Johnnie se mantuvo en silencio mientras conducía. Normalmente, esto me hubiera resultado un tanto exasperante: estar ahí en mitad del tráfico sin cruzarnos palabra; sin embargo, en esta ocasión no me molestó. Tenía demasiadas cosas en la cabeza. La verdad es que esperaba que no hablara para así tener un poco de tiempo para pensar. Pero cuando se incorporó a la autopista, supe que no iba a tener tanta suerte.

Solo tardó un par de segundos en conectarse a la red de tráfico. A Johnnie le gustaba tener el control: esta era una de sus cualidades que me había resultado atrayente, casi pintoresca. Sin embargo, en esta ocasión ni siquiera comprobó que la conexión se hubiera establecido correctamente. El volante se plegó y se encajó en el salpicadero, y él se volvió hacia mí.

—¿Qué quiere decir eso exactamente? —preguntó—. ¿No te ha dicho el médico nada más?

Moví la cabeza negativamente.

—Dijo que tendría que enterarse, que él nunca antes había oído de un caso en el que se hubiera dado la combinación.

—¿Que tendría que enterarse?

—Sí.

—¿Y dijo algo más?

—Ya te lo he dicho, que tendría que enterarse. —No sabía qué decir. Todavía lo estaba asimilando.

Johnnie se reclinó en el asiento y miró por la ventanilla. Se le notaba que se estaba preparando para girarse y volver a la carga. Solo llevábamos tres años casados, pero yo era capaz de leer determinadas expresiones de su semblante como si fuera un libro.

—¿Cómo es eso siquiera posible? —preguntó—. Quiero decir, ¿el bebé está bien?

—El bebé está bien.

—Ahora me gustaría que no lo supiéramos.

—Tú estabas de acuerdo en que hiciéramos la prueba —dije mirando para otro lado.

—Ya lo sé, pero… ¡mierda!

—¿No te parece que es mejor saberlo?

—¿Cómo se puede tener un diez con una bandera?

—Dijo que tendría que enterarse —repetí.

—¿Pero el bebé está bien?

—Sí.

—¿Estás segura de que ha dicho diez?

—Diez —dije afirmando con la cabeza.

Johnnie cruzó los brazos y se mordió el labio inferior. Creo que murmuró algo, pero llegados a ese punto prefería no saber qué es lo que había dicho.

Después estuvimos un rato sin hablar. Me conformé con sentarme y mirar los otros vehículos mientras cambiábamos de un carril a otro. Era como mirar un banco de peces nadando juntos, zigzagueando todos a la vez. Circulábamos a velocidades que superaban los doscientos kilómetros sin que hubiera más de un metro de separación entre los vehículos, con nuestra seguridad en manos del ordenador de tráfico central. A veces era más fácil ceder los mandos a alguien más grande que tú, alguien con un sistema, porque, aunque no siempre te percatases de en qué consistía el mismo, sabías que nunca te ibas a estrellar.

Solo empecé a preocuparme cuando dejamos atrás a toda velocidad nuestra salida.

—¿Adónde vamos? —pregunté.

Johnnie no me contestó. Le pegó un puñetazo a la pantalla de navegación y suspiró.

—¿Qué demonios…? —dijo.

—¿Qué pasa?

—Nos han cambiado el destino. Tenemos una cita con Servicios Humanos. Ahora.

—¿Ahora?

—Sí, me han cambiado el turno de trabajo, me lo han pasado a esta tarde y han informado a mi oficina.

—¿Crees que será por los resultados de la prueba?

Yo ya me esperaba algún tipo de reacción por parte de Servicios Humanos, pero no tan fulminante. Crucé las manos sobre el regazo para evitar tamborilear los dedos: a Johnnie no le gustaba verme nerviosa.

—No lo dice.

—Genial.

Lo único que podíamos hacer era ponernos cómodos y disfrutar del viaje. Éramos meros pasajeros.

Central estaba a los mandos.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

—Supongo que deben de estar preocupados —dijo el funcionario. El señor White era un hombre pequeño, y la enorme mesa vacía detrás de la cual estaba sentado lo hacía parecer incluso más pequeño—. Los resultados como estos pueden ser bastante desconcertantes.

Johnnie hizo ademán de ir a decir algo, pero le apreté la mano antes de que pudiera hablar. Lo último que necesitábamos era enojar a un funcionario, y mucho menos a uno importante, como parecía serlo el señor White. Lo mejor era mostrarse dóciles hasta que hubiera terminado.

—Lo que no deben olvidar es que el resultado de su bebé ha sido un diez. Su hijo va a ser muy valioso para la Nación. Solo una de cada cincuenta mil parejas a las que se le realiza la prueba obtiene resultados así. Lo que dice mucho y bueno de ustedes como ciudadanos. Por eso, el estado ha subido sus valoraciones hasta el ocho, con efecto inmediato. Enhorabuena.

Johnnie y yo nos miramos. ¿Ochos? Eso era dos niveles por encima de la valoración que teníamos en esos momentos. Con un ocho trabajaríamos diez horas en lugar de cuarenta. Con un ocho se acabaría el apretarnos el cinturón durante las temporadas en las que no cobrábamos prestaciones. Con un ocho tendríamos un apartamento mucho más grande. Con un ocho ya no tendría que trasnochar esperando a Johnnie, que se quedaba trabajando para mejorar su índice de productividad.

Con un ocho se acabó el tener siempre a alguien vigilándonos por encima del hombro.

—Gracias, señor White.

Pero claro, Johnnie era incapaz de mantener la boca cerrada.

—Solo tengo una pregunta. ¿Y la bandera? ¿Cómo puede haber una bandera con una calificación de diez?

El señor White frunció los labios en un gesto bastante extraño, casi femenino, y tuve que controlarme para no echarme a reír.

Un ocho no quería decir que pudieras faltarle al respeto a los funcionarios alegremente.

—Bueno, se nos plantea esa duda. Para serles totalmente sincero, nunca antes lo había visto. Pero en su caso, no creo que sea algo que deba preocuparles. Su hijo ha obtenido un diez y ahora ustedes son ochos. No veo que pueda existir problema alguno. Pero, por supuesto, el gobierno no se interpondrá si deciden hacer uso de su opción.

—¿Y qué pasa si lo hacemos? —preguntó Johnnie. Le apreté la mano con más fuerza, pero él se soltó y continuó—: ¿Qué pasaría con nosotros?

El señor White esbozó una sonrisa carente de humor.

—¿Cómo que qué pasaría?

—Si hacemos uso de la opción de interrumpir el embarazo, ¿qué pasaría con nosotros?

—¿Y por qué iban a hacerlo? Su hijo es un diez. Él o ella será un orgullo para la nación, y gracias a él la ciudadanía tendrá una vida mejor. ¿Qué ciudadano podría ni siquiera planteárselo?

—Bueno, está lo de la bandera. Me preocupa —explicó Johnnie sacudiendo la cabeza.

—¿Que le preocupa…?

El señor White cogió el bolígrafo y garabateó algo en su bloc.

—Sí —respondió Johnnie.

—Su hijo es un diez —repitió el señor White—. Eso debería bastar para hacerle olvidar la bandera.

—Pues no me basta. Es evidente que no impidió que Central se la adjudicara. ¿Por qué iban a adjudicarle una bandera si no había algo por lo que preocuparse?

El señor White dio varios golpecitos con el bolígrafo sobre la mesa, y luego se inclinó hacia delante.

—¿Qué es lo que sabe sobre el test CDP?

—Central mira el futuro y establece la viabilidad del bebé en la comunidad —respondió Johnnie—. No consiste más que en eso, ¿verdad?

El señor White soltó una risita.

—Bueno, eso no se ajusta totalmente a la realidad. Central no puede mirar el futuro, eso es imposible —dijo riéndose—. Lo que hace es pronosticarlo basándose en el pasado celular del niño, en el de los padres y en otros factores ambientales. Una vez se tiene acceso a la historia celular de un individuo, un ordenador lo suficientemente potente basta para pronosticar su actividad futura. El índice de aciertos de Central en esta prueba supera el noventa y nueve por ciento. Sus resultados no se cuestionan.

Sabía que Johnnie no iba a pillar la indirecta, así que le quité la palabra antes de que pudiera complicar las cosas todavía más.

—Es que todo resulta muy confuso, señor White —dije, con la mejor de mis sonrisas—. ¿Las banderas no suelen estar reservadas para niños con… bueno, con problemas?

—En realidad, la bandera es tan solo una señal de que los padres van a tener que hacer un sacrificio —explicó el señor White—. En ocasiones, lo que indica es que el niño va a ser discapacitado, y los padres van a tener que trabajar horas adicionales para compensar la carga extra que va a suponerle al Estado. Lo único que sabemos es que, cuando se levanta una bandera, el sacrificio que van a tener que realizar los padres va a ser tan importante como para que se justifique el darles la opción de interrumpir el embarazo. Así es como protegemos su libertad como individuos, que para el Estado es algo muy importante —terminó con una sonrisa.

—Pero nuestro hijo es un diez —dije—. Por definición un diez no puede ser una carga para el Estado. Son ellos los que hacen progresar al Estado.

—Así es, por eso no estoy demasiado preocupado por la bandera. Y tampoco deberían estarlo ustedes: su hijo va a ser un ciudadano muy valioso para el Estado. Ustedes van a tener que sacrificarse, pero ¿acaso no se sacrifican todos los padres?

Sabía que tenía que tener mucho cuidado con cómo formulaba mi siguiente pregunta.

—¿Y no hay nada que nos indique en qué podría consistir ese sacrificio?

—Sabe que no puedo responder a eso —dijo el señor White—, y que usted ni siquiera debería estar preguntándolo. El conocer los resultados puede afectar a lo que tenga que pasar en el futuro.

—Entiendo. Bien, gracias…

—No ha respondido a mi pregunta —intervino Johnnie—. ¿Qué sucede si decidimos hacer uso de la opción de la bandera?

El señor White se revolvió inquieto en la silla.

—Bueno, por una parte, su promoción quedará cancelada. —Cogió una carpeta del montón de papeles y la abrió—. Usted ahora mismo es un seis, ¿correcto?

Johnnie asintió con la cabeza.

—Veamos… —dijo el señor White hojeando los papeles—. ¿Sabía que su jefe ha propuesto que se le rebaje la calificación?

—¿Cómo dice? —Johnnie se inclinó hacia delante en el asiento. Vi cómo se le encendían las mejillas—. Trabajo más duro que…

—Aquí dice —le interrumpió el señor White— que al parecer su jefe piensa que, a pesar de que trabaja cincuenta horas a la semana, su nivel de producción se corresponde tan solo a treinta y seis horas. Ha recomendado que se le degrade a cinco, para que así alcance a realizar en sesenta horas el trabajo que corresponde a cuarenta.

—No es justo. Trabajo más duro que…

—Pero ya no tiene que preocuparse por eso —dijo el señor White con una amplia sonrisa—. Ha sido ascendido a ocho.

Johnnie estaba boquiabierto. Había llegado el momento de marcharnos.

—Gracias, señor White. Le agradecemos el tiempo que nos ha dedicado —dije.

Cuando llegamos al vehículo, Johnnie todavía seguía estupefacto. Y tampoco ayudó lo más mínimo el que el vehículo no fuera el mismo que habíamos dejado en el aparcamiento. Este era más grande, más largo. Era el vehículo apropiado para una pareja de ochos, sin asiento de conductor.

Central estaba a los mandos.

—¿Un descenso…? —dijo Johnnie—. No me lo puedo creer…

—No —le rebatí yo, señalando con la cabeza el panel en el salpicadero donde estaba el micrófono—. Un ascenso. ¡Qué suerte!

Las dudas me corroían las entrañas, pero no estábamos en el lugar apropiado para hablar de ello.

Nos sentamos en silencio mientras Central incorporaba el coche a la autopista. Y de nuevo dejamos atrás nuestra salida sin haber reducido la velocidad.

—Central, indique el destino —pidió Johnnie.

La suave voz de Central llenó la cabina:

—A su nueva residencia.

—A nuestra nueva residencia, claro.

—Tiene dieciocho mensajes de voz, todos felicitándole por su ascenso y por ese gran regalo que va a significar para la Nación el próximo nacimiento de su hijo. ¿Le gustaría escucharlos?

Así que era niño.

Ninguno de los dos estábamos para celebraciones.

—Ahora no, Central —dije—. Tan solo llévanos a casa.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Nos las habíamos apañado para pasar una semana entera sin aparecer en público. Como consecuencia del ascenso, Johnnie podía trabajar desde casa, así que no teníamos que salir si no queríamos, pero ambos sabíamos que ya no podíamos seguir escondidos más tiempo. Había convencido a Johnnie para que nos dejáramos ver en la ópera (yo nunca había estado; este era uno de los privilegios consecuencia del ascenso, y yo esperaba con ilusión esa noche), pero hasta eso me había costado mucho trabajo. Desde que habíamos llegado a casa tras la visita a Servicios Humanos, Johnnie había pasado todo su tiempo libre delante del ordenador. Ni siquiera quería que habláramos de los resultados de la prueba.

Mi guardarropa había elegido para mí un traje de noche de gasa de un vivo azul. Me lo puse delante del espejo de cuerpo entero y, cuando estuve preparada, las luces se atenuaron mientras los controles ambientales elegían inundar la habitación con un aroma a rosas. Era la primera vez en semanas que me sentía relajada. Salir una noche nos sentaría bien. Tan solo deseaba que el estado de ánimo de Johnnie fuera similar al mío.

Pero, en lugar de eso, me encontré con que Johnnie seguía sentado delante del ordenador. Todavía no había empezado a prepararse.

—Vamos a llegar tarde —le dije.

Me dirigió una mirada y tardó unos instantes en reaccionar.

—Estás muy guapa —dijo por fin.

Crucé un tobillo por delante del otro, incliné la barbilla y levanté la mirada hacia él.

—Pues entonces levántate, vístete y llévame a la ópera.

Lanzó un suspiro y, tras respirar profundamente, dijo:

—Te quiero muchísimo, ya lo sabes.

—Pues entonces vístete.

Apartó la silla de la mesa y se dirigió hacia su vestidor.

—Y ni se te ocurra intentar elegir la ropa tú mismo —le dije mientras se alejaba—. Tú ponte lo que elija tu guardarropa. Ni aunque tuvieras toda la noche serías capaz de elegir algo a juego con este color.

—No soy un inútil integral.

—Claro, cielo, ya lo sé —le dije sonriendo tan dulcemente como pude—. Solo eres un inútil a la hora de elegir tú mismo qué ropa ponerte. Y ahora ¡date prisa!

Conseguimos estar saliendo por la puerta a la hora.

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Nuestro nuevo vehículo no se veía por ninguna parte. Un modelo más antiguo se detuvo delante de nuestro edificio.

—Para esta noche he solicitado uno de una categoría inferior —me explicó Johnnie—. Me apetece conducir.

—Con tal de que lleguemos a la hora… —dije sacudiendo la cabeza.

Me sujetó la puerta y la cerró una vez estuve dentro. Esperé hasta que salimos del aparcamiento y deslicé la mano hasta su pierna. Era estupendo volver a estar en la calle. Aunque el apartamento nuevo era muy amplio, ¡me sentía tan bien fuera de sus paredes, de vuelta en el mundo!

Una vez estuvimos en el exterior, Johnnie activó la conducción automática y se reclinó en el asiento.

—¿No habías dicho que querías conducir?

—Era mentira. Lo que quería era hablar contigo sin un micrófono.

Mi buen humor se evaporó.

—¿Tiene que ser ahora?

—¿Sabías —dijo, pasando por alto mi pregunta— que en los cuatro casos en los que una madre ha muerto en el parto durante los últimos diez años, en todos ellos habían contado con la opción de la bandera?

El estómago me dio un vuelco.

—¿Y qué?, eso no quiere decir…

—No, no, no quiere decir…

—Entonces ¿por qué sacas el tema? —le pregunté—. ¿No te parece que ya estoy suficientemente asustada?

Johnnie se inclinó hacia mí.

—Pero tampoco quiere decir que no sea una posibilidad. No podemos pasarla por alto.

—También podría querer decir que nuestro hijo va a tener una discapacidad de aprendizaje, y que vamos a tener que esforzarnos enormemente para conseguir que la supere.

Las mejillas me ardían. Comprendía su preocupación, pero no podía creer que fuese a echar a perder la primera noche en siglos en la que salíamos juntos.

—Y también podría querer decir que tu vida corre peligro —dijo cruzando los brazos—. ¿Cómo vamos a saberlo? A lo mejor el niño ni siquiera nos necesita para ser un diez, ¿quién sabe?

—No se puede saber. El conocimiento de los hechos futuros puede afectar a lo que vaya a suceder. El niño es un diez. Eso es lo único que importa.

—¡Y una mierda! —El exabrupto me dejó boquiabierta—. Ni por asomo eso es lo único que importa.

—Claro que lo es. —Miré a mi alrededor de manera instintiva para asegurarme de que estábamos solos en el coche—. No se interfiere en algo así. Sería prácticamente una traición.

—De ningún modo sería una traición. Si lo fuera, el Estado no nos habría asignado la bandera. Es nuestro derecho.

—Pero va a ser un diez —dije con los ojos llenos de lágrimas—. Va a ser un niñito perfecto.

—Claro que lo va a ser —dijo Johnnie cogiendo mi mano entre las suyas. Me secó una lágrima de la mejilla y añadió—: Pero ¿perfecto para quién?

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Supe que no íbamos a ir a la ópera incluso antes de que dejáramos atrás a toda velocidad la salida del Distrito Cultural, pero las cosas no mejoraron una vez estuvimos sentados en el despacho del doctor Jones, esperando a que terminara su exploración.

—Bien —dijo mirándome desde arriba por encima de sus gafas bifocales—, no hay contraindicadores genéticos, ni signos de pretoxemia, ni anemia, nada que me haga dudar ni un instante de su salud o de la de su hijo. —Parecía cansado, y su fino cabello canoso estaba más abultado en un lado de la cabeza que en el otro.

Johnnie se pasó la mano por el pelo.

—No lo entiendo.

—A lo mejor nosotros no somos quién para entenderlo —sugerí—, pero no me pasa nada. No estoy en peligro, así que podemos dejar de preocuparnos…

—Eso no quiere decir que más adelante no pueda surgir algo, ¿verdad?

—Johnnie, yo…

—No hay nada que sea seguro —respondió el doctor Jones.

—¡Johnnie! —Le agarré la muñeca y tiré de ella.

Volvió la cabeza bruscamente para mirarme, y fue entonces cuando por fin lo vi: estaba aterrado. Tenía el labio superior salpicado de gotas de sudor y no era capaz de mantener la mirada fija ni un instante.

—Pero sigue siendo su elección —intervino el doctor Jones—. Nadie les va impedir que elijan ejercer su opción. La bandera está ahí por un motivo.

Miré a Johnnie a los ojos, confiando en que notara que le estaba sacudiendo la mano ligeramente de un lado a otro.

—Creo que deberíamos utilizar la bandera —dijo.

La piel se me heló.

—No —dije en un susurro.

—Tendremos otros —continuó—, bebés sin bandera. No necesitamos los ascensos. No puedo soportar la idea de perderte. Doctor, dígale que podrá tener más hijos.

—Por supuesto que podrá tener más hijos —dijo el doctor Jones—, pero no olvidemos…

—¿Por qué tenemos que hacer un sacrificio? —preguntó Johnnie, arrodillándose delante de mí—. Se nos ha ofrecido la opción. Si no hubiera ningún problema, no habría bandera. Lo sabes.

Intenté hablar, pero de mi boca no salió palabra alguna. Tenía razón. Había algo que no estaba bien, algún tipo de dificultad a la que nos tendríamos que enfrentar si teníamos este bebé. Dificultad a la que muy probablemente no tendríamos que enfrentarnos con otro bebé. ¡Pero este era un diez! A lo mejor podría ser un gran compositor o un gran artista. O podría descubrir la medicina que curaría las pocas enfermedades que quedaban. ¡Podría ser capaz de cualquier cosa! Estaba segura, lo sentía con todo mi corazón.

Y el Estado también lo sabía.

Pero ¿a qué precio?

Miré a Johnnie y sentí mucho frío.

—Yo no soy capaz de tomar esta decisión —dije. Tiré de él hacia mí, apoyé la mejilla contra la suya y le susurré al oído—: Tómala tú. En nombre de los dos.

Me besó en la sien, luego en la mejilla y por último en la oreja. Y entonces el cálido aliento quedó retenido en su garganta, y Johnnie se apartó, se giró hacia el doctor Jones y dijo:

—Vamos a hacer uso de la opción.

Me quedé sin el poco aire que me quedaba en el pecho. La habitación daba vueltas a mi alrededor.

—Muy bien —dijo el doctor Jones. Sacó una bata de un cajón que había debajo de la mesa de examen y me la alargó—. La dejaré unos momentos para que se prepare —dijo, y salió de la sala.

No hablamos. Me puse la bata y me volví a sentar en la mesa. A medida que pasaba el tiempo, con nosotros allí sentados, esperando, la sala parecía ir empequeñeciéndose. Yo quería que Johnnie dijera algo, cualquier cosa, pero se limitó a quedarse sentado, esforzándose por sonreírme cuando le miraba.

Transcurridos unos minutos, el doctor Jones regresó. No estaba solo.

El señor White de Servicios Humanos estaba en la puerta, flanqueado por media docena de agentes de la policía.

—Puede marcharse, doctor.

Johnnie se situó delante de mí.

—¿Qué están haciendo? Esta decisión nos corresponde tomarla a nosotros.

—Y la han tomando —dijo el señor White. Cuando no estaba detrás de su mesa parecía todavía más pequeño.

Johnnie sacudió la cabeza y abrió los brazos, intentando inútilmente protegerme de los agentes.

—Dijeron que no interferirían.

—Y no interferimos —dijo el señor White con una sonrisa—. Les permitimos que tomaran su decisión libremente. —Entró en la sala y sacó una pistola paralizante de detrás de la espalda—. Pero nadie dijo nunca que se les fuera a permitir llevarla hasta sus últimas consecuencias. La bandera es una opción, no un derecho. Arréstenlo.

Los agentes se abalanzaron sobre Johnnie, que intentó resistirse, pero una patada en el estómago bastó para terminar con su resistencia. En diez segundos lo habían sacado de la sala, dejándonos solos al señor White y a mí.

—Cámbiese —dijo—. La espero fuera.

Me vestí lentamente. Fue como si todos los recuerdos que tenía de Johnnie regresaran a mí en ese momento. Las citas, nuestra boda, las peleas, las reconciliaciones… todo. Y yo me había quedado ahí parada y había dejado que se lo llevaran. Tenía ganas de llorar, pero me contuve. Pasara lo que pasara, sería fuerte. Eché los hombros hacia atrás y abrí la puerta.

El señor White estaba esperándome. Seguía estando solo.

—Tenemos entendido que usted no ha sido quien ha tomado esta decisión. Es así, ¿verdad?

Sentí cómo un repentino escalofrío me recorría la piel.

—Así es.

—Bien —dijo, los labios apretados y finos para formar una sonrisa.

—¿Qué le va a pasar a Johnnie?

El señor White me ofreció la mano y me ayudó a bajar de la mesa de examen.

—Se le degradará a un uno o dos, por supuesto. Será asignado a trabajos físicos. Si se mantiene limpio, tal vez incluso pueda volver a alcanzar un cuatro o cinco trabajando.

Sabía que Johnnie no querría que yo viviera así.

—Su matrimonio queda anulado, por supuesto. Es usted libre de elegir para reemplazarle a quien desee de entre los ochos y nueves.

—¿Reemplazarle?

El señor White hizo una mueca.

—Discúlpeme. Me temo que no tengo demasiado tacto. Le ruego me perdone. Está claro que deseará tomarse su tiempo. Pero cuando esté dispuesta, elija a quien quiera.

Cuando salimos a la calle, los agentes ya habían metido a Johnnie en otro vehículo y estaban incorporándose al tráfico. Les miré alejarse, preguntándome si lo volvería a ver alguna vez. En cualquier caso, yo sabía que él hubiera querido que me ocupara de nuestro hijo.

—Señor White —dije, mientras mi aturdimiento empezaba a disiparse—, ¿me puede decir algo más sobre la bandera? Me parece que merezco saberlo.

—¿Sobre qué bandera?

—La bandera de mi bebé, por supuesto.

—Su bebé no tiene ninguna bandera. Usted ya ha hecho un sacrificio, tal como lo pronóstico Central.

—¿Quiere decir que…?

El señor White soltó una risita.

—Por supuesto que sabíamos lo que iba a hacer su marido. No olvide que el índice de aciertos de Central supera el noventa y nueve por ciento. Sus resultados no se cuestionan. —Mi vehículo aparcó junto al bordillo y el señor White me ayudó a entrar—. Central, lleve a la señora a casa —dijo—. Ha tenido una noche muy dura.

—Señor White, una última cosa.

—¿Sí? —dijo, cruzando las manos por delante.

—Mi bebé, ¿me puede dar alguna pista sobre qué es lo que le hace ser tan importante?

El señor White miró por encima del hombro y luego se inclinó hacia el coche.

—Sabe que no puedo ser demasiado explícito, ¿verdad?

—Claro.

—Digamos que no me sorprendería verlo en Servicios Humanos.

Eso sí que no me lo esperaba.

—¿En Servicios Humanos?

—Bueno, mírelo desde este punto de vista: ya ha desenmascarado un traidor al Estado, y eso sin ni siquiera haber nacido.

Volvió a incorporarse, con el rostro todavía atravesado por esa sonrisa fina y tirante, y cerró con un portazo. El vehículo aceleró, camino de mi casa. No había conductor. Central estaba a los mandos.

© 2006 Joseph Paul Haines