IX

Excursiones. Un peinado raro

El día siguiente, después de haber dormido bien, salimos temprano con la intención de hacer un recorrido por la vega de Granada. El duque se quedó en casa porque tenía algo que hacer, según dijo. (Yo sabía que era la preparación de la juerga flamenca para la noche).

Por el camino del parque nos acompañaba el capataz de las cochiqueras diciendo que el señor duque tenía los majuelos de manzanilla mejores de la provincia y yo, que estaba al tanto, me apresuré a decir:

—Son vides americanas.

—Pero aclimatás, señora. Han oído repicar las castañuelas y los brotes son ya calés. Lástima, que no vivan ustedes en Granada. Sevilla es fea y sobre todo triste. Es el pueblo más triste de España, menos en el mes de abril. Además, según dice el señor duque, las ratas de todos los países del mundo vienen en los barcos durante el invierno y se apean para quedarse a tomar el sol alrededor de la Torre del Oro.

Aunque lo decía ingenuamente, me hizo gracia aquello, la verdad.

Luego salimos, con la idea de estar de regreso antes de las ocho de la noche.

En las casas ducales no preguntan si volveremos a comer o no, porque a cualquier hora del día o de la noche están los criados listos para servir comidas siempre a punto. Se desperdician muchos alimentos, claro.

Íbamos Laury y yo un poco sin rumbo, al azar.

Al llegar a Guadix yo me adelanté a decir: «Esta es la ciudad natal de don Pedro de Mendoza, descubridor y conquistador del Río de la Plata, primer virrey español de Buenos Aires». Con estas cosas yo trato de darme importancia, con Laury, y cargo la mano cuando veo que le interesan.

Quise parar y entrar en la iglesia, pero a Laury no le gusta el estilo barroco. Tiene razón. Dice que el barroco es un estilo renacentista borracho.

Sólo le gusta a Laury (entre las iglesias barrocas) la parroquia de San Lorenzo en Sevilla. Porque tiene su nombre. Habíamos ido dos días antes a verla y lo más curioso es que la imagen de San Lorenzo (una magnífica talla de Martínez Montañés), se parece a él, aunque Laury es más hermoso. El parecido, sin embargo, es evidente.

Nos pasó en aquella iglesia algo inusual, al menos para los turistas americanos. Laury todavía anda algo envidioso y resentido, lo que a mí me hace reír.

Estaba Laury muy divertido viendo de reojo cómo dos o tres beatas le rezaban a la imagen que se parece a él. «En este momento —me dijo no sé si en serio—, estoy seguro por vez primera en mi vida de que si es verdad lo que dicen las iglesias semíticas, iré derecho al cielo cuando me muera».

—Espero que iremos juntos, mi vida.

Me miró Laury con ternura, pero al mismo tiempo vio que desde la puerta de la iglesia entraba una fila de devotos y devotas caminando de rodillas, pero no iban a la capilla de San Lorenzo, sino a otra, donde había un Cristo grande con enagüillas color violeta y encajitos en los remates. Y aquí viene lo sensacional: Laury, mi querido Laury, tenía celos de la preferencia de la gente devota y penitente (los caminantes arrodillados), que en lugar de venerarle a él preferían al crucifijo.

Un sacristán nos dijo que aquella imagen tenía fama de hacer milagros.

—¿Y San Lorenzo no los hace? —preguntó Laury, incómodo.

—Ah, eso, ¿quién sabe? —respondió el sacristán a la defensiva y con algo de recelo—. Eso es cuestión de fe.

Salimos y yo le decía: «Ya ves que no tienen fe en ti». Pero Laury se defendía también:

—El sacristán no ha dicho que yo no hago milagros, sino que es posible que los haga.

Al llegar a Guadix, estaba Laury más callado que otras veces. Cuando le pregunté si le sucedía algo, me dijo: «Estoy calculando sobre los meridianos, el girar del planeta y los dos viajes del duque alrededor del mundo. Yo creo que esas dos vueltas le dan dos días más de vida que a los otros».

—Él dijo que le dan dos días menos.

Y Laury se abismaba otra vez en sus cálculos. Más tarde, al vernos en una especie de plazuela natural no pavimentada y rodeada de cuevas, donde vive la gente como en el período cavernario, Laury dijo de pronto:

—El duque tiene razón: son dos días menos.

Pareció tranquilizarse y olvidar el asunto.

Nos acercamos a una de las cuevas, la que tenía una entrada más grande, con orla de cal blanca alrededor y una curiosa chimenea que salía de lo alto del cerro.

Creía Laury que no tendría interés aquello, pero yo vi en seguida que era una cueva de gitanos, porque tenía a la entrada dos macetas con ruda, que es una planta contra los brujeríos del parir bien o del parir mal de las mujeres. Claro es que algunos andaluces, aunque no sean gitanos, creen también en esas cosas.

La ruda tiene que ver con todas las cosas relativas a la ginecología. Lo que no sé exactamente es cuáles son sus efectos. Al parecer defiende a las mujeres contra algunos hombres que dan el braguetazo (no sé exactamente en qué consiste eso) y producen fiebre puerperal. U otras complicaciones.

Me acerqué yo a la puerta (siempre una mujer inspira más confianza) y una gitanilla de ocho o diez años abrió. Dentro de la cueva una voz de mujer preguntaba:

—¿Quién es?

—Una señora.

—¿Una mujer o una señora?

—Una señora a todo dar con su hombre, que es un caballero con un automóvil de miedo.

Apareció en seguida la madre. Yo la saludé con dos o tres frases en bají cerrado, y ella medio asustada y mirándonos de reojo, nos invitó a entrar. Yo vi que tocó con la mano izquierda una herradura clavada en la puerta.

Laury preguntó por qué tenían la puerta cerrada si no había más luz que la que entraba por aquella puerta.

—Entra, marquesón, pero antes de hablar es güeno enterarse. Y no lo digo con mala ley.

Efectivamente, se veía dentro un cuarto con luz natural. Y es que había una claraboya abierta en el techo. Todavía al lado vi otro cuarto con luz eléctrica y entre los dos unas escaleras hacia abajo. Un poco más adelante otras escaleras hacia arriba. Al parecer tenían sótanos y segundo piso. Tres pisos nada menos.

¡Quién iba a pensarlo, en una cueva!

Aquello era casi un palacio. Más adentro se oía gemir a una mujer. Se veía que era una mujer joven y que sus lamentos no eran alarmantes, aunque sí dramáticos. Yo con mi instinto de mujer, comprendí en seguida, aunque no tengo experiencia:

—Esa mujer está dando a luz.

—Es mi nuera —dijo ella— y ha comenzado ahorita con los dolores, pero no parirá hasta la noche. Las gitanas sólo parimos de noche.

—¡No!

—¡A ver! Y fuera de casa, porque parir dentro, digo, en un lugar donde no se ven las estrellas es mal vajío. Nosotras parimos al aire libre y mirando al cielo.

Laury me dijo a media voz:

—Eso viene de los bhulds de la India.

Sabe Laury más cosas que yo, pero no precisamente de los gitanos españoles. Él tiene una cultura por decirlo así, más orientalista y antediluviana. Daba gusto oírlo hablar con el duque junto a la vitrina de joyas prehistóricas.

Pero en las cuevas de Guadix creo que yo tenía más autoridad.

—¿No han llamado al médico?

—¿Para qué? Mi nuera no está enferma. Llamaremos a la comadrona cuando se haga de noche y la subiremos a lo arto de la loma. No es enfermedá, sino naturaleza.

Nos quedamos los cuatro callados. Yo miraba las escaleras que iban al sótano:

—¿Puedo preguntar a dónde van esas escaleras?

La niña se adelantó:

—A un cuarto caliente. Se siente allí la calor del infierno, que viene de abajo.

—¡Niña! —gritó la madre.

Laury reía y yo no, porque sé que cuando uno se ríe de los gitanos, estos creen que se previene uno contra sus sortilegios, es decir, contra la acción de sus agentes echadizos. Así dicen: echadizos. Yo no me reía. Y preguntaba muy en serio:

—¿Cómo sabe que su nuera no parirá hasta la noche? Ah, por las estrellas.

La misma gitana seguía mirándonos de hito en hito, como si buscara algún indicio sobre nuestra secreta identidad. Por fin, dijo:

—No es por nada, pero vais a tener ustedes esta noche una desazón.

No sabía yo lo que era desazón y lo miré en el pequeño diccionario de mano antes de explicárselo a Laury. Y le dije «uneasiness». Laury se alzó de hombros:

—Todo el mundo tiene uneasiness, de vez en cuando.

Entonces la gitana nos enseñó un estoque de torero un poco oxidado por la punta, y nos dijo:

—Este es el estoque de Perico el de Jaén, y esto —por el óxido— es la mancha de la sangre del torito «Er Bailarín» que lo mató en la plaza de Linares. ¡Pobre Perico! Ese era puro calé.

Añadió que el estoque no lo vendería aunque le ofrecieran cien millones de chulíes.

Pero antes de marcharnos me lo ofreció a mí por trescientas beatas «por ser yo la flor más linda que había llegado de las Californias chamullando alguna palabra cañí». Añadió que aquel estoque tenía la virtud de conjurar las desazones, algunas desazones pequeñas como la que nos esperaba a nosotros aquella misma noche.

Le di quinientas pesetas y le dije que podía guardarse el estoque, porque no íbamos a dedicarnos al toreo. Ni esperábamos desazón ninguna.

La gitana añadió que sería una desazón chiquitiya y que nos vendría de la desgracia de otras personas y no de nuestra propia desgracia. Eso sí que me intrigó un poco.

Salimos y anduvimos por los alrededores. Hay algunas villas y hotelitos muy hermosos. Nunca se sabe lo que es el silencio si no hemos estado en una de esas aldeas andaluzas al medio día, en verano. Se oyen sólo algunas cigarras que cantan sus amores desde el tronco de los árboles. Unos árboles que llaman alcornoques (debe venir del latín querquos), que es un árbol del cual le dan un pedazo (así se dice: pedazo de alcornoque) al hombre que no es bastante inteligente para ser aprobado en unos exámenes. Las chicas, en cambio, al pretendiente que no les gusta le dan calabazas.

Todo se arregla en estos países industrialmente un poco atrasados con cosas del campo: alcornoque, calabazas, apios —estos los dan a los hombres un poco afeminados—, llaman en cambio cardos borriqueros a los hombres demasiado abruptos y adustos. Por el contrario, una malva es una persona buena y afable y así mil cosas más, todas relativas a la horticultura.

Queríamos conocer a alguna persona importante de la pequeña ciudad. Al alcalde o a la alcaldesa, sólo por ver si eran gente de aire agitanado o civilizado. Aunque raros, se dan casos de personas que son las dos cosas al mismo tiempo. Nos dijeron dónde estaba la casa del alcalde y nos acercamos. Pensábamos preguntar como pretexto si en los archivos municipales había algún documento sobre Mendoza el conquistador de la Argentina. Nos recibió en la puerta una sirvienta que dijo:

—No se les puede ver a los señores, ahora.

—¿Sucede algo?

—Como suceder no sucede ná, sólo que el señorito que estaba estudiando en Granada ha venido de vacaciones con una pelambrera ondulá de aúpa.

Y hay un gran disgusto en la familia. Y todas las chicas de Guadix lo envidian.

—¿Qué clase de pelambrera? —pregunté yo.

De aúpa. Y el padre lo quiere esquilar y él dice que no, y que antes se irá por los caminos a lañar tinajas.

—¿Y qué es ese peinado de aúpa?

La chica ponía los ojos casi fuera de las órbitas para decir:

—De los que no se han visto desde los tiempos del moro Muza. Yo no lo conocía cuando llamó a la puerta.

Desde luego me daba cuenta de que el chico seguía la moda hippy, pero ese peinado de aúpa que daba envidia a las muchachas de Guadix despertaba mi curiosidad. Me habría gustado ensayarlo yo misma. En Andalucía hay siempre grandes o pequeñas sorpresas.

No vimos a los alcaldes ni al chico de la cabellera ondulada al aúpa.

En Guadix nació también el emperador romano Teodosio y todavía se conserva su villa con mosaicos y columnas y frescos deteriorados por los siglos. Era un hombre tan gordo que nadie lo vio caminar nunca. Lo llevaban en andas a todas partes y siempre iba perfumado de abajo a arriba, con azahar y claveles. Cuando lo llevaban a Málaga a bañarse en el mar ponían alrededor de él (por más de medio kilómetro en cuadro), aceites perfumados y cuando lo visitaban embajadores o emisarios o cualquier ciudadano que quería darle un memorial (así llaman a las peticiones por escrito), antes los perfumaban tanto que todos estornudaban alrededor menos Teodosio, que disfrutaba con los efluvios.

Parece que Teodosio se murió de un mal olor después de una batalla contra los alemanes (visigodos), que iban naturalmente sin perfumar. Lo más curioso es que a pesar de su extremada gordura, Teodosio fue y vino por el mundo siempre a lomos de sus esclavos y estuvo incluso en Constantinopla, aunque siempre volvía a Guadix para hibernar como los osos en el otoño. En los caminos de la comarca hay piedras miliares, con números romanos y una rosa grabada, aludiendo a su pasión por los perfumes. Todavía hay uno en las tiendas andaluzas que se llama Rosa Teodosia. Tengo motivos para suponer que ese emperador era uno de los que ahora reciben, si no pedazos de alcornoque, ni calabazas, al menos algún ramo de apio, es decir, lo que en los Estados llamamos celery.

Pero lo que yo habría querido es ver al hijo del alcalde, para saber en qué consiste esa cabellera de aúpa.

Nos quedamos un par de horas en Guadix, que es un pueblo contradictorio. Parece que no llueve nunca, y sin embargo hay árboles frutales por todas partes, sobre todo perales e higueras. Estas producen frutos tan sabrosos (color púrpura, casi siempre), que hay personas que al parecer suben a la higuera por la mañana y no bajan de ella en todo el día. La gente las considera un poco fuera de la realidad y suelen decir de ellas: «Está siempre en la higuera».

El cielo es el más azul del mundo y a veces aparecen por el lado de Sierra Nevada algunas nubes de color púrpura como los higos, lo que hace entre el azul y el blanco de la nieve un conjunto bellísimo. A veces entre ellas hay alguna nube rojiza o color cinabrio o rosa seca, y es tan hermoso el cielo que aunque el campo necesita agua, y todo el mundo parece sufrir de la sequía, un campesino me decía mirando las nubes: «Son tan guapas de ver que más vale que no llueva, porque entonces se derriten y acaban».

Como en todas las aldeas andaluzas hay cerdos y burros por las calles y estos últimos a veces van tan adornados casi como los toreros, con alamares y sombreros y flequillos de colores colgando del arnés. Los gitanos son los que tratan más con los burros y a veces montan en ellos —sobre la cruz de las patas traseras— y los animalitos son tan pequeños que al jinete le arrastran los pies. A mí me dan pena esos animalitos.

Pero los gitanos aman a sus burros también. Aunque me han dicho que cuando los venden en las ferias, para hacer ver que son ágiles y corredores, los aguijan con una vara que tiene una punta pequeña de hierro, como un clavo. Eso debía estar prohibido, pero en España, según parece, no hay sociedad protectora de animales.

Al menos para los burros. Cuando yo pregunté me dijeron: «Es que aquí los burros son bichos que no necesitan ser protegidos, porque se dedican a la política y hacen su carrera y medran y suben tanto que no se les quita el sombrero con una caña». Los campesinos de Guadix son particularmente satíricos, como se ve.

Lo mismo que le sucedía a Mrs. Adams; yo no puedo entender el que a todos los animales los llamen bichos. Eso suena como bitch, es decir, perra. Son las anfibologías fonéticas que producen los idiomas cuando no se los conoce a fondo. Laury que ha estado en el Japón, me dice que allí suceden cosas muy raras en ese sentido. Por ejemplo, para decir «gracias» los japoneses dicen «aligator», que quiere decir en inglés caimán. Algunos turistas aprenden la palabra, pero no se acuerdan bien y para dar las gracias en lugar de aligator dicen cocodrile (cocodrilo). Pero lo más gracioso es que la frase con que responden los japoneses cuando se les da las gracias suena exactamente así: Don’t touch my mustache. Es decir: No me toque el bigote.

Esas cosas resultan muy divertidas, aunque, a veces, en España hay equívocos feos como ya decía en una de mi cartas a Betsy. Eso del embarazo —azoramiento— y de la constipación —estreñimiento— del gitano bailarín. Pero no hay más remedio que afrontar esos peligros cuando se viaja por el mundo, y el que quiera reír que ría. Ya le tocará su turno si sale algún día de su patria. Por el momento yo querría saber qué es eso de llevar el pelo de aúpa, pero a veces no me atrevo a preguntarlo por recelo de los malentendidos procaces. A eso le llaman los andaluces una metedura de pie.

Con sus gallinas por las calles y sus perros famélicos y sus burritos engalanados, Guadix es de veras un lugar encantador. Hay rejas en las ventanas que no tienen nada que envidiar, en el arte de la forja, a las del sepulcro de los reyes católicos en Granada, y no exagero.

El barrio de Santiago está en las afueras y tiene también centenares de cuevas, donde viven otras tantas familias de esas que en la historia llamamos trogloditas. Y no son necesariamente gitanos. A veces son andaluces de casta y en una cueva muy grande me dijeron que una familia tenía más de cien burritos. Todos bien cuidados y alimentados. Lo que más les gusta a esos pequeños asnos es la corteza de melón y por aquí no faltan, aunque ya digo que no sé de dónde sacan el agua para regar las huertas. Quizá tienen norias.

Por cierto no sé si creerlo, pero me han dicho que muchos de esos burros trabajan en las norias y los alquilan los dueños de pequeños huertos para dar cien vueltas cada día. Algunos de ellos se han acostumbrado, y cuando han dado las cien vueltas se detienen y no dan una sola más, sin que nadie les mande que se detengan, ni nadie les cuente las vueltas que han dado.

Laury no lo creía y fuimos a comprobarlo, y ahora dice que sólo por esto valía la pena venir a España y que va a escribir un artículo para el «National Geographic Magazine». Con este fin hizo varias fotos del animalito y de la noria. Por cierto que el burrito llevaba unas orejeras y una especie de gafas para no marearse al dar tantas vueltas.

¿Será que los burros saben contar? ¿O qué tienen en su sistema nervioso, una especie de Computer, como los murciélagos tienen radar? Muchas cosas se nos ocurren a Laury y a mí durante estas excursiones. Por ejemplo, dicen que Andalucía es el país de la alegría y, sin embargo, todas sus imágenes religiosas aluden a la tristeza y al dolor: Virgen de la Soledad, Virgen de los Dolores, Virgen de los Desamparados, Virgen del Suspiro, Virgen de la Agonía, Virgen del Santo Sepulcro, Virgen del Desconsuelo, Virgen de las Siete Penas, Virgen de las Angustias y otras muchas por el estilo. Claro es que eso no influye en la vida, porque hay personas con el nombre de Angustias y un par de castañuelas en las manos que se pasan la vida bailando por alegrías, que es un estilo cuya jovialidad no necesita explicación. Estos nombres a algunos turistas les hacen reír. A mí, no. Yo adoro las cosas de la España milenaria a la que debo mi doctorado y sobre la cual escribiré algún día algo más importante que mi tesis y que a Laury y a mí nos anda ya por la mente. Más adelante diré lo que es. Creo que el duque puede ser un auxiliar valioso ya que sabe tanta prehistoria.

Laury ha descubierto que el vino en cada aldea sabe de una manera diferente y que el sabor está relacionado con el paisaje. Si este es áspero y duro, el vino también. Si es dulce, el vino se dulcifica (esto pasa con el de Málaga, por ejemplo). Si el paisaje es duro y adusto, el vino es denso y sabe un poco a vinagre. Lo que son estos vinos, cualquiera que sea el paisaje donde se produzcan, es sanos y digestivos. Eso, sí.

Como decía antes, durante el día el silencio es completo, pero en Antequera, donde estuve el año pasado, de noche, el ruido de las campanas, aunque sólo sea para dar las horas, es tremendo y como hay varias iglesias, ensordecedor. Yo lo dije a dos antequeranos (que me juraban que Marco Aurelio había nacido allí) y Laury al saber que el índice de nacimientos es en esa ciudad mayor que en otras, lo atribuyó a que las campanas despertaban a las parejas matrimoniales a cualquier hora de la noche. Y claro está, que esos despertares, con la dulzura del lecho y la cercanía de los cuerpos, producía consecuencias. No sé si la abundancia de campanas contribuye al carácter campanudo y solemne de los habitantes. Estos causan sorpresa a los turistas.

Lo que no entiendo es que las gentes a quienes nada le importa ya en la vida, digan: ¡Salga el sol por Antequera! No sé qué querrán decir con eso ni de dónde viene el dicho. Tal vez de la Edad Media morisca.

Todos los pueblos tienen alamedas y se supone que están al lado de los ríos. Es verdad que todos tienen ríos, pero no todos los ríos tienen agua. El único país del mundo, al menos en Europa, donde se ven ríos sin agua es Andalucía. Son ríos navegables a pie seco.

Eso no quiere decir que no haya grandes ríos en España, pero igual que las demás cosas, son ríos un poco peculiares. Así, el Guadiana desaparece debajo de la tierra y va a salir treinta kilómetros más lejos, por un lugar que llaman Ojos del Guadiana. Tampoco se sabe de un río como ese en el mundo.

En fin, que España es un lugar inolvidable. En Loja, por ejemplo, parece que una está en Afganistán. En Archidona hay plátanos en la plaza en lugar de palmeras, como suele pasar en todas partes, a no ser Sevilla, donde hay naranjos, aunque las naranjas no se comen porque saben a gasolina, con tanto turista.

Además, se ven cosas sorprendentes. En Nerja, cerca de Málaga, vi dos toros blancos saliendo lentamente de la mar. No comprendía qué podían hacer en la mar (parecían salir del fondo del océano como en las fabulosas mitologías de Júpiter robando a Europa), pero era que tiraban de unas redes grandes que usan los pescadores. Tomé fotos en colores que le pienso regalar al doctor Blacksen, porque realmente parecen los toros de Gerión o de Hércules (los que Hércules le robó). Me explicaron que no son toros, sino cabestros, es decir, toros operados. Pobrecitos.

Había un salón de belleza un poco rudimentario y me acerqué a ver si podían hacerme una cabellera de aúpa. La dueña me miró de lado y me dijo que se le había acabado la candela para la tenacilla, pero que si volvía por allí después de misa lo pensaría.

Extraña respuesta. Y es que los andaluces son gente rara. Le regalaron a Wellington nada menos que la Alhambra de Granada después de la victoria sobre Napoleón, pero Wellington declinó la oferta diciendo que aquel alcázar, a pesar de sus grandes bellezas, no reunía condiciones para establecerse permanentemente, pero que agradecería que le mandaran algunos rosales de la Alhambra para plantarlos en su finca en Irlanda. Cuando recibió los cinco mil que los andaluces, siempre rumbosos, le mandaron, él les envió en cambio doscientos ruiseñores que se establecieron en el Generalife y cuyos descendientes se pueden oír allí todavía, sobre todo en la primavera, cuando dan sus serenatas amorosas.

No pudimos detenernos mucho en la Alhambra, aunque a Laury le entusiasmaba, porque se acercaba la hora de volver a Los Gazules. Pero oímos los ruiseñores de Wellington.

Emprendimos el regreso y en aquel paisaje color de miel, con los altos celajes sobre el Mulhacén nevado, nuestro coche parecía flotar. Llegamos unos minutos antes de las ocho, puntuales como buenos anglosajones.

Nos esperaban algunas sorpresas.

La primera fue que encontramos allí a Lagartijo III y a su amiga rival de Clamores, una gitana que llaman la Zegrí, bastante hermosa. No creo que fuera gitana pura, porque estas no se prestan a esos papeles de concubinas rompedoras de matrimonios. Cuando llegamos estaban con el duque, pero no en la parte palacial, sino en la parte dedicada a lo que allí llaman servidumbre de estrados. Estaban en la misma sala donde el año pasado se celebró el velorio del padre de Soleá con tanta propensión libidinosa.

Es raro que hubieran levantado allí el tablado para la zambra —así decía Lagartijo— y no muy acertado, creo yo. Además tal vez estaban usando, para ese tablao, los mismos materiales con los cuales se levantó el catafalco donde hace un año habían expuesto el cuerpo mortal del pobre hombre. ¿Integralismo árabe? En todo caso mal vagío. No me extraña lo que sucedió después. ¿Tal vez era esa la desazón que me profetizó la gitana de Guadix?

Parece que el mayordomo encargado de hacer las invitaciones a bailarinas y cantaores lo había hecho de tal modo que no coincidieran en la fiesta Clamores y Lagartijo. Aquí siempre el torero tiene más simpatías, y el duque, desde luego, se encuentra con los lidiadores muy a gusto. No tanto que les permita dormir en el palacio, pero tampoco los envía a la piltra con la baja servidumbre.

Porque en Andalucía cada cual tiene su manera de dormir. Los nobles duermen en tálamos —así se dice: «ha llegado la hora del tálamo»—. La clase media duerme en lechos, los criados de alguna importancia, en camas; y los jornaleros y empleados bajos, en unas camas inferiores o yacijas (así dice el diccionario), que se llaman coloquialmente piltras. De ahí viene, supongo, el despectivo piltrafas.

En fin, cuando yo vi la gran sala de la servidumbre de estrados con el tablado al fondo y dos docenas de sillas alrededor entre ellas, cuatro sillones tapizados de raso, para los duques y para nosotros, no pude menos de preguntarme si a la hora de la zambra el mayordomo haría como hacen los gitanos en las cuevas del Generalife, que levantan con cuerdas las sillas y las mesas y las dejan colgadas en el techo patas abajo.

Luego pensé que los gitanos hacían eso para dejar despejado el lugar donde iban a bailar. Pero a mi me parecía aquello un efecto un poco surrealista que me gustaba. El duque no lo hacía, según vi, porque había mucho espacio libre.

Cuando quisimos darnos cuenta, hubo llamadas telefónicas, el mayordomo acudió y luego vino con la noticia de que no habiendo invitado a Clamores, los demás del cuadro flamenco, incluida la Faraona, tía segunda de Clamores, se negaban a acudir.

Había allí un lío de aúpa, según dijo el mayordomo. Yo pensé en el peinado del mismo nombre.

Oí al duque que decía a media voz al mayordomo:

—¿No anda la Clamores con el Mosquito? Si es así, el Mosquito no entra aquí. Es un saltatumbas.

¡Qué extrañas profesiones hay en Andalucía! Un lilaila, un saltador de tumbas. ¿Para qué saltar sobre las tumbas? ¿Será un deporte nuevo o tal vez del tiempo de los abderramanes cuando las citas de los enamorados se hacían en los cementerios?

No me atrevería a afirmar nada. Ya es sabida mi prudencia y mi sentido de la responsabilidad en esas materias de interpretación.

Nos pusimos a hablar de otras cosas con el duque y nos desentendimos de la zambra. No queríamos hacerle sentirse frustrado e incómodo.

A todo esto el mayordomo explicaba:

—Ya no se llama el Mosquito, sino el Cínife. Lo decía como una atenuante. Lagartijo lo fulminó con la mirada. En aquel momento le estaba diciendo al duque que en su última corrida el toro le dio un revolcón sin cornada, pero le dio varios topetazos contra la barrera y se quedó resentido en salvasealaparte. No sé bastante anatomía en español, pero sospecho que se trata de lo que en francés y en inglés llamamos el derrière. Y Lagartijo decía:

—El toro era un mal bicho y fue un revolcón de aúpa. Pero sin sangre.

Eso del revolcón de aúpa viene a aumentar el repertorio de las anfibologías, que tantos transtornos me causan. ¿Qué será el aúpa en los revolcones? Misterio.