Capítulo XXII

Si los Picos de las Tormentas no son las montañas más altas y más frías del mundo, entonces es que yo no sé nada de montañas. No son más que unos escarpados dientes de granito, donde no hay un solo árbol más alto que un gigante de fuego, pero sí un viento frío que sopla de las cumbres desiertas a toda hora del día y de la noche. Sin embargo, los bárbaros viven allí, y algunos de ellos habitaban en una pequeña aldea a horcajadas sobre un traicionero sendero de cabras al que en su necedad llamaban Camino Real. En el centro mismo de dicha aldea había una pequeña ciudadela, y por el sol negro y la calavera discretamente talladas en el arco de las puertas supe que era un templo del Uno.

A pesar del hambre y la fatiga, no tenía muchas ganas de llamar a la puerta. Desde el interior del castillo se oía un terrible aullido, y al acercarse a los muros el aire olía a muerte. Esto podría haberse debido a la última víctima que Halah se había cobrado al pasar por la aldea, pero el olor básico a podredumbre y a humedad hacían pensar en otra cosa. Sin embargo, ni siquiera esto era tan inquietante como la mosca verde que sobrevolaba la ciudadela. Era tan grande como un elefante, con patas negras más largas que lanzas y ojos como ruedas de carreta. No era la clase de mascota que los verdaderos creyentes solían tener en sus templos, al menos no en las tierras civilizadas, y a mí me resultaba difícil creer lo que veía.

Pensé en seguir adelante. Sin duda Halah era capaz, pues ya había recorrido al galope una distancia mayor que la extensión de Calimshan y parecía tan fresca como cuando salió del establo. Era yo quien necesitaba descansar. La bruja había estado siguiendo mi rastro desde que la tormenta de viento me había derribado de la montura, y ésta era la primera vez que paraba sin atisbar su presencia en algún punto del lejano horizonte. No sabía si por fin ella y su compañero habrían matado de agotamiento a su hipogrifo o si simplemente se habrían detenido a descansar, pero eso no tenía mucha importancia. Incluso con el corazón del Uno latiendo en mi pecho, dos días ininterrumpidos cabalgando me habían dejado tan exhausto que por dos veces me había caído del caballo. Sólo la protección de Tyr me había salvado de partirme el cráneo.

Halah arrancó una pierna a su víctima y empezó a mordisquear el hueso del muslo tratando de llegar a la médula. Me volví para no ver el macabro espectáculo y me dediqué a estudiar mi rastro tal como me había habituado a hacer. El río Tun serpenteaba al pie de las montañas, tan cenagoso y sombrío como la planicie del otro lado, y a lo lejos, el cielo era tan azul como el acero. Tras comprobar que no se veían por ninguna parte los tornados ni las arrolladoras inundaciones que al parecer solían acompañar a la bruja, me incliné para llamar a la puerta.

Ésta se abrió antes de que mi mano la tocara. Un anciano sacerdote que llevaba los brazaletes de plata con la calavera de un verdadero creyente asomó la cabeza y me miró. Sus ojos eran tan vacíos como un pozo seco, su carne tan gris y tan inerte como la arcilla. No sé si se daba cuenta de que las moscas le atormentaban las orejas, ojos y fosas nasales, pues no hacía el menor intento de espantarlas parpadeando o moviendo los músculos de la cara. Por lo que pude ver, incluso evitaba respirar encima de ellas.

—¿Sí?

—Cumplo con una misión del Uno y el Todo —tuve que gritar para que me oyera por encima del zumbido ensordecedor de la gran mosca que nos sobrevolaba—. Necesito comida y refugio y tal vez protección contra mis enemigos.

Echó una mirada a los restos sanguinolentos que mi caballo había depositado ante la puerta y luego volvió a mirarme a mí.

—¿Puedes pagar?

—No, pero tú sí que lo harás si me niegas tu ayuda.

Espolee a Halah, que cogió su comida y atravesó la puerta. El portero retrocedió con el paso rígido de alguien que tiene dos patas de palo o de un sonámbulo, y fue entonces cuando me di cuenta de que había estado hablando con un cadáver. Esto no me sorprendió demasiado. Más bien lo tomé como otra de las novedades de mi agotador viaje por tierras bárbaras.

—¿Qué te sucedió, anciano? —pregunté mientras desmontaba.

Su encogimiento de hombros fue el de un hombre cansado. Después miró a la gran mosca.

—Los Trastornos —dijo, como si eso explicara por qué no estaba en la tumba. Cerró la puerta y puso la tranca antes de volverse hacia mí—. El nuestro fue la pestilencia.

Eché una mirada por el patio y vi lo vacío y descuidado que parecía. En los rincones pululaban las moscas, y grillos del tamaño de gatos cantaban sobre las piedras calientes del suelo. Aunque lo que vi me sorprendió, no tenía ganas de parecer ingenuo, y de todos modos estaba demasiado cansado para hacer preguntas.

—Espero que puedas darme de comer.

El sacerdote señaló a un par de ratas que se peleaban ante una puerta abierta.

—Están sirviendo el almuerzo, si te atreves.

—No es ningún riesgo para mí —respondí, preguntándome a qué se referiría el anciano. Le entregué las riendas de Halah—. Ocúpate de que la cepillen. Dale de comer dos cabras y todo lo que quiera, y no dejes que se acerque a ella ningún niño que te caiga bien.

El cadáver andante cogió las riendas y se encaminó hacia el establo sin volver a mencionar el dinero para nada. Su cara de muerto no dejó entrever si era por mis modales o por alguna otra razón. Yo sólo sabía que mi sagrado peregrinaje y el corazón del dios que hacía circular la sangre por mis venas me convertía en la persona más importante de toda la Fe. Ahora entendía cómo se sentía el hijo del califa cuando cabalgaba en su brioso semental a través de la Ciudad de la Luminosidad, y por qué lo hacía tan a menudo. Atravesé el patio y tras expulsar de un puntapié a las ratas del refectorio, entré.

La estancia estaba en penumbra, como era habitual, iluminada sólo por un candelabro de cuatro velas que colgaba del techo abovedado. El aire olía a cerveza y a carne, y en el centro de la sala había una docena de figuras oscuras sentadas a una mesa en la que podrían haber cabido el triple de comensales. No se oía más ruido que el del movimiento de sus mandíbulas y el entrechocar de sus jarras, y si alguno de ellos alzó los ojos para ver quién había en la puerta, no lo noté.

Ocupé un asiento cerca del centro de la mesa. Al ver que ninguno de mis compañeros sabía cómo usar la cubertería de plata, utilicé los dedos para poner una tajada de carne con olor a moho sobre una rebanada de pan duro como una piedra y empecé a comer. La comida era tan detestable como la compañía, pero para alguien que durante dos días no había probado nada más que el polvo de la carretera, cualquier cosa parecía deliciosa. Devoré aquella comida repugnante como si fuera perdiz con miel, e incluso repetí.

Cuando empezó a saciarse mi apetito, la sed empezó a requerir mi atención. Al no ver ningún jarro vacío sobre la mesa, me decidí a hablar con la figura que tenía enfrente.

—No tengo con qué beber.

Una mujer con el pelo tan áspero como la paja acercó la cabeza a la mía y me dijo con expresión ceñuda:

—¿Quieres que me ocupe yo?

Me volví hacia ella.

—Consígueme algo. —Al ver que no se movía añadí—: Tengo que cumplir una misión del Uno y el Todo.

Su ceño se acentuó. Después pareció sentir en mí la presencia del Uno y suavizó la expresión. Se puso de pie, fue a un rincón oscuro y volvió con un jarro de madera que llenó con el contenido de la jarra que había sobre la mesa. La cerveza era amarga y granulosa, pues tenía el polvo que ella no había eliminado del vaso, pero después de dos días de beber sólo el asqueroso contenido de mi odre, la encontré tan refrescante como el elixir de la vida, y tanto más dulce porque me la había servido otra persona.

Me serví una tercera ración de comida, menos para satisfacer el hambre que para disfrutar de mi recién obtenido prestigio, y fue entonces cuando algo golpeó sobre la mesa.

—Pasadme un poco de perro.

La sonora voz hizo saltar a la mujer y a todos los demás tenebrosos comensales en sus asientos, y al fijar la vista en la mesa vi un círculo de esferas amarillas relucientes a la luz de las velas. Las esferas eran del tamaño de un ojo humano y todas relucían como diamantes y se movían en sus cuencas.

—¿Perro? —pregunté. Detrás de los ojos brillantes vi en la penumbra ocho piernas peludas y una forma bulbosa tan grande como la grupa de Halah. Eché una mirada a la carne grasienta que tenía sobre el pan—. ¿Esto?

—¿Esperabas que comiera rata?

—Claro que no. —Llevé la bandeja hasta donde estaba la araña y la puse sobre la mesa. También le coloqué delante un jarro de cerveza y a continuación me incliné para mirarla a los ojos—. ¿Eres tú, poderoso señor?

—Te felicito, Malik —ahora la araña hablaba con las mil voces del Uno—. Pronto serás padre.

—¿Qué?

—¡Padre, Malik! —La araña formó un círculo con una de sus patas y usó otra para hacer un gesto obsceno dentro del círculo—. Supongo que sabes cómo se convierte un hombre en padre, ¿verdad?

—¿Padre? —Me desplomé sobre mi asiento—. Pero ¿cómo? No he visto a mi esposa desde hace… ¡No! ¡Di que no es cierto!

Golpeé la mesa con el puño con tal fuerza que sólo la protección de Tyr impidió que me rompiera la mano.

—La verdad, Malik —dijo el Uno—, pensé que te alegrarías un montón. Supongo que querrás un hijo. Incluso puedo hacer que ese posible hijo se parezca a ti.

Dicho esto, la araña hundió sus colmillos en la carne y empezó a sorber el jugo, mientras yo hundía la cabeza entre las manos y empezaba a gemir. ¿Qué iban a pensar mis amigos? Eran un montón de malpensados y cínicos, y nunca aceptarían el milagro del embarazo de mi esposa. Seguramente ya me estarían llamando cornudo y haciendo los cuernos con la mano al pronunciar mi nombre.

—Deja ya tanto lloriqueo —dijo el Uno entre dientes—. ¿Qué motivo tienes para quejarte? ¿Acaso Mystra ha estado saqueando tus templos?

En cualquier otro momento, eso habría hecho que levantara la cabeza y maldijera a la Ramera, pero ahora sólo podía pensar en el buen nombre de mi esposa y en las muchas indignidades que tendría que soportar por culpa de este milagro. Ni siquiera el favor del príncipe podría salvar su reputación, ni tampoco a mi negocio, ya que los hombres prudentes nunca se asocian con aquellos que se ven envueltos en un escándalo. Golpeé la mesa con la frente.

—La insolencia de la Ramera es inaudita —gruñó el Uno, aunque, por supuesto, se refería a Mystra y no a mi esposa—. Le ordenó a Kelemvor que mantuviera a todos mis muertos aquí, en Faerun, y después enmarañó el Tejido en torno a todos mis templos.

Miré a Cyric y lo vi alzar un par de patas contra la mosca de fuera.

—Ahora mis Fieles se ven asediados por insectos gigantes, por cascadas de alquitrán hirviente y por roedores chillones. —El Uno se me acercó corriendo e hizo sonar sus mandíbulas ante mis ojos—. Nunca te metas con una mujer, Malik. Lo lamentarás eternamente.

—Por supuesto. —Fijé los ojos en la oscura superficie que había bajo mi cara—. Los milagros son cosas terribles.