11. De la malignidad del mar a la malignidad de hombres y mujeres

Lo primero que hace una señorita en un apuro como éste, aun cuando sea un señor, es tratar de vestirse con elegancia. Catalina nunca se olvidó de eso. El hombre que mandó llamar no era propiamente un sastre, sino alguien que empleaba sastres, proporcionándoles los materiales. Se llamaba Urquiza, lo cual nos importaría muy poco en 1854 si sólo hubiese estampado su nombre al comienzo y al final de la pequeña cuenta que presentó a nuestra amiga. Por desgracia para el debut de Catalina en el vasto escenario americano, no fue así. El señor Urquiza tenía la desdicha (tan frecuente en el Viejo Mundo como en el Nuevo) de ser un bribón y un redomado bribón de siete suelas. Catalina, a quien había sentado muy bien la dieta marinera de galleta y privaciones, estaba cada vez más fuerte y hermosa; no se cuidaba de ello ni se envanecía en lo más mínimo, pero su aspecto era, en verdad, magnífico. Una vez vestida como convenía a un oficial del servicio quedó convertida en la viva imagen[2] de un caballero español. Es extraño que esta categoría y esta apariencia pudiesen despertar en Urquiza la presuntuosa idea de contratar a Catalina como empleado suyo. Así fue, sin embargo, quizá porque Catalina tenía muy buena letra; todavía más extraño es que ella aceptase la propuesta. Esto pudo deberse a que en esos tiempos era muy difícil viajar por el Perú. El barco en que naufragara Catalina sólo traía provisiones a Paita; no había en los alrededores ningún cuerpo del ejército real y algo tenía que hacer de inmediato para ganarse la vida. Urquiza era dueño de dos establecimientos comerciales —uno de ellos en Trujillo, al cual se dirigió en cuanto Catalina aceptó hacerse cargo del otro, en Paita. Catalina, con la sagacidad que siempre le hemos conocido, pidió instrucciones detalladas que la orientasen en el cumplimiento de sus nuevos deberes. Como vemos, lleva corrido mucho mundo: después de rezar el rosario en San Sebastián y maniobrar con verbos irregulares en Vitoria, ha sido paje de un gentilhombre en Valladolid y marinero de Su Majestad Española en el Cabo de Hornos; ahora, tras lidiar con tempestades y tiburones en la costa del Perú, inicia en Paita su carrera de tenedor de libros o commis de un vendedor de paños. Todo ello viene a confirmar lo que dijimos cuando escapó del convento: Catalina era una muchacha muy diestra. Las instrucciones del señor Urquiza eran breves, fáciles de entender y algo cómicas; sin embargo, aunque parezca sorprendente, sus resultados fueron trágicos. La tienda tenía dos deudores (esperemos que muchos más, pero estos dos merecían especial atención) acerca de los cuales Urquiza dejó instrucciones completamente opuestas. El primero era una dama de gran belleza; con ella la norma era que se le debía conceder un crédito ilimitado, enteramente ilimitado. Esto parecía claro. El otro cliente de quien se acordó el señor Urquiza al despedirse era un primo de la hermosa señora, que se llamaba Reyes. Este joven gozaba en el aprecio del comerciante de la misma consideración hiperbólica pero al lado opuesto de la ecuación: con él, la norma era que no se le debía otorgar ningún crédito, absolutamente ninguno. Catalina tampoco vio en ello dificultad alguna y cuando comenzó a conocer un poco al señor Reyes se dio cuenta de que nada le sería más grato que cumplir con su deber. El señor Urquiza no podía haber sido más preciso al decretar la norma que Catalina al ponerla en ejecución. Pero en el otro caso sentía ciertos escrúpulos. Ilimitado podía muy bien ser un término no de derecho español sino de retórica española, como el «Viva usted mil años» que hasta los funcionarios de pensiones pronuncian sin inmutarse. Por lo tanto Catalina escribió a Trujillo exponiendo sus honestos temores y pidiendo instrucciones más definidas. Estas fueron terminantes. Si la señora mandaba pedir toda la tienda no había sino que enviársela y cargarla en el acto a su cuenta. Lo cierto es que la señora todavía no se había interesado por la tienda, pero en cambio daba muchas señales de querer llevarse al tendero. Sus ojos de coqueta se habían fijado en el guapo vizcaíno y, evidentemente, estaba pensando en hacerlo su enamorado. La pobre Catalina lo advirtió con alarma. Y, al mismo tiempo que se le presentaba esta posibilidad de ganar una amiga, demasiado tierna para su gusto, comprobaba que se había hecho de un nuevo enemigo, que tampoco deseaba en lo más mínimo. Catalina no comprendía en qué había ofendido al señor Reyes, como no fuera en el asunto del crédito, en el que se limitaba a seguir instrucciones, pero el señor Reyes era de opinión que hay dos maneras de cumplir las órdenes recibidas. Sin embargo la ofensa principal no era, en modo alguno, culpa de Catalina. Aunque ella lo ignorase Reyes había sido candidato al puesto de empleado, y seguramente había aspirado a mantener la ecuación del crédito, aunque cambiando de lugar con su bella prima, es decir que tenía pensado relegarla a ella al lado negativo y quedarse en el positivo. En última instancia tal cambio no habría significado ningún perjuicio económico, como puede apreciarse, para Urquiza.

Así estaban las cosas cuando llegó a Paita un grupo de cómicos ambulantes. Catalina, siendo natural de España, formaba parte de la aristocracia de la ciudad y se esperaba que asistiese al teatro. Así lo hizo y en él se encontró con el maligno Reyes, quien con toda intención se sentó delante de ella en forma tal que le impedía ver el escenario. Catalina, que no tenía nada de prepotente y que, por el contrario, era persona muy cortés mientras un insulto no removiera su briosa sangre vizcaína, le pidió muy gentilmente que se apartara un poco: Reyes respondió que no podía hacerle ese favor pero que, en cambio, tendría mucho gusto en cortarle el cuello. El tigre que dormía en Catalina despertó al instante. Saltó sobre Reyes y se habría vengado allí mismo si algunos jóvenes no se hubiesen interpuesto entre ellos para separarlos. Al día siguiente Catalina (siempre llana a perdonar y olvidar) ya no se acordaba del incidente cuando Reyes, al pasar ante la tienda, escupió contra la ventana y con éste y otros gestos insultantes avivó nuevamente la sangre española de Catalina, quien corrió a su encuentro espada en mano. Se batieron en la calle y muy pronto la espada de Catalina había atravesado el corazón de Reyes. Consumada la desgracia apareció la policía que, como siempre, no se privó del placer de la venganza. Catalina se encontró de pronto tras los sólidos muros de la prisión, sin esperanza de salir como no fuese para ser ajusticiada.