Capítulo XLI
El Serafín de las Mentiras entró en el cielo llamado Mechanus exactamente cuando y donde pretendía, de noche y encima del castillo Siemprealerta, la ciudadela de Helm el Vigilante. La fortaleza era en sí misma un cielo, o sea que era más grande que cualquier reino de Faerun. Estaba formada por seis construcciones concéntricas de cinco lados cada una. Cada cierto tiempo, un gran clanc sonaba en las profundidades del suelo que hacía que todo el reino se estremeciera y diera un giro de exactamente un quinto de círculo.
La construcción más interior era más grande que toda la Ciudad de la Luminosidad, lo cual es mucho decir, y en el centro mismo de dicha construcción estaba la amenazante torre de Helm, la Torre Vigilante. Ésta tenía cinco lados y se elevaba cinco plantas por encima de los demás edificios de Siemprealerta. El piso más alto estaba rodeado por un balcón de hierro y cerrado por paredes de cristal, y precisamente dentro de esta habitación de cristal estaba la prisión de Mystra que el Gran Guardián vigilaba montando guardia fuera, en el balcón de hierro.
El Serafín de la Muerte esperó a que Siemprealerta girara otro quinto de círculo y desplazara la atención de Helm hacia una dirección diferente y entonces descendió hasta la distancia de una alabarda de la barandilla del balcón. Allí permaneció suspendido, mirando a través del cristal de la prisión de Mystra. Parecía menos una caja negra que un cuadrado de vacío, pues daba toda la impresión de que esa parte de la cámara no existía en absoluto, y así era precisamente.
Sonó un gran clanc y la Torre Vigilante giró otro quinto de círculo.
Avner desplazó la mochila que llevaba a la espalda y se la colocó sobre el pecho. Aunque parecía vacía, llevaba en ella todo tipo de equipamiento, incluidos los artículos que había solicitado de la Sala de los Juicios de Kelemvor. El serafín sacó tres ganchos de plata y los colgó formando una larga línea en el aire. Después rebuscó en la bolsa y extrajo una esquina del espejo perfecto que había tomado prestada de la sala del trono de Kelemvor. Mientras tiraba, la boca de la bolsa no paraba de ensancharse, y aunque el espejo era el doble de alto que él no tuvo problema para sacarlo por completo.
Los engranajes sonaron y la Torre Vigilante volvió a girar.
El Serafín de la Muerte buscó detrás del espejo y encontró un hilo de oro que le había adosado a la parte trasera. Pasó dicho hilo por encima del primer gancho de plata y a continuación voló hacia atrás, tirando del espejo para sacarlo de la bolsa y pasando el hilo dorado por encima de los otros dos ganchos. Cuando acabó, el espejo estaba perfectamente colgado del aire.
La Torre Vigilante giró una vez más.
Avner se refugió detrás del espejo y a continuación buscó en su bolsa y sacó un pequeño cuadrado de cristal encantado que aplicó al reverso del espejo para poder ver lo que sucedía al otro lado. A continuación sacó un pergamino mágico, hizo con él un cono y empezó a agitar las alas suavemente para mantenerse suspendido en el sitio. Mediante un acto de voluntad redujo el ritmo de la respiración y, tras rogar a su corazón que dejara de latir tan fuerte, se dispuso a esperar.
Avner no tenía el menor deseo de dejar de ser el Serafín de la Muerte, pero sus deseos no tenían importancia. Kelemvor había cambiado, ahora lo tenían sin cuidado los ruegos de cualquier espíritu mortal. Si Avner no conseguía la libertad de Mystra y se redimía ante Máscara, el señor de la Muerte lo condenaría al mismo castigo cruel que a los demás espíritus de los Infieles.
La Torre Vigilante giró otra vez y Helm quedó situado justo delante del espejo perfecto.
—¡Alto!
Sorprendido, Helm no se dio cuenta de que estaba mirando su propio reflejo. La figura consumida que tenía ante sí era la de un guerrero medio calvo, de cara larga y hombros vencidos por el peso de la tristeza de más de un mundo.
—¿Quién va? —preguntó Helm.
El serafín se llevó a los labios el cono de pergamino.
—Ya sabes quién —dijo. Las palabras parecieron salir del espejo, ya que los labios reflejados en el cristal se movieron al son de los de Avner, y la voz sonó como la del propio Helm—. Si no puedes reconocerme es que hace mucho tiempo que no levantas tu visor.
—¿Qué? —se extrañó el dios, perplejo.
El Vigilante se inclinó por encima de la barandilla y examinó la figura más de cerca. La armadura era como la suya, pero tenía la pátina del tiempo y estaba marcada por los golpes de mil batallas. El escudo llevaba su símbolo sagrado del guantelete y el ojo, y la espada que pendía sobre la cadera del anciano tenía el mismo rubí gigante en la empuñadura. Sin embargo, este caballero no tenía el porte firme y erguido de Helm. Tenía los hombros vencidos y la espalda encorvada, y mantenía los ojos fijos en el suelo. Parecía tan solo y abandonado como cualquiera de los cautivos que habían estado alguna vez en la Torre Vigilante.
Los engranajes de Mechanus sonaron y la torre volvió a girar desplazando a Helm, que quedó mirando en una nueva dirección.
El Vigilante manifestó un segundo avatar en el balcón y se dio cuenta de que estaba contemplando su propio reflejo. Vio la barandilla en la que apoyaba la mano, y el suelo de hierro bajo los pies, y las paredes de cristal que tenía detrás… Pero hubo algo que no vio, pues Kelemvor había hecho que el espejo reflejara las cosas como eran realmente, y la prisión de Mystra estaba hecha de inexistencia.
—¡Esto no puede ser!
El Vigilante dio la vuelta sobre los talones y retrocedió un paso al ver que la caja negra seguía detrás del cristal. Se quedó mirándola un buen rato. Luego se volvió y miró el reflejo en el cristal unos instantes más. Daba la impresión de que la caja había desaparecido.
Durante todo este tiempo, Avner se mantenía en el aire, detrás del espejo, preocupado. Sabía que un dios podía crear muchos avatares, pero había dado por supuesto que Helm se limitaría a recorrer el balcón para permanecer delante del espejo. En lugar de eso, el dios había manifestado un nuevo avatar cuando la torre giró, y ahora él tenía que habérselas no con un dios, sino con dos. El castillo Siemprealerta se estremeció y los engranajes sonaron una vez más mientras la Torre Vigilante se desplazaba. Helm manifestó un tercer avatar en el balcón. Avner sofocó un gruñido. Lo único que podía hacer era esperar.
El Vigilante volvió a mirar el espejo. El reflejo de la prisión de Mystra seguía ausente.
—¿Qué clase de conjuro es éste? —inquirió Helm.
—Nada de conjuros…, a menos que Mystra haya escapado. —Avner volvió a hablar a través del cono de pergamino, aunque ahora le resultó difícil hacerlo con un tono confiado—. Sólo la magia de Mystra podría engañarte.
Al ver que Helm no respondía, Avner permaneció en silencio, dejando que el Vigilante sopesara las opciones desagradables: o bien Mystra había escapado y formulado un conjuro para crear la imagen en el espejo, o lo que Helm veía en él era verdad.
Él, el de los ojos insomnes, pasó largo rato contemplando su propio reflejo y pensando cómo podía parecer tan diferente. Se dio cuenta de que podía ser una imagen de su auténtica naturaleza, ya que tanto los mortales como los dioses seguían resentidos con él por haber obedecido la orden de Ao durante la Era de los Trastornos y haber confinado a sus semejantes en Faerun.
A pesar de todo, el Vigilante no podía creer que fuera la suya la triste figura que se reflejaba en el espejo. Al igual que los mortales que lo veneraban, aceptaba como artículo de fe que quienes cumplían con su deber siempre serían recompensados. Si esto no era así en su caso, ¿cómo podría pedir a sus acólitos que lo aceptaran con respecto a sí mismos?
Por todo ello, Helm decidió que la imagen del espejo era falsa. Esto lo tranquilizó. Significaba que seguía siendo un guardián orgulloso y que Mystra seguía prisionera en su torre, pero entonces recordó lo que implicaba semejante engaño. La diosa de la Magia no podía estar dentro de su prisión por cuanto era la única capaz de engañarlo, y estaba aislada del Tejido por las paredes de inexistencia de su prisión. Sin embargo, ¿cómo podría estar ella en otra parte cuando era imposible escapar?
Los engranajes de Mechanus hicieron que se estremeciera todo el castillo. La Torre Vigilante giró una vez más apartando a Helm del espejo. El dios manifestó un cuarto avatar sobre el balcón. Entonces, mientras éste seguía observando el espejo, los otros tres atravesaron las paredes de cristal y se dirigieron a la prisión de Mystra.
Con una sola voz llamaron a la señora de la Magia.
Mystra no respondió. Había estado escuchando todo lo que sucedía fuera y, convencida de que Kelemvor había venido a rescatarla, no tenía el menor deseo de ayudar a su carcelero.
Avner rebuscó en la mochila y sacó una pequeña sombra con forma de pájaro, un recuerdo que le había pedido a Kelemvor. La cobijó suavemente en las manos y la bañó con su aliento haciendo que extendiera las alas.
—¿Mystra? —la voz de Helm era ahora más cautelosa. Experimentado como estaba en el arte del encarcelamiento, sabía que el silencio de un cautivo podía significar muchas cosas, y la menos importante de ellas era que hubiera escapado.
»Respóndeme, señora de la Magia.
Avner abrió las manos. La pequeña sombra salió volando y gritó las palabras que Kelemvor le había oído pronunciar a la diosa en una ocasión, cuando un par de sus héroes habían destruido a un lich:
—¡Adiós. Ahí te pudras!
En seguida Helm hizo surgir de la nada un quinto avatar. Buscó el origen de la voz de la diosa, pero el recuerdo se había desvanecido en cuanto cumplió su propósito. Los tres avatares que rodeaban la prisión de Mystra desenfundaron sus espadas y se dispusieron a buscar dentro.
Avner rogó que esperasen unos instantes más. El cuarto avatar seguía observando el espejo, y él era perfectamente consciente de que no era más rápido que un dios.
Los tres avatares se arrodillaron junto a la caja de negro vacío, cada uno por un lado diferente.
Los engranajes de Mechanus volvieron a sonar y la Torre Vigilante giró, llevándose al cuarto avatar. Avner miró a los tres que rodeaban la prisión de Mystra y vio cómo se inclinaban para meter la cabeza por las paredes. Voló desde su escondite y se colocó tras uno de ellos en un abrir y cerrar de ojos. Describió una trayectoria oblicua hacia la pared de cristal y la atravesó, moviéndose con la rapidez de una piedra caída del cielo.
—¡Por aquí, Mystra! —gritó.
Antes de que Avner terminara la frase, el cuarto avatar de Helm acudió corriendo desde el balcón para interceptarlo. Esto no importó. El serafín todavía estaba volando, y cuando el Vigilante se colocó delante de él, bajó la cabeza y lo embistió.
De haber estado Helm sosteniendo la espada firmemente en la mano y con ambos pies bien apoyados en el suelo, seguramente el serafín habría rebotado en su pecho y perecido bajo la espada reluciente del dios. Pero el Vigilante todavía estaba desenvainando y volviéndose para situarse. El ataque desesperado de Avner lo desequilibró y lo hizo caer contra otro avatar.
Este impacto hizo que el avatar atravesara tambaleándose la pared de inexistencia, y Mystra vio en seguida lo que se había propuesto la voz misteriosa de fuera. La diosa se lanzó a los pies del guardián que caía y salió de la prisión por el mismo agujero por el que entraba su captor. La diosa vio al cuarto avatar de Helm que se cernía amenazante y que se le caía encima de espaldas por la fuerza del golpe del Serafín, y pensó que la empujaría y la haría volver a la caja de vacío.
Entonces el avatar se desvaneció y ella se encontró en el suelo junto al magullado Serafín de la Muerte. Mystra se dio cuenta en seguida de que había escapado, porque en el instante mismo en que el avatar de Helm cayó dentro de la prisión, el Vigilante perdió todos sus poderes divinos y sus avatares desaparecieron. Se puso en pie de un salto, convencido de que Tyr no tardaría mucho en enterarse de lo que había ocurrido y recurriría a Ao para que liberara al Vigilante. Antes de que Avner pudiera quejarse siquiera, Mystra envió a ocho avatares a Faerun para responder a las llamadas de sus Fieles y deshacer el daño que Talos había hecho a su Iglesia. Envió otro aspecto a visitar a Kelemvor en la Ciudad de los Muertos, y sólo entonces se arrodilló junto a su maltrecho salvador.
—Tienes mi gratitud, Avner. —Mystra se dio cuenta de que al golpear a Helm el Serafín se había dislocado el cuello, se había roto las dos alas y también un hombro. Mientras hablaba, la diosa empezó a subsanar todos los desperfectos—. Le hablaré a tu señor de tu valentía. Kelemvor sabrá recompensarte.
Avner negó con la cabeza.
—No… Kelemvor ya no es… mi señor. Fue Máscara quien me envió.
—¿Máscara? —La diosa enderezó el cuello de Avner, después lo rodeó con las manos y dejó que la magia curadora fluyera hacia él—. Eso no puede ser. Máscara tiene más motivos que nadie para tenerme prisionera.
—Es posible, pero no esperaba que yo lo consiguiera.
Ahora que su cuello había sido reparado, al serafín le resultaba mucho más fácil hablar. Mientras la diosa le curaba el resto de las heridas, le contó que Kelemvor había decidido reevaluar todos sus juicios como dios de la Muerte y que Máscara le había dado una oportunidad para convertirse en Serafín de los Ladrones asignándole la imposible tarea de liberarla. Cuando acabó, Mystra le había curado todas las heridas.
Se pusieron de pie.
—Avner —dijo la diosa—, no deberías ser serafín de un dios tan bajo como Máscara. Voy a interceder ante Kelemvor y seguirás siendo Serafín de la Muerte.
Avner negó tristemente con la cabeza.
—No lo creo, diosa. El señor de la Muerte ha cambiado. El antiguo Kelemvor ha desaparecido, y me temo que ni siquiera tú puedes hacerlo volver.