23. Preparativos para la última aventura de Catalina en el Perú

Las relaciones de Catalina con el alcalde no estaban destinadas a terminar aquí. Este había advertido algo en el porte del joven caballero que le hizo lamentar haberlo tratado con dureza o haber dirigido, durante unos momentos, tal acusación contra tal persona. Por ello envió a su primo, Don Antonio Calderón, a que presentara sus excusas y, al mismo tiempo, invitase al forastero, cuyo rango y calidad sentía no conocer, a que le hiciese el honor de venir a cenar con él. Estas explicaciones, y el hecho de que ya Don Antonio hubiera proclamado su propia condición de primo del magistrado y de sobrino del Obispo del Cuzco, obligó a Catalina a responder, después de dar las gracias al caballero por sus amables atenciones: «Yo tengo el rango de alférez en el servicio de Su Majestad Católica. Soy de Vizcaya y ahora me encamino al Cuzco por asuntos personales». «¡Al Cuzco!», exclamó Antonio; «¡y sois de la querida, de la hermosa Vizcaya! ¡Qué buena suerte! Mi primo es vasco como vos; como vos parte para el Cuzco mañana por la mañana; si os place, señor alférez, viajaremos juntos». Así quedó acordado. Después de sus encuentros con «testigos de balcón» y buscadores de «caballos tuertos», viajar, no ya con un hombre justo, sino con la idea abstracta y la alegoría a caballo de la justicia resultaba muy agradable para el escamado portaestandarte; acompañó pues, de buena gana, a Don Antonio a casa del magistrado, que se llamaba Don Pedro de Chavarria. Fue recibido con toda distinción; el alcalde reiteró personalmente a Catalina su pesar por la ridícula escena que provocaran los dos picaros oculistas, y le presentó a su esposa, una espléndida belleza andaluza con quien llevaba casado alrededor de un año.

Hay buenas razones para describir a esta dama, y el comentador francés de las memorias de Catalina trata el tema con amplitud. Reunía, nos dice, la dulzura de una dama alemana con la energía de una árabe: combinación difícil de imaginar. «En cuanto a sus pies», añade, «no digo nada porque casi no los tenía». Je ne parle point de ses pieds; elle n’en avait presque pas. «¡Pobre señora!», dirá algún rústico de buen corazón: «¡no tenía pies! ¡Qué lástima que una mujer tan bella estuviese tan cruelmente mutilada!» Mi querido rústico, te equivocas de medio a medio. El francés cree haber hecho el mayor de los elogios. Sin embargo la dama debe haber sido muy hermosa, y supongo que era una Cenicienta, aunque no una Cenicientilla, puesto que tenía los andares inimitables de las mujeres andaluzas, que resultan imposibles si no existe una base más o menos proporcionada que los sostenga.

Las razones que hay (como he dicho) para describir a esta señora surgen de su relación con los trágicos acontecimientos que siguieron. Ella, con su criminal ligereza, fue la causa de todo. Y aquí debo advertir al bellaco moralizante que está a punto de cometer dos errores: primero, creer que se le invita a leer una licenciosa historia de amor, por el interés que pueda tener; segundo, o bien unas páginas de las memorias de Doña Catalina, que tienen por objeto aliviarlas de su carácter demasiado marcial. Tengo el placer de asegurarle que se halla tan sumido en las tinieblas del error que cualquier cambio en sus opiniones, a la derecha o a la izquierda, será sin duda para bien: es imposible que haga el más leve movimiento sin corregirse, lo cual es una perspectiva deliciosa para un espíritu de moral y bellaquería. En cuanto al primer punto, todo atisbo que tenga de un amor licencioso, tal como el que alguna vez ofrecen los tribunales, tendrá por único fin hacer inteligibles los hechos ulteriores que dependen de él. En segundo lugar, por lo que toca a la peregrina idea de que Catalina deseaba adornar sus memorias, debe saber que tal práctica no existía entonces, sobre todo en la literatura española. Sus memorias están cargadas de electricidad por los hechos que las conforman; de otra parte, en la manera de contar estos hechos, son de una sistemática sequedad.

Pero volvamos a nuestro relato. Don Antonio Calderón era un caballero noble y bien parecido. Durante la cena Catalina se dio cuenta, por la forma como se trataban este caballero y la señora, la hermosa mujer del alcalde, que había entre ellos un entendimiento ilícito. También comprobó lo mismo en el furtivo idioma de los ojos. Le asombró que el alcalde fuese tan ciego, aunque uno o dos días después tendría buenas razones para cambiar de opinión. Hay quienes lo ven todo y hacen creer que no ven nada. Sin embargo la intriga le tenía absolutamente sin cuidado a ella, que la hubiera olvidado por completo a no ser por los terribles acontecimientos del viaje.

La marcha, aunque constante, fue muy lenta. Los caminos eran pésimos y se pensaba que ocho horas de viaje eran más que suficientes para hombres y bestias; el resultado de esas ocho horas eran unas diez a doce leguas —cada legua equivale a dos millas y cuarto. El penúltimo día de viaje el grupo, que estaba formado por las mismas personas que cenaran juntas poco antes, llegó a una pequeña aldea situada a unas diez leguas del Cuzco. El corregidor del lugar era amigo del alcalde y, gracias a su influencia, consiguieron un alojamiento mejor al que solían obtener, ya sea en tugurios que se titulaban a sí mismos ventas o en el rincón más abrigado de algún establo. El alcalde debía dormir en casa del corregidor; los jóvenes caballeros, Calderón y nuestra Catalina, tenían habitaciones en la locanda pública; para la dama se había reservado un pequeño pabellón en un jardín cerrado. Este pabellón parecía un juguete; pero como era verano y la casa estaba rodeada de flores tropicales, la señora lo prefirió (a pesar de su soledad) a la húmeda mansión del personaje oficial que, en su modesta opinión, era tan mohoso como su casa, que no lo era mucho menos que él.

Después de cenar alegremente en la locanda, y quizá de burlarse un poco de Su Excelencia el corregidor como de un eco lejano de Don Quijote (que comenzaba entonces a hacerse popular en América Española), el joven caballero Don Antonio, que no era un oficial, y el joven oficial Catalina, que en realidad no era un caballero, se dirigieron al pequeño pabellón del jardín florido con el propósito de presentar sus respetos a la belleza que lo presidía. Fueron recibidos graciosamente y tuvieron el honor de encontrarse con Su Humedad el alcalde y Su Mohosidad el corregidor, cuya conversación debía sin duda ser edificante, pues era todo menos entretenida. Cómo pudieron resistir a dos pesados tan abrumadores ha sido un misterio durante dos siglos. Lo cierto es que los soportaron, pues la reunión no cesó hasta sonadas las once. No fue cosa de «tomar el té e irse», pues el irse era de rigor pero no el tomar . Sin embargo Catalina, por mera casualidad, tuvo ocasión de observar algo, y no lo observó sin pena. Los dos funcionarios ya se habían despedido y bajado las escaleras que llevaban al jardín. Catalina, que había olvidado su sombrero, regresó al pequeño vestíbulo a buscarlo. Allí estaban la dama y Don Antonio, que cambiaban unas últimas palabras (fueron las últimas) y unas últimas señales. Entre éstas, Catalina advirtió claramente una, que comprendió no menos claramente. En primer lugar la señora, levantando el índice, hizo notar a Calderón que el gesto que iba a hacer tenía un significado; luego, apagó una de las velas. El joven respondió con una mirada que había entendido, y los tres bajaron juntos los escalones. La señora quería tomar un poco de aire fresco y los acompañó hasta la puerta del jardín; al pasar por el sendero Catalina notó otra señal de mal augurio, que la hizo pensar que no todo andaba bien. Durante un momento distinguió dos ojos brillantes en un arbusto, e inmediatamente después un crujido. «¿Qué es eso?», preguntó la dama; Don Antonio contestó despreocupadamente: «Un pájaro que levanta el vuelo entre los arbustos». Pero los pájaros no gustan de quedarse en vela hasta medianoche; los pájaros no usan florete.

Como siempre, Catalina lo había adivinado todo. No se le escapaba el menor indicio, el menor ruido. Por consiguiente, al llegar a la locanda, sabiendo todo lo que iba a ocurrir con sus puntos y comas, no fue a acostarse sino se quedó caminando ante la casa. No tuvo que esperar mucho; quince minutos después se abrió la puerta silenciosamente y apareció Calderón. Catalina fue hasta él y le cerró el paso, diciéndole en tono risueño que no convenía a su salud que saliera esa noche. El joven dio muestras de impaciencia ante lo cual Catalina, con toda seriedad, le comunicó sus sospechas y su certeza de que el alcalde no era tan ciego como parecía. Calderón le agradeció por sus informaciones; estaría sobre aviso; luego, para evitar nuevos consejos, dio media vuelta y se perdió en la oscuridad. Catalina estaba demasiado segura del desmán que se preparaba como para dejarlo de esta manera. Lo siguió al momento y entró sigilosamente al jardín, casi al mismo tiempo que él. Ambos se escondieron detrás de los árboles. Calderón sólo tenía ojos para la luz de las velas, Catalina estaba al acecho de cualquier circunstancia que dirigiera sus movimientos. Las velas brillaban en el pequeño pabellón. Por fin se apagó una de ellas. Calderón se llegó a los escalones, los subió de un salto y entró al vestíbulo. Catalina fue tras él. Lo que siguió fue una sola escena de mudo, incesante horror: las diversas pasiones del pánico, el duelo a muerte, la maldad diabólica, sofocaron enteramente toda palabra articulada.

En los primeros momentos se oyó un ruido ahogado, como de una fiera que trata en vano de gritar sobre la criatura que estrangula. Luego atravesó el umbral, tambaleándose, una masa negra y jadeante que se separó un momento en dos figuras que se volvieron a unir, se separaron otra vez y al fin rodaron juntas los escalones. Surgió entonces una silueta de blanco. Era la infeliz andaluza que, al distinguir a Catalina, corrió basta ella sin decir palabra. Compadecida de la agonía de su horror, Catalina la envolvió en su propia capa y la hizo cruzar la puerta del jardín. Calderón ya había muerto y el alcalde enloquecido se levantaba para perseguir a su mujer. Pero Catalina, previendo lo que iba a hacer, se había acogido silenciosamente a las sombras del muro. El desesperado miró el camino que conducía a la aldea y, al no ver nada que se moviera, volvió por alguna razón a la casa. Catalina aprovechó ese momento para ganar la locanda, con la señora a su lado todavía acezante de horror. ¿Qué hacer? Pensar en esconderse en este villorrio era inútil. El alcalde era un personaje poderoso en el lugar y sin duda mataría a su mujer donde la encontrase. La generosidad de Catalina no le permitía consentir en este propósito criminal. El convento principal del Cuzco estaba regido por una pariente cercana de la andaluza; en él buscarían amparo. Catalina ensilló rápidamente su caballo, puso a la dama en la grupa y se lanzó al galope en medio de la oscuridad.