III

La chica del eructo y otras cosas

Al principio, querido profesor, yo creía que Laury se consideraba superior al común de los hombres, pero luego he visto que no. De pronto me sorprende entre dos carcajadas aparentemente cínicas (por ejemplo cuando me dice, con visible ligereza e irreverencia, que su madre anda por Hawaii cambiando de amante cada semana), pero luego añade observaciones razonables sobre la libertad de determinación de cada cual, que me revelan todo lo contrario. Es un buen muchacho. Con un gran sentido moral.

Y sobre todo es tan culto que es una gloria andar con él por el mundo. A los pocos días de llegar a España dijo: «Este es un país de gran tradición judía. (¿Por qué, mi vida?) Porque todo el mundo, cuando insiste en mantener una opinión, dice que está en sus trece». Todos están en sus trece, es verdad. Vaya con el trece. ¿Qué pasa? Pues que son las trece proposiciones de Maimónides en su «Guía de perplejos». Por cierto que es un libro estupendo. La cosa viene de la inquisición cuando el inquisidor que hacía los interrogatorios decía: es inútil y sigue en sus trece. Y al pobre obstinado lo quemaban.

Pero lo de ser judíos los españoles no es necesariamente verdad, porque también los que hablan así dicen, cuando algo les sale bien en la vida, que llegan y besan al santo. Y los judíos no tienen santos, que yo sepa. Así es que en estas materias hay que andar con zapatos de plomo. (Esta expresión popular quiere decir con prudencia). Esto le dije a Laury añadiendo que los españoles gritan como locos cuando quieren algo y los judíos son gente discreta y todo lo hacen a media voz menos los rezos en la sinagoga (creo que en España no las hay). Así en la terraza de un restaurante, ayer un caballero estaba con otros en una mesa y de vez en cuando golpeaba el mármol con una mano y decía:

—¡A mí se me da un pepino!

Poco después volvía a lo mismo, mientras los otros trataban de tranquilizarlo. Yo le dije a nuestro camarero que por qué no le daban un pepino a aquel señor y el camarero que, al parecer era andaluz, sonrió como un conejo y dijo:

—¡Tiene guasa, la señorita!

Y se fue con la bandeja sin hacer caso.

Los españoles cuando no se les da algo, gritan. Eso podrá ser berberisco, pero no judío. Los judíos —repitió— son más bien silenciosos, tal vez por considerarse preteridos. En cuanto a Laury, ya dije que parece cínico, pero solamente si tomamos la palabra en la acepción que le daban los filósofos antiguos. Es decir, como superiores a toda realidad aparente y convencional.

Además cree en Dios, aunque sólo sea —y esto es lo que me espanta— para censurar su creación. Pero a veces tiene rasgos de piedad que me dejan confusa. Por ejemplo, una noche que creía que yo estaba dormida, se incorporó en su cama cerca de la mía, suspiró y dijo con una media voz que le salía del corazón: «Dios mío, yo querría ser nadie y pasar desapercibido de modo que nadie me viera ni me sintiera y ser pobre entre los pobres, pero decirlo así, todavía parece vanidad. Y tal vez si todos los hombres pensaran así, yo por el gusto de ser diferente, querría ser rico, brillante y excepcional». Dicho esto se quedó mirando su propia imagen en un espejo grande que hay enfrente de las camas (una perversión que cultivan algunos hoteles) y sonrió tristemente, pero gustosamente. Luego se oyó el mismo gorjeo de burla en su garganta. La misma risa de tendencia cínica, aunque virtuosa a su manera. Se reía de sí mismo y durmió, tranquilo.

Hay más que las apariencias en este hombre y es lo que lo hace tan atractivo. Al lado de Laury recuerdo a Curro como a un niño de escuela primaria —lo que también tiene su gracia, la verdad—. Muy inferior, claro.

He observado en Laury sentimientos de una delicada sensibilidad. Por ejemplo, no puede tolerar a los perros y los evita con un gesto que parece cruel, pero he descubierto que obedece a todo lo contrario. No puede tolerarlos porque según dice la tristeza de su mirada le hace sentirse dolorosamente culpable. Es verdad que los perros tienen los ojos tristes, pero tenía que oírselo decir a Laury para darme cuenta.

Así es que no se debe juzgar a Laury (ni a nadie) por las apariencias. A mí tampoco. Parezco muy buena, pero yo me conozco.

A veces me inquieta una reflexión que le he oído a Laury (creo que fue cuando supo que yo me había lanzado con el paracaídas desde una altura de seis mil pies). Dijo (antes de que fuéramos novios): «En estos últimos años la muerte se ha enamorado de mí —bueno, en realidad, está enamorada de todos nosotros—, pero en esto, es decir, en materia de amores, me gusta a mi tener la iniciativa». Eso me ha dado que pensar, a veces.

¿Será realmente el de Laury el caso del suicida por una especie de tedio iluminado como solía usted decir a veces, profesor?

Eso me da miedo, la verdad. Un día se lo dije y su respuesta no añadió nada a mi perplejidad:

—A veces me ha tentado —dijo—, pero no tengo bastante curiosidad por lo que vendrá después.

—¿Después de qué?

—Cuando esté al otro lado.

—Pero ¿hay otro lado?

—Claro que sí. Dios no se niega a sí mismo. No hace las cosas por capricho y sin un propósito definido.

—¿Qué cosas?

—Tú y yo, por ejemplo.

—¿No tienes miedo al otro lado?

—No, realmente. Si yo fuera Dios no le haría daño a un pobre diablo como yo. ¿Y va a ser Dios menos bondadoso y clemente que yo?

Eso me da que pensar, de veras. Los gitanos creen en los mengues que arriman candela, es decir que acercan el fuego al pecador después de la muerte, pero en esas cosas de ultratumba yo nunca creo a los gitanos, la verdad.

En las de aquí, de este lado de la vida, algunas veces tienen razón.

Muchas veces, diría yo.

Frecuentemente Laury escribe notas en un librito con cantoneras de oro que suele llevar consigo. A mí me intriga y a veces le pido que me lo deje ver. Unas veces dice que sí y otras que no y además no lo suelta de la mano, para que lea sólo lo que hay en una página y no lo que hay en la de enfrente. Sin duda tiene sus secretos como cada cual. En eso como en todo hay que respetar la infraestructura de la personalidad humana. Incluso entre los enamorados como nosotros. Y quizá más entre los enamorados que entre los indiferentes. Aunque algunas de esas notas sean contra mí.

Muchas de esas notas de Laury me intrigan, de veras. En una de ellas decía: «De la idea del tiempo que tenían Maimónides y Einstein (y que es la misma) se deduce que todos llegaremos a la misma hora al mismo lugar. (Identidad de la mística con el álgebra)».

He aquí otras notas: «El tiempo no pasa. Los que pasamos somos nosotros».

«El dinero hace al tonto más tonto y al listo menos listo».

«Nuestro planeta está habitado por monstruos: los hombres. Ningún otro animal es tan dañino entre los conocidos. Ninguno ha hecho tantos estragos entre sus semejantes».

«Todos los que rezan a Dios lo adulan como si quisieran distraerlo para robarle el reloj. Pero el reloj de Dios lo tenemos nosotros al nacer. Está en nuestro corazón con su tic-tac-tic-tac».

«En el idioma español callejero hay alegorías muy raras, por ejemplo, el viejo que echa una cana al aire cree rejuvenecer y la mujer que recoge esa cana dice a sus amigas que le toma el pelo. Indagar con Nancy».

«Aunque sé poco de Andalucía no estoy seguro de que Nancy tenga razón cuando dice que los panolis son una casta aristocrática como los abencerrajes o los zegríes».

«El amor lo han inventado las mujeres feas. Las otras no lo necesitaban. Y la fidelidad la han inventado los hombres débiles, porque los fuertes tampoco se han preocupado nunca de ella. La verdad es que yo no sé si soy fuerte en eso».

«Si vemos cómo el hombre digiere, elimina, piensa y actúa, reza y peca, llegaremos enseguida a la conclusión de que ha sido creado por error y lo único acertado en él es la muerte, es decir su destrucción por sí mismo o por la providencia».

«Ver hacer el mal a los hombres puede ser entretenido, pero a través de los siglos y de la historia comienza a ser aburrido o grotesco».

«Cada uno se considera una excepción virtuosa, lo que quiere decir que todos nos regimos por el lugar común del crimen».

«El amor es una manera orgiástica de destruir a alguien y de destruirse a sí mismo. A veces es divertido».

«Se extraña Nancy de que yo ría sin verdadero motivo (sin motivo aparente, para ella). Lo mismo digo yo de los que lloran. Y entre la risa y el llanto hay una zona de segura estupidez en la que todos coincidimos».

«Ahora vamos a España en busca de lo diferente. Lo diferente no existe, porque lo usual es no existir. Y nosotros por el simple hecho de existir somos todos igualmente monstruosos».

«Creo en Dios, pero me pregunto por qué Dios necesita de nosotros. Y esa pregunta es la única, quizá, que no he logrado contestarme a mí mismo».

«Se habla de los idiotas con desprecio y de los hombres de genio con admiración. Pero el idiota al menos no tiene responsabilidad en esta forma de barbarie que es la organización social o el orden moral».

«Unos matan, otros mueren. En la generación siguiente los que han muerto son mártires y los otros, héroes. Luego, en las generaciones siguientes cambian los roles y todo sigue igual, pero al revés».

«No entiendo bien las costumbres españolas. ¿Hay relación entre la tomadura de pelo, la cabellera quitada y el descabello? Otra cosa que no entiendo del toreo es que maten a veces con dos medias y un pinchazo. ¿Dos medias de nilón? (Preguntar a Nancy)».

«Pero no sé gran cosa de toros, la verdad. Y sólo conozco por el nombre a Lagartijo III y a Pérez el Místico a quien pintaron como San Tadeo. Sus peculiaridades no las conozco, pero deben ser muy diferentes de las mías».

Cosas como esas escribe Laury en su cuadernito secreto y no dejan de ser interesantes, pero lo que más me gusta en él es que no le da ninguna importancia a su importancia de hombre rico. Esto en los países europeos sería difícil de entender. Clamores me ha dicho que el desinterés de Laury por el dinero hace de él un panoli (es decir un verdadero aristócrata).

Hemos conocido alguna gente curiosa entre las colonias extranjeras de Mallorca. El caso más pintoresco es el de una artista de cine —así dice ella— jovencita y no mal parecida, que ha venido de Los Ángeles a pasar aquí sus vacaciones. Cuando le pregunté qué filmes había hecho, dijo que ninguno y que vivía de los royalties de un «comercial» que hizo para la televisión. La chica es muy joven y por eso puede tener esperanza de llegar a ser alguien. (Lo primero para llegar a ser alguien es no ser nadie). Por el momento, ese «comercial» es de una clase de comida en lata para los gatos. En la televisión aparece un gatito comiendo y cuando se ha hartado levanta la cabecita, se relame los bigotes y produce un pequeño eructo, que tiene gracia en un animalito tan lindo. Bueno, pues el eructo es de ella, de esa joven artista que no aparece en el anuncio, pero que ha prestado su eructo al pequeño filme. Dice que la hicieron eructar más de cincuenta veces hasta elegir el eructo que resultaba mejor. Y cada vez que proyectan ese anuncio en la televisión, le pagan a ella doscientos cincuenta dólares de royalties. Y ella se considera una artista de cine. Es una tontería, pero a veces la tontería gusta en las mujeres como en los niños, por su reverso de posible inocencia.

La muchacha lo cuenta con una ingenuidad que realmente tiene gracia.

Parece que ese anuncio lo dan con frecuencia, porque la niña se da la gran vida y siempre está en los espectáculos de gala y por la noche exhibe sus trois quarts de zorro gris.

Laury dice que cuando esas cosas suceden en un país, es que este ha alcanzado la plenitud de su desarrollo industrial y a ella la llama Miss Belch, y ella sonríe sin ofensa alguna. Dice que no puede eructar en público porque tiene vendidos los royalties a la TV. No sé si lo dice en serio, aunque podría ser.

Yo he vigilado un poco a Laury, a ver si se reía de ella, pero no lo ha hecho. Tal vez le parece admirable eso de ganar doscientos cincuenta dólares con un eructo o, como dicen las personas refinadas, con un regüeldo.

Es que para él todas las mujeres son brujas peligrosas y los hombres monstruos dañinos. Pero no les tiene miedo. Y cuando una mujer no es bruja, es adorable —eso dice— y a mí me considera entre estas últimas. Dios se lo pague, como dicen las gitanas.

Aunque Laury ha hecho sus estadísticas y dice que el diablo, por ejemplo —el mito del diablo—, es una broma comparado con una bruja de las iglesias reformadas, especialmente presbiterianas. Las católicas no le impresionan porque no tratan de ser respetables ni fingen pudor ni honestidad ni venden un gato como si fuera una liebre. Como aceptan el pecado, son menos peligrosas porque se las ve venir. Y cuando quieren mezclarse en nuestros asuntos, antes van a un campo de berenjenas. Así se dice: se meten en un berenjenal y no saben cómo salir.

Es decir que no son tan peligrosas. Las de los países de moral protestante son peores, porque en sus social partys dan sus hechicerías en pequeñitos canapés con queso. Las dan con queso y la gente, inocentemente, las traga. Eso me han contado algunos españoles.

Hemos conocido también en Palma a dos o tres irlandeses que han salido de Belfast huyendo de la quema. Son neutrales, según dicen, pero lo dicen tan airadamente y destacan tanto por su agresividad (en sus manerismos rústicos) que Laury repite que los irlandeses están siempre dispuestos a matar a algún enemigo, pero no saben quién es ni dónde está.

Clamores nos acompaña con frecuencia. Está inquieta y nerviosa porque no tiene a Lagartijo III con ella y el torero le es infiel, y habla, incluso, de marcharse a Trebujena para sorprenderlo. Pero tendría que dejar al cuadro flamenco plantao (así dice) lo que sería grave, porque ella es la estrellita, es decir la bailarina más importante y es verdad que en las bulerías no tiene rival. Duda si hacerlo, porque saldría por peteneras (eso dice) y lo suyo, repito, son las bulerías.

Guarda los periódicos donde hablan de su arte y al preguntarle yo lo que la crítica musical decía de ella, me respondió que en otras partes como París o Nueva York o Londres hay crítica decente con artistas como Pastora Imperio y Carmen Amaya. «Y también con nosotras, cuando alguna va por allá, pero aquí no hay nada de eso en ninguna de las artes. Ni en el baile, ni en el cante, ni en otras cosas según me han dicho poetas como Quin y también algunos pintores. Sólo hay bombos y mala leche». ¡Qué raro! A ella le dan a veces un bombo. Yo me pregunto qué hará con él, porque aquí sólo se usan en las bandas militares o entre los gallegos que tocan la cornamusa como en Escocia. Cuando le dan un bombo, el que se lo da quiere acostarse con ella, según dice, pero ¿qué tendrá que ver el bombo con el amor? Ella dice que sería hacer el paripé acostarse por un bombo. Aquí aparece otra vez la relación del bombo portugués con el pariwata y con el paripé del que habla Borrow. ¡Cómo está relacionado todo en este mundo tarteso!

Cuando no le dan un bombo a Clamores (supongo que tendrá muchos), ella les da a los de la mala leche una maldición jupiterina: ¡Mal rayo te parta!

Su amigo el cantaor, que llaman Mosquito (lo llamaban así, pero ahora le han cambiado el alias y no recuerdo cómo es), le hace la corte y le ha dicho que está enamorado de ella. Clamores lo ha enviado a contárselo a su abuela, que al parecer está en Palma. (No sé con qué fin).

También dice que le ha dado varios plantones a ese cantaor y que es un hombre que suele ir a un pueblo que llaman Mogollón en cuya fonda no se paga. Esto no lo entiendo. Y a veces no pido explicaciones porque se impacientan o porque francamente no saben explicarlo.

Aunque parece una aldeanita, Clamores ha ido a América dos veces. A la América de habla española, se entiende, donde hablan cristiano —así dice— como aquí. Sin embargo, no le gusta mucho, aunque le paguen bien. Ha tenido experiencias muy peculiares. La invitaron a ir a México, pero después de meditarlo un poco rehusó porque, según me dijo, su madre, que era bailarina también, fue con los refugiados políticos después de la guerra civil y le sucedió algo muy pintoresco. Al parecer, la madre de Clamores, como Clamores misma, despierta interés entre las mujeres lesbianas y eso lo considera ella como una gran desgracia.

Cuando su madre, que se pasaba la vida en España huyendo de las lesbianas, llegó al puerto de Veracruz en un barco de refugiados republicanos, vio una gran multitud de mujeres en el puerto con pancartas donde se decía: «El Sindicato Nacional de Tortilleras les da la bienvenida». Son trabajadoras que hacen tortillas de harina de maíz, para los indios. La mamá de Clamores se quedó mirando con el ceño fruncido aquella multitud de mujeres y no quiso desembarcar. Así es que volvió a España y dijo que prefería que los fascistas la metieran en la cárcel.

Yo le dije que aquello debía ser un malentendido y Clamores negaba con la cabeza y respondía:

—En esos países del otro lado de la mar pasan cosas muy raras. Mira, Nancy, ¿quieres creer que en esos países llaman a las gallinas de usted?

En España usted es un tratamiento de respeto que se da a una persona cuando no se tiene confianza ni intimidad con ella, y para una española como Clamores eso es malange.

Ya he dicho otras veces que los gitanos lo toleran todo menos el malange. Ella dice: ¡Llamar de usted a las gallinas! Vamos, eso es el acabose.

Se lo quise hacer entender a Laury como un problema gramatical porque en América Latina no usan el plural vosotros sino ustedes para todo el mundo. Así, dicen a los cerdos o a los perros o a los gatos: «Vengan ustedes acá, que les voy a dar de comer».

En cuanto a las tortilleras mejicanas son honestas trabajadoras. Pero Laury no ponía atención. Cree que lo que les sucede a estas gentes gitanas que se pasan la vida cantando y bailando y que están llenas de supersticiones, no tiene realmente importancia. Aunque las trata con la consideración debida, eso, sí. Mi buen Laury es un hombre jovialmente discreto. En su libro de notas he descubierto esta (mientras dormía): «Hay formas de gloria que no se pueden siquiera imaginar. La más graciosa que conozco es la de esa chica de Los Ángeles que eructa a través de un gato en la TV. La chica se siente casi una estrella. Esto parecerá ridículo a algunas personas, pero a mí me parece encantador».

Ah, eso me pone un poco en guardia. A los millonarios les gusta lo pintoresco. Coleccionan extravagancias. No es que esté celosa, pero esa chica del eructo parece un agente entablador de no sé qué. Debo andar con cuidado.