Capítulo XX

Primero se desató un viento tremendo a nuestras espaldas, después un muro de aire nos golpeó por detrás. Halah se tambaleó y a punto estuvo de caer, catapultándome por encima de su cruz, y me encontré colgado de sus crines y deslizándome cuello abajo hacia sus veloces cascos negros.

—¡Halah, espera! —Ya habíamos dejado atrás el mediodía y nos encontrábamos en la llanura al este del bosque de los Dientes Afilados, avanzando hacia la lejana ciudad de Berdusk a galope tendido—. ¡Para!

Halah me sorprendió obedeciendo en seguida. Me solté de sus crines y fui a parar al suelo, tambaleándome más de doce pasos en un barranco tan hondo como alto soy. Por un momento me quedé allí tirado, demasiado mareado para moverme, mirando al cielo y asombrado ante la fuerza del repentino viento. Entonces el rugido se fue aquietando y el viento empezó a arrastrar hojas, pequeñas ramas y pájaros que surcaban el aire entre chillidos. Me levanté y miré por el borde del barranco.

Inmediatamente me vi atacado por un torrente de arena y grava y me di cuenta de que no se trataba de una tormenta de polvo corriente. El horizonte occidental estaba oculto tras una cortina de polvo de gran altura.

—¡Halah, ven aquí!

Creyendo que quería que se refugiara, la yegua se acercó al trote y se metió en el barranco. Cogí las riendas y salí de la hondonada, pues era tal mi devoción que tenía intención de cabalgar en medio de la tormenta.

Halah afirmó los cascos y se negó a seguirme ladera arriba. La tormenta seguía azotando, y cuanto más se acercaba, más ensordecedora se hacía, hasta que empezaron a dolerme los oídos bajo el impulso del viento arrollador. Se me pusieron los pelos de punta y vi formas oscuras —ramas, arbustos y árboles arrancados de raíz— que eran engullidos por el torbellino de la cortina gris.

Tiré firmemente de las riendas.

—¡Halah, yo soy el jinete! ¡Haz lo que te digo!

Halah bufó disgustada y después alzó la nariz hacia la tormenta. En ese momento vi otra figura oscura en el cielo, lanzándose en picado por encima de la tormenta. Tenía la forma de una cruz, con un cuerpo macizo y dos alas emplumadas extendidas para aprovechar el feroz viento, y avanzaba con tal ímpetu que su tamaño se duplicó en un abrir y cerrar de ojos.

Incluso antes de ver el turbante de la bruja asomando sobre el hombro del jinete, supe que venían a por mí.

—¡Rápido, Halah! —Me monté saltando desde el borde del barranco—. ¡Veloz como el viento!

Y así lo hizo.