «relaxing cup of café con leche», la bofetada que puso a España en su sitio vino de la miembro del COI Nawal El Moutawakel. «Creemos que España debe invertir sus recursos económicos en materias más importantes que los Juegos Olímpicos», dijo. Y la hostia venía, ni más ni menos, de la primera mujer africana ganadora de una medalla de oro de toda la historia. Una marroquí. Una mujer marroquí. Una mujer marroquí musulmana que había empezado su carrera en atletismo corriendo en pistas sucias y poco preparadas. Con Nawal El Moutawakel se activaba de nuevo La Mirada, que muy claramente venía a decir: «Ya está».

Acto IV. La depresión

Desde entonces, así está la cosa. El gobierno se parece un poco a Bridget Jones de resaca, comiendo pizza recalentada y bebiendo vinacho directamente de la botella. Todos los esfuerzos internacionales parecen ser fruto de un volantazo del que no quiere —o puede— hacer mucho más. La agenda internacional de Rajoy es la de una recién divorciada que opta por el speed dating para empezar a salir más de casa: en una semana se reúne con el nuevo presidente iraní, Hasan Rohaní, convertido en estrella de la Asamblea General. También se ha reunido con el presidente chileno Sebastián Piñera y el peruano Ollanta Humala. Pese a los intentos de demostrar que el país sigue teniendo peso político e influencia territorial, todo el mundo sabe que lo que haga o diga Rajoy no importa demasiado. Nadie espera que España haga de mediadora entre Perú y Chile por el conflicto de las aguas territoriales —gracias a su nula actuación durante los últimos años— y su papel con Irán frente a la comunidad internacional es de quien quiere aparentar que pincha y corta ante un nuevo compañero de colegio.

Lo mismo había pasado ya con la elección del nuevo Papa. La pérdida de peso de Europa ante la elección de Francisco se evidenció y, con el paso del tiempo, también lo hicieron las divergencias ideológicas entre el jefe de la Conferencia Episcopal Rouco Varela y su nuevo jefe, que lo mismo un día habla en favor de los derechos de los homosexuales que sondea sobre la posibilidad de nombrar a una mujer cardenal. La línea a seguir entraba en directa contradicción con la Marca España episcopal (recordemos, una vez más, a Ana Botella: «Una manzana es una manzana, una pera es una pera…»). De momento, sin mucho que rascar, el corpus de publicistas cristianos locales se apresura a anunciar que el sumo pontífice bebe vino español. Ah, respiremos tranquilos. O no.

Acto V. La aceptación

Pero hay algunas señales que dan lugar a la esperanza. Nuevas alianzas acordes con los nuevos tiempos. Si España acepta su nuevo papel, tendrá otros lugares donde buscarse la vida. Dejando de lado la concepción primermundista de la realidad, podrá acomodarse a otros espacios que puedan serle más cercanos. Si se acaba de un plumazo el concepto de la Madre Patria, se podrán restablecer relaciones de una manera más acorde, menos colonialista y, a su vez, más realista.

Y ahí los datos: España ha aumentado sus exportaciones en un 33% gracias a un cambio de foco. La dirección de esas exportaciones ha virado de Francia, Alemania y el resto de Europa y se empieza a dirigir hacia el norte de África y Asia. Se habla del nuevo AVE en La Meca, el auge de la exportación química y la venta de productos alimenticios. Pero eso, de momento, no vende bien en la Marca España. Su principal embajadora sigue siendo Ana Rosa Quintana: sol y cañitas para ganarles a los nórdicos. Como aquí, en ningún sitio.

Mientras tanto, siguen las risas. El discurso de Botella ya se ha remixado, porque la población ya sabe lo que es y lo que hay: aquí se lleva el reguetón y el perreo, la cumbia villera y se habla lo que haga falta en la intimidad. Se venden cigarrillos sueltos en los bares, oro en todas las esquinas y se popularizan eufemismos como «low cost» y «país en vías de desarrollo». Pa que tú lo veas. Pa que tú lo bailes. Jajajajajajaa.

Fin