Capítulo XIX

Mystra estaba en la antecámara de Adon, mirando por una ventana las tranquilas aguas del lago Hillshadow y contemplando el reflejo de su nuevo templo. Aunque todavía faltaban seis meses para que estuviera terminado, ya era un reluciente edificio de torres de alabastro, cúpulas de plata y contrafuertes de cristal que contribuían a su gran gloria. Cuando estuviera terminado, tenía pensado pedir a su patriarca que instalara en él su hogar; las vidas de los mortales no eran eternas, y Adon ya había pasado la mayor parte de la suya difundiendo su culto de un extremo a otro de Faerun.

Mystra se apartó de la ventana y encontró a un puñado de personas arrodilladas sobre el suelo de mármol, con las manos juntas en actitud de plegaria. Dos hombres llevaban la cota de mallas de los maceros, los guardianes de la ciudad de Elversult, y casi todos los demás iban vestidos con las sencillas túnicas de su propia Iglesia. Sólo un hombre no se había puesto de rodillas; tenía la piel amarilla, el pelo negro y los ojos almendrados de la raza Shou, y lucía una túnica de seda de amplias mangas que su pueblo llamaba maitung.

Saludó a Mystra con una leve inclinación de cabeza, pero no hizo ninguna otra señal de reverencia. Era el príncipe Tang, el hijo mayor de la Tercera Concubina Virtuosa del emperador Kao Tasao Shou Tang de Shou Lung, y no hacía reverencias ante ningún dios salvo que fuera de la burocracia celestial. Mystra dejó pasar aquello y se dirigió a la puerta de Adon, pues no tenía interés en explicarle al príncipe la pluralidad del ser.

Tang la interceptó, colocándose ante las grandes puertas de bronce dorado que protegían la cámara de Adon.

—Por favor, deja descansar a Adon.

—¿Qué? —Mystra no disimuló su irritación—. Te atreves a…

—He dado al honorable patriarca una poción para ayudarlo a dormir —explicó el príncipe—. Estaba sumamente perturbado.

—¿Perturbado? —Mystra todavía no conocía los acontecimientos que habían tenido lugar en la Casa Bhaskar, ya que su atención había sido requerida en otra parte cuando Adon la llamó, y luego él tenía la mente cerrada a la imagen mental que ella le envió. Se preguntaba si la poción de Tang habría causado el extraño comportamiento del patriarca—. ¿Qué le has dado?

—Una poción de hoja de lasal. Impide que los pensamientos perturbadores…

—Sé perfectamente lo que hacen las hojas de lasal, príncipe Tang. —Mystra percibía las cualidades de todas las hierbas y especias de Faerun, y sabía que las hojas de lasal se usaban para adormecer la mente. También sabía que causaban confusión y provocaban temblores musculares, y que cuando se usaban con demasiada frecuencia o en concentraciones demasiado fuertes, destruían la mente en lugar de adormecerla—. Te advierto que si has hecho algún daño a mi patriarca…

—¡Lo he ayudado! —insistió Tang—. Adon está loco. Piensa que tú lo odias e incluso ha asesinado a un hombre enfermo.

—¿Adon? ¡Adon no es un asesino!

El príncipe Tang sostuvo la severa mirada de Mystra.

—Con mis propios ojos lo vi matar a Nadisu Bhaskar.

La diosa lo miró con incredulidad, luego miró a sus acólitos arrodillados.

—¿Es cierto?

La más anciana, una mujer pelirroja llamada Chandra, asintió.

—Había un centenar de testigos. Nadisu se estaba muriendo y todos esperaban los Rituales de la Alegría…

—¿Ese hombre convocó a un centenar de personas para presenciar su muerte?

Chandra palideció al ver el disgusto de su diosa.

—Fue su esposa quien lo hizo, y Adon era el sacerdote… —Miró al príncipe Tang, y luego otra vez a Mystra—. Bueno, incluso Vaerana Hawklyn dice que el patriarca se volvió loco y aplastó la cabeza del pobre Nadisu sin razón alguna.

—Hay una razón, Chandra. —El rostro de Mystra era tan feroz como una tormenta de arena—. Su nombre es Cyric.

La diosa pasó de largo ante Tang, lo que arrancó a éste un grito, y entró en el dormitorio de Adon sin necesidad de abrir las puertas de cobre doradas. La habitación era tan majestuosa como el resto del templo, con un encofrado de roble en el techo y paredes de alabastro decoradas con bajorrelieves que representaban los milagros de Mystra. Sin embargo, la cama en la que yacía el patriarca era tan humilde como la de cualquier hombre, una simple estructura de madera y un delgado jergón de paja cubierto con una manta de algodón gris. Estaba en el otro extremo de la habitación, colocada de modo que Adon pudiera ver a través de la ventana las aguas purpúreas del lago Hillshadow entre los balaustres.

El patriarca se debatía debajo de la manta, farfullando incoherencias y tembloroso por los efectos de la poción del príncipe. Mystra buscó dentro de la mente de Adon y se perdió en un torbellino de niebla de hojas de lasal. Mantuvo el contacto con sus pensamientos y empezó a atravesar la habitación, deslizándose por encima del frío suelo de mármol tan silenciosa como un djinn.

—Adon.

La cabeza del patriarca se volvió de repente para mirarla con unos ojos rodeados de cercos rojos del tamaño de platos. Tenía las mejillas hundidas, y al verla lanzó un grito penetrante. Alguno de los que estaban fuera trataron de abrir las puertas, pero Mystra las cerró con el pensamiento y siguió avanzando hacia Adon.

Él arrojó a un lado la manta y se puso de pie sobre la cama, apuntando a Mystra con la mano como si fuera una ballesta. La diosa se dio cuenta de que el dedo donde antes lucía el anillo de estrella era ahora un muñón carbonizado. Se le cayó el alma al suelo, pues sabía que sólo Cyric podía haber hecho que el oro se calentara tanto.

—¡No te acerques, zorra!

Dentro de la mente de Adon, la diosa no veía nada más que la niebla arremolinada del lasal. Esto aumentó su ira contra el príncipe Tang, porque la niebla le impedía ver lo que estaba mal.

—Adon, no hay razón alguna para estar asustado. Soy yo, Medianoche.

—¿Medianoche? —Adon bajó la mano.

—Sí, sigo siendo yo —respondió Mystra con tono apaciguador.

Adon entrecerró los ojos y luego se los frotó.

—¡Colmillos! —dijo.

La diosa negó con la cabeza.

—No, Adon, no tengo colmillos. —Hizo un intento de acercarse—. Deja que te abrace.

—¡Garras! —gritó Adon señalando las manos de Mystra.

El patriarca se lanzó hacia el balcón, moviendo la cabeza a un lado y a otro como un animal salvaje que trata de huir, pero no encontró escapatoria. La galería daba a la orilla del lago y tenía una altura que duplicaba la de un gigante. Nada había entre ella y el suelo, sólo vacío.

Mystra abrió las manos y le mostró los dedos.

—Adon, no tengo garras. Cyric te está engañando.

—¡Fuego! ¡Veneno! —Adon se volvió para arrojarse por encima de la balaustrada.

Antes de que pudiera dar un paso, Mystra manifestó un segundo avatar en su camino. El patriarca chocó contra ella a la carrera, pero el impacto no hizo vacilar siquiera a la diosa. Lo levantó como si fuera un niño sin hacer caso de los golpes que él hacía llover sobre la cara del avatar.

—Esto es obra de Cyric y no te culpo de ello.

Mystra llevó a Adon de vuelta a su dormitorio y fue entonces cuando vio la sangre que corría entre sus dedos. Media docena de heridas, todas tan profundas y rectas como las que hubiera producido un cuchillo, se habían abierto en el hombro y en el muslo de Adon. La diosa se dio cuenta de que habían sido las manos de su avatar las que habían causado estas heridas, aunque no entendía cómo. Puso al patriarca sobre la cama. Él dio un grito y trató de tirarse de la cama, pero ella lo mantuvo en su sitio. Donde sus manos lo tocaron surgieron cuatro chorros de sangre.

En ese momento llegó una plegaria de Ruha, la bruja arpista, pidiendo orientación para usar sus poderes recién adquiridos. Demasiado atribulada por la extraña situación de Adon, Mystra sólo se dio cuenta de que Ruha pedía una señal sobre si debía usar toda su magia contra el asesino de Rinda y Gwydion. La diosa hizo bajar una estrella del cielo para dejar claro que deseaba que la bruja utilizara todos los medios a su alcance y ya no pensó más en la cuestión, pues no sabía nada del rayo relampagueante que había dado poder de destrucción a la entrometida arpista.

Mientras hacía todo esto, Mystra envió a su primer avatar a la puerta de la habitación de Adon para solicitar ayuda. El príncipe Tang entró corriendo, seguido de cerca por los guardias y los acólitos, a los que la diosa dio instrucciones de sostener los brazos y las piernas del patriarca.

—¿Qué ha sucedido aquí? —preguntó Tang mirando alternativamente a Adon y a los dos avatares de Mystra—. ¿Fue él mismo quien se hizo esto?

—No, creo que lo hice yo. —El segundo avatar de Mystra se apartó de la cama del patriarca y se fundió con el primero, que estaba situado fuera del campo visual de Adon, cerca de la puerta—. Me he convertido para él en una especie de monstruo.

Tang frunció el entrecejo.

—No lo entiendo.

—Yo tampoco. —Mystra indicó al príncipe que se acercara a ella—. La poción de lasal me impide ver dentro de su mente.

Tang se detuvo a tres pasos de la diosa y la miró con desconfianza.

—Te pido que me perdones por este contratiempo, pero no sabía que fueras a venir, venerable diosa. Sólo trataba de ser útil.

—Y lo serás, Tang —al decir esto, Mystra se volvió tan translúcida como un fantasma y apareció de repente sobre el hombro del príncipe—, eso te lo aseguro.

—¡No! Esto no está permitido. —Tang trató de retroceder, pero Mystra seguía invadiendo su cuerpo—. Soy un Shou imperial…

El último pliegue de la túnica de la diosa desapareció y el príncipe guardó silencio. Parpadeó varias veces y después estiró los brazos como se hace al levantarse de la cama.

—Esto servirá. —La voz era la de Tang, pero las palabras pertenecían a Mystra. El cuerpo del príncipe avanzó hasta llegar a la cama de Adon y se inclinó sobre él—. Ahora, mi querido amigo, veamos qué es lo que ha hecho Cyric.

Adon miró con desconfianza el cuerpo del príncipe, pero no hizo intención de desasirse de los acólitos que lo sujetaban. Los dos guardias estaban cerca, con las mazas preparadas y aparentemente incómodos. Vaerana Hawklyn les había dicho que golpearan a Adon si trataba de escapar, pero ellos eran reacios a hacer eso estando presente la diosa de la Magia.

Mystra retiró un anillo de diamantes del dedo de Tang y lo apretó entre las dos manos. Cuando el príncipe vio lo que pretendía hacer, gritó mentalmente: «¡No! ¡Es un anillo mágico de poder camaleónico!»

Mystra siguió aplastando el anillo, creyendo en su arrogancia que toda la magia le pertenecía y podía hacer con ella lo que quisiera. El diamante se hizo polvo, produciendo un olor acre, un desagradable chirrido y un destello brillante. La diosa pasó las manos por encima de Adon, cubriéndolo de pies a cabeza con resplandeciente polvo de diamante. Con esto pretendía desactivar la magia que Cyric había utilizado para volverlo loco.

—¡Veneno! —gritó Adon.

La piel se enrojeció y se llenó de ampollas llenas de pus allí donde el polvo la había tocado. Adon aulló de dolor y empezó a manotear, consiguiendo liberar un brazo y una pierna. Los dos guardias alzaron las mazas y se abalanzaron sobre él.

Mystra los miró y sus armas se transformaron en humo. Les indicó que se acercaran a Adon.

—Ayudad a sujetarlo —ordenó la diosa. Después se volvió hacia Chandra—. ¡Lávalo, rápido!

Chandra cogió la jarra de agua que había en la mesilla y la vertió sobre el cuerpo del patriarca. Adon dejó de gritar, pero miró al cuerpo del príncipe Tang como si fuera su propio asesino. Seguía teniendo la piel roja y llena de ampollas, y empezó a sacudirse de una manera incontrolable.

Nadie se atrevía a preguntar qué había sucedido, cosa que agradeció Mystra, pues no tenía respuestas. El estado de Adon no podía ser de origen mágico, de lo contrario su conjuro lo hubiera eliminado. En cuestiones como éstas, sólo Ao tenía poder para desafiarla. Cada vez estaba más enfadada con el príncipe Tang por la poción de lasal. Eso no le dejaba ver lo que andaba mal, pero si trataba de eliminar la niebla de la mente de Adon también borraría buena parte de sus recuerdos. No obstante, no estaba dispuesta a abandonar.

—Chandra, dame esto —Mystra señaló un halo solar de plata, el símbolo sagrado de la Iglesia de los Misterios que la mujer llevaba al cuello—, y abre la túnica de Adon.

El patriarca no opuso resistencia mientras Chandra obedecía. Mystra se llevó el símbolo sagrado a los labios de Tang y lo besó.

Adon abrió mucho los ojos y empezó a luchar contra sus captores.

—¡Fuego!

Mystra estuvo a punto de volverse atrás, pero pensó en la infinita astucia de Cyric y se dio cuenta de que él habría previsto su aversión a dañar al patriarca. ¿Qué mejor forma de proteger su maldición que hacerlo tras semejante escudo de dolor? Con el beso todavía reciente sobre el metal, la diosa apoyó el símbolo sagrado sobre el pecho desnudo de Adon.

Se produjo un horrible chisporroteo y Adon levantó la cabeza al tiempo que lanzaba un grito terrible. Mystra mantuvo el símbolo sobre su pecho.

—¡Quítalo! —Adon miraba a Tang a los ojos, pero Mystra sabía que la veía a ella—. ¿Qué he hecho para merecer tu odio?

Pequeñas lenguas amarillas empezaron a surgir en torno al símbolo y Adon soltó un chillido espantoso. Chandra y los demás reprimieron un grito y miraron a Mystra abriendo mucho los ojos, pero la diosa siguió ejerciendo presión con el símbolo sobre el pecho de Adon.

Dentro de su mente oía la voz de Tang: «¿Matar a tu estimado patriarca es la única manera de eliminar la maldición de Cyric?»

La diosa no le hizo caso y continuó sujetando el símbolo. Después de un rato, un círculo de llamas anaranjadas surgió en torno al amuleto y el patriarca dejó de gritar. Por un momento pensó Mystra que su plan había funcionado, pero las llamas se inflamaron más aún. El hedor a carne quemada llenó el aire y Adon vio con horror que su piel se ennegrecía y se volvía quebradiza.

Mystra retiró el símbolo.

—¡Cyric! —El grito reverberó al mismo tiempo en los nueve cielos—. ¡Has ido demasiado lejos!

«Tal vez seas tú la que ha ido demasiado lejos —sugirió el príncipe Tang—. Esa quemadura es muy grave».

Mystra abandonó el cuerpo de Tang y retrocedió para que la figura del príncipe la ocultara a la vista de Adon.

—Adon se recuperará de la quemadura, príncipe Tang, si se lo cuida adecuadamente.

—Lo curaremos en seguida —dijo Chandra sorteando a un guardia y yendo hacía la cabecera del lecho—. Tenemos a una docena de sacerdotes…

—No, Chandra. —Mystra apartó a la mujer—. Hasta que descubra qué es lo que ha hecho Cyric, me temo que nuestra magia le hará más daño que bien —dijo devolviéndole el símbolo estelar.

Chandra miró la quemadura que tenía Adon en el pecho y dudó un momento. Después venció el miedo y aceptó el símbolo sagrado. Estaba tan frío como cuando se lo había cedido.

—Pero si no curamos al patriarca…

—Adon se recuperará rápidamente atendido por el príncipe. —Mystra se volvió hacia Tang—. Es evidente que su poción de lasal le hizo efecto.

El príncipe se sonrojó, pero asintió.

—Puedo curar las quemaduras y la urticaria del estimado patriarca, pero su locura…

—Eso déjamelo a mí, pero no le des más lasal, al menos hasta que descubra lo que le hizo Cyric. —La diosa se volvió hacia Chandra—. Me llamarás con una plegaria en cuanto Adon parezca lúcido.

Chandra pareció sorprendida.

—¿No te quedarás a observarlo?

—Estaré ocupada —Mystra miró a su atormentado patriarca—, y Cyric también —añadió tras una pausa.