Capítulo XLVIII

Mystra se presentó en el templo de Iyachtu Xvim y encontró a Ruha despatarrada en el altar negro, con los miembros extendidos sujetos con cuatro cuerdas tirantes. Sobre la bruja se cernía la figura de Fzoul Chembryl con el rostro cubierto por una máscara contrahecha llamada la Capucha del Odio y blandiendo un afilado cuchillo de desollar. Estaba embebido en un cántico gutural mientras sus Fieles le hacían el coro y danzaban lentamente en torno a la mano de ébano representada en el suelo. En medio del círculo que formaban se movía una columna de sombra de relucientes ojos verdes y con un halo de acre humo negro.

Todo esto lo vio Mystra en un abrir y cerrar de ojos y de inmediato se colocó al lado de Fzoul Chembryl dominándolo con su estatura. Fzoul lanzó un grito y se dio la vuelta para enfrentarse a ella con el arma lista para atacar.

Moviéndose con una rapidez que ningún ojo humano sería capaz de seguir, Mystra cogió al supremo Tyrannar por el antebrazo y lo levantó del suelo.

—¡Ni te atrevas!

Fzoul se quedó boquiabierto. El coro quedó en silencio y dejó que la columna de sombra siguiera moviéndose sola. Mystra arrebató el cuchillo al supremo Tyrannar, lo rodeó con su enorme puño y la daga se derritió cayendo al suelo en forma de gotas.

—Éste no es un momento muy propicio para provocarme —dijo—. Tengo prisa.

La sombra de ojos verdes se agitó como una llama y luego produjo una especie de silbido.

—¡Y debes tenerla, bruja del Tejido! ¡Márchate ahora mismo de mi templo!

—¿O qué? —Mystra dirigió la vista hacia Xvim.

La columna se encogió, pero la voz siguió siendo áspera.

—O haré venir a Helm.

—Hay tiempo para eso, Iyachtu. —Sin quitar los ojos del nebuloso avatar de Xvim, Mystra apartó a Fzoul Chembryl—. Hasta entonces, permanece callado o te haré quedar mal ante tus súbditos.

Los acólitos de Iyachtu dieron un respingo al oír tal sacrilegio y retrocedieron temiendo que se desatara una batalla entre dioses. Sin embargo, la Nueva Oscuridad sabía que no era conveniente atacar a una diosa tan poderosa. No podía hacer otra cosa para mostrar su furia que esparcir por la nave el hedor de Gehenna.

Mystra despejó el aire con un movimiento de la mano, enviando a Iyachtu y a su pestilencia de vuelta al lugar de donde habían venido. Los seguidores de Fzoul corrieron hacia las salidas, e incluso el mismísimo supremo Tyrannar buscó refugio en un rincón oscuro.

Mystra volvió su atención a Ruha, cuya piel se veía húmeda y pálida bajo el hábito ceremonial. Su respiración entrecortada reflejaba la agonía de tener las extremidades curvadas hacia atrás. Su musculatura todavía sufría espasmos como consecuencia del baño entre las anguilas, y las mejillas hinchadas y amoratadas hablaban de la lucha que había sostenido con Fzoul antes de ser capturada. A pesar de todo esto, su expresión era tan estoica como de costumbre.

—¡Diosa! —balbució—. ¡Por fin… has venido!

Mystra no hizo el menor intento de liberar a la bruja.

—No te apresures a darme las gracias, Ruha. Todavía tengo que pensar si entre mis propósitos al venir a Zhentil Keep está el de salvarte. Todavía no me he olvidado de aquel volcán en los Picos de las Tormentas.

—Yo no importo —dijo la bruja—. ¡Malik ha escapado!

Mystra la miró con extrañeza.

—Dijiste que el Cyrinishad estaba a salvo.

—¡Y lo está! Lo que él vino a robar aquí era La verdadera vida de Cyric. —Ruha trató de aflojar sus ligaduras—. Ese pequeño escorpión está tan loco como su dios. ¡Pretende curar la locura del oscuro!

—¿Qué?

—Puede que ya sea demasiado tarde. —Ruha señaló hacia el techo con la barbilla—. Cyric estaba ahí arriba —dijo con gran esfuerzo—. Oí que Fzoul se lo decía a su dios.

Mystra miró hacia el rincón oscuro donde se había ocultado el supremo Tyrannar.

—¿Es cierto?

Fzoul asintió lentamente.

—No sé para qué lo quería, pero ese pequeño gusano malhablado robó La verdadera vida y se dirigió arriba, a mis habitaciones privadas. —El supremo Tyrannar habló en un tono despectivo y medroso al mismo tiempo, midiendo muy bien sus palabras para aplacar la naturaleza rencorosa de Xvim y para no ofender a Mystra—. Después oí hablar a Cyric. Sonaba como si fueran mil voces, y todas ellas parecían la de un loco.

Esta noticia desanimó a Mystra hasta tal punto que su avatar se redujo a la estatura de una mujer normal. Esto era tan terrible como cualquiera de los contratiempos que le habían acaecido en los últimos días: la muerte de Adon, el complot de Talos para dar por tierra con su culto, incluso la traición de Kelemvor. Un Cyric cuerdo podría obtener un veredicto favorable en el juicio y empezar otra vez a extender la corrupción por todo el mundo. Además, con el dios de la Muerte demasiado absorto en su reevaluación como para ayudarla a conseguir el apoyo de los demás dioses, el Círculo parecía más proclive que nunca a encontrar pruebas contra ella y Kelemvor y a insistir en que ambos habían abdicado de sus poderes divinos.

Mystra negó con la cabeza, muy disgustada tanto con el juicio como con la extraña disposición de Kelemvor a creer que los cargos eran merecidos. Si ella y él no protegían a los mortales de Faerun, ¿quién lo haría?

La diosa envió un avatar a vigilar la Torre Devastada y vio que Cyric había cerrado a cal y canto todas las entradas y había apostado avatares en todo el perímetro. Al no ver razón alguna para semejantes precauciones como no fuera que ya hubiera leído el libro y estuviera preparando una refutación especial para su juicio, renunció a la idea de robarle La verdadera vida antes de que pudiera leerla.

Todo esto duró un instante, y sólo hubo una leve pausa antes de que Fzoul se atreviese a urgiría.

—Tal vez deberías irte, diosa. Mientras nosotros hablamos, Iyachtu Xvim está buscando a Helm.

Mystra hizo caso omiso de la advertencia y continuó su conversación con Ruha.

—Tengo muy poco tiempo, de modo que te lo preguntaré sin rodeos. ¿Cómo te convenció Talos para que me traicionaras?

Ruha bajó la vista, muy avergonzada.

—Tendría que haber sido más cauta, pero después de lo que había hecho Malik en el Alcázar de la Candela era proclive a creer que tú querías que le diera alcance a costa de lo que fuera.

—¿Yo?

—Sí. Cuando se hizo evidente que nunca conseguiría coger a Malik, tú…, o alguien a quien yo tomé por ti…, me proporcionó la magia para darle alcance y me dijo que la usara sin pensar en la destrucción que pudiera causar.

—Entonces, ¿Talos te engañó? —Mystra pareció más aliviada que furiosa, ya que la prueba de las acciones de Talos contribuiría a justificar su huida de la prisión de Helm—. ¡Se ha hecho pasar por mí, utilizando a mis propios seguidores para quitarme el control del Tejido!

Mystra empezó a liberar a Ruha, cortando las fuertes ataduras como si fueran hilos. Fzoul se disponía a protestar por el robo de la víctima que iba a sacrificar a su dios, pero se lo pensó mejor y guardó silencio, confiando en que Helm llegara pronto para llevarse a la diosa.

Ruha se incorporó, roja de vergüenza por haberse dejado engañar por el Destructor.

—Me di cuenta del engaño cuando me privaste del Tejido, pero no supe con certeza quién me había engañado hasta que Talos se me apareció en Voonlar y se ofreció a devolverme mis poderes.

—¿Y tú lo rechazaste? —Mystra soltó la última atadura—. ¿No lo invocaste ni siquiera después de que Fzoul te hubiera capturado?

—Su ayuda tiene un precio muy alto. —La bruja empezó a frotarse las muñecas—. Moriría antes que invocarlo.

—Estoy conmovida. —Mystra apoyó la palma de la mano en la mejilla de Ruha y su magia curó la cara magullada de la bruja—. Muchos me han abandonado en estos momentos de aflicción, hasta Kelemvor, sin embargo tú permaneciste conmigo, fiel incluso después de la injusticia que cometí contigo.

Ruha retiró la mano de Mystra de su cara.

—Te ruego que no te enfades conmigo, pero debo hablar sinceramente ante mi diosa. —La diosa le apoyó los pies en el suelo y ella se mantuvo sobre unas piernas vacilantes, mirando a Mystra francamente—. No rechacé a Talos por ti. Lo rechacé porque ya había visto la terrible destrucción que trae aparejada su ayuda. Y tú no cometiste ninguna injusticia al negarme el Tejido. Da lo mismo que fueras tú o Talos quien me proporcionó la magia para dar caza a Malik. Hice mal en usarla. Se puede usar el Tejido y se puede abusar de él, y a nosotros nos corresponde elegir nuestro destino. Yo elegí mal y tuve que sufrir las consecuencias.

Mystra casi no oyó la última frase ya que las palabras de la bruja habían hecho que la cabeza empezara a darle vueltas como un torbellino.

—¡Ruha!

La bruja palideció, pensando que el tono de Mystra era de enfado. Se dejó caer de rodillas y cogió el borde de la túnica de la señora de la Magia.

—Perdóname, diosa mía, yo no quería…

—No, Ruha. —Mystra la obligó a ponerse de pie—. Tú no has hecho nada malo, pero yo sí.

Iyachtu Xvim volvió en forma de torbellino de turbulento humo negro.

—¡Márchate, prepotente arpía! ¡Helm viene hacia aquí! —El rencoroso dios difundió una nube de humo sulfuroso por la habitación para envolver a Ruha—. ¡Y deja aquí a mi sacrificio!

Mystra cortó la apestosa hebra con un gesto de la mano y miró a Ruha a los ojos.

—Cierra los ojos y piensa en Nube de Plata.

La bruja obedeció. Un instante después estaba montada en el hipogrifo en el mismo establo oscuro de Zhentil Keep donde lo había dejado, a salvo de Iyachtu Xvim y libre para volver, feliz para siempre, a su vida de arpista entrometida.

—¡Bruja ladrona! —Xvim hizo un movimiento con la mano en dirección a Mystra y apareció una jaula de humo oscuro que la envolvió y cuyos barrotes adquirieron inmediatamente la consistencia del hierro—. ¡Cuando Helm llegue, tú también pagarás por este insulto!

—Creo que no. —Mystra salió de la prisión de Iyachtu sin darse cuenta al parecer de que los barrotes dividían su cuerpo en largas franjas verticales—. Pero si me equivoco, puedes decirle a Helm que lo estaré esperando en mi juicio.