Capítulo XV
Abandoné la cueva con la marea de medianoche y conseguí escapar, avanzando agazapado a lo largo de la costa hasta que las luces del Alcázar de la Candela desaparecieron tras el horizonte y dejé de ver a los hipogrifos volando en círculos en el cielo. Entonces trepé por la muralla de protección y pasé horas arrastrándome entre la alta hierba costera hasta una pequeña granja con un establo maloliente. Pensando que el lugar era adecuado para descansar y poner mis pensamientos en orden, abrí la puerta y me deslicé dentro.
Me saludaron los ojos brillantes de cinco cabras y un perro sarnoso que me miraban desde debajo de la panza de una yegua de lomo combado. Con un silbido advertí a los animales que guardaran silencio y me volví para montar guardia mirando a través de un nudo de la madera. A punto estuve de delatarme con un grito.
Fuera, recortado contra una franja rosada sobre los primeros atisbos del alba, un hipogrifo solitario pasaba junto a la choza del granjero. En su lomo iban dos jinetes, el hombre que llevaba las riendas y la figura envuelta en telas de la bruja arpista. No sabría decir si habían seguido mi rastro hasta aquí o simplemente habían ampliado su radio de búsqueda, pero verlos me llenó de espanto. No tardaría en hacerse de día, y si huía, me verían atravesando la llanura abierta. Sin embargo, no podía pasarme todo el día en ese establo. Seguramente habría exploradores entre las compañías que habían acudido a defender el Alcázar de la Candela, y la luz del sol les facilitaría la tarea de seguirme hasta donde estaba.
El hipogrifo trazó un círculo alrededor de la granja pasando a una distancia inferior al largo de una espada por encima del tejado, pero no bajó a tierra. Mis enemigos buscaban a ciegas, en la esperanza de que su montura me asustara y me obligara a salir de mi escondite, o de que captara mi olor, algo que parecía imposible teniendo en cuenta el ganado que había en el establo. Me atreví a respirar otra vez, pero no aparté el ojo del agujero y di las gracias a Tymora por haber terminado de leer el diario de Rinda.
Lo había terminado en la caverna marina, a la luz de un pequeño fuego encendido con un montón de viejos nidos de rata que siempre están tan secos que se queman estupendamente. El libro era, en su mayor parte, una narración de las andanzas de Rinda en compañía de Gwydion y de sus muchas batallas con los fieles de Cyric. Por momentos, las palabras de Rinda podrían haber sido las mías, ya que había quedado aislada de Oghma tal como había estado yo de Cyric durante mi vigilia a las puertas del Alcázar de la Candela. Gwydion tampoco era un gran consuelo, ya que lo mismo que hacía de él un guardián excelente lo convertía en un compañero poco entretenido. Casi no comía ni dormía ni tenía ninguna de las necesidades que suelen tener los hombres, lo cual era una gran tristeza para Rinda, que, como mujer saludable que era, tenía sus propias apetencias. A menudo pensaba en su casa de Zhentil Keep y en los amantes y amigos que allí había conocido y que nunca volvería a ver, pero en esto éramos tan diferentes como el día y la noche, ya que yo confiaba en volver un día a ver a mi amigo el príncipe y a mi amante esposa y en darles todo lo que se merecían.
En el diario sólo se volvía a mencionar La verdadera vida de Cyric para decir que había oído que Fzoul Chembryl se había refugiado durante un tiempo en un lugar llamado Teshwave y luego había vuelto a las ruinas de Zhentil Keep para rendir culto a un nuevo dios llamado Iyachtu Xvim. Fue un gran alivio saber que mi presa era tan importante que la gente seguía sus movimientos, ya que tenía menos de diez días para completar mi viaje y encontrarlo.
Ahora tenía entre manos una misión sagrada, una búsqueda para salvar a mi dios, y aunque el Uno por el momento no apreciaba mis esfuerzos, tenía confianza en que me recompensaría con generosidad una vez que hubiera leído La vida verdadera y hubiera recuperado el juicio. La otra alternativa era demasiado terrible como para pensar en ella, aunque, por supuesto, casi no podía apartarla de mi mente. Si Cyric seguía loco cuando se reanudara su juicio, nada podría salvarnos, ni a él ni a mí. Comparados con el castigo del que me haría acreedor por desobedecer al Uno, los tormentos de la ciudad de Kelemvor me parecían gozos celestiales.
El hipogrifo voló tres veces en círculo sobre la granja, acercándose desde un ángulo diferente en cada ocasión, y precisamente se lanzaba en picado hacia el establo cuando la yegua lanzó un relincho de miedo. Esto hizo surgir varios balidos y un gruñido debajo de su panza. Di la vuelta en redondo como movido por un resorte y me llevé un dedo a los labios.
—¡Silencio! —susurré.
—La verdad, Malik, te estás volviendo un creído.
Aunque las mil voces del Uno eran apenas un susurro, sonaron en mis oídos como el rugido del viento. Un frío punzante me atenazó los huesos y vi la sombra de un hombre bloqueando el brillo dorado de los ojos de los animales. Una suave vibración sonó en el exterior cuando el hipogrifo batió el aire con las alas y voló por encima del establo. Caí de rodillas y pegué la cabeza al suelo maloliente.
—¡Poderoso señor!
Las botas de Cyric se arrastraron por la suciedad y una mano huesuda me cogió por el hombro.
—No muestres una reverencia que no sientes. —El Uno me levantó del suelo y me hizo poner de pie—. Nos rebaja a ambos, y tú, por ahora, sigues bajo la protección de Tyr.
—Pero…
—Malik, no hay de qué preocuparse. Sólo quiero saber por qué me has traicionado. —Me observó la ropa. Todavía llevaba puesto el aba de la bruja, ya que la tela oscura era un camuflaje excelente de noche—. Habla libremente. Digas lo que digas, no va a agravar tu castigo.
Le creí, pues no conocía nada que pudiera influir sobre lo que ya tenía previsto para mí. Sin embargo, era imposible hacer lo que me mandaba.
—Poderoso señor, no te he traicionado. ¿Cómo podría traicionar al dios de dioses?
El Uno me cogió por la garganta y estoy seguro de que sólo la protección de Tyr impidió que me rompiera el gaznate.
—¡No mientas, quejumbroso…! —dejó la frase sin terminar, me soltó y me dio unas palmaditas en el pecho. Arrancó el broche de la arpía de mi ropa y lo arrojó a un lado. Oí que caía sobre algo húmedo y blando, donde merecía estar—. Estoy tratando de mantener la calma, Malik. ¿Tal vez podría hacerle una visita a tu mujer?
Por supuesto, aquello era un honor inesperado para mí.
—¿Harías eso por mí, poderoso señor?
—Por supuesto, Malik —sus mil voces sonaron tan melodiosas y placenteras al oído como un coro de eunucos—. Tú sólo tienes que decirme lo que quiero saber.
—Pero si ya lo he hecho, sagrado señor —repliqué—. Un amil no traiciona a su califa pues ha invertido demasiado en él. ¿Qué esperanza puedo tener que no seas tú de recuperar todo lo que he sacrificado a tu servicio? Ningún otro dios me compensará por lo que he hecho.
Esto pareció convencer a Cyric. Una luz purpúrea llenó repentinamente el establo inquietando a la yegua y a las nerviosas cabras y el Uno fijó en mí los relucientes ojos negros y se quedó estudiándome largo rato. El perro se metió en un rincón y se escondió debajo de un pesebre donde siguió gruñendo suavemente, pero me di cuenta de que el animal no era decididamente valiente, de lo contrario no habría vivido hasta edad tan avanzada.
—Malik, ¿es posible que estés diciendo la verdad?
—Por supuesto, poderoso señor —respondí asintiendo con la cabeza.
El Uno no estaba interesado en mis tranquilizadoras palabras. Me apoyó la mano huesuda en el centro del pecho y empezó a empujar. Yo fui retrocediendo a trompicones hasta que llegué a la pared y ya no pude seguir.
—Es posible que esto te duela —me advirtió Cyric—, pero no va a matarte…, no mientras estés bajo la protección de Tyr.
Miré la garra huesuda apoyada en mi pecho y de pronto sentí que el corazón me latía como los cascos de un corcel.
—¿Q-qué vas a ha-hacer?
Cyric seguía empujando y mi esternón se curvó hacia dentro. Las costillas se abombaron hacia fuera en torno a su mano. Sentí un terrible crujido dentro del torso, como si un gigante se me hubiera puesto de pie encima del pecho, y dejé de respirar. El corazón latía más y más fuerte. Cada vez que el órgano se expandía, sentía que tocaba al mismo tiempo el esternón y la columna, y pensé que el Uno se proponía aplastarme dentro de mi propio cuerpo.
Entonces su mano se volvió tan espectral como un fantasma y se introdujo en mi pecho, de modo que sólo podía ver su muñeca pegada a mi esternón. Sentí el cuerpo frío y entumecido, y el dolor desapareció. Con cada latido sentía su mano apretando los músculos esponjosos. A cada contracción la presión de sus dedos se hacía más fuerte.
—Más fuerte de lo que pensaba —dijo—. Es posible que eso no sea bueno. Los corazones resistentes son para Tempus y Torm, no para mí.
Se me doblaron las rodillas. Caí contra la pared y me desplomé. No podía hacer nada. El calor volvió a inundar mi cuerpo y un retumbo sordo me llenó los oídos al tiempo que sentía un vacío extraño en medio del pecho. El caballo emitió un relincho y el viejo perro se atrevió a ladrar, y aun antes de haberlo visto, ya sabía que el Uno tenía mi corazón en la mano.
El espectáculo no fue tan macabro como imaginaba. Me recordó a una esponja pequeña y palpitante, salvo que cada vez que latía lo que salía por sus poros no era agua sino sangre.
—¡En nombre del Uno! —No estaba en condiciones de pensar en lo que decía—. ¡Soy sólo un pobre mortal! ¡Devuélvemelo!
Cyric ni siquiera me miró, pero se llevó mi corazón a la boca y le dio un bocado. Lancé un grito que sin duda habría despertado incluso al perezoso granjero que no se levantaba antes del amanecer a vigilar a sus animales, y entonces vi que el Uno escupía el trozo que había mordido.
—¡Aajj! ¡Está fresco!
—Claro que está fresco —respondí—. Me lo has sacado del pecho.
—No es eso lo que quiero decir. —Cyric me cogió por la ropa y me obligó a ponerme de pie. Tenía la boca manchada de sangre y no pude soportar mirarlo a la cara—. Estás diciendo la verdad.
—No me atrevería a mentir. ¡A mentirte a ti!
—Por supuesto que sí. —Cyric me apoyó en la pared. Creo que tenía miedo de que me cayera otra vez. Se apartó de mí y meneó la cabeza. Cuando habló lo hizo con una sola voz aguda—. No tiene sentido. No tiene sentido.
Miró hacia el techo y él mismo se dio la respuesta con una voz atronadora y demoníaca.
—No seas necio. ¡Ya sabes lo que está pasando!
Cyric giró sobre los talones y habló mirando al suelo, esta vez con un suave tono femenino.
—Malik siempre ha sido tu más devoto adorador. —Éstas fueron las palabras exactas del Uno y el Todo, y no he modificado ni una sola sílaba—. Es sincero contigo. Tú mismo lo has probado.
—¡Pero todos nos han traicionado! —ahora la voz de Cyric era profunda y furiosa—. ¡Hasta Oghma lo dijo!
Otra voz diferente salió de los labios del Uno.
—¡Dijo que eso parecía! —Esto lo dijo mirando al rincón donde estaba el perro, que dio un gemido y se apretó más contra la pared—. ¡Y dijo que teníamos que averiguar el porqué!
Dicho esto, el Uno hundió la mano que le quedaba libre en su propio pecho y sacó una masa amorfa como la cuajada y de un color oscuro como el de granos de café tostado. Más que latir parecía sorber entre los dedos, y en todo Faerun no había nada que oliera tan fuerte. Las cabras doblaron las patas delanteras y frotaron los hocicos en la tierra sucia. De la garganta de la yegua salieron unos sonidos ahogados y el perro salió de debajo del pesebre e hizo lo que yo mismo habría hecho de no haber estado tan asustado.
Cyric se llevó a la boca esa masa pútrida, le dio un mordisco y se lo tragó.
—¡Podrido! —anunció esta vez con sus mil voces, todas ellas bastante satisfechas al parecer—. Podrido hasta la médula.
Una vez recuperado el autocontrol, el Uno complació al caballo y al perro volviendo a mi lado del establo. Me puso el repugnante corazón delante de la cara.
—¿Te apetece? —preguntó.
Yo, por supuesto, estaba demasiado abrumado para responder. El número de mortales invitados alguna vez a compartir una comida con su dios puede contarse con los dedos de una mano, pero ¿a qué hombre se le habría ofrecido un honor como éste? Durante mucho tiempo, lo único que pude hacer fue mirar aquella masa informe y pensar en las muchas ventajas de darle un bocado al corazón del Uno: fortaleza inquebrantable o una vida libre de enfermedades… ¿Tal vez la mismísima inmortalidad?
El órgano estaba ahora tan cerca que pude ver que estaba surcado de largas hebras blancas y que éstas se retorcían con vida propia. Eran los espíritus de todos los dioses a los que Cyric había matado al transformarse en el Uno, pero en ese momento yo no lo sabía y confieso que se me revolvió el estómago. De todos modos, cerré los ojos y abrí la boca tratando de no pensar en el hedor mientras bajaba la cabeza para participar en el maná de mi dios.
Pero ¿acaso he sido alguna vez un hombre fuerte? En cuanto mis labios tocaron la inestable masa, me empezó a dar vueltas la cabeza, empecé a verlo todo negro y un silencio ensordecedor me llenó los oídos impidiéndome oír el latido de mi propio corazón que el dios tenía en la otra mano.
Cuando abrí los ojos, estaba caído contra la pared y el Uno se encontraba sentado ante mí con las piernas cruzadas. Todavía sostenía los dos corazones y movía las manos hacia arriba y hacia abajo como sopesando la diferencia.
Miró la masa babosa que tenía en la mano izquierda.
—Yo creía que no —murmuró negando con la cabeza antes de alzar la vista—. Malik, ¿de qué me está advirtiendo Oghma? ¿Qué hay de malo en mí?
Como muchas veces me habían hecho preguntas similares amigos poderosos en Calimshan, sabía que lo que se esperaba no era una respuesta sincera. Me atreví a apoyar una mano tranquilizadora sobre el brazo del Uno cuidando de no tocar el corazón.
—Nada —respondí. Mi intención era parar ahí, pero la verdad salió a borbotones de mis horrorizados labios antes de que supiera lo que estaba diciendo—. Nada que no pueda arreglarse, poderoso señor. Tu corazón está podrido porque has traicionado a tus fieles y has faltado a tus deberes, eso es lo que Oghma trata de decirte.
La mano de Cyric se cerró en torno a mi corazón. Sabía que su intención era aplastarlo, lo cual significaría mi muerte, sin duda, cuando Tyr hubiera abandonado mi protección, pero no pude parar de hablar.
—Te encierras en la Torre Devastada…
—¡Castillo del Trono Supremo!
—… y te engañas creyendo que manejas a los otros dioses como marionetas. Cuando se niegan a obedecer tus órdenes, dices que están celosos de tu poder, pero hasta los mortales sabemos que se ríen a tus espaldas…
—¿Que se ríen?
La fuerza del bramido de Cyric me estampó contra la pared, y supe que ni siquiera la protección de Tyr iba a salvarme de la furia del Uno. Incliné la cabeza.
—Perdóname, poderoso señor. —Mi voz era tan baja y aguda como la de un niño asustado—. No sé qué se apoderó de mí.
—El conjuro de la verdad de Mystra —masculló entre dientes. Entonces, una tras otra, sus mil voces empezaron a reír y no tardaron en convertirse en un ciclón de risas incontroladas—. ¡Ella me ha salvado!
—¿Que te ha salvado?
El Uno dejó caer nuestros corazones en el sucio suelo y me cogió por los hombros.
—¡La magia de Mystra estaba pensada para un dios, y tú no eres más que un mortal! —Jamás había oído hablar antes de su magia de la verdad, pero mi lengua desatada no permitía albergar dudas sobre su significado—. No puedes mentir ni siquiera aquí, en Faerun.
Gruñí contrariado. Ésas no eran buenas noticias para un mercader.
—¡Tenías que decirme la verdad! —Cyric se reía a carcajadas—. ¡Y ahora la verdad me salvará! —Después de un rato por fin consiguió el Uno controlar su alegría y recogió mi corazón—. ¿Qué voy a hacer ahora? —preguntó mientras le limpiaba la suciedad.
—¿Me preguntas a mí, poderoso señor?
Cyric asintió.
—Sí, y dame una respuesta sincera.
Otra vez tuvo un ataque de alegría que me dio tiempo para pensar, y cuando dejó de reír, yo tenía una buena respuesta preparada.
—Mi padre solía decir: el camello teme a su jinete no porque el jinete quiera que así sea, sino porque lo conoce.
El Uno me miró, pero no había carne cubriendo su calavera y no pude ver, su confusión.
—¿De qué demonios estás hablando, Malik?
—El camello no teme la fusta de su jinete. Una tunda no significa nada para una criatura con un pellejo tan duro. Lo que teme más bien es al jinete, porque lo ha visto comer camello.
El Uno siguió mirándome hasta que consideré necesario darle una explicación.
—Verás, poderoso señor, tú eres el jinete…
—Lo sé, Malik. Soy un dios, ¿acaso lo has olvidado? Lo que quieres decir es que debo hacer algo para recordar a mis inferiores lo peligroso que puedo ser.
—Sí.
—Y sé precisamente cómo. —Una luz roja apareció en los ojos de Cyric—. ¡Adon!
—¿El patriarca de Mystra? —Yo conocía el nombre de Adon por el diario, porque él había hecho mucho por ayudar a Rinda y a Gwydion poco después de la destrucción de Zhentil Keep, e incluso lo había dispuesto todo para que pasaran un mes aproximadamente en una pequeña aldea llamada Tegea—. Pero seguramente Mystra habría puesto muchas salvaguardas sobre…
—Deja que yo me ocupe de eso. Tú limítate a volver. —En este punto, el Uno vaciló. El encantamiento de Oghma todavía estaba vigente y él no podía recordar dónde estaba escondido el Cyrinishad—. Vuelve a donde mataste a Rinda y consigue el Cyrinishad.
—Como… —iba a decir «ordenes», pero me había olvidado del conjuro de Mystra; se me torció la lengua y en lugar de eso dije la verdad—: debes saber, no tengo intención de volver al Alcázar de la Candela. Voy a Zhentil Keep.
—¿Qué? ¿A Zhentil Keep? —El rugido del Uno hizo que el perro empezara a arañar las paredes del establo—. ¿Para qué?
No dije nada, pues sabía que si hablaba no diría nada más que la verdad.
—¿Y bien?
Seguí sin responder.
Cyric me estuvo estudiando un buen rato. Me encontraba incómodo y miré hacia otro lado mientras veía mi corazón latiendo en su mano y me preguntaba si lo recuperaría alguna vez. El Uno siguió mi mirada y también miró mi corazón, y después de un instante cerró sonoramente su descarnada mandíbula.
—Ya veo. No me lo puedes decir. —Volvió a buscar mi mirada que yo mantuve obstinadamente fija en mi corazón—. ¿Qué puedo hacer entonces, Malik? ¿Confiar en ti?
—Haga lo que haga, lo hago por tu propio bien —dije, y el conjuro de Mystra me obligó a añadir:
»Y porque es la única manera de salvarme.
Cyric se llevó mi corazón a la boca. Hice una mueca y miré a otra parte porque pensé que le daría otro mordisco, pero se limitó a tocarlo con su larga lengua y a hacer un gesto de desprecio.
—Supongo que debo confiar en ti. Tu corazón es veraz —pronunció estas palabras como si fueran una profanación—. Eso explica tu fracaso en el Alcázar de la Candela. ¡Posiblemente Rinda ni siquiera tenía el Cyrinishad! ¿Cómo decís vosotros, los comerciantes? ¿Un ladrón roba primero el baúl cerrado?
Asentí, pues aquél era uno de los dichos favoritos de mi padre. Significa que un hombre sabio no esconde su oro en el lugar esperado.
—¡Eso es! ¡Ella llevaba un señuelo! —Cyric dio un salto y a punto estuvo de pisar la masa viscosa de su propio corazón que había dejado en el suelo—. Y escondió el Cyrinishad en Zhentil Keep. ¿Es correcto?
Apreté la mandíbula y me sentí muy aliviado al notar que no me sentía compelido a responder. La magia de la Ramera me obligaba a ser sincero cuando hablaba, pero no me obligaba a hablar contra mis deseos. Al menos me había dejado esa libertad.
Al ver que no respondía, Cyric lanzó una risita de deleite.
—¡Brillante! —Se agachó y me levantó del suelo—. Pero necesitarás ayuda para llegar a Zhentil Keep antes de mi juicio.
—¿Me llevarás allí, entonces?
—Sabes que no puedo, Malik. Nunca encontrarías el Cyrinishad. La magia de Oghma todavía me impide descubrirlo. —Me puso el corazón en la mano y se volvió hacia la vieja yegua. El animal piafó, levantó la cabeza y lo miró con sus grandes ojos redondos—. Pero puedo asegurarme de que tengas una buena montura.
—¿Una buena montura? —Bajo ninguna circunstancia se podría llamar a aquella gruñona de lomo combado una buena montura, aunque yo ya tenía intenciones de hacerme con ella porque daba la impresión de ser un animal al que incluso yo podría controlar—. Si por lo menos quisieras ayudarme con el bocado, poderoso señor.
—¿El bocado? ¿Para un animal tan vigoroso como éste? —Cyric se acercó a la yegua.
La pobre bestia temblorosa reculó contra la pared, y las cabras corrieron hacia el lado del establo donde yo me encontraba y cogieron del suelo el corazón del Uno. Incluso cuando tienen miedo, las cabras son animales voraces capaces de devorar cualquier cosa.
Cyric cogió a la yegua por las crines y atrajo la cabeza del animal a su boca. La pobre bestia se asustó tanto que de una coz arrancó un tablón de la pared. Por el agujero abierto entró la luz dorada de la mañana y se mezcló con el purpúreo resplandor que el Uno había encendido antes. Nuestro señor oscuro mordió una vena del cuello del animal, que lanzó un grito tan agudo como el de un halcón, aunque cien veces más alto. Me resonaron los oídos. El perro abandonó corriendo su escondite debajo del pesebre y las cabras balaron y dieron topetazos contra la puerta en su furia por escapar.
La sangre brotó de la garganta de la yegua con más ímpetu del que Cyric esperaba. Lo salpicó en el mentón y cayó en cascada al suelo. El animal se debilitó y empezó a tambalearse, pero el Uno siguió bebiendo, obligando a la yegua a arrodillarse en un charco humeante de su propia sangre. Al ver esto, mi delicado estómago amenazó con volver a traicionarme, de modo que me di la vuelta y apoyé la cabeza contra la pared. A través de una hendidura entre las tablas vi a un anciano de pie. Sostenía una ballesta cargada en sus manos temblorosas, pero tenía la boca abierta y daba la impresión de que el miedo le tuviera los pies clavados en el suelo.
—¡Malik! Deja ya de soñar despierto. Trae el arnés.
Sosteniendo el corazón en el hueco del brazo cogí el arnés de un gancho que había en la pared y se lo alcancé. El animal había dejado de resistirse, y ahora Cyric estaba encima de ella, sosteniéndola de la garganta con la muñeca herida. Un líquido blanco y pegajoso fluía de su herida hacia la de la yegua y esto parecía transmitirle fuerzas: el lomo hundido se enderezaba, el cuerpo enclenque se robustecía y fortalecía y el pelaje deslucido se volvía brillante y reluciente.
Cyric apartó la muñeca del cuello del animal. Tanto su herida como la de la yegua dejaron de sangrar, y los ojos del animal se volvieron tan azules como zafiros. Sus belfos se retrajeron dejando ver unos dientes afilados y amenazantes como los de un tiburón. De sus fosas nasales salían nubes de vapor frío cuando alzó la cabeza y me miró.
—Está esperando que le pongas nombre. —Cuando el Uno dijo esto, me cogió el arnés de la mano y le arrancó el bocado antes de deslizárselo por encima de la cabeza—. Eres tú quien debe ponerle un nombre.
—Halah. —Elegí este nombre no por su significado, que era «ágil», sino porque me recordaba a mi esposa, cuya belleza se parecía a la de la yegua en más de un sentido—. Tu nombre es Halah.
Halah relinchó suavemente, y el sonido era como el frío repiqueteo de las cadenas de un cautivo. Dobló las patas y se puso de pie, tirando al Uno de su cuello como si no pesara nada.
—Hazte a un lado —ordenó—. Tiene hambre.
Apenas tuve tiempo para apartarme de un salto antes de que Halah atravesara el establo y arrinconara a las cabras contra la pared. Las mató a las cinco en un frenesí de dentelladas y coces y luego se volvió hacia el gemebundo perro, que al ver cuál era su intención, salió disparado de su escondite y escapó a través del agujero que había abierto antes la yegua en la pared. El animal se detuvo antes de llegar allí, aunque estoy seguro de que podría haberla derribado, y volvió hasta las cabras muertas.
—Nunca le impidas comer —me advirtió Cyric—. Puedes hacerla cabalgar día y noche a galope tendido, pero cuando tenga hambre, no te interpongas.
Aparté la vista de las cabras, a las que se estaba comiendo con pezuñas, cuernos y piel.
—No creo que pudiera —dije.
El Uno estiró la mano y cogió mi corazón.
—Con esto seguro que no. Tendremos que darte algo más fuerte.
—¿M-más f-fuerte?
—Yo te guardaré éste. —La mano de Cyric se volvió translúcida, entonces se metió mi corazón en su pecho y sacudió la cabeza como si acabara de comer algo amargo—. Incluso podría serme de ayuda si tienes razón sobre lo que dijo Oghma.
Me miré el pecho, en cuyo interior había un hueco que yo sentía tan grande como todo el establo.
—No hay de qué preocuparse, Malik. Puedes usar el mío hasta que terminemos. —Cyric cogió su propio corazón de mi mano, después arrancó las hebras blancas de la masa babosa y se las metió en la boca—. Pero no sería prudente dejar a éstos contigo, ¿no te parece? Menudos problemas podrían ocasionar.
Miré cómo arrancaba la última de las hebras y se la tragaba y entonces caí de rodillas.
—¡Por favor, poderoso señor, no soy digno! Deja que me quede con mi propio corazón.
Cyric me cogió por un hombro.
—Deja ya de gimotear, Malik. —Me metió la mano en el pecho y con ella su fétido corazón—. Esto es por tu bien.